Frecuencia Experimental

Slash
PG-13
En progreso
4
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Tamaño:
planificada Mini, escritos 14 páginas, 5.387 palabras, 4 capítulos
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Capítulo 3

Ajustes
El auditorio estaba lleno. No era habitual para una clase abierta de "Ética y Comunicación", una asignatura que la mayoría de los estudiantes consideraba un relleno en su plan de estudios. Pero hoy presentaba Alastor. El estudiante de último año de Radiocomunicaciones del que todos hablaban pero que nadie conocía realmente, ese tipo de sonrisa perfecta y ojos vacíos que todos calificaban como brillante y con un gran futuro por delante; y por lo tanto todos querían estar presentes para ver su primer gran éxito. Y aquellos que no sabían de Alastor, muy probablemente fueron atraídos por el cartel que anunciaba el nombre de su ponencia: "Interferencia Controlada: El Sonido como Herramienta de Manipulación Emocional en Entornos Aislados". Lucifer decidió unirse al tumulto de gente interesada, aunque llegó tarde, como siempre. Entró por la puerta trasera del auditorio cuando las luces ya se habían atenuado, tratando de pasar desapercibido con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta y la cabeza gacha. No quería estar allí. Había ido porque su terapeuta le había recomendado hacer cosas diferentes y porque no tenía una excusa lo suficientemente buena para no hacerlo. Se deslizó en una butaca de la última fila, junto a la salida, por si necesitaba huir. Desde allí, el escenario parecía diminuto, una caja de luces donde alguien estaba a punto de hacer el ridículo. O quizá no. Había algo en la forma en que el ponente estaba de pie frente al atril, con las manos apoyadas sobre la madera y la cabeza ligeramente inclinada, que sugería que aquel no era un hombre acostumbrado a hacer el ridículo. Alastor. Lucifer había oído ese nombre antes. En los pasillos, en la cafetería, en los susurros de los estudiantes que se cruzaban con él en el laboratorio de sonido. "Alastor es un genio", unos decían. "Alastor es un psicópata", decían otros. "Alastor nunca habla con nadie, pero cuando lo hace, te deja sin aliento". Lucifer no le había prestado atención entonces. Los genios psicópatas no eran su tipo de gente. Pero ahora, viéndolo desde la última fila, sintió un escalofrío que no supo explicar. Alastor era alto, más de lo que parecía en las fotos que circulaban por las redes sociales de la facultad. Vestía de traje, un traje oscuro y bien cortado que contrastaba con la informalidad del resto de los estudiantes, y su sonrisa era exactamente como la describían: perfecta, blanca, y completamente vacía. No una sonrisa de felicidad ni de nervios ni de cortesía. Una sonrisa de alguien que ha aprendido a imitar la expresión humana con la precisión de un autómata. Sus ojos recorrieron el auditorio con una lentitud meticulosa, como si estuviera contando cabezas, registrando rostros, archivando cada gesto en algún lugar de su mente que Lucifer no podía ver. Cuando sus miradas se cruzaron, a pesar de la distancia y la penumbra, Lucifer sintió que algo se tensaba en su pecho. "Me está mirando", pensó. "Me está mirando como si me conociera." Pero eso era imposible. Nunca habían hablado. Nunca se habían cruzado en el campus más allá de un roce casual en la cafetería o una coincidencia en los pasillos. Lucifer ni siquiera estaba seguro de que Alastor supiera de su existencia; y si la sabía era solo por su padre. Sin embargo, la mirada seguía ahí. Fija. Intensa. Como un micrófono apuntando directamente a su cara. Lucifer desvió los ojos hacia el programa de la ponencia que había encontrado en la entrada. El título le pareció siniestro, como su presentador. El murmullo del auditorio se apagó cuando Alastor inclinó la cabeza hacia el micrófono. No dijo nada durante varios segundos. Solo se quedó allí, con los labios ligeramente separados y los ojos entrecerrados, como si estuviera saboreando el silencio antes de romperlo. —Buenas tardes —dijo al fin. Su voz era diferente a como Lucifer la había imaginado. Más grave. Más medida. —Para quienes no me conozcan, soy Alastor, estudiante de último año de Radiocomunicaciones. El proyecto que presentaré hoy es el resultado de un semestre de investigación de campo. Un estudio sobre cómo el sonido puede utilizarse para inducir estados emocionales específicos en un sujeto sin que este sea consciente del origen del estímulo. Las luces del auditorio se atenuaron aún más, y una pantalla gigante se desplegó detrás de Alastor. Lucifer vio un diagrama complejo, lleno de ondas de frecuencia y gráficos de espectro, y supo que no iba a entender ni la mitad de lo que iba a escuchar. —El experimento —continuó Alastor, mientras la pantalla cambiaba a un mapa del campus con puntos rojos marcados en diferentes edificios— consistió en la instalación de un sistema de vigilancia sonora en un entorno controlado. Micrófonos ocultos, altavoces estratégicamente colocados y un software de análisis de frecuencia que me permitió no solo escuchar al sujeto, sino también influir en su comportamiento a través de la emisión de sonidos subliminales. Un murmullo recorrió el auditorio. Alguien tosió. Alguien susurró "¿es legal eso?" y otra persona respondió "es una simulación, seguro". Lucifer se inclinó hacia adelante en su butaca. —El sujeto fue seleccionado cuidadosamente —dijo Alastor, y por primera vez su sonrisa pareció ensancharse ligeramente, como si estuviera recordando algo privado—. Necesitaba a alguien que pasara largas horas en un entorno aislado, que tuviera una personalidad receptiva a estímulos externos y que mostrara una propensión documentada a la soledad y la búsqueda de validación. La pantalla cambió otra vez. Ahora mostraba grabaciones de un taller. Un horno. Una mesa de trabajo. Una figura que se movía entre sombras. Lucifer dejó de respirar. Era su taller, era él. La grabación estaba en blanco y negro, granulada por la poca luz, pero no había duda. Era él, soplando vidrio, hablando solo, dejando ofrendas en la rejilla de ventilación. Era él, con la ceniza en la mejilla y las mangas arremangadas, diciendo "para ti" a una pared vacía. El auditorio estalló en murmullos. Alguien se rió. Alguien dijo "¿es en serio?". Alguien giró la cabeza hacia la última fila, buscando al protagonista de la grabación. Lucifer no se movió. No podía. Pero sintió que no podía respirar y los ojos se le llenaron de lágrimas que pugnaban por salir pero solo le hacían borrosa la vista. —El sujeto —dijo Alastor, con esa voz grave y medida que ahora le sonaba a Lucifer como el ruido de sus propias pesadillas— respondió positivamente a la interferencia grado 4. Es decir, comenzó a atribuir los estímulos sonoros a una entidad externa benévola. Una "musa", en sus propias palabras. Un "fantasma". Un "error de la fontanería". La pantalla mostró ahora una imagen ampliada de la rejilla de ventilación, con la manzana de cristal brillando sobre el marco metálico. —El sujeto desarrolló un vínculo parasocial unilateral con la interferencia. Llegó a dejar ofrendas en los lugares que asociaba con la fuente del sonido. Estas ofrendas, como pueden ver, son objetos de vidrio de factura delicada. Lo que en psiquiatría se conoce como "objetos de transición", similares a los que los niños utilizan para sobrellevar la ausencia de sus figuras de apego. La risa que recorrió el auditorio fue baja, apenas un rumor, pero Lucifer la escuchó como si fuera un estruendo. Sus manos, metidas en los bolsillos de la chaqueta, temblaban contra la manzana de vidrio que aún llevaba consigo, la que había pensado que era una respuesta, la que había guardado junto al corazón como si fuera un tesoro. —A continuación —dijo Alastor, ajustando algo en la consola que tenía a su derecha—, les reproduzco algunos fragmentos de las grabaciones. Les recomiendo prestar atención a la evolución del discurso del sujeto a lo largo del experimento. Es notable cómo pasa de la incredulidad inicial a una especie de... intimidad con la interferencia. La voz de Lucifer llenó el auditorio. "¿Hola? ¿Hay alguien ahí?" Su propia voz. Grabada. Amplificada. Escupida por los altavoces profesionales que Alastor había instalado en el techo del auditorio. Sonaba más joven de lo que Lucifer recordaba. Más ingenua. Más sola. "Eres raro. Pero me gustas. No sé qué eres. Un fantasma, tal vez. Una musa. Un error de la fontanería. Pero me gustas." La grabación siguió. Fragmentos de conversaciones que Lucifer había tenido con la rejilla de ventilación, con el aire, con la sombra de una presencia que había creído real. Frases sueltas que ahora sonaban ridículas, patéticas, el testimonio de un hombre que había perdido la razón y nadie había tenido el valor de decírselo. "A veces creo que te invento. Que todo esto está en mi cabeza." "Gracias por estar ahí. Nadie me escucha. Nadie desde..." "No sé qué eres. Pero gracias." La última palabra quedó flotando en el aire del auditorio como el humo de un incendio que ya se había consumido. El silencio que siguió fue denso, incómodo, lleno de miradas que no sabían dónde posarse. Alastor esperó. Dejó que el silencio hiciera su trabajo. Luego, con la misma calma con la que había empezado la presentación, dijo —Como pueden observar, el experimento fue un éxito rotundo. Lucifer se puso de pie. Todas las cabezas se giraron hacia él y todas las miradas clavándose en su cara como agujas. —Eso —dijo, y su voz salió más fuerte de lo que esperaba, más rota—. Eso es mentira. El auditorio enmudeció. Alastor levantó la vista del atril y lo miró. No había sorpresa en sus ojos. No había nada. Solo esa calma aterradora, esa sonrisa perfecta y vacía, como si hubiera estado esperando ese momento desde el principio. —¿Mentira? —repitió Alastor, con un tono de curiosidad genuina—. ¿En qué sentido, exactamente? Lucifer abrió la boca. Cerró la boca. Sus manos, aún metidas en los bolsillos, apretaron la manzana de vidrio con tanta fuerza que sintió cómo se quebró y las astillas se enterraron en su piel. Sangraba. —Eso no fue un experimento —logró decir al fin—. Eso fue... fue... No encontró la palabra. No había palabra para lo que había sido. Violación, quizá. Pero no de su cuerpo. De algo peor. De su necesidad de creer que no estaba solo. De su capacidad de entregar algo hermoso a una sombra. —¿Fue qué? —preguntó Alastor, inclinando la cabeza con una suavidad enfermiza. Lucifer no respondió. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No literalmente, pero casi. Se dio la vuelta. Caminó hacia la puerta, no supo cómo porque sus piernas temblaban. "Y ahora todo el mundo lo sabe. Todo el mundo sabe que soy un idiota." Empujó la puerta del auditorio y la cerró. Estando solo en el pasillo se secó las lágrimas con fuerza, no dejó que brotaran y resbalaran por sus mejillas porque sabía que cuando empezaran a caer no iba a poder parar. Dentro del auditorio, Alastor se quedó en silencio durante un largo momento. El murmullo de los estudiantes llenaba el espacio, preguntándose si todo era parte de la presentación. Debía serlo, sino lo era, lo que ocurrió fue una locura. "El sujeto ha abandonado la sala", pensó, pero la anotación mental sonó hueca. "Lucifer", se corrigió. "Lucifer se ha ido." Después volvió a su presentación con la misma calma de siempre. Dio los datos. Mostró las gráficas. Respondió las preguntas con la precisión de un autómata. Pero cuando el auditorio se vació y las luces se encendieron, se quedó solo en el escenario, con la consola de mezcla frente a él y volvió a reproducir las palabras de Lucifer que había curado para su presentación. "Gracias por estar ahí. Nadie me escucha." Alastor cerró los ojos. "De nada", pensó.
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