Capítulo 4: Ojos hostiles
27 de abril de 2026, 23:35
"hola linda buenos días habla mamá, quisiera saber cómo estás y que tal la universidad, sigo esperando tu llamada y veo que no ves mis mensajes, respóndeme cuando estés lista por favor, te amo besos"
El pitido del teléfono y la operadora la sacaron de su breve trance, un aroma extraño había llegado a su nariz e inundado por un breve milisegundo sus sentidos más primarios, a un lado su pareja la miraba con una sonrisa mientras respondía unos mensajes en su celular.
Ella miro el buzón de voz que acababa de reproducirse y frunció el ceño.
—qué pasa? te noto distraída
Valentino la miro con nueva preocupación prestando toda su atención a su pareja.
Ella negó con la cabeza.—no es nada, solo mi mamá, sigue enviando mensajes y llamandome, como si con eso solucionará algo.
—pense que la habías bloqueado(?)
—yo también, pero parece que la tonta de mi hermana le pasó mi nuevo número y ahora no deja de acosarme
Un suspiro de cansancio y un dolor de cabeza agudo de repente la descolocó.—Todo bien?—Lara asintió recordando que tenía clases a las 8 en punto y ya eran más de las ocho
—Te veo a la hora del almuerzo ¡te amo!
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Lara era lo que más se podría conocer como una niña nacida en cuna de oro, desde pequeña la vida fue tranquila, incluso si su familia era algo distante con ella, seguía siendo un ambiente que de cierta manera aprendió a tolerar. Vino a esta ciudad porque aquí vivía su pareja, Valentino un alfa de 22 años, ambos se conocieron en un foro cualquiera de internet donde se debatían los derechos de los omegas, fue justamente eso lo que llamó su atención, era un Alfa que abogaba por otros y no se quedaba en su arrogancia como otros alfas.
La facultad de Medicina se encontraba más adentro en aquella universidad tan inmensa así que tuvo que trotar con sus tacones para llegar rápido.
El eco de sus pasos resonaba en el pavimento mientras intentaba ignorar la vibración de su celular en el bolsillo; sabía que era otro mensaje de su madre y no pensaba darle el gusto de leerlo.
Al cruzar el umbral del pasillo principal, el aire se volvió denso. No era el olor a desinfectante habitual de los laboratorios, sino algo mucho más primitivo.
Fue justo en la esquina del bloque C. Lara iba demasiado rápido y la otra persona también. El choque fue inevitable.
—¡Fíjate por dónde caminas! —soltó una voz cargada de un veneno que Lara nunca había escuchado dirigido hacia ella.
Lara retrocedió un paso, recuperando el equilibrio gracias a sus reflejos, lista para soltar una disculpa cortés pero firme. Sin embargo, las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
Frente a ella estaba una chica de cabello revuelto y hombros tensos. Pero no fue su apariencia lo que detuvo el corazón de Lara, sino su mirada. Los ojos de la desconocida la escaneaban con una hostilidad pura, un desprecio tan directo que la hizo sentir como si fuera un bicho rastrero en lugar de una alfa dominante de linaje.
En ese mismo instante, el aroma que había percibido antes en el aire la golpeó de lleno, pero ahora con una intensidad insoportable. No era el aroma dulce y atrayente que esperaba de una omega; para Lara, aquel olor era agrio, punzante e irritante. Le quemaba la nariz, como si el mismo cuerpo de esa chica estuviera lanzando una señal de advertencia para que se alejara.
—Tú fuiste la que se cruzó —logró articular Lara, aunque su voz sonó más insegura de lo que pretendía. Se llevó una mano a la sien; el dolor de cabeza que sentía antes se intensificó ante la presencia de la otra.
Loana, por su parte, se quedó congelada. Su instinto de rechazo hacia los alfas se disparó como una alarma de incendio. Había sentido la presencia de Lara incluso antes de verla: ese aura de superioridad, esa elegancia natural de "cuna de oro" y el rastro de otro alfa —Valentino— pegado a su ropa. Le revolvía el estómago. Ver a esa alfa, tan perfecta y dominante, parada frente a ella, le produjo un choque de náuseas y una rabia difícil de controlar.
—Típico de los de tu clase —masculló Loana, apretando las correas de su mochila hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Creen que el pasillo les pertenece.
Lara frunció el ceño, genuinamente desconcertada. Estaba acostumbrada a que los omegas se encogieran o buscaran su aprobación, pero esta chica la miraba como si quisiera borrarla de la existencia.
—No sé quién te crees que eres —respondió Lara, sintiendo cómo su propio instinto alfa empezaba a gruñir ante la falta de respeto—, pero tengo clase y no tengo tiempo para tus complejos.
—Entonces muévete, alfa —escupió Loana la última palabra como si fuera un insulto.
Pasó por el lado de Lara con un golpe de hombro seco, dejando atrás una ráfaga de ese aroma que a Lara le resultaba tan hostil. Lara se quedó ahí, en medio del pasillo, con el pulso acelerado y una sensación de desconcierto absoluta.
Eran las ocho y veinte. Había llegado tarde a clase, pero eso ya no parecía importarle tanto como la extraña y violenta repu
lsión que acababa de sentir por una desconocida.