Capítulo 3
9 de mayo de 2026, 23:58
Ben despertó atado a una silla. El primer pensamiento de Ben fue que era la silla de un consultorio dental, pero rápidamente se deshizo de esa fantasía, ya que los instrumentos que veía eran demasiado crudos para tener algún uso que no fuera generar dolor.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —El eco de su voz parecía recorrer un sinfín de pasillos antes de desaparecer.
A Ben no le gustaba ese lugar. Olía a sangre y aceite. Podía escuchar engranajes moviéndose entre las paredes y el traqueteo de metal contra metal. Aunque no veía las cámaras, Ben sabía que debían de estar vigilándolo. Sabía que, si se quedaba ahí, encontraría respuestas que necesitaba urgentemente. Así que esperó en esa sala oscura con olor a decadencia.
Ben intentó entretenerse recordando viejas aventuras que había tenido con sus amigos. Intentaba no pensar en lo que estarían haciendo Brook, Kevin y Gwen en ese momento, pero fracasó. Su mente siempre volvía al instante antes de ser absorbido por aquel portal verde. Estaba de vacaciones con sus amigos, explorando la galaxia de Andrómeda después de haber vencido a Maltruant. En realidad, las vacaciones eran una excusa para poder ver con sus propios ojos el universo que había salvado y ayudado a construir.
Ya no importaba nada de eso. Tenía que volver junto a su familia lo antes posible, pero primero debía averiguar dónde estaba.
Por suerte, ya no tuvo que esperar más. Del otro lado de la habitación escuchó el retumbar de una mole metálica. Ben no podía identificar de dónde provenía, ya que el eco hacía que sonara como un ejército robótico a lo lejos. Entonces vio cómo la pared se abría, dejando pasar una luz dorada que envolvía a un gigante vestido con una armadura barroca adornada con pergaminos y escritos en letras góticas. Ben casi dejó escapar una carcajada.
—Veo que te gusta hacer una entrada.
El descaro del chico dejó perplejo a su captora y al séquito que la acompañaba.
—¿Sabes dónde estás, niño?
Ben notó el acento europeo en su interrogadora, pero no parecía provenir de ninguno de esos países.
—No tengo la menor idea —admitió Ben con una sonrisa—. Solo sé que no estoy en un consultorio dental.
La interrogadora hizo un par de anotaciones mentales. Nada en ese niño tenía sentido: su ropa, su físico o su actitud no pertenecían a ese lugar. Su ropa era diferente a cualquier cosa que el planeta en el que estaban pudiera producir; su físico era el de una persona bien alimentada, alguien que nunca había pisado una ciudad colmena ni trabajado en el campo.
Y lo más extraño era su actitud. Incluso si ignoraba con quién estaba hablando, no se sentía intimidado por la armadura de poder que ella vestía, como si pudiera derrotarla en cualquier momento. Además, estaba su voz. No solo hablaba un alto gótico fluido, sino que también había algo raro en sus labios. Tenía que mantenerlo hablando.
—Estás en el mundo agrícola Exel IX, en el Segmentum Ultima. ¿Cómo llegaste aquí? Por cierto, mi nombre es Nassilya Mordor, inquisidora de la Orden Xeno.
—Un placer. Me llamo Benjamin Tennyson. Puedes llamarme Ben. ¿Te importa si te llamo Nancy?
Ahí estaba otra vez. Sus labios no correspondían con lo que estaba diciendo, con excepción de su nombre. Estaba usando un traductor. Ahora sentía aún más curiosidad acerca del chico. Ya se cobraría el insulto más tarde.
Nancy asintió.
Ben, feliz de contestar, explicó la historia más absurda que la inquisidora había escuchado en esa sala de interrogación. Ben habló de un planeta llamado Tierra y de un tour por la galaxia de Andrómeda; de alienígenas amigables y de una organización secreta de paz entre varias especies alienígenas llamada Plomeros.
Fue entonces cuando Ben preguntó acerca de ella: qué significaba ser una inquisidora y si tenía alguna relación con los Plomeros. La inquisidora no respondió. Simplemente se levantó y arrastró un carrito con una gran cantidad de herramientas de interrogación.
—¿Me vas a torturar o algo así? —preguntó Ben con aire divertido.
—Eso me temo. Tu historia no tiene sentido. Tengo que averiguar si lo que dices es verdad o si algo te está controlando.
—¿Sabes? Leí un artículo hace tiempo. Según un estudio, la tortura no sirve de nada, ya que los torturados solo dirán lo que el torturador quiere escuchar… o mentiras, porque no tienen ningún incentivo para ayudar a quien los está lastimando.
—Tonterías. —Tomó un instrumento al azar del carrito. Hacía tiempo que ella misma no realizaba una interrogación personalmente, pero esta era una ocasión especial.
Ben no cambió su expresión en ningún momento. Sin embargo, un destello de luz esmeralda iluminó la sala y, donde antes había estado Ben, ahora se encontraba un insecto gigante antropomórfico. Su cuerpo era azul, pero sus ojos eran verdes, del mismo color que los de Ben.
—Frío~
La inquisidora retrocedió, preparándose para el ataque.
—Hasta luego.
La criatura se difuminó como un fantasma, atravesando el suelo y dejando tras de sí una capa de hielo.