Coraza
12 de abril de 2026, 10:07
Llegó a una gran casa a las afueras, en cuanto el vehículo se detuvo, se abrió la puerta principal y un hombre mayor salió a su encuentro, conduciéndolo a un amplio y elegante despacho ubicado en el primer piso. Un hombre de acento extranjero lo estaba esperando. Phillippe, el padre de Joseph, había trasladado los asuntos administrativos hasta su casa para cuidar de su hijo, su mano derecha estaba de punto fijo en Bélgica encargándose de todo lo demás. Los negocios eran importantes, pero la salud de su familia lo era todavía más.
El profesor Wall coordinó con el padre de Joseph para que Michel pudiera llevarle los apuntes, y, en la medida de lo posible, no perdiera contenido, aunque dadas las circunstancias, comprendía que no era lo prioritario. Sabía lo solitario que era ese estudiante y creyó conveniente que el joven de ojos negros le hiciera compañía, había notado cómo Joseph lo observaba desde la distancia y, por la preocupación del rubio, parecía ser recíproco.
Michel se presentó cortésmente y, atendido a su nivel, no hizo ninguna pregunta indagatoria sobre lo ocurrido, más allá de consultar cómo se encontraba el convaleciente. Tras conversar con Phillippe y aceptar algunas condiciones, el mayordomo lo guio hasta la habitación de Joseph. Pese a su seguridad y desplante, no podía negar que se encontraba nervioso, después de todo, no olvidaba lo ocurrido antes de vacaciones.
La habitación era tan grande como la había imaginado, una cama al fondo, a la derecha un escritorio frente a uno de los ventanales, altos estantes atiborrados de libros. Un par de sitiales con mesa de centro más próximos a la entrada. Dos puertas interrumpían la pared izquierda. Buscó la mirada que había extrañado, dos verdes gemas observaban cautelosas desde un diván arrimado al ventanal. Su rostro casi inexpresivo parecía deslizar un dejo de sorpresa.
—Vine a traerte apuntes del colegio —se apresuró a decir antes de que el joven de ojos verdes amagara a hablar.
La luz que provenía de la ventana destacaba las facciones de aquel chico, podía percibir fugaces pensamientos reflejándose en su mirada. A simple vista no parecía herido, <<¿qué clase de accidente sería?>>, se preguntó, sin atreverse a formularlo en voz alta. Los nervios lo devoraban, pero nada suavizaba el afilado silencio. Parecía que Joseph había decidido ignorarlo.
Dejó el material escolar en la mesa de centro, invadido por la resignación. <<Verdad que le doy asco>>, recordó. Retrocedió unos pasos antes de girar hacia la salida, no sacaba nada con quedarse e incomodarlo.
—¿Te vas? —preguntó repentinamente el joven de cabello negro.
—¿Ah? —dijo sorprendido—. Sí, debes descansar —agregó.
—¿Por qué? —preguntó Joseph.
—Porque estás convaleciente —dijo como si fuera algo evidente.
—No, ¿por qué viniste después de lo que te dije? —preguntó más retóricamente que esperando una respuesta.
El rubio pensó un instante: <<¿por qué el interés?>>. “Porque me gustas”, hubiera lanzado sin pensar, pero aquello no había funcionado la última vez, debía ser más cuidadoso. Además, le advirtieron que no debía alterarlo.
—Me preocupé —dijo resuelto ante la mirada interrogante del de ojos verdes.— Cuando no llegaste la primera semana, creí que te habías ido.
—¿Qué pasa contigo? —espetó molesto. Joseph no entendía, ¿a qué jugaba? No obtendría nada de él, no caería en falsas palabras otra vez.
>>Es imposible que tu interés sea gratuito —acusó, finalmente—. Nadie hace nada sin buscar algo a cambio.
—Si el problema es que te molesta que no haya una contraprestación, entonces, enséñame física a cambio de los apuntes —dijo con una amplia sonrisa.
—¿Qué?
—Eso, no me está yendo tan bien, tú no quieres que te traiga los apuntes gratuitamente, págame dándome clases —dijo aproximándose a Joseph con una mirada decidida.
El joven de ojos verdes realmente no comprendía a aquel muchacho, ¿cuál era esa obstinación?
————
Tras el incidente del lago retomó contacto con Emma, quien siempre había sido muy apegada a él. Le comentaron que, durante su inconsciencia, se mantuvo a su lado la mayor parte del tiempo, pero una vez despierto ya no se acercó, respetaba la distancia que había interpuesto entre ellos. Oír aquello le produjo una punzada en el corazón, ahogado en su propio sufrimiento, no se dio cuenta de que dañaba a su hermana.
No fue difícil retomar el contacto, al día siguiente la tenía instalada en su dormitorio contándole todos los pormenores y sinsabores de su antiguo colegio. A Joseph no podía importarle menos, pero ver los ojos zafiro de aquella chica destellando de ilusión le enternecía.
—Entonces tuve que pedirle a Andy que me acompañara, pero es tan mala voluntad…—decía la joven.
<<Andy>>. El corazón del de ojos prasiolita se angustió.
—¡No vuelvas a mencionar ese nombre! —ordenó furioso.
Emma observaba consternada la mirada desorbitada de su hermano, jamás había actuado de esa manera.
—Perdón, Emma —dijo al ver que lágrimas comenzaban a escurrir de sus ojos—. No me siento bien, necesito descansar.
—Sí, claro, Josh. Yo… no sé qué habrá ocurrido, pero siempre te querré, no importa si no tienes fuerzas, yo te cuidaré, así como tú me has cuidado estos años —dijo besando su frente, para luego salir de la habitación.
<<Ah, Emma, es la única persona a quien se puede amar sin dudar>>. Era una joven de noble corazón.
————
Otras tres semanas tardó en retornar a clases, las cosas eran igual que antes de las vacaciones. El semestre transcurría en aquella acostumbrada dinámica, Joseph intentaba evitar a Michel, quien siempre se las ingeniaba para acercarse. Era tan esquivo como al principio, pero seguía siendo el único con quien cruzaba palabras. El joven de mirada ónice seguía observándolo, tenía una corazonada.
Comenzaba la primavera, emitió un chasquido al ver pasar una melosa pareja, hubo un tiempo que anheló aquello, se avergonzaba de sí mismo, <<¿cómo fui tan cursi?>>. Como el clima había mejorado, podía pasar el tiempo en el jardín del campus, nadie llegaba hasta el estanque, era el lugar perfecto para atribularse, el de ojos negros siempre lograba encontrarlo, no importaba dónde fuera, siempre daba con él. ¿Cuál era su afán? ¿Tan persistente podía ser?
—Eres exasperante —dijo un día cuando aquel se sentó a su lado durante la hora de almuerzo.
—Admite que me extrañas cuando no estoy —respondió sonriente.
—Ni muerto —musitó el de cabello negro, huyendo.
————
El joven de ojos acerados logró interceptarlo en la salida, llevaba toda la semana intentando acercarse, era evidente que el de cabello negro lo evitaba.
—Necesito que me ayudes a estudiar para física —dijo.
—Pídele a alguien más —respondió indiferente, buscando espacio por donde pasar.
—Joseph, por favor, te daré lo que quieras, haré lo que sea.
—¿Lo que sea? —preguntó. Ignoraba la razón por la que deseaba quebrar su espíritu—. Bien, te ayudaré con la condición de que, aprobada la asignatura, dejarás de hablarme —dijo con la certeza de que lo desalentaría.
No había visto aquel rostro tan serio, parecía que los relucientes ónices que tenía por mirada hubieran sido cubiertos por la niebla, pudo notar cómo se curvaban las comisuras de sus labios hacia abajo, el entrecejo se le fruncía inevitablemente, mordía su labio inferior con intensidad, parecía que sangraría.
<<Me da asco la gente como tú>>, recordó el de cabello rubio.
—¿T-tanto me aborreces? —preguntó con la voz quebrada, haciendo lo imposible por controlar el nudo en su garganta.
—La verdad, me eres indiferente —contestó lacónicamente.
—Perdón —dijo el rubio casi en un murmullo y retomó su camino.
Por un momento estuvo a punto de detenerlo, pero recapacitó, era mejor así.
Michel no llegó a clases al día siguiente, ni al subsiguiente, ni al que le seguía. No era que a Joseph le interesare, pero le llamó la atención, ese chico nunca faltaba. A ratos se descubría observando hacia el lugar donde aquel se sentaba, el silencio era ensordecedor. Finalmente tenía la paz que tanto deseaba, pero sentía la oquedad comenzando a abrasar su alma. <<Es mejor así>>, se recordó.
Tras una semana de ausencia, el joven de cabello dorado se reincorporaba a sus actividades. Algo en él lucía diferente, la mirada apagada, el semblante serio, apenas sonreía ante las bromas de sus amigos, quienes estaban felices de que regresara a tiempo para apoyarlos en las alianzas, la semana del colegio había comenzado. Ese día ni siquiera intentó acercarse al joven de cabello negro, por primera vez evitaba dirigirle una mirada.
Necesitaba tiempo para aclarar su mente, si bien le gustaba el chico nuevo, no comprendía por qué era incapaz de alejarse de él. Se lo había pedido antes, ¿no? Pero insistió movido por algún irracional impulso. Aquella noche, luego de que le ofreciera ayudarle a preparar sus exámenes a cambio de dejarlo en paz, no pudo dormir, se sentía desamparado, ¿compartir el mismo espacio y hacer como que no existiera? No conocía mucho de Joseph, pero se había enamorado de su mirada, quizás sonaba extraño, cuando veía esos ojos tan tristes y desesperanzados, sentía que se desgarraba su alma. Realmente deseaba que sonriera.
—No hay nada como un corazón roto para inspirarse, ¿no Michito? —dijo Richard efusivamente para llamar su atención.
Mientras todos los estudiantes participaban en las actividades del gimnasio, Michel había ido a buscar asilo al pasillo del área de música. Tanto ruido y gritos ensordecedores le reventaban los tímpanos y generaban una insoportable migraña. Absorto en sus meditaciones, ignoró que su amigo lo seguía.
—¿Eh? —Lo miró desconcertado, de pie, recostado sobre la pared frente al ventanal, afuera de la sala de ensayo.
—Dulce y tierno Michi, ¿si te das cuenta de que eres como un gatito herido? —Sonrió.
—No sé a qué te refieres.
—Claro, porque asumes que nadie se da cuenta, pero te olvidas de que te conozco hace años, no hay nada que me puedas ocultar —dijo aproximándose al joven de ojos acerados hasta sentir su respiración.
—Richi —musitó. No era el momento para ese tipo de cosas, la poca distancia le incomodaba, su respiración era cada vez más agitada.
—Eres un gatito, Michi, buscas caricias en el lugar incorrecto —comentó sujetando la barbilla del rubio.
La mirada del de ojos azules tenía un brillo peculiar, era una mirada aguzada.
>>Si te beso ahora, seré el primero, ¿no? Sería como un trofeo —dijo acercándose hasta casi tocar sus labios.
La respiración de Michel parecía al borde del paro, sus ojos reflejaban el miedo ante su proximidad, el brillo de lágrimas contenidas le delataban. Realmente no quería, pero no podía reaccionar.
—Tranquilo, hace tiempo me rendí. —Se encogió de hombros—. Tú solo tenías lugar para el piano… hasta que llegó él —susurró en su oído.
—No sé de qué hablas. —Fingió demencia.
—¿Si sabes que todos se han dado cuenta de que lo sigues por doquier?
—Ya no —dijo cortante.
—¿Se aburrió de ti? —preguntó arqueando una ceja.
No hubo espacio para responder, Joseph apareció de la nada, ¿cuánto tiempo llevaba ahí?
—Volveré a las actividades —dijo Richard al notar su presencia, después de todo, Michel era terreno perdido.
El joven rubio había quedado solo frente a aquellos ojos verdes penetrantes, esa mirada le daba escalofríos.
Joseph se había escabullido a la sala de ensayo durante la hora de almuerzo. El profesor Wall le había autorizado a descansar en ella durante las actividades, comprendía que esos ambientes podían descompensar sus emociones.
Solía aprovechar esos espacios de soledad para maldecir su existencia, la de Andrés y la vida misma. Se sentía miserable todo el tiempo, cómo pudo ser tan estúpido como para dejarse envolver por la cautivadora sonrisa de ese infeliz. Solo había un culpable de su desgracia, él mismo, por ingenuo. Nunca podría perdonarse, todo lo que era importante, sus valores, sus ilusiones trastocadas, la humillación sufrida, ya no era más que un juguete desechado. Sin embargo, aquel día su mente divagaba en pensamientos muy diferentes, Michel parecía haberse rendido y, a pesar de que se repetía que era lo mejor y un alivio no tener que lidiar con él, arrastraba una sensación de vacío difícil de comprender.
Le tenía un rechazo patológico, pero no era culpa de aquel joven, no había hecho nada malo, realmente le molestaba que le recordara a sí mismo cuando era fácil de envolver en fatuas ilusiones. Ese brillo en la mirada, la sonrisa sincera, la ingenuidad eran cualidades que le provocaban náuseas. Después de todo, él sabía que no volvería a amar, era imposible, nunca permitiría que traspasasen las barreras que tuvo que levantar para protegerse del dolor.
Concluyó que lo que realmente le molestaba era el golpe al ego que suponía que aquel chico se rindiera tan fácil. Era lógico, nadie es capaz de amar realmente, todo son construcciones para obtener lo que se desea. Pese a ello, no podía evitar pensar en la mirada vacía de aquel joven aquella mañana, de alguna manera le incomodaba.
Sus meditaciones se vieron interrumpidas por voces en el pasillo, un presentimiento lo movilizó a acercarse a la puerta. Una de las voces le era familiar, no cabía duda de que Michel hablaba con alguien. <<¿Una declaración?>>, pensó consternado, el instinto fue más veloz y con sigilo se asomó al pasillo, <<¿no se supone que te gustaba yo?>>, se preguntó. Pero la escena era un tanto diferente a lo que imaginó. El joven de cabello dorado se encontraba contra la pared y su acompañante estaba reveladoramente cerca.
Amagó a regresar al salón, definitivamente ese chico no perdía el tiempo.
—Eres un gatito, Michi, buscas caricias en el lugar incorrecto. Si te beso ahora, seré el primero, ¿no? Sería como un trofeo.
Aquella pregunta lo descolocó. <<¡¿Cómo que el primero?!>>, pensó aterrado. Las imágenes de aquel beso burlesco con el que atacó al joven de ojos de acero antes de las vacaciones se proyectaron abruptamente en su mente. Es que él, con esa actitud despiadada ¿había sido igual de desgraciado que Andrés?
Dentro de su desconcierto se detuvo a observar a Michel, parecía estar a punto de llorar, el miedo de sus ojos y la respiración alterada le indicaban que estaba realmente incómodo.
<<Ah, este infeliz se va a aprovechar de él>>, pensó a la vez que salía al pasillo a detenerlo.
—Tranquilo, hace tiempo me rendí.
—No sé de qué hablas.
—¿Si sabes que todos se han dado cuenta de que lo sigues por doquier?
—Ya no.
—¿Se aburrió de ti?
Ante esa pregunta, Joseph no pudo evitar el hacerse notar. <<¿Me aburrí de él?>>, <<¿eso es lo que creen de él, que es un juguete?>>.
Observó el asombro en aquella pareja al notar su presencia. El de ojos azules no lo pensó dos veces y regresó al gimnasio dejándolo con el joven de cabello rubio, cuya mirada acerada se había vuelto opaca.
Para Joseph, la idea de haberlo besado sin su consentimiento y profanado su primera experiencia le revolvía el estómago.
—¿Es verdad lo que dijo? —preguntó con tono imperativo.
—¿Qué cosa? —No lograba captar el hilo, se sentía confundido, eran demasiadas emociones—. ¿Estuviste escuchándonos? —preguntó alarmado. ¿Cuánto había oído?
—No es que fueran muy disimulados con su encuentro —dijo agreste—. Responde, ¿es verdad que no habías besado a nadie?
—Ah, eso —masculló dubitativo—. Sí —dijo en un suave murmullo.
—¡¿Por qué no me dijiste?! —preguntó exaltado. Era verdad que se estaba desquitando con el mundo por la rabia que se tenía a sí mismo.
—¿Qué importancia tiene? —preguntó inocentemente.
—¿No te das cuenta de que arruiné tu primer beso? —dijo con una daga presionándole el corazón.
—No había querido pensar en eso, después de todo, eres hetero, ¿no? Puedo hacer como que no cuenta —sonrió forzadamente.
Mentía, desde aquel momento, cada vez que recordaba el sabor de sus labios, venía a él aquella frase de repulsión.
—¿Qué quieres decir? —preguntó sin entender.
—Dijiste que los homosexuales te damos asco —dijo esquivando su mirada.
—¡Maldita sea! —vociferó llevando una mano a acariciarse la frente como para sostener sus pensamientos—. No era eso lo que quería decir, me refería a quienes se enamoran de personas como yo, sin valor —agregó con un dejo de dolor en sus palabras.
>>¿Qué puedo hacer para remediarlo? —dijo mirando directamente a sus ojos negros y dubitativos.
La desesperación había golpeado a su puerta, en ese momento sería capaz de hacer cualquier cosa que el joven de cabellos dorados le pidiera.
Michel no pudo evitar humedecer sus labios ante la proximidad del joven de ojos verdes, quien apoyó su antebrazo derecho en la pared junto a él, casi sobre su cabeza. El sabor de esos labios era un dulce néctar. Esta vez no titubeó, correspondió aquel beso cerrando sus ojos, el joven de cabello negro besaba muy bien, parecía explorar su boca con esa lengua húmeda y caliente, al encuentro de la suya. Joseph sujetó su nuca, presionó contra su cuerpo, apenas quedaba espacio para respirar. Un incontenible gemido arrancó de la garganta del rubio.
—Mich…—susurró aquel con la voz cargada de excitación.
El de ojos acerados jamás creyó que escucharía ser llamado con tanta sensualidad.
—¿Compensa en algo mi torpeza? —preguntó el de ojos verdes posando su frente en la del rubio.
—Siempre puedes enseñarme física —respondió con su amplia sonrisa. Aquellos ónices que escudriñaban su alma habían recuperado su brillo.