El Café de la Mañana -Relato de Desesperación

Slash
NC-17
En progreso
3
Tamaño:
planificada Midi, escritos 56 páginas, 30.718 palabras, 8 capítulos
Descripción:
Notas:
Dedicatoria:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Tormento

Ajustes
—¿Eh? ¿U-una cita? —preguntó el castaño sin creerlo. —Sí, ¿no es lo que siempre has querido? —dijo insinuante el pianista. —N-no sé si es buena idea. —¿Qué quieres decir? —preguntó arqueando una ceja—. No te voy a rogar, ¿sabes? Aquellas redondas gemas zafiro se mostraban perplejas, ¿por qué en ese momento, después de tanto tiempo, salía con algo como eso? ¿Podría ser que los sentimientos del pianista por aquel amigo estuvieran evolucionando? No, no creía que pudiera ser tan sencillo. Con su cambio de apariencia también lo hizo su forma de ser, se había tornado frío, distante y de palabras filosas. Richard ya no tenía ánimo de jugar con él, se convirtió en un cazador cazado. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces el de cabellos de oro se acercó tanto como para casi tocar sus labios, era solo cuestión de recorrer los escasos centímetros que los separaban y podría saborearlos; sin embargo, esa mirada apagada, indiferente y lejana lo incomodaba. Se preguntaba cómo reaccionaría si, finalmente, accedía a uno de sus intentos. Conociendo al Mich de siempre, se asustaría, pero esta nueva versión ¿hasta dónde llegaría? El pianista se había cansado de esperar la respuesta, si el castaño no le iba a seguir el juego no era divertido. Entonces quedó en shock, por primera vez Richard se atrevió a alcanzar sus labios, mordiendo ligeramente su labio inferior. Se había entusiasmado lo suficiente como para intentar un beso que adormeciera sus sentidos, pero una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro del de ojos negros a la vez que interponía su mano entre ellos. —Prohibido besar, ¿sabes? —dijo para después sacar la lengua—. No ha cicatrizado, así que lo siento por ti —agregó seguido de una burlesca risita. —Al menos seré dueño de tu primer beso, ¿no, Michito? —¡Ja, ja ja! ¿Qué te hace pensar eso? —respondió riéndose a carcajadas—. No hay nada que me puedas hacer que te convierta en el primero, ¿sabes? —agregó, susurrando en su oído. —¿Eh? ¿Cómo? ¿Cuándo? —estaba consternado, nunca hizo ningún comentario. —Eso no de es tu incumbencia, Richi —respondió guiñando un ojo. Joseph había regresado a la sala después del sonido del timbre que les recordaba el comienzo de un nuevo bloque. Alcanzó a ingresar justo cuando el castaño mordía el labio del pianista. Algo desagradable recorrió su espina, una sensación de incomodidad, un impulso de detenerlos, pero, afortunadamente, se recordó a sí mismo que era lo mejor, así se olvidaría de él. De todas formas, durante el almuerzo mantenía esa incomodidad, ¿intranquilidad, decepción, angustia? No lograba dilucidarlo. Intentaba proseguir su lectura, sin embargo, no conseguía concentrarse. Aunque buscaba pensar en alguna otra cosa, todos los pasajes de su mente lo conducían al mismo resultado, se estaba volviendo asfixiante. ¿Qué significaba aquello? ———— —¡Sasha! —gritó el de cabello castaño, al divisarla un poco más adelante en el pasillo—. Sasha, ¿es verdad? ¿Es verdad que ya lo hizo? —¿De qué estás hablando, Richard? —respondió levantando una ceja con un tono de pocos amigos. —Que Michel ya lo hizo. —Ah, y ¿por qué quieres saber? —¿P-por qué? Porque tú sabes que he llevado todo este tiempo detrás de él, ¿no? Y ahora me entero de que no seré el primero. ¿Cuándo pasó esto, cómo? ¿Acaso fue Claus? —¡¿Cómo se te ocurre decir tamaña imbecilidad?! ¡Estúpido! ¡Animal! ¿No recuerdas lo mal que estuvo por culpa de esos rumores infundados? ¿Y vienes tú a decir algo como eso? —vociferó golpeando el pecho de aquel con su dedo índice. —Es que no se me ocurre quién más puede haber sido —respondió—. ¿El chico nuevo? Es extraño que Michel dejara de seguirlo de un momento para otro —agregó tras pensar un momento. —¿Quieres preguntarle a Joseph? Está aquí, en la sala de ensayo. Sal de dudas, ve y pregúntale —sugirió indicándole la sala junto a ella. —¿Qué? Como si me fuera a decir —respondió casi ofendido por la sugerencia. —¿Y le preguntaste a Mich? —Me dijo que no era de mi incumbencia —respondió encogiéndose de hombros. —Entonces, ¿cuál es el afán de saber esto? ¿Qué tiene que ver contigo después de todo? ¿Qué son esas pretensiones tuyas? Escúchame bien, pedazo de imbécil, si no quieres que te golpee tienes que dejar de hacer ese tipo de preguntas. Deja de hacer esas suposiciones, ¿quién te crees que eres? ¿Acaso importa? ¿Importa si ya lo hizo? ¿O es que dejó de interesarte porque está “usado”? ¿Sabes que eres de lo más tóxico que hay? Si no vas en serio con él, entonces déjalo tranquilo, tarado. —No, no, no es eso. No es eso, es solo que me sorprendí, por favor, no lo tomes a mal. Realmente es irrelevante, lo siento —trató de disculparse. —Bueno, entonces si no tienes nada más que hablar, estoy ocupada. Y deja de andar difundiendo rumores, ya tuvo suficiente con lo que pasó, infeliz —ordenó con voz autoritaria. Sasha ingresó furiosa a la sala de ensayo, interrumpiendo las meditaciones del de ojos verdes. Se quejaba de cosas que él no logró comprender. Ella tuvo que respirar profundo y contar hasta diez, ya más tranquila le contó la conversación con el castaño de ojos azules. <<¡¿Qué se cree ese infeliz?!>> <<¿Qué está pensando Mich? O ¿es que no está pensando, en realidad?>>, se preguntaba. <<Deberías tomar cartas en el asunto, Joseph. Richard va a tomar ventaja y no creo que sea lo mejor para Mich>>, dijo Sasha antes de volver a sus clases. Al de cabello negro no podía importarle menos, era lo mejor, ¿no es así? No sentía celos o algo parecido, esa era una idea descabellada, después de todo aquel chico no le concernía. Además, no volvería a dejar entrar a nadie a su corazón, no se arriesgaría a salir tan dañado, si el pianista de verdad lo quería ¿qué clase de relación le esperaba a su lado? ¿Qué podría ofrecerle aparte de vacío? Richard, Claus, quien fuera, no era de su interés con quien saliera. Michel tomaba sus decisiones y, si decidía coquetear con el de ojos azules, por algo sería. <<No es de mi incumbencia>>, se dijo buscando reafirmar sus pensamientos. Ya lo había notado, en todo caso, la forma en que el pianista miraba al de ojos azules era tan diferente a la forma en que lo miraba a él. Además, esa sonrisa perniciosa que le dedicaba, ¿es que se había revelado su verdadera naturaleza? Se sentía un tanto exasperado, porque esa nueva personalidad, probablemente, surgió por su actuar. <<Quizás sí debería disculparme>>. ———— La noche del concierto se acercaba, el pianista más que nunca se encerraba en su estudio a ensayar. Joseph no tuvo oportunidad alguna para intentar conversar con él, Richard ni siquiera se separaba de su lado los escasos momentos que tenía disponible. Con la ley de hielo que le había hecho a su prima, tampoco podía crear instancias para encontrarse. No era que le desesperara la idea de verlo, sentir su aroma, el calor de su piel o el sabor de sus labios, no, solo quería expiar sus culpas, ser perdonado. No era más que aquel interés egoísta de limpiar la conciencia. El día del concierto Sasha le preguntó si asistiría. El de ojos verdes negó con vehemencia, no tenía nada que ir a hacer allí, no era un fan, no era su amigo, no era nada de él, asistir era un sinsentido. La de ojos ámbar intentó convencerlo, ella tenía una entrada que no se usaría, así que por esa parte no había problema, pese a ello, Joseph declinó la propuesta. <<Es mejor así>>, se decía. Sin embargo, los caprichos del destino son retorcidos. Llegando a casa se encontró con la sorpresa de que su padre había sido invitado por el mismísimo Michel al concierto. Y, con lo generoso que era, obviamente, podía llevar acompañantes. El de cabello negro quiso negarse, inventó una que otra excusa, pero su padre fue categórico: lo mínimo que podía hacer, después de que aquel joven tan desinteresadamente fuera a llevarle los contenidos de sus clases mientras él se recuperaba del “incidente”, era apoyarlo asistiendo a su concierto, sobre todo después de un año de ausencia. Finalmente, debió asistir, pero con la condición de quedarse atrás, no quería posibilidad alguna de ser descubierto por el de cabellos dorados, no quería que se hiciera una idea equivocada de su presencia en el teatro. Solo estaba allí porque su padre se lo ordenó. Lamentaba su suerte cuando la de ojos ámbar se le acercó, estaba realmente sorprendida ¿no que no iría? No pudo evitar reír cuando le contó el motivo. <<Es una señal, Joseph, no debes dejarlo pasar>>. El teatro estaba a su máxima capacidad, el concierto fue magnífico, había conmovido a la audiencia con su talento, su gracia y belleza. A momentos parecía que destruiría el piano con tanta pasión. Esa nueva apariencia, más madura, atrevida y rebelde, le sentaba bastante bien, coronaba el regreso como el de una nueva etapa profesional. El de mirada aguamarina sentía el pulso un tanto acelerado, la destreza del pianista le aceleraba el corazón, una calidez desconocida abrazaba su alma y un nudo de angustia cerraba la boca de su estómago. Era una mezcla de emociones que no lograba esclarecer. Las ovaciones fueron extensas, Joseph salió antes de que acabaran, no quería posibilidad alguna de que lo divisaran, esperaría a su familia en el auto. La noche estaba cálida, estrellada y podía percibirse ese sutil aroma que vaticina la llegada del verano. Fue incontenible no respirar profundamente, cual instinto; un asfixiante golpe detuvo un instante su corazón. <<Verano>>, pensó aquel. Una época que no quería recordar, ninguna buena memoria estaba asociada a él, prefería refugiarse en un perpetuo invierno, aunque aquello le impidiera ver el firmamento. ¿Qué estaba haciendo un año atrás? ¿Quién era? Ah, posiblemente reflejaba la misma mirada que le dedicaba el joven de cabellos dorados, admiración, ingenuidad, ilusión. Se estremeció al pensar que, un año atrás, sus sueños eran arrebatados por la imagen de ese infeliz, que solo con su indiferente presencia colmaba sus deseos… <<¡ah! Tan patético>>, se dijo. Una corriente gélida se desplazó por la médula, en tan poco tiempo había conocido el infierno y se había quedado retorciéndose en la incandescencia del desprecio y la humillación. <<¡Maldito estúpido! Insulso, débil>>, se dijo a sí mismo. Cada ocasión en que recordaba ese suceso, resurgían los mismos sentimientos de angustia, vergüenza y dolor, como si estuviera viviendo aquel momento por primera vez. Su resolución se volvía más férrea que nunca. Sasha salió tras él en un intento de detenerlo, cuando le dio alcance, emitió un grito de emoción: <<¡Claus!>>, le pareció que exclamó entusiasmada. Le rogó a Joseph que, por favor, la esperara y corrió hacia un joven de cabello negro rizado, cuya melena llegaba casi hasta el mentón. Sus ojos intensamente azules parecían un océano abisal, de rostro cuadrado, labios más anchos que la media, definidos, de mirada serena, alto y delgado, realmente parecía una representación de apolo. Apreció sus largos y finos dedos cuando acarició los cabellos castaños de la chica, <<un requisito para ser músico>>, concluyó. Ese era Claus, aquel que había originado tantos problemas con una simple declaración. El de ojos verdes se acercó lo más posible, inconscientemente, previniendo ser visto en tan obvia tesitura. Los observó perderse en un eterno abrazo y la sonrisa de Sasha era una que no había visto después de la pelea con su primo. Algo en su interior le impulsaba a querer saber qué conversaban aquellos dos. Le preguntaba si se quedaría a saludar a Michel, a lo que se negó. <<No quiero causarle más problemas>>, respondió con un halo de tristeza en la mirada. La chica insistió, le preguntó si ya había olvidado todo lo que pasó cuando se marchó sin despedirse. Estaba consciente de aquello, por eso le había llevado un obsequio al camarín y una nota. No podría contenerse si lo veía… un año sin tener contacto con él y seguía vivo aquel sentimiento que no era capaz de reprimir. <<¿Qué hago si no controlo mis pasiones y lo beso? Sería la peor de las infamias, avivaría las llamas de la vileza>>, confesó. <<En los vestidores nadie los vería>>, argumentó la chica. Claus se negó nuevamente, <<sabes que no quiero hacer las cosas de esa manera, él no merece más caos, no ahora que se ha recuperado>>. Joseph se inquietó, ¿qué hacía ella dándole alas a aquel? ¿No se suponía que hasta esa misma tarde le insistía que aceptara los sentimientos de su primo? Una mueca de disgusto se dibujó en su rostro, pero él no era parte de aquello, ni siquiera le interesaba el pianista. La de ojos ámbar se entristeció, conocía a Michel, sabía que eso sería lo mismo que no decir nada, por otro lado, también entendía al chelista, existir con el corazón roto era una perpetua agonía, tampoco podía forzarlo a revivir el dolor, sería comenzar el duelo desde el principio. A pesar de ello, creía que la mejor solución a aquella situación era una conversación seria entre ambos y que sucediera lo que debiera suceder, ya fuera que su primo terminara aceptándolo —cosa que, en realidad, no creía, pero pudiera llegar a ser posible— o fuera rechazándolo expresa y claramente, para que aquel pudiera sofocar sus sentimientos. <<Quizás, si no logro olvidarlo, regrese el próximo año a probar suerte>>, dijo a Sasha con una sonrisa que Joseph interpretó claramente, aunque sus labios se curvaban, su rostro adolecía. Aquella le deseó la mejor de las suertes y le recordó que no perdiera el contacto, así como lo había hecho hasta ese momento, ella siempre lo escucharía. Aquel joven le agradeció, siempre había sido tan dulce con él, posó la mano en el hombro de la de ojos ámbar y besó su frente. <<Hasta pronto, chica linda>>, dijo al despedirse. <<Así que pretende “probar suerte”>>, pensó Joseph sin comprender por qué le molestaba. Sasha contuvo las lágrimas, se notaba que era un amigo de toda la vida y que las despedidas siempre eran crueles, sin importar las circunstancias. Esperó un momento para estabilizar sus emociones, era inevitable sentirse conmovida. El estacionamiento poco a poco iba quedando vacío, los asistentes retomaban sus rutinas. Las estrellas titilaban ajenas a los padecimientos de los mortales y la luna seguía su trayectoria inspirando los senderos de las almas descaminadas, no recordaba la última vez que contempló el cielo nocturno junto al pianista, parecía que las aguas no recobrarían su curso. Tras aquellas desabridas reflexiones, se había vuelto hacia Joseph quien fingía no haber entendido nada. Ya se acercaría a él cuando divisó a Michel corriendo hacia ella. ———— Regresó al camerino aún escuchándose las ininterrumpidas ovaciones a su espalda, lentamente iban decreciendo su intensidad para dar paso al silencio. Había sido intenso, estaba exhausto, deseaba poder recostarse, la última semana no tuvo un solo momento de verdadero descanso y la cabeza no dejaba de darle vueltas, parecía haberse ensordecido con la adrenalina que ya se retiraba de su cuerpo. Al abrir la puerta notó un ramo de zinnias rojas, amarillas y rosadas en el tocador, junto a este una carta. Dejó los pocos ramos de rosas que pudo recoger del escenario en el sillón. Tenía un presentimiento que le devoraba las entrañas. Sus ojos ónice delataban el asombro, para dar paso al dolor, lágrimas incontenibles emanaban a medida que avanzaba por las palabras entintadas. En un impulso, corrió hacia la salida. Si había un dios, le pedía que no fuera demasiado tarde. El pasillo hasta la salida lateral parecía infinito, las piernas no querían avanzar lo suficiente. Llegó al estacionamiento con el rostro enrojecido y la mirada desbordada, observaba para todos lados con desespero, no quedaba casi nadie en el lugar. Divisó a Sasha algo más allá del jardín, donde la luz de la luna parecía bendecir unciclamor. Corrió hacia ella, evidentemente agitado, en su rostro se evidenciaba la pregunta que sus labios todavía no eran capaces de pronunciar. —Se fue, Mich —dijo la castaña. <<¿Por qué?>>, gritaron sus ojos. —Dijo que no quería arruinar tu regreso a la música, sería inconveniente para ti que te vieran junto a él. Por eso… ¡Mich! —gritó al ver que el pianista caía sobre sus rodillas. Ya no podía soportar ese dolor, otra vez se iba sin decir adiós. Un llanto desesperanzado desgarraba sus pulmones y desangraba su garganta. Había llevado las manos a su cabeza, con los dedos entre el cabello, la sujetaba. <<¿Por qué?>> <<¿Por qué?>>, repetía una y otra vez. Lo único que pedía era hablar con él, pedirle perdón por cómo habían salido las cosas, que por su culpa tuviera que marcharse, decirle que no lo odiaba, que no importaba lo que dijeran, que no quería perderlo. Cuando se enteró de su partida intentó localizarlo, pero nadie conocía su nuevo número ni dirección, ni siquiera pudo averiguar a dónde se había ido, desapareció sin rastro alguno, como quien hubiera sido condenado al destierro. ¿Por qué, de entre todas las personas, debía ser él, justamente él, quien no podía ofrecerle nada que pudiera hacerlo feliz? ¿Qué había hecho para merecer su sacrificio? La potencia de sus sollozos le cortaba el aire, respirar era una tarea cada vez más difícil, por momentos parecía ahogarse. El llanto se le acumulaba en la garganta abriéndose paso a la fuerza, se llevó una mano al pecho en un intento desesperado de contener las emociones. Repentinamente, aquellos alaridos cesaron. Sasha, que lo abrazaba, gritó, el pianista había colapsado, pese a sus intentos, no reaccionaba. Joseph, que se había mantenido cerca observando con evidente preocupación aquella escena sin atreverse a intervenir, corrió hacia ellos sin siquiera pensarlo. —¡Sasha, ve a buscar a su padre, yo me quedo con él! —gritó. El de mirada prasiolita prácticamente se lanzó al suelo del impulso, sentándose y recostando a Michel con la cabeza apoyada en el regazo, lo cubrió con la chaqueta, debía mantener su temperatura corporal. Tras revisar si respiraba con normalidad, acarició su rostro pálido, entintado solo con los rastros de aquella tristeza vertida. Notaba cómo las ojeras se dibujaban en el contorno de sus ojos, se veía más delgado, los labios resecos y un tanto amoratados. Mientras lo observaba, no podía dejar de pensar en que aquel joven de cabello negro y ojos azules era realmente importante para el pianista. <<El amor solo es sufrimiento>>, se dijo a sí mismo. No tardó en regresar Sasha, acompañada de Caleb y otras personas que él no conocía. No pensó en ello. Esa situación tan comprometedora y, de paso, ¿ser observado y juzgado por los parientes de aquel? A veces no razonaba y eso le molestaba. La preocupación era evidente, llevarían al chico al hospital inmediatamente. Sasha le encomendó a Joseph que buscara las pertenencias de Michel al camerino, luego ella coordinaría con él la entrega. Intentaba mantener la calma, no había nada que él pudiera hacer. El chico de cabellos de oro estaba con su familia, ellos harían lo mejor para su recuperación. Sasha le dio una misión y la cumpliría, luego de eso volvería a su casa a seguir la rutina de siempre. Trataba de recordarse a sí mismo que, aquello, no tenía nada que ver con él. Recorrió el largo pasillo interno que conectaba con los vestidores. El personal del teatro era realmente amable, lo guiaron sin complicación alguna. Ingresó y notó de inmediato decenas de ramos de rosas rojas, pero había uno que destacaba de los demás, aquel dezinnias no era de los que ofrendaba el público. Lo tomó junto al papel que reposaba a un costado, buscó el bolso del chico de cabello rubio y otros elementos. Recorrió nuevamente el espacio con la mirada para corroborar que no quedase nada y, con la ayuda de uno de los acomodadores, llevó todas las pertenencias del pianista a su vehículo. Phillippe se notaba preocupado cuando su hijo le comentó lo sucedido, se alegró de que lo ayudara. Le tenía bastante aprecio, no solo era por la música, algo en él le daba la certeza de que Joseph podría estar bien a su lado, si es que lograba darse cuenta y no perdía la oportunidad. Durante la noche inquieta, no dejaba de pensar en la salud del pianista, le parecía tan frágil, aun cuando lo había visto llorar —por su culpa— una vez, en aquella oportunidad había demostrado tanta entereza y resiliencia que lo dejó impresionado. Sin embargo, ahora le había parecido que se quebraría. Bueno, en realidad, fue más un grito desesperado del alma hecha jirones, ¿cuánto dolor albergó el de mirada ónice por cuenta propia todo ese último año de vida? Solo la férrea fuerza de voluntad del de ojos aguamarina evitó que corriera hacia él a abrazarlo, después de todo, no tenía nada que estar haciendo allí y, probablemente, sería la última persona a quien quisiera ver en un momento tan delicado como aquel. Además ¿por qué querría correr hacia él a contenerlo? <<¡Qué incordio!>>, se dijo. Cerca de las tres de la madrugada recibió un mensaje de la castaña. Todo estaba bien, al parecer, se había desvanecido por la autoexigencia excesiva y el descuido negligente de su propia salud. La última semana casi no había comido ni dormido y la ejecución de las piezas en el concierto exigían un esfuerzo físico que terminó de desgastarlo. Estaba respondiendo bien a la hidratación y medicación, los exámenes no arrojaban nada sospechoso y, si pasaba buena noche, le darían el alta la mañana siguiente. <<En cuanto le den el alta te avisaré para pasar a buscar sus cosas>>, escribió. En ese momento lo recordó, aquel joven le dijo a Sasha sobre una nota. Sabía que la curiosidad no estaba permitida, pero no pudo evitarla, ya la tenía en sus manos cuando tomó consciencia de que, lo que estaba por hacer, si no era ilegal, era moralmente cuestionable, sin embargo, no se explicaba aquella necesidad de averiguar su contenido. “Mi querido Michel: No sé bien cómo comenzar estas palabras sabiendo todo el dolor que te he causado. El arrepentimiento ha sido mi compañero este último año, la desesperanza la cruel consejera de mis pasos. No te culpes más, por favor. Cuando me enteré de que habías dejado el piano por mi partida, realmente deseé contactarte, romper la promesa unilateral que hice de no alterar más tus días. ¡No podía entenderlo! El piano era tu vida, tu alma, tu existencia misma… saber que lo habías abandonado, que te rehusabas a vivir a causa de mis actos fue desgarrador. ¿Qué podía hacer por ti? ¿Cómo hacerte feliz sin alcanzarte? Mi egoísmo te arrastró al abismo, mi incapacidad de lidiar con mis sentimientos y el arrebato de poner aquella carga —que no deseabas ni pediste— en tus hombros, te atraparon en las tinieblas. La impotencia de no poder hacer nada por quien amas, la angustia de un amor que nunca debió ser expresado. Lo siento tanto, de verdad deseo tu perdón, pero no es así como pretendo obtenerlo. Cuando me contaron que habías vuelto a tocar, que volverías a dar conciertos, que estabas componiendo no pude sino llorar. Resurgías del infierno, probablemente siendo tú mismo quien debió cruzarlo en búsqueda de tu propia alma. Anhelé haber estado allí para sostenerte en aquella cruda travesía, pero ¿cómo el perpetrador puede esperar la redención? Fue inevitable viajar a verte, necesitaba vibrar con tu renacimiento, otra vez mi egoísmo superaba a mis principios y quebraba las promesas. Sin embargo, esta noche, observarte con tal desplante, perfección, tan enérgico, despampanante… y apolíneo (lamento decirlo, fue irrefrenable pensarlo); volvió a estremecerse mi corazón sin tú saberlo, recordé por qué no puedo dejarte ir, por qué mis sentimientos se niegan a morir. ¡Es tan cruel de mi parte! Albergo esperanzas que no deseas. Mi adorado Michi, este será un adiós momentáneo, volveré el próximo año con la esperanza de enmendar mis errores y obtener el perdón tan ansiado. No te preocupes, no busco nada que no puedas o no quieras darme. Por ti suspiran mis horas y se inspiran mis anhelos, no pienses que yazgo en el tormento de un lecho de espinas, tu amistad, bondad y cariño acunan mis pensamientos. Lamento ser tan sincero, pero, en este momento, no puedo evitar decir, nuevamente, lo que alberga mi corazón. No dejes de sonreír, por favor.

Siempre tuyo,

Claus.”

Sintió náuseas, un rechazo absoluto a lo que se encontraba escrito, un desagrado infundado. ¿Qué se creía aquel? Lo dejó solo viviendo un calvario, mientras buscaba recomenzar en otro lugar, siendo el pianista quien debió cargar con las consecuencias de lo que no buscó, no habiendo hecho nada malo. ¡Qué descaro! ¡Descarado mil veces! ¿Cómo que volver a buscar su perdón? Ni siquiera era capaz de dar la cara. Como si fuera cierto que volverá solo por eso, no se ha rendido ni lo hará, insistirá hasta que Michel ceda a sus pretensiones. <<Maldito manipulador>>, pensó. ¿Sería que caería en los brazos de aquel si le hablaba bonito? Hecho público y notorio el que Claus era atractivo, además músico y, al parecer, por los comentarios de Sasha, buena persona, aunque esto último realmente lo dudaba. Quizás, con aquellas dulces palabras con las que trataba de envolverlo, lo haría caer en su red. Si Michel no conocía a nadie en un año, indudablemente cedería ante aquel… quizás no era un mal prospecto para ser un primer amor, si realmente lo apreciaba tanto como pregonaba. <<No quieres verlo, porque eres estúpido, tú eres su primer amor, aunque busque otro, ya no será el primero, porque has sido tú quien le ha robado los pensamientos y, probablemente, más que eso, ¿o me equivoco?>>, recordó las palabras de la de ojos ámbar unas cuantas semanas atrás. <<¿De qué sirve ser el primer amor si no puede ser atesorado?>>, pensó. ¿Sería que Michel podría tener mejores recuerdos si aceptaba a ese músico? ¿De verdad lo aceptaría? ¡¿Y por qué, si Sasha lo apoyaba para aceptar al pianista, le daba alas a ese embustero, entonces?! Ah, cómo lo fastidiaba aquello, <<¡¿de qué lado estás?!>>. Por un momento no entendió por qué le daba vueltas a ese tema, no era asunto suyo, en un año más ya estaría postulando a la universidad y todo lo relacionado al pianista estaría quedando atrás. No valía la pena reparar en ello. <<Un año>>, se dijo. <<Todo cambia en ese período de tiempo>>, recordó. Así como él había quedado devastado por un infeliz, Michel había vivido un infierno en, más o menos, el mismo período de tiempo. Sasha había atravesado una vivencia tortuosa también, incluso ese tal Claus parecía haber permanecido en ininterrumpida penitencia. <<El amor es una maldición, una bala que se debe esquivar>>. Era pasado el mediodía cuando el timbre de su teléfono lo despertó. Era Sasha quien llamaba para informarle que Michel había sido dado de alta y se dirigía a su casa. <<Por fortuna todo está bien, bueno, está algo cansado, pero su salud es buena. Se obsesiona tanto que olvida las cosas esenciales de la subsistencia>>, comentó. El de ojos verdes preguntó a qué hora pasaría por las cosas del pianista, la chica se mantuvo en silencio unos instantes… había olvidado que tenía audición esa tarde y las flores se marchitarían si no se llevaban a su casa, no alcanzaría a disfrutarlas, el teléfono del chico también estaba en su bolso junto a su identificación, tarjetas, billetera; debía entregarse ese mismo día. Joseph no entendió de buenas a primeras a dónde quería llegar. —Joseph, ¿será posible que, abusando de tu infinita buena voluntad, lleves las pertenencias de Mich a su casa? Si no fuera urgente, no lo pediría, sé lo difícil que es la situación, pero, a cambio, puedo darte lo que quieras —dijo la castaña. El de cabello negro se petrificó, esa solicitud era totalmente inesperada, no pensaba que fuera buena idea. —No quisiera incomodar, en realidad, no es prudente que un extraño… —Si fuera peligroso para ti o inconveniente para ellos no te lo pediría, solo están Cale, Mich y su padre, así que no tienes que preocuparte —interrumpió la chica. —Aun así, ni siquiera sé dónde vive —se excusó, ¿qué pensaba? ¿Estaba loca? —¡Ah, no te preocupes por eso! Te envié algo, míralo. —¿Qué es? —Es el número de Cale, él te enviará la ubicación, ya le avisé que irías. ¡Muchas gracias, Josh! —dijo antes de cortar, sin esperar respuesta del joven. Tras el fin de la llamada, recibió un nuevo mensaje de aquella: <<No te preocupes, Cale no muerde, es como Mich, pero más maduro y centrado>>. Era realmente un incordio. Todo lo que desestabilizara sus rutinas, todo lo que estuviera fuera de su alcance, aquello que no pudiera prever lo alteraba, sin embargo, quedaba la última esperanza. Desde el incidente del lago, su padre no lo dejaba ir solo a ningún lugar, probablemente, en esta ocasión sería igual, así que era cuestión de hablar con él y, negada la autorización para visitar al pianista, le escribiría a Sasha indicando los motivos, ella comprendería. —Por supuesto que sí —respondió su padre, quien había dejado lo que estaba haciendo para prestar atención a la solicitud de su hijo. —¿Eh? —musitó en shock. —Me parece que es lo mínimo que puedes hacer, me alegra verte con esa iniciativa, Michel es un buen muchacho y me tranquiliza que no haya sido nada grave, pero tu deber es acompañarlo, ¿no? —¿Cómo que mi deber? —preguntó aterrorizado ¿qué quería decir su padre con eso? —Él se preocupó por ti el tiempo que estuviste en casa, ¿no lo recuerdas? Te corresponde hacer por él mismo. Ve nomás, envíale mis afectos y deseos de pronta recuperación. ———— El destino nuevamente utilizaba sucios trucos, la respuesta de su padre, simplemente, no la esperaba. ¿Cómo podía tener tanta consideración por un chico que, a duras penas, vio un par de ocasiones? No le hacía sentido, pero no obtenía nada con seguir dando vueltas al asunto. La distancia era mucho mayor a la que imaginaba, Caleb le envío la ubicación al instante de haberle escrito. Llegó a una casa posmodernista blanca, rodeada de bosque nativo. Un hombre maduro, de cabello corto y rubio, de ojos grises cansados, cuya tez blanca había sido tiznada por incipientes ojeras; abrió la puerta. Joseph se estremeció un poco, ¿sería el padre? Al verlo, le sonrió, <<ah, tú debes ser Joseph, es un gusto, adelante>>, dijo aquel hombre con una amplia sonrisa, haciéndolo pasar. Ingresó a un espacio de concepto abierto totalmente iluminado, los ventanales estaban tan bien ubicados que capturaban cualquier rayo de luz desde el amanecer hasta el ocaso. Le ofrecieron sentarse en un sillón, mientras aquel hombre se ubicaba frente a él. Joseph estaba inexplicablemente nervioso, se trataba solo del padre de un compañero de curso y él había ido específicamente a dejar las pertenencias del chico, nada más. ¿Por qué se sentía tan incómodo, como juzgado? Una punzada de culpabilidad paralizó su corazón, parecía haberse olvidado de que había pulverizado las ilusiones de su hijo. La conversación fluyó mucho más amena de lo que esperó, poco a poco se fue relajando. Si bien, su plan original era llegar, entregar las cosas y regresar, Gadriel —el padre de Michel— insistió para que se quedara, era un largo trayecto, sería ridículo que fuera nada más a eso. Tras unos momentos, Caleb se incorporó a la conversación, era cierto lo que dijo Sasha, era bastante agradable conversar con él. No trataban temas específicos, entre música, lo académico y algunas nimiedades, por alguna razón no esclarecida, Joseph comentó su vocación por la astronomía. Caleb estaba encantado, su hermano era un aficionado y de él había aprendido varias cosas —bastante básicas, eso sí— sobre cuerpos celestes. <<Entonces lo tuyo va por la ciencia>>, observó Gadriel. Con toda seguridad, Joseph asintió, en efecto, era su plan, estudiaría astronomía. El violinista estaba fascinado con ello, esa noche se esperaba una lluvia de estrellas visibles desde su casa y, además, tenían un telescopio; si Michel no se despertaba, tendría que verla solo. Realmente deseaba que el de cabello negro lo acompañara. El de ojos verdes estaba sorprendido, ¿cómo era posible que lo invitaran así nada más? Ni siquiera lo conocían, aunque notaba que sabían varias cosas sobre él, nada muy relevante, en realidad. ¿Eso quería decir que el pianista les había hablado de él? Trató de excusarse con lo de que su padre era muy estricto y no lo permitiría, sin embargo, Gadriel era de aquellos hombres que resuelven. En menos de quince minutos, consiguió que Joseph le diera el número de Phillippe, lo llamó él mismo para pedir la autorización. El de cabello negro lo ignoraba, pero aquellos tiempos en los que su padre tocaba el violín, fue parte de una orquesta a la que pertenecían los padres de Michel. Una vez que se retiró, con el ajetreo de la vida, fueron distanciándose, pero existía el remanente del mutuo afecto que se tenían. Por supuesto que Phillippe aceptó, le parecía fantástico. Joseph había estado tan solo ese año, tan retraído, desanimado… más aquella situación. Creyó que no se levantaría jamás, que se mantendría en aquel pozo sin fondo. Michel le había devuelto algo de alegría, aunque él mismo no se diera cuenta de ello. Llegado un momento, Gadriel miró la hora y se excusó con los jóvenes, tenía asuntos pendientes, por lo que debía encerrarse en su oficina. Le reiteró a Joseph la bienvenida, pidiéndole que se sintiera cómodo y que, cualquier cosa, Caleb con gusto lo ayudaría. Una vez su padre se hubo retirado, el violinista le pidió al de ojos verdes acompañarlo a dejar las cosas de Michel. Al principio titubeó un poco, pero luego comenzó a seguirlo escalera arriba, acompañado se sentía más valeroso. —No estés tan nervioso, Josh —dijo Caleb mientras subían las escaleras—. En esta casa nadie muerde. Bueno, quizás Mich pueda hacerlo un poco, eso no lo sé, pero te aseguro que mi papá y yo no —bromeó. —La verdad es que no creo que sea buena idea quedarme, él está absolutamente enojado conmigo —dijo Joseph, por alguna extraña razón le nacía ser honesto. —Con justa razón —respondió automáticamente—. Digo, Mich y yo no nos guardamos secretos, ¿sabes? —¿Tanto te contó? —preguntó avergonzado y culpable. —Los pormenores de sus toqueteos no, pero lo demás sí —dijo con naturalidad—. Si lo que te da miedo es que yo te deteste por eso, no; si así fuera, jamás hubiera dejado que entraras a la casa, en primer lugar. Tienes mi apoyo, Josh. Además, no creo que Mich siga enojado después de lo de anoche, con toda la descarga emocional y el desmayo, probablemente se le reseteó el cerebro… ¡solo espero que no se haya olvidado de ti! ¿Te imaginas? Ja, ja, ja, ja. Un escalofrío recorrió la espalda de Joseph, ese chico era demasiado sagaz, ya entendía las cualidades de los primos, parecía que Michel era el único de verdad angelical. Además, lo había notado, Sasha y él comenzaron a decirle “Josh” de la nada, nadie, excepto su familia, lo trataba así, aunque, curiosamente, no le incomodaba. >>Es aquí —dijo deteniéndose frente a una puerta que abrió lentamente, echando un rápido vistazo al interior—. Excelente, sigue dormido —musitó. Le indicó al de ojos verdes que se adelantara y, cuando este había cruzado el umbral, sin aviso, el violinista lo empujó hacia el interior y cerró la puerta. Joseph se aterró, aquel lo había lanzado a los leones sin ninguna prevención. —Caleb, no seas así, abre —susurró a través de la puerta. —No te hará daño, no seas cobarde, enfrenta tu destino —le respondió casi sin poder contener la risa. El de mirada aguamarina no entendía qué estaba haciendo, fue a meterse a la boca del lobo. Para no odiarlo, Caleb estaba siendo bastante rudo. Recorrió la habitación con la mirada, paredes claras, al fondo y a la izquierda ventanales amplios que permitían el ingreso hasta del más débil atisbo de luz. Justo al entrar, a la derecha, un sitial, mesita auxiliar, librero y lámpara de pie. En la pared derecha distinguía las puertas del vestidor y del baño. Frente a uno de los ventanales de la izquierda, un escritorio con su respectiva silla. Al fondo de la habitación estaba la cama, donde descansaba el pianista. Dejó las pertenencias de aquel sobre el escritorio y caminó con cautela hacia él. Devorado por los nervios, contempló aquel pálido rostro. Ya no lucía las intensas ojeras que ensombrecían su semblante. Un incipiente rubor cubría sus mejillas, su respiración acompasada y tranquila; una calidez se abrazó a su espíritu. Se arrodilló junto a la cama, paseó los dedos suavemente por sus mejillas y tomó su mano, siendo inevitable posar su frente en ella, un profundo suspiro arrancó de los pulmones del chico de cabello dorado. —Perdóname, Mich. No hay nada que pueda decir que justifique mi crueldad, pero no he podido estar tranquilo viéndote sufrir —dijo en un susurro con la voz entrecortada—. Fui un canalla, no merecías ese trato, los cuestionamientos, mucho menos ese pacto infernal que te ofrecí. ¡¿Qué demonios soy?! —agregó sin controlar la elevación de su voz. >>Me destroza haber apagado el brillo de tu mirada, tú que te acercaste con tanta decisión a este errante que no dudó en jugar con tus sentimientos; sin pedir nada a cambio que mi compañía —dijo con la laguna aguamarina inundándose—. ¿Por qué te tenías que fijar en mí? Yo, que me he convertido en lo que más desprecio, sin posibilidad alguna de ofrecerte felicidad. Yo, que robé tus momentos más preciados para mancillarlos, que incrusté espinas en un corazón que cargaba con el peso del tormento. >>¿Sabes? Sasha solo trataba de protegerte, estaba preocupada por ti, con razón. No tiene nada que ver con lo que hiciste por ella, no te guarda rencor alguno por eso, al contrario, sentirá que está en deuda contigo toda la vida. Si tienes que odiar a alguien, ódiame a mí, solo a mí. No pudo continuar, se le había hecho un nudo en la garganta que intentaba deshacer. Su reacción escapaba a toda lógica, era todo lo contrario a lo que pensaba hacer. Si bien iba a disculparse, no pretendía ser tan abierto. Sentía el corazón latir tan agitado, que temía que el de ojos ónice alcanzara a escucharlo. No se había percatado del ligero temblor de sus manos, transpiraba en frío. Si se despertaba en ese momento ¿lo echaría a los gritos? ¿Le dedicaría aquella desdeñosa mirada? —Perdóname, por favor —suplicó tras un silencio. Una intuición hizo que levantara la vista hacia el rostro del pianista. Este estaba abriendo los ojos. El de cabello negro se paralizó, el momento de la verdad había llegado. Pensó que tendría suficiente tiempo como para arrancar, pero no había nada más qué hacer, solo esperaba que la muerte fuese rápida. —C-cla-us —musitó el rubio apenas audible, pero pudo leerse en sus labios. Joseph sintió una punzada en el alma. —¿D-dón-de? —preguntó ya más audible, fijando la mirada en aquellos ojos verdes suplicantes. —¿Q-quién eres? —preguntó débilmente con aquellas ónices esferas abiertas.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección