Capítulo 1
9 de mayo de 2026, 23:58
«En el milenio 41 solo existe la guerra», solía decir el comisario. «Por lo tanto, nuestro deber no es sobrevivir, sino ganar cada batalla que podamos combatir; no solo por el Imperio o la totalidad de la raza humana, sino por Aquel que se sienta en el Trono Dorado de Terra».
Recordaba las palabras como si hubiera sido ayer. Quizás lo fue. Estando tan cerca de la Cicatrix Maledictum, era difícil determinar el tiempo de manera concreta. Sin embargo, había sido recientemente que escuchó ese discurso, pues aún tenía la sangre seca de su comisario en su lasgun. No había sido él quien lo había asesinado; simplemente estuvo cerca de él cuando una bala de los pieles verdes le reventó el pecho. El sargento Brook había dado la piedad del Emperador al moribundo comisario. Desde ese momento, la perspectiva de huir se había vuelto tentadora. Sin embargo, el soldado prefería morir combatiendo, ya que había escuchado los rumores de lo que los pieles verdes les hacían a los cobardes. Una muerte atroz era mucho mejor que el destino de los desgraciados que atrapaban los orkos.
Fue con esa mentalidad que corrió hacia el waagh orko que se había aburrido de las prácticas de tiro. Sin energía en su lasgun ni granadas restantes, hizo una última carga de bayoneta de su vida. Pero no llegó a acercarse. Una grieta, diferente a un portal disforme, se abrió en el cielo; de esta cayó, como una estrella fugaz verde, en medio del campo de batalla.
Entre fuego verde, una figura humanoide apareció. Llevaba una camisa negra con el número «10». Un niño no más grande que el más joven recluta de su escuadrón. Los rojos no parecían dispuestos a desperdiciar munición con el chico: lo aplastaron con sus buggies y camiones relámpago a su paso.
El guardia imperial, que había visto al chico ser engullido por una marea verde, supo que al menos había tenido una muerte rápida. Sin embargo, algo extraño sucedió. Un destello escarlata iluminó el campo de batalla y una voz gutural exclamó:
—HUMUNGOSAURIO.
Del mismo lugar de donde había desaparecido el chico emergió un colosal alienígena. No se parecía a ningún xeno de su manual de introducción. Era bípedo, de escamas y piel café; su fisiología recordaba a un grox sobrealimentado, con la excepción de sus ojos, que eran verde brillante. El guardia pudo ver este detalle, ya que el xeno había triplicado su tamaño desde que apareció de la nada.
Los rojos, al ver semejante enemigo, concentraron su fuego hacia la criatura. Este respondió con una serie de manotazos hacia la multitud de orkos, gretchins y squigs que lo atacaban, ya fuera con proyectiles hechos de chatarra o en combate cuerpo a cuerpo con dientes, uñas y chatarra afilada.
La manera en que peleaba el colosal alienígena recordaba a un niño chapoteando agua en una playa o estanque poco profundo; solo que, en lugar de gotas de agua, lo que salpicaba eran pieles verdes.
La pelea parecía no acabar nunca, ya que la marea piel verde amenazaba con ahogar al xeno. De haber podido, al guardia imperial le habría gustado ver cómo se mataban entre sí los alienígenas. Sin embargo, recibió la orden de retroceder junto a cualquier efectivo que siguiera respirando.
Mientras se retiraba, el guardia imperial hizo una pequeña plegaria al Emperador: «Emperador de todos nosotros, dame la fuerza para matar al a
lien que sobreviva».