Frecuencia Experimental

Slash
PG-13
En progreso
4
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Tamaño:
planificada Mini, escritos 14 páginas, 5.387 palabras, 4 capítulos
Descripción:
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Capítulo 4

Ajustes
El sótano olía a humedad y a óxido. Las calderas gemían con un ritmo irregular y las tuberías que cruzaban el techo goteaban agua turbia. Tan turbia como Lucifer se sentía en ese momento. Había bajado las escaleras sin pensar. Sus pies lo habían llevado allí mientras su cerebro seguía atrapado en el auditorio, con la voz de Alastor resonando en su cabeza y las risas de los estudiantes clavándose en su nuca. Corrió hasta ahí porque era el único sitio donde creyó que el sonido de los altavoces no llegaría. Se dejó caer entre dos calderas, en un hueco estrecho donde el suelo de cemento estaba manchado de aceite y algo que prefería no identificar. Apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos. El metal caliente de las calderas le quemaba los hombros a través de la chaqueta, pero no se movió. El dolor era bueno. El dolor era real. Como el de su mano que aún sangraba. —Eres un idiota —susurró, y su voz rebotó en las paredes de cemento con un eco que la hacía sonar más pequeña de lo que era—. Un idiota patético. Te inventaste un acompañante porque no podías soportar estar solo, y resulta que tu musa era un psicópata con una tarea y ni un gramo de ética. Se rió, pero la risa salió torcida, rota por la mitad. —"El sujeto responde positivamente" —dijo imitando la voz de Alastor. Entonces mientras miraba al vacío descubrió que no estaba solo. Detrás de una caldera salió un gato, flaco, pero no desnutrido. Su pelaje era gris sucio, enmarañado en algunos sitios, y le faltaba un ojo. El izquierdo, por lo que Lucifer podía ver. El hueco vacío miraba hacia la nada con una indiferencia que resultaba casi humana. —¿Tú también vienes a esconderte? —preguntó Lucifer, con la voz todavía temblorosa. El gato no respondió. Solo se quedó allí, a unos tres metros de distancia, mirándolo con su único ojo como si lo estuviera juzgando porque hace unos minutos fue humillado frente a cientos de alumnos por hablar "solo" y seguía haciéndolo. —Está bien —dijo Lucifer, extendiendo una mano con lentitud—. Puedes quedarte. No me importa. —y cuando el gato siguió sin reconocerlo, Lucifer dejó caer la mano. No tenía fuerzas para rogar por compañía ni comprensión. Y entonces, por fin Lucifer se puso a llorar. No fue un llanto bonito, sino del tipo que sale de la garganta y hace temblar el cuerpo entero. —Me usó —dijo Lucifer entre hipidos, hablando más al gato que a sí mismo—. Me usó para su tesis. Y lo peor no es eso. Lo peor es que yo... yo le agradecí. Le dije gracias. Le dije que me hacía sentir visto. Le di una maldita manzana de cristal y le dije "para ti" como si fuera mi amigo. Mi amigo. El tipo que me estaba grabando para reírse de mí delante de todos. La palabra "amigo" se le atragantó en la garganta. Nunca había tenido muchos amigos. Ninguno, en realidad. Había tenido compañeros de clase, compañeros de proyecto, gente con la que compartía mesa en la cafetería cuando no había otro sitio libre. Pero amigos de verdad, de esos a los que se les cuenta los miedos y las esperanzas y los sueños con caballos que caminan sobre el agua, no. Esos no los había tenido nunca. En algún momento, cuando los sollozos se convirtieron en hipidos y los hipidos en un silencio tembloroso, Lucifer sintió algo duro contra su mano. El gato finalmente había considerado que Lucifer era lo suficientemente cómodo y seguro para acercarse y lo primero que hizo fue inspeccionar su mano herida. Olió la sangre y después se restregó contra él. Haciendo que Lucifer por fin notara que el gato cargaba algo en la boca. Era un dispositivo pequeño y rectangular que parecía un micrófono. Un lavalier para ser más específico. Lucifer se quedó mirando el aparato durante varios segundos. Su mente, todavía enturbiada por el llanto, tardó en procesar lo que estaba viendo. Luego, lentamente, con manos que no dejaban de temblar, le sacó el aparato de la boca. El animal no peleó con él, lo dejó quedarse con el aparato sin quejarse, como si aceptara entregarlo como pago por la comodidad de acurrucarse sobre él. No había ninguna indicación de a quién pertenecía el micrófono. Pero Lucifer no tuvo que pensar mucho para saber que el propietario era Alastor. Alastor era quien se había divertido de lo lindo espiando, ¿por qué pararía ahora? Cuando aún tenía por grabar el resultado de exponer su investigación a su sujeto de prueba. Tenía que ser entretenido escucharlo quebrarse. Y por eso había mandado al gato con el micrófono en la boca. Lucifer apretó el aparatito con fuerza embarrándolo con sangre y lastimándose en el proceso. Estuvo a punto de destruir el objeto pero entonces sintió que el lavalier tenía una ranura y al presionarla salió una mini SD. Era del tipo con respaldo de audio. Respiró lentamente y en lugar de destrozar el dispositivo decidió que ya era momento de volver a su dormitorio. Ahí podría escuchar la última pieza de contenido que Alastor había grabado sobre él. Sería interesante escucharse a sí mismo llorar, lamentarse y humillarse una vez más. Lucifer se puso de pie. Sus piernas le dolían, su espalda le dolía, sus ojos le ardían. Tenía hambre, tenía frío, tenía sueño. Salió del sótano. El pasillo estaba vacío y oscuro, pero en algún lugar, muy lejos, podía oír el eco de la vida nocturna del campus. Él vivía en los dormitorios del campus, pero no había querido ir ahí tras ser humillado porque sabía que su padre, cualquier profesor o incluso cualquier alumno entrometido lo encontraría ahí fácilmente, pero ahora que quería conocer los contenidos de la memoria necesitaba ir a su habitación. El gato fue detrás de él, como si supiera que debía seguir a Lucifer mientras él aún tuviera su collar y grabadora en mano. Una vez en su habitación y con la memoria montada en su computadora, Lucifer dudó en abrir el archivo que encontró ahí, pero eventualmente lo hizo. Presionó reproducir y luego solo fue silencio interrumpido sutilmente por una respiración, lenta y regular, como la de alguien que duerme o la de alguien que escucha con demasiada atención. Lucifer reconoció ese sonido. Lo había escuchado a través del ducto de ventilación; y siempre lo confundió con aire porque era muy distinto a los sonidos distorsionados que luego llamaban su atención. Entonces lo entendió. Era la respiración de Alastor. Y de fondo, muy al fondo, casi imperceptible, se escuchaba el sonido del soplido del vidrio. El crepitar del horno. Y los murmullos de Lucifer. El audio continuó por largos minutos y Lucifer debió pararlo y olvidarlo, pero en su lugar se sintió raro, inspirado, probablemente condicionado por el experimento de Alastor, lo cual debió ofenderle, pero en su lugar lo hizo sentirse en calma. Decidió curar su herida en su mano. Los minutos siguieron pasando hasta que casi al final del audio se escuchó la voz de Alastor. Diferente a como se escuchó en el auditorio. Más baja. Más ronca. Más humana. "Es una lástima que no pueda ir por mi regalo... Algún día iré al taller." Y el audio terminó. No era una disculpa. No era una explicación. No era nada que pudiera etiquetar con las palabras que conocía. —¿Qué se supone que haga con esto? —le preguntó Lucifer, como si el animal pudiera responderle. El gato que se había acurrucado sobre la cama de Lucifer y hasta ese momento dormitaba ahí, se levantó, y arañó la puerta de la habitación para que Lucifer lo dejara salir. Abrió la puerta de su habitación y al ver salir al gato, también él se atrevió a salir. Con dirección al taller. Estaba nervioso, esperanzado, aterrado, enojado. Pero aún así abrió la puerta del taller. Pero no había nadie ahí. Caminó en dirección al ducto de ventilación. Lucifer había dejado dos manzanas ahí y después había tomado una. Imaginó que la otra ya no estaría ahí. Que Alastor por fin había ido por su regalo. Pero no. La primera manzana aún estaba ahí. Completa, perfecta. Muy diferente al corazón de Lucifer. La tomó, Alastor no se merecía ni un regalo suyo.
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