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Día 2: Shibari Shibari es el arte japonés sobre técnicas de atadura sensual, pero en el siglo XVIII no existía formalmente con ese nombre, sino como Hojōjutsu, un arte marcial consistente en la inmovilización de prisioneros, su primitivo antecesor. [Minos x Anna] Inframundo, Ptolomea. Anna dudó en atender el llamado de su señor para que fuera a sus aposentos. Él apenas había regresado de una misión de varios días, y era muy probable que trajera demasiadas ganas de jugar con ella. Lo que la ponía nerviosa, pues el Espectro era demasiado intenso en sus comportamientos. Ser una monja defectuosa y conservar su libre albedrio, fue algo que jugó en su contra. No era una muñeca sin voluntad como las demás sirvientas, lo que la convirtió en el objeto de interés de Minos cuando éste la descubrió. A cambio de no matarla, la coaccionó para convertirla en su sierva personal y marioneta de juegos, lo que se traducía como, ser su juguete sexual. No era muy justo, pero tampoco podía quejarse, pues los “privilegios” que tenía no eran gratis. Contaba con la protección de Minos, comodidades extra, y ningún otro Espectro podía tocarla ni ordenarle nada, excepto quizás, Pandora y los otros líderes. Pero ellos casi nunca estaban en el inframundo. Entonces, no le quedaba más remedio que obedecer. … El Grifo caminaba de un lado a otro con paso lento y metálico, debido al sonido de su Sapuri. Anna podía escucharlo muy bien, pues lo hacía a su alrededor, mientras revisaba aquel estúpido rollo de papiro, y ella permanecía atada y suspendida en el aire. Tuvo mala suerte ese día, pues tocaba limpieza en Ptolomea, justo cuando Minos volvió de aquella misión en algún país de Oriente, trayendo con él varias cosillas que le llamaron la atención. Entre ellas, un pergamino con imágenes de extrañas prácticas, que incluían ataduras especiales para inmovilizar prisioneros. —No le entiendo a sus estúpidos símbolos, pero las imágenes son suficientes— había dicho, dirigiéndole una sonrisa perversa cuando ella ingresó a sus aposentos. Y ahora estaba aquí, siendo partícipe involuntaria de un extraño juego que incluía estar suspendida en el aire por sus hilos infernales. El desgraciado juez deseaba poner en práctica aquellas exóticas ataduras sobre su cuerpo y ver qué sucedía. Pero, a falta de la cuerda especial que usaban en aquel lejano país, Minos decidió modificar su propia técnica. Los hilos de cosmos fulguraban en un suave tono violáceo. No la lastimaban, pues la cantidad era la suficiente, convirtiéndose en gruesas cuerdas que la envolvían de una manera muy particular. El hábito negro que usaba ya se había rasgado debido a la fricción, dejando expuesta gran parte de su piel. No obstante, la posición en la que estaba no era muy cómoda. Tenía los brazos atados por detrás de la espalda, mientras que sus piernas estaban dobladas y amarradas hacia su pecho, dando la impresión de que permanecía arrodillada y agachada hasta casi tocar el suelo. Pero no lo hacía, pues los filamentos la mantenían colgando en el aire, a más de un metro del piso. —Señor, ¿Puedo saber por qué hace esto? — lanzó la pregunta con algo de duda, hacia donde creía estaba, ya que un pequeño lienzo le vendaba los ojos. —Si me lastima, ya no podré complacerlo. — El aludido sonrió con diversión, acercándose a ella. La monja era su marioneta preferida para éste tipo de juegos, pues en el inframundo no había mujeres disponibles. Así que la cuidaba como un precioso juguete. Su juguete. —Sabes que no te haré daño si te portas bien— dijo con malicia, botando el papiro por ahí. —Ahora, no hables. — Anna sintió que le colocaba algo en la boca. Su forma era esférica, olía a madera y estaba muy bien pulido. Tenía unas correas laterales que Minos ató por detrás de su nuca. Ahora no podría emitir palabra alguna, pero sí gemir. Cuando ella notó la cosmoenergía del Espectro vibrando ligeramente, supo que estaba moviendo sus dedos para manipular las sobrenaturales hebras. Un jadeo se le escapó cuando las ataduras se arrastraron sobre su piel. En especial las que estrujaban sus pechos y las que rozaban su entrepierna. Sintió que la respiración se le atoraba en la garganta cuando la estimulación fue en aumento, pues cada cuerda estaba perfectamente ubicada en las partes más sensibles de su cuerpo. Minos quería saber por qué era tan especial aquella práctica Oriental, pues había tenido que pagar una buena cantidad de dinero para que le vendieran ese pergamino tan detallado. El gemido entrecortado de Anna le dio la respuesta. Otra sonrisa perversa decoró su rostro. —Que divertido— se acercó más a la mujer. —Veamos qué tan útiles son estos nudos— lamió la comisura de los labios femeninos, recogiendo el hilillo de saliva que empezaba a filtrarse de su boca. La monja sólo pudo ahogar un grito al sentir que uno de los nudos se restregaba con intensidad entre los pliegues de su feminidad. Aquel juego con cuerdas era algo que jamás en su vida había experimentado, y seguramente el juez tampoco. Esta sería una tarde muy larga.***
Gracias por leer. 2/Octubre/2024