Un caso no ideal

Slash
R
Finalizada
3
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
30 páginas, 10.794 palabras, 3 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
Consultar con el autor / traductor
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección

Capítulo 3

Ajustes
Un mes después, la orden llegó sin previo aviso. Stone estaba revisando solicitudes de presupuesto cuando a su correo llegó mensaje prioritario, código amarillo, remitente Directora Shepard. Stone abrió el correo con el estómago encogido. "Por la presente, el Agente Stone es reasignado al laboratorio del Doctor Ivo Robotnik como asistente técnico principal, con efecto inmediato. La Directora Shepard, en el marco de la corrección de los errores administrativos del ex Director Kael, ha determinado que la dupla original es la combinación más eficiente para el Proyecto Odisea. Esta reasignación forma parte de las medidas correctivas implementadas por esta gestión. Cualquier objeción deberá presentarse por escrito antes de las 48 horas." Stone leyó el mensaje tres veces. La primera no entendió nada. Las palabras se mezclaban, se escapaban, se negaban a formar frases con sentido. La segunda leyó cada palabra con cuidado, como si estuviera desactivando una bomba. Reasignado. Asistente técnico principal. Efecto inmediato. Medidas correctivas. La tercera ya no leyó. Solo miró la pantalla. “¿Fue idea de Shepard?”, pensó. “¿O lo pidió él?” No había forma de saberlo. El correo no mencionaba a Robotnik. Hablaba de "medidas correctivas", de "errores administrativos", de "eficiencia". Sonaba a burocracia, no a un pedido personal. Sonaba a que Shepard había mirado los números, había visto que el laboratorio de Robotnik producía más cuando Stone estaba, y había tomado una decisión fría y pragmática. Nada en ese correo sugería que Robotnik lo hubiera extrañado. Stone sintió la sangre subirle a la cara, bajarle, subirle otra vez. Sus manos comenzaron a temblar. El pecho se le apretó. “Vuelvo con él”, pensó. Se levantó de la silla. Casi tiró la taza de café. —¿Todo bien, cariño? —preguntó la Dra. Voss desde su escritorio, mirándolo por encima de las gafas. Esa pregunta estaba volviéndose común. —Todo bien —dijo Stone, y su voz sonó extraña, demasiado aguda—. Me reasignaron. Al laboratorio de Robotnik. La Dra. Voss arqueó una ceja. —¿El que tiene bigotes? —Ese mismo. —¿Y eso te alegra o te preocupa? Stone no supo responder. Se quedó parado en medio de la oficina, con las manos colgando a los costados, sintiendo cómo todas las emociones que había enterrado durante el último mes comenzaban a brotar como grietas en una presa. —No sé —dijo al final. La Dra. Voss asintió, como si esa respuesta fuera perfectamente razonable. —Bueno, cariño. Me vas a hacer falta. Nadie más prepara el café a la temperatura exacta. Stone sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, verdadera. —Usted también me va a hacer falta, Doctora Voss. —Voss. A secas. Ya te dije que no soy doctora. —Sí, Voss. Empacó sus cosas en una caja de cartón y caminó hacia el ascensor. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en los dientes. El laboratorio de Robotnik no estaba donde solía estar. GUN había cumplido su parte del trato: ala este, quinto piso, acceso restringido. La puerta era de acero macizo, con un escáner retinal y un teclado numérico. Stone aún no tenía autorización. Tuvo que llamar a un intercomunicador y esperar. —¿Quién es? —gruñó la voz de Robotnik desde el altavoz, distorsionada, terrible. —Agente Stone. Reasignado. Por orden de la Directora Shepard. Silencio. Luego un zumbido. La puerta se abrió. Stone entró. El nuevo laboratorio era todo lo que Kael había prometido y más. Cinco veces más grande que el anterior. Paredes blancas y relucientes, servidores silenciosos, pantallas holográficas flotando en el aire. Herramientas que Stone ni siquiera sabía que existían, ordenadas en mesas de trabajo que parecían sacadas de una revista de arquitectura. Y Robotnik. Estaba en el centro del laboratorio, de espaldas a la puerta, trabajando en algo que Stone no podía ver. Su traje negro, sus botas, sus guantes. Todo igual. Todo exactamente como Stone lo recordaba, hasta la forma en que inclinaba la cabeza cuando se concentraba. —Cierra la puerta —dijo Robotnik sin girarse—. Empañas el ambiente. Stone cerró la puerta. Se quedó junto a la entrada, con la caja de cartón en los brazos, sin saber qué hacer. No había un escritorio para él. —Doctor —dijo, y su voz salió más calmada de lo que se sentía—. Me reasignaron. No sé si recibió el correo de Shepard. —Lo recibí. —¿Y fue usted quien...? —¿Quién qué? —Robotnik se giró. Lo miró. De arriba abajo. Como si fuera un objeto nuevo que acababa de llegar y necesitara ser inspeccionado para asegurar que no viniera defectuoso—. ¿Quién pidió que volvieras? ¿Eso me estás preguntando? Stone tragó saliva. —Sí, doctor. Robotnik resopló. —No seas ridículo. Yo no necesito pedir nada. Shepard vino, me mostró los números de productividad del último mes, y decidió sola. El robot que construí tiene... limitaciones. Bugs pequeños. Cosas que tú puedes cubrir mientras yo los soluciono. Nada más. Stone sintió el pecho encogerse. No era un "te extrañé". No era un "me hiciste falta". Era una transacción. Él era un reemplazo temporal de un robot defectuoso. —Entiendo, doctor. —¿Entiendes? —Robotnik arqueó una ceja, como si dudara de esa afirmación—. No creo que entiendas nada, Stone. Pero no me importa. Mientras no estorbes, puedes quedarte. Dio media vuelta y volvió a su trabajo. Stone se quedó junto a la puerta, con la caja en los brazos, durante lo que sintió una eternidad. Luego puso la caja en el suelo, encontró una mesa vacía en la esquina del laboratorio —la más alejada de Robotnik— y comenzó a instalar sus cosas. Cuando terminó, fue a la cocina integrada del laboratorio, preparó café, y dejó una taza en el escritorio de Robotnik. El asa a ciento treinta grados. La cucharilla a la izquierda. Tres terrones de azúcar moreno. Robotnik la tomó sin mirarlo. Bebió. —Aceptable —dijo. No era un elogio. Pero tampoco era una queja. Era lo de siempre. Los primeros días fueron extraños. Robotnik no lo evitaba activamente, pero tampoco lo buscaba. Lo trataba como algo que estaba ahí, que cumplía una función, y que no merecía más atención que la necesaria para que no se rompiera. Le daba órdenes cortas, secas, sin la crueldad juguetona de antes. "Stone, esto." "Stone, aquello." "Stone, no me hables mientras trabajo." Stone obedecía. Sin sonrisas extra. Sin quedarse después de hora. Sin el brillo en los ojos que antes iluminaba su cara cada vez que Robotnik le dirigía la palabra. Hacía su trabajo. Lo hacía bien. Y se iba. Robotnik debió notar la diferencia porque al quinto día, mientras Stone organizaba los pedidos de material, se acercó a su mesa sin previo aviso. —¿Me estás evitando? Stone levantó la vista. —No, doctor. Estoy trabajando. —Antes trabajabas y me seguías con la mirada. Ahora trabajas y miras la pantalla. —Antes tenía menos trabajo. Mentira. Stone tenía exactamente la misma cantidad de trabajo, probablemente más. Pero no iba a decir que antes tenía esperanza. Robotnik lo miró un momento, la cabeza ladeada, los ojos entrecerrados detrás de las gafas. —No me gusta este nuevo Stone —dijo al final. —Es el mismo Stone de siempre, doctor. Solo que sin la parte que a usted le molestaba. —¿Qué parte? —La que se rebajaba para no ser separado del trabajo que le gustaba. Robotnik abrió la boca. La cerró. Por un segundo, solo un segundo, Stone juró haber visto algo parecido a la confusión en su rostro. Pero luego Robotnik resopló, dio media vuelta, y volvió a su lugar. Pasaron las semanas. Stone trabajaba en silencio. Robotnik también. El laboratorio era eficiente, productivo, impecable. Pero estaba muerto. No había esas explosiones que antes precedían a los mayores descubrimientos de Robotnik. Stone extrañaba todo eso. Lo extrañaba tanto que algunas noches, en su departamento, se sentaba en el suelo mirando a la nada. Una tarde, Robotnik lo llamó a su escritorio. Stone fue, como siempre, con libreta y bolígrafo en mano. —¿Sabés qué me molesta de ti, Stone? —Tengo una lista, doctor. Pero prefiero que usted me diga. Robotnik apoyó la barbilla en una mano. —Que crees que puedes ganar algo. Que crees que esto es un partido de quién puede importarle menos al otro. Y tú estás actuando como si estuvieras ganando, y me molesta porque no es cierto. No eres tan listo como crees. Y hablas de manera críptica como si estuvieras diciendo algo profundo, y no. Solo estás siendo molesto. Stone no sonrió. —No es un partido, doctor. Solo estoy haciendo mi trabajo. Robotnik se quedó en silencio. Stone sostuvo su mirada. No parpadeó. No se encogió. No fue el primero en apartar los ojos. Al final, Robotnik bufó y volvió a su pantalla. El día del incidente comenzó como cualquier otro. Stone llegó a las siete. Preparó el café. Lo dejó en el escritorio de Robotnik. Nada nuevo hasta que el doctor habló. —Hoy hay viaje de campo —dijo Robotnik mientras revisaba su tableta—. Zona restringida norte. Necesito muestras del suelo para el proyecto de blindaje. Tú vienes. Stone parpadeó. No había salido del laboratorio en semanas. —¿Yo, doctor? —No dije "otra persona". Dije "tú". ¿Tienes problemas de audición además de los otros de comprensión que ya tienes? —No, doctor. Ninguno. —Entonces prepara el equipo. Salimos en una hora. La zona restringida norte era un polígono de pruebas abandonado a cuarenta kilómetros de la base. Stone manejó el vehículo mientras Robotnik iba en el asiento del copiloto, los pies apoyados en el tablero, los brazos cruzados. —No me gusta salir —dijo Robotnik en un momento, sin mirarlo—. El exterior está lleno de variables impredecibles. Gente. Clima. Insectos. Todo eso que hace que la ciencia sea tediosa. —Podríamos haber pedido que enviaran las muestras, doctor. —No confío en los mensajeros. El último que mandaron me trajo una caja con tierra mojada. Mojada. La humedad altera la composición mineral. Tuve que desechar todo el lote. —Qué horror. —No te burles. Tú también perderías la paciencia si alguien arruinara tres semanas de trabajo. Stone no se burlaba. Hacía mucho que no se burlaba de nada. Pero asintió, porque asentir era más fácil que explicar que ya no le quedaba paciencia para perder. Llegaron al polígono bajo un sol gris. Nubes bajas, viento frío, el suelo cubierto de arena y cascajo. Robotnik se bajó del vehículo, estiró las piernas, y señaló un edificio en ruinas. —Ahí. Revisa los medidores de radiación, yo voy a tomar muestras. —¿No sería mejor que yo tomara las muestras? —¿Eres geólogo? —No. —¿Tienes algún entrenamiento en recolección de muestras minerales? —No, doctor. —Entonces haz lo que te digo y no me molestes. Parecía un trabajo tedioso el que seleccionó Robotnik para él mismo. Arrodillado en el suelo frío, llenando frascos con tierra y arena, etiquetando cada uno con la ubicación exacta. Stone estaba a unos treinta metros, de pie junto a un medidor portátil, anotando números en su tableta. Entonces a lo lejos vio el brillo de un arma apuntando. Un francotirador. Se escuchó un estallido seco, el silbido de una bala, y Stone se lanzó hacia Robotnik. Luego el impacto en su hombro. Un golpe caliente, punzante, que lo giró sobre sí mismo y lo tiró al suelo. —Stone. Stone. —Robotnik y Stone se arrastraron detrás del auto, fuera del alcance del francotirador. Las manos de Robotnik se posaron sobre el hombro de Stone, apretando, tratando de detener la sangre. No servía de nada. La sangre se filtraba entre sus dedos, caliente y obscena—. La bala salió limpia. Atravesó. Eso es bueno. Eso es... —¿Doctor, está bien? —preguntó Stone. Las palabras le costaban. El mundo se movía demasiado rápido, o demasiado lento, o las dos cosas. —¿Yo? ¿Me preguntas si yo estoy bien? ¡Te acaban de disparar, idiota! —Pero no le dieron a usted. Eso es... —Stone tosió. El hombro ardía. Algo andaba mal. Una bala que atraviesa no debería doler así, no debería quemarle las venas y hacer que el mundo se desdibujara—. Eso es lo que importa. Robotnik lo miró. —Había veneno en la bala —dijo, y su voz se impregnó con una nota de miedo—. La bala tenía veneno. Maldición, Stone, la bala tenía veneno. Stone quiso responder, quiso decir no se preocupe, doctor, no es nada, pero la fiebre ya estaba encendiéndose en su pecho como una brasa. El mundo comenzó a girar. La cara de Robotnik se alejaba y se acercaba como en un sueño. —Mantén los ojos abiertos —ordenó Robotnik—. ¿Me oyes? Mantén los ojos abiertos, Stone. No me vayas a desmayar. Te llevo al vehículo. Vas a estar bien. Me oyes. Vas a estar bien. Stone no estaba seguro de nada. Solo sabía que estaba caliente. Un calor que comenzaba en el hombro y subía, subía, hasta quemarle el pecho, la garganta, la cabeza. La fiebre lo golpeó como un tren. De repente estaba sudando y temblando al mismo tiempo, y la cara de Robotnik se distorsionaba, se multiplicaba, se alejaba. “Pensé que no me dejaría ir.” pensó. La idea llegó como un destello entre la fiebre. La había tenido tantas veces. "Pensé que el doctor iba a pelear por mí”, “Va a decir que no. Va a decir que sin mí el laboratorio no funciona.” Pero no lo dijo. Aceptó. Firmó. Y Stone sintió que el suelo se abría bajo sus pies. “Yo fingía no enterarme de lo que Kael quería porque no quería problemas. Repórtalo me iba a alejar del doctor. No quería que la burocracia de GUN me separara del doctor”. Era paradójico. Por no pelear, Kael los separó. —...Y cuando me rendí y pensé que ya no podría volver—escuchó decir a su propia voz, aunque no recordaba haber abierto la boca—. Me deshice de él. .¿Por que no vendiste a buscarme? Las palabras salían solas, como un río que rompe una represa. —Pensé que si Kael se iba, podrías quedarte con todo y además tenerme a mí de vuelta. Pero no me quieres. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. No las sintió. O sí, pero la fiebre ahogaba todo. —Duele verte. Duele no verte. Quiero que seamos como antes, pero no puedo. Ya no sé cómo. Me duele tanto amarte. Cerró los ojos. —Pero si vivo —susurró—, voy a volver a ser igual que antes. Lo juro. Porque amarte es lo único que me sale bien. Y prefiero seguir así a fingir que no te amo. El mundo se apagó. Despertó en una cama que no era la suya. La primera sensación fue alivio. La segunda, confusión. La tercera, horror. “¿Qué dije?” Intentó recordar. Los fragmentos llegaban borrosos, como recuerdos de un sueño. El disparo. La sangre. Y luego lo había dicho todo. —¿Estás despierto? La voz vino de su derecha. Stone giró la cabeza, despacio, porque todo le dolía. Robotnik estaba sentado en una silla metálica, con las piernas cruzadas y los brazos sobre el pecho. No tenía las gafas puestas. Sus ojos grises lo miraban fijamente. Tenía manchas de sangre seca en las mangas de su traje. “Mi sangre,” pensó Stone. —Doctor —dijo, y su voz sonó como papel de lija—. ¿Qué pasó? —Lo que pasó es que tú, agente Stone, eres un idiota. —Robotnik hablaba en tono plano, pero había algo debajo. Algo que no era plano en absoluto—. Te interpusiste entre un francotirador y yo. La bala tenía veneno. Tuviste fiebre y delirios. Estuviste inconsciente catorce horas. Catorce horas. Stone intentó procesar el número. —¿El francotirador? —Muerto. No por mí. Por seguridad. Llegaron después de que yo ya te había subido al vehículo. —Doctor —dijo, y la voz le tembló—. ¿Qué dije? Robotnik no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo con esos ojos grises, sin parpadear, como si estuviera leyendo algo en su cara que Stone no podía ver. —Todo —dijo al final—. Dijiste todo. Stone cerró los ojos. Todo. Significaba “te amo”. Significaba “quería que nunca me dejaras ir.” —Lo siento —susurró—. No debería haber... No es cierto. O sea, fue el veneno. No quise decir... —No mientas —lo cortó Robotnik. Stone abrió los ojos. Encontró la mirada de Robotnik. Esperó el desprecio. Esperó la burla. Pero eso no llegó, en su lugar Robotnik se inclinó hacia adelante. Apoyó los codos en las rodillas. Lo miró como si fuera la primera vez que lo veía. —No sabía que eras tan tonto —dijo, y su voz era rara.—. ¿De verdad creíste que no me importaría que Kael te acosara? Stone parpadeó. —¿Qué? —El tipo te miraba como si fueras un trozo de carne. Y tú te quedabas ahí. Sin hacer nada. Sin pedir ayuda. Sin decirme nada. —Robotnik apretó los dientes—. Pensé que que te gustaba la atención. Tú no te dejas de nadie por nada. Solo de mi. Me dio tanto asco Stone que preferí aceptar que te fueras a tener que mirarte. —Doctor, yo nunca... —Te dije que renunciaras. —continuó Robotnik, como si Stone no hubiera hablado—, si lo hubieras hecho, habrías sido un cobarde, pero al menos habrías demostrado por fin valer la pena. —Robotnik tuvo un espasmo en las manos. —pero no, claro que no. Te quedaste ahí para seguir siendo…y luego , no conforme con eso, me enteré de que fuiste a su casa. A su casa, Stone. Cenaste con él. Te quedaste allí horas. Stone sintió que el aire se le escapaba. —Tuve que ir. Era parte del plan para... —No me importa tu plan que iba paso de tortuga. Me importa que fuiste. Que entraste. Que estuviste a solas con él en su casa. —Robotnik se pasó una mano por la cara. —Fui porque necesitaba pruebas para incriminarlo, necesitaba vengarme, además pensé que si él se iba, tú querrías tenerme de vuelta. Ya tenías el laboratorio y el presupuesto que querías más que a mí, pero si no había nadie reforzando esa condición estúpida me querrías de vuelta. Robotnik lo miró largamente. —Si me hubieras dicho —dijo al fin, más bajo—. que no lo querías... yo lo habría hecho desaparecer mucho antes. Sin necesidad de que fueras a su casa. Sin necesidad de todo esto. Stone sintió las lágrimas quemarle detrás de los ojos. —No sabía que te importaba. Robotnik entrecerró los ojos. —Te amo—susurró Stone—. Solo a ti. No puedo querer a nadie más. No hay quien se te compare. —El monitor cardiaco seguía marcando los latidos de Stone. Rápidos. Ruidosos. Largos segundos en silencio pasaron entre ellos. —No soy capaz de sentir lo que tú sientes —dijo Robotnik al fin, y su voz era honesta. Cruda. Como si estuviera leyendo un informe sobre sí mismo—. Es físicamente imposible en mi estructura cognitiva. No estoy diseñado para eso. Nunca lo estuve. Stone tragó saliva. —Lo sé, doctor. —Pero entiendo. —Robotnik hizo una pausa—. Y no voy a volver a alejarte. Porque no voy a encontrar a nadie tan fiel. Eso te lo puedo prometer. El corazón de Stone dio un vuelco. —¿Qué significa eso, doctor? —Significa que no te voy a dar todo lo que quieres. No puedo. Sería mentirte. Pero de todo lo que puedo dar —Robotnik inclinó la cabeza—, te lo voy a dar solo a ti. Y lo besó. No fue un beso de película. Fue rápido, técnico, casi quirúrgico. Los labios de Robotnik presionaron los suyos durante dos segundos, tal vez tres, y luego se apartaron. Stone se quedó paralizado. —Eso fue... —intentó decir, pero la voz no le salía. —No estuvo tan mal —dijo Robotnik, como si estuviera evaluando un prototipo—. Podríamos intentar cosas más interesantes después. Pero ahora tengo trabajo. Se puso de pie. Ajustó su chaqueta manchada de sangre. Y caminó hacia la puerta. —Doctor —alcanzó a decir Stone—. ¿Eso fue un beso de compromiso? ¿O de "buena mascota"? Robotnik se detuvo en la puerta. No se dio vuelta del todo, solo giró la cabeza, y Stone vio algo en la curva de sus labios. Algo que podría haber sido una sonrisa. —Cuando salgas del hospital, quiero mi café a las siete en punto. Sin falta Salió. Stone se quedó mirando la puerta cerrada. El monitor cardiaco seguía marcando sus latidos, demasiado rápidos, demasiado ruidosos. Se llevó una mano a los labios. Todavía los sentía. El beso más breve de su vida. Lloró de felicidad.
3 Me gusta 0 Comentarios 0 Para la colección