—Abraham Van Helsing,
Drácula de Bram Stoker (película)
Luego de esa revelación, Kyle guardó silencio por un momento. La tormenta parecía estar pasando, puesto que el resplandor de los relámpagos ahora era más esporádico y los truenos se escuchaban más lejanos. El coleccionista había dejado de escribir hacía un buen rato y ahora el único sonido en la habitación era el crepitar de las llamas en la chimenea. —¿El mismo rostro? ¿Estás seguro de que era la misma persona que viste en aquella ocasión? —Por supuesto —respondió Kyle—. Como dije, aunque la mayoría de mis cuidadores insistían en que lo ocurrido aquella noche a los cinco años no era sino una pesadilla y que, por tanto, no debía de dejar que dominara mi vida, aquella visión o lo que fuera había sido tan real, tan tangible, que no podía apartarla de mi mente. Mis pensamientos habían vuelto una y otra vez durante las noches de insomnio a los acontecimientos de aquella noche. Tenía el rostro de aquel rubio que me había sonreído para posteriormente acostarse junto a mí en la cama muy grabada en mi mente. No había duda de que aquel joven que ahora yacía inconsciente en aquella cama era el mismo que había visto catorce años atrás. Ya me había parecido familiar cuando lo ve tendido a un lado de la carretera, y ahora que le veía mejor, después de toda esa conmoción, no me quedaba duda del porqué. Era el mismo joven que había visto aquella noche. —¿Qué sucedió? —Estaba paralizado, como dije, me quede de pie junto a la cama mirando ese rostro redondo, de piel blanca, aunque con las mejillas sonrosadas y que resultaba extrañamente infantil e inocente. Sus labios sonrosados estaban ligeramente abiertos. Parecía que en cualquier momento fueran a curvarse dibujando aquella sonrisa que viera aquella lejana noche. »Fui sacado de mi mutismo con el sonido de las llamadas de la señorita Victoria en la puerta de la habitación. La doncella doméstica en la silla junto a la cama se removió un poco para luego despertarse y ponerse de pie. Al verme se disculpó por haberse quedado dormida. Le resté importancia con un gesto de la mano y fui yo mismo a atender a la puerta. El mensajero que enviamos al pueblo acababa de regresar con el médico, quien de inmediato entró a la pieza para examinar a nuestro invitado. »Nada más el médico comenzó su inspección, el chico se despertó. Noté como su rostro se desfiguraba momentáneamente en una mueca extraña, como entre nerviosa y furiosa. Se apresuró a exigir respuestas, al encontrarse obviamente en un lugar desconocido. Entre la señorita Victoria y yo conseguimos tranquilizarle y hablarse sobre el accidente y como su madre lo había dejado a nuestro cuidado al no poder retrasarse en un viaje tan importante. Esto pareció tranquilizarlo un poco y finalmente permitió que el médico hiciera su trabajo. »Según el anciano doctor, no parecía haber nada mal con él, si acaso que al parecer no era capaz de recordar el accidente. La memoria volvería en poco tiempo, aclaró el médico. Tuvo razón. El joven fue lentamente recordando lo ocurrido en los siguientes días. Aunque eso es adelantarme a mi relato. »Una vez el médico se marchó, nos dispusimos a dejarle descansar, no sin antes las presentaciones de rigor. El chico se presentó a sí mismo como Butters, un nombre inusual que me pareció curioso. Finalmente, salimos para dejarle descansar, aunque antes de eso me pidió una cosa, al enterarse de que era el amo de ese castillo: la llave de la habitación. Me dijo que acostumbraba a dormir con la puerta cerrada bajo llave, pues tiempo atrás unos asaltantes habían robado en su casa matando a dos criados, por lo que desde entonces prefería tomar sus precauciones, no que desconfiara de nosotros. Accedí a su petición y nada más abandonamos la habitación, después de que la doncella fuera a buscar al ama de llaves para que nos entregara la llave, él echó el cerrojo. Kyle hizo una pausa, fijando su mirada en la chimenea. —En los siguientes días Butters demostró tener ciertas peculiaridades, por así decirlo, en su comportamiento. En su rostro se formó una expresión extraña, como entre temor y sospecha. —¿Peculiaridades? ¿Qué clase de peculiaridades? —Algunos detalles que en su momento no llamaron mucho la atención, pero que ahora, cuando reflexionó atrás hacía aquellos días, han cobrado sentido con lo que descubrimos más tarde respecto a la verdadera identidad de Butters. —¿Su verdadera identidad? —Sí, Butters era… —Kyle respiró profundamente—. Bueno, ya llegare a eso. Por ahora solo quiero hacer notar algunos de esos detalles extraños en su comportamiento. —Por supuesto. El coleccionista colocó una nueva hoja en la máquina de escribir y prosiguió a escuchar el relato de su anfitrión. —Posiblemente, el primer indicio de que no era del todo un joven normal, fue su horario de sueño poco habitual para las costumbres locales. Aunque en un principio lo atribuimos al hecho de que no era un joven del campo como lo somos la mayoría de las personas en los alrededores. Verás, Butters se retiraba a dormir a una hora muy avanzada para gente rural, siempre pasada la medianoche. Y no se levantaba hasta después del mediodía. Al despertar, como único alimento tomaba una taza de chocolate y una pieza de pan. Se negaba a comer algo más que eso, argumentando que tenía un estómago muy sensible. »También, aunque la mayoría del tiempo se mostraba como un joven risueño, algunas veces, al examinar su mirada y sus gestos, me parecía que debajo de esa máscara de inocencia y risas, ocultaba algo mucho más oscuro. Su mirada se tornaba melancólica y menos alegre cuando la noche se acercaba. De igual forma, parecía cansarse rápido. A veces, cuando no tenía mucho trabajo, lo acompañaba a dar un paseo por los senderos que se adentran al bosque desde este castillo, algo que siempre, no más de una hora después, lo agotaba tanto que me urgía a regresar lo más pronto posible. Yo atribuí esto a que siempre había sido un joven muy enfermizo. De hecho, me confesó una vez, sus padres se sorprendieron del hecho de que hubiera conseguido sobrevivir hasta nuestra edad. Decía tener diecinueve años, igual que yo. »Y entonces, me confesó algo. Dijo que se había sorprendido cuando me vio al despertar, pues mi rostro le resultó extrañamente familiar. Y me habló de un sueño que había tenido cuando tenía solo cinco años. Según dijo, despertó de pronto a medianoche en una habitación que le era desconocida, por lo que se levantó rápidamente de la cama. Fue cuando, al girarse, notó que en el lugar donde había estado sentado había un joven, alto, pelirrojo y de brillantes ojos verdes. »—Su mirada me pareció triste —me dijo—, así que me acosté junto a él y lo abrace. »Luego, agregó, se despertó al escuchar un grito. Esto le hizo levantarse apresuradamente de la cama y, con temor, ocultarse debajo de esta. Fue en ese momento en el que despertó. El coleccionista alzó la mirada. —Ese sueño es muy… —comenzó. —Es muy similar a lo que viví a los cinco años —se adelantó Kyle—. Sí, también lo pensé. El sueño que Butters me contó era sospechosamente idéntico a la aparición que presencié en mi infancia. Butters pensó que era una especie de señal divina de que estábamos destinados a conocernos. Es decir, cada uno de nosotros había soñado con el otro justo con la edad que teníamos en ese momento. Yo la verdad no sabía que pensar, todo ese asunto me resultaba demasiado abrumador. Y además las palabras de la señorita Victoria cuando le comenté el hecho no hicieron más que acrecentar mi confusión. Habló de proyección astral y de otros fenómenos como los sueños proféticos. »En fin, las cosas en el castillo cambiaron con la llegada de Butters como es de esperarse. Como dije, se levantaba hasta después del mediodía y la mayor parte de las tardes la pasábamos conversando de temas al azar. En un lugar remoto como este realmente hay pocas cosas que hacer, y siendo señor de este castillo y sus tierras a veces no tenía realmente tiempo para atender a mi invitado, por lo que muchas de esas tardes las pasaba simplemente observándome mientras trabajaba en mi despacho. En esas ocasiones afloraba en él un comportamiento extraño que a veces me provocaba escalofríos. Como dije, Butters parecía durante el día un joven inocente lo cual alegaba era debido a la forma en la que sus padres le habían sobreprotegido a causa de su niñez enfermiza. Pero conforme la tarde avanzaba, dicha mirada se iba tornando extraña. Kyle hizo una pausa, mientras su mirada se perdía en la nada, como decidiendo la forma correcta de decir lo siguiente. —¿De qué forma? —preguntó el coleccionista. Kyle pareció dar un respingo al escuchar su voz—. Dijiste que la mirada de Butters se tornaba extraña. ¿Cómo era esto? —A veces, tras estar un largo rato concentrado en el papeleo de los negocios familiares, al alzar la cabeza lo sorprendía sentado en el sofá con sus ojos azules fijos en mí, mirándome intensamente. ¡Era como si estuviera viendo a través de mi alma! Y entonces, cuando se percataba de que le estaba viendo, sonreía. »Tenía además otros comportamientos extraños. A veces tras sonreír se ponía de pie y caminaba hacia mí, con un paso ligero y de movimientos casi felinos. Entonces, apartaba los documentos de mi escritorio y posaba su mano sobre la mía. Ese simple gesto me paralizaba. No parecía propio de un joven como él. Entonces, una tarde, no se detuvo allí. Se acercó a mí y me susurró algo con el tono de voz que empilaría si estuviera seduciendo a una doncella. Pero, las palabras que usó... Aspiró antes de continuar. —Dijo que era nuestro destino conocernos y que quizá pudiera acompañarlo en su solitaria y oscura existencia. Que debíamos morir juntos para renacer unidos como uno por toda la eternidad. Solo entonces podríamos amarnos de las maneras en que Dios había prohibido. De la manera en que ambos deseábamos aunque yo me negara a admitirlo. »Cuando esto pasó me deshice de su agarre. Esto produjo un cambio en él. Su sonrisa se desvaneció, para después darse la vuelta y regresar a sentarse en el sofá y continuar su contemplación silenciosa. Luego de eso ya no pude concentrarme. Cada tanto, alzaba la mirada para comprobar si él continuaba viéndome. Y siempre era así. Sentado en el sofá, como una estatua sin apartar la mirada de mí. Me produjo escalofríos y a su vez, esos ojos azules, penetrantes, me ocasionaron otras sensaciones para nada dignas del caballero que mis cuidadoras habían criado. »Butters era encantador y parecía saber la manera de emplear esos encantos para engañar a las personas a su alrededor; y lo mismo hacía conmigo. Aunque, en determinados momentos, sus acciones se tornaron aún extrañas. Algunas ocasiones, cuando nos sentábamos en el antiguo patio de armas, ahora convertido en jardín, mientras conversábamos de cosas al azar, de pronto me abrazaba por la espalda y me atraía hacía él. Yo trataba de deshacerme de su agarre, pero de pronto era como si toda mi fuerza hubiera sido drenada. Entonces él besaba una y otra vez mis mejillas, mientras murmuraba que tenía que ser suyo, acompañarlo a ese abismo que era su existencia y quedarme con él por toda la eternidad. Yo trataba de replicarle, hacerle ver que nada de eso era correcto entre dos caballeros. Como toda respuesta él simplemente se burlaba, con una risa nada agradable al oído, mientras repetía una y otra vez que en el lugar al que me llevaría las inhibiciones humanas dejarían de tener significado. Kyle cerró los ojos. —Esto debe parecerte repugnante. —¿Por qué debería ser así? Kyle abrió los ojos y le dedicó una mirada curiosa a el coleccionista. —Kyle, de dónde vengo esos prejuicios han quedado atrás hace mucho tiempo. Incluso sé que lo que hay entre tú y Kenny es algo que va más allá de una amistad. Kyle se sonrojó, avergonzado. —Pero, dime, Kyle, las demás personas en la casa, ¿no se percataban de estos comportamientos de Butters? —No lo sé. Si lo hicieron o no, realmente nunca lo dijeron y aunque ahora hay rumores nada agradable sobre mí y mi vida solitaria en este castillo, en aquel entonces no pareció que nadie se diera cuenta. Pero, en fin, creo que lo mejor será continuar con la historia. —Por favor. —Estos avances de Butters cada vez me resultaban más incómodos, pero a la vez no podía hacer nada para evitarlos. Era como si cuando él estaba cerca toda mi fuerza y mi voluntad me abandonarán. Mis tutoras y mi padre, cuando vivía, siempre dijeron que tenía un carácter fuerte en mi niñez, heredado de mi madre. Y a pesar de eso me era imposible frenar los avances de Butters. »Pasó el tiempo, alrededor de un mes desde de que Butters se hospedara aquí, y en todo ese tiempo no habíamos recibido noticias de su madre. Aunque obviamente el correo en un lugar tan remoto como este es complicado, siendo ella una dama acaudalada no debía tener problemas en pagar a un mensajero veloz para escribirse con su hijo, siendo que había tenido que dejarlo en un lugar extraño rodeado de desconocidos. Pero en todo ese tiempo, no recibimos una sola carta de ella. Además, Butters no me contaba realmente mucho sobre su vida. Decía que vivía en algún lugar al oeste de esas tierras, pero nada más. Tampoco parecía muy preocupado por el hecho de la falta de cartas por parte de su madre. Aseguraba que no me preocupara, que ella estaba atendiendo un asunto de mucha importancia y que volvería a no más tardar unos tres meses. »Cada vez que trataba de preguntar al respecto, desviaba la conversación. En una de esas ocasiones, me sonrió de una manera enigmática, para posteriormente abrazarme. Entonces, mientras me paralizaba de esa extraña manera que ya he contado antes, acercando su boca a mi oído, me susurró: »—No tienes que preocuparte por eso. Pronto conocerás el lugar de dónde vengo... De donde viene el resto de mi gente. Entonces, conocerás la pasión de la muerte; y tú mismo guiaras a otros a esa oscuridad… Kyle, serás mío, y yo seré tuyo, en el cálido abrazo de la muerte, por toda la eternidad. »Luego de eso, me sentí extraño. Una mezcla de repulsión, de temor y a la vez amor. Butters de alguna manera consiguió hacerme dudar de todo. Y esa vez, cuando se apartó de mí, sonrojado y confundido, no pude evitar mirarlo y desear que cada una de esas promesas se cumpliera. Mientras él sonreía, con un gesto netamente infantil. »Fue por esos días que comenzó la epidemia. »Las personas en el pueblo y las granjas cercanas comenzaron a enfermarse, en especial las mujeres y los niños pequeños. Se consumían lentamente durante las noches, debilitándose, hasta que, no más de tres noches después, morían. Era una enfermedad terrible, cuyo contagio era un misterio. Un día podía enfermarse una mujer en el pueblo y morir a los dos días. Para después, aparecer los síntomas en un niño de una granja a varios kilómetros de distancia. »Los niños se consumían más rápido que los adultos. Despertaban enfermos; y para la noche, ya habían muerto. Los síntomas eran muy particulares: comenzaban con pesadillas. Los enfermos hablaban de sueños terribles en los que un ser, similar a un gato gigantesco, se colaba en las habitaciones por la noche, les inmovilizaba en sus camas y luego les chupaba la sangre. Al amanecer, se mostraban cansados y pálidos, a veces incapaces de levantarse de la cama. El cansancio y la palidez se iban acumulando los siguientes días hasta producirse el deceso. —Qué terrible. —Sí, eso mismo. Como es de esperarse, el miedo se extendió por toda la región. La gente del pueblo acudía a la iglesia local en busca de figuras de santos y velas bendecidas por el sacerdote. En la mayoría de las casas comenzaron a colgar crucifijos en las puertas y las ventanas. Los rumores hablaban de un vampiro en las cercanías e incluso comenzaron a abrir las tumbas de los recién fallecidos en busca del responsable. »Tal cosa resultaba irreal. Pensar que en estos tiempos, luego de la revolución de la razón ocurrida al final del siglo anterior, todavía se hablaba de vampiros. Pero señorita Victoria estaba tan asustada como los campesinos y consiguió convencerme de abrir la vieja capilla del castillo, la cual estaba sellada desde que mi padre lo comprara, al ser nosotros judíos. La señorita Selastraga, por su parte, creía que no eran más que las supersticiones comunes de la gente de campo. »Butters, por su parte, decía que solo era una enfermedad normal. Después de todo, las enfermedades y la muerte eran algo común y completamente natural en el mundo. »Yo por mi parte, me lamente frente a él de lo triste que era que una enfermedad estuviera segando las vidas inocentes. Para mi sorpresa, esto lo hizo reír. Y entonces, agregó: »—Pero la muerte no es más que el comienzo de otra vida. Dime, Kyle, ¿le temes a la muerte? »Le replique que así era, pues todo el mundo le teme a la muerte y su significado. Ante esto, Butters se puso serio, y aprovechando que estábamos solos en el despacho, me abrazó como tantas otras veces había hecho, y esta vez depositó un suave beso en mi cuello antes de hablar de nuevo: —Cierto —dijo—, todos temen a la muerte, pero si te dijera que en realidad no es tan terrible. Bueno, en ciertas ocasiones. Hay veces en que la muerte no es más que el inicio de una transformación, como la de una oruga en mariposa. La muerte tiene una belleza sin igual, querido Kyle, y yo quiero mostrarte esa belleza. Quiero que mueras conmigo, como dos amantes. »Y continuó besando mi cuello. Yo no podía decir nada, ni hacer nada contra su agarre, por lo que simplemente cerré los ojos y me dejé llevar. »Los siguientes días no pude ver a Butters directo a la cara sin sentir que me ruborizaba. Para ocultar esto del resto de los habitantes del castillo y de la servidumbre, me sumergí en el trabajo tanto como me fue posible. Butters, por su parte, regresó a su rutina de mera contemplación silenciosa y de tanto en tanto se levantaba para acercarse a mí y »Una semana después de eso, llegó al castillo un comerciante de la ciudad de Graz. Este hombre y su aprendiz se dedicaban a restaurar cuadros viejos. Un año atrás, yo había mandado a restaurar muchos de los retratos que teníamos guardados en el ático y lo cuales habían pasado a mi madre por herencia, que venían a entregarme. Ella, al ser nativa de Estiria, era austriaca, aunque descendía de una antigua familia de Hungría. Algunos de esos retratos eran de sus antepasados; y otros pocos de familiares un poco más cercanos, como mis abuelos. »El mercader había hecho un trabajo maravilloso y ahora muchos de esos cuadros, ennegrecidos por el humo de un incendio ocurrido en la vieja casa familiar mucho tiempo atrás, cuelgan en las paredes de este castillo. Entre esos retratos había uno de un tal Leopold, Conde de Stotch. El hecho de que fuera parte de la herencia de mi madre me indicaba que, de alguna manera, yo descendía de los Stotch, cuyo castillo en ruinas se encuentra pocos kilómetros de este castillo, como he dicho antes. ¡Esto fue una gran sorpresa para todos! »Aunque ese retrato guardaba todavía una última sorpresa. Una muy grande. Cuando el artesano me pasó el cuadro y pude contemplar la imagen retratada en él, lo que encontré fue a un joven vestido a la moda noble de siglos pasados. Era rubio, de ojos azules y rostro aniñado. Allí, en ese retrato, ¡un rostro exactamente igual al de Butters! Aunque se suponía que esa pintura pertenecía a un tal Leopold, conde de Stotch, y fue pintado en 1698, según la placa dorada al pie del retrato. Cuando se lo comenté a Butters, este pareció realmente sorprendido. Nos reveló que era descendiente de los Stotch, aunque no sabía mucho de esa familia. »Le conté entonces que la familia había extinto en la línea paterna mucho tiempo atrás. Según cuenta la historia local, los Stotch se vieron involucrados en una guerra por la disputa de estas tierras entre varios nobles locales. Todos los hombres Stotch murieron en aquella guerra, por lo que el linaje sobrevivió, más no el apellido, que durante el siguiente siglo se fue diluyendo entre las familias pudientes locales. Y ninguna de estas, pese a su prestigio, había querido reclamar el título ni las propiedades debido a aquella vieja leyenda que ya relataré después. Él pareció entristecerse un poco por dicha historia. »La señorita Victoria explicó que el posible parecido entre el conde del retrato y Butters debía deberse la descendencia de la familia Stotch. Quizá, explicó, era como el parecido que a veces había entre padres e hijos, o abuelos y nietos. Esto parecía ser lógico, aunque a pesar de eso el parecido era tal que… Suspiró. —Sinceramente, llegué a pensar que ese retrato era de hecho del mismo Butters... Si hubiera sabido entonces lo que sé ahora... Negó con la cabeza. —Retomando, la visita del restaurador de cuadros trajo a este castillo a la persona que finalmente se convirtió en la luz al final de túnel al que estaba próximo a entrar. El aprendiz del artesano, un joven alto, rubio, de mirada intensa, tan parecido y a la vez tan diferente a Butters. El nombre de ese aprendiz era Kenneth, pero prefería que le llamáramos Kenny. —¿Kenny? —preguntó el coleccionista—. ¿Se refiere acaso al Barón de McCormick? —Así es —confirmó Kyle—. Claro que entonces no sabía que era un noble inglés. No fue hasta más tarde que nos enteramos de esto y la razón de que un noble como él viajara disfrazado de un simple aprendiz de artesano restaurador de cuadros. —Supongo que tendría una razón muy poderosa para tal acción. —Sí, sin duda Kenny tenía motivos muy poderosos, aunque no me enteré de ellos hasta un tiempo después. »Ahora, como el camino hasta Graz era largo, y el artesano tendría que esperar hasta la siguiente diligencia, les ofrecí alojamiento en el castillo. Siempre era bienvenido alguien que viniera de la capital, puesto que solían traer noticias sobre lo que estaba aconteciendo allá. Así pues, tratamos al comerciante y a su aprendiz como invitados de honor. Les permitimos comer todo cuando quisieran y les mostramos el castillo y sus muchas habitaciones. Kenny parecía realmente emocionado por ver un castillo real y poder pasar un tiempo en él. Y a mí me resultó muy agradable la compañía de otro joven de mi edad. Por otro lado, su presencia en el castillo parecía incomodar a Butters. »Fue también por esos días comenzaron mis pesadillas y mi decadencia. ¡La enfermedad que azolaba la región desde hacía unas semanas me atacó a mí! Aunque, en mi caso fue un tanto distinta.