Fuera de lugar

Het
NC-17
En progreso
3
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planificada Midi, escritos 90 páginas, 30.378 palabras, 9 capítulos
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1. Cómo olvidarte

Ajustes
Esa noche se había propuesto olvidar, o al menos distraerse un poco. ¿Y qué mejor distracción que hacerlo en una fiesta en la casa de Tolkien, llena de adolescentes con las hormonas encendidas y mucho alcohol? Heidi estaba decidida a pasarlo bien y dejar de pensar por unos segundos en él, y no era porque quisiera hacerlo, sino porque lo necesitaba. Tenía que distraerse un poco si no quería terminar en una depresión de la que estaba segura que no saldría, porque no conseguiría superarlo. Hoy se cumplía una semana de su ruptura con Butters tras cinco años de relación, y se sentía perdida sin él, como si le faltara algo. Ya casi no le quedaban lágrimas que derramar. Después de haber pasado toda esa fatídica semana sobreviviendo entre el instituto y su habitación, Bebe la tuvo que arrastrar hasta la fiesta para que, al menos por una noche, tratara de pasárselo bien. La rubia le mandó un mensaje temprano avisándole que aparecería por su casa una hora antes para ayudarla a arreglarse e ir juntas a la fiesta de Tolkien. Obviamente, Heidi se resistió y lloró en varias ocasiones tratando de explicarle que prefería quedarse en casa. Pero de nada sirvió, porque Bebe la vistió igual, la maquilló varias veces, ya que se le corría el cosmético por las lágrimas, y la obligó a "olvidar". Al menos por esta noche. Y ahí estaba ella. Sentada en un sofá, mirando cómo todos se divertían, aburrida y con la mirada fija en la entrada. Esperaba y deseaba que Butters no apareciese por la puerta, porque si lo hacía, no lo iba a soportar. No podría aguantar ver esa carita tan dulce ni esa sonrisa que la hacía babear. No podría aguantar escuchar su voz, esa que la hacía temblar. Y, sobre todo, no soportaría verlo hablando o riendo sin ella; porque eso solo significaba que ya no formaba parte de su mundo, ese que habían creado juntos durante cinco años y que tanta felicidad le había traído. —¿Una fiesta muy aburrida? Heidi se giró y vio a Cartman sentado a su lado, a quien no había notado antes al tener toda su atención en la puerta. —Ah, hola, Eric. Tan solo estaba descansando, ¿y tú? —mintió, tratando de sonar casual. Cartman se encogió de hombros. —Me gusta estar aquí. Ella parpadeó sin saber muy bien todavía por qué Eric Cartman querría darle conversación, pero estaba segura de que no tramaba nada bueno. —¿En serio? —preguntó ella, fingiendo interés. —En realidad... es mentira  —confesó él, mientras giraba su vaso entre las manos—. Estoy aquí porque todos me odian y prefiero sentarme en un lugar donde pueda pasar desapercibido. Los labios de Heidi se apretaron hasta formar una fina línea recta. ¿Cartman mostrándose vulnerable? Seguro que era alguna de sus artimañas. —Ya veo... —se frotó la nuca con incomodidad—. Creo que iré al bañ— —¿Te apetece tomar algo? —la interrumpió apresuradamente. Heidi volvió a girarse hacia la puerta y enarcó una ceja con incredulidad, sorprendida de sí misma por estar considerando la oferta. Miró de nuevo a Cartman y, al encontrarse con su expresión de interés, dudó. —Bueno... tal ve— —¡Perfecto! —exclamó él sin dejarla terminar, antes de que pudiera cambiar de opinión. Pasó su brazo por el de ella y la condujo hacia la cocina. —¿Qué te apetece? —preguntó él asomándose a la hilera de botellas de alcohol encima de la encimera. Ella se encogió de hombros mientras miraba a su alrededor. —Lo mismo que tú —respondió sin ganas. Sus ojos escaneaban los alrededores mientras los nervios le recorrían el cuerpo, presa del temor constante a que alguien la viera con Eric Cartman. De pronto, él se aproximó a su cara, acortando la distancia de golpe, y Heidi se inclinó hacia atrás por puro instinto, sorprendida por su audacia. —De acuerdo —le respondió él con un brillo en los ojos—. A ver si puedes con más de uno... Heidi puso una mueca, confundida por su reacción, mientras Cartman llenaba dos vasos con el contenido de una botella que ella no alcanzó a reconocer. —¡Bien! Aquí tienes —le dijo él, acercándole el vaso. Los ojos de Heidi se abrieron de golpe ante la extraña bebida, y después lo miró con sospecha. —¿Qué es? —preguntó ella, asomándose con recelo al vaso. —Tequila, ¿te gusta? —respondió él de inmediato, dedicándole una sonrisa radiante. Ella parpadeó, todavía confundida por su extraño comportamiento. —Nunca lo probé —respondió, balanceando el vaso y haciendo que el contenido se meciera de un lado a otro. Los labios de Cartman se transformaron en una sonrisa de satisfacción. —Pues yo te enseño a tomarlo —le dijo él con suficiencia—. Cierra el puño. Cartman le echó la sal sobre el dorso de su mano mientras Heidi lo miraba totalmente atónita, todavía sin saber si le estaba poniendo veneno o si la bebida contenía algo extraño. —Bien, y aquí están los limones. Tan solo haz lo mismo que yo. Lamió la sal, se bebió de un trago el tequila y mordió el limón, todo bajo la mirada desconcertada de Heidi. —¿Qué demonios...? —soltó Heidi con sorpresa. Él se rio ante su reacción. —Vamos —le dio un codazo suave en el brazo—, te toca. Bueno, él bebió de la misma botella y también lamió la sal, así que no creo que me pase nada... Ella se encogió de hombros y copió los pasos de Cartman. Al morder el limón, su cara se arrugó por completo, provocando que él soltara una carcajada. —¡Lo has hecho genial! —la felicitó, aplaudiendo con entusiasmo. ​Heidi le hizo una reverencia y a Cartman se le encendió la mirada mientras destapaba la botella otra vez. —¿Quieres otro? Al verlo tan dispuesto, ella asintió, aceptando el reto mientras una sonrisa traviesa se le dibujaba en la cara. —¿Por qué no? Esta la sirvo yo —le respondió, alineando los vasos sobre la encimera. Cartman se metió las manos en los bolsillos y le dedicó una mirada desafiante, arqueando una ceja. —Como quieras, pero entonces tendré que servir yo la siguiente. Ahora fue ella quien le dio un codazo en el brazo y él se lo frotó con una mueca fingida, como si realmente le hubiera dolido. Se bebieron el primer vaso de un trago y no tardaron en servir el siguiente. El alcohol fue bajando cada vez con más facilidad hasta que la botella se acabó, y fue entonces cuando decidieron salir a tomar un poco de aire al jardín. Bebe se encontraba en un rincón, comiéndole la boca a Clyde, cuando vio a Heidi salir de la casa agarrada del brazo de Cartman. Estaba demasiado borracha como para ir tras ella y apartarla de él, así que simplemente se encogió de hombros y apretó más la cabeza de Clyde contra sus labios. —Dios... no sé si tengo ganas de vomitar, Eric —dijo Heidi al sentir el aire fresco contra su cara. —¿E... en serio? —Todo su cuerpo se sacudió con un hipo repentino—. Vomita en cualquier lugar. No importa, estamos fuera de la casa —le dijo él, agitando la mano despreocupado. Apenas unos segundos después, Cartman miró a su alrededor con una expresión de total confusión para comprobar que realmente estaban fuera, y asintió para sí mismo al confirmar que no había mentido. De pronto, el ruido seco de las arcadas de Heidi lo hizo sobresaltar. Al enfocar la vista, la descubrió con una mano apoyada con fuerza en el tronco de un árbol, inclinándose para vomitar. ​—¡Aguanta...! —exclamó con la lengua atropellada. Se aproximó a ella caminando erráticamente y estiró las manos para sostenerle el pelo. —Estás en la mierda, Heidi —se burló con ganas mientras ella seguía encorvada. Los hombros de Heidi temblaron por una risa ahogada entre las arcadas. —¡Cállate! —exclamó ella, golpeando el aire al intentar darle un manotazo en el brazo. Heidi retrocedió con torpeza para evitar mancharse, pero ya era tarde; tenía los zapatos empapados. Una arcada amenazó a Cartman con obligarlo a unirse a ella, y se tapó la nariz rápidamente, cerrando los ojos para intentar contener el malestar. —¡Vamos, Heidiii! —exclamó él, aún con los ojos cerrados—. Si sigues así yo tamb... Pero la náusea le ganó y terminó vomitando a su lado, lo que provocó que Heidi se encorvara de nuevo para expulsar lo poco que le quedaba en el estómago. —¿Pero esto qué es, un concurso de vómitos? ¡Qué puto asco! Kenny se tapó la boca con disgusto ante la escena perturbadora. —¡Cállate, Kenny! —le espetó Cartman, todavía sosteniendo el pelo de Heidi mientras luchaba contra su propia náusea. —¿Quieren pañuelos? —preguntó Kenny, rebuscando en sus bolsillos. Heidi asintió y Kenny le pasó uno retirando la mano con rapidez para no tocarla. —Dame uno a mí también... —le pidió Cartman con un gruñido. —Gracias, Kenny —le dijo Heidi limpiándose la boca con el pañuelo. Cartman le alzó una ceja a Kenny al verlo tan fresco. —Amigo, ¿por qué tú no te ves borracho? Kenny se encogió de hombros con las manos en los bolsillos. —Decidí que no quiero emborracharme más. Heidi rio exageradamente sin ningún contexto, y ambos la miraron desconcertados. —Kenny —dijo Heidi, tambaleándose hasta apoyar la frente en su hombro—, estamos aburridos. —¡Hey, hey, HEY! —exclamó Cartman, imitando su acción y ocupando el otro hombro de Kenny—. ¿Insinúas que soy aburrido? Heidi se giró para mirarlo, aún apoyada en Kenny. —Sí, lo eres —se burló con descaro. Cartman la fulminó con los ojos entrecerrados. —¿En serio? ¿Y qué me dices si hago esto? Pasó la mano por la nuca de ella, atrayéndola con brusquedad para plantarle un beso. Heidi abrió los ojos con asombro, pero los cerró a los pocos segundos, sujetándole la barbilla para inmovilizarlo y devorarle los labios. La mandíbula de Kenny se desencajó al verlos besándose con desesperación mientras seguían apoyados en sus hombros. Quiso retroceder, pero Cartman lo rodeó con el brazo, impidiéndole escapar. —No, amigo, quédate así que estamos cómodos —soltó Cartman, antes de volver a buscar los labios de Heidi. —¡Esto es un maldito asco! ¡Huelen a vómito, la puta madre! —exclamó Kenny, forcejeando para soltarse. Mientras se besaban, el hedor rancio le subió a Kenny por las fosas nasales, provocándole arcadas por la mezcla de alcohol y bilis que emanaba de la pareja. —¡Mierda! O paran ahora mismo o les vomitaré encima, ¡no estoy bromeando! Heidi y Cartman sonrieron ante la desesperación de Kenny, ignorando la advertencia, hasta que él no pudo más y el líquido caliente se deslizó sobre sus rostros. Cartman se apartó al instante, totalmente asqueado, sintiendo que el estómago se le revolvía de nuevo. Miró a Heidi, y al ver que no se había inmutado, se quedó totalmente estupefacto. —¡Te lo advertí, culo gordo! —le recriminó Kenny, limpiándose con el pañuelo mientras sostenía a Heidi, que ya no conseguía mantenerse en pie por sí misma. —Qué desastre, Heidi... —murmuró Cartman. Le arrebató el pañuelo a Kenny para limpiarle la cara a Heidi, mientras Kenny cerraba los ojos aguantando la náusea. —Kenny... eres muy guapo, ¿lo sabías? —soltó Heidi de repente. Un resoplido largo de hastío escapó de los labios de Cartman. Agarró con cuidado a Heidi, y la apoyó en su hombro con una posesividad silenciosa. —Suéltala, yo me encargo. Cartman pasó el brazo de ella por su cuello, y caminó hacia la casa mientras Kenny lo seguía de cerca. —¿Puedes avisar a Tolkien para que nos deje una habitación? Kenny abrió la boca con sorpresa y le lanzó un dedo acusatorio. —¡¿Qué?! ¡Lo sabía! Eres un hijo de puta, sabía que era muy raro verte con ella. —Amigo, no confundas las cosas —le advirtió Cartman con una mirada de odio—. Es solo hasta que se le pase la borrachera. No quiero que la vean así, tirada en un sofá. Los ojos de Kenny se entrecerraron con sospecha. —Claro, ¿y me estás diciendo que Cartman es un buen samaritano y haría algo así solo por caridad? Cartman se encogió de hombros. —Yo no dije que debas dejarnos solos. De hecho, yo también necesito tranquilizarme. Estaría bien que nos eches un ojo a los dos. Kenny arqueó una ceja. Era mejor eso que dejarlo solo con ella, así que aceptó. —Bien, vigilaré que nadie los vea subiendo. No creo que Tolkien deje usar sus habitaciones a tres personas cubiertas de vómito. —Touché —dijo Cartman con un hilo de voz, reajustando el peso de Heidi sobre su hombro. Mientras Kenny vigilaba que Tolkien no sospechara nada, Cartman subió las escaleras con Heidi a rastras, esquivando con torpeza a la gente que aún estaba desparramada por los escalones. Caminó tambaleándose por el pasillo oscuro mientras Heidi avanzaba con los ojos cerrados, colgada de su cuello. Entraron en la habitación de los padres de Tolkien y la recostó con total suavidad en la cama, como si estuviera manipulando algo frágil y delicado. Se sacó el celular del bolsillo y le escribió un mensaje a Kenny: Eric: Listo. ¿Subes? Estamos en la habitación de sus padres. Kenny solo tardó unos segundos en contestar: Kenny: Ok. Cuando Kenny entró, Heidi estaba cómodamente acostada y cubierta con una sábana. Vio que la luz del baño se colaba por debajo de la puerta y llamó suavemente. —Entra —respondió la voz de Cartman desde el interior. —Yo también necesito enjuagarme la boca —dijo Kenny, metiendo las manos debajo del chorro de agua con desesperación. Cartman retrocedió al sentirse salpicado, arrugando la nariz con un gesto de asco. Kenny levantó la cara para mirarlo a través del espejo, con las gotas de agua chorreando aún por su mentón, y le dedicó una mirada cargada de sospecha. —Bien... ¿por qué Eric Cartman estaría vomitando contra un árbol junto a Heidi Turner? El castaño se encogió de hombros con desinterés. —Coincidimos y tomamos unos tequilas. Es todo. —Amigo, te has lanzado a besarla mientras estabas apoyado en mi hombro —se señaló los hombros con los pulgares—. Está claro que eso es lo que querías hacer desde un principio. Cartman se volvió a encoger de hombros, esta vez secándose las manos en una toalla limpia. —Sí, es preciosa. ¿Quién no querría hacerlo? —Cualquiera podría, pero no tú, hombre. Le vas a causar un trauma cuando se le pase la borrachera. —Eres un gran amigo, para nada ofensivo y muy simpático —le soltó Cartman, dándole palmadas en la espalda cada vez más fuertes. —Sabes de lo que hablo, Cartman. Sus pasos se detuvieron justo antes de cruzar la puerta y giró ligeramente la cara hacia Kenny, mirándolo de reojo por encima del hombro. —A veces, hasta el maldito Eric Cartman necesita sentirse un adolescente normal. Aunque solo sea por unas horas... Cartman se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el pie de la cama, y Kenny se sentó a su lado. —Oye, no quería decir eso... —murmuró Kenny. —No importa. En realidad, tienes razón. Kenny se giró para observar a Heidi, que dormía plácidamente. —Ella es demasiado para cualquiera de los mortales, Cartman. —Al menos la he besado. —Sí, con vómito y todo —rio Kenny, hasta que le dio un ataque de tos. Cartman se giró para mirarla también. —Aun así... sus labios eran muy dulces. —Amigo, olvídalo. O mejor dicho: olvídala. —Lo que tú digas. Oye, deberíamos despertarla para que se despeje un poco. Kenny asintió mientras observaba a Cartman levantarse y caminar hasta ella. Se sentó con cautela a su lado, como si temiera despertarla cuando, precisamente, ese era el objetivo. —Heidi, vamos, despierta —susurró. Ella gruñó removiéndose en el colchón, y Cartman sonrió como un tonto. Posó la mano en su brazo y la movió con una delicadeza extrema. —Oye, tienes que despertarte. Heidi gimió abriendo los ojos lentamente, y al ver a Cartman frente a ella, apretó la sábana con fuerza. —¡Eric! ¿Qué hacemos aquí? —preguntó alarmada, estirando el cuello para mirar alrededor. —¡Hola! —Kenny la saludó con la mano levantada desde el suelo. Los ojos de Heidi se abrieron con fuerza mientras pasaba la mirada de un chico a otro y apretaba con más fuerza la sábana. Levantó la tela a cámara lenta con el ceño fruncido y dio un largo suspiro al comprobar que seguía vestida. —Sé que parece raro... dos chicos en una habitación con una chica que está dormida, indefensa en la... Cartman se detuvo al ver que la expresión de Heidi cambiaba del asombro al horror puro. Carraspeó y empezó de nuevo: —Vomitaste y te trajimos aquí hasta que se te pase la borrachera antes de irte a casa. No queríamos que toda la fiesta te viera así. Heidi miró a Kenny buscando validación. —Es cierto. Y yo estoy aquí vigilando al gordo para que no intente nada raro. Cartman lo fulminó con la mirada y Kenny se encogió de hombros. —Bueno... Gracias, chicos. Necesito ir al baño un momento —dijo Heidi, levantándose con las piernas temblorosas. Cuando se cerró la puerta, Cartman corrió hacia Kenny para darle un golpe en la nuca. —¡Auch! —Amigo, me hiciste quedar como un violín—susurró Cartman, mirando hacia la puerta. —Lo siento, me salió natural. Cartman le acercó el puño a la cara mientras se mordía la lengua, pero lo escondió detrás de la espalda en cuanto Heidi salió del baño. —Estoy toda vomitada, hasta en el pelo... y me suena que Eric me lo sostuvo. —¡Ese fue Kenny! —añadió rápidamente Cartman con una sonrisa de estúpido—. Nos vomitó a ambos en la cara. Esta vez fue Kenny el que fulminó a Cartman, pero él solo le mandó un beso al aire en respuesta. Heidi se encogió de hombros y decidió que era mejor no indagar en los detalles de aquel desastre. —Chicos, me siento mejor. Aún estoy mareada, pero vomitar me ayudó a despejarme un poco. Kenny se levantó de un salto y se sacudió el trasero con las manos. —Parece que sí. ¿Nos vamos, Cartman? Pero el no respondió y se quedó mirando a Heidi de una forma que la hizo sentir incómoda. —Pueden quedarse si quieren... tal vez se malinterpretó lo que dije... Kenny tosió a propósito y le hizo una seña con la cabeza a Cartman para que se moviera. —Está bien, Heidi, nos tenemos que ir. Nos vemos el lunes en el instituto —le respondió Cartman desanimado. Kenny fue el primero en salir, pero cuando Cartman intentó seguirlo, ella corrió hacia él. —¡Eric! Él se giró tan rápido que su cuello crujió. —¿Sí? —No tengo tu número. ¿Te puedo agendar? Antes de que Heidi terminara la frase, Cartman ya tenía el celular en la mano. Kenny rodó los ojos. Heidi, no sabes dónde te estás metiendo. Cuando terminaron, Kenny quiso adelantarse para evitar ver otro asqueroso beso de vómito, pero la mano de Heidi tiró de su chaqueta. —¿Y el tuyo, Kenny? Los ojos de Kenny se abrieron de par en par y su mano se movió automáticamente para sacar el teléfono. Mientras tanto, Cartman se cruzaba de brazos, fulminándolo con una mirada de desprecio absoluto.

***

—¿Qué? —preguntó Kenny, removiéndose en su asiento con incomodidad, después de haber estado bajo la mirada de Cartman por casi treinta minutos. —¿Cómo que qué? —le espetó Cartman, dedicándole una mirada de odio—. Me dices que es "demasiado para cualquiera de los mortales", pero bien que no dudaste en conseguir su número. Kenny se encogió de hombros, tratando de restarle importancia aun sabiendo que no tenía razón. —Amigo, fue ella la que me lo pidió. —Pero dijiste... ¿sabes qué? No importa. Cartman se levantó refunfuñando y desapareció por unos instantes, hasta que regresó con un par de botellas de cerveza. —Toma, tu cerveza —le dijo con desgana, dejándola caer en su regazo y golpeándole los huevos. —¡Dios, Cartman! —gimió Kenny al notar un dolor insoportable extendiéndose por su entrepierna. Cartman se encogió de hombros, divertido, y se empinó la botella hasta vaciarla por la mitad de un trago, ganándose una mirada de muerte por parte de Kenny. —Ella me gusta, ¿sabes? —soltó Cartman de repente. Kenny resopló, poniendo los ojos en blanco. —Y a mí, y a ese —señaló con la botella a un chico cualquiera—, y a ese, ese, y... a aquel de allá, el que tiene el pelo como una palmera. Cartman también resopló. —Eres un idiota. Y hablo en serio. —Y yo también —le respondió Kenny, empinándose la botella y sonriendo contra el vidrio. La cara de Cartman se hundió entre sus manos y la cerveza se le resbaló, rompiéndose contra el suelo y mojándole el pantalón. Kenny parpadeó un par de veces al ver aquella escena patética antes de volver a beber. —Amigo, de ninguna manera me vas a hacer creer que tienes buenas intenciones con ella. Eres el jodido Eric Cartman. La mirada de tristeza que Cartman le dedicó al girarse le encogió el corazón. —Tienes razón, amigo. Mejor me largo a casa. Se levantó en silencio y salió por la puerta, dejando a Kenny con la botella entre las manos, incapaz de reaccionar.
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