Capítulo 1
24 de abril de 2026, 1:54
El taller de artes del fuego estaba en el ala más vieja del campus, un lugar que la universidad había decidido mantener abierto más por tradición que por demanda. El bajo uso de espacio se debía, principalmente, a que pocos estaban interesados en trabajar en el vidrio soplado, pero también porque los conductos de ventilación hacían un ruido que parecía un quejido cuando el viento pasaba por ellos, y las luces del techo parpadeaban de forma impredecible, haciendo que los rumores sobre que esa parte del campus estaba embrujada jamás murieran.
Fueron esos motivos los que hicieron que a Alastor le pareciera el lugar ideal para llevar a cabo su experimento.
Ahora estaba en su cabina de radio, su mesa de mezclas y una pantalla frente a él, tenía una taza de café a su izquierda y un cuaderno de bitácora abierto a su derecha.
En la pantalla, se veía la imagen de Lucifer trabajando.
Alastor ajustó los botones en su mesa de mezcla con la punta de los dedos. El sonido del taller entró por sus auriculares con claridad. El soplido del vidrio y el crepitar del horno; pero sobre todo eso, la respiración de Lucifer. A veces rápida, a veces tan lenta que parecía haberse detenido.
No era la primera vez que Alastor observaba a Lucifer. Llevaba tres semanas espiando como parte de las tareas que tenía que ejecutar para su trabajo sobre "Ética y Comunicación", un proyecto que él se estaba tomando muy en serio.
Su hipótesis era simple, el sonido imperceptible de manera consciente puede inducir estados emocionales específicos. Incluso dirigir y manipular pensamientos. Era claro que la música influía en el estado de ánimo de cualquier persona, pero aquellos solían ser sonidos preseleccionados o procesados conscientemente por el sujeto. Alastor quería seleccionar los sonidos e influenciar resultados. Cómo una especie de manipulador mental.
Y Lucifer era perfecto como sujeto de estudio.
Él llegaba al taller cuando el sol estaba por ponerse y se iba a altas horas de la noche. A veces hablaba solo mientras trabajaba, frases sueltas que Alastor archivaba para recordar y analizar después.
De sus observaciones, Alastor ahora sabía que Lucifer nunca paraba de hablar y que todas sus emociones permeaban en su voz de maneras muy únicas y peculiares, pero por mucho que él las había grabado y alimentado de vuelta a Lucifer, no lograba controlar sus estados de ánimo, aún. Algo que le molestaba demasiado.
En la pantalla, Lucifer dejó la pieza de vidrio en la que trabajaba sobre la mesa y se estiró, arqueando la espalda con un gemido. Tenía ceniza en la mejilla y las mangas de su camisa blanca subidas hasta los codos, dejando ver antebrazos marcados por pequeñas quemaduras. Su cabello rubio caía sobre sus ojos, y cada vez que soplaba para apartarse un mechón, Alastor sentía una sacudida en el pecho que claramente ignoraba.
Lo cierto era que podría haber elegido a cualquiera. El campus estaba lleno de estudiantes solitarios, de hecho, Alastor había creado una lista con cuarenta y siete candidatos potenciales tan pronto empezó a planear el proyecto.
Lucifer casi no entraba en esa lista. Él era el hijo del Decano y utilizarlo como conejillo de indias podría generarle problemas, pero Alastor no se resistió y al final lo seleccionó. Quería demostrar también que podía manipular incluso a alguien privilegiado.
Alastor ajustó los potenciómetros. El sonido del taller se distorsionó por un segundo, un chirrido agudo que hizo que Lucifer levantara la cabeza y mirara hacia la rejilla de ventilación más cercana.
—¿Hola? —dijo Lucifer, con esa voz que Alastor ya conocía de memoria—. ¿Ya estás ahí?
Alastor no respondió directamente. Cuando cosas como esa ocurrían prefería grabar un fragmento de su propia voz, desordenar los sonidos, distorsionarlos con un filtro de paso bajo, y reproducir el resultado como respuesta para que Lucifer lo escuchara a través de la ventilación.
Una persona normal probablemente hubiera salido corriendo al escuchar esos sonidos. La primera vez que ocurrió, Lucifer, de hecho, sí miró el ducto de ventilación con un deje de miedo y curiosidad; y abandonó el taller unos minutos después, murmurando que los rumores eran ciertos y que el taller estaba embrujado.
Pero ahora, tras esas tres semanas, simplemente murmuró —Tan curioso.
Después se sentó en su banquito de trabajo y empezó a hablar. No dijo nada importante, al menos nada que Alastor considerara importante según los parámetros de su experimento. Habló del clima, de una película que había visto la semana anterior, de un sueño que había tenido con un gato que tocaba el piano.
Pero Alastor escuchó cada palabra.
Cuando Lucifer por fin se cansó de hablar, dejó algo en el suelo. Era una manzana de cristal. Pequeña, delicada. Alastor no tenía idea de cuándo la hizo. Seguramente no en el taller del colegio.
—Para ti —dijo, con esa sonrisa que Alastor ya había visto mil veces en el monitor pero que esta noche parecía más brillante—. Por si eres real. Por si realmente eres un alma en pena. Por si algún día decides aparecer frente a mí. Me encantaría hacerme amigo de un fantasma.
Después de decir aquello se levantó del suelo y empezó a guardar sus cosas para retirarse.
Alastor apagó el monitor.
El taller desapareció de la pantalla, pero la imagen de Lucifer sonriendo a la rejilla de ventilación se quedó grabada en sus retinas.