Después

Slash
PG-13
Finalizada
0
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
40 páginas, 13.331 palabras, 2 capítulos
Etiquetas:
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Permitido mencionando al autor/traductor con un enlace a la publicación original
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Después

Ajustes

1

Nunca conocí a mi padre. No es una frase triste. Al menos no para mí. Simplemente es un dato, como decir que nací un martes o que siempre he odiado las aceitunas. Mi madre nunca habló mal de él, pero tampoco habló bien. No habló, punto. Y yo aprendí pronto que algunas ausencias no necesitan explicación para doler un poco. Éramos ella y yo. Y, contra todo pronóstico, funcionábamos bastante bien. Mi madre, Yuna, tenía la costumbre de repetir las palabras tres veces cuando algo le salía especialmente bien o especialmente mal. «Sí sí sí», decía cuando lograba cerrar un contrato importante. «Bien bien bien», murmuraba al revisar un manuscrito complicado y descubrir que, milagrosamente, tenía arreglo. Yo la imitaba a propósito, exagerando el tono, y ella me miraba con cara de ofendida durante medio segundo antes de empezar a reírse. Entonces yo también me reía. Era nuestro idioma secreto. Nuestra manera absurda de decirnos que estábamos bien. O que al menos lo intentábamos. Recuerdo especialmente la vez que dibujé un pavo verde. Era Acción de Gracias, o algo parecido, y en el colegio nos pidieron que hiciéramos un dibujo para decorar la clase. Yo no tenía muy claro cómo era un pavo realista, así que improvisé. Salió un monstruo con plumas verdes fosforitas, patas demasiado largas y una cara que parecía permanentemente indignada con la vida. Cuando se lo enseñé a mi madre, se quedó mirándolo en silencio. —Bien bien bien —dijo al fin, conteniendo la risa. —¿Está horrible? —No —respondió—. Está... innovador. Después lo colgó en la nevera, justo al lado de la factura de la luz y un recordatorio para comprar leche. Ahí permaneció durante semanas, juzgándonos en silencio con su mirada verde radioactiva. Yo me sentía orgulloso. Ella fingía que no. Fue después cuando supe que aquel dibujo no solo era feo. Era la bomba. Mi madre es editora de libros. No de esas que aparecen en entrevistas con gafas enormes y cafés caros, sino de las que leen manuscritos a las tres de la mañana con los ojos ardiendo y un bolígrafo rojo entre los dedos, buscando desesperadamente una frase que justifique no rendirse todavía. Le gustaban las historias difíciles, las que no prometían dinero rápido pero sí algo parecido a la verdad. Eso, por desgracia, no pagaba las facturas. Durante un tiempo las cosas fueron bien. No sobraba nada, pero tampoco faltaba. Luego llegó el libro. Un autor prometedor, un manuscrito brillante, un contrato que parecía sólido. Y una estafa tan limpia que cuando nos dimos cuenta ya no quedaba nada que reclamar. El escritor desapareció. La editorial pequeña con la que trabajaba cerró. Y el libro, ese libro que iba a salvarnos un poco, nunca llegó a existir para nadie más que para nosotros. Mi madre no se quejaba. Nunca lo hacía. Seguía diciendo «sí sí sí» cuando conseguía un encargo nuevo y «bien bien bien» cuando encontraba algo decente entre montañas de textos mediocres. Pero yo sabía contar. Y sabía leer. Y sabía que el optimismo no cubre una cuenta bancaria en números rojos. A veces la veía sentada frente al portátil, con los hombros caídos, mirando la pantalla como si esperara que las palabras empezaran a multiplicarse solas. Entonces yo carraspeaba desde la puerta y decía: —Bien bien bien. Ella levantaba la vista, sonreía, y me lanzaba una almohada. Funcionaba mejor que cualquier terapia. Siempre supe que había algo raro en mí. No de una manera espectacular. Nada de luces, voces celestiales ni sueños proféticos. Solo... pequeños detalles fuera de lugar. Cosas que no cuadraban. Pero el momento exacto en que entendí que aquello no era normal ocurrió una tarde cualquiera, volviendo a casa con mi madre en el coche. Había un accidente en la carretera. Dos autos destrozados. Cristales esparcidos por el asfalto. Un par de patrullas y una ambulancia detenidas en el arcén. Mi madre redujo la velocidad, como todo el mundo, y yo me estiré un poco para mirar mejor por la ventanilla. El cuerpo estaba cubierto con una sábana. Aun así, yo lo vi. Estaba de pie, justo al lado. Era un hombre joven, con la camisa empapada de sangre y los brazos torcidos en ángulos imposibles, como si alguien los hubiera doblado sin cuidado. Me miraba sin sorpresa, sin miedo, sin nada en particular. Simplemente estaba ahí, esperando. —Mamá —dije—, el señor se rompió los brazos. Ella frunció el ceño. —¿Qué señor? —El que está ahí —señalé hacia la camilla cubierta—. Tiene los brazos rotos. Los dos. Mi madre me miró por un segundo largo, evaluando si estaba bromeando. —Cariño, no puedes saber eso. Está tapado. No insistí. Me limité a encoger los hombros y a mirar de nuevo por la ventana. El hombre seguía allí, cada vez más borroso, como si alguien estuviera bajando lentamente la opacidad de su existencia. Esa noche, mientras cenábamos, la noticia apareció en televisión. Un fallecido. Varón. Múltiples fracturas en los brazos. Mi madre dejó el tenedor sobre el plato. No dijo nada. Yo tampoco. Nos miramos. Durante un instante tuve la absurda sensación de que ambos estábamos pensando lo mismo, pero ninguno se atrevía a ponerle palabras. Como si nombrarlo fuera a hacerlo real. Como si, al decirlo en voz alta, algo se fuera a romper para siempre. Así que no hablamos de ello. No entonces. La primera vez que hablamos de ello fue cuando murió la señora Watson. Vivía en la casa de al lado. Siempre olía a jabón de lavanda y a galletas recién hechas, y tenía la costumbre de saludar con la mano incluso cuando nos veíamos tres veces el mismo día. El tipo de persona que no esperas que desaparezca así, sin aviso, como si alguien hubiera apagado una luz. El señor Watson nos abrió la puerta con los ojos hinchados y la voz rota. La casa estaba en silencio, un silencio espeso, de esos que pesan más que el ruido. —No encuentro los pendientes de oro —decía, pasándose las manos por la cara—. Los llevaba siempre. Son lo único que quiero conservar. Yo miré hacia el pasillo. La señora Watson estaba allí, apoyada contra la pared, con la misma bata floreada que usaba para limpiar los domingos. Tenía los pendientes puestos. Brillaban con una claridad insultante. —¿Los busca? —le pregunté. Ella me miró y sonrió. —En la caja de costura. Falso fondo. Siempre los guardaba ahí cuando limpiaba. Mi madre seguía hablando con el señor Watson cuando me acerqué a ella y le susurré la respuesta. Me miró raro, pero fue hasta la habitación, rebuscó un poco... y abrió la caja. Los pendientes estaban ahí. El señor Watson rompió a llorar. Mi madre no. No en ese momento. Esa noche, cuando ya estábamos en casa, me sentó en el sofá. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. —Shane —dijo despacio—. ¿Hablaste con la señora Watson? —Sí. Tragó saliva. —¿De verdad? —Me dijo dónde estaban los pendientes. Hubo un silencio largo. Pesado. Cargado. —No puedes contarle esto a nadie —dijo al fin—. A nadie. —¿Por qué? —Porque no todo el mundo entiende estas cosas. Algunos pensarán que mientes. Otros que estás loco. Y otros... —se detuvo— otros podrían querer aprovecharse. Me miró con una seriedad que no le conocía. —Esto es tuyo. Es un don. Pero también puede ser un problema muy grande. Así que lo guardamos. ¿Sí? Asentí. No lo sabía entonces, pero aquel fue el momento exacto en que aprendí a mentir bien. Y también el momento en que entendí que mi vida jamás iba a ser normal.

2

Pues sí, veo muertos. Que yo recuerde, siempre ha sido así. La cosa, sin embargo, no va como en la peli de Bruce Willis. No escucho susurros dramáticos ni me sangra la nariz cada cinco minutos. Puede ser interesante, puede ser aterrador —como con el señor del accidente— y puede ser un coñazo monumental, pero la mayoría de las veces es lo que es, sin más. Como ser zurdo. O ser capaz de tocar música clásica con tres o cuatro años. O desarrollar un alzhéimer de inicio temprano, que es lo que le ocurrió al tío Harry con solo cuarenta y dos años. De niño, me parecía que a esa edad ya eras viejo, aunque incluso entonces entendía que no tanto como para acabar olvidando quién eras. Los muertos aparecen de la nada. No hacen ruido al llegar. No hay luces, ni frío repentino, ni efectos especiales. Simplemente están. Normalmente cerca del lugar donde murieron, o rondando los sitios que les importaban en vida: su casa, su trabajo, su cafetería favorita, su funeral. Sí, su propio funeral. Eso es particularmente incómodo, por razones bastante obvias. No se quedan para siempre. Se van desdibujando poco a poco, como una foto mal revelada. Cada día son un poco más transparentes, un poco menos reales, hasta que desaparecen del todo. Y siempre traen consigo lo que llevaban puesto cuando murieron. Ropa manchada, joyas, relojes, mochilas, heridas. Todo. Si les hago una pregunta, están obligados a responder con la verdad. No pueden mentir. Nunca. Eso no significa que sean amables, ni claros, ni considerados. La verdad puede ser cruel, ambigua, confusa o simplemente asquerosa. Pero es verdad. De pequeño creía que todo el mundo veía lo mismo que yo. Me parecía lo más lógico. Nadie me explicó que la realidad venía sin fantasmas incluidos. Nadie me dijo que aquello no era normal. Así que no lo cuestioné. Los muertos formaban parte del paisaje, como los semáforos o las farolas. Luego crecí. Y entendí que lo que yo veía no era exactamente un privilegio. El tío Harry fue una de las primeras personas que me hizo comprenderlo de verdad. Era el hermano mayor de mi madre. Divertido, inteligente, caótico. El tipo de adulto que te dejaba comer helado antes de la cena y que te enseñaba palabrotas en voz baja para que no te pillaran. Cuando enfermó, yo tenía ocho años. Empezó olvidando pequeñas cosas. Nombres. Fechas. Contraseñas. Luego vinieron las personas. Y finalmente, él mismo. Ahora vive en un centro para adultos mayores. Uno caro. Demasiado caro. Cada mes, el dinero desaparece un poco más rápido. Cada factura pesa más. Cada conversación sobre presupuestos dura más de lo necesario. Y yo sé que no falta mucho para que tengamos que sacarlo de allí. Mi madre no lo dice en voz alta. Yo tampoco. Pero el miedo tiene una forma muy concreta, y se parece bastante a una hoja de cálculo con demasiadas cifras en rojo.

3

Conocí a Ilya Rozanov un martes. No recuerdo la fecha exacta, pero sí el detalle más importante: yo estaba teniendo un día de mierda monumental. Había suspendido un examen, nos habían llegado dos avisos de corte de luz el mismo día y mi madre llevaba tres noches seguidas durmiendo cuatro horas. Nada grave por separado. Todo insoportable junto. Ilya era guardia de seguridad en el edificio donde trabajaba mi madre. Alto. Demasiado serio para su edad. Demasiado guapo para mi estabilidad emocional. Tenía esa expresión permanentemente concentrada, como si estuviera esperando que el mundo cometiera un error para señalarlo con el dedo. Me sostuvo la puerta al entrar. —Gracias —dije. Asintió. —De nada. Silencio. Yo di dos pasos... y me giré. —¿Siempre miras a la gente como si sospecharas que van a robar una fotocopiadora? Parpadeó, sorprendido. —Solo a los que caminan como si ya lo hubieran hecho. Sonreí. Él también, aunque intentó disimularlo. Tres días después, ya estábamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Ilya tenía una risa rara, breve, casi secreta, que solo aparecía cuando algo le hacía gracia de verdad. Yo tardé poco en obsesionarme con provocarla. —No te rías —me dijo una vez, serio. —¿Por? —Porque si lo haces, voy a tener que admitir que me caes bien. —Qué tragedia —respondí—. ¿Te traigo flores para el funeral de tu dignidad? Se tapó la cara con la mano. —Eres insoportable. —Sí. —Y molesto. — También. —Y hablas demasiado. — Eso es biológicamente imposible. Soltó una carcajada. Yo gané la guerra. Empezamos a salir. Luego a quedarnos a dormir. Después, simplemente, a no separarnos. Y un día, sin mucha ceremonia, se mudó con nosotros. Mi madre lo aceptó con una naturalidad sospechosa, como si llevara años esperándolo. —Así que tú eres Ilya —dijo, midiéndolo de arriba abajo—. Bien bien bien. Él se puso rígido. —¿Eso es bueno? —Depende —respondí—. Si hubiera dicho "sí sí sí", estarías en problemas. Ella le preparaba desayunos imposibles, le hacía preguntas sobre su trabajo y le corregía la postura cuando se sentaba encorvado en el sofá. —Espalda recta —le ordenaba, dándole un golpecito entre los hombros. —No soy un niño —gruñía él. —Pues siéntate como un adulto funcional. Yo observaba la escena con una mezcla de ternura y diversión. Por las noches, Ilya y yo nos refugiábamos en mi habitación. Veíamos películas malas, compartíamos auriculares, discutíamos sobre música y sobre qué monstruo ganaría en una pelea absurda. —Un tiburón contra un oso. —Gana el oso. —En tierra, sí. —¿Y por qué demonios el oso estaría en el agua? —Vacaciones. Me miraba en silencio unos segundos antes de responder: —Contigo, me creo cualquier estupidez. A veces hablábamos de nada. A veces de todo. —No tienes que salvar a nadie —me dijo una noche—. No es tu trabajo. —Tampoco es el tuyo. —Toco madera —contestó—. Pero alguien tiene que hacerlo. Lo besé para que se callara. Durante un tiempo, las cosas fueron bien. Ilya ayudaba con los gastos. La casa dejó de sentirse tan pequeña. Las facturas empezaron a pagarse a tiempo. Mi madre volvió a silbar mientras cocinaba. Yo dormía mejor. Éramos tres personas compartiendo un espacio demasiado reducido, discutiendo por quién había gastado el último yogur, celebrando pequeñas victorias y fingiendo que el futuro no daba miedo. Era una estabilidad frágil. Pero real. Entonces Ilya decidió entrar en la Policía de Canadá. No lo hizo por dinero. Tampoco por vocación heroica. Lo hizo porque necesitaba demostrar algo. No sé a quién. Tal vez a sí mismo. Tal vez a su padre. Tal vez al mundo entero. Se fue a entrenar. Volvía cansado, con ojeras y magulladuras. Yo lo esperaba despierto, fingiendo leer. A veces no hablábamos. Otras, hablábamos demasiado. Todo era intenso. Todo era demasiado. Seattle seguía siendo la misma ciudad lluviosa y gris, pero nuestra casa había cambiado. Y nosotros con ella. No lo sabía entonces, pero esa fue la última etapa de nuestra vida que podría llamarse tranquila sin mentir descaradamente.

4

Seguí viendo muertos. No es algo que desaparezca con la edad, ni con el amor, ni con la estabilidad económica temporal. Simplemente está ahí. Como una aplicación que no puedes desinstalar. La mayoría de las veces ni siquiera sabía si lo eran o no. Porque, claro, no todos los muertos vienen con señales evidentes. Algunos no sangran. No están torcidos. No tienen la piel gris ni los ojos vacíos. Algunos parecen perfectamente vivos, hasta que notas ese pequeño detalle que no encaja. La ausencia de respiración. La manera en que la luz no termina de tocarles la piel. La quietud imposible. Otras veces no lo descubría hasta días después (sí, esa palabra otra vez), al ver su foto en las noticias. Ah, mira. Con que estabas muerto. La ironía nunca deja de ser incómoda. Nunca se lo conté a Ilya. No porque no confiara en él, sino porque, durante mucho tiempo, no pensé que fuera importante. Era solo una rareza personal. Un defecto de fábrica. Algo con lo que había aprendido a convivir sin demasiado drama. Además, ¿cómo demonios sacas un tema así en medio de una cena normal? Oye, por cierto, veo muertos. ¿Me pasas la sal? No. Gracias. Así que lo guardé para mí. Y funcionó. Hasta que murió Regis Thomas. Regis Thomas no era un escritor cualquiera. Eraelescritor. El tipo que había conseguido que medio planeta leyera una saga erótica sin admitirlo en voz alta. Las aventuras de Romanoff llenaban escaparates, mesas de novedades, mochilas escolares, mesillas de noche y cajones cerrados con llave. Todo el mundo fingía no haberlos leído. Todo el mundo sabía exactamente de qué trataban. Cada libro terminaba igual: ...de Romanoff. Siempre en cursiva. Siempre con ese tono de promesa peligrosa. Siempre dejando claro que aún quedaba algo más por contar. Mi madre lo admiraba en silencio. No por el erotismo —eso decía—, sino por su capacidad para mantener una trama sólida durante tantos años sin repetirse. Yo sospechaba que también lo admiraba por otras razones, pero era demasiado educado para decirlo en voz alta. Regis había anunciado el último libro de la saga pocos meses antes. Los lectores estaban histéricos. Las editoriales, aún más. Los contratos se firmaban con cifras que mareaban. El mundo editorial entero contenía el aliento, esperando. Y entonces, una tarde cualquiera, Regis Thomas murió de un infarto en su casa.

5

El día que murió Regis Thomas fue el día que me sentí traicionado por mi madre también. Yo estaba atendiendo mesas en el restaurante cuando vi entrar a Ilya con el uniforme de patrulla. No venía a comer. No venía a saludar. Venía con esa expresión tensa que solo sacaba cuando algo serio estaba ocurriendo. —Tienes que venir conmigo —dijo. —Estoy trabajando. —Ahora. No hubo discusión. Algo en su voz me indicó que no era el momento. Salimos por la puerta trasera y entonces vi el coche patrulla aparcado junto a la acera. Mi madre estaba sentada en el asiento del copiloto, con las manos apretadas sobre el bolso y la mirada fija al frente. Tenía los labios entreabiertos, como si estuviera respirando demasiado rápido. No parecía nerviosa. Parecía al borde de romperse. Subí al asiento trasero. —Regis Thomas acaba de morir —dijo, casi sin mirarme—. Infarto. En su casa. La noticia aún no es oficial. Parpadeé. —¿Qué? —Tenemos muy poco tiempo. Se inclinó hacia delante, como si eso pudiera hacer que el coche avanzara más rápido. —Si llegamos antes de que su... —tragó saliva— su presencia desaparezca, aún hay una posibilidad. La palabra presencia lo dijo con cuidado, como si temiera romperla al pronunciarla. —Apenas había escrito dos o tres capítulos del último libro —continuó, atropellando las frases—. Nadie sabe cómo termina. Nadie excepto él. Y si no conseguimos ese final, estamos acabados, Shane. Acabados. Se pasó una mano por la frente, nerviosa. —He movido cielo y tierra para conseguir contratos. He aceptado encargos que no quería. He corregido manuscritos que me daban ganas de llorar. He fingido optimismo cuando no quedaba nada que rascar. Pero esto... —negó con la cabeza—. Esto puede salvarnos. O hundirnos del todo. Yo no respondí. —No es solo dinero —dijo, bajando la voz—. Es el alquiler. Es el centro del tío Harry. Es que podamos seguir viviendo como personas normales. Normales. La palabra me resultó extrañamente ajena. —Si lo perdemos, no sé qué vamos a hacer —susurró—. De verdad que no lo sé. Miré sus manos. Le temblaban. Fue entonces cuando comprendí que no estaba actuando desde la ambición, ni desde la codicia, ni siquiera desde el orgullo profesional. Estaba actuando desde el miedo. Y el miedo vuelve torpes incluso a las personas más cuidadosas. —Tu madre me contó lo de tu... don —dijo Ilya sin girarse—. No estoy seguro de creerlo, pero si sirve para ayudarla, vale la pena intentarlo. No sentí rabia. Sentí esa incomodidad amarga de que alguien hubiera cruzado una frontera invisible sin pedirme permiso. No porque el secreto fuera vergonzoso, sino porque era mío. Porque formaba parte de un espacio que aún no había decidido abrir. No era que no quisiera decírselo a Ilya algún día. Era que todavía no estaba listo. Y mi madre había decidido por mí. No dije nada. Miré por la ventana mientras Seattle se deslizaba gris y húmeda bajo la lluvia. Por primera vez, sentí que mi don no era solo una rareza incómoda, sino una herramienta que otros podían usar cuando ya no quedaban opciones. Y eso me dio miedo. Cuando el coche se detuvo frente a la casa de Regis Thomas, yo ya sabía que algo había cambiado. No roto. No todavía. Pero sí desplazado. La casa de Regis Thomas estaba en silencio. Un silencio raro. No tranquilo. No acogedor. Un silencio que parecía lleno de cosas invisibles. —¿Lo ves? —preguntó mi madre nada más cerrar la puerta. Ni siquiera me dio tiempo a dejar la mochila. Miré alrededor. Salón amplio. Estanterías repletas de libros. Una taza de café medio vacía sobre la mesa. Un portátil abierto, con el cursor parpadeando en una página en blanco. Pero no vi a Regis. —No —respondí. Mi madre se quedó quieta. —¿Cómo que no? —No lo veo. —Pero tiene que estar aquí —dijo—. Tiene que. —No siempre aparecen enseguida —intervine—. A veces tardan. —¿Cuánto? —No lo sé. Ilya carraspeó detrás de nosotros. —A lo mejor no aparece —dijo—. A lo mejor todo esto es una pérdida de tiempo. Mi madre se giró hacia él con los ojos muy abiertos. —No. —Yuna... —No podemos irnos. —No he dicho que nos vayamos. Solo que quizá... —No —repitió, más fuerte. Se pasó una mano por el cabello, nerviosa, y empezó a caminar por la casa, abriendo puertas, mirando dentro de las habitaciones, como si buscara a alguien que pudiera esconderse detrás de una cortina. —¿Dónde suelen aparecer? —preguntó, casi sin mirarme. —No hay un sitio fijo. —¿Pero hay un patrón? —A veces donde murieron. A veces donde pasaron más tiempo. A veces en lugares importantes para ellos. —Entonces aquí —dijo—. Tiene que ser aquí. Ilya suspiró. —Esto no es una ciencia exacta, Yuna. —Ya lo sé. —Entonces deja de actuar como si lo fuera. Ella se detuvo en seco. —¿Sabes lo que pasa si no lo encontramos? —preguntó, con la voz temblorosa. Ilya no respondió. —Pierdo el contrato. Perdemos la casa. Sacamos al tío Harry del centro. Empezamos de cero. Otra vez. Y esta vez no sé si vamos a poder. Se llevó una mano al pecho, respirando hondo. —Así que sí —dijo—. Estoy nerviosa. El silencio se volvió más pesado. —Oye —murmuró Ilya, acercándose un poco a mí—. Si no lo ves, no es culpa tuya. —Lo sé. —De verdad. —Lo sé. Pero no lo sentía así. Caminé lentamente por el salón, luego por el pasillo, observando cada rincón, intentando captar ese cambio sutil en el aire que siempre anunciaba una presencia. Nada. —Esto no es normal —murmuré. —¿Qué cosa? —preguntó mi madre, girándose de inmediato. —Que no esté. —¿Qué significa? Me encogí de hombros. —No lo sé. A veces tardan. A veces... No terminé la frase. —¿A veces qué? —A veces no quieren aparecer. Ilya me miró con atención. —¿Por qué no querría? —Por miedo. Por confusión. Por enfado. Por no aceptar que están muertos. —Genial —murmuró—. Un fantasma en negación. —No ayuda —le dije. —Lo intento. Mi madre se dejó caer en el sofá. —Por favor —susurró—. Por favor. Me acerqué un poco más al centro del salón, cerré los ojos un segundo y respiré hondo. Entonces lo sentí. Ese leve cosquilleo frío en la nuca. Abrí los ojos. —No está en el salón —dije—. Está... más arriba. Los dos me miraron. —¿Arriba? —repitió mi madre. Asentí. —En el despacho. Ilya exhaló lentamente. —Pues vamos antes de que cambie de opinión. Subimos las escaleras. Y con cada escalón, el aire se volvía un poco más denso.

6

El despacho olía a café frío y papel viejo. Había una ventana enorme con vistas al jardín, una mesa de madera llena de anotaciones, hojas sueltas, libros abiertos, y una silla giratoria ligeramente apartada, como si alguien se hubiera levantado con prisas. Y junto a la pared, de pie, con los brazos cruzados y expresión fastidiada, estaba Regis Thomas. Parecía normal. Demasiado. Ni heridas, ni sangre, ni marcas visibles. Solo un hombre de unos cincuenta años, con barba de varios días, ojeras marcadas y una camiseta gris arrugada. Estaba de pie en el umbral, conteniendo la respiración. —¿Lo ves? —susurró. Asentí. —Sí. —¿Dónde? —Ahí. Señalé la pared. Ilya frunció el ceño. —¿Estás seguro? —Desgraciadamente, sí. Regis miró alrededor, confundido. Luego me miró a mí. —¿Qué? Tragué saliva. —Regis... necesito pedirte algo. Parpadeó. —Vale. —Mi madre trabaja en una editorial. —Ajá. —Tu último libro no está terminado. —No. —¿Puedes contarme el resto para que ella lo escriba? Se quedó en silencio un segundo. Dos. Tres. Asintió. —Sí. Respiré hondo. Yuna no aguantó más. —¿Qué dice? —preguntó. —Que sí. No sonrió. No gritó. No lloró. Simplemente sacó su grabadora del bolso con manos temblorosas y pulsó REC. —Pregunta —dijo—. Todo. No te saltes nada. Ilya la miró como si no la reconociera. —Yuna... —Luego. Nos sentamos. Yo frente al escritorio. Ella al otro lado, con la grabadora. Ilya apoyado contra la pared, brazos cruzados, intentando no parecer que estaba al borde de un ataque de nervios. —Vale —dije—. Empezamos. —Capítulo uno —dijo Regis—. Siempre supe que Romanoff no iba a tener un final feliz. Solo uno inevitable. Y así, durante horas, hablé con un muerto mientras mi madre tomaba notas, interrumpía, pedía aclaraciones, pedía detalles. —Pregúntale si Alina realmente lo amaba o solo lo necesitaba. —Dice que ambas cosas. —¿Muere alguien más? —Sonríe. Eso no es buena señal. —¿El final es abierto? —Dice que el final es cruel, pero honesto. Ilya nos llevaba café, comida, mantas. A veces me miraba como si intentara memorizar cada gesto, cada palabra, como si tuviera miedo de olvidarme. Terminamos de madrugada. Regis se quedó en silencio unos segundos. —Ya está. —¿Eso es todo? —Eso es todo. —Gracias —dije. —No me des las gracias —respondió—. Solo... hacedlo bien. Y desapareció. Literalmente. Mi madre se quedó mirando el espacio vacío. —¿Se ha ido? —Sí. Se llevó la mano a la boca. Y entonces lloró. Tres meses después, el último libro de Las aventuras de Romanoff salió a la venta. Fue un éxito brutal. Ventas récord. Filas en librerías. Críticos entusiasmados. Uno escribió: «Este cierre es Regis Thomas en estado puro: brutal, íntimo, elegante y devastador. Un adiós perfecto.» Irónico, ¿no? Volvimos a respirar. Pagamos deudas. El tío Harry pudo seguir en el centro. La casa siguió siendo nuestra. Durante un tiempo, todo estuvo bien. Hasta que ya no lo estuvo.

7

Después (sí sí sí) de lo de Regis, Ilya no volvió a mencionar mi don. Ni una sola vez. Y yo tampoco. Durante un tiempo, los tres funcionamos como una familia improvisada bastante decente. Él cocinaba. Mi madre corregía manuscritos en el salón. Yo trabajaba turnos dobles en el restaurante. Por las noches veíamos series malas y discutíamos sobre cuál era peor. Parecía suficiente. Hasta que una tarde encontré la bolsa. Estaba escondida en el fondo del armario, dentro de una mochila vieja. Pesaba demasiado para ser ropa. Demasiado para ser recuerdos. Demasiado para ser cualquier cosa inocente. Un kilo de cocaína. Cuando Ilya llegó, yo estaba sentado en la cama, con la bolsa abierta entre las manos. Se detuvo en seco. —Shane... —¿Cuánto tiempo? —No es lo que crees. —Te he preguntado cuánto tiempo. Se pasó la mano por la cara. —Unos meses. —¿Meses? Mi voz sonó extrañamente tranquila. —¿Cuántas veces has dormido a mi lado con esto en casa? —No lo sabes todo. —Pero sé lo suficiente. —No es mía. —Está en tu armario. —La estoy guardando. —¿Para quién? —No puedo decirlo. Me levanté. —Entonces ya está. —No, espera. —No hay nada que esperar. —Shane, joder, lo hago por nosotros. Me reí. No pude evitarlo. —¿Por nosotros? ¿En serio? —Quiero estabilidad. Quiero que dejemos de sobrevivir. —¿Y la cocaína te pareció un buen plan financiero? —No seas sarcástico. —No seas criminal. Silencio. —No entiendes la presión —dijo al final. —Explícala. —En la policía no asciendes si no juegas sucio. No sobrevives si no aceptas favores. No te mantienen si no demuestras que eres útil. —¿Y ahora eres útil guardando droga? —Soy útil no estorbando. —Eres útil mintiéndome. Le temblaron los dedos. —No quería meterte en esto. —Ya lo hiciste. —No. —Sí. En el momento en que la trajiste a esta casa. En el momento en que decidiste que yo no merecía saberlo. —Te protegía. —No me protejas mintiéndome. —No quería que me miraras distinto. —¿Y qué esperabas? ¿Que te aplaudiera? —Esperaba que confiaras en mí. Me acerqué. —Confié en ti cuando mi madre te contó lo que yo veía. Confié en ti cuando te dejé entrar en esta casa. Confié en ti cuando creí que eras lo único sólido que tenía. Y ahora encuentro esto. Se le humedecieron los ojos. —No soy una mala persona. —No —admití—. Pero estás tomando decisiones de mierda. —No sabes lo que es sentir que puedes perderlo todo. —Sí lo sé —respondí—. Y por eso mismo no lo arriesgo todo por dinero sucio. Respiró hondo. —No puedo deshacerme de ella. —Entonces deshazte de nosotros. El silencio se volvió insoportable. —No hablas en serio. —Tira esa mierda. Y cuando regreses, recoge tus cosas. —Shane... —No quiero verte aquí con eso nunca más. Me miró durante un segundo eterno. Luego agarró la bolsa. —Ahora vuelvo. —No hace falta que vuelvas rápido. La puerta se cerró. No di un portazo. No grité. No lloré. Me senté en la cama y me quedé mirando el hueco vacío del armario. Como si en lugar de una bolsa se hubiera llevado algo mucho más grande. Entonces mi madre salió de su habitación. —¿Cuánto has escuchado? —Lo suficiente. —¿Has terminado con él? Pensé en las mentiras. En los secretos. En las pequeñas traiciones acumuladas como polvo en los muebles. —Creo que sí. —¿De verdad? —Creo que habíamos terminado hace tiempo —dije—. Solo que yo no me había dado cuenta. Esa no fue la última vez que vi a Ilya Rozanov. Pero ya llegaré a eso.

8

Pasaron dos años. Dos años en los que aprendí a vivir sin él. O, al menos, a funcionar. Cambié de restaurante. Subí de puesto. Me mudé con mi madre a un piso más pequeño. Volvimos a apretarnos el cinturón. Volví a fingir que no veía a los muertos la mayoría del tiempo. Volví a ser solo Shane Hollander: camarero eficiente, hijo responsable, adulto a medio construir. No fue una vida épica. Pero era estable. Y, por lo visto, eso era lo máximo a lo que podía aspirar. El día que Ilya volvió, estaba atendiendo una mesa complicada. Cuatro turistas, dos niños, una abuela enfadada y una cuenta separada en cinco partes. Estaba en ese punto mental en el que tu cerebro ya no procesa palabras, solo órdenes básicas: respira, sonríe, no tires la bandeja. Entonces vi la patrulla aparcada frente al local. Y a él bajando del asiento del copiloto. Durante un segundo pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada. Durante otro, deseé que lo fuera. Entró. Llevaba el uniforme de inspector, con la placa brillando bajo la luz artificial. Nuestros ojos se cruzaron. El mundo no explotó. No hubo música dramática. No pasó nada. Y, aun así, sentí como si alguien me hubiera metido la mano en el pecho y apretado fuerte. —Hola, Shane. —Hola, Ilya. Se acercó a la barra. —¿Estás ocupado? Miré la mesa del fondo. —Un poco. —Te espero. Cinco minutos después, salimos a la calle. Hacía frío. El tipo de frío que se cuela entre la ropa y te recuerda que estás vivo, te guste o no. —Te ves bien —dijo. —Tú también. Mentí. Estaba más delgado. Tenía ojeras. Y esa rigidez en los hombros que no se quita ni durmiendo. —¿Cómo está tu madre? —Trabajando demasiado. —Me alegra. Silencio. —Shane... —No. Parpadeó. —Aún no he dicho nada. —No importa. Suspiró. —Necesito tu ayuda. Me reí sin humor. —Claro que sí. —Es por tu don. Ahí fue cuando entendí que nunca había dejado de pertenecerle a esa parte oscura de mi vida. —No. —Escúchame. —No. —Hay gente que puede morir. —Siempre hay gente que puede morir. Se acercó un poco más. —Esta vez es distinto. —No lo es. —Necesito que veas a alguien. —No. —Shane... —No vuelvas a usar eso —le dije—. No vuelvas a llamarlo don. Me miró en silencio. Durante un segundo, pensé que se marcharía. No lo hizo. —Hay un asesino en serie —dijo—. Y está jugando con nosotros. Y supe, con una claridad aterradora, que acababa de decir que sí. Me subí a la patrulla sin pensarlo demasiado. Error número uno. El interior olía a café frío, a plástico calentado por el sol y a algo metálico que siempre me ha recordado a hospitales. Ilya arrancó sin decir nada durante los primeros minutos, como si necesitara reunir valor para lo que venía. —Se llama Dick Marsten —dijo al fin—. Pero en los medios lo conocen como Tambor. —Bonito apodo. —Le gusta el sonido que hacen sus bombas antes de estallar. —Qué encanto de persona. Suspiró. —Empezó hace dos años. Bombas pequeñas. Caseras. Lo justo para herir, no para matar. Queríamos creer que era un aficionado. Un perturbado con demasiado tiempo libre. —Spoiler: no lo era. —No. —Apretó el volante—. Empezó a subir la potencia. Centros comerciales, estaciones, edificios públicos. Lugares con gente. Mucha gente. Miré por la ventana. —¿Cuántos? —Nueve muertos confirmados. Más de treinta heridos. Algunos muy graves. Silencio. —Esta mañana recibimos una llamada anónima. Alguien decía haber visto a un tipo cargando explosivos en una mochila cerca del parque central. Fuimos para allá. —Y lo encontraron. —En mitad del césped. Una bala en la cabeza. Autoinfligida. Junto a una nota. Tragó saliva. —"Aún hay una más y es de las grandes. Tambor". Me recorrió un escalofrío lento, desagradable. —Así que... —Así que necesitamos saber dónde la dejó. Y rápido. —Porque los muertos se van. —Porque los muertos desaparecen. —Y porque si esa bomba estalla, va a ser una carnicería. Asentí. —¿Cuánto tiempo hace? —Dos horas. —Vamos justos. —Muy. Apoyé la cabeza contra el cristal. —Genial. Nada como hablar con un terrorista muerto para empezar el día. No sonrió. —Shane... —No —dije—. No empieces. —Gracias. —No te equivoques —respondí—. No lo hago por ti. Ni por la policía. Ni por redención, ni mierdas de esas. —¿Entonces? —Porque no quiero ver otro puto fantasma con la cara hecha pedazos. Ilya apretó la mandíbula. Aceleró. El parque estaba lleno de gente. Niños corriendo. Perros ladrando. Una pareja discutiendo en un banco. Un tipo vendiendo globos con forma de dinosaurio. Vida normal. Demasiada vida para el lugar donde alguien se había volado la cabeza hacía apenas dos horas. Bajé de la patrulla con el estómago encogido. Miré alrededor. Nada. —¿Ves algo? —preguntó Ilya. Negué con la cabeza. —Aún no. Empezamos a caminar por los senderos, fingiendo normalidad. Yo miraba a la gente a la cara, buscando ese brillo raro que solo tienen los muertos. Esa quietud imposible. Nada. Hasta que lo sentí. No lo vi primero. Lo sentí. Como un cambio en el aire. Como cuando sabes que alguien te está observando. Giré la cabeza. Y ahí estaba. De pie, junto a un columpio vacío. Dick Marsten. Tambor. La parte frontal de su rostro parecía intacta. Un pequeño agujero limpio en la sien derecha, casi discreto. Podría haber pasado por una herida menor si no supieras lo que significaba. Pero la parte posterior... No. La parte posterior era un desastre. No era sangre. No eran detalles concretos. Era la ausencia. Un hueco imposible donde no debería faltar nada. Como si la realidad hubiera decidido arrancar un trozo de su cabeza y olvidarse de rellenarlo. Me quedé sin aire. Las piernas me temblaron. —Shane —dijo Ilya—. ¿Qué pasa? —Lo veo. —¿Dónde? —Junto al columpio. —Pregúntale. Tragué saliva. Me acerqué. Tambor me observaba con la cabeza ligeramente ladeada, como un pájaro curioso. —¿Dónde está la última bomba? Parpadeó. —No quiero hacerlo. Me quedé helado. —¿Qué? —No quiero decirlo. Un muerto acababa de negarse. Miré a Ilya. —Dice que no quiere. —¿Cómo que no quiere? —Eso. Que no quiere. —Insiste. Volví a mirarlo. —Necesitamos saberlo. —No. —Hay gente que puede morir. —Lo sé. —Entonces dime dónde está. —No. Algo frío me recorrió la espalda. Nunca. Nunca me había pasado. Los muertos siempre decían la verdad. Siempre. —¿Por qué? —Porque no me apetece. —No funciona así. —Ahora sí. —Dímelo. —No. Me giré hacia Ilya, desesperado. —No quiere. —Shane, joder, aprieta. Volví a enfrentarlo. —¿Dónde está la bomba? Tambor me miró largo rato. Luego sonrió. Y se movió. No caminó. Se inclinó hacia mí, lo suficiente para que viera bien la parte posterior de su cabeza. Para que entendiera. Para que mi cerebro registrara esa ausencia imposible. El mundo giró. Di una arcada. Me doblé sobre mí mismo. Cuando logré levantar la cabeza, habló: —Centro comercial Northgate. Planta baja. Zona de taquillas. —¿Seguro? —Sí. Retrocedí. —Vámonos —le dije a Ilya. No miré atrás. No vi desaparecer a Tambor. Lo vi alejarse entre la gente. Perdiéndose entre cuerpos vivos. Como si siempre hubiera pertenecido a ese mundo. La bomba fue desactivada a tiempo. Hubo aplausos. Hubo felicitaciones. Hubo cámaras. Ilya salió en las noticias. El policía que resolvió el caso Tambor. El héroe. Yo lo vi sonreír. Y fue entonces cuando entendí algo que me dejó vacío: No lo había hecho para salvar esas vidas. Lo había hecho para conservar su trabajo.

9

No volví a ver a Ilya después de eso. No hubo despedidas. No hubo explicaciones. No hubo un último mensaje patético intentando arreglar lo irreparable. Simplemente desapareció. Y durante un tiempo, pensé que eso era lo mejor. Que su ausencia era una forma de paz. Una versión triste, incompleta y torpe de la tranquilidad, pero tranquilidad al fin y al cabo. Me equivoqué. Lo que sí no desapareció fue Tambor. Al principio fueron apariciones breves. Tan breves que dudaba de mí mismo. Un reflejo en el cristal de una tienda. Una silueta quieta al otro lado de la calle. Una presencia detrás de mí cuando esperaba el autobús. Giraba la cabeza. Nada. Me decía que estaba cansado. Que necesitaba dormir. Que el estrés me estaba pasando factura. Luego empezó a quedarse más tiempo. En la esquina de la cocina, mientras me preparaba café. Sentado en un banco del parque, observando a los niños jugar. De pie en mitad de la acera, obligándome a esquivarlo como si fuera un peatón más. Siempre a unos metros. Siempre con esa cabeza imposible. Siempre con esa expresión que no sabía si era curiosidad, burla o algo peor. A veces hablaba. Muy bajo. —Shane. Como si mi nombre fuera un secreto entre los dos. Otras veces se limitaba a sonreír. Y eso era aún peor. Empecé a dormir mal. A despertarme a mitad de la noche con la sensación de que alguien estaba de pie junto a mi cama. A revisar el piso con el corazón desbocado, sabiendo perfectamente que no iba a encontrar nada. Y aun así, incapaz de volver a acostarme sin comprobar cada rincón. Soñaba con él. Siempre el mismo sueño. Yo corría por pasillos interminables. Él caminaba. Nunca parecía tener prisa. Nunca la necesitaba. Porque siempre me alcanzaba. Me agarraba del hombro. Su tacto era frío. No helado. Frío humano. Real. Se inclinaba hacia mi oído. —Te atraparé, Shane. Y entonces despertaba. Jadeando. Empapado en sudor. Con la certeza asquerosa de que, de algún modo, me estaba entrenando para algo. Intenté convencerme de que no podía hacerme nada. Que era solo un muerto. Que los muertos no tocan. No hieren. No persiguen. Pero después de lo ocurrido en el parque, ya no creía en reglas absolutas. Solo en excepciones. Y Tambor era una jodida excepción con piernas. No se lo conté a mi madre. No porque no confiara en ella. Sino porque la quería demasiado. Ya cargaba con suficientes miedos, suficientes deudas emocionales, suficientes responsabilidades. No iba a añadirle la posibilidad de que su hijo estuviera siendo acosado por el fantasma de un asesino en serie. Tampoco le dije que había vuelto a ver a Ilya. Eso se quedó conmigo. Podrido. Como una herida mal cerrada. Así que seguí adelante. Trabajé más horas. Dormí menos. Me volví más irritable. Saltaba cuando alguien me tocaba el hombro. Me giraba cada vez que escuchaba pasos detrás de mí. Empecé a evitar los lugares abiertos, los espacios vacíos, los sitios donde Tambor podía aparecer sin previo aviso. Pero daba igual. Él siempre encontraba la manera. A veces lo veía entre la multitud. A veces completamente solo. A veces reflejado en superficies que no deberían reflejar nada. Y empecé a sospechar algo mucho peor que la simple persecución. No estaba intentando asustarme. Estaba esperando. Esperando que yo hiciera algo. No sabía qué. Pero lo intuía. Y esa espera silenciosa me destrozaba más que cualquier amenaza. Porque el verdadero horror no es que te persigan. Es no saber por qué.

10

Hubo una noche en la que dejé de fingir que Tambor no podía tocarme. Volvía tarde del trabajo. La ciudad estaba medio dormida, con ese silencio raro que no es paz, sino cansancio. Las farolas parpadeaban. El asfalto aún conservaba el calor del día. Mis pasos sonaban demasiado fuertes, como si alguien los amplificara dentro de mi cabeza. Sentí la presencia antes de verlo. Esa presión en el pecho. No miré atrás. Aceleré. Mis llaves tintinearon en el bolsillo. El edificio apareció al fondo de la calle. Nunca un portal me había parecido tan lejano. —Shane. Mi nombre. Justo detrás de mí. Me detuve en seco. No sé por qué. Tal vez porque correr se me antojó inútil. Tal vez porque estaba cansado de huir. Me giré. Tambor estaba a menos de dos metros. No sonreía. No hablaba. No se movía. Solo estaba ahí. Su cabeza desfigurada parecía más oscura esa noche, como si la sombra se hubiera alojado dentro del hueco imposible. El aire a su alrededor se sentía espeso, pesado, como si costara más respirarlo. —¿Qué quieres? —pregunté. No respondió. Di un paso atrás. Él dio uno adelante. Entonces supe que algo iba mal. Muy mal. —No puedes tocarme —susurré. Se inclinó un poco, curioso. —¿Quién te dijo eso? El corazón me empezó a golpear las costillas con fuerza. —Los muertos no pueden tocar a los vivos. —Yo no soy solo un muerto. La calle pareció encogerse. Las farolas se apagaron una a una, como si alguien las estuviera desconectando desde dentro del cielo. —¿Qué eres entonces? Se acercó otro paso. Sentí el frío antes de sentir el contacto. Su mano atravesó la tela de mi camiseta. Y luego mi piel. Y luego algo más profundo. No fue dolor. Fue vacío. Como si me estuviera arrancando el aire de dentro del pecho. Me doblé sobre mí mismo, boqueando. —¿Ves? —susurró—. Puedo. Intenté gritar. No salió sonido alguno. Mis piernas dejaron de responderme. Caí de rodillas. Él se agachó frente a mí, a la altura de mis ojos. —Todavía no —dijo—. Pero pronto. —¿Pronto qué? —logré balbucear. —Pronto sabrás para qué te quiero. Su mano se cerró un poco más. No apretó. No hizo fuerza. Y aun así sentí que algo dentro de mí se desgarraba. Como si estuviera tocando mi miedo directamente. De pronto, todo cesó. El aire volvió. El sonido regresó. Las farolas parpadearon y se encendieron de nuevo. Tambor ya no estaba. Me quedé en el suelo, temblando, incapaz de levantarme durante varios minutos. Cuando por fin lo hice, tenía las manos heladas y el estómago revuelto. Subí a casa como un autómata. Cerré la puerta con llave. Corrí las cortinas. Encendí todas las luces. Me senté en el suelo del baño con la espalda contra la pared. Y ahí, por primera vez desde que tenía memoria, lloré de miedo. No de tristeza. No de rabia. De miedo puro. De ese que te hace sentir pequeño. Frágil. Prescindible. Esa noche entendí algo que ya no pude olvidar: Tambor no estaba jugando conmigo. Me estaba preparando. Y no sabía para qué.

11

Un día mi madre decidió que necesitaba aire. Y que el señor Watson necesitaba azúcar. Así que me mandó a su casa con un pastel de manzana todavía caliente, envuelto en papel de aluminio y buenas intenciones. No me quejé. Cualquier excusa para salir de casa y moverme un poco me parecía válida. El señor Watson abrió la puerta al segundo toque. Tenía la barba más blanca que la última vez que lo había visto y los hombros un poco más caídos. Sonrió al verme. —Shane. Pasa, pasa. El olor a café viejo y madera encerada me golpeó de lleno. Su casa siempre olía igual. Como si el tiempo se hubiera quedado atrapado allí dentro. —Mi madre le manda esto. Le tendí el pastel. —Dile que se lo agradezco. Y que no hacía falta. —Ella opina que sí. Eso lo hizo reír. Me indicó el sillón frente a él. —Siéntate un momento. Obedecí. Se quedó mirándome. No con curiosidad. Con preocupación. —¿Qué pasa, chico? Parpadeé. —¿Nada? —No me mientas. Suspiré. Miré mis manos. Las tenía inquietas, moviéndose solas. —Usted me vio hablar con su esposa. Se quedó quieto. —Sí. —Y encontró los pendientes donde yo le dije. —Sí. Silencio. —Eso no fue suerte. Sus cejas se fruncieron. —Explícate. Levanté la vista. —Yo veo muertos. No sonó tan grave como debería. —¿Cómo dices? —Los veo. Los escucho. A veces les hago preguntas. Y siempre dicen la verdad. Me observó con atención, como si intentara detectar la broma oculta. —Eso no tiene gracia, Shane. —No es una broma. —Entonces explícamelo. Respiré hondo. Y se lo conté. Todo. El accidente. El hombre con los brazos fracturados. La señora Watson. Regis Thomas. El parque. Tambor. Las apariciones. Las amenazas. El miedo constante. Las noches sin dormir. No me interrumpió ni una sola vez. Cuando terminé, la casa parecía más silenciosa que antes. —No puedo creerlo —dijo al fin. —Lo sé. —Y aun así... —Y aun así no puede ser casualidad —terminé por él. Asintió lentamente. —No. Se levantó despacio y fue hasta la cocina. Sirvió dos cafés. Me pasó uno. —¿Ese... Tambor? —Sí. —¿Sigue apareciéndose? —Sí. —¿Y te toca? Dudé un segundo. —Sí. El señor Watson apretó la mandíbula. —Eso no es normal. Solté una risa sin humor. —Créame, lo tengo clarísimo. Se quedó pensativo. —Hay cosas... —empezó— que no son exactamente de este mundo. Ni del otro. Levanté la cabeza. —¿Cómo? —Rituales. Pactos. Juegos de voluntades. —Me miró—. Cuando alguien muere con demasiado odio, demasiado miedo o demasiadas ganas de seguir, a veces no se va del todo. Un escalofrío me recorrió la espalda. —¿Está diciendo que Tambor...? —Que quizá no sea solo Tambor. Tragué saliva. —Entonces, ¿qué es? El señor Watson me sostuvo la mirada. —Algo que no debería estar aquí. Y por primera vez desde que todo empezó, sentí que alguien más entendía la magnitud real de lo que me estaba pasando. No me tranquilizó. Me aterrorizó aún más. El señor Watson no me explicó el ritual como quien recita una receta. Lo hizo como quien confiesa un rumor peligroso. Primero cerró la puerta. Luego corrió un poco las cortinas. Después bajó la voz, aunque estábamos solos. —No sé si esto funciona —dijo. —Empezamos bien. —No estoy bromeando, Shane. No sé si es real. No sé si es verdad. Y, siendo honesto, tampoco sé con certeza si tú realmente ves muertos. Parpadeé. —¿Entonces? —Entonces lo único que sé es que he escuchado historias. Y que todas se parecen demasiado entre sí como para ser casualidad. Me apoyé contra el respaldo del sillón. —Cuénteme. —Mi abuelo hablaba de algo llamado el ritual de Kült. También lo llamaban ritual de voluntades. No era magia. No era religión. No era ciencia. Era... otra cosa. —Defina otra cosa. —Una lucha directa entre dos conciencias. Dos voluntades enfrentadas. Sin intermediarios. Sin trampas. Sin reglas claras. —Eso suena peligrosísimo. —Lo es. Guardó silencio unos segundos. —Según él, cuando algo no termina de irse, cuando una mente se queda atrapada entre lo que fue y lo que ya no es, existe la posibilidad de retarlo. —¿Y qué pasa? —Que uno gana. —¿Y el otro? —Pierde. —Gracias por la claridad. Me miró con seriedad. —El que pierde cede. Se doblega. Se somete. —¿Se somete a qué? —A la voluntad del otro. Sentí un escalofrío lento, viscoso. —¿O sea que podría obligarlo a... obedecerme? —En teoría. —No me gusta ese en teoría. —A mí tampoco. —¿Y el precio? El señor Watson apretó los labios. —Si pierdes, no mueres. —Genial. —Te rompes. Algo entra. Algo ocupa el espacio que deja tu voluntad. Y tú sigues caminando, hablando, respirando... pero ya no eres tú del todo. Me quedé muy quieto. —¿Y si gano? —Entonces él queda atado a ti. —¿Atado cómo? —Como una sombra. Como un eco. Como una puerta mal cerrada. —O sea que no se va. —No. —Solo deja de atacarme. —Eso, si todo sale bien. No pregunté nada más. No hizo falta. —No te estoy diciendo que lo hagas —continuó—. Solo te estoy diciendo que existe la posibilidad. Remota. Incierta. Jodidamente peligrosa. —Pero podría funcionar. —Podría. Me pasé la mano por la cara. —O podría terminar convertido en una marioneta con pulso. —También. —Qué maravilla de opciones. Suspiró. —Si ese... Tambor sigue acercándose, llegará un punto en que tendrás que elegir entre dos horrores. Levanté la vista. —¿Y usted qué elegiría? No respondió enseguida. —El horror que todavía me dejara decidir.

12

Regresé a casa con el cuerpo en tensión constante, como si llevara días esperando un golpe que nunca llegaba. Esperé. Día uno: nada. Día dos: nada. Día tres: nada. Y la calma empezó a parecer una broma cruel. Dormía a ratos, siempre con la sensación de que algo me observaba desde el otro lado del sueño. Me despertaba empapado en sudor, con la garganta seca y el corazón desbocado. Caminaba por el apartamento en silencio, temiendo encontrarlo detrás de cada puerta, en cada esquina, reflejado en el espejo del baño. No le dije nada a mi madre. No podía. No quería verla volver a mirar la puerta con miedo. Entonces, una tarde cualquiera, al subir al ascensor del edificio, lo vi. Tambor estaba dentro. De pie, ligeramente encorvado, con esa sonrisa torcida que parecía tallada a cuchillo. Su cabeza seguía destrozada por detrás, la masa irregular de hueso y carne flotando como un recuerdo que no aceptaba desaparecer. Nuestros ojos se encontraron. Las puertas empezaron a cerrarse. Y algo dentro de mí se activó. Entré. El ascensor se selló con un golpe seco. Tambor ladeó la cabeza. —Te estaba esperando, Shane. No respondí. Lo agarré de los brazos con una fuerza que no sabía que tenía. Él se sobresaltó y me sujetó también, sus manos heladas clavándose en mi piel. El mundo se deshizo. No hubo transición. Fue como si alguien arrancara el suelo bajo mis pies. Todo se volvió negro. Y luego blanco. Y luego nada. Estaba cayendo sin moverme, atrapado en un espacio sin tiempo ni forma, donde mi propio pensamiento era lo único que me mantenía unido. Y ahí apareció. No Tambor. No su cuerpo. Sino lo que lo poseía. Una luz blanca, cegadora, imposible de mirar de frente, que latía como un corazón gigantesco. No tenía bordes definidos. Se expandía y contraía, temblando, vibrando con una energía brutal. Sentí su hostilidad. Su resistencia. Su odio. Y su miedo. Nos lanzamos el uno contra el otro sin tocarnos. Fue una colisión de voluntades. De pronto recordé cada muerte que había visto. Cada cadáver. Cada mirada vacía. Cada grito mudo. Y esa cosa me arrojó sus recuerdos a la cara. Explosiones. Fuego. Carne quemada. Gente corriendo. Niños llorando. Sirenas. Caos. Dolor. Mucho dolor. Grité, aunque no tenía boca. Sentí que me deshacía por dentro, que algo en mí se fragmentaba. Pero no solté. Empujé. Con todo lo que tenía. Con toda la rabia acumulada. Con todo el miedo. Con todo el cansancio. Con todo el amor que aún me quedaba. La luz se contrajo. Retrocedió. Me lanzó otra oleada de imágenes: cuerpos partidos, sangre, gritos, fragmentos de vidas que nunca volverían. Mis rodillas cedieron en aquel no-lugar. Quise rendirme. Por un segundo, solo un segundo, pensé en soltarlo. Y entonces vi la cara de mi madre. Vi su cansancio. Su ansiedad. Su miedo constante a perderlo todo. Y empujé de nuevo. La luz chilló. No con sonido, sino con una vibración que atravesó mi existencia entera. Se retorció. Intentó escapar. La sujeté. —No —dije, sin voz—. No esta vez. Sentí cómo su voluntad chocaba contra la mía una y otra vez, cada impacto dejándome más débil, más vacío. Pasaron segundos. O minutos. O siglos. No lo sé. Hasta que finalmente cedió. No por derrota total. Sino por agotamiento. Su resplandor se volvió inestable. Fragmentado. Inseguro. —Si me sueltas... —su pensamiento temblaba— haré lo que quieras. Negué. —No. Me acerqué. La rodeé. La encerré. —Harás lo que yo diga. Cuando silbe, vendrás. Cuando diga tu nombre, acudirás. Cuando te llame, obedecerás. Sin condiciones. Sin retrasos. Sin mentiras. Intentó resistirse. Un último espasmo. Un último golpe desesperado. Apenas lo soporté. —Acepta —susurré—. O te romperé. Y aceptó. No porque quisiera. Sino porque no podía seguir luchando. Sentí cómo se anclaba dentro de mí, como un nudo imposible de desatar. El mundo regresó de golpe. El ascensor se detuvo con un sacudón. Las puertas se abrieron. Yo caí de rodillas, jadeando, con la ropa empapada de sudor. Habían pasado apenas unos segundos. Tambor ya no estaba. Solo quedaba yo. Y algo más. Algo que ahora me pertenecía. O que, quizá, solo estaba esperando el momento perfecto para reclamarme.

13

Después de aquello, Tambor no volvió a aparecer. Ni en los reflejos. Ni en los sueños. Ni en los pasillos oscuros. Ni detrás de las puertas entreabiertas. Nada. Su ausencia fue tan extraña que me resultó inquietante. Me descubrí esperando verlo, con el cuerpo siempre tenso, listo para huir o luchar. Dormía con la luz encendida. Dejé de usar auriculares. Caminaba mirando sobre el hombro. Pero no volvió. Y, por primera vez en semanas, respiré. Pensé en ir a ver al señor Watson. Contarle que su teoría había funcionado. Que no estaba loco. Que no había sido solo una suposición desesperada. Quería agradecerle. Decirle que, de alguna manera torcida, me había salvado. No llegué a tiempo. Mi madre me lo dijo una mañana, desde la cocina, con esa voz suave que usa cuando no quiere romper algo frágil. —Shane... el señor Watson murió anoche. Sentí un hueco abrirse dentro de mí. Un silencio raro. Como si alguien hubiera apagado una luz importante. El funeral fue dos días después. Llovía. Por supuesto que llovía. El cementerio estaba cubierto de un gris uniforme, como si el mundo entero se hubiera puesto de luto por él. Acompañé a mi madre en silencio, con las manos en los bolsillos, los hombros tensos, la cabeza llena de pensamientos que no querían ordenarse. Y entonces lo vi. Al señor Watson. De pie, un poco apartado del grupo, con el mismo abrigo marrón que solía usar para pasear a su perro. Su rostro ya no estaba marcado por la tristeza ni el cansancio. Parecía tranquilo. Extrañamente tranquilo. Me miró. Sonrió. Me acerqué sin decir nada. —Funcionó —susurré. Asintió despacio. —Lo sé. —Yo iba a decírtelo. —Lo sé. Hubo un silencio breve. La lluvia atravesaba su forma como si no existiera, pero aun así parecía mojarlo. —Shane —dijo al fin—. Nunca vuelvas a llamar a esa cosa. Se me erizó la piel. —No era Tambor, ¿verdad? Negó lentamente. —No. Tambor era solo la puerta. Tragué saliva. —Entonces... ¿qué es? El señor Watson me sostuvo la mirada con una seriedad que me heló la sangre. —Algo que no es de este mundo. Algo que no entiende el bien ni el mal como lo hacemos nosotros. Algo que existe más allá de lo que la mente humana puede comprender sin romperse. Un escalofrío me recorrió entero. —Pero yo lo controlé. —Esta vez —matizó—. Tuviste suerte. Mucha. Ganaste porque era la primera vez. Porque no te conocía. Porque subestimó tu voluntad. Se inclinó un poco hacia mí. —La próxima vez sabrá quién eres. Sentí que el aire se volvía más pesado. —Y no cometerá el mismo error. Lo miré, con un nudo en el estómago. —¿Entonces qué hago? —Nada —respondió—. Vive. Olvida. Y reza para no volver a necesitarlo nunca. Quise decir algo más. Preguntar. Discutir. Pero ya estaba desvaneciéndose. —Shane —añadió, antes de desaparecer del todo—. Hay victorias que no se celebran. Solo se sobreviven. Y se fue. Me quedé bajo la lluvia, con la sensación incómoda de que algo me observaba desde un lugar que no podía ver. Lo que sí regresó, por última vez en mi vida, fue Ilya Rozanov.

14

La última vez que vi a Ilya Rozanov fue una tarde gris, de esas en las que el cielo parece estar enfadado con el mundo sin motivo aparente. Salía del restaurante, con el delantal aún puesto y el olor a fritura metido en la ropa, cuando vi un coche negro estacionado frente a la acera. No era raro. Lo raro era el tipo apoyado contra la puerta, fumando con aire distraído, observándome como si llevara un rato largo esperándome. —¿No me vas a dar un abrazo? —dijo. Me giré. Y ahí estaba. Ilya. Por un segundo, no supe qué sentir. Seguía siendo él. La misma mandíbula recta, los mismos ojos claros que siempre parecían estar evaluándolo todo. Pero algo estaba distinto. Más delgado. Más tenso. Como si su cuerpo fuera una cuerda estirada al límite. —Joder —murmuré—. Pensé que habías aprendido a desaparecer mejor. Sonrió de lado. —Me echaste de menos. —Ni en tus mejores fantasías. Nos quedamos mirándonos un momento, sin saber muy bien cómo manejar los años que nos separaban. —¿Qué haces aquí? —pregunté al fin. —Pasaba por la ciudad. —Mentira. —Siempre tan desconfiado. —Siempre tan mentiroso. Soltó una breve risa, casi sincera. —Sigues igual. —Y tú sigues apareciendo cuando menos te necesito. Hubo un silencio incómodo. —Te ves bien —dijo. —No mientas tan mal. —Vale. Te ves... vivo. —Gran cumplido. Se encogió de hombros. —Podría ser peor. Lo observé con más atención. Había algo raro en su forma de moverse. No torpe. No lenta. Solo... desfasada. Como si siempre fuera medio segundo por detrás del mundo. —¿Qué quieres, Ilya? Su expresión cambió. Se volvió más seria. Más dura. —Necesito tu don. Sentí el estómago encogerse. —No. Ni siquiera lo dudé. —Shane... —No —repetí—. No tienes ni puta idea de lo que pasó la última vez. No sabes lo que vi. No sabes lo que me siguió durante meses. No sabes lo que fue vivir esperando volverme loco cualquier noche. —Pero funcionó —insistió—. Lo resolvimos. —Tú lo resolviste —le corregí—. Yo solo hice de médium barato. Se pasó la mano por la cara. —Esta vez es importante. —Siempre lo es. —No, esta vez de verdad. —Eso es lo que dices cuando sabes que la estás cagando. Se acercó un poco. —No te lo pediría si no fuera necesario. —Mentira —le solté—. Me lo pides porque sabes que no puedo ignorarlo cuando hay vidas en juego. Apretó los labios. —Sigues con ese maldito complejo de héroe. —Y tú sigues usando eso para manipularme. Durante un instante pensé que iba a mandarlo al carajo y largarme. Y entonces sacó el móvil. —No quiero hacer esto —dijo. —Entonces no lo hagas. Pulsó la pantalla. Mi voz salió del altavoz. Mi madre. El sonido de páginas. El murmullo de una historia que nunca debió existir. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. —Apágalo —susurré. —Shane... —Apágalo, joder. Lo hizo. —Tengo todo —dijo—. La grabación entera. Puedo arruinarla. Puedo hacer que todo el mundo se entere de cómo se escribió ese libro. Me temblaban las manos. —¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué me haces esto? Su mirada vaciló un segundo. —Porque estoy atrapado. —Siempre lo estuviste. —Y tú eras la única salida. Solté una risa amarga. —Bonita forma de decir chantaje emocional. —Llámalo como quieras. —Eres un hijo de puta. —Lo sé. Nos quedamos en silencio. La ciudad seguía moviéndose a nuestro alrededor, ajena al desastre que estaba a punto de activarse. —Solo una vez —dije al fin—. Una sola. Y después desapareces. Asintió. —Como antes. No. No como antes. Nada volvería a ser como antes. El coche arrancó sin música. Sin conversación. Solo el sonido del motor y el asfalto pasando bajo las ruedas. —¿A dónde vamos? —pregunté. Ilya mantuvo los ojos fijos en la carretera. —A Bellingham. Sentí un nudo en el estómago. —Eso está como a dos horas. —Más o menos. —Mi mamá se va a preocupar —dije—. Déjame llamarla al menos. Decirle que no voy a llegar hoy. Hubo un silencio corto. Demasiado corto. —Sí —respondió—. Hazlo. Saqué el teléfono del bolsillo, aliviado por un segundo. Y entonces, sin aviso, Ilya me lo arrebató de la mano. —¿Qué haces? —alcancé a decir. Bajó la ventanilla. Y lo lanzó. El móvil salió disparado, rebotó en el asfalto y desapareció en la carretera como si nunca hubiera existido. —Gracias por recordarme lo del teléfono —dijo tranquilo—. Siempre se me olvida ese detalle. Me quedé mirándolo. El corazón me empezó a latir raro. Descompasado. —¿Qué mierda te pasa? —susurré. Giró la cabeza apenas. Y entonces lo vi. De verdad lo vi. Los ojos demasiado brillantes. La mandíbula tensa. La sonrisa mal colocada. Ese brillo artificial que no es natural. —Joder... —murmuré—. Estás drogado. No lo negó. No lo confirmó. Solo sonrió más. Miré alrededor buscando aire. Y entonces bajé la vista. La guantera mal cerrada. Entreabierta. Ahí estaba. Una pistola. Negra. Pesada. Real. Se me heló la sangre. —¿Para qué necesitas eso esta vez, Ilya? —pregunté despacio, con la voz tensa—. ¿A quién vamos a ver? No me respondió. Solo aceleró. Y entendí algo horrible: No íbamos a pedir nada. Íbamos a exigirlo. El coche avanzaba como un proyectil silencioso por la autopista. Yo no dejaba de mirar la pistola. Ilya tampoco dejaba de mirar la carretera. —Empieza a hablar —dije—. Ahora. Soltó una risa breve. —Sigues mandando incluso cuando tienes todas las de perder. —No te confundas —respondí—. Solo intento entender en qué punto mi vida se fue a la mierda otra vez por tu culpa. Suspiró. —Después de lo de Tambor... mantuve el trabajo. —Ya lo sé. —Pero no por mucho. Tamborileó los dedos sobre el volante. —Encontraron la coca. Me tensé. —¿Cómo? —Una redada. Mala suerte. Un chivatazo. Da igual. La encontraron. No me arrestaron porque no pudieron probar que fuera mía, pero me despidieron. Fin de la carrera. Fin del futuro bonito. —Podrías haberte ido —dije. —Podría haber hecho muchas cosas —replicó—. Pero para entonces ya estaba metido hasta el cuello. Tragué saliva. —¿En la coca? —En todo. Guardó silencio unos segundos, como si dudara de seguir. —Empecé a trabajar para la mafia rusa. La frase cayó pesada. —¿Qué? —Importación. Exportación. Distribución. Logística. Un poco de todo. Tenía contactos. Tenía experiencia. Tenía estómago. —Joder, Ilya... —También la consumía —añadió—. Mucho. No me sorprendió. Me dolió. —Trabajé con Dinky y Edwin Knowles —continuó—. Eran los mejores. Fríos, metódicos, ricos como dioses. Dos años. Dos putos años funcionando como un engranaje perfecto. —¿Y ahora? —Ahora están muertos. Lo miré. —¿Cómo? —Infarto. Los dos. Esta mañana. El estómago me dio un vuelco. —Eso no suena muy creíble. —Créeme, a ellos tampoco les dio tiempo de creérselo. Mantuvo la vista al frente. —Antes de morir me hablaron de un cargamento. Oxi. Mucha. Venía desde China. Un contenedor entero. Una fortuna. Pero no me dijeron dónde lo guardaron. —Y quieres que yo... —empecé. —Quiero que hables con ellos —terminó—. Que me digan dónde está. Y con ese dinero, desaparecer. Empezar de cero. En otro país. Otra vida. Me quedé en silencio. —¿Sabes lo que me estás pidiendo? —Sí. —Estoy harto de ser tu salvavidas. —Eres el único que tengo. Lo miré. —Eso ya no es romántico, Ilya. Es patético. Apretó el volante. —Llámalo como quieras. Pero es mi única opción. Miré por la ventanilla. El paisaje pasaba demasiado rápido. —¿Y si no hay ningún cargamento? —Lo hay. —¿Y si no me lo dicen? —Te lo dirán. Los muertos no mienten. El nudo en mi estómago se apretó más. —Eso creía yo también. Ilya frunció el ceño. —¿Qué quieres decir? No respondí. El coche siguió avanzando. Y supe que nos estábamos acercando a algo de lo que no íbamos a salir limpios. —No —dije al fin. Ilya frunció el ceño. —¿Cómo que no? —Como que no estoy de acuerdo. —No te estoy pidiendo opinión. —Pues mala suerte, porque te la estoy dando igual. Se tensó. —¿Ahora te pones moralista? —Ahora me doy cuenta —respondí—. La otra vez había gente que podía morir. Había una bomba. Había urgencia. Había algo más grande que tú. —Y ahora también. —No —negué—. Ahora solo estás tú. Tu dinero. Tu huida. Tu jodido borrón y cuenta nueva. Apretó la mandíbula. —No entiendes lo que es estar atrapado. —Lo entiendo mejor de lo que crees —le solté—. Pero yo no arrastro a los demás conmigo cuando me hundo. —Siempre lo hiciste —replicó—. Solo que no querías verlo. —No me compares —dije—. Yo nunca chantajeé a nadie que amara. La frase lo golpeó. —¿Aún me amas? —preguntó, casi en un susurro. Solté una risa amarga. —No. Pero todavía me importas. Y eso es lo que hace que esto sea una mierda. El silencio volvió a caer entre nosotros. Pesado. Ilya aceleró un poco más. —Te guste o no —dijo—, ya estás dentro. Y supe que tenía razón.

15

La casa estaba escondida entre árboles. Muchos. Un bosque espeso que la devoraba casi por completo, como si la naturaleza intentara borrar su existencia del mapa. No había vecinos. No había carreteras cercanas. No había ruido. Nada. El escondite perfecto. Ilya detuvo el coche frente a la reja abierta. Sacó la pistola. El clic seco del seguro rompiendo el silencio me erizó la piel. —No intentes huir —dijo sin mirarme. —¿A dónde? —murmuré—. ¿Al bosque a perderme como idiota? No respondió. Bajamos. El aire era frío, húmedo, cargado de algo que no supe identificar al principio. Un olor tenue, metálico. —¿Ves a alguien? —preguntó. Negué. —No. Era mentira. Lo vi apenas di dos pasos hacia el porche. Dinky estaba allí. De pie, inmóvil, con la mirada perdida. La mandíbula destrozada por un disparo, abierta en un ángulo imposible. No había sangre. No había dramatismo. Solo esa forma rota que gritaba ejecución. Se me revolvió el estómago. No dije nada. Seguí caminando. Ilya abrió la puerta con cautela, el arma por delante. —¿Nada todavía? —insistió. —Nada —repetí. Entramos. El interior era demasiado limpio. Demasiado ordenado. No el orden normal de una casa elegante, sino el de alguien que ha borrado huellas. Que ha limpiado con prisa, pero con método. Registramos el salón. La cocina. Un despacho. Yo caminaba con el cuerpo tenso, sintiendo la presencia de Dinky siguiéndonos en silencio, como un testigo mudo de algo que Ilya no quería nombrar. —Esto es una pérdida de tiempo —dije—. ¿Y si no hay ningún cargamento? —Lo hay. —¿Y si ni siquiera existe? —insistí—. ¿Y si esos tipos te mintieron? —No lo hicieron. —¿Y si los muertos no quieren decirme nada? Apretó la mandíbula. —Los muertos no mienten. —Eso creía yo —respondí. Me miró de reojo. —¿Qué significa eso? —Tambor se rehusó a decirme dónde estaba la bomba al principio. —Sí —replicó Ilya—. Pero al final terminó cediendo. Seguimos avanzando. El silencio pesaba como una amenaza. —Todo esto puede irse a la mierda muy rápido —dije—. Y esta vez no hay vidas que salvar. No hay bombas. No hay urgencias reales. —Claro que las hay. —No —lo corregí—. Solo está tu miedo. Tu huida. Tu jodida necesidad de desaparecer. Se detuvo. Se giró hacia mí. —No sabes lo que es estar acorralado. —Lo sé mejor de lo que crees —repliqué—. Y justo por eso sé que esto va a acabar mal. Nos quedamos mirándonos unos segundos. Luego siguió caminando. Y yo también. Sabiendo que, en algún punto de esa casa, nos esperaba la verdad. Y que no nos iba a gustar. La habitación estaba al fondo del pasillo. La puerta entreabierta. Empujé con cuidado. Y lo vi. Edwin estaba tendido sobre la cama, solo con un bóxer, las muñecas y los tobillos atados a los barrotes. Tenía la piel pálida, los labios secos, el pecho apenas subiendo y bajando. Parecía muerto. Sentí un alivio horrible. Un alivio que duró exactamente medio segundo. Porque entonces abrió los ojos. Un parpadeo torpe. Un jadeo. Un movimiento mínimo de los dedos. —Está vivo —susurré, con la voz rota—. Ilya... está vivo. Ilya se tensó. Avanzó un paso. —¿Estás seguro? —Sí —dije—. Lo acabo de ver moverse. Durante un segundo pensé que iba a bajar el arma. Que iba a dudar. Que algo dentro de él todavía era humano. En vez de eso, levantó la pistola. —Eso se puede arreglar. —¡Ilya, espera! —alcancé a decir. El disparo retumbó en la habitación. Seco. Violento. Definitivo. El cuerpo de Edwin se sacudió una sola vez. Luego quedó inmóvil. El silencio que siguió fue peor que el ruido. Me quedé paralizado. Mirando la cama. Mirando a Ilya. Mirando la nada. —¿Qué has hecho...? —susurré. Ilya no respondió. Solo bajó el arma. Y supe que ya no quedaba absolutamente nada del hombre que había amado. Edwin apareció justo al lado de su cuerpo. No emergió. No se materializó. Simplemente estaba ahí, como si siempre hubiera formado parte de la habitación. Tenía la misma expresión de terror congelado que había visto en vida. Los ojos muy abiertos. La boca entreabierta. Las manos aún crispadas, como si siguieran intentando soltarse de las ataduras invisibles. Di un paso atrás. —Lo veo —susurré. Ilya giró hacia mí al instante. —Pregúntale. Tragué saliva. —Edwin... —dije, con la garganta hecha polvo—. ¿Dónde está el cargamento de Oxi? Me miró. Y negó. —No. El mundo se me tambaleó. —Dice que no —murmuré. Ilya se tensó. —Insiste. —No quiere. —INSISTE. El tono me atravesó como una bofetada. Volví a mirar a Edwin. —Por favor —dije—. Necesitamos saberlo. Negó otra vez. —No hay nada que decir. Un escalofrío me recorrió entero. Recordé a Tambor. Recordé su sonrisa rota. Recordé su no. —No puede mentir —susurré, más para mí que para Ilya. —Claro que puede —escupió Ilya—. Está intentando jodernos. —No —negué—. No pueden mentir. Nunca lo hacen. —Entonces haz que hable. Miré a Edwin. —¿Existe el cargamento? Su respuesta fue inmediata. —No. Nunca existió. Era un engaño. Sentí como si alguien me vaciara el pecho de golpe. —No hay cargamento —dije. Ilya soltó una risa breve, rota. —Eso es mentira. —No puede mentir —repetí, con más fuerza—. Ilya, no existe. No había nada. Los mataste por nada. Su expresión cambió. Se volvió peligrosa. —Estás equivocado. —No —dije—. Y además... vi a Dinky abajo. Las palabras se me escaparon. Error. Error. Error. Su cabeza se giró lentamente hacia mí. —¿Qué? Se me secó la boca. —Yo... —¿Lo viste? No respondí. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida. —Entonces vamos con él. Dio un paso hacia la puerta. Y supe que si bajábamos esas escaleras, no iba a salir vivo de esa casa. Empujé una lámpara. El estruendo fue suficiente. Corrí. El pasillo se volvió interminable. Las puertas pasaban a mi lado como manchas borrosas. Escuché sus pasos detrás de mí, rápidos, furiosos. —¡Shane, para! No paré. Bajé las escaleras de dos en dos. Resbalé. El mundo giró. Mi cuerpo cayó. Golpe seco. Dolor blanco. Quedé tendido al final de los escalones, sin aire, viendo las luces bailar sobre mi cabeza. Oí sus pasos acercarse. Lentos. Seguros. No tenía salida. No tenía tiempo. No tenía opciones. Así que hice lo único que juré no volver a hacer jamás. Silbé. El sonido fue débil. Tembloroso. Ridículo. Pero bastó. El aire se tensó. No hubo viento. No hubo ruido. No hubo nada. Y, sin embargo, el mundo entero pareció inclinarse hacia ese silbido. La luz del pasillo parpadeó. El silencio se volvió espeso. Entonces, lo sentí. Una presencia. No detrás de mí. No frente a mí. Sino en todas partes. Algo descendió. Tambor apareció en lo alto de las escaleras. O lo que quedaba de él. Su rostro humano seguía ahí, deformado, roto, imposible, pero ahora estaba fusionado con aquella luz blanca cegadora que había visto durante el ritual. No era una iluminación. No era energía. No era fuego. Era otra cosa. Algo que no pertenecía a este mundo. Algo que no obedecía las leyes de nada. La forma humana se disolvía dentro de esa claridad infinita, como si la carne fuera solo una máscara torpe para algo demasiado grande. Y entonces escuché a Ilya. Un grito. No de dolor. De comprensión. Un sonido desgarrado, primal, como si su mente acabara de ver algo para lo que no estaba diseñada. —¿QUÉ ES ESO? —aulló. Tambor —la cosa— giró lentamente hacia él. Desde el suelo, no podía verlo, pero lo sentía. Sentía cómo aquella presencia lo tocaba sin tocarlo. Ilya rió. Una carcajada rota, histérica. —No... no... no... esto no es real... Luego volvió a gritar. Un grito más alto. Más largo. Más vacío. El sonido de algo rompiéndose por dentro. Hubo un golpe seco. Su cuerpo cayó por las escaleras. Rebotó. Rodó. Y quedó inmóvil a pocos metros de mí. Sus ojos abiertos. Vacíos. La vida completamente ida. No lloré. No grité. No me moví. Solo respiré. Con dificultad. Tambor descendió un poco más. La luz me envolvió. Sentí que mi piel ardía sin quemarse. Que mi cabeza se llenaba de ruido blanco. Que algo intentaba entrar. —Otra vez —dijo con una voz que no era una voz—. Ritual de voluntades. El miedo me atravesó entero. —Esta vez ganaré. Tragué saliva. —No. —Te quebraré. —No —repetí, más firme—. Ya gané. La luz titubeó. —Eres mío. —No —dije—. Tú eres mío. Silencio. La presión se intensificó. —Te llamaré. —No —respondí—. Márchate. La claridad vibró, como si el espacio mismo dudara. —Volveré, Shane Hollander. —Lo sé. —Y cuando lo haga, seré más fuerte. —Lo sé. —Me necesitarás. —Tal vez. Hubo una pausa. Eterna. Entonces, la luz se plegó sobre sí misma. La forma imposible se contrajo. Y desapareció. El aire volvió a ser aire. El silencio volvió a ser silencio. El mundo regresó. Yo me quedé en el suelo, junto al cadáver de Ilya, sabiendo que nada volvería a ser normal. Nunca más. Me quedé allí, tirado en el suelo, respirando despacio, esperando que el mundo volviera a encajar. Y lo hizo. Poco a poco. El dolor bajó de intensidad. El aire dejó de pesar. El silencio volvió a ser solo silencio. Entonces lo vi. Ilya estaba de pie junto a su propio cuerpo. No tenía heridas. No tenía sangre. No tenía esa expresión torcida que había llevado en vida durante los últimos años. Parecía... él. El Ilya que conocí. El que me hacía reír. El que dormía con un brazo alrededor de mi cintura. El que prometía cosas que quizá sí creía en ese momento. Nos miramos. No hablamos. No hacía falta. No había reproches. No había explicaciones. No había perdón ni rabia. Solo un entendimiento silencioso de todo lo que no supimos hacer bien. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Y después desapareció. Así, sin más. Como si nunca hubiera estado allí. Me quedé solo con su cuerpo y el eco de su ausencia. Saqué su teléfono del bolsillo de la chaqueta. Tenía varias llamadas perdidas. Mensajes sin leer. Un caos de notificaciones que ya no importaban. Llamé a mi madre. Cuando escuché su voz, algo dentro de mí se rompió del todo. Luego llamé a la policía. Esperé. Respondí preguntas. Conté una versión suavizada de la verdad. Me dejaron ir entrada la madrugada, con la cabeza llena de ruido y el alma demasiado cansada para sentir algo concreto. Todo parecía haber terminado. Y durante un tiempo, lo creí. Hasta que murió el tío Henry. durante un tiempo, lo creí. Hasta que murió el tío Henry.

16

El funeral del tío Henry fue pequeño. Discreto. Triste de una manera cansada, como si la muerte ya no sorprendiera a nadie en nuestra familia. Mi madre organizó todo con la misma eficiencia automática con la que hacía cualquier cosa cuando no quería pensar. Llamadas. Flores. Papeles. Firmas. Yo la ayudé en lo que pude, moviéndome como un fantasma por la casa, con la cabeza llena de cosas que no sabía cómo ordenar. Y entonces lo vi. Al tío Henry. De pie junto a su ataúd. Parecía más joven. Más ligero. Más en paz. No me miró al principio. Yo tampoco sabía si quería acercarme. Pero lo hice. —Hola —dije. Sonrió con tristeza. —Hola, Shane. No había reproches en su rostro. Ni miedo. Ni culpa. Solo una calma rara. Tragué saliva. Tenía una sola pregunta. La había tenido toda mi vida, incluso antes de saber que podía ver muertos. —¿Quién es mi padre? El tío Henry cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su mirada era clara. —Yo. No sentí nada al principio. Ni sorpresa. Ni rabia. Ni asco. Solo una comprensión lenta, pesada, que se fue extendiendo por mi cuerpo como un frío profundo. Asentí. —Gracias. No pregunté nada más. No quise saber cómo. No quise saber cuándo. No quise saber por qué. Se desvaneció poco después, dejándome con una verdad que jamás compartiría. Nunca se lo dije a mi madre. Nunca lo haré. Hay verdades que no liberan. Solo destruyen. Durante mucho tiempo pensé en ello. En lo que significa nacer de algo que no debería existir. En cómo ciertas fronteras no están ahí por costumbre, sino por supervivencia. En si mi don era una consecuencia. Un error genético. Una grieta. Un castigo. Una herencia torcida. Nunca lo sabré. Tal vez no importe. O tal vez lo importe todo. Lo único que sé es que, desde entonces, cuando veo a los muertos, no pienso en milagros. Pienso en consecuencias. He leído mucho en los años transcurridos desde que aquella cosa me pidió una segunda oportunidad, otro rito de Kült, y me he topado con un montón de supersticiones extrañas y leyendas raras —cosas que nunca salieron en los libros de Romanoff de Regis Thomas o en el Drácula de Stoker— y, a pesar de que hay muchas relativas a la posesión de los vivos por parte de demonios, todavía no he encontrado ninguna acerca de una criatura capaz de poseer a los muertos. Lo más cercano son las historias sobre fantasmas malévolos, y no es lo mismo ni de lejos. Así que no tengo ni idea de con qué estoy lidiando. Lo único que sé es que debo lidiar con eso. Silbaré, acudirá, nos fundiremos en un abrazo, y luego... Bueno, luego ya veremos, ¿no? Sí, ya veremos. Ya lo veremos. Después.
0 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección