Prisión Color Plata

Slash
NC-17
En progreso
5
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 23 páginas, 9.573 palabras, 3 capítulos
Descripción:
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Capítulo 1

Ajustes
El corredor que iba de las mazmorras hacia el comedor amaneció iluminado con un tenue brillo plateado gracias al campo mágico que un muérdago colgado a media altura proyectaba. Campo mágico que Severus Snape, quien iba recorriendo dicho pasillo con la nariz enterrada en “Mil Melodías Mágicas y sus Contrahechizos Avanzados”, no notó hasta que fue demasiado tarde. El impacto fue suave, como caminar contra una telaraña. Pero en el instante en que entró en el campo, la cúpula de luz lo atrapó, dejándolo encapsulado en un área de dos metros sin opción a salir a menos que recibiera un beso que rompiera el hechizo o esperara veinticuatro horas de humillación hasta que el hechizo se desvaneciera, dejándolo salir con la certeza de que nadie lo besaría ni por compasión. Severus apretó el libro contra su pecho cuando se dio cuenta de su predicamento. Probó un Diffindo contra la barrera aunque sabía que no serviría. Después un Finite Incantatem. En ambos casos no ocurrió nada. Se sentía miserable, pero no tan miserable como cuando escuchó la primera risa. —¡Miren! ¡Alguien cayó en el hechizo del muérdago! —gritó un Ravenclaw de cuarto año. Una Hufflepuff se dobló de la risa al pasar. Dos Gryffindor de tercero fingieron darse besos cerca de él, haciendo muecas exageradas. Al principio todos se reían como adolescentes hormonales a los que el prospecto de una persona siendo besada les causaba una presión extraña en el abdomen. Pero cuando veían que el capturado era Severus Snape, sus risas tomaban una nota de crueldad porque nadie dudaba que estaría ahí las veinticuatro horas. Severus decidió ignorarlos a todos y enterrar de vuelta la nariz en su libro. Su rostro pretendía indiferencia, pero su mente era un torbellino. Sabía lo que todos veían y pensaban en lo poco atractivo que era. En su nariz ganchuda, en su pelo grasiento pegado a sus sienes, en sus dientes amarillentos y en su expresión de vinagre perpetuo. Entonces, y como era de esperarse, James Potter se detuvo frente a él con una sonrisa de tiburón y silbó. —¿Un muérdago encantado? Ay, Snape. ¿Qué vas a hacer? Ni siquiera tu mano izquierda te besaría. Remus Lupin suspiró, incómodo, pero no dijo nada. Peter Pettigrew se rió con una nota chillona. Y Sirius Black, hermoso y cruel como un ángel caído, se inclinó hacia la barrera, juntó los dedos pulgar e índice, y los llevó a sus labios con una sonrisa ladeada. —¿Quieres que pida un voluntario? —dijo en voz alta y, al hacerlo, todos los curiosos giraron el rostro para que a Sirius no se le ocurriera inmiscuirlos—. Para que no pases todo el día y la noche aquí solo… como cada día de tu vida —agregó con una sonrisa cruel—. ¿Nadie? —Sirius fingió un gesto de pena—. Claro, es mucho pedir de otros algo que ni yo mismo haría. Soy alérgico a las alimañas rastreras. Sirius se echó hacia atrás, carcajeándose, y el grupo siguió su camino como una manada de lobos satisfechos. Severus sintió un vacío grande en el pecho. La humillación no era nueva y, considerando que estaba inmovilizado para defenderse o huir, su mejor apuesta fue guardar silencio. Mirar a los Gryffindor con odio puro y después continuar ignorando a todos. El corredor se fue vaciando conforme los alumnos terminaban el desayuno e iban a clases. Severus no tenía idea de cómo se las arreglaría con las clases cuando uno de los prefectos de Slytherin, Cassius Warrington, le avisó que los profesores ya estaban enterados de su problema, que no podían hacer nada, así que estaba excusado de clases hasta el día siguiente. Todo eso lo dijo sin molestarse en ocultar una mueca de diversión mal disimulada antes de girarse y dejarlo solo. —Suerte —dijo con una nota de burla, y sin embargo fue la persona más amable hasta ahora. “Suerte”, pensó Severus con amargura. Eventualmente un elfo doméstico apareció con un chasquido, cargando una bandeja con comida y bebida humeante. —Doroty no quería que el señor Snape pasara hambre, no ha comido. Lo sentimos tanto —susurró la criatura, dejando la comida en el suelo junto a él, sus grandes ojos llenos de una compasión que a Severus le resultó casi insoportable. Severus no dijo gracias. Asintió con un leve movimiento de cabeza y, cuando la elfa desapareció, comió con movimientos mecánicos. Un par de horas después Severus sintió la vejiga llena. La humillación máxima sería orinarse encima, a la vista de cualquiera que pasara. Así que se apuntó con la varita, murmuró un hechizo y sintió cómo la necesidad se desvanecía, reemplazada por una presión extraña en el bajo vientre. Intervenir con sus funciones corporales ahora implicaba que al día siguiente estaría estreñido y pasaría horas en el baño con calambres y sudor frío. Pero no tenía otra opción. Las horas transcurrieron con lentitud. Cuando el sol de diciembre comenzó a teñir de naranja los vitrales que daban al pasillo, la elfa volvió a aparecer ahora con su comida, y cuando llegó la noche, con la cena. En ninguno de esos momentos las risas del resto de los alumnos pararon, pero, al menos, a la hora de la cena la novedad de ver a Snape atrapado ya se había acabado y ya casi nadie se detenía a señalarlo y reír. Llegada la noche, el pasillo quedó completamente vacío. El silencio era tan denso que Severus podía oír su propia respiración. Y entonces la oscuridad y el aburrimiento hicieron que el rostro de Sirius Black apareciera en su mente con la claridad de un espejismo cruel. Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser. Lo odiaba por las bromas, por las risas, por los apodos, por ser tan deslumbrantemente hermoso que le dolía físicamente mirarlo. Pero sobre todo, lo odiaba porque esa noche, atrapado y solo, no podía dejar de pensar en lo mucho que hubiera deseado que, aunque fuera una broma, sí se hubiera atrevido a besarlo. Ahora tomaba incluso que él fuera quien lo liberara. Había hecho las paces con su bisexualidad en cuarto año, mientras observaba al buscador de su equipo levantar la camiseta para secarse el sudor después de una sesión de entrenamiento. Pero eso fue un flechazo pasajero. Sirius era... otra categoría. Sirius era una mierda de persona, pero también era el heredero de la Casa Black que había escupido en el altar de su propia sangre. Tenía una belleza agresiva, peligrosa. Era sangre pura de linaje antiquísimo, y su magia era tan poderosa que a veces, cuando lanzaba un hechizo, el aire mismo parecía inclinarse ante él. Pero era claro que ni en su más retorcida y vomitiva fantasía oculta Sirius lo besaría. Porque Severus era... se miró las manos. Pálidas. Dedos largos y huesudos, como arañas. “Feo”, completó el pensamiento. “Soy feo. Y pobre. Y medio sangre.” Sirius lo odiaba. Lo había dejado claro una y otra vez. El odio de Black era implacable, creativo, casi un arte. Lo humillaba en público, lo ninguneaba en privado, y si Severus alguna vez fuera tan estúpido como para confesar lo que sentía... Black se reiría. Y él merecería cada risa por ser masoquista. Por desear exactamente lo que le destruía. Por fin el cansancio lo hizo recostarse sobre el duro suelo. El frío de la piedra se filtraba a través de su ropa, pero Severus había conjurado un tenue Caloris sobre sí mismo antes de dormitar, lo suficiente para no tiritar. Las losas mordían sus caderas huesudas y su espalda, y llevaba horas con el cuello torcido en un ángulo que le prometía una tortícolis al amanecer. Pero estaba demasiado agotado emocionalmente como para preocuparse por eso. Se durmió. Fue una opresión invisible que lo inmovilizó antes de que su cerebro consciente pudiera procesarlo lo que lo despertó. Hechizo de amarres, alcanzó a reconocer su mente lentamente a través de la bruma del sueño. Intentó abrir los ojos y descubrió con horror que no veía nada. Ni siquiera la tenue luz plateada que el muérdago proyectaba. Todo era oscuridad absoluta. El pánico le subió por la garganta como bilis. Severus se incorporó como pudo considerando los amarres. Su respiración se aceleró y movió la cabeza de un lado a otro, los ojos abiertos y ciegos, inútiles. El corazón le golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado. —¿Quién anda ahí? —su voz no salió tan fuerte como esperaba, sino como un ronquido bajo, suave e inútil. Su capacidad de gritar también había sido restringida por un hechizo. Prácticamente estaba indefenso. Entonces sintió una mano en su cabello. Dedos largos, de yemas firmes, se enredaron en sus mechones con una seguridad que heló su sangre. Pero no tiraban con brutalidad. Severus contuvo el aliento. —¿Quién eres? ¿Suéltame? El calor de un cuerpo se acercó. Sintió el pecho de alguien, ancho, musculoso, innegablemente masculino; presionándolo contra la barrera, inmovilizándolo. Una sombra sobre él. Y entonces, un aliento cálido, húmedo e intencional contra el borde de su oreja. Quedó paralizado. No supo si por el miedo o por esa cercanía que ninguna persona le había ofrecido nunca. —¿Qué haces? “Va a decir algo”, pensó. Una amenaza. Un insulto. Una burla. Pero en lugar de palabras, sintió unos labios en su lóbulo. Se estremeció. Intentó alejarse pero no logró nada. En su lugar solo dejó escapar un jadeo mitad sorpresa, mitad asco, porque no tenía idea de quién se le acercaba tanto. Entonces la otra mano que no le sostenía la cabeza lo empezó a tocar por encima de la ropa, y cuando no fue suficiente para esa mano para sentirlo, la otra también lo acompañó. Al verse libre del agarre en su cabeza, Severus debió poder haberse movido un poco más para resistirse, pero para que no se moviera, la persona que lo había atrapado decidió darle un mordisco en el cuello. No de manera romántica, sino brusca, que le hizo lanzar un grito de dolor. —Duele, suéltame, mierda, déjame —Severus casi sollozó. Pero quien lo agarraba no tenía la intención de hacerle caso; en su lugar continuó recorriendo su cuerpo sin su permiso. Fue de su espalda a su pecho y después a sus muslos. Severus agradeció que la cuerda que lo amarraba no le permitiera al otro colar sus manos debajo de su ropa porque estaba seguro de que, de haber podido, lo habría hecho. En especial cuando una de las manos que lo acariciaba no se contentó con solo apretar sus muslos y en su lugar fue directo a su entrepierna y lo apretó fuerte para poder sentir todas las formas de su anatomía. Escuchó su jadeo mezclado con el de su atacante, y la impotencia lo hizo sentir sus ojos llenarse de lágrimas. —Jódete, hijo de puta, suéltame… Iba a seguir quejándose, pero entonces el beso llegó sin aviso. Directo contra su boca. Severus emitió un sonido ahogado de protesta; su cuerpo se tensó como una cuerda de violín. Trató de apartar la cara e incluso morder, pero una mano volvió a su cabello y lo sostuvo en su lugar, y la otra lo sostuvo con fuerza de la quijada, enterrando sus dedos en la piel de sus mejillas, haciéndole imposible intentar morder sin lastimarse. No había dónde huir. El beso fue feroz al principio. Hambriento, casi violento. Pero luego, cuando Severus se rindió y dejó de resistirse, se hizo más lento. Más profundo. La lengua trazó el borde de sus labios con una paciencia que dolía. Y entonces, con un sonido de cristal rompiéndose a baja frecuencia, casi un suspiro, la barrera del muérdago se desintegró. Sin el soporte detrás de él, Severus cayó de espaldas, con el otro encima de él. El golpe fue seco. Su nuca rebotó contra la piedra y por un segundo vio estrellas, o eso creyó, porque seguía ciego. El desconocido puso las rodillas a cada lado de sus caderas, las manos plantadas en el suelo junto a su cabeza. "Va a seguir tocándome", pensó Severus con terror. Pero solo recibió otro beso. Más corto esta vez. Casi tierno. Como un punto final. Y luego, el peso se fue. Los pasos del desconocido se alejaron. Severus quedó tendido en el suelo, boca arriba, los brazos a los costados, los ojos ciegos abiertos. Su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes, en la garganta, en el vientre. El hechizo de las cuerdas se desintegró; después el de ceguera se disipó lentamente, como un velo que se levantara. Primero distinguió sombras y luego las formas del techo del pasillo. Estaba libre. Podía moverse. Irse. Pero no lo hizo. Se quedó allí, en el suelo frío, mientras el eco de esos labios aún le ardía en la boca. Su mano izquierda subió temblorosa hasta rozarse los labios, aún húmedos. “¿Quién demonios?” Cuando sus piernas dejaron de temblar y pudo ponerse de pie, lo hizo con un movimiento inestable pero con la cabeza alta, recogió su libro y caminó hacia la mazmorra. Cuando llegó a la sala común, esta estaba vacía; solo las llamas verdes de la chimenea iluminaban los sillones de cuero negro. El reloj en la pared marcaba las cuatro de la madrugada. Para su mala suerte, sus compañeros de dormitorio se despertaron cuando llegó. Él había intentado no hacer ruido, pero probablemente estaba tan en shock que ni siquiera se dio cuenta de que sí lo hizo. —¿Snape? —la voz de Avery sonó confusa, casi grosera—. ¿Qué mierda haces aquí? Severus entró sin mirar a nadie. Se concentró en las cuatro camas con cortinajes verdes. La suya, la más apartada junto a la ventana que daba al fondo del lago. —El hechizo —dijo Mulciber desde su litera, incorporándose—. No tenía que liberarte hasta después del desayuno. ¿Cómo es que te saliste de ahí? Silencio. Severus sintió cómo los ojos de todos recorrieron su figura encorvada, su ropa arrugada, su cuello. Se preguntó si se notaba que lo habían atacado. Sus labios estaban ligeramente hinchados, aún sensibles. —Alguien te besó —dijo Rosier, y no fue una pregunta. Fue una acusación. La risa de Avery cortó el aire como un cuchillo desafilado. —¿A quién? ¿A él? Por favor —se reclinó en su cama, cruzando los brazos detrás de la cabeza—. Más fácil que el techo de la Gran Comida gotee sangre de dragón. Alguien lo liberó con un contrahechizo, seguro. O el profesor Flitwick se apiadó. —Los profesores no pueden —murmuró Mulciber, pero su tono ya era dubitativo. Severus tiró de la cortina de su cama con un gesto brusco. —No tengo que dar explicaciones a nadie —escupió, y aunque su voz sonó firme, notó el temblor en sus manos al desabrocharse la túnica. El silencio que siguió fue peor que las risas. Era un silencio cargado de incredulidad, de diversión mal disimulada. Sabiendo que no podría dormir y con la idea de que tenía que quitarse esa sensación de manos sobre él, decidió que era mejor ir al baño. Cerró la puerta con un chasquido que resonó y se apoyó en el lavabo. El espejo le devolvió una imagen patética: ojeras moradas, piel cetrina, el pelo enmarañado y grasiento, y los labios sí, hinchados. Rojizos; pero lo peor era su cuello, lo habían atacado horriblemente. Marcas de dientes rojas que seguro se pondrían moradas. "Parece que tengo una enfermedad", pensó. No un beso. El agua de la ducha le ayudó un poco a borrar la sensación de esos labios contra los suyos, pero le tomó mucho tiempo. Además también tuvo que usar el contrahechizo para poder ir al baño; lo único bueno fue que, como no tuvo que esperar las veinticuatro horas, el dolor fue agudo pero no insoportable. Cuando terminó sus asuntos en el baño, sus compañeros ya dormían o fingían hacerlo. Él, en cambio, aunque se acostó para tal vez dormir un par de horas, no lo logró. Llegada la mañana, decidió que no quería desayunar y que se presentaría directo a la primera clase, con la bufanda firmemente enredada alrededor de su cuello para que nadie viera las mordeduras. Y aunque eso le evitó escuchar comentarios desde temprano, no evitó que los escuchara después porque la noticia de que la barrera había caído antes de tiempo recorrió el castillo como pólvora encendida. Durante las clases sus compañeros solo lo miraron, pero a la hora de la comida, cuando cruzó las puertas dobles, sintió cómo el ruido bajaba de volumen, como una aguja que se detuviera sobre un disco. cuarenta o cincuenta pares de ojos se clavaron en él. Algunos con curiosidad, otros con diversión, la mayoría con esa lástima disfrazada de desprecio que tanto conocía. Nadie dijo nada. Severus caminó con la espalda rígida hasta la mesa de Slytherin, tomó asiento y sirvió un vaso de jugo de calabaza con mano temblorosa. No miró a nadie. Fingió que los cuchicheos no eran sobre él. Pero los oía. —Dicen que un elfo doméstico lo besó. —No, fue Peeves, para gastarle una broma. —Una amiga de Ravenclaw jura que fue el fantasma de la Dama Gris, que se equivocó de pasillo. —Seguro fue un perro callejero. —O un trasgo. Las risas ahogadas le taladraban los oídos. La humillación le subió por el cuello como una urticaria, enrojeciéndole las mejillas. Apretó la mandíbula y se obligó a morder un trozo de pan. “Mejor que se rían de eso”, pensó. Mejor que crean que fue un elfo. Eso dolía menos a que todos supieran que alguien lo tocó sin siquiera preguntarle. Si lo decía… Dudaba que alguien le creyera que eso pasó. Probablemente, si se atrevían a especular que un mago o bruja lo besó, dirían que Severus rogó o incluso ofreció algo a cambio.
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