Un caso no ideal

Slash
R
Finalizada
3
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
30 páginas, 10.794 palabras, 3 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 2

Ajustes
Tres semanas después, Stone había aprendido que el odio se parecía mucho a la depresión, solo que con horario de oficina. Su nuevo escritorio estaba en el piso cuatro, en una oficina que olía a papel añejo y desinfectante de cítricos. No era un laboratorio, sino un espacio lleno de archivadores, un teléfono que sonaba cada veinte minutos, y la respiración rítmica de la Dra. Voss, su nueva supervisora. La Dra. Voss era una mujer de sesenta y tantos años, con gafas de aumento colgadas del cuello y una colección de tazas con frases motivacionales que ella misma se burlaba de leer. Había trabajado en GUN desde antes de que Stone naciera, y su única ambición era llegar a la jubilación sin que ningún proyecto le explotara en la cara. Evaluaba solicitudes de presupuesto con una lentitud deliberada, como si cada formulario fuera un enemigo personal al que había que vencer por agotamiento. Stone se había hecho cargo de ella sin proponérselo. Al principio fue costumbre: preparar café, organizar los papeles en orden de prioridad, recordarle las reuniones. Luego fue necesidad: estar ocupado le impedía pensar. Y al final fue simplemente lo que hacía. Ser útil. Servir. Porque si dejaba de ser útil, ¿qué le quedaba? Además, la Dra. Voss apreciaba el café extra que Stone preparaba por inercia, esas dos tazas humeantes cada mañana aunque ella nunca se lo pidió. Y a Stone le gustaba sentir que, en algún rincón diminuto de su nueva vida, seguía siendo bueno en algo. —Agente Stone, el informe trimestral de gastos. Para las cuatro. —Sí, doctora Voss. —No soy doctora, cariño. Ni siquiera terminé el posgrado. Pero gracias por el gesto. Stone sonrió. La primera sonrisa genuina en días y siguió llamándola doctora. En su mente y a viva voz porque la apreciaba. La Dra. Voss no preguntaba sobre su vida, no lo miraba con lástima, no intentaba "ayudarlo a procesar" nada. Solo quería que el café estuviera caliente y que los números cuadraran. Stone podía con eso. Kael aparecía cada dos o tres días. Siempre con una excusa y una sonrisa. Siempre con los ojos recorriendo a Stone como si estuviera haciendo inventario. La primera vez fue una "revisión de adaptación al puesto". Kael se sentó en el borde del escritorio de Stone, demasiado cerca, las rodillas casi rozándole el brazo, y le preguntó cómo se sentía en su nuevo cargo. —Bien, director Kael. La doctora Voss es muy amable. —Me alegra oírlo. Usted es un activo valioso para GUN, agente Stone. No quiero que se sienta... desperdiciado. La mano de Kael se posó en el hombro de Stone. Un segundo. Dos. El tiempo justo para que no fuera inapropiado, pero lo suficientemente largo para que Stone sintiera los dedos apretar con una familiaridad que no habían ganado. Stone no se movió. No apartó la mano. No quería reaccionar porque aún se aferraba a esa idiota esperanza de que tenía que permanecer en GUN. Con un record impecable, para que cuando Robotnik se diera cuenta de que lo necesitaba, que lo quería de vuelta, no hubiera ni una sola objeción para que eso pasara. Cuando Robotnik lo quisiera de vuelta tendría que pelear con Kael y lo que menos quería Stone era generarle alguna dificultad al doctor. Robotnik iba a darse cuenta. Iba a extrañar el café a la temperatura exacta. Iba a extrañar a alguien que supiera traducir sus gruñidos. Iba a llamarlo. Iba a pedir que volviera. Stone solo tenía que aguantar hasta entonces. —Gracias, director. Haré todo lo posible por estar a la altura. Kael sonrió. Se fue. Stone sintió la quemazón en el hombro durante horas. La segunda vez fue por "un error en el presupuesto del laboratorio sur". Kael llamó a Stone a su oficina oficial, la del piso siete, con ventanas enormes y una planta que nadie regaba. Cerró la puerta. No del todo. Solo un poco. Solo lo suficiente para que el pasillo no los viera completos. —Siéntese, agente Stone. Quiero entender cómo pasó esto. Stone revisó los papeles. No había error. Lo sabía antes de firmar. Se lo explicó a Kael con la misma paciencia con la que una vez le explicó a Robotnik por qué los terrones de azúcar moreno eran objetivamente superiores. Kael no escuchaba. Miraba sus manos mientras movían los papeles. Miraba sus muñecas. Miraba el cuello de su camisa. Kael creía que Stone no decía nada porque sus avances eran bienvenidos. Stone podía verlo en sus ojos, en la forma en que se inclinaba un poco más cerca cada vez, en la confianza con la que su mano viajaba hacia la espalda de Stone. “Cree que me gusta”, pensó Stone. No podía estar más equivocado. —Me alegra tenerlo cerca, Stone —dijo Kael cuando terminaron—. Usted tiene un talento especial para los detalles. Yo... aprecio a la gente atenta a los detalles. Otra mano en el hombro. Esta vez más abajo. En la mitad de la espalda. Stone se alejó. —Si no hay nada más, director, debo volver con el informe trimestral. Kael lo dejó ir. Pero la sonrisa no desapareció.

El punto de quiebre llegó en la tercera semana. Fue una reunión de personal, de esas donde nadie prestaba atención y todos revisaban el celular debajo de la mesa. Stone estaba al final de la sala, tomando notas, cuando Kael se sentó a su lado y colocó su mano sobre su muslo. No fue un roce casual. Fue una palma completa. Caliente. Pesada. Con los dedos separados como si estuviera eligiendo un lugar para instalarse. Stone sintió la sangre subirle a la cara. No por vergüenza. Por furia. Una furia que venía de muy atrás, de todas las sonrisas, de todas las "reuniones privadas", de todas las veces que tuvo que morderse la lengua porque Kael era su jefe y no podía permitirse un escándalo. Porque quería volver con Robotnik. Mantuvo la mano quieta sobre la mesa. No la apartó. No movió un músculo. Pero esa noche, en su departamento, por fin entendió que Robotnik no iba a llamar y por lo tanto no tenía sentido soportar. La verdad le cayó encima como un balde de agua helada. Y por un momento, solo un momento, quiso romper algo. Gritar. Mandar su carta de renuncia al momento y desaparecer. Pero no. Porque no había mentido. Le gustaba su trabajo. Le gustaba la estructura, los procedimientos, la sensación de que cada tarea completada era una pequeña victoria contra el caos. No necesitaba a Robotnik para ser bueno en lo que hacía. Lo había sido antes. Lo sería después. El que se iba a ir era Kael. Stone no sabía cómo. No sabía cuándo. Pero por primera vez en tres semanas, sintió algo que no era tristeza. Era determinación y también un alivio extraño, casi mareante, al soltar esa esperanza idiota. El acceso de Stone a los archivos digitales de GUN era limitado, pero no inútil. Tres años junto a Robotnik le habían enseñado a pensar como alguien que siempre encuentra la puerta trasera. Los primeros días sólo observó los movimientos financieros de Kael como quien mira un tablero de ajedrez antes de tocar una pieza. Los desvíos reales de Kael eran pequeños. Muy pequeños. Un contrato de limpieza inflado aquí, una factura de equipamiento duplicada allá, un proveedor que no existía pero que cobraba religiosamente cada mes. Nada que llamara la atención de una auditoría rutinaria. Nada que un director cuidadoso no pudiera explicar como "error administrativo". Pero Stone no iba a presentar los desvíos reales. Iba a presentar desvíos mejorados. Usó las fórmulas avanzadas que Robotnik había creado para simulación de gastos, las que él mismo ayudó a probar, las que nadie más entendía, y proyectó los desvíos de Kael hacia adelante. Los multiplicó por diez. Por cien. Los conectó con cuentas offshore que Kael ni siquiera tenía, pero que parecían reales. Para cuando terminó, Kael no era un pequeño corrupto. Era un traidor que había desviado fondos suficientes para financiar un golpe de estado. Los números cantaban. Mentían, pero cantaban. Stone los guardó en un archivo cifrado. No los envió todavía. Primero necesitaba las pruebas físicas. Porque los números digitales podían manipularse. Cualquier abogado decente podía argumentar que fue un error contable o un hackeo. Stone necesitaba algo que los auditores pudieran tocar. La oficina de Kael tenía una cerradura electrónica de las que registran cada acceso. Stone lo sabía. Por eso no intentó forzarla. Esperó y la oportunidad llegó un martes a las siete de la tarde. Kael salió a una reunión de quince minutos en el piso tres. Stone, que había memorizado los horarios de todo el personal administrativo, entró con la llave maestra que la Dra. Voss dejaba en su cajón sin cerrar —"por si se me olvida la mía, cariño". Una vez dentro Stone trabajó rápido. Plantó un papel con números manuscritos que no coincidían con ningún reporte oficial. Los había escrito él mismo la noche anterior, imitando perfectamente la letra de Kael. Plantó una llave USB sin marcar en el fondo del cajón de los lapiceros. Adentro había una sola carpeta: "Proveedores externos - cuentas por cobrar". Y una nota manuscrita que decía "Reunión con proveedor externo — 7pm, ubicación habitual". No decía más. No hacía falta. Dejaría que los auditores imaginaran lo peor. Nada de esto era prueba de nada, por sí sola. Era sólo lo suficientemente sospechoso para generar preguntas y las preguntas llevarían a la computadora de Kael, donde los números inflados por Stone esperaban para ser encontrados. Stone salió de la oficina tres minutos antes de que Kael regresara. Nadie lo vio. Pero como ya estaba en eso y sabía que no era suficiente, decidió que si siguiente paso sería plantar evidencia en la casa de Kael. Stone sintió náuseas solo de pensarlo. Aceptar una invitación. Cruzar la puerta. Sentarse en su sala. Comer su comida. Fingir que la mano de Kael en su rodilla era solo un accidente. Todo con una sonrisa y el estómago revuelto. La casa de Kael era exactamente como Stone la imaginó. Demasiado grande para una sola persona, decorada con muebles de catálogo, una cocina que nunca se usaba y una colección de vinos en la pared que probablemente costaban más que el sueldo anual de Stone. —Pase, agente Stone. Me alegra que haya aceptado. —Kael sonrió, y esta vez no había excusa profesional que disfrazara la intención. Estaban solos. Era una cita. Stone sonrió de vuelta. —Gracias por la invitación, director. —Por favor, Dietrich. Ya estamos fuera de la oficina. —Dietrich. —Stone casi se atragantó con la palabra. Pero asintió. Cruzó el umbral. Y comenzó a actuar. Cenaron en el comedor principal, una mesa de roble que podía albergar a doce personas. Kael había pedido comida de un restaurante caro, la sirvió en platos de porcelana, y se sentó al lado de Stone en lugar de enfrente. —¿Cómo te está yendo con la agente Voss? —preguntó Kael, llenando las copas de vino tinto. —Bien. Es una mujer eficiente. —¿Y no extrañas el laboratorio de Robotnik? La pregunta cayó como un ladrillo. Stone mantuvo la sonrisa. —GUN me asignó un puesto. Lo desempeño. Eso es todo. Kael inclinó la cabeza, como si estuviera decidiendo si creerle o no. Luego se inclinó un poco más cerca. —Sabes —dijo, con la voz más baja—, no tienes por qué fingir conmigo. Yo sé que él no te valoraba. Yo sí puedo valorarte. La mano de Kael encontró la rodilla de Stone. Stone no se movió. No apartó la mano. Siguió comiendo como si nada estuviera pasando. Y mientras Kael hablaba de sus logros, de su posición, de todo lo que podía hacer por "alguien como Stone", este aprovechó el momento de distracción para vaciar el contenido de un pequeño frasco en el vino de Kael. Era un sedante suave, de esos que usaba Robotnik para tranquilizar a los sujetos de prueba antes de los experimentos. Stone lo había guardado por costumbre, "por si acaso", y ahora ese acaso había llegado. Kael bebió. Siguió hablando. Siguió sonriendo. Su mano subió un poco más arriba, hasta el muslo, hasta la cadera, y Stone contó los segundos en su cabeza. Uno, dos, tres... Kael parpadeó. ...cuatro, cinco, seis... —¿Estás bien, Dietrich? —preguntó Stone, usando el nombre con una dulzura que le supo a veneno en la lengua. —Sí, solo... un poco... cansado de repente... ...siete, ocho, nueve... El brazo de Kael se desplomó sobre la mesa. La copa cayó. El vino tinto manchó el mantel blanco como sangre seca. ...diez. Kael estaba dormido. Stone esperó treinta segundos para asegurarse. Luego se puso de pie y comenzó a trabajar. Revisó el estudio primero. El escritorio. Los cajones. Encontró facturas viejas, contratos legítimos con empresas que sí existían, una libreta con anotaciones personales que no tenían nada que ver con GUN. Nada incriminatorio. Kael era corrupto, sí, pero no tan descuidado como para dejar pruebas en casa. Por eso Stone trajo las suyas. De su bolsillo interior sacó un sobre de papel amarillo. Adentro venían extractos bancarios falsificados, con el logo de GUN y las firmas que había practicado durante una semana. Las cuentas offshore tenían números reales, los que él mismo había generado en la computadora. Encontró la caja fuerte detrás de un cuadro. No era de alta seguridad. Kael era un hombre confiado, y los hombres confiados compran cajas fuertes baratas. Stone tardó doce minutos en abrirla. Adentro había dinero en efectivo, un arma sin registro, y una libreta de direcciones. Stone dejó caer el sobre amarillo en el fondo de la caja fuerte, justo debajo del dinero. Cerró la caja fuerte y limpió sus huellas. Cuando terminó, la casa de Kael contenía suficiente evidencia plantada para condenarlo por traición. Stone volvió a la mesa, se sentó frente a Kael dormido, y terminó su cena en silencio. El vino estaba ácido, pero le supo a gloria. Cuando el sedante comenzó a desvanecerse —una hora después, tal vez dos—, Stone fingió que él también había perdido el conocimiento por el cansancio. "Debe haber sido el vino", dijo, frotándose los ojos como si recién despertara. "Estoy agotado. Será mejor que me vaya". Kael, atontado y avergonzado, lo miró sin entender. Había intentado algo esa noche, ¿no? ¿O solo había soñado? Su cabeza no le funcionaba bien. La última imagen que recordaba era la sonrisa de Stone, y luego... nada. —Otra noche —murmuró Kael, con la lengua pastosa. —Otra noche —respondió Stone. Una semana después, Stone envió el informe. Lo hizo desde un terminal anónimo del tercer piso, a las tres de la madrugada, cuando los únicos que quedaban en el edificio eran los guardias de seguridad y los científicos insomnes. Luego borró el historial del terminal, volvió a su escritorio, y esperó. La detención ocurrió tres días después. Stone se enteró por el correo masivo que llegó a las once de la mañana, como todos los demás. Pero lo supo antes. Por los guardias de seguridad que subieron al séptimo con caras de cemento y por el silencio que cayó sobre la oficina de la Dra. Voss cuando el teléfono dejó de sonar. "El Director Dietrich Kael ha sido separado de su cargo por irregularidades financieras. Se designará un reemplazo en los próximos días. Mientras tanto, los proyectos continúan con normalidad." La Dra. Voss leyó el mensaje en su pantalla. Frunció el ceño. Lo leyó otra vez. Luego suspiró, se quitó las gafas de aumento, y las limpió con una microfibra. —Qué lástima —dijo, con una tristeza genuina que sorprendió a Stone—. Era un desastre administrativo, pero siempre fue amable conmigo. Me traía dulces cada vez que volvía de un viaje de negocios. Stone asintió. Puso cara de circunstancias. —Sí —dijo, con la voz suave y neutra—. Qué lástima. La Dra. Voss volvió a ponerse las gafas. —Bueno, cariño. Los informes no se van a hacer solos. El café, por favor. Y esta vez no tan cargado, que a mi edad el estómago ya no aguanta. —Sí, doctora Voss. Stone preparó el café. Lo sirvió en la taza con la frase motivacional —"Hoy es un buen día para un buen día"— y lo dejó en el escritorio de su supervisora. Luego volvió al suyo, abrió el informe trimestral, y comenzó a teclear los mismos números de siempre. A las doce y media, se excusó para ir al baño. El baño del piso cuatro era pequeño, de esos que solo usaban los empleados de la planta porque el personal de dirección tenía sus propios baños en el piso siete. Stone entró. Cerró la puerta con llave. Se apoyó contra el lavamanos. Y Saltó. Literalmente. Dio un salto en el aire, como un niño en un trampolín, y cayó con las manos en la cabeza y una sonrisa tan ancha que le dolían las mejillas. Dio otro salto. Otro. Giró sobre sí mismo, chocó contra la pared, se tambaleó, y siguió saltando. —¡Sí! —susurró, porque no podía gritar pero necesitaba hacer algún ruido—. ¡Sí, sí, sí! Se agarró del borde del lavamanos para no caerse. Su reflejo en el espejo lo miraba con los ojos brillantes, el cabello revuelto, las mejillas coloradas. Parecía un loco. Se sentía un loco. Un loco feliz. —Se fue —dijo en voz baja, casi riendo—. Se fue. Se fue. Apoyó la frente contra el espejo. El vidrio estaba frío. Su respiración empañó su propio reflejo. —Gracias —se susurró. Se quedó ahí un minuto entero. Sintió cómo la adrenalina se disolvía lentamente en sus venas, reemplazada por una paz que no había experimentado desde antes de la firma de aquel maldito documento. Cuando salió del baño, su cara era otra vez la de siempre. Neutra. Profesional. Aburrida. —¿Todo bien, cariño? —preguntó la Dra. Voss sin levantar la vista cuando volvió a la oficina. Sin querer había tardado mucho en el baño. —Todo bien, doctora. Solo un poco de sueño. —Tómate el resto del día si quieres. No te voy a extrañar hasta mañana. Stone negó con la cabeza. —No hace falta. Prefiero quedarme. Y se sentó frente a su computadora. No porque tuviera trabajo urgente. Sino porque quería ver cómo el eco de la caída de Kael recorría los pasillos de GUN. Quería escuchar los rumores, los murmullos, las teorías. Quería saborear cada segundo de su victoria. Kael había intentado separarlo de Robotnik. Kael había puesto sus manos donde no debía. Kael había creído que Stone era un premio que podía ganar con sonrisas y toqueteos. Y ahora Kael estaba en una celda, con cargos de traición, esperando que un juez decidiera si pasaba el resto de su vida en prisión o lo fusilaban antes. Ejecución por traición, pensó Stone mientras ordenaba las facturas del informe trimestral. Ojalá. Sonrió. Solo un segundo. Solo lo suficiente para que la Dra. Voss no lo viera. Luego volvió a teclear. La nueva directora se presentó una semana después. Shepard Margaret. Apodo no oficial: "La Hoz", porque cortaba presupuestos con la misma eficiencia con la que segaba personal. No usaba traje gris sino chaqueta negra, falda a la rodilla, y una expresión que decía ya sé que vas a mentirme, así que ahorra el esfuerzo. La reunión no era una presentación cualquiera. Era una reunión de alto mando, convocada para informar a los científicos principales y jefes de departamento sobre los "desfalcos de Kael" y las nuevas medidas de seguridad que se implementarían. Stone había sido incluido porque su puesto requería que estuviera al tanto de los cambios administrativos, pero en realidad nadie esperaba que hablara. El salón de juntas del piso ocho estaba lleno. Cuarenta personas, tal vez cincuenta. Los científicos más importantes de GUN, los directores de cada división, los jefes de seguridad. Shepard estaba al frente, de pie junto a una pantalla que mostraba gráficos de flujos financieros y números rojos. Stone se sentó en la última fila, como siempre. No quería llamar la atención. Quería pasar desapercibido, escuchar, y salir sin que nadie le preguntara nada. Pero entonces la puerta se abrió. Y entró Robotnik. Stone sintió el aire escaparse de sus pulmones como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. No había cambiado. Las mismas gafas oscuras que usaba en interiores porque "la luz fluorescente ofende mi percepción cromática". El mismo traje negro que nadie más en GUN se atrevería a usar porque daba un aire siniestro. La barbilla levantada, el mismo aire de este lugar siente el privilegio tenerme a mí. Entró como si la sala le perteneciera. Como si las cincuenta personas presentes fueran muebles. Como si Stone no existiera. Stone se encogió en su silla. Sus manos sudaban. Su corazón latía tan rápido que podía sentirlo en la garganta. “Mírame, por favor, mírame, solo una vez, necesito saber que todavía reconoces que existo.” Robotnik pasó junto a su fila. Lo miró. —Ah, Stone —dijo, con la misma entonación que usaría para saludar una mancha de humedad en la pared—. Todavía aquí. Y siguió caminando. No fue un saludo. Fue un reclamo. Un todavía aquí que significaba todavía no renunciaste, todavía te quedaste donde te pusieron como el buen pez pequeño que eres, todavía me das lástima pero no la suficiente para hacer algo al respecto. El desdén en sus ojos fue como una bofetada. Como si Stone estuviera sucio. Como si él hubiera sido el que decidió separarse, como si él hubiera elegido a Kael, como si él mereciera estar en ese rincón insignificante de la sala de juntas. Stone abrió la boca con la intención de saludarlo de vuelta pero Robotnik ya estaba sentado en la primera fila antes de que siquiera pudiera formar una frase coherente. De espaldas, con las piernas cruzadas y los brazos sobre el pecho, esperando a que Shepard comenzara su discurso. Y Stone cerró la boca. Shepard habló durante cuarenta minutos. Explicó los desvíos de Kael, los montos, los métodos. Mostró los documentos falsificados como si fueran reales. Anunció nuevas auditorías, nuevos protocolos de seguridad, nuevas restricciones para el manejo de fondos. —Este hombre —dijo Shepard, señalando la foto de Kael en la pantalla— era un traidor. Operó durante años bajo nuestras narices, fingiendo honradez y lealtad, hasta que alcanzó un puesto donde se hizo verdaderamente peligroso. Pero ahora está donde debe estar, y todos nosotros debemos revisar nuestros propios procesos para asegurarnos de que esto no vuelva a ocurrir. Los científicos asintieron. Algunos murmullos. Nadie lloraba por Kael. Stone no escuchó nada. Miró la nuca de Robotnik. La línea de su mandíbula. La forma en que sus dedos tamborileaban sobre el reposabrazos como si estuviera tecleando en el aire. No se había dado vuelta ni una sola vez. “Hice todo esto para volver con él,” pensó Stone. “Para que lo viera. Para que supiera que yo pude hacer esto. Para que pensara que soy útil otra vez.” Kael se había ido. La condición que puso había desaparecido. Robotnik podía quedarse con todo lo que ganó al despedirse de Stone; y además, podía tener a Stone de vuelta. Nada se lo impedía. Solo tenía que pedirlo. Pero lo cierto era que Robotnik no quería. Esa fue la verdad que Stone no pudo seguir esquivando. No era Kael. No era la condición. No era el presupuesto. Era que Robotnik no quería a Stone. Nunca lo había querido. Lo había tolerado. Y ahora, aunque Kael estuviera en una celda, Robotnik seguía sin quererlo. Stone sintió que el pecho se le partía en dos. Pero no fue el dolor de siempre. No fue la tristeza de las primeras semanas. Fue otra cosa. Fue el sonido de una puerta cerrándose para siempre. La reunión terminó a las cuatro y media. La gente comenzó a levantarse, a guardar sus cosas, a formar pequeños grupos de conversación en los pasillos. Robotnik salió primero, como siempre, sin mirar atrás. Stone se quedó en su silla. La sala se vació lentamente. Alguien apagó la pantalla. Alguien recogió los vasos de agua. Alguien cerró las cortinas. El eco de los pasos de Robotnik ya se había desvanecido. Stone se puso de pie. Ajustó su corbata frente a la pared reflectante de la sala de juntas. Se miró a los ojos. No vio al asistente de Robotnik. Vio al agente Stone. —Soy bueno en esto —se dijo—. No necesito a nadie para ser bueno en esto. Salió. Caminó por el pasillo del octavo piso, bajó las escaleras hasta el cuarto, y volvió a su escritorio. La Dra. Voss ya se había ido. Su taza con la frase motivacional estaba vacía en el escurridor. Stone se sentó frente a su computadora. Abrió el informe trimestral. Y siguió trabajando.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección