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Severus no había planeado meterse en el bosque prohibido esa noche. Pero necesitaba ingredientes para su poción curativa que le permitiría borrar las mordidas, los moratones en forma de dedos en su nuca y la nariz rota que aún le dolía cada vez que respiraba demasiado hondo. No tenía ganas de ir con la enfermera y no estaba lo suficientemente loco como para acercarse a la habitación de Regulus. Prefería morir comido por algo a seguir siendo sujeto de rumores y humillación pública. Así que esperó a que el castillo estuviera en silencio, envolvió su bufanda alrededor del cuello, tomó su varita y salió por una puerta lateral. El bosque estaba más oscuro de lo que recordaba. O quizás era su estado de ánimo pintándolo todo de negro. Caminó con cuidado, pisando donde las raíces no sobresalían, siguiendo el sendero que conocía de otras incursiones nocturnas en busca de plantas prohibidas. Fue entonces cuando vio a los Merodeadores. Se agachó detrás de un arbusto espinoso y observó. No sabía qué estaban haciendo en el bosque a esas horas, pero cualquier cosa que fuera seguramente violaba medio reglamento y por supuesto los siguió. Los vio acercarse al círculo de piedras donde crecían unas flores azules que brillaban en la oscuridad. Las criaturas se apartaron. Los dejaron pasar. Los dejaron tomar las flores. Y después los vio ser sumergidos en un trance. Entonces sintió algo que no quería sentir. Miedo. No por él. Por ellos. Intentó controlarse porque él sabía que esas criaturas lo devorarían a él también si lo olían, pero le costó. La idea de que Sirius Black dejara de existir le apretó el pecho de una manera que no debía ocurrir porque Sirius era un idiota que le había roto la nariz y ahogado en una tina. Respiró aliviado cuando los Merodeadores se liberaron. Fue un alivio tan grande que casi le dieron ganas de llorar, y aún abrumado por sus sentimientos corrió detrás de ellos hasta el lago, donde se escondió detrás de unos arbustos. Solo para asegurarse... de algo. No debió seguirlos. Lo supo con certeza cuando se dio cuenta de que Sirius lo había visto. Pensó en correr y esconderse, pero había algo en el brillo de los ojos de Black que le dijo que si huía, le diría a sus amigos que lo había visto y los cuatro se lanzarían a la caza. Era una promesa de que si no se iba, solo Sirius iría tras él. No supo qué era peor, pero sabiendo que no tenía opciones se quedó plantado en el mismo lugar. Esperando a ver qué era lo que Black haría.Capítulo 3
21 de mayo de 2026, 21:15
Si los Merodeadores no hubieran estado tan ocupados con su propio proyecto, probablemente ellos habrían sido los que hubieran ideado colgar muérdagos encantados en los pasillos de la escuela. Eran exactamente el tipo de broma que a James Potter se le habría ocurrido, una trampa que sonaba romántica pero que en realidad era una condena pública para el pobre incauto que cayera.
Pero estaban ocupados. Llevaban semanas encerrados en la Sala de los Menesteres, rodeados de calderos humeantes y libros de pociones prohibidas que James había sacado de la biblioteca restringida. La poción de valentía, llamada Fortis Animus, resultaba más difícil de preparar de lo que habían anticipado.
Habían probado varios lotes y se habían turnado para ser los conejillos de indias. La primera vez fue James, que se puso morado. Literalmente morado, como un arándano gigante con gafas. Duró tres horas así y Remus no paró de reírse hasta que James amenazó con vomitarle encima.
La segunda vez fue Peter, al que le salieron escamas verdes y brillantes, como las de un pez, por todo el cuerpo. Peter lloriqueó durante una hora hasta que el efecto pasó y desde entonces miraba los calderos con desconfianza.
La tercera vez fue Remus. No le pasó nada físico, pero cada vez que abría la boca para hablar empezaba a echar burbujas de colores que flotaban por la habitación y estallaban con un sonido similar a un suspiro. Remus se rió de sí mismo aunque por el brillo en sus ojos se notaba que por un momento había tenido esperanzas de que esta tanda fuera la definitiva.
La cuarta versión la tomó Sirius. Con él realmente no pasó nada. Bebió la poción, esperó y no vio ningún cambio físico. Tampoco sintió los efectos deseados, esa valentía líquida que les permitiría enfrentarse a lo que venía sin dudar.
—Pues qué desperdicio —dijo Sirius, dejando el frasco vacío sobre la mesa—. Ni siquiera me salió un bigote de goma.
James frunció el ceño mientras revisaba sus anotaciones. —Eso significa que estamos cerca. El hecho de que no te haya dado ningún efecto secundario negativo quiere decir que la fórmula está casi lista.
—O que soy inmune a la valentía artificial porque ya soy muy valiente de por sí —dijo Sirius con una sonrisa ladeada.
—O eso —concedió James, aunque no pareció convencido.
El objetivo era claro. Querían ir al Bosque Prohibido para conseguir una planta llamada Flos Cor Fortis, la flor del corazón valiente, que crecía en lo más profundo del bosque. Según lo que habían leído, la planta tenía propiedades alucinógenas que podían calmar la mente y el cuerpo durante las transformaciones de hombre lobo. Si funcionaba, Remus podría pasar las lunas llenas con menos dolor y sus amigos un poco drogados, cosa que les interesaba mucho experimentar.
El problema eran los guardianes de la planta, unas criaturas llamadas Eidolones. Los Eidolones eran primos lejanos de los dementores. Eran criaturas que amaban comer la carne impregnada con el sabor del miedo. Así que si te cruzabas con ellos y dudabas, te devoraban el cuerpo entero y no dejaban ni un rastro de ti. Por eso necesitaban la poción. No porque dudaran de su valentía, porque eran Gryffindor y esa era toda su identidad, sino porque no podían permitirse temblar ni un milímetro. La poción era su seguro.
—Probamos de nuevo mañana —dijo James, cerrando el libro—. Con la última modificación. Y esta vez, Sirius, vuelves a ser el catador. Si no te pasa nada y además sientes el efecto, ya está.
Esa noche Sirius se despertó en mitad de la sala común. No recordaba haber bajado de la torre ni haber caminado hasta allí. El fuego de la chimenea ya se había apagado y solo quedaban brasas anaranjadas que iluminaban los sillones de cuero vacíos. Tenía las pantuflas mojadas, barro en los dobladillos de los pantalones y la cabeza nublada, como si acabara de salir de un sueño espeso del que no podía recordar nada. Sin tener claro cómo había llegado ahí, subió al dormitorio, se metió en la cama y se quedó mirando el dosel hasta que volvió a dormirse.
Al día siguiente no le contó nada a sus amigos. No porque fuera un secreto, sino porque le pareció irrelevante. El sonambulismo era aburrido y además tenía cosas más importantes en la cabeza.
Pero a la noche siguiente volvió a despertar en la sala común. Y a la siguiente en el segundo piso. Por eso, esa mañana decidió contarle a sus amigos y cuando Remus vinculó sus intentos fallidos de poción con los síntomas de Sirius, quien antes de ese momento supuestamente no había experimentado ningún síntoma, Sirius se encogió de hombros. No parecía ser nada grave, además por fin tenían la fórmula correcta y solo quedaba esperar al próximo viernes para escapar al bosque prohibido y ejecutar su plan. Así que nada más le importaba.
Fue esa misma mañana cuando se encontraron a Snape bajo el muérdago y cuando James empezó a burlarse, Sirius lo siguió. Dijo sus frases, hizo su número, sonrió cuando tenía que sonreír y se carcajeó como se esperaban que lo hiciera.
El sonambulismo hizo que Sirius experimentara un cansancio que lo mantuvo distraído el resto de ese día. O eso juró, porque claramente no estaba distraído porque le importara que Snivellus estuviera atrapado y que existiera la remota, casi nula, posibilidad de que alguien se decidiera a besarlo. Claro que no.
Esa noche Sirius soñó. No recordaba el sueño con claridad al despertar, solo fragmentos de él abrazando a alguien. Pero asumió que se trataba de un sueño normal y no un recuerdo de su sonambulismo porque a diferencia de las otras veces despertó descansando en su cama. Aparentemente por fin estaba libre de los efectos secundarios de una poción mal hecha.
Se alegró al despertar en su cama, en primer lugar por el obvio hecho de que ya no tenía que pasar sus días constantemente cansado, y en segundo lugar porque ese tipo de sueños donde una vez que despertaba sentía una euforia caliente recorriéndole el cuerpo y una especie de cosquilleo que le subía por la espalda y se le acumulaba en la entrepierna eran mejor tenerlos en la privacidad de su cama. No quería imaginarse despertándose a mitad de la sala común donde cualquiera pudiera verlo con una erección.
El buen humor con el que despertó se mantuvo hasta que se enteró de que Snape había sido liberado a mitad de la noche. Escuchó los rumores con fingida indiferencia pero estaba hirviendo por dentro. Diría que todo era por asco, pero no era cierto. Era algo que no quería examinar demasiado.
Creyó que fuera lo que fuera ese algo lo podía controlar, pero cuando el rumor cambió y todos empezaron a decir que Regulus había sido visto cerca del muérdago esa noche, Sirius sintió una rabia sorda y caliente que le apretaba las costillas y que no pudo controlar.
—Regulus no tiene tan mal gusto. Ese rumor no tiene ningún sentido —dijo James en un intento por detener la furia asesina de Sirius, quien iba en búsqueda de Snape para enfrentarlo. No por pena hacia Snape, sino porque esa noche irían al bosque prohibido y no podían arriesgarse a que Sirius fuera castigado. Pero Sirius lo ignoró.
El hechizo Impetus Maxima le salió más fuerte de lo que pretendía. Vio a Snape salir volando, estrellarse contra la pared de piedra y luego caer al suelo atontado, y Sirius se sintió mejor. Un poco. La rabia seguía ahí, pero al menos tenía un cuerpo frente a él sobre el que descargarla.
Arrastró a Snape hasta el baño de prefectos. Lo tiró al suelo. Le puso un pie en el pecho para que no se moviera y después lo "sacudió" un poco.
No se arrepentía. Bueno, quizás sí, un poco. Tal vez se había pasado al sumergirlo tantas veces bajo el agua. Pero Sirius se dijo a sí mismo que Snape solo tenía que haberle contestado cuando le preguntó quién lo había besado. Si hubiera sido honesto desde el principio, no habría llegado tan lejos.
Además, Snape era un fácil. Eso era lo que más le hervía la sangre. Seguro que se había dejado morder y besar sin oponer resistencia. Seguro que había hecho lo que fuera necesario para salir de ese muérdago, cualquier cosa que le hubieran pedido, porque no tenía el valor de quedarse allí toda la noche. Prefirió arrastrarse y ofrecerse a quien pasara con tal de liberarse. Le daba tanto asco que no podía ni mirarlo.
Pero no podía dejar de mirarlo.
Esa idea, la imagen de alguien tocando a Snape, de alguien besándolo y mordiéndolo, le hacía hervir la sangre de una manera que no podía explicar.
Cuando salió del baño y cerró la puerta de un portazo, se quedó apoyado en la pared del pasillo con los puños cerrados y la respiración agitada. La rabia no se le había ido. Estaba ahí, latiendo bajo su piel como un animal atrapado.
Comenzó a caminar sin rumbo, pasillo tras pasillo, sin saber adónde iba. Estaba mojado. El agua del baño le había empapado las mangas, parte del pecho y el pantalón, y el frío del castillo empezaba a calarle los huesos. Pero no le importaba. Necesitaba moverse, caminar, alejarse.
Entonces, al doblar una esquina, se encontró con Regulus. Su hermano pequeño estaba caminando por el pasillo lentamente, como si buscara algo y no quisiera pasarse de largo si no lo veía. Cuando vio a Sirius, sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo. La ropa mojada. El cabello despeinado. Las manos aún húmedas. Regulus no dijo nada. Solo lo miró.
Sirius sintió el impulso de interrogarlo, de preguntarle si él había sido, de sacudirlo hasta que le confesara la verdad sobre la noche del muérdago. Pero estaba demasiado alterado para tener una conversación coherente. Tenía la cabeza hecha un lío y la rabia aún le temblaba en los puños. Cualquier cosa que le dijera a Regulus ahora mismo sería un error. Así que no dijo nada. Apretó la mandíbula, desvió la mirada y siguió caminando. Regulus no lo llamó.
Y así fue como llegó la noche y los cuatro merodeadores se prepararon para adentrarse en el bosque prohibido. Este los recibió con el olor a tierra húmeda y hojas podridas. Caminaron en fila india, con James al frente y Remus cerrando la retaguardia, la varita en alto iluminando apenas unos metros del sendero. Sirius iba tercero, justo detrás de James y delante de Peter.
Caminaron durante veinte minutos en silencio hasta que James levantó un puño para detenerlos. —Ahí están —susurró, señalando hacia un claro que se abría entre los árboles.
En el centro del claro había un círculo de piedras grises cubiertas de musgo, y en medio de ese círculo crecían unas flores que brillaban con una luz azul pálida. Las Flos Cor Fortis. Pero alrededor de las flores, moviéndose lentamente entre las piedras, estaban los Eidolones. Eran una especie de masas musculosas, de piel gris áspera, sin cabeza y con extremidades muy cortas.
—La poción —dijo James.
Abrieron los frascos al mismo tiempo. El líquido dorado sabía a canela quemada y a algo metálico que se pegaba en la lengua. Sirius lo tragó de un solo golpe y sintió cómo el calor le bajaba por el pecho y se extendía hacia las extremidades. El miedo se disolvió como azúcar en agua caliente.
—Vamos —dijo James.
Avanzaron hacia el claro con paso firme. Los Eidolones se apartaron a un lado como si les abrieran paso, y por un momento Sirius pensó que la poción había funcionado mejor de lo que esperaban. Llegaron al centro, cada uno cortó alrededor de cuatro flores y todo parecía ir bien. Hasta que pasados diez segundos las bestias se irguieron sobre sus patas traseras, que aparentemente sí eran muy largas, y sus cuerpos empezaron a cambiar. Tomaron una forma humanoide aterradora.
Sus pieles grises se volvieron negras como el carbón. Sus ojos amarillos se llenaron de sangre. Abrieron sus mandíbulas hasta un ángulo imposible y de sus gargantas salió un sonido que no era un rugido sino un eco, como si muchas voces gritaran al mismo tiempo desde muy lejos. James no se inmutó. Remus tampoco. Peter tembló un poco, pero la poción lo sostuvo. Y Sirius los miró a los ojos rojos con una indiferencia que parecía irritar a las bestias.
Los Eidolones cerraron las mandíbulas. Vieron que el miedo físico no funcionaba. Así que cambiaron de estrategia.
Uno de ellos se plantó frente a James y sus ojos rojos se volvieron blancos. James se quedó mirando el vacío con los ojos abiertos pero sin ver. Los demás Eidolones hicieron lo mismo con Remus y con Peter, envolviéndolos en un trance del que no podían escapar. El más grande de todos hizo lo propio con Sirius. Lo miró fijamente a los ojos y Sirius sintió cómo su mente se abría como un libro mal cerrado.
La visión llegó sin aviso. Le mostraron a su madre gritándole frente a la mesa del comedor de la Grimmauld Place, a su padre mirando hacia otro lado mientras ella lo insultaba, a Regulus recibiendo el cariño que a él nunca le dieron. Sirius sonrió. Ya había vivido eso. No era nuevo.
Los Eidolones intentaron otra cosa. Le mostraron a James diciéndole que ya no quería ser su amigo. A Remus desapareciendo sin despedirse. A Peter riéndose de él a sus espaldas. Sirius se aburrió. Eso no iba a pasar.
Entonces la visión cambió. Ahora estaba en el pasillo del muérdago, de pie frente al lugar donde Snape había estado atrapado por horas esperando que alguien se apiadara de él. Pero Snape no estaba encerrado ahí, sino parado a su lado, con los brazos cruzados y esa expresión de vinagre perpetuo que Sirius conocía tan bien.
—¿Qué quieres, Black? —preguntó Snape, y su voz sonó fría, cortante—. ¿Has venido a terminar de ahogarme?
Sirius quiso hablar, pero no pudo. La visión lo tenía atrapado.
Snape dio un paso hacia él. —Me das asco, ¿sabes? Todo el tiempo. Verte ahí, encima de mí, tocándome con esas manos sucias.
—No te toqué —dijo Sirius, y su voz sonó ronca, extraña.
—¿Ah, no? —Snape sonrió, pero era una sonrisa fea, rota, llena de rencor—. Entonces, ¿cómo explicas esto?
Se llevó la mano al cuello y bajó la bufanda. Las marcas de dientes estaban ahí, violetas contra la piel pálida. Todo lo que Sirius había visto en el baño de prefectos, pero ahora Snape lo estaba acusando a él de haberlo causado. Quiso alegar que él no había hecho eso, pero Snape siguió hablando.
—Nunca quise que me besaras —dijo Snape, y su voz se quebró—. Nunca quise que me tocaras. Eres repulsivo. Todo en ti es repulsivo. Tu cara, tus manos, tu boca asquerosa que tuviste que venir a poner sobre la mía.
Sirius sintió un nudo en la garganta.
—¿Crees que porque siempre te miraba era porque me gustabas? —Snape se acercó más, hasta que su cara quedó a centímetros de la suya—. Te miraba con odio, imbécil. Con asco. Con ganas de que te murieras. Y luego tuviste que venir a besarme, a tocarme, solo porque podías.
Sirius sintió algo. No era miedo. La poción lo protegía del miedo. Pero era otra cosa. Una cosa caliente y fea que le subía por el pecho y se le atoraba en la garganta.
—Nadie te quiere, Black —dijo el Snape de la visión, y ahora su voz era un susurro, casi amable, que dolía más que cualquier grito—. Ni tu familia, ni tus amigos, ni yo. Especialmente yo. Y yo no quiero que te me acerques nunca más.
Sirius parpadeó.
La visión se desvaneció. El Eidolon que lo tenía atrapado parpadeó también, confundido, porque no había encontrado miedo en él. Solo algo que se parecía al dolor, y ese sabor no le interesaba.
Los Eidolones se apartaron. Habían explorado todas las oportunidades y no habían logrado asustarlos. Los cuatro merodeadores estaban en pie, enteros, con las flores aún en sus manos.
—Vámonos —dijo James con una voz que no parecía suya.
No corrieron al principio. Caminaron rápido, con pasos largos y firmes, porque correr habría sido mostrar miedo. Salieron del círculo de piedras, cruzaron el claro, se adentraron entre los árboles. Solo cuando las sombras quedaron atrás, James se echó a correr y los otros lo siguieron.
Corrieron sin mirar atrás, tropezando con raíces y ramas hasta que el bosque empezó a aclararse y el olor a tierra húmeda se mezcló con el olor a agua dulce. Llegaron al lago.
Las aguas negras brillaban bajo la luz de la luna. James se detuvo en la orilla y se dobló sobre sus rodillas, jadeando. Remus se sentó en una roca y se tapó la cara con las manos. Peter se dejó caer al suelo y se quedó mirando el cielo sin pestañear.
Sirius se quedó de pie, con la respiración entrecortada, la mirada fija en el agua. Procesando todo lo que había pasado. Tenía claro que las visiones que las bestias mágicas le mostraron eran alucinaciones falsas, pero todas estaban fundadas en miedos que en algún momento había experimentado o en pensamientos fugaces. Pero no tenía idea de por qué una de esas alucinaciones sería ver a Snape acusándolo de haberlo besado y diciéndole que le daba asco.
Empezaba a recordar algo entre la bruma, y su cerebro estaba haciendo conexiones que no le gustaban para nada, pero que no podía detener porque aún estaba bajo los efectos de la poción de valentía y por lo tanto el miedo a reconocer sus sentimientos no lo estaba nublando.
La absurda idea de que en realidad quien había liberado a Snape del muérdago había sido él lo asaltó, y tan pronto como llegó esa idea también le llegó por el rabillo del ojo una figura moviéndose cerca de las orillas del bosque prohibido.
Desvió la mirada y entonces vio a Snape, usando su capa negra y con esa forma de moverse que reconocería en cualquier parte porque la había visto miles de veces y siempre se había fijado en ella de más.
Inicialmente pensó que todavía se trataba de la alucinación, pero no era así. El Slytherin de hecho estaba ahí y se acababa de dar cuenta de que Sirius lo había descubierto.
Sirus miró a Snape fijamente a los ojos, con una advertencia clara de que no se atreviera a huir porque si lo hacía lo obligaría a quedarse ahí a punta de hechizos.