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El nuevo curso empezó con un instituto renovado, pasillos recién pintados y el mismo olor a mochilas nuevas y nervios de siempre. Daffy y Bugs estaban en el mismo nivel, el último antes de la universidad. Las mismas clases. Los mismos pasillos. El mismo aire compartido que ninguno de los dos respiraba sin pensar en el otro. Daffy había rehecho su imagen. No la falsa de las camisetas blancas. La verdadera. El plumero había vuelto a crecer, más alto que nunca, teñido de un morado tan intenso que parecía fluorescente bajo la luz del pasillo. Volvía a llevar sus sudaderas enormes y su mochila estaba otra vez forrada de pins. Pero había algo distinto en él. Algo más duro. Una coraza que no estaba antes. Cuando se cruzaba con Bugs en el pasillo, lo cual pasaba al menos tres veces al día porque el destino es un escritor con mal gusto, Daffy no desviaba la mirada. La clavaba directamente en los ojos de Bugs. Y luego, después de uno, dos, tres segundos de silencio eléctrico, apartaba la vista y seguía caminando como si nada. No era indiferencia. Era todo lo contrario. Era gritar “no me importas” con la falta de reacción más estudiada del mundo. Bugs, por su parte, ya no intentaba saludarlo. Las orejas se le caían cada vez que veía a Daffy. Al principio intentó sonreír, intentó un “hola” tímido, intentó cruzar su camino por casualidad. Pero Daffy pasaba de largo como si Bugs fuera invisible. Y cada vez que ocurría, Bugs sentía un pinchazo en el pecho. Sus amigos notaban que algo iba mal. –Todavía no lo superas, ¿verdad? –le preguntó Lola una tarde, sentados en el césped del patio. Bugs tardó en responder. Miró la copa de los árboles. –No se trata de superarlo –dijo al final–. Se trata de que cada vez que lo veo me acuerdo de por qué lo dejé. Y cada vez que me acuerdo, siento que fui un cobarde. –No fuiste un cobarde. Fuiste sensato. –¿Sensato? –Bugs soltó una risa amarga–. Dejé a la persona que más he querido porque no supe cómo ayudarlo y mantenerme a su lado. Eso no es sensato. Eso es rendirse. Tal vez pude cambiar algo de mí… si yo soy el problema. Lola no supo qué responder. Le puso una mano en el hombro. –Eres tan bueno en tantas cosas que pareces perfecto en todo, pero no lo eres –dijo–. Y no tienes por qué serlo. Hiciste lo que pudiste. Y aunque aún falta, Daffy estará mejor. Dale tiempo para que recupere un poco de perspectiva y volverán a estar juntos. O no. Pero pase lo que pase, no es tu culpa. Bugs asintió, pero no le creyó del todo.***
A los dos meses de empezado el curso, Porky, siempre Porky, el pacificador, el que no soportaba ver a sus amigos hechos pedazos, tuvo una idea. –Vamos a hacer un intercambio de cosas –anunció en el grupo de chat del curso–. Cada uno trae cosas que ya no use. Libros, ropa, música, lo que sea. Así nos hacemos favores y de paso vaciamos armarios. No dijo que la idea era específicamente para que Bugs y Daffy tuvieran una excusa para verse sin que pareciera forzado. Pero todos lo sabían. Todos menos ellos, quizá. Llegó el día. El gimnasio polideportivo estaba lleno de mesas plegables con carteles escritos a mano. Daffy llegó el primero con una caja de cartón que había sacado del fondo de su armario. Adentro estaba una sudadera de Bugs, un libro de poesía que Bugs le había regalado y una colección de notas post-it que Bugs le había ido dejando en la mochila durante su relación. Entonces Bugs se le acercó. –Todavía tienes mi sudadera favorita –dijo, señalando con la barbilla la caja de Daffy. –Y tú tienes mi póster de La Naranja Mecánica –respondió Daffy, señalando a su vez la caja de Bugs. El tubo de cartón asomaba como un testigo incómodo, con una esquina de papel asomando–. Ese póster me costó tres meses de paga. –Lo sé. Por eso no lo he tirado. Puedes tomarlo. Yo solo quiero la sudadera. Se quedaron en silencio. Luego, sin mediar palabra, hicieron el intercambio. Daffy sacó la sudadera de su caja y se la dio a Bugs. Bugs sacó el póster del tubo y se lo dio a Daffy. Sus dedos se rozaron por un segundo. Un segundo que se alargó como una eternidad. Ambos sintieron la electricidad del roce. Ambos la ignoraron. –Gracias –dijo Bugs. –De nada –respondió Daffy. Y se dieron la vuelta. Cada uno caminó hacia su lado con el corazón latiendo demasiado rápido.***
Esa noche, Daffy cerró la puerta de su habitación con llave. Sacó el póster de La Naranja Mecánica del tubo de cartón. Lo desenrolló con cuidado, casi con ternura, como si fuera algo sagrado. Lo colgó sobre su cama. –Bugs lo ha guardado todo este tiempo –pensó–. No lo tiró. No lo olvidó. A unos kilómetros de distancia, en su propia habitación, Bugs también estaba despierto. Había puesto una fotografía de él con Daffy en la feria donde antes había estado el póster porque necesitaba algo de Daffy a la vista.***
Las semanas siguientes fueron un ritual de miradas y evasiones. Se encontraban en los pasillos y fingían no verse. Compartían aula en tres asignaturas y se sentaban lo más lejos posible. En el comedor, Daffy comía con Porky y Speedy; Bugs con Lola, Piolín y Taz. A veces sus miradas se cruzaban por encima de las bandejas, y ninguno de los dos era capaz de sostenerla más de un segundo.***
Una tarde, en la biblioteca, Daffy estaba estudiando en su rincón habitual cuando Bugs apareció en la puerta. Llevaba un libro de biología en la mano, pero no parecía tener prisa por sentarse. Se miraron. Cinco segundos. Diez. –¿Necesitas algo? –preguntó Daffy, con una voz que intentaba sonar neutra y salía tensa. Bugs dudó. –No. Solo buscaba sitio. –Pues no lo encontraste. Fuera. Bugs no se fue. Se quedó allí un momento más, con los labios entreabiertos, como si quisiera decir algo y no se atreviera. Finalmente, dio media vuelta y se fue. Daffy se quedó mirando la puerta por la que había desaparecido. Apretó el bolígrafo con tanta fuerza que casi lo partió por la mitad. Porque estaba molesto, pero no tanto con Bugs como lo estaba consigo mismo. Porque aunque él no hubiera escuchado las palabras de Lola, ellas se estaban haciendo realidad. Daffy se estaba dando cuenta de que su lucha por intentar cambiar nunca fue realmente por Bugs o por sus amigos, sino por demostrarse algo a sí mismo sobre su valor. Y en el intento, en vez de apreciarse, se devaluó. Eso fue algo muy estúpido. Y no sabía cómo acercarse a Bugs y pedir otra oportunidad. Por orgullo, pero principalmente por miedo. Porque la inseguridad aún se colaba y tal vez a Bugs sí le importaba el qué dirán.