Prisión Color Plata

Slash
NC-17
En progreso
5
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Midi, escritos 23 páginas, 9.573 palabras, 3 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
5 Me gusta 3 Comentarios 3 Para la colección

Capítulo 2

Ajustes
Al finalizar la comida, sus pies lo llevaron hacia la puerta que daba al patio cubierto. Y entonces los oyó. A los Merodeadores. —...no, en serio —la voz de James Potter, alegre y cortante, resonó en el hueco de la escalera—. Seguro Snape se pasó la noche entera suplicándole a un elfo doméstico. "Por favor, solo un besito, nadie más me quiere". ¿Te lo imaginas? Remus Lupin medio bufó. —James, no pongas esas imágenes en mi cabeza. —Es la única explicación —continuó James—. ¿Quién más iba a besar a esa cosa asquerosa? Sirius estaba recostado contra la barandilla, el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros, los brazos cruzados sobre el pecho. Su mandíbula estaba tensa. No reía. Pero sus ojos grises brillaban con una intensidad que nadie parecía notar. —¿Estás seguro de que el hechizo desaparece si se besa con otra especie? Porque, si no, ¿quién anda por ahí a las cuatro de la mañana besando a Snape? James lo desestimó. —¿De verdad crees que algún alumno de verdad se atrevió? Sirius soltó una especie de bufido. Entonces James giró la cabeza y por fin vio a Snape. Su sonrisa se amplió hasta convertirse en una mueca de depredador. —¡Hablando del rey de los sapos! —exclamó—. Miren, aquí viene el señor "Bésame, por favor". Cuéntanos, Snape —James se interpuso en su camino, con los brazos abiertos en falsa bienvenida—. ¿Te gustó tu cita con el elfo? Sirius también se acercó. Dio un rodeo lento, calculado, hasta quedar a espaldas de Severus. Luego se detuvo. —Déjalo, James —dijo Sirius, y su voz era toda falsa indiferencia—. No fue un elfo. —Se inclinó ligeramente, lo suficiente para que su aliento rozara la oreja de Severus, y susurró—. Lo que pasó fue que tuviste que hincarte y rogar por un beso a otro alumno, ¿verdad? ¿Qué te pidió a cambio? Debió ser algo grande, porque se necesita mucho para superar el trauma de tocarte. Severus se tensó. Cada músculo de su cuerpo se puso en alerta. —Quítate, Black —gruñó, sin girarse. Retando a James con la mirada. —Oye, que no es burla —Sirius alzó las manos en un gesto de inocencia fingida, pero sus ojos brillaban con un fulgor peligroso mientras caminaba de nuevo para quedar frente a él, haciendo a un lado a James. —Es curiosidad académica. Tú, el ermitaño de las mazmorras, el que nadie tocaría ni con un palo de escoba... alguien te besó. Tienes que admitir que es fascinante. ¿Quién fue? ¿Un Hufflepuff con muy mala vista? ¿Un Ravenclaw que perdió una apuesta? ¿Un enfermo terminal que necesitaba tus pociones? La sonrisa de Sirius se ensanchó, pero no llegaba a sus ojos. Había algo rígido en sus hombros. —Sé que estás aburrido con la tuya, pero ¿desde cuándo te interesa tanto mi vida? —Severus por fin pudo hablar. —No me interesa —repitió Sirius, y esta vez la negativa sonó casi defensiva—. Solo quiero saber para poder reírme con propiedad. ¿De qué me sirve una buena humillación si no tengo los detalles? —Se inclinó hacia Severus—. Vamos, Snape. Dime. ¿Quién fue tan desafortunado como para poner sus labios en tu cara de... Hizo una pausa. Sus ojos recorrieron el rostro de Severus con una lentitud que no era burlona. Era otra cosa. Algo que Severus no supo nombrar pero que le heló la sangre. —...en tu cara —terminó Sirius, y su voz había bajado un tono. Severus lo miró fijamente. Vio los ojos grises, demasiado cerca. Vio el brillo de algo que podía ser odio, pero también podía ser... no, no iba a permitirse pensar en eso. —No es asunto tuyo, Black —respondió, y su voz sonó fría, neutra, aunque por dentro temblaba. Se apartó con un movimiento brusco, esquivando el brazo de Sirius, y caminó rápido para alejarse. —¿Ves, Sirius? Ni siquiera él quiere decirlo. Qué vergüenza debe darle haber besado a un elfo. Y entonces, la voz de Sirius, baja, tensa, con un filo que no logró disimular del todo, dijo —O tal vez... quien lo besó no quiere que se sepa. Severus bajó las escaleras hacia la mazmorra con las manos temblorosas hundidas en los bolsillos y el corazón latiendo rápido porque Sirius había estado muy cerca. “Odio sentir esto”, pensó. “Odio ser tan patético.” Severus logró sobrevivir al resto del día; pero el siguiente fue peor, porque en lugar de que la gente olvidara el incidente, empezó a correr el rumor de que habían visto a un alumno recorriendo los pasillos donde Snape había estado la noche del beso. Uno que coincidía mucho con la descripción de Regulus Black. "¿Ya oíste lo de Snape?" "Dicen que lo besó un elfo" "No, un amigo de Ravenclaw jura que fue Regulus Black" "¿El hermano de Sirius? No jodas" "Por eso Sirius está tan callado hoy, seguro está furioso" Severus apretó la mandíbula y siguió caminando. Regulus. El rumor era absurdo. Regulus Black era un sangre pura de manual, más orgulloso incluso que su hermano, y jamás se rebajaría a besar a un mestizo de medio pelo como él. Pero los rumores tenían vida propia. Alguien había empezado a decirlo. No sabía quién. Pero ahora media escuela lo repetía. Si antes Sirius Black no lo había matado a hechizos, Regulus lo haría. Fuera como fuese, parecía que el destino de Severus era morir a manos de un Black. "Snape y Regulus. ¿Te imaginas? Los Black tienen un fetiche con él" Ese comentario venía de que todos entendían por qué James le tenía tanta manía a Snape, pero no lo tenían muy claro cuando se trataba de Sirius. La explicación lógica era que Sirius hacía todo para tener a James feliz, pero tratándose de rumores, las cosas siempre se descontrolaban. Cuando finalizó el último periodo, Severus se dirigió a la biblioteca. Necesitaba revisar un par de textos sobre antídotos para venenos de contacto indirecto. Y necesitaba, sobre todo, un lugar donde nadie lo mirara. No escuchó los pasos siguiéndolo. Pero sí sintió el hechizo que le golpeó la espalda. —Impetus Maxima. Severus salió volando hacia adelante y se estrelló contra la pared de enfrente con una violencia que le robó el aire. Su nariz chocó contra la piedra y sintió el crujido seco, el calor del sangrado inmediato, las lágrimas que brotaron por puro reflejo nervioso. “¿Me rompió la nariz?”, pensó, atontado. El dolor era una campana redoblando en su cráneo. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, una mano se aferró a su muñeca y lo jaló. No tuvo tiempo de resistirse. Sus pies arrastraron sobre la piedra mientras lo empujaban hacia una puerta de madera oscura que se abrió con un chasquido. El baño de prefectos. La puerta se cerró con un eco húmedo. Severus cayó de rodillas sobre el suelo de baldosas blancas, jadeando, la nariz goteando sangre sobre la túnica negra. Tardó varios segundos en recuperar la visión periférica. Levantó la cabeza. Sirius Black estaba de pie frente a él. No sonreía. No tenía esa mirada burlona que Severus conocía tan bien. Tenía los ojos grises casi negros, dilatados, y el pecho subía y bajaba como si hubiera estado corriendo. O conteniéndose. —Hola, Snivellus —dijo, y su voz era baja, ronca, peligrosa—. Hablemos. Severus intentó ponerse de pie. Sirius lo inmovilizó con un pie en el pecho. No con fuerza, pero con suficiente presión para que entendiera que no se moviera. —No voy a lastimarte —dijo Sirius, aunque todo en él contradecía esa afirmación—. Solo quiero que me digas una cosa. Una sola. Y luego te dejo ir. Severus escupió un poco de sangre a un lado. —Vete al infierno, Black. Sirius se inclinó. Su cara quedó a centímetros de la de Severus. Olía a sudor, a cedro, a algo metálico como la furia. —Dime quién te besó. —¿Por qué te importa? —No me importa —mintió Sirius, pero su mandíbula se tensó—. Me divierte. Y he oído... cosas. Rumores muy graciosos. —Su mano libre se cerró alrededor del collar de la túnica de Severus, levantándolo un poco—. Dime que no fue mi hermano. Severus hizo una mueca de dolor, pues cuando Sirius jaló su túnica hizo que la ropa se le incrustara en los moretones de su cuello. Ahora que ya había pasado el tiempo suficiente desde la lesión ya no necesitaba cubrirse con la bufanda y solo necesitaba utilizar un hechizo de glamour; pero, lamentablemente, este hechizo no podía hacer nada en contra del dolor. Sirius notó su expresión y, como era más brillante de lo que aparentaba, de inmediato lanzó un contrahechizo para desvanecer el glamour. Severus no tenía claro qué era lo que Sirius esperaba ver, pero claramente no eran los moratones en su cuello. —¿Quién te hizo eso? —preguntó con una voz mortalmente seria, y Snape sintió cómo la sangre se le helaba. —No es asunto tuyo. —Dime que no fue mi hermano —repitió Sirius. —Y si fuera él —dijo Severus, con una calma que no sentía—. ¿Qué te importa? ¿No fuiste repudiado por tu familia? Sirius lo soltó como si quemara. —¡No te metas con mi familia, maldito chupasangre! —bufó, y ahora sí, ahora el odio era real, ardiente—. A Regulus le falta gusto, pero eso no significa que tú puedas... —Se interrumpió, respiró hondo, bajó la voz—. ¿Fue él? Dime la verdad. ¿Fue Regulus? Severus lo miró. Podía negarlo. Podía decir la verdad. “No sé quién fue, estaba ciego, no vi su cara.” Podía decir que todo era producto de que alguien se aprovechó de su vulnerabilidad. Pero entonces vio los ojos de Sirius. Vio esa furia que no era solo odio. Vio algo retorciéndose detrás de la máscara de sangre pura ofendida. Y en lugar de negar, dijo —Pregúntale a él. Yo no te debo nada, así que déjame en paz. Su error fue evidente tan pronto las palabras escaparon de su boca. Sirius se quedó inmóvil un segundo. Luego agarró a Severus por la nuca y lo arrastró. La tina de los prefectos era inmensa, forrada con baldosas verdes que le daban al agua un brillo turquesa. Severus no supo qué estaba pasando hasta que su cabeza fue empujada bajo la superficie. El agua le quemó la nariz rota. El dolor fue instantáneo, cegador. Abrió la boca para gritar y el agua entró, llenándole los pulmones de fuego líquido. Sus brazos se agitaron, sus uñas rasguñaron los bordes de la tina, pero Sirius era más fuerte y pesado; y su mano en la nuca era como un grillete. Lo sacó justo cuando los puntos negros empezaban a invadirle la visión. Severus tosió, escupió agua, aspiró aire con un sonido húmedo y quebrado. Sus manos temblorosas buscaron el borde de la tina para sostenerse. El cabello le caía sobre los ojos rojos. Por un instante, un “algo” pasó por el rostro de Sirius. Como si ver a Severus así, temblando y mojado y sangrando, le causara algo que no esperaba. Pero se enderezó. Endureció la mandíbula. —¿Listo para responder? —preguntó. Severus levantó la cabeza y dijo —vete a la mierda. La mano de Sirius volvió a su nuca. El agua le golpeó la cara otra vez. Esta vez Severus se preparó mínimamente, contuvo el aire, pero el shock y el dolor de la nariz lo desorientaron. Duró más abajo esta vez. Siete segundos. Diez. Los oídos le zumbaban. Pensó en Lily. Pensó en su madre. Pensó que iba a morir ahogado por un maldito Black en el baño de los prefectos y que nadie lo encontraría hasta el día siguiente. Lo sacó. Severus tosió violentamente, arrodillado en la tina. Sirius estaba enrojecido. Su cabello oscuro se había soltado de su coleta y le caía sobre la cara. Su pecho subía y bajaba con una respiración agitada. —La última vez —dijo, y su voz tembló—. ¿Fue mi hermano, sí o no? Severus levantó la mirada y sonrió. Era una sonrisa fea, rota, llena de rencor. —Pregúntale a él —dijo de nuevo—. Tanto que te importa. Sirius lo agarró otra vez. El agua volvió a cubrir a Snape. Tercer sumersión. Cuarta. Para la quinta, Severus ya no luchaba. Solo flotaba bajo la superficie con los ojos abiertos, viendo el mundo distorsionarse en borrones verdes, preguntándose si Sirius se detendría antes de que dejara de respirar. Hasta que por fin lo soltó. Severus salió tosiendo, pero esta vez apenas. Su cuerpo estaba agotado. No podía ni sostener la cabeza derecha. Se desplomó contra el borde de la tina, la frente apoyada en la porcelana fría, los brazos colgando flácidos. —Terminaste... —jadeó—. ¿Ya? Sirius se quedó mirándolo. Algo en sus ojos había cambiado; probablemente ya había descargado toda su furia. Se puso de pie de golpe, retrocediendo un paso. Luego otro. La mirada desviada. —No quiero volver a verte cerca de mi hermano. ¿Me oyes, Snape? No quiero... No terminó la frase. Dio media vuelta y salió del baño, cerrando la puerta con un golpe seco. Severus se quedó allí, arrodillado en la tina, pensando que por un momento lo que había visto en la cara de Sirius era algo parecido a los celos. Salió del baño y no había recorrido ni la mitad del pasillo cuando una voz cortante lo detuvo. —Snape. Se giró con un movimiento lento pues aún estaba adolorido. Regulus Black acababa de doblar hacia el pasillo y lo examinaban con una frialdad que helaba. —Black —respondió Severus, con la voz ronca por el agua que aún le ardía en los pulmones—. ¿También tú has venido a fastidiarme? Porque si es así, forma una fila. Regulus no se inmutó. Camino hacia él con una lentitud deliberada y se detuvo a una distancia prudente. Demasiado prudente para alguien que pretendía amenazarlo. —En realidad —dijo Regulus, y su tono era tan plano que resultaba casi insultante—, pensaba buscarte para amenazarte y que dejaras de esparcir rumores sobre mí. No me hace gracia que asocien mi nombre con el tuyo. Pero parece que tú siempre andas haciendo estupideces, y alguien se me adelantó hoy. Severus apretó la mandíbula. —No fui yo quien empezó esos rumores. Regulus inclinó ligeramente la cabeza, estudiándolo. Sus ojos recorrieron el rostro de Severus y algo en su mirada se afiló. —Mi hermano te hizo esto—dijo Regulus, y no fue una pregunta. Severus no respondió. No hizo falta. Regulus soltó un suspiro, el primero atisbo de emoción que mostraba era resignación. —Yo no tengo la maña de andar paseándome en la noche por el castillo —dijo, como si hablara consigo mismo—. Pero Sirius sí. Y yo sé que no fui quien se te acercó esa noche. Así que, suponiendo que los rumores sobre la supuesta apariencia física de quién vieron rondando a esas horas cerca de ti sean ciertos... está bastante claro quién de los dos hermanos fue. Severus sintió cómo el corazón se le aceleraba. Una mezcla de esperanza y duda le retorció el pecho. —Tiene mucho que no hablo con Sirius, así que dile tú que no quiero que me metan en sus asuntos de... —hizo una pausa, buscando la palabra— masoquismo, o lo que sea que se traigan. Severus se irguió como si lo hubieran golpeado. —No tengo nada que hablar con tu hermano. —Claro que no. —Regulus rodó los ojos. —¿Entonces con quién te estuviste besuqueando? Severus sintió cómo la sangre se le subía a las mejillas. La humillación, la rabia y el agotamiento se arremolinaron en su pecho hasta que no pudo contenerlos más. —¿Qué mierda vas a saber tú? —escupió, y su voz se quebró—. Estaba durmiendo, ¿entiendes? Dormía. Y desperté atado, sin poder ver, sin poder gritar, sin poder hacer nada mientras alguien... —Se interrumpió. Tragó saliva. Sus manos temblaban—. Estoy cansado de que todo el mundo me pregunte y se meta en mi vida. Ayer nadie me hablaba porque era un perdedor. Y hoy no puedo dar dos pasos sin que alguien quiera saber quién me besó, quién me atacó, quién me hizo esto o aquello. —Su voz se hizo un hilo—. No creía que ser notado por el resto fuera tanto fastidio. Y entonces, sin poder evitarlo, las lágrimas le brotaron. No eran lágrimas de autocompasión. Eran de pura frustración. De agotamiento. De tener el cuerpo dolorido, la nariz rota, el cuello lleno de moratones, y ningún lugar donde esconderse. De saber que alguien se había aprovechado de él en la oscuridad y que ni siquiera tenía derecho a saber quién fue. Cerró los ojos con fuerza, avergonzado, esperando el insulto. La burla. Pero Regulus no dijo nada. Cuando Severus volvió a abrir los ojos, Regulus lo miraba con una expresión extraña. No era burla o desprecio. Era algo que Severus nunca había visto en un Black y ciertamente nunca había esperado recibir de nadie. Compasión. La expresión le duró solo un segundo. Luego Regulus parpadeó y su rostro volvió a ser una máscara impasible. Pero ese segundo fue suficiente para que Severus sintiera un nudo en la garganta más grande que antes. Regulus entonces enderezó los hombros, alzó la barbilla, y cuando volvió a hablar, su voz era otra vez fría, indiferente. —Aprende a caminar con los ojos abiertos —dijo—. Así no volverás a caer en ningún muérdago. Se giró como para irse. Pero entonces se detuvo y volvió a encararlo. Dio un paso hacia Severus, y antes de que este pudiera reaccionar, Regulus alzó su varita y murmuró un hechizo. Severus sintió un cosquilleo frío en el cuello, justo donde las marcas de dientes aún ardían. —Glamour —dijo Regulus, guardando la varita con un movimiento seco—. Si no quieres que la gente hable de ti, deberías cubrir eso de nuevo. —¿Por qué...? —empezó, confundido. —Ya tenemos mala reputación. No necesitamos que un mestizo medio muerto vaya mostrando las marcas que le dejó un Black. —Esto no fue tu hermano… —la voz de Severus tembló. Regulus dio otro paso para alejarse, pero volvió a detenerse. Esta vez, su voz fue más baja. Casi inaudible. —Sé que eres un prodigio con las pociones —dijo ignorando la réplica—. Pero si no tienes ingredientes para hacer algo para curarte, o no quieres ir con la enfermera... —hizo una pausa—. Puedes venir a mi habitación. Te daré una poción. Severus parpadeó, incrédulo. —Claro —dijo, con sarcasmo—. Ir a tu habitación va a ayudar mucho a que los rumores paren. Regulus se encogió de hombros. Por un momento, su máscara se resquebrajó lo suficiente para que Severus viera algo parecido a una sonrisa. —Pensándolo bien. Los rumores no me importan tanto. Y empezó a caminar. “El mundo está loco,” pensó Severus, mientras reanudaba el camino hacia la mazmorra. “Y Regulus Black es el más loco de todos.” Pensar que Sirius fue quien lo besó. Eso era algo imposible.
5 Me gusta 3 Comentarios 3 Para la colección
Comentarios (2)