Un caso no ideal

Slash
R
Finalizada
3
Emparejamientos y personajes:
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30 páginas, 10.794 palabras, 3 capítulos
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Capítulo 1

Ajustes
El laboratorio olía a café quemado, metal frío y la colonia que Stone usaba desde su primer día en GUN porque una vez, hace tres años, Robotnik había estornudado y dicho "al menos no apestas a humano" y Stone había convertido ese comentario en toda su personalidad. No es que Robotnik lo hubiera notado, claro. Stone ajustó la taza en el posavasos. El borde del asa a ciento treinta grados, la cucharilla hacia la izquierda, tres terrones de azúcar moreno porque el blanco era "para paladares inferiores", y observó a Robotnik teclear con esa furia concentrada que solo aparecía cuando estaba a punto de descubrir algo que nadie más entendería. —Su café, doctor. Robotnik no levantó la vista. Extendió una mano sin mirar, sus dedos envolvieron la taza. Bebió y comentó. —No está tibio como ayer. —Lo dejé enfriar exactamente trece segundos menos que ayer —dijo Stone, y supo que sonaba como un idiota. Un idiota feliz. Un idiota que llevaba una libreta en el bolsillo trasero con las preferencias térmicas de Robotnik anotadas hasta el miligrado. Robotnik gruñó algo que pudo ser "aceptable" o pudo ser "a un mono le hubiera tomado menos tiempo aprender". Stone eligió creer lo primero porque la otra opción lo habría obligado a pensar en todas las tardes que pasó solo en su apartamento preguntándose por qué seguía allí. Seguía allí porque el laboratorio era el único lugar donde el mundo tenía sentido. Porque Robotnik, con toda su crueldad casual y su genio insoportable, era el eje alrededor del cual Stone había decidido girar. No era solo amor. Era algo más estúpido. Era devoción, esa cosa que los poetas escriben pero que en la vida real solo sienten los perros y los asistentes de investigadores que los tratan mal. Entonces la puerta del laboratorio se abrió con un silbido hidráulico. No hubo anuncio ni solicitud de permiso. Solo un hombre que entró como si el laboratorio fuera un pasillo más. Cómo si no tuviera idea del laboratorio de quién estaba invadiendo. Y muy seguramente no la tenía. No había nadie que se atreviera a tanto si lo supiera. El recién llegado usaba un traje gris impecable, corbata azul marino, una carpeta de cuero bajo el brazo y la sonrisa de alguien que cree que el mundo le debe algo. Stone se movió antes de pensar y se interpuso entre el intruso y Robotnik. Fantaseaba con ponerse a la defensiva antes que los drones del doctor, pero, se conformaba con decir que lo hizo al mismo tiempo. El cuerpo de Stone era más pequeño que el del hombre recién llegado, pero supo tensar los hombros, plantar los pies, poner la mano sobre el arma que llevaba en el cinturón. No apuntó directamente al intruso, sino sólo en su dirección general, porque una vez que se enfocó bien, lo reconoció. Era el Director de Asignación de Proyectos y Presupuestos, no era alguien peligroso, pero alguien que evidentemente se creía más importante de lo que realmente era. —Oficina de visitas está en el piso siete —dijo Stone, con esa voz plana que ensayaba frente al espejo los días que quería sentirse peligroso—. No tiene cita. Tiene tres segundos para explicar por qué no debería neutralizarlo. Desde atrás, sin dejar de teclear, Robotnik soltó un bufido y sus drones entraron en modo descanso. —Déjalo, Stone. Si es un asesino, es un asesino muy mal vestido. Esa corbata mataría a cualquiera del disgusto antes de que llegara a sacar un arma. El hombre levantó ambas manos en un gesto conciliador. La carpeta de cuero quedó visible, el sello dorado de GUN brillando bajo la luz fluorescente. —Director Dietrich Kael —dijo, y su voz era calmada, demasiado calmada, como si hubiera ensayado esta entrada y la recepción hostil fuera parte del guión. Ni siquiera mostraba sentirse ofendido porque Stone no le ofrecía el respeto que creía merecer. De Robotnik no se sorprendía en absoluto. —Asignación de Proyectos y Presupuestos. Debí anunciar mi visita. Fue un error de protocolo. Le ofrezco una disculpa sincera a usted —miró a Stone— y al doctor Robotnik. Kael. Stone no recordaba odiar su voz tanto como en este momento. No porque hablarán mucho, pero lo había escuchado en los pasillos, en las reuniones de planta, en la cafetería; y lo había sentido mirarlo desde mesas cercanas, desde el otro lado de la sala de juntas, desde el hueco de una puerta cuando Stone salía del laboratorio caminando hacia el estacionamiento. Kael siempre estaba ahí, más de lo que un jefe de otro departamento debería estar. Demasiado cerca en la fila del almuerzo. Demasiado sonriente cuando Stone pasaba junto a su oficina. Demasiado interesado en preguntarle "cómo había dormido" cuando se cruzaban por la mañana y buscaba cualquier excusa para poner una mano sobre us cuerpo o rozarlo "accidentalmente". Y en las pocas veces que sus miradas se cruzaban directamente, Kael sonreía. No una sonrisa de cortesía. Una sonrisa que decía ya sé tu nombre, ya sé tu horario, y ya sé que no tienes a nadie esperándote en casa. Stone sintió un cosquilleo desagradable recorriéndole la nuca. No bajó el arma. Robotnik, por su parte, no se había molestado en girar la silla. Su voz llegó desde la pantalla, indiferente, cortante. —Kael. No me suena. Eso significa que no eres importante. Que el anterior director se jubiló y mandaron a un don nadie con corbata de vendedor de seguros a ocupar su lugar. Diez segundos, Kael. Explica por qué no debería programar a uno de mis drones para que te escolte hasta la salida. Kael mantuvo la sonrisa. Pero ya no miraba a Robotnik. Miraba a Stone. —Vengo a hablar de su futuro, doctor —dijo Kael—. Un futuro mucho más brillante, con menos distracciones. Robotnik giró la silla. No completamente. Solo lo suficiente para que una de sus sienes apuntara en dirección de Kael. Sus dedos seguían tecleando, ahora con una sola mano, como si incluso una visita inesperada fuera menos importante que terminar la línea en la que estaba trabajando. —Tus diez segundos se acabaron hace cinco—dijo—. Habla claro o vete. Kael abrió la carpeta de cuero con una lentitud deliberada, como si estuviera desempaquetando un regalo. Sacó un documento con el sello dorado de GUN, varias páginas grapadas en la esquina superior izquierda, y lo deslizó sobre la mesa más cercana. No la de Robotnik. La auxiliar, la que Stone usaba para organizar los pedidos de material. No se acercó más. Stone notó eso. Kael sí sabía dónde estaba el límite. —Proyecto Odisea —dijo Kael, y su voz cambió. Se volvió más grave, más lenta, como si cada palabra pesara—. Presupuesto al doble al que maneja ahora. Laboratorio nuevo, cinco veces más grande que este, en el ala este. Tecnología de última generación, acceso directo a los archivos de investigación clasificada nivel theta, y libertad creativa total. Sin supervisión de comités. Sin revisión de pares. Sin las trabas burocráticas que tanto le disgustan. Robotnik no miró el documento. Miró a Kael. —Suena a que quieres algo. La gente como tú nunca da algo sin restricciones por nada. ¿Qué quieres, Kael? Kael respiró hondo. Por un instante, sus ojos se desviaron hacia Stone. Solo un instante. Pero suficiente. —Una condición menor —dijo—. El agente Stone será reasignado a otro departamento. Mi departamento. Tenemos un puesto que se ajusta perfectamente a sus habilidades. El silencio fue tan absoluto que Stone escuchó el parpadeo del proyector de hologramas. No. Eso no podía estar pasando. Stone miró a Robotnik. Esperó. Necesitó. Suplicó sin mover los labios, apretando los dedos contra su arma que ahora había bajado por la sorpresa. Robotnik, por su parte, no dejó de teclear. No se inmutó. Su rostro era una máscara de indiferencia tan perfecta que Stone sintió ganas de vomitar. —Supongo —dijo Robotnik, después de una pausa que se hizo eterna— que me van a asignar otro asistente. Por protocolo. Para que el papeleo no se acumule. Kael parpadeó, desconcertado por la dirección de la pregunta. —Eso dependerá de sus necesidades, doctor, pero podemos gestionar. —No quiero a nadie —lo cortó Robotnik, y por primera vez alzó la voz lo suficiente para que sus palabras retumbaran contra las paredes metálicas—. Los humanos son frágiles, sentimentales, necesitan dormir y comer y recibir elogios cada quince minutos para no venirse abajo. Voy a hacer un robot, necesito presupuesto extra. Kael parpadeó otra vez. Dos veces. Tres. Stone vio cómo procesaba la petición, cómo recalibraba su discurso preparado, cómo una sonrisa nueva se instalaba en su rostro. —Por supuesto. Un robot asistente. Puedo autorizarlo como parte del presupuesto de Odisea. Ningún problema. —Bien —dijo Robotnik, y volvió a girar la silla hacia la pantalla—. Entonces es trato. —Doctor —interrumpió Stone, y su voz salió más aguda de lo que quería—. ¿Va a aceptar así nada más? ¿Sin siquiera leer el documento? Robotnik no se dio vuelta. —¿Por qué perdería tiempo leyendo algo que ya sé que quiero? Cuando Kael aquí sabe lo que le podría pasar si intenta timarme. Todo lo que ofrece es lo que pedí en mi última evaluación. Y todo lo que tengo que dar a cambio es… —Hizo una pausa. Sus dedos dejaron de teclear por un instante. Stone sintió ese instante como una cuchara girando dentro de su pecho—. Tú. La palabra cayó como un ladrillo. —Pero… ¿por qué? —preguntó Robotnik de repente, y ahora sí se giró del todo. Su voz había cambiado. Ya no era indiferencia. Era curiosidad, ese destello afilado que aparecía cuando algo no encajaba en sus ecuaciones—. ¿Por qué quieren sacarlo? ¿Stone tiene información clasificada? ¿Es un riesgo de seguridad? ¿Hay algo que yo deba saber sobre su historial? Kael negó con la cabeza, tranquilo, demasiado tranquilo. —Nada de eso, doctor. Todo lo contrario. Nuestros análisis indican que, si bien el agente Stone ha sido un asistente… diligente… también ha sido un lastre para su productividad. Demasiado tiempo dedicado a supervisar sus tareas cuando es claro que alguien tan brillante como usted no debería perderlo supervisando a nadie. El tiempo que usted pierde —Kael hizo una pausa que pretendía ser diplomática pero era cruel— gestionando a Stone es tiempo que no dedica a sus investigaciones. Creemos que con un asistente diferente, su eficiencia aumentará al menos un cuarenta por ciento. Si se trata de un robot, cuanto mejor. Stone sintió el pecho encogerse. Mentira. Era mentira y Kael lo sabía. Stone no era un lastre. Stone era el único que entendía cómo funcionaba la mente de Robotnik, el único que sabía qué herramientas dejar preparadas antes de que las pidiera, el único que traducía sus gruñidos incomprensibles en órdenes claras para el resto del personal. Había aumentado su productividad, no la había reducido. Todo el laboratorio lo sabía. Pero Robotnik no lo miró. No preguntó si era cierto. Solo apoyó la barbilla en una mano, como si estuviera pensando en algo tan trivial como qué comer para cenar. —Kael —dijo, con una lentitud que heló la sangre de Stone—. Dime otra vez quién eres. —Director Dietrich Kael. Asignación de Proyectos. —No —lo interrumpió Robotnik, levantando un dedo—. Dime tu rango. Tu autoridad. Qué poder tienes para aprobar el presupuesto de Odisea sin que los comités lo bloqueen. Kael se irguió. Entendió el juego. —Tengo autoridad total sobre la asignación de fondos para proyectos especiales. Mi firma sola es suficiente para desbloquear el nivel theta. Ningún comité puede vetarme a menos que el director de GUN intervenga personalmente. Robotnik asintió, lentamente. —Entonces no hay nadie por encima de ti que pueda decir que no. —No. No hay nadie. Robotnik miró a Stone. Fue la primera vez en toda la conversación que sus ojos se encontraron. Stone esperó ver algo. Duda, interés, un atisbo de esa chispa que a veces aparecía cuando Stone le llevaba sus archivos ordenados de una manera particularmente ingeniosa; pero no vio nada. Los ojos de Robotnik eran dos charcos grises sin fondo. Entonces Robotnik tomó una pluma y rodó las llantas de su silla hasta que quedó frente a los documentos que debía firmar. —Ya escuchaste, Stone —dijo—. El tipo este quiere que te vayas. Y yo quiero mi presupuesto y mi robot. Parece que ambos ganamos. Y firmó. El rasguido de la pluma sobre el papel fue el sonido más cruel que Stone había escuchado en su vida. Tres años de café, madrugadas y devoción silenciosa reducidos a un garabato al pie de un documento. Kael recogió las hojas con dedos cuidadosos, como si fueran algo sagrado. Las guardó en la carpeta de cuero, cerró la tapa, y por un momento sus ojos se posaron en Stone con esa sonrisa que ya era familiar. —El agente Stone recibirá su nueva asignación en veinticuatro horas —dijo Kael, dirigiéndose a Robotnik pero sin dejar de mirar a Stone—. Su nuevo laboratorio estará listo en el mismo plazo. Ambos procesos serán simultáneos. Por favor, no desmantele nada hasta que el equipo de logística haga el inventario. —No pienso esperar a que unos burócratas decidan qué cables puedo llevarme —gruñó Robotnik, ya de espaldas, los dedos volviendo al teclado—. Si tocan algo sin mi autorización, juro que los soldaré a la pared. Kael sonrió como si fuera una broma. No lo era. Stone lo sabía. —Por supuesto, doctor. Me aseguraré de que el equipo de logística lo sepa. Se giró hacia la puerta. Pero antes de irse, hizo una pequeña inclinación de cabeza en dirección a Stone. Un saludo. O una promesa. O una amenaza. Stone no supo distinguir. Solo supo que sus manos temblaban y las escondió detrás de la espalda. La puerta se cerró con un silbido hidráulico. El laboratorio quedó en silencio. El mismo silencio de siempre, el de los ventiladores de los servidores y el zumbido bajo de los transformadores. Pero ahora ese silencio tenía un filo distinto. Stone no se movió. —Doctor —dijo, y su voz sonó rara—. ¿No va a decir nada? Robotnik no dejó de teclear. —El café se está enfriando de nuevo —dijo—. Caliéntalo. Stone no se movió. —Doctor, por favor. Acaba de aceptar que me vaya. Después de tres años. ¿No hay nada más que quiera decirme? El tecleo cesó. Robotnik giró la silla por completo. Por primera vez en toda la conversación, enfrentó a Stone con todo su cuerpo. Sus brazos cruzados sobre el pecho, la barbilla ligeramente levantada, los ojos grises afilados como cuchillas de bisturí. —¿Quieres que te diga lo que pienso, Stone? —preguntó, y su voz tenía ese tono que usaba cuando estaba a punto de decir algo cruel y no le importaba—. Está bien. Te lo voy a decir. Solo no llores. Se puso de pie. Dio dos pasos lentos, y Stone retrocedió uno por inercia, por costumbre, por el instinto de apartarse cuando Robotnik se acercaba demasiado. —Ese tipo —dijo Robotnik, señalando la puerta con un movimiento de cabeza— quiere meterse a la cama contigo. ¿Seguro tú también lo notaste? La forma en que te mira. La forma en que pronunció tu nombre. Agente Stone. Tiene semanas haciéndolo. Stone abrió la boca. La cerró. No encontró palabras. —Y tú, por supuesto, no vas a hacer nada al respecto, porque no has hecho nada hasta ahora —continuó Robotnik, dando otro paso, acorralándolo contra la mesa del café—. Porque eres de esos. De los que se quedan mirando con ojitos de animal lastimado en lugar de poner límites. De los que dejan que los traten mal porque creen que algo es mejor que nada. Me irritas. —Yo no —intentó decir Stone, pero Robotnik levantó una mano y él calló. —No pensé que director como se llame intentara llevarte consigo, pero, ¡mirá que tuvo la valentía! Y si tú tuvieras dos dedos de frente, renunciarías. Ahora mismo. Agarrarías tus cosas, saldrías por esa puerta, y buscarías un trabajo en el sector privado donde ningún jefe con corbata de mal gusto pueda tocarte sin que tú lo permitas. Pero no lo vas a hacer. ¿Sabes por qué? La voz de Robotnik bajó. Se volvió casi íntima, casi una confidencia. —Porque la gente sin un gran intelecto —y subrayó gran intelecto con un dedo en el pecho de Stone, sin tocarlo, rozando apenas la tela de su uniforme— suele quedarse estancada en trabajos donde los tocan y los acosan. Porque les cuesta conseguir algo nuevo. Porque el mundo allá afuera es grande y da miedo y prefieren la migaja segura antes que el banquete incierto. No es tu culpa. Es biología. Los peces pequeños se quedan en las rocas donde hay sombra, aunque los tiburones los muerdan de vez en cuando. Stone sintió que las lágrimas le quemaban detrás de los ojos. No iba a llorar. No ahí. No delante de él. —No es por eso que me quedo —susurró. Claro que Stone se había dado cuenta de que Kael tenía intenciones con él, estaba seguro que lo notó incluso antes que Robotnik, pero no podía hacer nada. No por miedo al enfrentamiento en sí, sino porque Kael tenía un buen puesto y Stone no quería mover las aguas si no era necesario. Bajo ninguna circunstancia quería arriesgar su puesto de trabajo junto al doctor. Stone no se atrevía a pensar mucho en eso, pero él tenía bastante claro que si Robotnik recibía la orden de dejar ir a Stone, él no pelearía mucho para conservarlo. Prueba era la situación actual. Así que Stone no podía hacer nada que potencialmente pudiera alejarlos. —¿Ah, no? —Robotnik inclinó la cabeza, como un pájaro curioso, como si Stone fuera un espécimen interesante en una placa de Petri—. ¿Por qué es, entonces? Stone tragó saliva. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua. Por ti. Porque te amo. Porque todo mi mundo gira alrededor de tu café tibio y tus gruñidos y tus bigotes torcidos cuando te concentras. Porque sin ti no soy nada. —Porque me gusta mi trabajo. Robotnik soltó una risa corta, seca, sin humor. —En GUN hay buenas prestaciones, sí. Pero no para rebajarse tanto. Dio media vuelta. Volvió a su silla. Volvió a su pantalla. Sus dedos encontraron el teclado como los amantes encuentran la piel conocida, y en menos de un segundo el laboratorio se llenó otra vez del ruido frenético del tecleo. —Le prepararé un café nuevo—por fin pudo decir Stone un par de segundos después, y la voz le tembló apenas lo suficiente para que él lo notara. —Cuando termines, empieza a empacar tus cosas. Tienes veinticuatro horas. No voy a hacer tu trabajo y el mío mientras tú haces la transición. Stone asintió. No podía verlo. No porque Robotnik estuviera de espaldas, sino porque las lágrimas que había estado conteniendo finalmente ganaron la batalla, y el mundo se volvió un borrón de luces y sombras. Calentó el café. Lo sirvió en la taza. El asa a ciento treinta grados. La cucharilla a la izquierda. Los tres terrones de azúcar moreno. Lo dejó en el escritorio de Robotnik, junto al teclado, en el lugar exacto donde no estorbaría pero estaría al alcance de su mano. El tecleo no cesó. Stone esperó un segundo. Dos. Diez. —Doctor —dijo por última vez. —¿Qué? —Nada. Buenas noches. Salió del laboratorio con la cabeza gacha y las manos vacías. No llevaba nada. Todas sus cosas seguirían allí por veintitrés horas más. Pero él ya las sentía lejanas, como recuerdos de otra vida. El corredor que llevaba del laboratorio al estacionamiento estaba iluminado con el frío blanco de los fluorescentes. Stone lo recorrió solo, los pasos resonando en el suelo de metal, y se detuvo frente a la puerta de salida. Apoyó la frente contra el vidrio empañado. —Me quedo porque te amo —susurró, y la palabra se empañó en el cristal como su aliento. Nadie lo escuchó. Esa era la parte más triste, pensó mientras empujaba la puerta y el aire frío de la noche le golpeaba la cara. No que Robotnik no lo amara. Sino que nunca, ni siquiera en sus peores pesadillas, se había planteado la posibilidad de que Robotnik pudiera amarlo. Lo que rompía no era el rechazo. Era la confirmación. Había estado rogando por una migaja durante tres años. Y resultó que ni siquiera eso merecía.
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