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A partir de ese día, Bugs empezó a notar detalles que antes pasaba por alto. El modo en que Daffy comía solo en la cafetería, apartado, pero sin parecer triste. El modo en que garabateaba en los márgenes de sus exámenes cuando terminaba antes de tiempo. El modo en que, cuando llovía, salía al patio a mojarse a propósito, con los brazos abiertos, como si estuviera protagonizando un videoclip. Bugs quería acercarse, pero no sabía cómo. Era popular, sí, pero no era un experto en rareza. Además, había una diferencia de mundos: él era el sol alrededor del cual giraba todo el instituto; Daffy era un cometa que seguía su propia órbita excéntrica y probablemente ni sabía que el sol existía. Pero una semana después, la casualidad o el destino los emparejó para un trabajo en equipo de historia del arte. Daffy entró en el aula de proyectos con media hora de retraso, con una mancha de café en la manga y los auriculares aún puestos. Vio a Bugs sentado, con su carpeta impecable y sus rotuladores de colores ordenados, y se quedó paralizado un segundo. —Me dijeron que me tocaba con... —empezó Daffy. —Conmigo, sí —dijo Bugs, sonriendo con esa sonrisa que derretía glaciares—. El Barroco. ¿Sabes algo de él? Daffy se sentó enfrente, sacó una libreta con páginas arrancadas y un bolígrafo que apenas tenía tinta. —Caravaggio pintaba gente violenta y Rembrandt se hacía muchos autorretratos porque era presumido —respondió—. ¿Vale? Bugs se rió. No una risa de cortesía, una risa genuina que le salió del estómago. —No vale. Pero me gusta tu estilo. —Mi estilo es aprobar con un cinco justo. —Eso se nota. Trabajaron juntos durante dos semanas. Bugs descubrió que Daffy era mucho más inteligente de lo que dejaba ver. No memorizaba fechas, pero entendía el contexto emocional del arte: por qué Goya pintaba monstruos, por qué Vermeer usaba esa luz, por qué el éxtasis de Santa Teresa era una metáfora y no solo una monja en levitación. Daffy lo explicaba con las manos, con ejemplos absurdos, con comparaciones con ranas cyberpunk, pero al final siempre daba en el clavo. Bugs se quedaba mirándolo mientras hablaba. La pasión con la que movía las manos. La forma en que su plumero se agitaba cuando se emocionaba. El modo en que, a veces, se mordía el interior del pico cuando pensaba demasiado. Y sintió que la puerta que se había abierto en la biblioteca ahora era una ventana. Y luego una puerta batiente. Y luego un portón. Quería saber más. Quería saberlo todo. Así que empezó a buscar excusas para estar cerca. —Oye, Daffy, en el trabajo de arte me gustó tu enfoque sobre Caravaggio. ¿Te parece si repasamos el examen de historia el jueves? Daffy lo miró con desconfianza. —¿Tú quieres repasar conmigo? Tú que sacas nueves sin despeinarte. —Me gusta cómo explicas las cosas. En serio. Daffy se encogió de hombros, pero dijo que sí. Y el jueves fueron a la biblioteca. Y luego al viernes también. Y pronto se convirtió en una rutina. Bugs encontraba cualquier pretexto académico para sentarse al lado de Daffy en el almuerzo, en los descansos, en los pasillos. Daffy no entendía nada. Era desconfiado por naturaleza, considerando demasiados años de burlas, pero Bugs no se reía de él. Bugs le preguntaba por su música, por sus dibujos, por esas ranas cyberpunk que salían en todos sus márgenes. —¿Por qué ranas? —le preguntó una vez. Daffy se quedó en silencio un rato. Era una pregunta que nadie le había hecho. —Porque las ranas están entre dos mundos —dijo al fin—. El agua y la tierra. Y en mi historia, también entre lo orgánico y la máquina. Me gusta pensar que todos estamos un poco entre dos mundos. Bugs sintió que el corazón le daba un vuelco. "Estoy perdido", pensó. "Estoy completamente perdido".***
El cortejo fue torpe, lento y hermoso. Bugs, que era un experto en discursos y debates, de repente no sabía qué decir cuando se quedaba a solas con Daffy. Se llevaba un detalle cada día. Un café con leche, con el nombre de Daffy mal escrito a propósito, para hacerlo reír, una flor arrancada del jardín, medio marchita, porque no sabía elegirlas; un pin nuevo para su mochila, una rana robot que encontró en una tienda de segunda mano. Daffy aceptaba los regalos con una mezcla de confusión y un rubor que intentaba disimular. —¿Por qué me das tantas cosas? —preguntó un día, después de que Bugs le dejara un bocadillo de tofu en su casillero. —Porque sí —respondió Bugs, encogiéndose de hombros con una falsa naturalidad. —La gente no da cosas "porque sí". —Yo sí. Daffy no supo qué responder. Guardó el bocadillo en su mochila y se fue caminando más rápido de lo normal, con las mejillas ardiendo. Bugs se apoyó en el pasillo y sonrió. Sus orejas temblaban de emoción.***
Las semanas siguientes fueron un juego de miradas y pequeños gestos. Bugs se sentaba deliberadamente cerca de Daffy en todas las clases que podían compartir. Daffy fingía no notarlo, pero sus amigos le decían que no engañaba a nadie. Una tarde, en la azotea del instituto, el lugar al que Daffy huía para estar solo, Bugs apareció sin que nadie lo hubiera invitado. Daffy estaba sentado en el borde, con las piernas colgando, escuchando música en sus auriculares. Bugs se sentó a su lado sin decir nada. Simplemente, se sentó. Pasaron diez minutos en silencio. El viento movía el plumero de Daffy. Bugs miraba el horizonte. De repente, Daffy alargó uno de los cascos. Un gesto pequeño. Vulnerable. Bugs lo aceptó. Una canción empezó a sonar: guitarras sucias, una letra sobre un chico raro que nadie miraba, una chica inalcanzable y una cita en el concierto del instituto. Daffy no dijo nada. Bugs tampoco. Pero cuando la canción terminó, Bugs susurró: —A mí siempre me han parecido interesantes los chicos raros. Daffy se quedó congelado. —¿Qué? —Que te veo. Desde la biblioteca aquella del poema de las ranas. Te veo. El silencio se hizo denso, eléctrico. Daffy tragó saliva. —No te estás riendo de mí, ¿verdad? —Nunca me he reído de ti. Daffy se quitó los auriculares. Los enrolló con cuidado. Se quedó mirando sus propias manos. —A ver, conejo —dijo, con la voz más seria que Bugs le había oído nunca—. Si estás haciendo esto por lástima o porque buscas un proyecto de reforma, te advierto que no funciono. Soy raro, soy ruidoso, saco malas notas y la única cosa que hago bien es montar numeritos de teatro que nadie va a ver. —Me da igual. —No debería darte igual. Podrías estar con alguien normal. Alguien guapo. —Daffy. —Bugs giró su rostro suavemente con una mano—. Tú eres la persona más interesante que he conocido en mi vida. No quiero a alguien normal. Quiero a alguien que recita poemas de ranas cyberpunk en la biblioteca vacía. Quiero a alguien que sale a mojarse bajo la lluvia porque sí. Quiero a alguien que dibuja pulpos filosóficos en los exámenes. Daffy abrió el pico. Lo cerró. Lo volvió a abrir. —¿Estás... estás pidiéndome que salgamos? —Sí —dijo Bugs, con una sonrisa que le temblaba en los labios—. ¿Quieres salir conmigo, Daffy Duck? Daffy se quedó en silencio tanto tiempo que Bugs empezó a preocuparse. Miró hacia otro lado, hacia el patio vacío, hacia el cielo naranja del atardecer. Luego, con un suspiro tan profundo que pareció sacar todo el aire de sus pulmones, Daffy dijo: —Vas a arrepentirte. —Eso ya lo veremos. Bugs le tendió la mano. Daffy la tomó. Y en la azotea del instituto, bajo un cielo que se pintaba de colores imposibles, empezó algo que ninguno de los dos sabía cómo gestionar. Pero empezó. Y fue hermoso.