Prefacio
30 de abril de 2026, 13:31
No me gusta empezar con una disculpa (seguro que existe alguna regla que lo desaconseja, como la de no abusar de los adverbios terminados en -mente), pero, tras revisar las treinta páginas que llevo escritas, me siento obligado a hacerlo. Se debe a cierta palabra que no dejo de utilizar. No me refiero a los tacos, que aprendí de mi madre y que uso desde una edad temprana (como comprobarás), me refiero a la palabradespués, en plan «tiempo después» o «después me enteré» o «fue solo después cuando comprendí». Soy consciente de que suena repetitivo, pero no me queda otro remedio, porque mi relato arranca cuando aún creía en Papá Noel y en el Ratoncito Pérez (aunque ya a los seis años me asaltaban las dudas). En la actualidad tengo veintidós, así que en cierto modo esto esdespués, ¿no? Me figuro que cuando cumpla los cuarenta —en el supuesto de que viva tanto— miraré atrás y recordaré lo que creía entender a esa edad y me daré cuenta de la cantidad de cosas que se me escapaban. Siempre existe un después, eso lo sé ahora. Al menos hasta que morimos. Supongo que a partir de entonces todo será antes.
Me llamo Shane Hollander y, en cierta ocasión, dibujé un pavo de Acción de Gracias que me pareció la bomba. Después —y no mucho después— me enteré de que sí, era una bomba, pero de las fétidas. A veces la verdad es un auténtico asco.
Diría que esta es una historia de terror. Tú juzgarás.