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La oficina estaba en silencio cuando Matt comenzó a revisar las declaraciones. Los documentos estaban ordenados en una pila sobre el escritorio. Hojas impresas, anotaciones de los agentes y transcripciones breves de lo que algunos habitantes del pueblo habían dicho la noche anterior. Matt deslizó los dedos por el borde de una de las páginas antes de levantarla. Había marcado cada declaración con pequeñas muescas en las esquinas para distinguirlas con facilidad. El murmullo lejano del pasillo llegaba hasta la puerta cerrada de su oficina. Alguna conversación distante, el sonido ocasional de una silla moviéndose. Matt pasó a la siguiente hoja. Los testimonios eran simples. Un hombre que había visto el automóvil de la periodista, estacionado cerca del río. Una pareja que recordaba haberla visto caminar por la calle principal alrededor de las ocho de la noche. Una mujer que había oído sirenas poco después. Nada parecía destacar demasiado. Hasta que llegó a la siguiente declaración. Matt detuvo el movimiento de sus manos. El papel crujió levemente entre sus dedos mientras volvía a recorrerlo con atención. La declaración pertenecía a una mujer llamada Josie, dueña del bar del pueblo. Según el informe, había visto a Page caminar por la calle alrededor de las nueve. Había dicho que parecía apurada y que no hablaba con nadie. Matt inclinó ligeramente la cabeza. Algo en esa descripción no terminaba de encajar. No era lo Josie que había dicho. Era la forma en que lo había dicho. Matt recordaba perfectamente el momento en que dio su declaración la noche anterior. Había estado en la misma habitación. La voz de la mujer había sido firme, pero demasiado controlada. Y ahora, al repasar las palabras, Matt recordó otro detalle: la pausa breve antes de responder ciertas preguntas. La respiración un poco más rápida cuando el agente mencionó la hora. Se quedó quieto unos segundos más. Luego dejó la hoja sobre el escritorio. Si Josie había mentido, no lo había hecho de manera evidente. Pero algo en ese testimonio estaba incompleto. Matt tomó otra hoja y la colocó junto a la primera. Comparó los horarios, las distancias, los lugares mencionados. Todo parecía coincidir… excepto por un pequeño espacio de tiempo que nadie había explicado todavía. Matt apoyó las manos sobre el escritorio. Josie había visto a la periodista. De eso estaba seguro. La verdadera pregunta era qué más había visto… y por qué había decidido no decirlo. Había aprendido a reconocer cuando algo no encajaba en un relato. No era una habilidad sobrenatural ni un truco especial; era simplemente experiencia. Las personas hablaban, pero siempre dejaban espacios entre las palabras. Y en esos espacios era donde solían esconder lo que realmente pensaban. Matt apoyó los dedos sobre el papel donde estaba la declaración de Josie. La mujer había dicho lo suficiente para parecer colaborador. Pero no todo. Matt estaba seguro de eso. Se reclinó levemente en la silla, pensando en la secuencia de la noche anterior. Cerca de su mano derecha, junto a los documentos, descansaba una pequeña medalla metálica. Los dedos de Matt rozaron el borde gastado casi por costumbre. Santa Lucía. La había llevado durante años. No como un gesto visible ni como algo que comentara con facilidad, sino como una presencia constante entre el ruido de los casos, las noches largas y todo aquello que prefería cargar en silencio. El metal estaba frío bajo sus dedos. Matt exhaló lentamente. Page había llegado al pueblo con una cita anotada en su agenda. Alguien debía reunirse con ella. Alguien que todavía no aparecía en ninguna declaración. El teléfono del escritorio sonó. El sonido interrumpió el hilo de sus pensamientos. Matt estiró la mano y levantó el auricular. —Murdock. Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. —Matthew. La voz era tranquila, grave, inconfundible. Matt permaneció en silencio un instante antes de responder. —Hermana Maggie. —Me dijeron que estabas en el departamento —dijo ella con calma—. Pensé que tal vez estarías trabajando hasta tarde. Matt apoyó el codo sobre el escritorio. —Algo así. La mujer guardó silencio unos segundos, como si estuviera midiendo sus palabras. —También escuché lo que ocurrió anoche. Matt no respondió inmediatamente. En un pueblo pequeño, las noticias se movían rápido. Más rápido aún cuando involucraban a la policía. —Una periodista —continuó Maggie—. No es algo común para Cold Spring. —No. El tono de Matt fue breve. —¿Es un caso difícil? —preguntó ella. Matt pasó los dedos por el borde de una de las hojas. —Todavía es temprano para decirlo. Hubo otra pausa. —Pero lo será —añadió después. La respiración de Maggie se escuchó con claridad al otro lado de la línea. —Pensé que tal vez querrías hablar. Matt apoyó la cabeza ligeramente hacia atrás. —¿Hablar de qué? —De lo que sea necesario. La respuesta fue simple, sin insistencia. Ese era uno de los motivos por los que Matt nunca sabía exactamente cómo manejar esas conversaciones. Maggie no presionaba, pero tampoco se retiraba del todo. Siempre permanecía cerca. —Estoy bien —dijo él finalmente. —No pregunté si estabas bien. Matt dejó escapar una respiración corta. La mujer continuó con la misma serenidad. —Pregunté si querías hablar. Matt guardó silencio unos segundos. —Es un caso complicado —dijo al final—. La víctima no era de aquí. —Eso a veces hace las cosas más difíciles. —Sí. Matt deslizó una de las hojas hacia un lado. —Alguien en este pueblo sabe algo que no está diciendo. Maggie tardó un momento en responder. —Eso suele ocurrir cuando el miedo entra en una historia. Matt frunció ligeramente el ceño. —¿Miedo? —O culpa. El silencio volvió a instalarse entre ellos. Matt apoyó los dedos sobre el escritorio. —No todos los secretos se guardan por maldad —continuó Maggie—. A veces la gente cree que callar protegerá a alguien. Matt pensó en Josie. En la pausa antes de responder. En la respiración contenida. —O a sí mismos —dijo Matt. —También. Hubo otro momento de quietud. Cuando Maggie habló otra vez, su voz era un poco más suave. —Matthew… si este caso empieza a pesarte, sabes que siempre puedes venir al convento. Matt tardó un segundo en responder. —Lo sé. La respuesta fue correcta, educada. Pero la distancia en el tono era evidente. Maggie no pareció sorprenderse. —Solo quería que lo recordaras. Matt asintió ligeramente, aunque ella no podía verlo. —Gracias, hermana. —Cuídate —dijo Maggie. La línea quedó en silencio. Matt permaneció con el auricular en la mano unos segundos más antes de colgar. Luego volvió a girarse hacia el escritorio. Las declaraciones seguían allí. Y en alguna parte entre esas palabras incompletas, estaba la pieza que faltaba para entender por qué Karen Page había venido a Cold Spring… y por qué alguien había decidido que no debía salir con vida.1 Nadie Vio Nada
14 de mayo de 2026, 19:43
Karen Page trabajaba en su cubículo en la redacción del periódico de Nueva York. La mayor parte del piso ya estaba en silencio; varias luces estaban apagadas y solo algunos escritorios seguían ocupados por periodistas que terminaban notas de última hora. Frente a ella se acumulaban carpetas, impresiones y páginas llenas de anotaciones sobre la investigación que llevaba semanas siguiendo en Cold Spring.
Había pasado los últimos días viajando constantemente entre la ciudad y ese pequeño pueblo al norte del estado. Cada vez que regresaba a Nueva York traía más preguntas que respuestas.
En la pantalla de la computadora tenía abiertos varios documentos: nombres, fechas, fragmentos de entrevistas, recortes de noticias locales. Nada parecía encajar todavía, pero algo en esa historia la mantenía avanzando.
El teléfono de su escritorio sonó de repente.
Karen levantó el auricular casi de inmediato.
— ¿Sí?
Del otro lado escuchó una voz que reconoció al instante. Su expresión cambió ligeramente mientras escuchaba.
La voz habló en tono bajo, directo, como si no quisiera perder tiempo.
Debía volver a Cold Spring esa misma noche.
Karen apoyó el codo sobre el escritorio.
—¿Qué pasó?
La respuesta fue breve. Había información nueva. Algo que no podía decir por teléfono.
Karen frunció el ceño mientras miraba las hojas extendidas frente a ella.
—¿Ahora?
La voz insistió. Era importante.
Le dio una dirección: una pequeña cafetería apartada del centro del pueblo. También le indicó la hora exacta.
Karen guardó silencio unos segundos. Aquella persona nunca la había hecho perder el tiempo. Si estaba llamando de esa forma, algo debía haber cambiado.
—Está bien —dijo finalmente—. Iré.
Colgó el teléfono y se quedó mirando el escritorio durante un momento.
Luego comenzó a guardar algunos papeles en su bolso. Apagó la computadora, se puso el abrigo y salió de la redacción.
Minutos después ya estaba conduciendo fuera de la ciudad.
Las luces de Nueva York quedaron atrás mientras tomaba la carretera que seguía el curso del Hudson hacia el norte. El tráfico disminuyó poco a poco y el camino se volvió más oscuro y silencioso.
Karen mantuvo las manos firmes sobre el volante mientras pensaba en la llamada.
¿Por qué citarla en un lugar así?
¿Por qué no hablar por teléfono?
La carretera continuó avanzando entre tramos de bosque y pequeñas localidades hasta que, más de una hora después, las primeras luces de Cold Spring aparecieron a lo lejos.
El pueblo estaba casi en silencio.
Karen redujo la velocidad mientras atravesaba la calle principal. Muchas tiendas estaban cerradas y solo algunos faroles iluminaban las aceras.
La dirección que le habían dado quedaba más alejada del centro.
Condujo unos minutos más hasta encontrar el lugar.
La cafetería era pequeña, con un letrero viejo sobre la puerta y una luz encendida en el interior. Estaba apartada de las otras tiendas, cerca de la carretera.
Karen estacionó frente al local.
Apagó el motor y observó el edificio durante unos segundos.
Luego tomó su bolso, salió del automóvil y caminó hacia la puerta.
El aire nocturno era frío y el silencio del pueblo hacía que cada paso se escuchara con claridad.
Karen empujó la puerta de la cafetería y entró.
La noche en Cold Spring seguía tranquila, como casi todas las noches en ese pequeño pueblo. Las calles permanecían vacías y solo algunos autos cruzaban ocasionalmente la carretera principal. Las luces de las casas estaban apagándose una a una mientras la mayoría de los habitantes dormía.
El primer patrullero llegó poco después de que entrara la llamada al departamento de policía.
Un hombre que regresaba a su casa había visto algo extraño cerca de un callejón que conectaba con una de las calles secundarias del pueblo. Al acercarse distinguió una figura inmóvil en el suelo. Durante un momento creyó que se trataba de alguien inconsciente, pero la oscuridad, la posición del cuerpo y el silencio absoluto le hicieron retroceder unos pasos.
Entonces llamó a la policía.
Las luces azules y rojas comenzaron a reflejarse contra las fachadas de las casas cercanas cuando el primer oficial descendió del vehículo. Caminó con cautela hacia el lugar señalado por el testigo.
El cuerpo yacía sobre el pavimento, parcialmente iluminado por la luz del farol de la esquina.
Era una mujer.
El oficial se arrodilló con cuidado, intentando encontrar señales de respiración, pero el silencio fue absoluto. La piel estaba fría.
—Central, necesito una unidad médica en la calle Fairview —dijo por la radio—. Posible homicidio.
Minutos después llegaron más patrulleros y una ambulancia. Los paramédicos confirmaron lo evidente casi de inmediato.
La escena comenzó a llenarse de movimiento contenido: oficiales delimitando el área con cinta amarilla, radios crepitando con mensajes breves, pasos apresurados sobre el asfalto.
Uno de los agentes iluminó el rostro de la mujer con una linterna.
El nombre llegó unos minutos después, cuando revisaron el bolso que había quedado a un lado del cuerpo.
Dentro encontraron una credencial de prensa.
Karen Page. Periodista.
El oficial sostuvo la tarjeta unos segundos, observando la fotografía.
—Dios…
Alrededor de ellos el pequeño pueblo seguía en silencio, ajeno todavía a lo que acababa de ocurrir.
Pero la noticia no tardaría en expandirse.
Porque aquella mujer no era una desconocida que había aparecido en una calle oscura.
Era una periodista de Nueva York.
Y alguien la había asesinado en Cold Spring.
Las luces de las patrullas iluminaban la calle estrecha con destellos rojos y azules que se reflejaban en las ventanas de las casas cercanas. La cinta amarilla ya rodeaba el callejón y varios oficiales permanecían apostados en los extremos para mantener alejados a los curiosos.
El comandante Frank Castle llegó caminando desde su automóvil pocos minutos después de que la primera patrulla confirmara la muerte. Pasó por debajo de la cinta mientras uno de los agentes levantaba el brazo para dejarlo entrar.
El cuerpo permanecía en el pavimento, cerca de un farol que dejaba caer una luz amarillenta sobre el suelo húmedo. Los paramédicos ya habían terminado de revisarlo y uno de ellos hablaba con un oficial mientras guardaba el equipo.
Frank se agachó junto al cuerpo. Observó la posición de los brazos, la inclinación de la cabeza, el bolso que había quedado a un lado.
—¿Quién la encontró? —preguntó.
—Un vecino —respondió el oficial—. Venía caminando hacia su casa. Pensó que era alguien desmayado.
Frank extendió la mano hacia el bolso. El agente que había revisado el interior levantó una bolsa de evidencia.
—Encontramos esto.
Dentro estaba una credencial de prensa.
Frank la observó unos segundos.
Karen Page.
—¿Alguien la vio llegar al pueblo? —preguntó.
—Todavía no sabemos.
Frank se puso de pie y recorrió el callejón con la mirada. Las paredes de ladrillo, la salida hacia la calle principal, la distancia hasta el farol más cercano. En un lugar como Cold Spring, un homicidio no podía pasar desapercibido por mucho tiempo.
A lo lejos se escuchó otro vehículo detenerse.
Un oficial caminó hasta la cinta y levantó el brazo.
El fiscal de turno, Matt Murdock, entró al perímetro acompañado por el sonido firme de su bastón blanco golpeando suavemente el pavimento. Caminaba con seguridad, el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello. Su rostro permanecía sereno mientras inclinaba ligeramente la cabeza, atento al movimiento y a las voces que lo rodeaban.
Uno de los policías se acercó de inmediato.
—Fiscal.
Matt se detuvo a unos pasos de Frank. El murmullo de los radios, el crujido de las botas sobre el asfalto, el zumbido distante de la ambulancia alejándose… todo le dibujaba la escena con claridad suficiente.
—¿Qué tenemos? —preguntó.
Frank respondió sin rodeos.
—Mujer adulta. Encontrada hace unos cuarenta minutos.
El oficial levantó la bolsa con la credencial.
—La identificamos hace poco.
Matt extendió la mano y tomó la bolsa de evidencia con cuidado. Sus dedos recorrieron el borde de plástico hasta encontrar la tarjeta en el interior.
El material crujía levemente bajo la presión de sus dedos mientras la deslizaba apenas dentro de la bolsa. Buscaba reconocer peso, forma, textura.
Había varios objetos pequeños dentro.
Un llavero. Un encendedor. Un par de monedas.
Deslizó los dedos, un paquete de galletas.
—Nombre —dijo.
—Karen Page.
Matt guardó silencio un instante.
—Periodista —añadió el oficial.
Matt devolvió la bolsa.
—¿Testigos?
—Uno —respondió Frank—. El que encontró el cuerpo.
—Quiero su declaración completa.
Frank asintió.
—Está en la estación.
Matt permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando el movimiento alrededor del cuerpo, la posición de las personas, el sonido del equipo fotográfico preparándose.
—Aseguren todo lo que tenga encima —dijo finalmente—. Teléfono, bolso, cualquier documento. Y revisen cámaras en las calles cercanas.
Frank hizo un gesto afirmativo.
—Ya empezamos con eso.
El silencio volvió a instalarse brevemente en el callejón mientras los técnicos comenzaban a fotografiar la escena.
Al mismo tiempo, a unas calles del callejón acordonado, Foggy salía de su oficina después de cerrar el despacho. La noche en Cold Spring estaba tranquila, pero el destello intermitente de luces rojas y azules a lo lejos rompía esa calma habitual del pueblo.
Se detuvo en la acera un momento.
Las patrullas no solían concentrarse así en una misma zona.
Frunció el ceño y observó la dirección de las luces. Estaban hacia la parte baja del pueblo, cerca de uno de los callejones que conectaban con la calle principal.
Cerró la puerta del despacho, se acomodó el abrigo y comenzó a caminar.
A medida que se acercaba, el murmullo de radios policiales y voces bajas empezó a escucharse con más claridad. La cinta amarilla ya rodeaba parte de la calle y algunos vecinos se habían detenido a cierta distancia intentando ver qué ocurría.
Foggy se detuvo frente al perímetro.
—¿Qué pasó? —preguntó a uno de los oficiales.
El policía lo reconoció.
—Encontraron a una mujer —respondió—. Parece homicidio.
Foggy guardó silencio un segundo.
—¿Identidad?
El oficial dudó apenas antes de responder.
—Karen Page. Periodista.
Foggy alzó ligeramente las cejas.
—No me suena.
El policía levantó la cinta para dejar pasar a un técnico forense y luego volvió a su posición.
Foggy permaneció observando la escena unos instantes más antes de acercarse unos pasos al perímetro.
Desde allí podía ver parte del callejón iluminado por reflectores portátiles. Varias figuras se movían alrededor del lugar donde estaba el cuerpo.
Entre ellas reconoció una silueta de inmediato.
Frank estaba de pie a unos metros del cuerpo, hablando con uno de los técnicos mientras señalaba algo en el suelo.
Foggy soltó una pequeña exhalación.
—Claro —murmuró para sí.
Apoyó una mano en la cinta amarilla, sin cruzarla todavía.
Entonces escuchó otra voz dentro del perímetro.
—Quiero el registro de llamadas del teléfono.
Foggy giró ligeramente la cabeza.
Matt estaba a pocos pasos de Frank, el bastón blanco apoyado contra el pavimento mientras hablaba con uno de los oficiales.
Foggy se quedó inmóvil un instante más.
No esperaba encontrar a ninguno de los dos allí al mismo tiempo.
Dentro del callejón, Frank levantó la mirada hacia el perímetro al notar movimiento entre los curiosos. Reconoció la figura casi al instante.
—Tenemos compañía —dijo con voz baja.
Matt inclinó levemente la cabeza.
—¿Quién?
Frank no apartó la mirada del borde de la escena.
—Nelson.
Un silencio breve se instaló entre ellos.
Matt apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Déjalo pasar —dijo con calma.
Uno de los oficiales levantó la cinta.
Foggy cruzó el perímetro con paso contenido, intentando mantener la expresión neutral.
Se detuvo a unos metros de ellos.
Durante un momento ninguno habló.
Las luces de las patrullas continuaban parpadeando sobre las paredes del callejón.
Frank rompió el silencio primero.
—No es exactamente tu tipo de cliente, Nelson.
Foggy ignoró el comentario y miró brevemente hacia el lugar donde los técnicos trabajaban alrededor del cuerpo.
—¿Qué ocurrió?
—La encontraron hace menos de una hora —respondió Frank.
Foggy asintió lentamente.
Luego dirigió la mirada hacia Matt.
—Fiscal.
Matt inclinó apenas la cabeza.
—Nelson.
El silencio se instaló entre los tres mientras las luces de las patrullas seguían parpadeando contra las paredes del callejón. A unos metros, un técnico tomaba fotografías del pavimento.
Foggy observó el cuerpo cubierto un momento.
—¿Identificación?
Frank levantó una bolsa de evidencia.
—Credencial de prensa. Karen Page.
Foggy entrecerró levemente los ojos.
—Periodista… viniendo hasta aquí.
—Eso dice la tarjeta —respondió Frank.
Matt habló con calma.
—¿Su teléfono?
Frank señaló otra bolsa.
—En el bolso.
Frank volvió la mirada hacia el callejón, pero después de un instante sus ojos regresaron brevemente hacia Matt. El fiscal estaba quieto, el bastón apoyado en el pavimento, escuchando cada movimiento alrededor.
Foggy lo observó también un segundo más de lo necesario antes de apartar la vista hacia el suelo.
—Cold Spring no suele aparecer en investigaciones periodísticas —dijo.
Frank respondió sin mirar a nadie en particular.
—Algo debió traerla.
Foggy asintió despacio.
—O alguien.
El comentario quedó suspendido en el aire.
Frank giró ligeramente la cabeza hacia él.
—¿Tienes alguna teoría?
—Todavía no —respondió Foggy con tono neutral—. Pero los periodistas no recorren una hora de carretera para tomar café.
Matt inclinó levemente el rostro hacia la voz de Foggy.
—¿Conoces su trabajo?
Foggy negó con la cabeza.
—No personalmente.
El viento movió la cinta amarilla entre ellos.
Frank dio un paso hacia un lado para dejar pasar a un técnico. Al hacerlo, su hombro rozó apenas el brazo de Matt.
El contacto fue mínimo.
Pero suficiente.
Frank se detuvo un segundo más de lo necesario antes de apartarse.
Foggy lo notó. Su mirada se deslizó hacia el lugar del roce y luego volvió con rapidez hacia el callejón.
—¿Testigos? —preguntó.
—Uno —respondió Frank—. El que encontró el cuerpo.
Matt habló con voz tranquila.
—Quiero su declaración completa.
—La tendrás.
Frank volvió a mirar el cuerpo, aunque su atención parecía dividirse entre la escena y las dos presencias a su lado.
Foggy cambió ligeramente de postura, acercándose un paso más al perímetro de luz.
—Supongo que ahora el pueblo entero va a hablar de esto mañana.
—Probablemente —dijo Frank.
Matt permanecía inmóvil, pero su cabeza se inclinó apenas hacia la posición de Foggy, como si siguiera con precisión cada pequeño movimiento.
Foggy lo notó y carraspeó suavemente antes de mirar otra vez hacia el suelo.
—Una periodista muerta en un callejón… —murmuró—. No es exactamente la clase de noticia que el alcalde quiere.
Frank soltó una respiración baja.
—No es la clase de noche que nadie quiere.
Otro silencio se formó entre ellos.
Las cámaras continuaban disparándose a pocos metros.
Foggy volvió a hablar, esta vez más despacio.
—Fiscal… supongo que este caso va a mantenerte ocupado.
Matt inclinó apenas la cabeza.
—Eso parece.
Frank observó a Foggy unos segundos antes de decir:
—Puedes quedarte si quieres mirar.
—No estoy mirando —respondió Foggy.
Frank arqueó una ceja.
—¿No?
Foggy sostuvo su mirada un instante.
—Estoy pensando.
Frank no apartó los ojos de él de inmediato.
Matt habló entonces, rompiendo la tensión con tono medido.
—Detective.
Frank giró la cabeza.
—¿Sí?
—Quiero ver ese cuaderno que encontraron.
Frank levantó otra bolsa de evidencia.
—Notas.
Foggy se inclinó apenas para intentar leer algo a través del plástico.
Frank notó el movimiento y levantó la bolsa un poco más alto, obligándolo a acercarse otro paso.
Foggy se detuvo a medio movimiento.
Matt permanecía inmóvil entre ellos, escuchando el cambio casi imperceptible en la respiración de ambos.
—¿Nombres? —preguntó.
—Algunos —respondió Frank.
Foggy exhaló lentamente.
—Entonces sí estaba investigando algo aquí.
Frank bajó la bolsa.
—Eso parece.
El silencio se estiró apenas unos segundos. Las luces de las patrullas seguían girando sobre las paredes del callejón.
Foggy inclinó ligeramente la cabeza, intentando ver mejor las páginas dentro del plástico.
Frank levantó la bolsa un poco más.
Foggy tuvo que acercarse otro paso para leer.
—¿Siempre haces eso? —murmuró.
—¿Qué cosa? —preguntó Frank.
—Mover las cosas justo cuando alguien intenta mirarlas.
Frank sostuvo la bolsa en alto un segundo más antes de bajarla.
—Depende de quién esté mirando.
Foggy soltó una pequeña exhalación por la nariz.
—Claro.
Matt permanecía entre ambos, el bastón apoyado en el suelo, escuchando el leve cambio en la distancia entre ellos.
—Detective —dijo con calma—, si terminaste de jugar con la evidencia…
Frank bajó la bolsa de inmediato.
—No estaba jugando.
Foggy murmuró apenas:
—Podría haberlo jurado.
Frank giró la cabeza hacia él.
—¿Quieres ver el cuaderno o no?
Foggy estiró la mano.
Frank dudó una fracción de segundo antes de entregárselo.
Los dedos de ambos se rozaron brevemente en el intercambio.
Foggy retiró la mano demasiado rápido, como si no hubiera pasado nada, y miró las páginas.
—Nombres —murmuró—. Varios.
Matt inclinó ligeramente la cabeza hacia el sonido del papel.
—¿Locales?
—Algunos —dijo Foggy.
Frank cruzó los brazos.
—¿Reconoces alguno?
Foggy levantó la vista del cuaderno.
—Tal vez.
Frank lo miró con atención.
—Qué conveniente.
Foggy cerró el cuaderno dentro de la bolsa.
—Es un pueblo pequeño.
Frank extendió la mano para recuperar la evidencia.
Foggy se la devolvió.
Esta vez el contacto fue más breve.
Frank entregó el cuaderno a uno de los técnicos.
Foggy observó el movimiento y luego miró hacia Matt.
—Fiscal… —dijo con tono ligero—. ¿Siempre vienes personalmente a los callejones a estas horas?
Matt giró apenas el rostro hacia la voz.
—Cuando el caso lo requiere.
Foggy sonrió apenas.
—Claro.
Frank lo miró de reojo.
—¿Te sorprende?
Foggy negó con la cabeza.
—No.
Luego añadió, casi distraído:
—Solo pensaba que tal vez preferías lugares más tranquilos.
Frank soltó una respiración corta.
—¿Estás intentando coquetear con el fiscal en medio de una escena del crimen?
Foggy levantó las cejas.
—¿Estoy?
Frank lo observó unos segundos más.
Matt habló antes de que la tensión se alargara demasiado.
—Detective.
—¿Sí?
—La evidencia.
Frank apartó la mirada de Foggy y llamó a uno de los oficiales.
—Quiero ese teléfono en mi mesa en cuanto termine la descarga.
El agente asintió.
Foggy se metió las manos en los bolsillos del abrigo.
—Entonces sí estaba investigando algo en el pueblo.
Frank volvió a mirar el callejón.
—Eso parece.
Foggy inclinó la cabeza hacia Matt.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo?
Frank respondió antes que él.
—Tiene trabajo.
Foggy lo miró.
—No te pregunté a ti.
Frank sostuvo su mirada.
—Lo sé.
Matt deslizó una mano por el bastón.
—Ambos tienen trabajo.
El silencio regresó.
Las cámaras seguían disparándose cerca del cuerpo.
Foggy miró hacia la salida del callejón.
—Bueno… —dijo finalmente—. Si esa lista de nombres pertenece a gente del pueblo, algunos van a empezar a buscar abogado mañana.
Frank arqueó una ceja.
—Siempre tan oportuno.
Foggy encogió un hombro.
—Alguien tiene que serlo.
Matt inclinó apenas la cabeza hacia él.
—Nelson.
—¿Sí, fiscal?
—No interfieras con la investigación.
Foggy sonrió apenas.
—Nunca lo hago.
Frank murmuró:
—Eso es discutible.
Foggy dio medio paso hacia atrás, preparándose para irse.
Pero antes de girar se detuvo.
—Detective.
Frank levantó la vista.
—¿Sí?
—Si encuentras algo interesante…
hizo una pequeña pausa,
—asegúrate de avisar.
Frank lo observó unos segundos.
—¿Por qué?
Foggy sostuvo su mirada.
—Porque odio enterarme de las cosas tarde.
Frank exhaló lentamente.
—Claro.
Foggy finalmente se volvió hacia la cinta amarilla.
Antes de cruzarla miró una vez más hacia Matt.
—Buenas noches, fiscal.
Matt inclinó apenas la cabeza.
—Nelson.
Foggy salió del perímetro.
Frank lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre las luces de las patrullas.
Solo entonces volvió la cabeza hacia Matt.
—Siempre es así
Matt respondió con calma.
—¿Así cómo?
Frank pensó un segundo.
—Olvídalo.
Matt guardó silencio un instante.
Frank soltó una respiración corta.
Luego se dio la vuelta hacia el callejón.
—Voy a hablar con los vecinos.
Matt asintió ligeramente.
—Detective.
Frank dio unos pasos antes de detenerse otra vez.
—Fiscal.
—¿Sí?
Frank dudó un momento.
—Ten cuidado.
Matt inclinó apenas la cabeza.
Frank lo observó un segundo más… y luego se alejó para continuar con la investigación.
Los minutos avanzaron lentamente en el callejón. La actividad policial siguió su curso: fotografías, murmullos técnicos, radios crepitando con informes breves. Poco a poco la escena dejó de ser caótica y adoptó ese ritmo metódico que aparecía cuando todos sabían exactamente qué hacer.
Frank pasó la mayor parte de ese tiempo hablando con los vecinos que se habían reunido detrás de la cinta amarilla. Un hombre mayor que afirmaba haber visto una sombra correr por la calle lateral. Una mujer que juraba que el auto oscuro llevaba días estacionado cerca. Versiones incompletas, recuerdos dudosos.
Frank escuchó todo con paciencia seca, tomando notas mentales.
Cuando terminó con el último vecino, el grupo empezó a dispersarse. El callejón quedó otra vez ocupado solo por los técnicos y un par de oficiales.
Frank regresó caminando hacia el centro de la escena.
Matt seguía allí.
No se había movido demasiado. Solo había cambiado ligeramente la posición del bastón.
Frank se detuvo a su lado.
—Nada útil —dijo en voz baja—. Vieron cosas, pero nadie vio lo que importa.
Matt asintió levemente.
—Eso suele pasar.
Frank lo observó unos segundos. Las luces azules pasaban sobre el rostro tranquilo del fiscal.
—¿Te vas a quedar mucho más?
Matt inclinó apenas la cabeza hacia él.
—¿Me estás echando de tu escena?
Frank dejó escapar una respiración corta.
—Te estoy preguntando.
Matt permaneció en silencio un segundo, como si midiera el entorno. Luego dio un pequeño paso hacia Frank.
Lo suficiente para que la distancia entre ambos se redujera.
—Eso depende —dijo con voz baja.
Frank frunció ligeramente el ceño.
—¿De qué?
Matt inclinó apenas el rostro hacia él.
—De si todavía necesitas algo de mí esta noche.
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Frank lo miró con una mezcla de cansancio y algo más difícil de definir.
—En lo profesional… —dijo.
Matt levantó una ceja apenas perceptible.
—¿Y en lo demás?
Frank soltó una pequeña risa nasal, casi inaudible.
—No pensé que fueras tan directo.
Matt apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Estas cansado.
Frank lo estudió un momento más. Matt giró levemente el rostro hacia la calle.
—Mi departamento está más cerca.
—Eso suena a invitación.
Matt respondió sin cambiar el tono.
—Podría ser.
Frank dejó pasar un segundo.
—¿Después del trabajo?
—Después del trabajo.
Frank asintió despacio y se cruzó de brazos.
—Bien.
—No tardes.
Matt giró ligeramente el cuerpo, preparándose para irse.
—Detective.
—Fiscal.
Matt se detuvo un instante.
—Intenta no arrestar a nadie interesante antes de que llegue.
Frank arqueó apenas una ceja.
—¿Eso te molestaría?
Matt empezó a caminar hacia la salida del callejón.
—Depende de quién sea.
Frank lo siguió con la mirada mientras se alejaba.
Antes de cruzar la cinta amarilla, Matt añadió sin girarse:
—Y Frank…
—¿Sí?
—Cierra bien la puerta cuando llegues.
Frank soltó una breve risa seca.
—Sí, fiscal.
Matt desapareció entre las luces de las patrullas.
Frank permaneció un momento más en el callejón antes de volver al trabajo.
La mañana avanzaba tranquila en el pequeño café del pueblo. A esa hora el lugar estaba ocupado por algunos clientes habituales, el sonido de tazas y conversaciones bajas llenaba el ambiente sin llegar a volverse molesto.
Matt ya estaba sentado en una mesa del fondo cuando Foggy entró.
—Llegaste temprano —dijo Foggy mientras dejaba su abrigo en la silla.
Matt inclinó ligeramente la cabeza hacia su voz.
—Tú llegaste tarde.
—Cinco minutos no es tarde.
Foggy se sentó frente a él y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Estuve revisando lo de anoche —dijo mientras la abría—. Si la víctima estaba investigando a esos nombres, el asunto no es tan simple como parecía.
Matt apoyó las manos sobre la mesa.
—Nunca lo es.
Foggy deslizó una hoja hacia el centro.
—Tres de esos tipos tienen negocios en el pueblo. Uno financia campañas políticas. Otro tiene contratos con el condado.
Matt escuchaba con atención.
—Eso explica por qué nadie quiere hablar.
—Exacto.
Foggy señaló una línea en el documento.
—Si alguien realmente estaba investigando esto, se metió con gente que no tolera preguntas.
Matt sonrió apenas.
—Eso también es bastante común.
Foggy levantó la vista de los papeles.
—Lo que significa que el caso va a ponerse… interesante.
Matt inclinó ligeramente la cabeza hacia él.
—¿Te preocupan tus futuros clientes?
Foggy soltó una pequeña risa.
—Me preocupa que termines persiguiendo a la mitad del pueblo.
Matt respondió con calma:
—Solo a la mitad culpable.
Foggy negó con la cabeza.
—Siempre tan optimista.
Mientras hablaban, ambos se inclinaron sobre la mesa para revisar los documentos.
Sus manos quedaron cerca sin que lo notaran.
—Si alguno de estos nombres aparece oficialmente —continuó Foggy—, esto va a convertirse en un desastre político.
Matt escuchaba su voz a poca distancia.
—Probablemente.
Foggy levantó un poco más la hoja para que Matt pudiera tocar el borde del papel.
Sus dedos se rozaron por un instante.
Ninguno de los dos se apartó de inmediato.
—Sabes que esto podría complicarte el trabajo —dijo Foggy en voz más baja.
Matt giró ligeramente el rostro hacia él.
—Tú también estás aquí.
Foggy sonrió apenas.
—Sí, pero yo no tengo que ganar el caso.
Matt respondió con suavidad:
—Tú siempre intentas hacerlo.
Foggy lo miró un momento más de lo habitual.
—Supongo que ya me conoces demasiado.
Matt inclinó un poco más la cabeza hacia su voz.
—Eso parece.
En ese momento ambos notaron la distancia entre ellos.
Foggy apoyó una mano en la mesa.
—La gente podría pensar cosas si nos ve así.
Matt preguntó con calma:
—¿Así cómo?
Foggy hizo un gesto vago entre los dos.
—Demasiado concentrados el uno en el otro.
Matt dejó escapar una leve sonrisa.
—Estamos hablando de un caso.
Foggy respondió:
—Sí.
Luego añadió con tono ligero:
—Aunque admito que no siempre hablamos solo de trabajo.
Matt guardó silencio un instante.
—No.
Foggy lo observó con una expresión divertida.
—La verdadera pregunta es qué creerían si nos escucharan ahora.
Matt respondió con serenidad:
—Probablemente lo mismo que siempre.
Foggy inclinó un poco más el cuerpo hacia la mesa.
—¿Y eso qué sería?
Matt abrió la boca para responder, pero una voz seca interrumpió desde un costado.
—Que la reunión legal empezó sin mí.
Foggy se enderezó apenas.
Matt giró la cabeza hacia la nueva voz.
Frank estaba de pie junto a la mesa con una taza de café en la mano.
—Jefe Castel —dijo Matt.
—Fiscal.
Frank miró los papeles sobre la mesa.
—Veo que ya empezaron a trabajar.
Foggy cerró lentamente la carpeta.
—Alguien tenía que hacerlo.
Frank apoyó la taza sobre la mesa sin pedir permiso.
—Claro.
Luego miró a Matt.
—Pensé que vendrías a la estación esta mañana.
Matt respondió con tranquilidad.
—Pensé que tú vendrías aquí.
Frank lo observó un segundo antes de mirar a Foggy.
—Supongo que ambos tuvimos razón.
Foggy apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Traes algo nuevo o solo viniste a criticar nuestra reunión?
Frank tiró de una silla cercana y se sentó.
—Traigo algo.
Luego añadió con tono neutro:
—Y parecía que había espacio.
Foggy levantó apenas una ceja.
—Eso depende de a quién le preguntes.
Frank miró la carpeta cerrada.
—¿Interrumpí algo importante?
Matt respondió antes que Foggy.
—Estábamos hablando del caso.
Frank sostuvo su mirada unos segundos.
—Seguro.
Foggy soltó una pequeña risa.
—Detective, si quieres escuchar la conversación tendrás que participar.
Frank cruzó los brazos.
—Eso estaba pensando.
Luego añadió, mirando a ambos:
—¿Por dónde iban?
Matt apoyó las manos nuevamente sobre la mesa.
—Por los nombres de la lista.
Frank asintió.
—Entonces estamos en el mismo punto.
Foggy volvió a abrir la carpeta y deslizó un papel hacia el centro.
Los tres quedaron inclinados sobre la mesa al mismo tiempo.
La carpeta estaba abierta y los tres revisaban los nombres de la lista mientras el murmullo del café seguía constante a su alrededor.
Frank señaló uno de los apellidos.
—Ese hombre tiene un almacén en la carretera —dijo—. Asegura que nunca conoció a la víctima.
Foggy observó el nombre unos segundos.
—¿Y le creíste?
—No.
Matt estaba por responder cuando su teléfono vibró en el bolsillo del saco. Se detuvo un instante, escuchó el nombre en la pantalla y se levantó.
—Disculpen.
—¿Algo urgente? —preguntó Foggy.
—Probablemente.
Matt se alejó hacia la entrada del café mientras respondía la llamada. No salió del todo, pero se colocó lo suficientemente lejos para hablar con privacidad.
Foggy lo siguió con la mirada un momento antes de volver a la mesa.
Frank ya lo estaba mirando.
Durante unos segundos ninguno habló.
Foggy cerró lentamente la carpeta.
—Así que volviste anoche.
Frank no pareció sorprendido.
—¿Volví?
—A la escena.
Frank apoyó los codos sobre la mesa.
—Es mi trabajo.
Foggy inclinó apenas la cabeza.
—Después de que todos se habían ido.
Frank sostuvo su mirada.
—¿También es tu trabajo pasar por escenas de crimen ahora?
Foggy sonrió levemente.
—Solo estaba dando un paseo.
Frank dejó escapar una respiración corta.
—Claro.
Foggy apoyó un brazo sobre la mesa.
—Te vi hablando con Matt.
Frank no respondió de inmediato.
—Parecía una conversación bastante… tranquila.
Frank inclinó un poco la cabeza.
—¿Estabas mirando mucho?
Foggy respondió con calma.
—Lo suficiente.
Frank tamborileó una vez con los dedos sobre la mesa.
—Estábamos hablando del caso.
Foggy dejó escapar una pequeña risa.
—Desde donde yo estaba no parecía exactamente una discusión profesional.
Frank lo observó con más atención.
—Tal vez no estabas lo suficientemente cerca para escuchar.
Foggy apoyó la espalda en la silla.
—Tal vez.
Una pausa breve se instaló entre los dos.
Frank habló entonces con tono neutro.
—También parecías bastante cómodo hace un momento.
Foggy levantó una ceja.
—¿Hace un momento?
Frank señaló vagamente la mesa.
—Antes de que llegara.
Foggy soltó una pequeña risa.
—Estábamos revisando papeles.
Frank murmuró:
—Claro.
Foggy se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Detective… ¿esto es un interrogatorio?
Frank sostuvo su mirada.
—No.
Luego añadió:
—Solo me llamó la atención.
Foggy lo observó con curiosidad.
—¿Qué cosa?
Frank respondió con calma.
—Que parecías molesto.
Foggy dejó pasar un segundo antes de contestar.
—Tal vez lo estaba.
Frank arqueó apenas una ceja.
—¿Por qué?
Foggy miró hacia donde Matt seguía hablando por teléfono.
—No todos tienen el privilegio de quedarse conversando con el gran jefe Castle después de que termina el trabajo.
Frank cruzó los brazos.
—No fue una conversación larga.
Foggy volvió la mirada hacia él.
—Lo suficiente.
Frank lo observó unos segundos.
—No pensé que te interesara.
Foggy respondió con ligereza.
—No me interesa lo que hagas después del trabajo.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero si vas a volver a una escena de crimen en medio de la noche… podrías avisar.
Frank entrecerró un poco los ojos.
—¿Avisarte?
Foggy se encogió levemente de hombros.
—Para no tener que enterarme por casualidad.
Frank apoyó la espalda en la silla.
—No sabía que tenía que reportarme contigo.
Foggy sonrió de lado.
—No tienes que hacerlo.
La pausa que siguió fue corta pero cargada.
Frank inclinó un poco la cabeza.
—Entonces estamos bien.
Foggy sostuvo su mirada.
—Supongo.
Los dos guardaron silencio un momento.
Matt continuaba hablando por teléfono cerca de la puerta.
Frank fue el primero en hablar otra vez.
—¿Vas a pasar por la oficina hoy?
Foggy frunció ligeramente el ceño.
—Tal vez.
Frank agregó con tono casual:
—Podría dejarte la copia del informe preliminar.
Foggy levantó una ceja.
—Podrías enviarlo.
Frank respondió con calma.
—Podría.
Luego añadió:
—Pero no sería lo mismo.
Foggy lo observó un momento más largo de lo necesario.
—No sabía que eras tan considerado con los abogados.
Frank sostuvo su mirada.
—Solo con algunos.
Foggy dejó escapar una pequeña risa.
—Interesante criterio de selección.
Frank tomó su taza de café.
—Paso por tu oficina esta noche.
No fue una pregunta.
Foggy apoyó los dedos sobre la mesa.
—¿Esta noche?
—Sí.
Foggy inclinó un poco la cabeza.
—Eso suena sospechosamente parecido a una excusa.
Frank bebió un sorbo de café.
—Tal vez lo sea.
Foggy lo observó unos segundos.
—Mi oficina cierra temprano.
Frank respondió con tranquilidad.
—El caso esta complicado. Quizás necesites trabajar hasta tarde y una ayuda extra no te vendría mal.
Foggy sonrió apenas.
—Detective…
Frank levantó la vista.
—¿Sí?
Foggy sostuvo su mirada un momento más antes de responder.
—No olvides traer ese informe.
Frank asintió con calma.
—No lo olvidaré.
En ese momento Matt terminó la llamada y comenzó a caminar de regreso hacia la mesa.
Cuando llegó, encontró a ambos en silencio, como si la conversación nunca hubiera ocurrido.
—¿Me perdí algo? —preguntó.
Foggy cerró la carpeta con naturalidad.
—Solo estábamos hablando del caso.
Frank dio un último sorbo a su café.
—Sí.
Luego añadió con tranquilidad:
—Del caso.
Matt inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara el tono de ambos.
—Claro.
Apoyó una mano sobre la mesa.
—¿En qué parte se quedaron?
Foggy abrió la carpeta otra vez y señaló uno de los nombres.
—En que esto se va a llenar de periodistas.
Frank apoyó la espalda en la silla.
—Y varios de esos tipos no van a reaccionar bien cuando eso pase.
Matt escuchó unos segundos antes de hablar.
—La presión suele hacerlos cometer errores.
Foggy levantó una ceja.
—¿Eso es tu forma elegante de decir que van a entrar en pánico?
Matt sonrió apenas.
—Algo así.
Frank apoyó los brazos sobre la mesa.
—Dos ya estaban nerviosos esta mañana.
Foggy giró hacia él.
—¿Hablaste con ellos?
—Sí.
—¿Y?
Frank sostuvo su mirada.
—Demasiado atentos a lo que sabemos.
Matt inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso suele ser una buena señal.
Foggy cerró la carpeta con un pequeño golpe suave.
—Bueno, parece que todos tenemos trabajo.
Matt asintió.
—La fiscalía quiere revisar los antecedentes financieros de esos nombres.
Frank se levantó de la silla.
—Yo tengo que volver a la estación.
Foggy guardó los papeles en la carpeta.
—Y yo tengo que ir a mi oficina antes de que alguno de esos mismos nombres aparezca buscando asesoría.
Matt se levantó también.
—Entonces será mejor que nos movamos.
Los tres caminaron hacia la salida del café. El ruido del lugar quedó atrás cuando empujaron la puerta y salieron a la acera.
La mañana estaba más luminosa que cuando habían llegado.
Durante unos pasos ninguno habló.
Frank fue el primero en romper el silencio.
—Por cierto.
Matt giró ligeramente la cabeza hacia su voz.
—¿Sí?
Frank se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Cuando llegué al café…
hizo una pequeña pausa,
—ustedes dos se veían bastante cómodos.
Foggy miró hacia él.
—Estábamos hablando.
Frank respondió con tono seco.
—Sí.
Luego añadió:
—Eso noté.
Matt inclinó apenas la cabeza.
—¿Hay algún problema con eso, jefe?
Frank negó lentamente.
—Ninguno.
Miró primero a Matt y luego a Foggy.
—Solo parecía que interrumpí algo interesante.
Foggy soltó una pequeña risa.
—Te aseguro que no.
Frank levantó una ceja.
—¿Seguro?
Matt respondió con calma.
—Muy seguro.
Frank sostuvo su mirada un segundo más antes de encogerse ligeramente de hombros.
—Bien.
Llegaron a la esquina donde las calles se separaban.
Foggy levantó la carpeta.
—Supongo que nos veremos cuando alguno de esos nombres decida hablar.
Matt asintió.
—O cuando alguien intente evitar que hablen.
Frank comenzó a retroceder hacia su auto.
—Eso va a pasar pronto.
Foggy giró hacia su propia dirección.
—Entonces será un día interesante.
Matt apoyó el bastón en el suelo.
—Lo será.
Frank abrió la puerta de su vehículo.
Antes de subir miró otra vez hacia ellos.
—Intenten no divertirse demasiado mientras yo trabajo.
Foggy respondió sin perder el tono ligero.
—Haremos lo posible.
Frank entró al auto y cerró la puerta.
Foggy y Matt permanecieron un momento más en la acera antes de separarse cada uno hacia su trabajo.
Foggy pasó el resto de la mañana revisando lo poco que el pueblo tenía sobre Karen Page. Era casi nada. Un registro del hotel donde se había hospedado, la hora aproximada en que había llegado, y poco más.
Nada que explicara por qué había venido.
Eso lo irritaba.
Karen no era una periodista cualquiera. Era conocida en Nueva York por investigar historias complicadas. No tenía sentido que viajara hasta Cold Spring sin avisar a nadie.
Así que cerca del mediodía tomó una decisión sencilla.
Si quería saber qué hacía Karen allí, tendría que ir donde ella vivía.
Nueva York.
El viaje en auto tomó varias horas. Durante el trayecto Foggy fue repasando mentalmente lo que sabía: Karen había llegado al pueblo, había estado investigando a varios nombres influyentes y la noche de su muerte esperaba encontrarse con alguien dispuesto a hablar.
Eso significaba que alguien en Nueva York debía saber algo.
Cuando finalmente llegó a la redacción del periódico donde Karen trabajaba, el lugar estaba lleno de movimiento. Teléfonos sonaban, periodistas caminaban de un lado a otro con carpetas y grabadoras.
Foggy se presentó en recepción.
—Soy Franklin Nelson —dijo—. Abogado. Estoy investigando lo ocurrido con Karen Page.
El nombre fue suficiente para que lo hicieran pasar.
Minutos después estaba sentado frente al editor de Karen, un hombre de cabello gris que parecía no haber dormido demasiado desde que la noticia de su muerte llegó al periódico.
—Karen no mencionó Cold Spring antes de irse —dijo el editor—. Al menos no en la redacción.
Foggy frunció el ceño.
—Pero alguien debió saber que iba a salir de la ciudad.
El editor apoyó los codos en el escritorio.
—Sabíamos que estaba siguiendo algo grande. Llevaba semanas trabajando en eso.
—¿Sobre qué?
—No lo dijo.
Foggy suspiró.
—Eso suena a que era muy reservada.
El editor asintió.
—Los buenos periodistas suelen ser muy reservados, y ella lo era. Lo último que comentó fue que finalmente alguien había aceptado reunirse con ella.
Foggy levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—El mismo día que salió de la ciudad.
El editor abrió un cajón y sacó una libreta.
—Llamó por la mañana. Dijo que iba a viajar fuera de Nueva York para encontrarse con una fuente.
Foggy se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Mencionó dónde?
El hombre negó con la cabeza.
—No.
Luego añadió:
—Pero sí dijo algo más.
Foggy esperó.
—Dijo que si la reunión salía bien… iba a tener pruebas suficientes para hacerle justicia a una víctima.
El silencio se instaló entre ambos.
Foggy apoyó lentamente las manos sobre el escritorio.
—¿Guardó alguna nota sobre esa reunión?
El editor dudó un momento antes de responder.
—No en el periódico.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero Karen siempre anotaba sus citas en una agenda personal.
Foggy sintió que algo empezaba a encajar.
—¿Dónde está esa agenda?
El editor lo miró con seriedad.
—Eso es lo que todos estamos intentando averiguar.
Karen había viajado a Cold Spring para reunirse con alguien.
Alguien que había prometido información capaz de destruir reputaciones.
Y esa reunión estaba programada exactamente la noche en que murió.
Foggy salió de la redacción con una idea clara en la cabeza.
Page no había ido al pueblo por casualidad.
Había ido a encontrarse con alguien que tenía algo que decir.
Y esa persona todavía no había aparecido.
Las horas avanzaron con rapidez después de la mañana en el café.
La casa de Matt estaba tranquila cuando Frank llegó. Era una casa amplia, pero esa noche parecía más silenciosa de lo habitual.
Matt abrió la puerta apenas Frank llamó.
—Pensé que ibas a tardar más —dijo.
Frank entró quitándose la chaqueta.
—Terminé antes de lo que esperaba.
Dejó las llaves sobre la pequeña mesa del recibidor.
—¿Los niños están bien? —preguntó Matt
Frank lo miró un segundo, como si la pregunta fuera lo más natural del mundo.
—Sí.
Se pasó una mano por el cabello.
—La niñera ya está con ellos. Cenaron hace rato.
Matt asintió con una pequeña exhalación tranquila.
—Bien.
Frank caminó hacia la cocina con la familiaridad de alguien que ya conocía la casa.
—Así que esta noche la casa es solo para nosotros.
Matt apoyó una mano en la encimera.
—Eso parece.
Frank abrió el refrigerador y revisó lo que había dentro.
—¿Qué estabas preparando?
—Intentando preparar —corrigió Matt—. Todavía no decidí.
Frank sacó algunas verduras y las dejó sobre la mesa.
—Entonces empecemos por algo sencillo.
Durante los minutos siguientes la cocina se llenó del sonido de cuchillos sobre la tabla y el leve ruido de las ollas. Frank cortaba verduras con movimientos seguros mientras Matt buscaba utensilios y los colocaba en la encimera.
Había algo tranquilo en la escena, casi doméstico.
Frank deslizó una sartén hacia el fuego.
—¿Cómo fue tu día?
Matt se apoyó ligeramente en la mesa.
—Movido.
—¿Encontraron algo más?
Matt negó con la cabeza.
—Nada claro.
Hizo una breve pausa.
—Foggy fue a Nueva York.
Frank levantó la mirada.
—¿Sí?
—A hablar con gente que trabajaba con Karen.
Frank terminó de cortar una cebolla.
—Tiene sentido.
El aceite comenzó a chisporrotear en la sartén.
—Supongo que sabremos algo cuando vuelva.
Matt asintió.
—Supongo.
El teléfono de Matt vibró sobre la encimera.
El sonido fue breve pero claro.
Matt giró la cabeza hacia él.
—¿Puedes pasármelo?
Frank tomó el teléfono sin mirar la pantalla y se lo puso en la mano.
Matt respondió.
—Hola.
Mientras hablaba dio un par de pasos hacia el otro extremo de la cocina.
—Sí… ya estoy en casa.
Frank comenzó a mover las verduras en la sartén.
Matt escuchó en silencio unos segundos.
—¿Llegaste hace poco?
Pausa.
—Me alegra.
Frank no podía oír la voz del otro lado, solo a Matt.
—Sí… fue un día largo.
Matt bajó un poco la voz.
—¿Hablaste con él?
Frank levantó la vista apenas.
Matt escuchó la respuesta.
—Entiendo.
Se apoyó contra la pared.
—Eso cambia algunas cosas.
Frank volvió a concentrarse en la comida, pero seguía oyendo fragmentos.
—No… mañana está bien.
Silencio.
Matt sonrió apenas.
—Sí, claro.
Otra pausa breve.
—Me alegra que hayas llamado.
Frank dejó la cuchara sobre la encimera un segundo antes de volver a la sartén.
Matt habló más bajo aún.
—Descansa.
La llamada terminó.
Matt regresó hacia la cocina y dejó el teléfono sobre la encimera.
Frank seguía frente al fuego.
—¿Todo bien?
Matt tomó una cuchara y probó la salsa.
—Sí.
Frank lo observó un momento.
—Parecía una conversación… agradable.
Matt dejó la cuchara junto a la olla.
—Algo así.
Frank volvió a mover la comida.
—Bueno.
Hizo una pausa breve.
—La cena está casi lista.
Matt apoyó una mano sobre la encimera, cerca de él.
—Perfecto.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Solo se oía el leve chisporroteo de la sartén y el sonido de la cuchara moviéndose dentro.
Frank probó la salsa otra vez, aunque claramente ya estaba lista. Su gesto era tranquilo, pero había una tensión ligera en sus hombros.
Matt giró apenas la cabeza hacia él.
—Estás muy concentrado para alguien que ya terminó de cocinar.
Frank dejó la cuchara sobre la encimera.
—Estoy pensando.
—¿En qué?
Frank se encogió de hombros.
—En nada importante.
Matt guardó silencio un momento, como si evaluara algo.
Luego dio un paso hacia él.
Frank apenas tuvo tiempo de notarlo cuando Matt apoyó una mano contra el borde de la encimera, quedando mucho más cerca.
—No suena a nada —dijo Matt con calma.
Frank soltó una pequeña exhalación.
—Solo digo que parecía una conversación… bastante agradable.
Matt inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Estas celoso?
Frank no respondió de inmediato.
—No dije eso.
Matt sonrió apenas.
Entonces dio un último paso y lo besó.
Fue un gesto simple, directo, pero lo suficientemente inesperado para cortar cualquier tensión que quedara en el aire.
Frank se quedó quieto apenas un segundo antes de corresponderle.
Cuando el beso terminó, Matt no se alejó demasiado.
—La cena espera —murmuró.
Frank miró la sartén un segundo.
—Que siga esperando.
Matt soltó una pequeña risa.
—Tienes que llegar mañana a casa antes que los niños despierten.
Frank apagó el fuego de la hornilla.
—Entonces no tenemos tiempo que perder.
La cocina volvió a quedar en silencio, pero ya no era un silencio tenso. Entre sonrisas bajas y manos que no terminaban de separarse, la distancia entre ambos se redujo poco a poco. Afuera la noche siguió avanzando, mientras dentro quedaban gestos suaves, caricias breves y una cercanía que ninguno parecía tener prisa en romper.
La mañana comenzó temprano en casa de Matt.
Todavía no había ruido en las calles y la luz apenas alcanzaba a entrar por las ventanas. La casa permanecía inmóvil, envuelta en esa calma breve que existía antes de que Cold Spring terminara de despertar.
Abrió los ojos lentamente, y permaneció acostado unos segundos más, escuchando el silencio alrededor. Frank se había ido hacia unos minutos, después de darle un beso
Se levantó, caminó descalzo por el pasillo y llegó hasta la pequeña mesa junto a la ventana del salón. Allí descansaban pocas cosas: sus llaves, una taza vacía de la noche anterior, una vela blanca consumida hasta la mitad y una pequeña medalla de Santa Lucía.
Matt tomó la medalla entre los dedos.
Después se sentó.
La oración llegaba siempre antes que cualquier otra cosa.
Antes del trabajo.
Antes de las llamadas.
Antes del ruido del día.
Rutina aprendida en su época en el orfanato
Sus labios comenzaron a moverse en voz baja mientras el amanecer avanzaba lentamente detrás de las ventanas.
Era un momento completamente suyo.
Sin interrupciones.
Sin nadie alrededor.
Solo el silencio de la casa y la fe que seguía sosteniendo incluso en los días donde todo lo demás parecía más difícil de entender.
Cuando terminó, permaneció quieto unos segundos más con la medalla aún entre las manos.
Luego dejó escapar una respiración lenta, se levantó y comenzó a prepararse para salir.
En otra parte de la ciudad, la luz suave de la mañana entraba por las ventanas de la casa de Frank, cuando abrió la puerta principal, el olor a café y pan tostado ya llenaba el ambiente.
La niñera estaba en la sala recogiendo algunas cosas de los niños cuando lo vio entrar.
—Buenos días —dijo.
Frank dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Todo tranquilo?
—Sí. Se despertaron temprano.
La mujer señaló hacia la cocina.
—Están desayunando.
Frank sacó la billetera del bolsillo y le entregó el pago de la noche.
—Gracias por quedarte.
Ella tomó el dinero con una pequeña sonrisa.
—Son buenos chicos. No dieron problemas.
Frank asintió.
—Lo sé.
La acompañó hasta la puerta.
—Nos vemos mañana.
—Claro.
Cuando la puerta se cerró, el sonido de voces infantiles llegó desde la cocina.
Frank caminó hacia allí.
Frankie estaba sentado en la mesa con un vaso de leche frente a él. Lisa movía una cuchara dentro de un tazón de cereal mientras hablaba sin parar.
—…y entonces la profesora dijo que hoy tenemos que llevar el trabajo terminado.
Frank se apoyó un momento en el marco de la puerta observándolos.
—Buenos días.
Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¡Papá! —dijo Lisa.
Frank Jr. hizo un gesto de saludo con la mano.
—Pensé que ya te habías ido a trabajar.
Frank se acercó a la mesa.
—Todavía no.
Tomó una taza y sirvió café.
—¿Listos para el colegio?
Lisa hizo una mueca.
—Más o menos.
Frank Jr. terminó su tostada.
—Yo sí.
Frank se sentó frente a ellos.
—Eso no suena muy convincente.
Lisa empujó el tazón un poco.
—Tenemos examen de matemáticas.
Frank levantó una ceja.
—Pensé que te gustaban las matemáticas.
—Me gustan cuando entiendo —respondió ella.
Frank Jr. soltó una pequeña risa.
Frank miró a su hijo.
—¿Y tú?
—Historia.
Frank asintió.
—Eso suena más fácil.
Frank tomó un sorbo de café.
Frank Jr. apoyó los codos en la mesa.
—¿Hoy trabajas todo el día?
—Probablemente.
Lisa lo miró con curiosidad.
—¿Es un caso nuevo?
Frank dudó un segundo antes de responder.
—Sí.
Frank Jr. inclinó un poco la cabeza.
—¿Es complicado?
Frank se encogió ligeramente de hombros.
—Todavía no lo sé.
Lisa terminó su cereal y dejó la cuchara dentro del tazón.
—Seguro lo vas a resolver.
Frank la miró con una pequeña sonrisa cansada.
—Eso intento.
Frankie. tomó su mochila que estaba apoyada en la silla.
—Tenemos práctica después de clases.
—Lo sé —dijo Frank—. Intentaré llegar.
Lisa se levantó de la mesa.
—¿Podemos pasar por helado si sales temprano?
Frank bebió el último sorbo de café.
—Si salgo temprano.
Lisa sonrió.
La cocina volvió a llenarse con sonidos simples: platos moviéndose, mochilas cerrándose, los niños hablando entre ellos sobre el colegio.
Era una mañana tranquila y familiar en la casa. Frank los observó un momento antes de levantarse para preparar el resto del día.
Frank Castle tenía treinta y dos años cuando ya era una de las figuras más reconocibles de Cold Spring. No porque hablara mucho ni porque buscara llamar la atención. Ocurría lo contrario. Frank era un hombre que ocupaba espacio en silencio. Cuando entraba en un lugar, las conversaciones tendían a bajar de volumen y las miradas se dirigían hacia él casi por costumbre.
Cold Spring era un pueblo pequeño. Las calles principales no eran muchas, los comercios se repetían cada día y la mayoría de los habitantes llevaba allí toda la vida. En un lugar así, la policía no era una institución distante; era parte de la vida diaria. Frank lo entendía bien porque él mismo había crecido dentro de ese ritmo.
Había llegado siendo joven para trabajar en el departamento de policía. Al principio patrullaba como cualquier otro agente. Recorría las calles, atendía discusiones entre vecinos, respondía llamadas por accidentes menores o pequeños robos. No era un trabajo espectacular, pero le permitió aprender algo que ningún manual enseñaba: quién era quién en el pueblo.
Sabía quién exageraba cuando llamaba a la policía, quién mentía cuando estaba nervioso y quién realmente necesitaba ayuda. Con el tiempo comenzó a reconocer los ruidos de cada barrio, los horarios de los comercios y las rutinas de la gente. Cold Spring dejó de ser simplemente el lugar donde trabajaba y pasó a ser el lugar que vigilaba.
Su forma de trabajar siempre fue directa. No era un hombre de discursos largos ni de teorías complicadas. Observaba, escuchaba y actuaba. Cuando alguien mentía, Frank solía notarlo antes de que terminara la frase. Cuando una situación podía escalar, él intervenía antes de que lo hiciera.
Ese modo de trabajar hizo que, con los años, su presencia se volviera habitual. Cuando finalmente llegó a ser jefe de policía, el cambio no sorprendió a nadie. Para entonces ya era la persona a la que los otros agentes miraban cuando algo serio ocurría.
Pero la vida de Frank no se limitaba al uniforme.
En los años en que todavía era un agente joven conoció a María Falconio, la mujer que se convertiría en su esposa. No fue una historia complicada ni dramática. Se conocieron en el pueblo, comenzaron a verse y con el tiempo formaron una vida juntos. Para Frank, que nunca fue alguien especialmente sociable, esa relación se volvió el centro silencioso de su rutina.
Se casaron sin demasiada ceremonia y poco después llegaron los hijos.
Primero nació Frank Jr., y unos años más tarde Lisa.
Durante ese período la vida de Frank tuvo una estabilidad que pocos habrían imaginado al verlo en el trabajo. Era el mismo hombre serio que patrullaba las calles, pero en casa el ambiente era distinto. Las mañanas comenzaban con desayuno, risas y juegos. Las noches terminaban con conversaciones sobre lo vivido en el día, bromas alrededor de la mesa de la cocina y dibujos pegados en el refrigerador.
Cold Spring era un lugar tranquilo para criar niños, y durante varios años la vida siguió ese ritmo simple.
Hasta que una noche dejó de hacerlo.
María regresaba a casa por carretera cuando ocurrió el accidente. Fue uno de esos hechos que en un pueblo pequeño se conocen rápidamente. Las llamadas llegaron al departamento antes de que Frank pudiera salir del turno. Cuando finalmente llegó al hospital, la situación ya estaba decidida.
Después de eso, la vida se reorganizó de manera abrupta.
Frank continuó trabajando en el departamento porque el trabajo era una de las pocas cosas que seguían siendo claras. Pero ahora, además de ser el jefe de policía del pueblo, también era un padre criando a dos hijos pequeños por su cuenta.
Frankie y Lisa crecían viéndolo moverse entre esas dos responsabilidades. Por la mañana era el hombre que los llevaba al colegio o revisaba que hubieran terminado sus tareas. Durante el día patrullaba las calles, resolvía problemas y respondía a las emergencias del pueblo.
El equilibrio no siempre era perfecto, pero funcionaba.
Con el tiempo la casa volvió a tener un ritmo propio. Desayunos rápidos antes del colegio, noches tranquilas cuando Frank regresaba del trabajo y fines de semana en los que los tres ocupaban la casa como si nada hubiera cambiado.
Quienes lo conocían en el trabajo veían al mismo hombre de siempre: callado, firme y difícil de leer.
Pero en casa, entre las voces de sus hijos y la rutina diaria, Frank Castle era simplemente un padre intentando mantener en pie la vida que quedaba.
Aquella mañana terminó de preparar todo con la rapidez habitual. Las mochilas ya estaban listas junto a la puerta y los pasos de los niños resonaban por el pasillo mientras terminaban de alistarse.
Frank tomó las llaves de la mesa.
—Vamos.
Los tres salieron de la casa y el aire fresco de la mañana los recibió en el pequeño camino frente al jardín. El pueblo apenas comenzaba a despertar.
Subieron al automóvil.
Durante las primeras cuadras nadie habló. Frank conducía por calles que conocía casi de memoria mientras los niños conversaban entre ellos en el asiento trasero.
De pronto Lisa se inclinó un poco hacia adelante.
—Papá.
—¿Sí?
—Ayer llegaste tarde.
Frank mantuvo la vista en la carretera.
—Trabajo.
Frankie soltó una pequeña risa.
—Claro.
Frank no preguntó por qué lo decía. Conocía ese tono.
Lisa volvió a inclinarse entre los asientos.
—¿Seguro que era trabajo?
Frank frunció apenas el ceño.
—¿A qué viene eso?
Frankie respondió primero.
—A que últimamente llegas tarde.
Lisa añadió con naturalidad:
—Tal vez tienes una novia.
Frank dejó escapar una breve exhalación por la nariz.
—No empiecen.
—Eso no es un no —dijo Frankie
El automóvil se detuvo frente al colegio.
Frank giró apenas hacia atrás.
—A clases.
Los dos bajaron del automóvil todavía riendo entre ellos.
Frank los observó caminar hacia la entrada del edificio hasta que desaparecieron dentro.
Cuando el silencio volvió al automóvil, encendió el motor otra vez y condujo hacia el centro del pueblo.
Cold Spring despertaba lentamente: algunos comercios abrían sus puertas, un par de vecinos caminaban hacia la avenida principal y el tren de la mañana se escuchaba a lo lejos.
Frank estaba doblando hacia la calle que llevaba al departamento de policía cuando la radio del vehículo crepitó.
—Jefe Castle.
Frank tomó el micrófono.
—Aquí Castle.
La voz del otro lado sonó tensa.
—Jefe, llegó información desde Nueva York sobre la periodista.
Frank redujo ligeramente la velocidad.
—Habla.
—Al parecer tenía una reunión programada la noche que murió.
Frank guardó silencio un segundo.
—¿Con quién?
—Eso todavía no lo sabemos.
Frank soltó el botón de la radio y estacionó frente al departamento.
El día de trabajo acababa de empezar.
Frank empujó la puerta del departamento de policía y entró con el mismo paso firme de siempre. El edificio era pequeño: un par de escritorios, una sala de reuniones, las oficinas del fondo y el olor persistente a café recién hecho.
Uno de los agentes levantó la cabeza desde su escritorio.
—Jefe.
Frank dejó las llaves sobre la mesa cercana.
—¿Quién llamó por la radio?
—Saunders.
El agente señaló hacia la oficina del fondo.
Frank caminó hasta allí sin decir nada.
Saunders estaba inclinado sobre su escritorio revisando unos papeles cuando Frank entró.
—Jefe.
—Me dijiste que había información nueva.
Saunders tomó una carpeta.
—Nos llamaron esta mañana desde Nueva York.
Frank cruzó los brazos.
—Habla.
—Un editor del periódico donde trabajaba Page. Dijo que revisaron su agenda después de que la policía de allá se enterara de que murió aquí.
Frank no dijo nada. Solo lo miró esperando que continuara.
Saunders abrió la carpeta.
—Tenía anotada una reunión la noche que murió.
—¿Hora?
—Alrededor de las nueve.
Frank hizo un cálculo rápido. Era aproximadamente el horario en que la periodista había llegado al pueblo.
—¿Con quién?
Saunders negó con la cabeza.
—Eso es lo raro. Solo dice “reunión”. Sin nombre.
Frank apoyó una mano sobre el escritorio.
—¿Lugar?
—Tampoco.
Hubo un momento de silencio en la oficina.
Frank miró la hoja unos segundos más.
—¿La persona del periódico dijo algo más?
—Que Page no solía anotar reuniones así. Normalmente escribía nombres o direcciones.
Frank levantó la vista.
—Entonces esperaba encontrarse con alguien que ya conocía.
Saunders se encogió de hombros.
—O alguien que no quería dejar por escrito.
Frank tomó la hoja con la anotación y la observó un instante.
—¿Quién más sabe esto?
—Solo nosotros.
Frank dejó el papel sobre el escritorio otra vez.
—Bien.
Caminó hacia la puerta de la oficina y luego se detuvo.
—Necesito saber dos cosas. Primero, quién fue la última persona que habló con ella antes de que saliera de Nueva York.
Frank hizo una pausa breve.
—Y segundo… con quién vino a reunirse a Cold Spring.
Saunders asintió.
—Empiezo ahora.
Frank salió de la oficina y caminó hacia la ventana del frente del departamento. Desde allí se veía la calle principal del pueblo.
Cold Spring parecía igual que cualquier otra mañana.
Tranquilo.
Ordenado.
Pero alguien había citado a una periodista en ese lugar la misma noche en que murió.
Y Frank estaba decidido a descubrir por qué.