El Café de la Mañana -Relato de Desesperación

Slash
NC-17
En progreso
3
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planificada Midi, escritos 56 páginas, 30.718 palabras, 8 capítulos
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Intempestivo

Ajustes
La lluvia torrencial caía sobre su silueta, apenas podía mantener los ojos abiertos, parecía que gotitas de agua resbalaban de sus pestañas, la respiración se le dificultaba, el sabor salado que se mezclaba en sus labios. La noche expectante, dibujando sombras de bosques endémicos en el horizonte... De pie, sobre el césped, frente a ese lago que conocía de toda la vida, con el corazón destrozado, la furia de la lluvia camuflaba sus sollozos. No fue algo que hubiera premeditado, simplemente surgió aquella idea intrusiva, impulsándolo hacia adelante, adentrándose en las agitadas aguas, el oleaje presentía su intención, impidiéndole avanzar. No amagó a nadar, solamente era permitir que el arrullo de aquel gélido y desesperado fluido envolviera su cuerpo. Había hecho un voto consigo mismo. Ecos acuáticos ligeramente burbujeaban a sus tímpanos, sentía como flotar en el vacío, lo más cercano a la paz que podía estar después de tanta tribulación, el deseo de entregarse por completo, al momento que una fuerza extraordinaria lo extraía de aquel ambiente. —¡Joseph! ¡¿Me escuchas?! —gritaba una voz—. ¡Abre los ojos, Joseph! Despertó en una pulcra y blanquecina habitación con aquel característico olor antiséptico, tenía una vía en la mano derecha y un oxímetro de pulso en el dedo índice. No reconocía el lugar, no recordaba qué había ocurrido, <<la lluvia>>, fue lo único que su mente evocaba con tranquilidad, lo demás eran pasajes nebulosos. Observó algo más allá, en el sillón, al costado de la cama, dormido estaba su padre. <<¿cuándo?>>. Intentó incorporarse a la vez que aquel hombre abría los ojos, atento ante el repentino movimiento. —¡Joseph! —dijo aquel efusivamente—. ¡Doctor, enfermera... despertó! —gritó sacando la cabeza por la puerta de la habitación. —¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? —preguntó con una preocupación que nunca vio en él. —¿Q-qué..? —intentó hablar, pero la garganta le raspaba con un dolor agudo. Solo unos segundos después, tanto el médico como la enfermera de turno, examinaban al joven acostado en la camilla, sus signos, pupilas, garganta; le hacían preguntas a las que debía contestar asintiendo o negando con la cabeza o indicando con el dedo si había algún lugar con dolor o molestia. Seguía conmocionado, pero nadie explicaba lo que pasaba. No recordaban un invierno tan crudo como aquel, ni una tormenta como esa, parecía que el cielo se partiría en trozos que caerían sobre la tierra sin contemplación. Julien, Bernard y Joseph habían ido a pasar las vacaciones de invierno a la casa del lago, su padre llevaba una temporada en Bélgica atendiendo asuntos del trabajo, pero los jóvenes ya estaban acostumbrados a sus extensas ausencias. Habían notado un cambio en Joseph, desde finales del verano llevaba encerrado en su habitación, repentinamente quiso cambiar de colegio, dejó de asistir a los clubes, de reunirse con amigos y olvidó sus aficiones. El joven alegre y siempre dispuesto a ayudar estaba más ensimismado que nunca. Era de aquellos silenciosos y reflexivos, indudablemente, pero siempre solícito, humano y servicial. Esos últimos días reaccionaba parco, sarcástico y solitario. Su hermana Emma había intentado conversar con él, pero, incluso a ella, le cerraba la puerta en la cara. La familia estaba preocupada, se había tornado infranqueable... hasta esa noche. —No sé por qué lo hice, no es como que tuviera la intención de atentar contra mi vida —explicó al médico sentado en la butaca de cuero frente a él—. Solo se sentía agradable, el agua apagaba mis emociones. —¿Quieres hablar de las emociones que sentías antes de ingresar al agua? —preguntó el facultativo. —Es confuso —respondió tras pensar unos instantes, una mueca de dolor se dibujó en él. —No hay problema, son cosas que iremos dilucidando con el tiempo, no es necesario que te fuerces ahora —indicó con gran comprensión—. ¿Hay algo que quisieras comentarme? —Nada en particular —respondió sin pensar. Mientras menos dijera, más pronto terminaría todo ese circo. —Bien, Josh, dejemos la sesión aquí por hoy. Recuerda que mi teléfono está disponible 24/7, cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme. —Sí, lo tengo presente, doctor —respondió sin hacer mucho caso. Realmente no entendía cuál era el problema. Todos se habían preocupado y exagerado irremediablemente, era un malentendido... él solo ingresó al lago a calmar aquello que le horadaba el pecho y que no había podido acallar. No lo hizo pensando en otra cosa, no era como que deseara acabar con su vida. En el nuevo colegio Joseph era completamente diferente a lo que solía ser, reticente, malhumorado, indiferente. No tenía amigos, se había cambiado a principios de tercero, solo dos años quedaban para terminar la educación media, por lo que todos los estudiantes pertenecían a algún grupo de amigos o tenían con quien relacionarse, él era el único nuevo y no encajaba con los demás. Fue una sorpresa para Phillippe que Josh le pidiera el traslado, le costó comprender, tan repentino, sin razones aparentes, pero se escuchaba tan decidido que no cuestionó sus motivos. ———— Al comienzo del semestre había llegado aquel joven de ojos verdes a su salón, trasladado de otra prestigiosa escuela privada. Desde el primer día Michel se sintió atraído a su enigmática presencia, el profesor lo presentó, sin embargo, el nuevo se rehusó a hablar, limitándose a compartir su nombre. La mirada cabizbaja parecía típica de un tímido estudiante que se integra a un curso nuevo, a un grupo en el que todos se conocen desde los primeros años, eso podía comprenderlo, sin embargo, no dejaba de llamarle la atención, algo en él era diferente. Michel no había dejado de observarlo, pese a seguir su rutina con normalidad, reuniéndose con los amigos de toda la vida, no podía evitar buscarlo con la mirada. En los recreos y hora de almuerzo siempre se sentaba en el mismo lugar, sin ningún tipo de compañía, con la mirada perdida quién sabe en qué clase de pensamientos, con esa expresión que le conmovía. No era usual que llegaran nuevos estudiantes al penúltimo año del colegio, por lo general, tercero y cuarto se mantenían herméticos a la espera de la graduación e ingreso universitario. Nadie hablaba con él y, por su parte, tampoco parecía tener interés en integrarse. No era como que no lo hubieran intentado, más de una compañera quiso conquistar al enigmático joven de cabello negro, la seriedad de su semblante, su porte, además de ser un chico guapo, lo hacían blanco de suspiros. El nuevo ni siquiera respondía a sus intentos, no hablaba ni les dirigía la mirada, simplemente las ignoraba con una crueldad inusitada. Había creado ese rumor en torno a él, quizás sin proponérselo. Las primeras evaluaciones dejaron en evidencia que no era un estudiante cualquiera, sus notas sobresalientes despertaron más que recelo entre los demás, comenzaban a interpretar su aislamiento como una demostración de superioridad, “se creía demasiado bueno como para mezclarse con ellos”. Sin embargo, al de ojos negros aquellas suposiciones no le parecían acertadas. Motivado por una idea irracional, decidió acercarse a aquel que ignoraba a todos quienes intentasen franquear sus barreras. —¿De qué huyes? —preguntó acercando su frente a la del pelinegro lo suficiente para que fijara la mirada en él. Esos ojos verdes intensos abiertos de par en par frente al asombro de la repentina intromisión. Apenas unas milésimas de segundo demoró en echarse para atrás, recuperando la distancia. La proximidad era algo realmente insoportable y aquella pregunta pareció escudriñarle el alma. —No sé a qué te refieres —respondió apático, esos ojos negros parecían leerlo sin esfuerzo. —Ahhh —dijo sin creerlo—. ¿Sabes que los demás están celosos de ti? Eres atractivo, inteligente, sacas las mejores notas y las chicas están locas por ti —comentó sin quitar la mirada de ese par de gemas opacas. —Me tiene sin cuidado —respondió indiferente. —Ahhh —musitó—. ¿Qué lees? —preguntó cambiando el tema y observando la portada del libro que tenía en su mano. —Nada —respondió sin prestarle atención, intentando retomar la lectura. —Genial, también me gusta la nada —comentó el rubio sentándose a su lado—. Lee en voz alta… —intentó pedir al tiempo que el de cabello negro se levantaba. —¡¿Qué crees que estás haciendo?! —gritó colérico. —Sentándome —respondió con una sonrisa amable. —Tienes muchos más lugares para hacerlo. —Ah, es verdad, pero quiero sentarme donde estés tú —respondió con genuino interés. El joven de ojos verdes hizo una mueca de mal gusto, su mirada reflejaba el desconcierto, solo quería estar tranquilo, solo quería hundirse en los pensamientos de la desesperanza que lo consumían desde la fatídica noche que cayó en el ardid de un demonio. Ya era un esfuerzo desgastante parecer funcional. —¡No te me acerques! —dijo con una mirada fulminante al tiempo que se marchaba. Michel no podía descifrar si era ira o desolación lo que proyectaba, pero un escalofrío le recorrió la espalda. Un profundo suspiro arrancó de los pulmones del rubio a la vez que se reintegraba a su grupo. El asombro había dibujado sus semblantes, no podían creer que Michel hubiera intercambiado palabras con el nuevo. Él jamás había dicho una palabra en los meses que llevaban de clases. —¡Si que es un engreído! ¿Verdad, Michi? —dijo uno de ellos dándole unos cuantos codazos en las costillas. —Yo lo veo normal —se encogió de hombros el rubio. —Sí, claro —dijo otro—. Normal porque te habló, ¿no? —Dudo que haya dicho algo agradable —añadió una chica que se incorporaba a la conversación—. He oído que lo expulsaron de su anterior colegio y que su padre debió pagar mucho para que lo aceptaran en este. —¿Ah? ¿De dónde sacas eso? —preguntó el de ojos acerados. —¿No te parece extraño? Se cambia en un año que ya todos los estudiantes se enfocan en su ingreso a la universidad, no habla con nadie, saca excelentes calificaciones, tiene esa mirada tan desagradable, ¿de qué le sirve ser guapo si es totalmente inalcanzable? —agregó otra chica que había entrado al salón. —¡Exacto! Ningún buen elemento se cambia de colegio sin que algo grave haya ocurrido —resolvió la primera. —Tienes un punto —coincidió uno de los chicos. —Shhh, silencio, ahí viene —advirtió la última en llegar. ———— La vida se había vuelto así, una rutina carente de sentido. Llegar a casa era una tortura, el silencio avivaba sus pensamientos, sus recuerdos y sus sentimientos. Había perdido todo interés, ahora solo desarrollaba funciones mecánicas. Desde “ese” día evitó a Emma a toda costa, no era que la culpara, pero su alegría incontenible y el estrecho lazo que compartía con ese ser despreciable, le producían tal rechazo que necesitaba mantener la distancia. Por su parte, Emma estaba devastada, no sabía qué daño le había ocasionado a su hermano para que la ignorara de esa manera. El cambio de ambiente le había sentado tan bien como podía permitirse estarlo, realmente carecían de importancia las relaciones interpersonales, no había necesidad de socializar con ninguno de sus compañeros, después de todo, en dos años cada uno continuaría su propio proyecto de vida y nadie se acordaría de él. Era mejor así, no se puede confiar en las personas. Sin embargo, esa mirada de acero le inquietaba, lo había sorprendido observándolo en varias oportunidades a lo largo de las semanas, ni siquiera intentaba ocultarlo, lo miraba descaradamente. No pudo evitar pensar en cómo se acercó sin ninguna prevención, simplemente invadió su espacio personal sin pedir ningún permiso, clavando aquellos ónices directo a su alma, haciendo esa pregunta tan directa y acertada, de verdad le pareció que lo había leído por completo. <<¿Qué ocurre con ese chico?>>, se preguntó con hastío. Esperaba que la advertencia declarada sirviera de disuasorio, no volvería a ser presa de nadie. ———— Rememoraba su enigmática mirada prasiolita, evocando una y otra vez la escena. ¿Cómo unos ojos verdes traslúcidos lucían tan opacos? Sintió que podía zambullir sus pensamientos en aquellas aguas huracanadas y tocaría la arena del fondo sin dificultad. Llevaba días distraído, buscaba un momento para volver a acercarse al chico nuevo, quería descubrir el misterio, sin embargo, en cuanto él se percataba de que se acercaba, se marchaba. No había dejado ningún punto sin guardia, excepto por el almuerzo, tras observarlo varios días descubrió que no comía en la cafetería como los demás, tuvo el presentimiento de que, si lo abordaba en esos momentos, no tendría más opción que dejarse acompañar. —¡Sabía que te encontraría aquí! —dijo triunfante. —¿Eh? —musitó el de ojos verdes, levantando ligeramente la mirada del libro que leía absorto. —Eres realmente escurridizo, ¿sabes? —comentó el rubio—. He estado este último mes intentando alcanzarte —confesó sin disimulo de pie, frente a él. Era tan directo que aterrorizaba al joven de cabello negro. ¿Por qué era tan obstinado? Nada bueno resultaría si no le ponía freno a eso. —¿Te gusto, acaso? —preguntó intentando incomodarlo. —¿Si así fuera? —respondió sin dejarse intimidar.  Joseph se puso de pie, dos podían jugar el mismo juego, se acercó a él y lo besó en los labios, el de ojos acerados quedó pétreo ante el inesperado movimiento. Iba a corresponderle cuando Joseph se alejó. —Me da asco la gente como tú —dijo susurrando en su oído, previo a retirarse del lugar. Aquellas prasiolitas ardían con el hielo y la repulsión en una danza. Ni siquiera Joseph entendía muy bien qué había hecho, ¿tanta era su aversión a los hombres? ¿Le incomodaba porque Michel era hombre? No, en realidad, cualquiera que se le acercare, sin importar el género, pagaría las consecuencias. No era más que un trapo sucio, ¿quién podría ser sincero una vez que supieran lo que había pasado con él? <<Quizás me excedí un poco>>, reflexionó. En el fondo, le rasgaba el alma ver la persona en la que se había convertido. Para su fortuna, las vacaciones de invierno comenzaban, tendría tres semanas para escapar del acoso de aquel joven rubio de ojos ónice, aunque estaba convencido de que luego de aquel ataque, no volvería a acercarse. ———— Las palabras se perdían en el eco de la sala vacía, su mente no lograba contener información alguna, divagaba en cuestionamientos que no se atrevía a formular. Las horas eternas danzaban apesadumbradas en el reloj frente a él, el minutero parecía haberse congelado. ¿Qué esperanza podía albergar luego de ver aquella gélida mirada que parecía abrasar todo a su paso? Sus sentimientos se resquebrajaron en un segundo, el miedo conquistaba con indubitada tiranía. Un ligero resoplido se percibió en el ambiente, estaba hasta el hartazgo, era el primer día del segundo semestre y el de ojos verdes no se había dignado a aparecer. <<¿A qué se refiere con “la gente como tú”? ¿Qué se supone que soy, según él?>>, se preguntaba. La semana llegaba a su fin y el de ojos verdes no había regresado, la inquietud lo comenzaba a carcomer. <<¿Se habrá ido?>> Luego de aquel inesperado beso, había pasado las vacaciones reviviendo el escenario una y mil veces. No era algo que se supiera, pero jamás había besado, Joseph lo tomó por sorpresa y luego lo despreció. No, tampoco pensaba eso, quizás le faltó más tacto para acercarse, comprendió que su exceso de confianza pudo haberlo incomodado, la mirada que solía proyectar era una evocación de la desesperanza. Después de clases se acercó al profesor jefe, necesitaba preguntar, la inquietud lo devoraba en sus horas de vigilia. La respuesta le preocupó todavía más, había sufrido un accidente, por eso no regresaba, probablemente estaría cerca de un mes en recuperación. No sabía mayores detalles, pero su profesor le sugirió una gran idea: cuando estuviera de alta del hospital, le llevaría los apuntes a su casa.
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