Capítulo 2
25 de abril de 2026, 18:15
Lucifer metió la caña en el horno, extrajo una bola de vidrio fundido que brillaba como un sol en miniatura, y empezó a soplar.
—Estás especialmente hablador esta noche —dijo de repente, sin apartar los ojos del vidrio. Reconociendo que el sonido proveniente del sistema de ventilación era más intenso y vibrante.
Ahora ya no esperaba una respuesta legible, y decía ahora porque en un principio sí la esperó, pero aún así le habló en voz alta porque muy en el fondo le hacía sentir bien conversar con lo que él creía podría ser un fantasma. Un algo que no podía ver pero podía sentir en la nuca, en la punta de los dedos, en ese lugar del pecho que se tensaba cuando sabía que alguien lo estaba mirando.
Hablar con la nada de manera tan insistente y a gusto probablemente significaba que necesitaba contarlo a su terapeuta, o tener amigos, pero aún no estaba en ese punto.
Era hijo del Decano, había crecido sabiendo que debía comportarse a la altura y que dejarse llevar por "fantasías" le acarrearía un castigo, pero simplemente no podía detenerse. Sentía compañía. Y la compañía, para él, valía más que la seguridad.
—Hoy soñé con un caballo —dijo, metiendo el vidrio en el horno para calentarlo otra vez—. Un caballo blanco que caminaba sobre el agua. Mi terapeuta diría que es una metáfora de algo. Mi padre diría que deje de perder el tiempo. Yo digo que era un caballo bonito y ya.
El aire zumbó. Lucifer sonrió.
—Eres malo para las conversaciones, ¿lo sabes? Nunca dices nada. Pero te escucho. Siempre te escucho. Es como si estuvieras ahí, detrás de la pared, escuchándome a mí también.
La palabra "también" flotó en el taller. Lucifer la atrapó al vuelo y le dio vueltas en la cabeza mientras trabajaba. ¿También? ¿Acababa de admitir que él también estaba escuchando? Que llevaba tres semanas llegando más temprano y yéndose más tarde, no porque tuviera prisa por terminar sus piezas, sino porque el momento en que el susurro llegaba se había convertido en el único momento del día en que no se sentía solo.
Sacó el vidrio del horno. La forma ya casi estaba lista. Una esfera imperfecta, con una hendidura en un lado que recordaba a una mordida. Una manzana. No la primera que hacía, ni la última. Las manzanas eran su obsesión secreta, la imagen que volvía a sus manos una y otra vez sin que pudiera evitarlo.
—Mi padre odia las manzanas —dijo, soplando suavemente para redondear la base—. Dice que son vulgares. Que un artista de verdad no pierde el tiempo con frutas. Que debería hacer algo importante, algo que la gente quiera comprar, algo que le dé prestigio a la familia.
La voz de su padre resonó en su cabeza, y Lucifer apretó la caña con más fuerza de la necesaria.
—Pero las manzanas son lo único que sé hacer bien —continuó, más bajito ahora.
Terminó la pieza con un movimiento rápido, cortando la caña con unas tenazas y dejando la manzana de vidrio sobre la mesa de enfriamiento. Brillaba bajo la luz del horno, roja y caliente, con la hendidura de la mordida en el lado derecho.
Lucifer tomó la manzana con un paño de amianto, se acercó a la rejilla de ventilación que había adoptado como su interlocutor, y la dejó en el suelo, a un lado de la otra manzana que dejó el día anterior. El vidrio todavía humeaba. El taller entero olía a azufre y a esfuerzo.
—Esta también es para ti —dijo, con una variación de la frase que usó el día de ayer y que probablemente usaría en noches futuras—. Por si eres real. Por si no lo eres. Por si algún día decides decirme quién eres.
—A veces creo que te invento —susurró—. Que todo esto está en mi cabeza. Que el ruido que escucho es solo el viento y las tuberías y las ganas de que alguien me escuche. Pero luego...
Hizo una pausa. Tragó saliva.
—Pero luego siento que me miras. Y no es una mirada fea. No es como las miradas de la gente en los pasillos, esas que dicen "ahí va el hijo del decano, el raro, el que se cree mejor que todos". Tu mirada es diferente. No sé cómo explicarlo. Es como si me vieras de verdad. Como si te importara lo que digo, aunque sea solo sobre un caballo que camina sobre el agua.
Se rió de sí mismo, una risa pequeña y amarga.
—Escúchame. Hablando con una rejilla de ventilación como si fuera mi terapeuta. Mi padre tendría razón al avergonzarse.
Un segundo después fue al armario de materiales y sacó un bloque de vidrio transparente. Lo llevó a la mesa de trabajo, encendió el soplete, y empezó a trabajar. Pasó una hora. Tal vez dos. El tiempo no existía para él en el taller.
Cuando terminó, sostenía entre sus manos una figura pequeña y delicada que simulaba una llama aunque no era algo que realmente tuviera una forma discernible. Era arte dejada a la interpretación del espectador.
Llevó su obra a la mesa, se sentó frente a ella sobre un banquito y después apoyó la cabeza sobre la superficie de la mesa. Para admirar y juzgar su trabajo.
Entonces el zumbido en la ventilación se intensificó y Lucifer cerró los ojos. "Estás ahí", pensó y se quedó en la misma posición hasta que se durmió.
Cuando despertó, horas después, la calma en el campus era aún mayor porque estaba completamente vacío.
Lucifer tuvo la loca idea de que su acompañante probablemente había aprovechado que él dormía para tomar la última manzana que le regaló y se paró como un resorte para ir a ver si era así, pero la pieza estaba en el mismo lugar en donde la dejó.
—¿No te gustó? —susurró, tomando la manzana entre sus manos—. ¿No era lo suficientemente buena?
El taller no respondió. El aire estaba quieto. La vibración había desaparecido. Lucifer apretó la manzana contra su pecho.
"Eres un idiota", se dijo. "Un idiota patético que se inventa amigos invisibles y les deja ofrendas como si tuviera doce años. No hay nadie ahí. Nunca lo hubo. Solo tú y tus ganas de que alguien te quiera."
Pero entonces el aire se movió. Como si alguien hubiera exhalado justo detrás de la rejilla. Y con ese movimiento, la manzana de vidrio vibró entre sus manos. No mucho. Solo lo suficiente para que Lucifer lo sintiera.
Una nota. Una sola nota musical, grave y breve, como la primera tecla de un piano después de un largo silencio.
Lucifer levantó la vista hacia la rejilla. Sus ojos estaban húmedos, pero su sonrisa era enorme.
—Te gustó —dijo, y su voz se quebró en la última sílaba—. Te gustó.
Guardó la manzana en el bolsillo de su chaqueta, junto al corazón, y salió del taller con los pasos más ligeros que había tenido en años.
Por primera vez en mucho tiempo, mientras caminaba hacia su residencia bajo el cielo gris del amanecer, Lucifer no se sentía solo.
Valía la locura. Valía el riesgo. Valía todo.