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Daffy se pasó tres horas frente al armario, lo cual era récord incluso para él. Revolvió cajones, sacó ropa que no veía desde antes de la ruptura, la miró, la volvió a guardar, la volvió a sacar. Una playera era de una banda de punk ruso, negra con letras cirílicas que ni él sabía pronunciar. La otra era azul marino, lisa, la que se había comprado en su etapa de "intentar ser normal". Tiró la azul al fondo del armario. Agarró la negra. Y luego, casi como una revelación, abrió el cajón de abajo y sacó la chaqueta de cuero que su tío le había regalado dos años atrás. Era enorme, pesada, con cremalleras rotas y un olor a tabaco y a juventud de los ochenta. No la había usado nunca porque le parecía "demasiado". Incluso para sus estándares. Las botas militares las encontró al fondo del armario, cubiertas de polvo. Las había comprado en una tienda de segunda mano hacía tres años, convencido de que le darían "actitud". Llevaban tanto tiempo sin usarse que el cuero estaba tieso. Las frotó con un trapo húmedo hasta que recuperaron un brillo oscuro y amenazador. El plumero fue la última batalla. Sacó la laca. La cera. El secador. Durante cuarenta minutos, luchó consigo mismo frente al espejo, con la lengua fuera por la concentración. Cuando terminó, el plumero se alzaba hacia arriba en una cresta perfecta, teñida de un morado tan vibrante que parecía brillar bajo la luz del baño.***
La casa de Taz era un caos ordenado. Luces de colores, música alta, grupos de chicos que se apiñaban en las esquinas con vasos de plástico, una pista improvisada en el salón donde la gente bailaba con más entusiasmo que coordinación. Olía a perfume barato y a cerveza derramada. Daffy llegó con Porky y Speedy. Porky llevaba un suéter de cuello alto que le quedaba dos tallas grande y sonreía con su ternura habitual. Speedy llevaba una camiseta de su banda favorita y gafas de sol aunque eran las once de la noche. —Vas a destacar —le dijo Speedy a Daffy, mirándole la chaqueta de cuero—. Y no lo digo como algo malo. —Lo sé —respondió Daffy, con una seguridad que no sentía del todo. Entraron. La música le golpeó en la cara como una ola. Daffy parpadeó, ajustándose al cambio de luces. El salón estaba lleno de caras conocidas. Y allí, en el centro de todo, como si el mundo orbitara a su alrededor, estaba Bugs. Daffy lo vio nada más cruzar la puerta. No podía no verlo. Bugs estaba rodeado de sus amigos del equipo de debate, riendo de algo que acababa de decir Taz. Llevaba una camisa negra de manga larga, desabrochada los primeros botones, y su pelo estaba ligeramente despeinado —o tal vez solo era que Daffy no lo había visto de cerca en tanto tiempo que cualquier cosa que hiciera le parecía nueva. El corazón de Daffy dio un salto tan violento que pensó que se le iba a salir del pecho. —Voy a por una bebida —murmuró, y se perdió entre la gente antes de que Porky pudiera decir algo.***
Daffy se pasó la primera hora en el borde de la fiesta, con una lata de refresco en la mano, mirando sin mirar. Habló con un par de compañeros de clase. Dibujó distraídamente en una servilleta una rana con un sombrero de fiesta. Se acabó la lata. Cogió otra. Pero en algún momento, la música cambió. Pasó de un reguetón pegajoso a una canción de rock alternativo de los noventa, con una guitarra sucia y un ritmo que invitaba a moverse. Daffy, que llevaba meses sin escuchar música en público por miedo a ser él mismo, sintió que las caderas se le movían solas. Empezó a bailar. No era un baile bonito. No era coreográfico. Era Daffy siendo Daffy. Movimientos exagerados, brazos que se agitaban como aspas de molino, el plumero sacudiéndose al ritmo de la batería. Una patada aquí, un giro allá, una pose teatral cada vez que la guitarra hacía un solo. Parecía un cruce entre una estrella de rock, un espantapájaros eléctrico y alguien que se estaba divirtiendo muchísimo. La gente empezó a mirarlo. No con burla sino con una especie de fascinación desconcertada. Quien baila así, con tanta soltura, con tan poca vergüenza, no puede ser ignorado. Porky sonrió desde la barra. Speedy le dio un codazo. —Ahí está —dijo Speedy—. Ahí está el Daffy de verdad. Bugs también lo vio. Llevaba toda la noche intentando no buscarlo con la mirada y fracasando estrepitosamente; y de repente allí estaba Daffy, en medio de la pista, bailando como si nadie estuviera mirando y al mismo tiempo como si todos deberían estar mirándolo. Y era magnético. Bugs no podía apartar los ojos. La chaqueta de cuero, las botas militares, el plumero morado alzándose desafiante. Era el Daffy que había conocido en la biblioteca, el Daffy del que se había enamorado. Pero más fuerte. Más seguro. Más él. —Estás babeando —le susurró Lola al oído. Bugs cerró la boca y apartó la mirada. —No estoy babeando. —Estás babeando. Y te entiendo. Está... bueno. —No digas eso. —¿Por qué? ¿Porque es verdad? —Lola sonrió con malicia—. Bugs, si no vas tú, voy yo. —Lola. —Es broma. O no. Nunca se sabe. Bugs la ignoró y volvió a mirar a Daffy. Estaba riendo, con la cabeza echada hacia atrás. Alguien le había puesto una diadema de luces de neón en el plumero, y las bengalas de colores le daban un aire de criatura mágica salida de un sueño ochentero. "Te quiero", pensó Bugs. "Te quiero tanto que duele. Y no sé cómo decírtelo". Pero no hizo nada. Se quedó en su esquina, con las manos en los bolsillos, mirando.***
Daffy no se dio cuenta al principio. Estaba tan metido en el baile, tan feliz de sentirse él mismo después de tanto tiempo, que no notó cómo un grupito de chicos se fue acercando. Eran de otro curso, Daffy no los conocía, pero tenían esa forma de caminar que delataba a los que buscan problemas. Tarde. Alcohol. Ganas de reírse de alguien. El primero le tocó el plumero. —Oye, ¿esto es de verdad? —dijo, con una sonrisa estúpida. Daffy se apartó un paso. —Son mis plumas. Así que sí. —¿Y por qué morado? —Porque me gusta. El segundo chico se puso a su lado. Olía a cerveza y a perfume de dudosa calidad. —Y esa chaqueta, ¿de qué año huyó? ¿De los ochenta? —Ochenta y dos —respondió Daffy, con la voz más fría de la que se creía capaz. El tercer chico, el que parecía el líder, se colocó justo enfrente. Era más alto que Daffy, más ancho, y su sonrisa no llegaba a los ojos. —Sabes, pato —dijo, usando "pato" como si fuera un insulto—, esto es una fiesta de gente normal. No sé qué haces aquí con esas pintas. No encajas. —Nunca he encajado —respondió Daffy, aunque por dentro las manos le temblaban—. Es una de mis mejores cualidades. El líder se inclinó hacia él. Le habló al oído. Daffy no pudo entender todo lo que dijo, pero captó lo suficiente para saber que lo llamó raro. Daffy intentó apartarse. Pero los tres chicos le bloqueaban el paso. Uno le volvió a tocar el plumero, tirando un poco. Otro le agarró del brazo. —No te vayas, no te vayas. Estábamos empezando a divertirnos. El miedo le subió por la espalda como una araña fría. Daffy era muchas cosas pero no era peleador. Nunca lo había sido. Y ahora estaba acorralado contra la pared, con tres idiotas borrachos riéndose de él, y la música seguía sonando, y nadie parecía darse cuenta.***
Bugs lo vio todo desde su esquina. Vio cómo los chicos se acercaban. Vio cómo tocaban el plumero de Daffy. Vio cómo Daffy intentaba apartarse y no podía. Vio cómo el líder le hablaba al oído y Daffy se ponía pálido. Vio cómo le agarraban del brazo. Y algo dentro de Bugs se rompió. No de tristeza esta vez. De furia. Una furia fría, blanca, tan intensa que le nubló la vista. No pensó. No calculó. Simplemente se movió. Cruzó la pista de baile como una exhalación, apartando gente a empujones sin disculparse. Lola dijo "Bugs, ¿qué...?" y no terminó la frase porque Bugs ya no estaba. Taz intentó agarrarle por la manga y su mano resbaló. En tres segundos, Bugs estaba frente a los tres chicos. Se interpuso entre ellos y Daffy con una naturalidad que parecía ensayada. Sus orejas estaban completamente erguidas —señal de alerta máxima— y sus ojos, normalmente cálidos, tenían un brillo metálico que nunca se le había visto. —¿Problema, muchachos? —dijo. La sonrisa que acompañó a la pregunta no era amistosa. Era la sonrisa de alguien que está midiendo distancias, calculando ángulos, decidiendo en qué orden iba a golpear si hacía falta. Los tres chicos retrocedieron un paso. Conocían a Bugs. Todo el mundo conocía a Bugs. No solo por el equipo de debate, sino porque era capitán del equipo de defensa personal y tenía fama de no necesitar un segundo aviso. —No hay problema —dijo el líder, levantando las manos—. Estábamos bromeando. —No parecía una broma. —Es que... nos pareció gracioso el plumero. Bugs se quedó mirándolo un segundo más. Luego, sin dejar de sonreír, dijo —pues yo no me río. Y creo que deberían irse antes de que deje de sonreír. Se fueron. No corrieron, pero anduvieron rápido. El líder lanzó una última mirada a Daffy, una mezcla de rabia y vergüenza, y desapareció entre la multitud. La música seguía sonando. La gente seguía bailando. La fiesta no se había detenido. Pero en el pequeño círculo alrededor de Bugs y Daffy, el tiempo parecía haber suspendido su curso. Daffy estaba temblando. Lo intentó disimular, se enderezó la chaqueta de cuero, se pasó una mano por el plumero para comprobar que seguía ahí. Pero las manos le temblaban. Y Bugs lo notó. —¿Estás bien? —preguntó Bugs, con la voz completamente distinta a la que había usado con los acosadores. Ahora era suave, preocupada, casi frágil. —Estoy bien —respondió Daffy, pero su voz sonó más aguda de lo normal. —No pareces bien. —No necesitaba un salvavidas. Bugs sabía que era mentira. También sabía que Daffy nunca admitiría haber necesitado ayuda, especialmente de él. Así que asintió, aunque por dentro le doliera. —Ya lo sé. Pero yo necesitaba apartarlos. —Respiró hondo. Se metió las manos en los bolsillos para no hacer algo estúpido como tocarlo—. Y no solo por ellos. Daffy arqueó una ceja. —¿Ah, no? ¿Entonces por qué? Bugs se quedó callado. Las palabras se le atascaron en la garganta. Llevaba dos meses ensayando este momento frente al espejo, y ahora que estaba aquí, no recordaba nada. Solo veía a Daffy. Solo sentía el latido de su propio corazón tan fuerte que creía que todos podían oírlo. Daffy interpretó el silencio como una confirmación de sus peores miedos. El orgullo herido, ese viejo conocido, subió por su pecho como un ascensor averiado. —No te preocupes, conejo —dijo, con la voz cargada de ese sarcasmo que usaba como armadura—. Por lo que me dejaste, por ser raro. —Hizo una pausa—. Ya lo superé, ¿sabes? Ya no me importa. Mentía en las dos últimas frases. Le importaba tanto que todavía dolía como el primer día. Bugs sintió el puñetazo. No de ira, de tristeza. —¿Todavía piensas eso? —preguntó, con una voz tan baja que casi no se oía por encima de la música. —Es lo que vi. —Pues viste mal. Bugs dio un paso al frente. Luego otro. Ahora estaban tan cerca que Daffy podía contar las pestañas de Bugs si quisiera. No quiso. Miró hacia otro lado. —Te dejé, Daffy —dijo Bugs, despacio, como si cada palabra costara un esfuerzo físico—, porque tú dejaste de ser tú. Te pasabas el día preocupado por lo que dirían. Dejaste de dibujar esas cosas horriblemente maravillosas. Dejaste de cantar a gritos por los pasillos. Te volviste infeliz. Por mi culpa. Daffy finalmente suspiró y bajó la guardia. —Lo sé, lo sé me dejaste por mi bien. —En mi cabeza sonaba menos ridículo decirlo —respondió Bugs, con una sonrisa triste. Daffy se quedó en silencio. La fiesta seguía a su alrededor, pero ellos dos estaban dentro de una burbuja de cristal. Podían verse, oírse, pero todo lo demás era borroso e irrelevante. El silencio se alargó. Bugs empezó a preocuparse. Daffy no parecía enfadado. Tampoco parecía triste. Finalmente, Daffy habló. —Fui yo —admitió, y su voz era un hilo, algo que podía romperse con solo respirar—. Yo tiré todo a la basura. Mi personalidad, mis estudios... todo. Por intentar ser lo que no soy. —Se pasó una mano por el plumero, esta vez con cariño—. Y luego, cuando me dejaste... quise culparte, pero la verdad... la verdad es que te he extrañado cada maldito día. Bugs sintió que los ojos se le llenaban de agua. Parpadeó varias veces para contener las lágrimas. —Yo también te extrañé —dijo, con la voz temblorosa—. Y también cometí un error: no hablarte. No decirte lo que veía. Simplemente tomé la decisión por los dos y me fui. Pensé que era lo mejor para ti. Pero ni siquiera te pregunté qué pensabas tú. Debí explicarte, pelearlo contigo, buscarte alternativas. En lugar de eso, hice como que sabía lo que era mejor para los dos. Y no lo sabía. No tenía ni idea. —Eres un idiota —dijo Daffy, pero sin veneno. Con una especie de ternura cansada. —Pero yo más. No sé en qué estaba pensando. Creyendo que lo que otros decían importaba. —Soy un idiota que te quiere. El silencio que siguió fue diferente. No era el silencio tenso de antes, era un silencio lleno de cosas no dichas que por fin encontraban el momento de ser dichas. Bugs dio el último paso. Ahora estaban tan cerca que sus pechos casi se rozaban. —Entonces —dijo, con la voz tan baja que solo Daffy podía oírlo—, ¿intentamos otra vez? Daffy fingió pensar. Se ajustó el plumero con una mano. —Con una condición —dijo al fin. —La que sea. —Me ayudas con literatura comparada. Estoy a punto de suspender y no pienso dar el espectáculo de llorar delante del profesor. Ya he llorado suficiente este año. Bugs se rió. Una risa limpia, libre, que llevaba meses sin emitir. —Trato hecho. —Y otra cosa —añadió Daffy, levantando un dedo—. No más "por tu bien". A partir de ahora, hablamos. Aunque duela. Aunque sea incómodo. Hablamos. —Trato hecho —repitió Bugs, y esta vez su voz también temblaba. —Y... —Daffy, voy a aceptar todas las condiciones que quieras. Pero ahora, por favor, déjame hacer algo que llevo dos meses queriendo hacer. —¿El qué? Bugs no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante y lo besó. Cuando se separaron, los dos tenían los ojos brillantes. —Te quiero —dijo Bugs, por si no había quedado claro. —Ya lo sé —respondió Daffy, con su sonrisa más rara, la que enseñaba el pico entero—. Pero no está mal que lo repitas. —Te quiero, te quiero, te quiero. —Vale, vale, ya basta. Te voy a creer. Se abrazaron. Daffy apoyó la cabeza en el hombro de Bugs. Bugs enterró la cara en el plumero morado que tanto había extrañado. Y allí, en medio de una fiesta cualquiera, con música horrible y luces feas y el olor a cerveza derramada, dos idiotas que habían tardado meses en aprender a quererse bien se prometieron en silencio que esta vez lo harían mejor.