Amor sin vergüenza

Gen
R
En progreso
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 7 páginas, 2.545 palabras, 4 capítulos
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Capítulo 3: Algo extraño

Ajustes
Loana salió del consultorio con el frasco de vitaminas pesando en su bolsillo como si fuera plomo. Las palabras de Andrés, “tienes una vida por delante”, le sonaban como un eco distante y vacío. Él no entendía que su vida se había detenido a los once años, en aquel pasillo de Santa Lucía. Caminó por los pasillos del hospital, esquivando a la gente con movimientos ágiles. Su estatura, de casi un metro ochenta y siete, solía intimidar a algunos Betas, pero ella se sentía pequeña bajo su sudadera negra de varias tallas más grandes. Se subió la capucha, ocultando los piercings que adornaban su oreja y parte de su rostro cansado. Al salir a la calle, el sol de la mañana la obligó a entrecerrar los ojos. Sacó su teléfono, un modelo de gama media con la pantalla ligeramente rayada, y revisó sus mensajes. Nada importante. Solo notificaciones de la universidad y un recordatorio de un proyecto de programación que tenía pendiente. Se detuvo frente al escaparate de una tienda para ajustarse la mochila. En el reflejo, pudo ver el borde de los tatuajes que trepaban por su cuello y se escondían bajo la tela de su camiseta: líneas negras, afiladas y abstractas, un estilo cyber-sigilism que ella misma había elegido para marcar su piel. Cada trazo de tinta era una frontera, un aviso para el mundo de que su cuerpo ahora le pertenecía solo a ella, y a nadie más. «Vitaminas», pensó con amargura, apretando el frasco en su bolsillo. "Como si está mierda me ayudara en algo". Encendió la pantalla de su móvil de nuevo. 7:45 A.M. Tenía clase de Sistemas en quince minutos. Suspiró, sintiendo el peso de la falta de sueño en sus hombros, y comenzó a caminar hacia la parada del bus. Mientras avanzaba entre la multitud, un aroma dulce, casi imperceptible pero extrañamente magnético, cruzó su camino. Fue solo un segundo, una ráfaga de algo que olía a flores blancas y lluvia fresca. Sus instintos de Alfa, por muy recesivos y dormidos que estuvieran, dieron un vuelco violento en su pecho. Loana se detuvo en seco, mirando a su alrededor con el corazón acelerado. Pero la calle estaba llena de rostros anónimos y el aroma se desvaneció tan rápido como había llegado. Se obligó a seguir caminando, ignorando el temblor en sus manos. —Es el cansancio —se dijo a sí misma en un susurro—. Solo es el maldito cansancio. Pero en el fondo, sabía que algo en su interior, algo que había intentado enterrar con odio y antidepresivos, acababa de despertar. El capítulo de su soledad estaba a punto de cerrarse, quisiera ella o no.
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