El Arte de NO Encajar

Slash
PG-13
Finalizada
3
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
26 páginas, 8.850 palabras, 4 capítulos
Descripción:
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Capítulo 2

Ajustes
Los primeros meses fueron de euforia. Daffy caminaba por los pasillos con una sonrisa tonta que no podía disimular. Bugs le robaba besos en los rincones, le escribía notas en los márgenes de sus libretas, le mandaba mensajes a medianoche con memes de ranas. Daffy estaba feliz. Pero solo al principio. El cambio no fue de golpe. Fue como una grieta que aparece primero en un sótano, invisible, y poco a poco sube por las paredes hasta que un día la casa entera se está cayendo. Todo empezó con las miradas. Era una tarde cualquiera en la cafetería. Bugs y Daffy comían juntos, como siempre. Bugs le había robado una patata frita del plato y Daffy fingía enfado con una mano en la cadera y el pico torcido. Era su rutina. Era su pequeño mundo. Pero entonces, en la mesa de al lado, Daffy escuchó un murmullo. —¿En serio Bugs está con ese? —No sé qué le ve. Tan rarito. —Seguro que es solo una fase. Ya se cansará. Daffy se quedó con la patata frita a medio morder. El ruido de la cafetería se volvió de repente ensordecedor. Bugs no había escuchado —estaba muy ocupado robando otra patata— pero Daffy sí. Y esas palabras se le clavaron como agujas. Esa noche, en casa, Daffy se miró al espejo durante veinte minutos. Se miró el plumero morado. Las sudaderas enormes. Los pins de calaveras en la mochila. Y por primera vez en su vida, no se gustó. "Si yo fuera Bugs, ¿saldría conmigo?" penso Y la respuesta le dolió.

***

Al día siguiente, Daffy llegó al instituto sin el plumero. Lo había dejado más corto, más discreto, peinado hacia un lado como los chicos normales. También había dejado en casa su sudadera favorita y se había puesto un polo liso de color gris. Se sentía desnudo. Bugs lo vio en el pasillo y frunció el ceño. —¿Te has cortado el plumero? —Sí. Quería probar algo nuevo. —Está bien... diferente. —¿Diferente bueno o diferente malo? —Diferente. Solo diferente. Daffy forzó una sonrisa. Bugs no dijo nada más, pero durante toda la semana notó pequeños cambios que le inquietaban. Daffy ya no tarareaba por los pasillos. Ya no se sentaba en el suelo de la biblioteca a recitar poemas absurdos. Incluso había dejado de dibujar ranas cyberpunk en los márgenes; ahora sus libretas estaban limpias, vacías, tristes. Bugs quiso preguntar, pero no supo cómo.

***

A la semana siguiente, Daffy intentó hablar de fútbol en el almuerzo. Había pasado toda la noche anterior estudiando las alineaciones de los equipos, los nombres de los jugadores, las estadísticas. Se los había aprendido de memoria como quien estudia para un examen que no quiere hacer. Pero cuando abrió la boca delante de los amigos de Bugs, las palabras le salieron torcidas. —¿Viste el partido del... del domingo? El del... ese equipo que juega en... —tartamudeó. Elmer lo miró con extrañeza. —¿El Madrid? —Sí, ese. El Madrid. —El Madrid no jugó el domingo. Silencio. Daffy sintió que la cara se le quemaba. Taz soltó una risita. Lola levantó una ceja. Bugs, incómodo, cambió de tema rápidamente. Daffy no volvió a intentarlo con el fútbol. Pero eso no significó que se rindiera. Al contrario, se volvió más desesperado. Intentó hablar de series de moda que no veía y que tuvo que leer resúmenes en internet y no entendía las referencias. Intentó hacer chistes sobre famosos, pero los confundía. Intentó imitar la forma de caminar de los chicos populares, pero parecía que algo le había pasado en las piernas. Cada fracaso era una herida. Y cada herida lo empujaba más al borde.

***

A los dos meses de relación, Daffy ya era irreconocible para cualquiera que lo hubiera conocido antes. Pero no de una forma constante. Algunos días llegaba al instituto con una energía falsa y estridente. Hablaba demasiado rápido, reía demasiado alto, gesticulaba como si estuviera en un escenario. Contaba chistes que nadie entendía y luego los repetía más fuerte, como si el volumen pudiera suplir la gracia. Se colgaba del brazo de Bugs en público, pero de una forma forzada, como si estuviera representando un papel de "novio perfecto". En esos días, Bugs se sentía incómodo. Quería decirle "tranquilo, no hace falta que actúes". Pero cada vez que abría la boca, Daffy lo interrumpía con otro chiste, otro gesto exagerado, otro intento desesperado de ser "suficiente". Otros días, Daffy se volvía taciturno. Llegaba al instituto sin decir una palabra, se sentaba en clase con la mirada perdida y no hablaba con nadie. Ni siquiera con Bugs. Cuando Bugs le preguntaba qué le pasaba, Daffy respondía "nada" con una voz tan plana que parecía mentira. Se quedaba mirando la pared durante horas. No contestaba los mensajes. No quería que lo tocaran. En esos días, Bugs sentía que estaba con un fantasma. Alguien que estaba allí físicamente, pero cuya luz se había apagado. Y siempre, siempre, Daffy se veía infeliz. Una sombra de aquel chico raro y libre que Bugs había amado. Un recuerdo borroso de sí mismo.

***

Al principio, Bugs pensó que era una fase. Luego pensó que era cosa del estrés de los exámenes. Luego empezó a preocuparse de verdad. —Daffy, hablemos. —¿De qué? —De ti. De cómo estás. —Estoy bien. ¿Por qué? —Porque hace semanas que no te veo dibujar. Daffy se quedó callado. Sus manos temblaron un poco. —Ya no me apetece dibujar —mintió. Bugs no le creyó, pero no insistió. En lugar de eso, decidió ayudarlo de la única forma que se le ocurrió: con lo académico. —Mira —dijo Bugs una tarde, sacando una carpeta llena de apuntes—, si quieres, podemos estudiar juntos. Yo te ayudo con matemáticas y tú me ayudas con... eh... con algo. —No sé en qué podría ayudarte. Tú sacas nueves. —Me ayudas con tu compañía. Eso ya es suficiente. Daffy sintió un nudo en la garganta. Aceptó. Pasaron tardes enteras en la biblioteca. Bugs le explicaba ecuaciones con manzanas y zanahorias, dibujaba líneas de tiempo a color, le inventaba canciones para memorizar fechas. Era paciente, cariñoso, dedicado. Daffy asentía, tomaba notas, repetía los ejercicios. Pero al día siguiente, todo se le había olvidado. No era pereza. No era falta de capacidad. Era ansiedad pura. Era el miedo constante a defraudar a Bugs lo que le bloqueaba la mente. Cada vez que Bugs decía "muy bien, ahora inténtalo tú", Daffy se quedaba en blanco. El pánico le nublaba la vista. —No pasa nada —decía Bugs—. Lo intentamos otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Una noche, después de tres horas de estudio intensivo, Daffy hizo un examen de prueba que Bugs le había preparado. Sacó un 2. Daffy no dijo nada. Se levantó, fue al baño, cerró la puerta y se sentó en el suelo con la cabeza entre las rodillas. No lloraba. Los sollozos le sacudían el cuerpo, pero no salían lágrimas. Se sentía vacío. Bugs lo encontró allí, media hora después. —Daffy... —No me mires. —Tienes que salir de ahí. —Déjame. —No voy a dejarte aquí. Bugs se sentó en el suelo junto a él, en el baño sucio del instituto, y lo abrazó. No dijo nada más. Solo lo sostuvo mientras el cuerpo de Daffy se sacudía en silencio. Esa noche, Bugs se fue a casa con una certeza helada en el pecho. Daffy no estaba bien. Y él, de alguna forma, era parte del problema.

***

Bugs pasó varios días dando vueltas a la misma pregunta. "¿Qué he hecho mal?" Porque era claro que lo único que había cambiado en la vida de Daffy fue que empezó a salir con él. Habló con Porky, que era más sabio de lo que aparentaba. Y el le dijo que era obvio que Daffy sentía que no encajaba en el mundo de Bugs y que mientras siguiera sintiendo lo mismo nunca iba a mejorar. Bugs entendió entonces que no podía limitarse a ayudar a Daffy con las notas. Tenía que atacar la raíz del problema: la inseguridad, el "qué dirán", la presión social. Así que una tarde, después de clases, se sentó con Daffy en la azotea y decidió hablar. —Daffy, necesito decirte algo. —Suéltalo. —He notado que últimamente no eres tú. Y creo que sé por qué. Daffy se puso tenso. —¿Ah, sí? ¿Y por qué es? —Por lo que dicen los demás. Por las miradas. Por los comentarios idiotas de gente que no importa. Daffy no respondió. Miró al vacío. —Y quiero decirte algo —siguió Bugs, con la voz más suave—. Los demás no importan. Nunca han importado. A mí no me importa lo que piensen de nosotros. Nunca me ha importado. Tú eres quien eres y eso es lo que me enamoró. Daffy se mordió el interior del pico. Las palabras de Bugs le llegaban, pero no le entraban. Era como si hubiera una pared de cristal entre lo que escuchaba y lo que podía creer. —¿De verdad crees que me importa lo que digan? —preguntó Bugs, insistiendo—. ¿De verdad crees que voy a dejar de quererte porque alguien haga un comentario estúpido? Daffy finalmente lo miró. Y en sus ojos no había alivio. Había dolor. —El problema —dijo, con una voz que apenas era un hilo— no es lo que tú sientes. El problema es que yo sé lo que ven. Yo sé cómo me ven ellos. Y sé que tú también lo ves. —No veo nada malo en ti. —Mientes. O te mientes a ti mismo. Bugs sintió un puñetazo en el estómago.

***

A partir de esa conversación, algo cambió entre ellos. No a mejor. Daffy se volvió más consciente de la mirada de Bugs. No de la mirada amorosa, sino de la mirada analítica. Ahora, cada vez que Bugs lo observaba en silencio, Daffy pensaba que lo juzgaba. Y era una paradoja cruel. Bugs intentaba ayudarlo mostrándole que lo veía, y Daffy interpretaba esa atención como una confirmación de sus peores miedos. —¿Por qué me miras así? —le espetó Daffy una tarde, después de que Bugs pasara varios segundos observándolo mientras él intentaba resolver un problema de matemáticas. —¿Así cómo? —Como si estuvieras preocupado. Como si fuera un caso perdido. —No eres un caso perdido. Solo estoy preocupado porque te quiero. —Pues deja de preocuparte. No soy tu responsabilidad. —No eres mi responsabilidad. Eres mi novio. Y los novios se preocupan. Daffy cerró el cuaderno de golpe. —Pues igual yo no quiero que te preocupes. Igual yo quiero que me mires como me mirabas antes. Como si fuera interesante. No como si fuera un enfermo al que hay que curar. Bugs se quedó en silencio, herido. No supo qué responder. Daffy se levantó y se fue. Esa noche no contestó los mensajes. Y Bugs durmió mal.

***

La noche de la ruptura no fue planeada. Fue el resultado de semanas de tensión acumulada, como una tormenta que lleva días gestándose. Todo empezó con un examen de matemáticas. Daffy había estudiado toda la semana. Se había saltado comidas, había dormido cuatro horas por noche, había hecho todos los ejercicios del libro tres veces. Llegó al examen confiado. Salió destrozado. No había entendido la mitad de las preguntas. Había respondido al azar. Se quedó en blanco. Vio las ecuaciones y su mente se borró, como si alguien hubiera pulsado "reset". Cuando entregó el examen, sabía que era otro suspenso. El cuarto del trimestre. Bugs lo esperaba a la salida, con una sonrisa esperanzada. —¿Qué tal? Daffy no respondió. Caminó en silencio hasta un banco del patio y se sentó, con la cabeza gacha. Bugs se sentó a su lado. —Dime. —He suspendido —susurró Daffy—. Otra vez. —Ya lo recuperarás. —No, no lo haré. Porque soy un inútil. —No eres un inútil. —¡Déjame en paz! —Daffy se levantó de golpe, con los puños apretados—. ¡Déjame con mi drama! ¡No necesito que vengas con tus frases bonitas y tu optimismo de manual! Bugs también se levantó. No con enfado, con tristeza. —No son frases bonitas. Es la verdad. —¿La verdad? —Daffy soltó una risa amarga, rota. —Daffy... —¿Sabes qué es lo peor? —Daffy se pasó las manos por el plumero cortado, despeinándose—. Que tú también me miras. Y no me miras como antes. Ahora me miras y te preocupas. Y yo lo noto. Y cada vez que lo noto, siento que te estoy decepcionando. Y entonces intento ser mejor, ser más normal, ser más gracioso, ser más todo. Y cuanto más lo intento, peor me sale. Y entonces me odio más. Y entonces estudio peor. Y entonces es un círculo interminable de mierda. Bugs se acercó a él. Quiso abrazarlo. Daffy retrocedió. —No me toques. —Solo quiero ayudarte. —No puedes. —La voz de Daffy se quebró—. Nadie puede. Bugs bajó las manos. Se quedó allí quieto, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Y en ese momento, con el pecho lleno de impotencia y de amor y de miedo, tomó la decisión más difícil de su vida. —Daffy, creo que el problema soy yo. Estar conmigo te está haciendo daño. —¿Tú? ¿Qué? —Sé que ahora te consumes por dentro intentando ser alguien que no eres y es por mi culpa. Te quiero, Daffy. Te quiero con toda mi alma. Pero no voy a quedarme a verte romperte en pedazos. Creo que es mejor que me aleje de ti, para no lastimarte más. Daffy lo miró. Y en ese momento, no vio al novio cariñoso. Vio a alguien que se iba. Y el dolor se transformó en rabia. —Ah, claro —Daffy soltó una risa cortante, seca, como una rama que se parte—. Sin ti. Qué bonito. ¿Y esa es tu excusa? ¿Que te preocupas por mí? —No es una excusa. Es la verdad. —¡No me vengas con esa mierda! —Daffy se soltó de golpe, dando un paso atrás, con el pecho subiendo y bajando—. Si te voy a ser sincero, Bugs, creo que eres un cobarde. Y un farsante. Bugs parpadeó, como si le hubieran dado una bofetada. —¿Qué? —Que me dejas ahora, después de todo, y me dices que es por mi bien. Pero en el fondo todos sabemos la verdad, ¿no? —Daffy cruzó los brazos, pero sus manos temblaban—. Te da vergüenza salir conmigo. Nunca te gustó de verdad. Solo te gustaba la idea de salir con el bicho raro, pero ahora que te das cuenta de que de verdad tienes que cargar conmigo. Y ahora buscas una excusa bonita para largarte sin quedar como el malo. —Eso no es cierto. —¡Claro que es cierto! —Los ojos de Daffy estaban rojos, llenos de lágrimas que se negaban a caer—. Si te importara de verdad, te quedarías. Pero la verdad es que te avergüenza que te vean conmigo. Te avergüenza mi plumero, mis notas, mis rarezas. Te avergüenzo yo. Bugs abrió la boca para responder. La cerró. Las palabras no le salían. No porque Daffy tuviera razón, sino porque el dolor era tan inmenso que no sabía por dónde empezar a defenderse. —Yo nunca... —empezó, con la voz rota—. Nunca me has dado vergüenza. Eres lo mejor que me ha pasado. —Pues te pasó algo muy malo, entonces —escupió Daffy—. Porque mira cómo termina. El silencio se hizo denso, irrespirable. —Sabes qué, Bugs. Espero que encuentres a alguien normal. Alguien que saque buenas notas y caiga bien a tus amigos y no dé problemas. Alguien de quien no tengas que avergonzarte. —Su voz se quebró en la última palabra—. Y espero que cuando lo tengas, te acuerdes de mí. Y te arrepientas. Bugs sintió que el corazón se le partía en dos. —Daffy, yo no quiero a nadie más. Te quiero a ti, pero... —Pues vaya mierda de cariño. —Daffy dio media vuelta. Caminó unos pasos. Se detuvo. —La sudadera. La azul. Devuélvemela mañana. —Daffy... —Mañana. Y se fue. Sin mirar atrás.
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