Vampirismo

Slash
PG-13
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planificada Midi, escritos 14 páginas, 7.725 palabras, 2 capítulos
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Capítulo 1

Ajustes
Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido.

      

—1 Corintios, 13:12

       Junio apenas comenzaba. Como de costumbre en esa región, caía una lluvia torrencial. En el castillo familiar Broflovski, resonaban los pasos solitarios de uno de sus pocos habitantes actuales. A esa hora los sirvientes dormían, cosa que él no podía hacer. Cuando Kenny estaba fuera, atendiendo los asuntos propios de un noble inglés cómo lo era él, se le dificultaba dormir. Más aún en una noche como esa, en la cual la tormenta caía poderosa en el exterior y en la que de hecho acababa de recibir una visita improvista; aunque, hasta cierto punto, muy esperada.       Los relámpagos iluminaron el interior del castillo, haciéndole temblar, mientras se dirigía hacia el despacho en el cual su invitado le esperaba, con una vela como única iluminación. El nombre de aquel hombre es Kyle Broflovski y el despacho al que se dirige alguna vez había sido de su padre, aunque desde que él heredara todo tras su muerte era el suyo.       Se detuvo de pronto, a unos cuantos metros de la puerta del despacho, al creer haber escuchado el sonido de unos pasos más suaves detrás de él. Se giró, tratando de iluminar el pasillo con la precaria llama de la vela. Las armaduras de la derecha echaban sus sombras extrañas y bailarinas, debido a la fluctuación de la llama sobre la pared.       —¿Butters? —susurró en voz baja.       Recibió el silencio como toda respuesta. Tras unos momentos de espera, con el crepitar de la lluvia en las ventanas resonando en el solitario pasillo, sacudió la cabeza. Por supuesto, no podía ser Butters. Era imposible que él regresara… ¿Verdad?       Se giró y prosiguió con su camino hacia el despacho. El alivio lo inundo cuando entró en la pieza iluminada por los candelabros y la araña de plata que colgaba del techo.       Su invitado, un hombre joven de estatura promedio, rostro pálido, gruesas ojeras bajo los ojos y una forma de vestir algo desaliñada, ya le esperaba.       Kenny, su amante, lo había conocido en una librería de Londres. Una de esas que tenían los viejos libros y tratados medievales que a él le gustaba coleccionar. En seguida le llamó la atención el vasto contenido que tenía de ciertos temas ocultistas y espiritistas. Y en especial de vampirismo. Además, según le dijo, este hombre era una especie de coleccionista o cazador de historias de horror y aquellas personas que habían tenido encuentros con el mundo sobrenatural —como Kyle mismo— aseguraban que contarle la historia era como liberarse un gran peso. Era como si este hombre pudiera atrapar los recuerdos horribles para que ya no atormentaran a aquellos que decidían contárselos.       Tras enterarse de eso y siendo que los rezos parecían no servir de mucho para olvidar todo lo acontecido en aquella horrible primavera de ocho años atrás, sintió mucha curiosidad por conocerlo. Durante poco más de dos años mantuvo correspondencia con él. Y ahora que el momento en que debía contar su historia había llegado, todo le parecía irreal. Si no lo supiera, creería que este hombre era un ser como Butters, solo que se alimentaba de historia en lugar de…       Suspiró.       —Perdón por hacerlo esperar —dijo Kyle, antes de tomar asiento frente a él en uno de los sofás de la habitación.       El hombre le restó importancia con un gesto de la mano. Se encontraba sentado junto a una pequeña mesa para café.       —En realidad creo que soy yo quien debería disculparme por llegar tan tarde. Ha sido un viaje algo accidentado.       Kyle asintió.       —Tal vez prefiera descansar. Como puede ver, este castillo es muy grande y tiene muchas habitaciones que no solemos utilizar.       En realidad eso era común en los viejos castillos europeos. Después de todo, eran fortalezas militares pensadas más para alojar tropas. Que luego se convirtieran en hogares de nobles y burgueses ricos era otra cosa.       —Agradezco su oferta, señor Broflovski, aunque debo declinarla. El tiempo que tengo es muy escaso y es mejor ir directamente al asunto que me ha traído aquí.       Kyle asintió de nuevo, comprensivo.       La habitación se inundó momentáneamente por el resplandor de un relámpago, seguido a los pocos segundos por el sonido ensordecedor de un trueno. La pieza era acogedora y un fuego agradable ardía en la chimenea. A pesar de ser verano, en las noches tormentosas como esa la temperatura podía llegar a bajar abruptamente, lo cual se sentía incluso más en un viejo castillo como aquel, construido con viejas, gruesas y frías rocas.       El pelirrojo miró con curiosidad a su invitado, ya que había sacado un artilugio extraño y lo colocó sobre la mesa. Luego extrajo una pila de hojas de papel de su maleta, tomó una y la acomodó en el aparato.       —Es una máquina de escribir, creo que no son comunes en las zonas rurales —dijo, y Kyle asintió de acuerdo—. Es mucho más práctica para mí a la hora de transcribir las historias.       —He escuchado que le llaman un Coleccionista de Historias.       El hombre sonrió.       —Bueno, he recibido muchos nombres. Aunque si es referente a mi profesión, soy un librero más que nada. Aunque sí, siempre estoy a la caza de historias, sobre todo una como la suya, para coleccionarlas.       —Creo que es mejor tutearnos —interrumpió Kyle—. Hemos intercambiado tanta correspondencia el último par de años que…       —Lo entiendo. Bien, Kyle, como te decía, siempre ando en busca de historias con ciertos elementos sobrenaturales. Y, por experiencia, es mucho mejor cuando se exteriorizan esos temores.       Kyle soltó un pequeño suspiro. Deseaba hacer eso, poder dejar atrás todos aquellos horribles acontecimientos.       —Seguro Kenny ya te contó mucho al respecto y en mis cartas he soltado más de un detalle.       —Siempre es mejor tener la historia completa y de primera mano, cuando es posible.       Un nuevo relámpago iluminó la habitación. Kyle se mostraba pensativo, como tratando de decidir por dónde comenzar a contar la historia.       —Comienza por dónde lo creas conveniente —le tranquilizó el coleccionista.       El pelirrojo asintió.       —Nunca he tenido que contar la historia completa. De hecho, preferiría olvidar que todo esto sucedió… Eso decir, si eso fuera posible…       Mientras hablaba su voz se fue apagando. El invitado le miró con cierta comprensión. Tras unos minutos, preguntó con voz queda:       —¿Hace cuánto qué pasó todo eso?       —Ocho años —se apresuró a responder.       —Ocho años. Ocho años viviendo con ese temor atormentando tu alma y tus sueños. Es demasiado tiempo.       —Lo es. —La mirada de Kyle estaba algo apagada, mientras los recuerdo de lo ocurrido se agolpaban en su mente—. Ocho años creyendo que él regresara, temiendo que la pesadilla se reanude. Kenny hace lo que puede para ayudarme, pero la verdad es que no lo consigue del todo.       El sonido de la lluvia contra la ventana y el golpeteo de los dedos sobre las teclas de la máquina de escribir fue todo lo que se escuchó durante algunos momentos.       —Bueno, una experiencia como esa es difícil de olvidar.       —Sí, más aún en un lugar como este. Tan solitario. Mi padre obtuvo este castillo por un precio ridículo. Él es inglés, pero desde chico se mudó aquí, a Estiria, cuando mi abuelo fue nombrado embajador. Y bueno, al crecer ya no se marchó de este lugar. Trabajó para el gobierno local durante algunos años. Él era abogado y la verdad es que en un sitio como este, una pensión del gobierno da para mucho. Mi madre, era una dama local de aquí de Estiria. Sin embargo, ella murió cuando yo era muy joven. Ni siquiera la recuerdo. Tuve, sin embargo, una niñera que suplió su falta. La señorita Selastraga. Y, cuando fui un poco mayor, mi padre contrató a una institutriz, la señorita Victoria.       —Sin embargo, a pesar de que ellas y tu padre vivían aquí, debió ser difícil para un niño crecer en este lugar tan aislado.       —Lo fue. El castillo domina un bosque desde una colina. Frente al puente levadizo, que jamás he visto alzarse en mi vida, pasa un camino de tierra. El pueblo habitado más cercano se encuentra a quince kilómetros hacia el oeste. Y digo el pueblo habitado, porque a solo un kilómetro adentro del bosque, en el camino viejo, hay un pueblo abandonado hace ya más de un siglo. Y allí mismo se encuentra el castillo ruinoso de la otrora orgullosa familia Stotch, la cual se extinguió hace más de ciento cincuenta años. El cementerio familiar de los Stotch se encuentra en la vieja iglesia ruinosa del pueblo abandonado. Hay una leyenda local sobre el porqué la gente abandonó dicho pueblo, pero de eso hablaré más tarde. El otro lugar notable en las cercanías, es el castillo del general Kern, a solo cinco kilómetros hacia el este.       —¿Solo cinco? —comentó con diversión el coleccionista, arrancando una pequeña sonrisa al anfitrión.       —Sí, cinco kilómetros. Y como puedes ver, realmente era una vida solitaria. Tenía algunos amigos a los que a veces visitaba; y otras veces ellos me devolvían la visita. Pero en general vivía enclaustrado en este castillo, al cuidado de mi niñera y la educación que con esmero me inculcaban mi padre y la señorita Victoria. Y en este castillo, cuando tenía cinco años, sucedió un acontecimiento extraño. En cierto sentido, creo que fue allí cuando todo comenzó. Durante mucho tiempo se pensó que fue una pesadilla pero…       Cerró los ojos.       —¿Qué sucedió? —lo animó a hablar.       —Bueno, debo admitir que era yo un niño muy mimado. Mi padre nunca tuvo un carácter muy fuerte y debido a eso no me negaba nada. En aquel tiempo dormía en una de las habitaciones del último piso. Generalmente, cuando era muy pequeño, una de las doncellas domésticas y mi niñera solían velar mis sueños. Sin embargo, aquella noche, al despertar de improviso, no encontré a nadie en la habitación. Me sentí furioso porque me habían dejado solo y la verdad es que estuve a punto de hacer un berrinche y gritar con todas mis fuerzas.       —¿No tenías miedo?       —No. Fui un niño que tuvo la suerte de que no me llenaran la cabeza con esas historias que hacen que los niños pequeños teman a los crujidos que a veces se escuchan en las noches, sobre todo en construcciones muy antiguas como este castillo. Pero creo que debería continuar contando lo ocurrido aquella noche.       —Sí, por favor —pidió el coleccionista, mientras volvía a posicionar sus manos sobre el teclado.       —Bien, al verme solo me puse furioso y estuve a punto de gritar. Sin embargo, antes de hacerlo, noté que había alguien más en la habitación. Era un joven, muy guapo y de cabellos rubios. Recuerdo nítidamente como me sonrió al notar que estaba despierto. Luego, levantó las mantas de la cama y se acostó a mi lado. No sé por qué, pero de inmediato olvide mi furia y me invadió una sensación de sopor. Lentamente me quedé dormido. De pronto, me desperté al sentir dos pinchazos en el pecho, muy cerca del cuello. Eran como si me hubieran clavado dos alfileres. Me volví y vi como el guapo muchacho que estaba tendido a mi lado se levantaba de improviso, para posteriormente agacharse y desaparecer de la vista, como si se hubiera ocultado debajo de la cama.       »Recuerdo que grité y comencé a llorar con fuertes berridos. De inmediato la niñera y la doncella que me cuidaban por la noche entraron a la habitación a toda prisa. Entre llanto, conseguí contarles lo que había pasado. Trataron de tranquilizarme, obviamente, diciendo que no había sido más que un sueño. A pesar de eso, vi como abrieron los armarios y buscaron por cada rincón de la habitación, e incluso llamaron al resto de los empleados para buscar por el resto del castillo. Por supuesto, me revisaron el pecho, en dónde había sentido los pinchazos, pero no encontraron nada. Y eso no es todo, escuche a la doncella comentar en voz baja a la señorita Selastraga: “Mire la cama. Está tibia y se nota la forma de una persona, como si alguien se hubiera tendido allí recientemente; y está más que claro que no fuimos ninguna de nosotras”.       —Vaya. A esa edad eso debió ser muy impresionante algo como eso.       —Ciertamente lo fue. Durante meses no podía quedarme solo, incluso de día. Mi padre mandó a llamar a un rabino, el cual me enseñó a rezar ciertas oraciones en hebreo y hasta que tuve catorce años, mi padre y mi niñera me obligaban a repetir dichas oraciones antes de dormir. Estaba más que claro que, a pesar de que trataban de desestimar mi relato de aquella aparición, quizá para no asustarme más, lo cierto es que todos estaban preocupados por lo ocurrido.       Kyle guardó silencio y por unos minutos el único sonido era el golpeteo de las teclas de la máquina de escribir.       —Mi padre murió cuando yo tenía quince años. Un accidente de carruaje durante un viaje a la capital para atender algunos asuntos. De la noche a la mañana, me convertí en el amo de estas tierras. Por suerte contaba con mi institutriz, la señorita Victoria, y, por supuesto, con la señorita Selastraga, quienes me ayudaron a aprender todo lo necesario sobre cómo llevar la propiedad y los negocios familiares.       Guardó silencio un momento.       —A los diecinueve años, ya no tenía mucho tiempo para visitar a mis pocos amigos, por lo que las escasas veces que nos veíamos era durante las fiestas patronales del pueblo cercano. Aunque mi familia es judía, nunca fuimos muy practicantes, y las fiestas patronales de la iglesia católica del pueblo resultaban una excusa más que perfecta para desentenderme un poco de mis obligaciones y relajarme.       »Ahora, debo decir que no éramos realmente muchos jóvenes de mi edad en las cercanías. Estaban los Cotswolds, hijos de alcalde, a quienes solía visitar en las cercanías de las fiestas navideñas cuando más niño. Y también la señorita Barbara Stevens y su mejor amiga, Wendy, quien de hecho vivía en la ciudad de Graz, pero usualmente visitaba a los Stevens, con quienes estaba ligeramente emparentada, durante los veranos. Y por supuesto, los Tucker. Craig, el mayor, era muy estoico y poco comunicativo, aunque en estas zonas tan remotas uno no se puede poner quisquilloso con las amistades. Así pues, el grupo de amigos de nuestra edad era tan reducido que un nuevo rostro siempre era bienvenido.       »Por aquellos días de primavera, cuando recién había cumplido los diecinueve años, el general Kern estaba recibiendo una visita de un año de su sobrino, Stanley Marsh.       Kyle guardó silencio un momento. Parecía pensativo y melancólico.       —Desde la muerte de mi padre, el general Kern fue un gran apoyo para mí. Había sido gran amigo de la familia desde siempre. En cuanto me vio solo no dudo ni por un momento en ofrecerme su ayuda para cualquier cosa que necesitara. Pues bien, esa primavera concretamos una visita. Él y su sobrino vendrían al castillo y se quedaría un mes. Según el general, en este lugar tan remoto su sobrino se aburría mucho y tener un poco de compañía de su edad seguramente sería beneficioso para ambos, sobre todo porque yo me concentraba mucho en el trabajo de mantener la finca y las tierras que arrendamos a algunos granjeros locales.       »Sin embargo, justo un día antes de la fecha en la que llegarían, recibí una carta del general Kern. Esa carta… Bueno, era una carta realmente extraña.       —¿Extraña?       —Sí, extraña y muy triste. La visita se cancelaba, ya que, desafortunadamente, su sobrino había muerto.       Se hizo un pequeño silencio.       —En la carta, ¿el general Kern indicaba la causa? Es decir…       —Como dije, era extraña. Hablaba de un demonio al que supuestamente había recibido en su casa, y que este se había vuelto contra ellos y su hospitalidad llevando a la muerte a su sobrino.       —¿Un demonio?       —Exactamente. Yo mismo no sabía qué pensar. Es decir, por los rumores que mis amistades habituales me contaban en sus cartas, podía intuir que ese chico, Stanley, era bondadoso y atento. Ese año, en específico, Wendy estaba quedándose una larga temporada en casa de Barbara, y ella en especial hablaba maravillas del joven. Al parecer ambos se habían conocido en la diligencia que les había traído desde Graz y allí se había formado una amistad muy buena.       »En fin. En ninguna de esas cartas se decía que el joven se notara enfermo, sino todo lo contrario. Y, sin embargo, en su carta el general hablaba de una enfermedad que le había consumido. Aunque era este supuesto demonio, fuera a lo que fuera que se refería con eso el general, lo que más resultaba extraño en la carta, ya que le culpaba a él de dicha enfermedad. Llegué a pensar que el general había perdido la cordura debido a la muerte de su sobrino.       »De verdad me sentí devastado y aunque hasta cierta forma era un alivio que no hubiera llegado a conocer a aquel joven, pues de lo contrario su muerte me habría afectado más, no podía dejar de sentir compasión por el dolor que el general expresaba en su carta.       —¿Nunca supiste a qué se refería el general cuando hablaba de un demonio?       —¡Oh, por supuesto que sí! Pero ya llegaré a eso. La tarde del día en el cual debió llegar el general y su sobrino, fue extrañamente cálida y mi carga de trabajo esos días era un poco menor, así pues, me uní a la señorita Selastraga y la señorita Victoria en los bancos junto al puente levadizo para tomar el fresco de la tarde. La señorita Victoria, como de costumbre, hablaba de esos temas esotéricos que tanto le agradaban; y la señorita Selastraga refutaba con cierta gracia cada una de sus afirmaciones.       »Cuando la noche ya había caído, algo atrajo nuestra atención. Era un carruaje. Iba avanzando a toda velocidad por el camino de tierra frente al castillo. Lo vimos dirigirse a toda velocidad hacia la curva que rodea la colina en la que se asienta este castillo. En ese momento sentí miedo. El carruaje, jalado por cuatro corceles de color pardo, iba a tal velocidad; y el jinete acosaba con tal insistencia a los caballos, que no podría dar la vuelta bien. La señorita Victoria soltó un grito asustado, mientras se ponía de pie casi de un salto. La señorita Selastraga, corrió hacia el interior del castillo, en busca de algunos de los criados, en previsión de lo que iba a pasar. Pues, justo como lo pensamos, nada más trató de tomar la curva, el carruaje se inclinó demasiado hacia su derecha y finalmente cayó. El chofer salió disparado hacia un lado y casi cae al foso de agua que rodea la colina, mientras los caballos se detenían casi de golpe, encabritándose.       »Junto con la señorita Victoria, corrí hacia el carruaje. Pude ver como una mujer era asistida para salir del carruaje por el conductor, el cual se había levantado casi al instante de tocar tierra para ir en auxilio de los pasajeros. Luego, entre ambos, comenzaron a sacar a un joven. Estaba inconsciente.       »Cuando llegamos hasta dónde estaban, lo habían tendido a la orilla del camino, sobre la hierba. Era un joven rubio, que extrañamente me pareció familiar, aunque en la conmoción del momento no le di importancia. La mujer que había salido del carruaje, alta y rubia, parecía algo histérica. No dejaba de exclamar la desgracia de que tal cosa ocurriera justo en ese momento, cuando hacía un viaje tan importante, y como de seguro su pobre hijo no podría proseguir en dicho estado.       »Yo me agaché junto al rubio y le tomé por la muñeca para revisarle el pulso como mi padre me había enseñado tiempo atrás. Aunque algo débil, allí estaba. También noté que todavía respiraba, aunque de forma algo irregular. Al avisar de esto a la mujer, pareció algo aliviada, pero de inmediato volvió a sus exclamaciones sobre la desgracia que este accidente significaba en su apretado itinerario de viaje. Al preguntar sobre un pueblo cercano y enterarse de que estaba a quince kilómetros hacia el oeste, pareció empeorar su ánimo. Imposible, dijo, ir hacia allá. Debía tomar el camino que iba al norte y no podía permitirse un desvío como ese de su camino en un viaje tan importante.       »Fue entonces que me suplicó que por favor permitiera a su hijo pasar un tiempo en el castillo. Que me pagaría muy bien si le daba hospedaje. No sería mucho tiempo, aseguró, no más de tres meses. Y la verdad es que, como una buena persona, no pude negarme e incluso decline el ofrecimiento de un pago.       Kyle se detuvo, cerrando los ojos.       —Ese, por supuesto, fue el error que casi condena mi alma. Aunque claro, yo no lo sabía en ese momento.       »En fin, los criados del castillo ayudaron al cochero a levantar el carruaje, el cual afortunadamente no parecía haber sufrido daño alguno. Mientras tanto, cargué a aquel joven. Era bastante ligero, por cierto. Y su rostro parecía tan angelical. Su madre nos acompañó a mí, la señorita Victoria y la señorita Selastraga al interior del castillo. Lo llevamos a la habitación más cercana, en el segundo piso del castillo y lo recosté sobre la cama. Su madre entonces me dio las gracias y de nueva cuenta se ofreció a pagar por el hospedaje de su hijo, lo cual decliné al instante.       »Nada más fue claro que el carruaje no estaba dañado y podría proseguir con su camino, la mujer se marchó. Al instante mande un mensajero al pueblo a traer al médico, no fuera a ser que aquel chico realmente tuviera algo grave luego de tal accidente. Y mientras tanto, una de las doncellas se quedó a cuidarle en la habitación.       »Me reuní con la señorita Selastraga y la señorita Victoria en el comedor. Como es de esperarse, la conversación era sobre toda la conmoción producto del accidente, la cual fue tal que ni siquiera nos molestamos en preguntar por el nombre de nuestro huésped o siquiera de la madre. Aunque, lo que de verdad me llamaba la atención era lo que la señorita Victoria comentaba. Hablaba de una segunda mujer, según dijo, dentro del carruaje la cual nos miraba con un gesto mitad furia, mitad burla. Era realmente horrible, dijo, y el cochero mismo no le había parecido para nada agradable.       »Yo desestimé tales cosas, sabiendo lo muy supersticiosa que podía ser mi vieja institutriz. En lugar de eso, subí al segundo piso y entre a la habitación de nuestro invitado. La doncella que le cuidaba descansaba en una silla junto a la cama. Se estaba quedando dormida. No la culpó, era casi la una de la madrugada. Me acerqué sigilosamente a la cama para ver mejor al joven. Y entonces me paralicé, al momento que pude ver mejor su rostro de aspecto angelical. ¡Allí estaba aquel rostro que viera aquella lejana noche cuando yo tenía cinco años de edad!
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