TRES

Slash
PG-13
Finalizada
0
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644 páginas, 120.711 palabras, 10 capítulos
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A Puertas Cerradas

Ajustes
A Matt le costó conciliar el sueño aquella noche. Había permanecido acostado en la cama de la habitación de Frank, quieto, con las manos sobre el pecho, escuchando los sonidos leves de la casa. La madera crujía de vez en cuando, el refrigerador vibraba suavemente en la cocina y el viento rozaba alguna rama contra el exterior. Nada era realmente ruidoso, pero aun así el descanso no llegaba. ¡Estaba en habitación de María… y Frank! El pensamiento apareció varias veces mientras intentaba dormir. Recordaba con claridad su voz tranquila, la forma en que siempre lo recibía con una calidez sencilla cuando visitaba la casa, y el tono paciente con el que solía bromear con Frank. Matt había sido amigo de ella durante años. Habían conversado muchas veces en esa misma casa cuando todo era distinto, cuando la vida de Frank todavía tenía algo de calma. Pensar que ahora estaba acostado en la habitación de Frank le resultaba extraño. Se giró varias veces entre las sábanas. Cada vez que el sueño parecía acercarse, su mente volvía al hospital, a Foggy acostado en aquella cama, al olor del desinfectante, a la preocupación silenciosa que Frank había intentado ocultar durante horas. Cuando finalmente logró dormirse, el descanso fue breve. A las cinco de la mañana Matt despertó. No necesitó buscar ningún reloj. Su cuerpo ya estaba acostumbrado a levantarse temprano. Permaneció unos segundos escuchando la casa. Los niños seguían dormidos. Se levantó con cuidado, se vistió y caminó por el pasillo sin hacer ruido. Llegó a la cocina con algo de esfuerzo para ubicarse. Abrió el refrigerador, localizó los huevos, el pan y la leche, y encendió la cocina. Comenzó a preparar el desayuno. El aroma empezó a llenar lentamente la cocina. Un rato después se escucharon pasos en el pasillo. Lisa apareció primero, con el cabello revuelto y todavía medio dormida. Se detuvo en la puerta de la cocina al notar movimiento. —¿Matt? Matt levantó ligeramente la cabeza desde la estufa. —Buenos días, princesa. La niña frunció el ceño, sorprendida. —¿Qué haces aquí? En ese momento Frankie apareció detrás de ella. También se quedó quieto al verlo. —Matt… Matt dejó un plato sobre la mesa con tranquilidad. —Buenos días. Los dos niños se miraron confundidos. —¿Dormiste aquí? —preguntó Frankie. Matt apoyó una mano sobre el respaldo de una silla. —Foggy está enfermo —explicó con calma—. Tu papá se quedó cuidándolo en el hospital. Yo vine para quedarme con ustedes anoche. Lisa caminó lentamente hasta la mesa. —¿Foggy está muy enfermo? —No —respondió Matt enseguida—. Solo se sintió mal y los médicos quisieron tenerlo en observación. Va a estar bien. Frankie se sentó frente al plato que Matt había preparado. —Papá no nos dijo nada. —Pasó todo muy rápido —dijo Matt—. No quería despertarlos. Lisa se sentó también, todavía observándolo con curiosidad. — ¿Sabes cocinar? Matt dejó escapar una pequeña risa. —Soy un chef experimentado. Ambos niños rieron y Frankie probó un bocado del desayuno. Masticó unos segundos y luego asintió. —Está bien. Matt inclinó la cabeza con un gesto leve. —Gracias.

__________

Frank despertó temprano, aunque no supo exactamente cuánto tiempo había dormido. Afuera la madrugada empezaba a aclarar lentamente, ese momento impreciso en que la noche todavía no termina de irse. Había pasado la mayor parte de la noche sentado en la silla junto a la cama del hospital, con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra el respaldo. El silencio del cuarto solo se rompía por el sonido constante del monitor y la respiración tranquila de Foggy. En algún momento debió quedarse dormido. Un leve movimiento en la cama lo hizo abrir los ojos. Foggy se estaba moviendo. Primero fue apenas un cambio en la respiración, luego un pequeño gesto incómodo al acomodarse entre las sábanas. Frank se incorporó de inmediato en la silla, completamente despierto en cuestión de segundos. Observó el rostro de Foggy con atención. —Hey… —murmuró en voz baja. Foggy volvió a moverse, esta vez girando un poco la cabeza sobre la almohada. Su respiración cambió y una mano se levantó lentamente como si intentara apartar algo invisible del aire. Frank se inclinó hacia adelante. —Tranquilo —dijo con voz grave pero calmada—. Estás en el hospital. Foggy tardó unos segundos más en reaccionar. Sus párpados se movieron antes de abrirse apenas, desorientados por la luz tenue de la habitación. Parpadeó varias veces. —…Frank…? La voz le salió seca. Frank soltó el aire que no se había dado cuenta de estar conteniendo. —Sí. Soy yo. Foggy frunció ligeramente el ceño, intentando orientarse. —¿Qué… pasó? Frank se recostó un poco en la silla, aunque seguía atento. —Te desmayaste —respondió con simpleza—. Inhalaste algo que no debías. Los médicos quisieron dejarte en observación. Foggy cerró los ojos unos segundos, como si estuviera intentando reconstruir los recuerdos de la noche anterior. —¿Page…? —Sigue muerta —dijo Frank con la crudeza habitual, aunque el tono fue más bajo de lo normal—. Y nosotros seguimos intentando averiguar por qué. Foggy dejó escapar un pequeño suspiro. Luego volvió a abrir los ojos. —¿Cuánto tiempo estuve aquí? —La noche. Foggy lo miró con algo de sorpresa. —¿Te quedaste? Frank se encogió de hombros con indiferencia. —No había nada mejor que hacer. Pero no apartó la vista de él Frank soltó una breve exhalación por la nariz y ladeó apenas la cabeza. —Además —dijo con sequedad fingida—, me dejaste plantado en el bar. Foggy parpadeó, todavía débil, pero esa frase le arrancó una sombra de sonrisa. —Qué tragedia —murmuró—. Casi me siento culpable. —Deberías —replicó Frank, aunque la dureza no le alcanzó la voz—. Yo estaba listo para soportarte toda la noche. Foggy giró el rostro hacia él con una mueca cansada. —Tenías mucha suerte conmigo esa noche. Frank se inclinó un poco más cerca de la cama, con los antebrazos apoyados sobre sus rodillas. —No tanto. Me hiciste esperar. —Yo no elegí terminar en un hospital. —No —dijo Frank—. Pero elegiste asustarme. Foggy abrió apenas la boca, pero no respondió enseguida. La broma se le fue apagando en el rostro cuando notó algo en la expresión de Frank: el cansancio, la tensión que todavía no se había ido, la forma en que lo miraba como si no quisiera apartarse ni un segundo. Foggy bajó la vista por un momento. —Lo siento —dijo al fin, con la voz más baja—. No quería hacerte pasar por eso. Frank soltó una risa breve, sin humor. —Ya lo hiciste. Foggy levantó la mirada otra vez, y Frank sostuvo la suya sin ceder. Entre ellos quedó un silencio raro, cargado y quieto, como si el cuarto entero se hubiera encogido alrededor de la cama. Foggy respiró hondo. —¿Te quedaste aquí toda la noche? Frank respondió con un gesto mínimo. —Sí. —Frank… —No empieces. Foggy sonrió apenas, con esa debilidad que lo volvía más abierto, menos defendido. —Eres un hombre muy sensible. —Y tú hablas demasiado para alguien conectado a una cama de hospital. Foggy dejó escapar una risa corta, seguida de un gesto de dolor leve que lo hizo fruncir el ceño. Frank se puso alerta de inmediato. —No te rías así. —No estoy muerto —dijo Foggy. —Todavía no. Foggy lo observó unos segundos. Luego, con un esfuerzo pequeño pero claro, estiró la mano sobre las sábanas hasta encontrar la de Frank. No la apretó al principio; solo la rozó, como si estuviera comprobando que seguía allí. Frank bajó la vista hacia ese contacto y, después de una pausa breve, entrelazó los dedos con los suyos. Foggy respiró más tranquilo. —No me gusta verte así —murmuró. Frank alzó una ceja. —¿Así cómo? —Preocupado. —No estoy preocupado. Foggy sonrió con más intención esta vez. —Mientes fatal. Frank apretó un poco más su mano. —Y tú sigues hablando demasiado. Foggy mantuvo la sonrisa, pero la volvió más suave. —Pensé que habías venido solo porque no tenías nada mejor que hacer. —Eso dije. —No es verdad. Frank no respondió al instante. Sus dedos siguieron sujetos a los de Foggy, firmes, cálidos. Entonces se inclinó apenas, lo suficiente para que la distancia entre ambos dejara de parecer accidental. —No —admitió al fin—. No era verdad. Foggy lo miró en silencio, atento a cada matiz de su voz. Frank sostuvo su mirada un segundo más y luego añadió, más bajo: —No iba a dejarte solo aquí. Foggy tragó saliva. El cansancio seguía en su rostro, pero algo más se encendió allí, algo más blando y expuesto. —Eso sonó casi tierno —dijo, intentando volver a la broma. Frank soltó una exhalación corta. —No te acostumbres. Foggy sonrió, esta vez de verdad, y apretó su mano con un poco más de fuerza. —Demasiado tarde. Frank lo observó con esa intensidad silenciosa que siempre parecía decir más que cualquier frase. Luego, con una lentitud casi cuidadosa, llevó la mano libre hasta el borde de la almohada, acomodó con precisión una arruga de la sábana y dejó los dedos un instante sobre la mejilla de Foggy, apenas un roce. Foggy se quedó quieto. El gesto fue breve, casi nada, pero bastó para volver el aire más denso entre los dos. —Descansa —murmuró Frank. Foggy cerró los ojos un momento y asintió apenas. —Quédate aquí. Frank no dudó. —Ya estoy aquí. Y esta vez no sonó como una respuesta práctica. Sonó como una promesa. Puedes insertarla **justo después del final que ya tienes**. La escena continuaría así: ——— Durante unos segundos más el cuarto quedó en silencio. Foggy mantenía los ojos cerrados, pero su respiración ya era más regular. Unos golpes suaves sonaron en la puerta. Frank levantó la cabeza. La puerta se abrió apenas y una enfermera asomó. —Buenos días. Frank soltó la mano de Foggy con cuidado y se enderezó en la silla. —Buenos días. La mujer entró con una carpeta en la mano y se acercó a la cama. Revisó el monitor primero, luego la pulsera de identificación de Foggy. —¿Cómo se siente? Foggy abrió los ojos apenas. —Como alguien que preferiría estar en otro lugar. La enfermera sonrió con paciencia profesional. —Eso suele ser buena señal. Tomó el tensiómetro y comenzó a revisar sus signos mientras hablaba. —Los resultados de la noche fueron estables. La inhalación fue leve, así que probablemente solo lo mantengamos en observación unas horas más. Frank escuchó sin moverse. —¿Está fuera de peligro? —Sí —respondió ella con naturalidad—. Solo necesitamos asegurarnos de que la respiración siga normal. Terminó de anotar algo en la carpeta y miró a Frank. —Usted puede ir a descansar un rato si quiere. El paciente está bien. Frank miró a Foggy. Foggy levantó una ceja con esfuerzo. —¿Escuchaste? Te están echando. Frank soltó una pequeña exhalación por la nariz. —No me están echando. La enfermera cerró la carpeta. —Puede volver más tarde. Nosotros estaremos aquí. Frank dudó apenas un segundo más antes de inclinarse hacia la cama. —Voy a pasar por la casa —dijo en voz baja—. Los niños tienen que ir a la escuela. Foggy asintió. —Ve. Frank apoyó la mano un instante sobre la baranda de la cama. —Descansa. —Eso intento. Frank lo observó un segundo más y luego se apartó. Cuando salió de la habitación, el pasillo del hospital ya empezaba a llenarse con el movimiento de la mañana. Frank salió del hospital cuando la mañana empezaba a aclarar. El aire afuera era frío y húmedo, de ese tipo de madrugada en que el pueblo todavía no terminaba de despertar. Algunas luces seguían encendidas en las ventanas del edificio y el estacionamiento estaba casi vacío. Caminó hasta su automóvil con pasos lentos, todavía sintiendo el peso de la noche sin dormir en los hombros. Encendió el motor y se incorporó a la calle principal. A esa hora el tráfico era mínimo. Solo un par de automóviles cruzaban de vez en cuando las avenidas, y algún camión de reparto pasaba rumbo a las tiendas del centro. Condujo en silencio. La imagen de Foggy en la cama del hospital seguía presente en su mente: la palidez, el monitor marcando cada latido, la forma en que había intentado bromear incluso estando conectado a media docena de cables. Frank apretó apenas el volante. Al menos estaba estable. Giró en la esquina que conducía al barrio donde vivía. Las casas estaban tranquilas, algunas con las luces de la cocina encendidas mientras las familias comenzaban el día. Cuando estacionó frente a su casa, notó algo de inmediato. Había luz en la cocina. Frank apagó el motor, salió del automóvil y subió los escalones del porche. Al abrir la puerta, el olor del desayuno lo recibió antes que cualquier otra cosa. Desde la cocina se escuchaban voces. Frank dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y caminó hacia allí. Cuando apareció en la puerta, encontró a Matt de pie junto a la encimera y a los niños sentados en la mesa con los platos delante. Frank se quedó un momento apoyado en el marco de la puerta antes de hablar. —Buenos días. Lisa levantó la cabeza de inmediato. —¡Papá! Frankie giró en la silla. —Pensé que estabas en el hospital. Frank entró a la cocina mientras Matt volvía ligeramente la cabeza hacia él. —Lo estaba —respondió Frank con naturalidad—. Foggy está mejor. Los niños parecieron relajarse un poco al oírlo. Matt inclinó apenas la cabeza. —¿Cómo está? —Cansado —dijo Frank—. Pero estable. Matt asintió en silencio. Frank observó la mesa un segundo: los platos, los huevos, el pan tostado, la leche servida. Luego miró a Matt con una ceja levantada. —Hueles a desayuno decente. Matt dejó escapar una pequeña sonrisa. —No hagas preguntas que puedan destruir la ilusión. Frankie intervino con la boca medio llena. —Está bueno. Frank dejó escapar una breve risa por la nariz. —Entonces tal vez no sea tan terrible. Se acercó a la mesa y revolvió el cabello de Lisa al pasar. —Terminen de comer. Luego miró a Matt. —Voy a darme una ducha. Matt asintió. —Adelante. Frank salió de la cocina y subió las escaleras mientras en la planta baja los niños terminaban el desayuno. Un rato después la casa ya estaba en movimiento. Las mochilas aparecieron sobre la mesa, los platos vacíos fueron llevados al fregadero y los abrigos terminaron en manos de los niños. Frank volvió a bajar ya cambiado, con el cabello todavía húmedo. —Bien —dijo—. Vamos. Frankie tomó su mochila y Lisa la siguió. Matt buscó su bastón sobre la mesa y lo tomó con naturalidad. Frank ya estaba junto a la puerta, girando las llaves del automóvil alrededor de un dedo. —Vamos —dijo. Minutos después salieron de la casa. El aire de la mañana ya estaba más claro cuando el automóvil avanzó por las calles del pueblo rumbo a la escuela. Los niños hablaban en el asiento trasero mientras Frank conducía y Matt permanecía en el asiento del copiloto, escuchando en silencio el movimiento tranquilo del pueblo que empezaba a despertar. Cuando llegaron frente a la escuela, Frankie abrió la puerta primero. —Adiós. Lisa también bajó. —Dile a Foggy que se mejore. —Se lo diré —respondió Frank. Los niños cruzaron la entrada del colegio y desaparecieron entre otros estudiantes que comenzaban a llegar. El automóvil quedó en silencio. Frank volvió a incorporarse al tráfico. Matt giró ligeramente la cabeza hacia él. —¿Puedes dejarme en casa? —dijo con calma—. Necesito cambiarme antes de ir al trabajo. Frank asintió. —Sí. El automóvil retomó la calle, alejándose de la escuela mientras el pueblo terminaba de despertar alrededor de ellos. —¿De verdad está bien? —preguntó Matt. —La enfermera dijo que en un rato le darán de alta —respondió Frank, tomando su mano por un momento—. Por cierto, gracias por cuidar a los niños. Te veías lindo cocinándoles. Matt sonrió, pero la sonrisa se desvaneció casi de inmediato. —¿Pasa algo? —preguntó Frank —Debo disculparme —dijo Matt—. Anoche cedí a la tentación y… me acosté en tu cama. Frank no dijo nada durante un instante. —¿Frank? —¿Los niños te vieron? —No —dijo Matt. —Está bien. No te preocupes Matt soltó un pequeño suspiro. —No dormí mucho. —No me sorprende —dijo Frank con calma—. Fue una noche larga. El automóvil siguió avanzando por las calles tranquilas del pueblo. Algunas tiendas empezaban a abrir, y el tráfico crecía poco a poco con la rutina de la mañana. Frank no soltó la mano de Matt de inmediato. La sostuvo unos segundos más antes de volver a colocar ambas manos en el volante. —Gracias por quedarte —añadió después—. Los niños lo necesitaban. Matt inclinó levemente la cabeza. —Tú necesitabas estar en el hospital. —Sí. Un breve silencio se instaló entre ellos, pero no era incómodo. —Foggy estaba preocupado por ti —dijo Frank después de un momento—. Incluso medio dormido seguía preguntando por el caso. Matt dejó escapar una exhalación corta. —Eso suena a él. Doblaron la última esquina del barrio y el automóvil se detuvo frente a la casa de Matt. Frank apagó el motor. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Matt soltó su cinturón y buscó su bastón. —Gracias por traerme. —De nada. Matt abrió la puerta del automóvil, pero antes de bajar Frank lo llamó. —Matt. Matt volvió ligeramente la cabeza hacia él. Frank se inclinó lo justo y le robó un beso rápido. Fue breve, casi impulsivo. Matt se quedó quieto un segundo, sorprendido. Luego una sonrisa pequeña apareció en su rostro. —Eso no fue muy profesional para el jefe de policía. Frank apoyó un brazo sobre el volante. —No estamos trabajando. Matt asintió suavemente. —Nos vemos luego. —Sí. Matt salió del automóvil y cerró la puerta. Frank esperó hasta que lo oyó subir los escalones de la entrada antes de arrancar el motor nuevamente. El automóvil se alejó por la calle en dirección a la comisaría El automóvil se detuvo frente al edificio de la comisaría. A esa hora el movimiento ya era constante: un par de patrullas salían del estacionamiento y algunos oficiales entraban con café en la mano mientras comenzaban el turno de la mañana. Frank apagó el motor y bajó del automóvil. Cerró la puerta con un golpe seco y subió los escalones de la entrada sin detenerse. Apenas cruzó la puerta principal, el murmullo habitual de la comisaría lo rodeó: teléfonos sonando, el tecleo de las computadoras, voces cruzándose entre los escritorios. Algunos agentes levantaron la vista al verlo pasar. —Jefe. —Capitán. Frank respondió con un gesto breve de la cabeza mientras avanzaba por el pasillo. La noche sin dormir todavía pesaba en su cuerpo, pero su expresión ya había cambiado. La preocupación que había tenido en el hospital había quedado atrás, reemplazada por la concentración seca que adoptaba cada vez que entraba a trabajar. Empujó la puerta de su oficina y entró. El escritorio estaba cubierto de carpetas, informes y una pila de documentos que alguien había dejado ordenados durante la mañana. En una de las esquinas había un vaso de café todavía humeante. Frank dejó las llaves sobre la mesa y tomó la taza. Bebió un sorbo sin preguntar de dónde había salido. Luego se sentó. Durante unos segundos se quedó mirando las carpetas frente a él, repasando mentalmente todo lo que tenía pendiente: el asesinato de Karen Page, las otras muertes, los informes que todavía no encajaban. Dejó el café a un lado y abrió el primer expediente. El día acababa de empezar. Frank abrió el expediente que estaba en la parte superior de la pila. La primera hoja mostraba el informe inicial del hallazgo. Lo había leído varias veces durante las últimas dos semanas, pero aun así volvió a repasarlo con atención. Fecha. Hora aproximada. Lugar. El cadáver de Page había sido encontrado quince días atrás, en las primeras horas de la madrugada. Una patrulla nocturna había hecho el hallazgo en un callejón angosto del pueblo, a pocas cuadras del bar de Josie. Frank apoyó un codo sobre el escritorio mientras leía. El informe indicaba lo mismo de siempre: la patrulla había pasado por la zona poco después de las tres de la mañana. Uno de los oficiales había visto algo en el suelo entre los contenedores de basura y el muro de ladrillo. Al acercarse, encontraron el cuerpo. Frank pasó la página. Había fotografías del lugar, el croquis del callejón, y después las primeras declaraciones de testigos recogidas esa misma mañana. Entre ellas estaba la de Josie. Frank la reconoció enseguida por la letra mecanografiada del informe. La dueña del bar había declarado que esa noche había cerrado más tarde de lo habitual. Recordaba haber escuchado ruido en el callejón detrás del local alrededor de las tres de la mañana: un golpe seco, algo que arrastraba contra el suelo. En ese momento no le dio importancia. Según su propia declaración, pensó que alguien estaba moviendo contenedores de basura o descargando algo desde un automóvil. Frank se recostó en la silla. Ahora sabía que, en ese mismo momento, Page ya estaba muerta en ese callejón. Volvió a mirar la hoja. Josie había añadido un detalle más: también creyó haber escuchado un automóvil arrancando unos segundos después, aunque no pudo describir el modelo ni el color. Frank entrecerró los ojos. El sonido de algo arrastrándose. Un automóvil saliendo del callejón. Volvió a revisar el informe de la patrulla que encontró el cuerpo. Los oficiales no habían reportado marcas claras de neumáticos. Tampoco señales evidentes de que el cadáver hubiera sido movido desde otro lugar. Pero Josie había dicho claramente que algo fue arrastrado. Frank apoyó los dedos sobre el borde del expediente. Durante días aquel detalle le había parecido menor. Ahora no tanto. Especialmente porque Josie también estaba muerta. Frank tomó otra hoja del archivo y la colocó sobre el escritorio. El informe preliminar de la muerte de Urich. Durante unos segundos dejó los tres documentos alineados frente a él: el expediente de Page, la declaración de Josie y el informe del hallazgo del cuerpo de Urich. Tres muertes. Page. Josie. Urich. El mismo pueblo. La misma línea de investigación. Frank apoyó los dedos sobre el borde de la mesa mientras releía el párrafo de la declaración de Josie. Había escuchado algo en el callejón aquella madrugada. Un golpe. Algo arrastrándose sobre el suelo. Y después un automóvil alejándose. En ese momento pensó que no tenía importancia. Pero ahora ella también estaba muerta. Y Urich había muerto poco después de empezar a hacer preguntas sobre lo mismo que Page estaba investigando. Frank cerró lentamente el expediente. No parecía una cadena de coincidencias. Parecía que alguien estaba eliminando a cualquiera que se acercara demasiado a algo. Su mirada volvió a detenerse en la línea donde Josie describía el sonido del automóvil alejándose del callejón. Frank frunció ligeramente el ceño. Quince días. Quince días mirando los mismos informes. Y aun así, algo seguía sin encajar. Frank volvió a abrir el expediente. Durante unos segundos observó las tres carpetas sobre el escritorio: Page, Josie y Urich. Después tomó una cuarta, más delgada, que estaba sujeta con un clip metálico. Era la carpeta de personas relacionadas con la investigación que Page había estado llevando antes de morir. La abrió. Dentro había varios nombres. Empresarios locales, funcionarios del ayuntamiento, un par de contratistas que habían trabajado en proyectos municipales y un antiguo caso judicial que Page había revisado poco antes de morir. Frank pasó las páginas con calma. La mayoría de los nombres ya habían sido verificados. Coartadas, horarios, registros de llamadas. Nada concluyente. Pero uno de los informes tenía varias marcas hechas con lápiz. Frank se detuvo allí y entrecerró los ojos mientras releía el informe. A poyó la espalda en la silla y dejó el documento sobre el escritorio. Durante unos segundos no hizo nada. El nombre apareció en su cabeza con una claridad incómoda. Brett Mahoney. Frank tensó la mandíbula casi al instante. La última vez que habían trabajado juntos no había terminado bien. Mahoney había llevado parte de la investigación sobre la muerte de María… y Frank no había estado de acuerdo con cómo lo había hecho. No confiaba en su criterio. No del todo. Pero tampoco podía ignorarlo. Mahoney conocía el trabajo. Había visto cosas que nadie más en la comisaría había visto, había estado en escenas. Y, le gustara o no, era el único que podía responder ciertas preguntas. Frank exhaló lentamente por la nariz. No quería hablar con él. Pero tampoco iba a mandar a otro oficial a ciegas. Y mucho menos dejar ese hilo sin tirar. El silencio en la oficina se volvió más pesado. Frank volvió a inclinarse hacia el escritorio. El nombre aparecía tres veces en las notas de Page. Dos veces en las de Urich. Y, de alguna forma, estaba relacionado con una obra municipal que se había realizado justo en la manzana donde estaba el callejón del bar de Josie. Frank volvió a cerrar la carpeta. Tal vez no era suficiente para acusarlo de nada. Pero era suficiente para empezar a mirarlo con atención. Por primera vez en quince días, la investigación parecía señalar a alguien concreto. Aunque algo en la historia todavía le producía una ligera incomodidad. Como si una pieza del rompecabezas estuviera colocada en el lugar equivocado. Durante unos segundos no hizo nada. Luego volvió a mirar el documento. El nombre estaba ahí. Brett Mahoney. Frank apretó la mandíbula. No era una opción que le gustara. Mahoney había estado a cargo de la investigación sobre la muerte de María, y Frank no había olvidado cómo había manejado todo aquello. Demasiadas preguntas sin respuesta. Demasiadas cosas cerradas antes de tiempo. Durante un tiempo habían dejado de trabajar juntos por completo. Frank dejó escapar una exhalación breve. Aun así, el nombre aparecía en los papeles. Más de una vez. Y si alguien sabía algo sobre ese lo que pasaba en ese pueblo, era Mahoney. Eso era lo que lo volvía útil. Y lo que lo hacía inevitable. Frank bajó la mirada hacia el expediente. No quería hablar con él. Pero tampoco iba a mandar a otro. Porque nadie más iba a saber qué preguntar. Ni cuándo presionar. Ni cuándo alguien estaba mintiendo. El silencio se instaló un instante más en la oficina. Luego Frank volvió a inclinarse hacia el escritorio, respiro hondo, y poniéndose de pie, salió de su oficina. Frank avanzó por el pasillo sin detenerse hasta el área común. El murmullo bajo de la comisaría seguía su ritmo habitual: teléfonos, papeles, voces contenidas. Él no miró a nadie en particular hasta que ubicó al agente que buscaba. —Powell —dijo, seco. El hombre levantó la vista desde su escritorio, sorprendido apenas un segundo antes de ponerse de pie. —Jefe. Frank no explicó demasiado. —Vas conmigo. No hubo preguntas. Powell tomó su chaqueta y las llaves, moviéndose con rapidez contenida. Conocía ese tono. Salieron de la comisaría sin más intercambio. El aire de afuera estaba más frío, quieto. Frank caminó directo hacia la patrulla, abrió la puerta del conductor y entró sin mirar atrás. Powell ocupó el asiento del acompañante. El motor arrancó con un sonido bajo y constante. Durante los primeros minutos, ninguno habló. El automóvil avanzaba por calles conocidas, alejándose poco a poco del centro del pueblo. Las luces se volvían más escasas, las casas más separadas. El camino empezaba a oscurecerse, rodeado de árboles y tramos largos sin tránsito. Powell apoyó el brazo en la puerta, mirando hacia afuera, pero su atención estaba claramente en Frank. —¿Vamos a ver a alguien? —preguntó al fin. Frank no apartó la vista del camino. —Mahoney. El nombre quedó suspendido en el aire un instante. Powell asintió despacio, como si entendiera más de lo que decía en voz alta. El resto del trayecto volvió al silencio. Solo el sonido del motor, el roce de las ruedas sobre el asfalto y la sensación cada vez más clara de que ese no iba a ser un encuentro sencillo. Después de unos veinte minutos de viaje, el automóvil redujo la velocidad al entrar en una calle más estrecha. Las casas estaban más separadas entre sí, con cercas bajas y árboles que proyectaban sombras largas sobre el camino. Frank no necesitó mirar dos veces para reconocer la dirección. Se detuvo frente a la casa sin apagar el motor de inmediato. Durante un segundo, nadie habló. Luego lo apagó. —Vamos —dijo. Bajó del automóvil y cerró la puerta con un golpe seco. Powell lo siguió de inmediato. Subieron los pocos escalones del porche y Frank golpeó la puerta dos veces, firme. No tuvieron que esperar mucho. La puerta se abrió y Brett Mahoney apareció del otro lado. Su expresión no fue de sorpresa. Primero miró a Frank. Luego a Powell. Después volvió a Frank. —Castle. El tono fue neutro, pero no amistoso. Frank no respondió al saludo. —Necesito hablar contigo. Mahoney apoyó una mano en el marco de la puerta. —Qué casualidad. Yo no. El silencio que siguió fue corto, pero cargado. Powell permanecía un paso detrás, atento. Frank no se movió. —No es una invitación —dijo—. Es trabajo. Mahoney sostuvo su mirada unos segundos más, como si midiera cuánto valía la pena discutirlo ahí mismo. Finalmente se apartó de la puerta. —Cinco minutos. Frank entró sin agradecer. Powell lo siguió. El interior de la casa era sencillo, ordenado. Nada fuera de lugar. Mahoney cerró la puerta detrás de ellos y caminó hacia la sala sin indicarles que se sentaran. —Habla —dijo. Frank se quedó de pie. —Tu nombre aparece en la libreta de Karen Page. —La periodista muerta —dijo Mahoney—. Vino a verme un par de semanas antes de que la encontraran. —¿Qué buscaba? —preguntó Frank, directo. Mahoney soltó una exhalación leve. —No te va a gustar. —Deja de dar rodeos —presionó Frank—. ¿Qué buscaba Page? Mahoney lo miró fijo. —A ti. El silencio cayó pesado. Powell desvió apenas la mirada hacia Frank. —Te investigaba a ti —añadió Mahoney. —¿Qué? —murmuró Frank. —Page creía que habías usado tu cargo para encubrir la muerte de María. Frank no respondió de inmediato. El aire en la habitación pareció tensarse. —¿Qué le respondiste? —preguntó al fin, con la voz más baja. Mahoney no dudó. —La verdad. Frank alzó apenas el mentón. —¿Y según tú cuál es la verdad? Mahoney lo sostuvo con la mirada, sin suavizar nada. —Que eres impulsivo. Impredecible. No sigues procedimientos. Trabajas al límite de lo legal. Eres más problema que solución. No sabes cuándo detenerte. Te saltas las reglas cuando te conviene. Confundes intuición con pruebas. Frank exhaló fuerte por la nariz, mirando hacia otro lado por un segundo. Mahoney no se detuvo. —Obstinado. Difícil de tratar. No sabes confiar en nadie. Siempre estás a la defensiva. Te dejas llevar por la rabia. No sabes soltar cuando algo no encaja. Vives para el conflicto. El silencio que siguió fue breve, pero denso. —Jamás pensé que me tuvieras en tan alta estima —dijo Frank, seco. Mahoney no reaccionó a la ironía. —Pero no eres un mal policía —continuó—. Tienes buena reputación por una razón. Buscas justicia… aunque creas tener siempre la razón. Todo contigo termina en confrontación. Frank lo miró fijamente. —Eso no responde mi pregunta. Mahoney sostuvo la mirada. —Le dije que estabas mirando en la dirección equivocada. —¿Equivocada? —Sí. Frank dio un paso al frente. —Tres personas muertas —dijo—. Page, Josie, Urich. Y tú me dices que estoy equivocado. Mahoney no retrocedió. —Digo que estás armando algo con piezas que no encajan. —Claro que encajan. —No —respondió Mahoney—. Tú las estás forzando. El tono subió apenas. Powell se tensó detrás. Frank avanzó otro paso. —Page vino a verte. Josie escuchó algo esa noche. Urich estaba siguiendo lo mismo. Y tú estás en medio. Mahoney frunció el ceño. —Estoy en los papeles porque hago mi trabajo. —Entonces hazlo ahora. —Lo estoy haciendo —replicó Mahoney—. Y lo que veo es que estás corriendo antes de entender qué estás persiguiendo. Frank lo empujó apenas con el hombro. —No me digas cómo hacer mi trabajo. Mahoney no se movió. —Entonces deja de hacerlo mal. El silencio se rompió del todo. Frank quedó a centímetros de él. —Cuidado. —No —dijo Mahoney, firme—. Tú ten cuidado. Powell dio un paso adelante. —Jefe… Ninguno le prestó atención. Por un segundo pareció que Frank iba a golpearlo. Mahoney no retrocedió. Solo lo sostuvo. El aire se volvió pesado. Luego Frank se apartó de golpe. —No terminamos —dijo. —Nunca empezamos —respondió Mahoney —. Por cierto, le dije que nunca le harías daño a nadie, y menos a María Frank lo miró una última vez, tenso. Después giró y caminó hacia la puerta. Powell lo siguió de inmediato. La puerta se cerró con fuerza detrás de ellos. Afuera, el silencio volvió de golpe. Frank bajó los escalones sin detenerse. Powell lo alcanzó. —Eso estuvo cerca. Frank no respondió. Solo abrió la puerta del automóvil, subió y arrancó. Y se fueron.

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Foggy salió del hospital con pasos lentos, todavía ajustándose al ritmo normal después de horas en observación. Llevaba una bolsa pequeña con sus cosas y el alta médica doblada dentro. El aire de afuera le golpeó el rostro con una frescura que no había sentido en toda la mañana. Matt estaba de pie cerca de la entrada. Giró apenas la cabeza cuando escuchó sus pasos acercarse. —Te dieron de alta. Foggy soltó una pequeña risa. —Nada se te escapa, ¿no? Matt esbozó una leve sonrisa. —¿Cómo te sientes? Foggy se acercó un poco más despacio de lo habitual. —Como si me hubiera atropellado un automóvil… pero uno pequeño. Matt inclinó ligeramente la cabeza. —Eso suena como una mejora. —Lo es —admitió Foggy—. Ya no estoy conectado a nada, lo cual siempre es una buena señal. Hubo un pequeño silencio mientras se acomodaban al lado del otro, sin moverse todavía hacia el estacionamiento. Matt habló primero. —Frank me dijo que estabas estable. Foggy asintió. —Sí. Se quedó toda la noche. Matt no respondió de inmediato. —Lo sé. Foggy lo miró de reojo. —¿Te lo dijo él o lo dedujiste? —Ambas. Foggy sonrió apenas. Luego su expresión cambió un poco, volviéndose más seria. —Gracias por venir. Matt giró un poco hacia él. —No iba a dejarte salir solo de aquí. El tono fue simple, pero directo. Foggy bajó la mirada un instante antes de volver a levantarla. —A veces haces que sea difícil discutir contigo. —No lo intento. —Lo sé. Caminaron hacia el estacionamiento. El ritmo era lento, sin prisa. En un momento, sus manos se rozaron al ajustar el paso. Ninguno corrigió el gesto de inmediato. —¿Vas directo al trabajo? —preguntó Foggy. —Sí —respondió Matt—. Pero puedo pasar por tu departamento primero. Foggy negó suavemente. —No hace falta. Estoy bien. Matt no soltó del todo la distancia entre ellos. —No es una pregunta. Foggy dejó escapar una pequeña risa. —Eres increíblemente terco. —Me lo han dicho. Llegaron al automóvil. El contacto entre sus manos se separó cuando Foggy abrió la puerta. Antes de subir, se detuvo. —Oye… Matt giró hacia él. Foggy dudó un instante. —Gracias… por todo. Matt asintió levemente. —Descansa hoy si puedes. Foggy lo miró un momento más del necesario. —Lo intentaré. Se subió al automóvil. Matt rodeó el vehículo y tomó el asiento del copiloto. El motor arrancó. Y, por un momento, ninguno de los dos dijo nada. El automóvil avanzaba con suavidad entre el tráfico de media mañana. El conductor mantenía la vista al frente, ajeno al silencio que se había instalado en el asiento trasero. Foggy se acomodó un poco mejor, todavía sintiendo el cansancio en el cuerpo. —Creo que voy a demandar al hospital —murmuró. Matt giró apenas hacia él. —¿Por qué? —Porque no me dejaron quedarme más tiempo. Ya me estaba acostumbrando a que me atiendan. Matt dejó escapar una leve risa. —Te conozco. En dos horas ibas a estar quejándote. —En una —corrigió Foggy. El tono ligero se mantuvo unos segundos. Luego el silencio volvió, pero distinto. Más cercano. Foggy apoyó la cabeza un instante contra el respaldo. —Igual… me alegra que hayas venido. Matt no respondió de inmediato. —No iba a dejar que salieras solo. Foggy giró un poco hacia él. —Siempre dices eso como si fuera una obligación. —No lo es. Foggy lo observó en silencio unos segundos. —Lo sé. El automóvil tomó una curva suave. El movimiento hizo que sus manos se rozaran sobre el asiento. Esta vez ninguno se apartó. El contacto fue leve, casi accidental. Pero se mantuvo. Foggy deslizó apenas los dedos, como probando si Matt iba a retirarse. No lo hizo. —Sabes —dijo Foggy en voz baja—… esto probablemente sea poco profesional. Matt inclinó ligeramente la cabeza. —¿Cuál parte? —Esta. Foggy movió apenas la mano, haciendo más evidente el contacto entre sus dedos. Matt dejó que el gesto continuara un segundo más antes de responder. —Nadie está mirando. Foggy sonrió apenas. —Ese nunca ha sido tu argumento más fuerte. —Funciona. El silencio volvió, pero ninguno soltó la mano del otro. Foggy respiró más lento. —Deberíamos… —empezó, pero no terminó la frase. Matt giró un poco más hacia él. —¿Deberíamos qué? Foggy negó suavemente. —Nada. Sus dedos se entrelazaron por un instante, breve pero claro. Luego se separaron cuando el automóvil redujo la velocidad en un semáforo. Foggy miró hacia adelante, aunque su expresión había cambiado. Más suave. —A veces pienso que esto es una mala idea —dijo. Matt no apartó la atención de él. —¿Y? Foggy dejó escapar una pequeña risa. —Y luego haces algo como esto. Matt no respondió con palabras. Solo volvió a rozar su mano, esta vez de forma más deliberada. Foggy lo miró de reojo. —Eso no ayuda. —No lo intento. El semáforo cambió. El automóvil avanzó de nuevo. Y, aunque ninguno dijo nada más, la distancia entre ellos ya no volvió a ser la misma. Foggy soltó el aire lentamente y apoyó la cabeza contra el respaldo. —Por cierto… antes de que me desmayara —dijo— estaba revisando lo de Page. Matt giró apenas hacia él. —¿Encontraste algo? Foggy dudó un segundo. —No exactamente algo… más bien un patrón raro. El automóvil siguió avanzando. —Había notas sobre un accidente —continuó—. Viejo. De hace años. Matt frunció ligeramente el ceño. —¿Un accidente? —Sí. Pero no decía cuál. No había fecha exacta, ni nombres completos. Solo referencias sueltas, como si Page estuviera armando algo y todavía no tuviera todas las piezas. Matt guardó silencio, procesando. —¿De tránsito? —preguntó. —Eso pensé al principio —respondió Foggy—. Pero no estoy seguro. No encajaba del todo con ese tipo de informe. El conductor giró en una esquina. —¿Y Urich? —añadió Matt—. ¿Mencionaba lo mismo? Foggy asintió. —Sí. En su cuaderno había una anotación parecida. Muy vaga. Solo decía algo como “no fue un accidente”. El aire entre ellos cambió ligeramente. —Eso no es mucho —dijo Matt. —Lo sé —respondió Foggy—. Ese es el problema. Page estaba investigando algo importante… pero nunca dejó claro qué. Hubo un breve silencio. —Y ahora está muerta —añadió Foggy, más bajo. Matt no respondió de inmediato. —¿Crees que esté relacionado con las otras muertes? —preguntó después. Foggy se encogió levemente de hombros. —No tengo cómo probarlo… pero tampoco me parece coincidencia. El automóvil redujo la velocidad otra vez. —Tres personas investigando lo mismo —continuó—. Tres personas muertas. Matt apoyó una mano sobre el asiento, cerca de la de Foggy, sin tocarla del todo esta vez. —Entonces alguien no quiere que ese “accidente” salga a la luz. Foggy giró un poco hacia él. —Exacto. El silencio volvió, pero ahora era distinto. Más pesado. Más enfocado. —Voy a revisar esos papeles otra vez cuando llegue —dijo Foggy. Matt asintió. —Avísame si encuentras algo más concreto. Foggy lo miró un segundo. —Lo haré. El automóvil siguió avanzando entre las calles del pueblo, mientras la conversación quedaba suspendida entre ambos, a medio camino entre el trabajo… y todo lo demás. ________________________ El automóvil de Frank avanzaba por la carretera en silencio. El motor mantenía un sonido constante, casi hipnótico, mientras los árboles pasaban a los lados como sombras largas. No había dicho una sola palabra desde que salieron de la casa de Mahoney. Powell tampoco. Pero la tensión seguía allí. Distinta. Más contenida. Powell apoyó el codo en la puerta y miró de reojo a Frank. —No fue una gran visita. Frank no respondió. Siguió mirando al frente. Powell esperó unos segundos más. —¿Siempre es así con él? Frank apretó apenas el volante. —Sí. El tono cortó cualquier intento de suavizar la conversación. Powell asintió despacio. —Parecía que sabías lo que ibas a encontrar. —No —dijo Frank—. Sabía con quién iba a hablar. El automóvil tomó una curva. —¿Le crees? —preguntó Powell. Frank tardó un momento en responder. —No miente fácil. —Pero tampoco ayudó. —No tenía intención de hacerlo. Powell cruzó los brazos. —Dijo que estás mirando en la dirección equivocada. Frank dejó escapar una exhalación corta. —Mahoney siempre cree que tiene la imagen completa. —¿Y tú? Frank no respondió de inmediato. Los segundos se estiraron. —Creo que falta algo —dijo al fin—. Algo que no estamos viendo. Powell lo observó. —¿Lo del accidente? Frank asintió levemente. —Page no escribe cosas así sin motivo. —Pero no dejó nada claro. El silencio volvió a instalarse. Más pesado que antes. Powell miró hacia adelante. —Tres muertos por algo que ni siquiera sabemos qué es. Frank apretó un poco más el volante. —Eso es lo que me molesta. —¿El qué? —Que alguien sí lo sabe. El automóvil redujo la velocidad al acercarse a un cruce. Frank giró sin detenerse del todo. —Y está apostando a que nosotros no lo encontremos. Powell soltó el aire. —Mahoney cree que estás forzando las piezas. Frank esbozó una mínima mueca, sin humor. —Mahoney cree muchas cosas. —¿Y si tiene razón? Frank no respondió enseguida. La pregunta quedó flotando entre ellos. —Entonces lo voy a comprobar —dijo finalmente—. Pero no voy a quedarme quieto esperando a que aparezca solo. Powell asintió, más serio ahora. —¿Qué sigue? Frank no dudó. —Volvemos al inicio. Powell frunció el ceño. — ¿El callejón? —El callejón —confirmó Frank—. Donde encontraron a Page. El automóvil aceleró ligeramente. —Quince días —añadió Frank—. Quiero ver qué dejamos pasar. Powell se acomodó en el asiento. —Espero que esta vez encaje. Frank no respondió. Pero no redujo la velocidad.

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El automóvil se detuvo frente al edificio de Foggy. Ninguno de los dos bajó de inmediato. —Voy a revisar esos papeles otra vez —dijo Foggy—. Si Page estaba siguiendo algo, tiene que estar ahí. Matt asintió levemente. —Ese “accidente” no es un detalle menor. —No —respondió Foggy—. Y si lo ocultó así… es porque alguien más sabe exactamente qué pasó. El silencio duró apenas un segundo. El teléfono de Matt vibró. Frunció ligeramente el ceño y atendió. —¿Sí? —… —Entiendo. —… —Haz lo que creas necesario. Foggy lo observó con atención. —¿Frank? Matt asintió. —Fue a ver a Mahoney. Foggy se enderezó. —¿Por qué? —Su nombre aparece en las notas de Page. Foggy soltó una exhalación sin humor. —Eso debió salir mal. Matt dudó un instante. —No salió bien. Hubo un breve silencio. —Quiere volver a hablar con él —añadió Matt. Foggy negó de inmediato. —No. Matt giró un poco hacia él. —Foggy… —Ponlo en altavoz. Matt no se movió por un segundo. —Matt —insistió, más firme—. Ponlo en altavoz. El silencio se tensó apenas un instante. Luego Matt tocó la pantalla. —Estás en altavoz. Foggy se inclinó apenas hacia adelante. —Frank. Hubo un segundo de silencio al otro lado de la línea. —Nelson. El tono fue inmediato. Seco. —¿Por qué suenas así? —preguntó Foggy. —¿Así cómo? —Como cuando ya hiciste algo que no debías. Matt no intervino. —Fui a ver a Mahoney —dijo Frank. —Page habló con él antes de morir. Y Urich también lo tenía anotado. Matt intervino, más bajo. —¿Qué te dijo? Hubo una pausa. —Que me estaba investigando. El aire se tensó. Matt giró apenas la cabeza. —¿Qué? ¿Por qué? —Frank contesta —dijo Foggy —Por el caso de Maria —¿Qué le dijo Mahoney? –pregunto Matt —La misma estupidez que lleva años diciendo –dijo Frank—, que fue un accidente Foggy se incorporó del todo. —¿Y no se te ocurrió mejor idea que ir directo a confrontarlo? —Sí. —¿Solo? —Sí. —¿Qué más te dijo? —preguntó Matt. —Nada útil. Se cerró. Foggy negó, tenso. —Claro que se cerró. Fuiste directo a presionarlo. —Fui a ver cómo reaccionaba. —Lo pusiste contra la pared. —Y reaccionó. —Eso no prueba nada. —Prueba que no es limpio. —No —corrigió Foggy—. Prueba que lo empujaste. El tono subió. Matt intervino, intentando sostener el equilibrio. —Frank, necesitamos entender primero qué estaba investigando Page. Solo sabemos que es un accidente viejo y mal documentado. —Y ahora que es el de Maria —Y que él está en medio. —Eso no lo hace culpable. —Lo hace relevante. —Lo hace alguien que habló con una periodista —replicó Foggy—. Nada más. —Tres personas muertas —dijo Frank—. No voy a quedarme esperando. —Y yo no voy a dejar que arruines la única línea que tenemos. —No la estoy arruinando. —La estás cerrando. El silencio se volvió más denso. Matt volvió a intervenir. —Necesitamos más información antes de mover otra pieza. —Ustedes necesitan eso —corrigió Frank—. Yo no. —Ese es el problema —dijo Foggy. Hubo una pausa. —Voy a volver a hablar con él —añadió Frank. —No —dijo Foggy de inmediato. —Sí. —Frank, no puedes hacer eso otra vez. —Ya lo hice una vez. —Y salió mal. —Eso no significa que pare. Foggy apretó la mandíbula. —Entonces no te quejes cuando esto se rompa. —No lo haré. El silencio se volvió más pesado. Matt intervino, firme pero calmado. —Esto no ayuda. Ninguno respondió de inmediato. —Hablamos después —añadió. —Espera —dijo Frank. Matt no cortó. —¿Qué? Hubo una pausa breve. —¿Dónde están? Matt dudó un segundo. —En camino a casa de Foggy. Otra pausa. —¿Juntos? El aire cambió. Foggy miró a Matt de reojo. Matt sostuvo el teléfono un instante más. —Sí. Silencio al otro lado. —Bien —dijo Frank. Pero no sonó neutro. —Luego hablamos. La llamada se cortó. Y el automóvil quedó en silencio Frank regresó a la comisaría sin detenerse a hablar con nadie. El murmullo habitual seguía igual, pero él pasó directo a su oficina. Cerró la puerta sin hacer ruido y dejó el expediente sobre el escritorio. Lo abrió de nuevo. Las carpetas: Page. Josie. Urich. Se detuvo unos segundos en ellas, como si esperara que algo cambiara por sí solo. No lo hizo. Tomó el teléfono. Marcó. —¿Sí? —Esta noche —dijo Frank, sin rodeos—. ¿Puedes? Hubo una pausa breve al otro lado. —Sí. Frank asintió apenas, aunque no lo veían. —Te paso a buscar a las ocho. —Está bien. No dijo más. Colgó. El silencio volvió a la oficina. Frank dejó el teléfono sobre el escritorio, pero no volvió al expediente de inmediato. Se quedó quieto un segundo, como reorganizando el resto del día. Pasó las páginas con más rapidez, buscando algo concreto. Detalles pequeños. Notas al margen. Cualquier cosa que Page hubiera dejado incompleta. Se detuvo en una línea subrayada. No decía mucho. Pero estaba ahí por algo. Apoyó los dedos sobre el papel, pensativo. Luego tomó un bolígrafo y marcó al lado, como fijando ese punto para después. La puerta sonó suavemente. —Jefe. Powell se asomó apenas. —¿Sí? —Llegaron los registros de llamadas de Page. Frank levantó la vista. —Déjalos. Powell entró y dejó una carpeta nueva sobre el escritorio. Frank la abrió en cuanto salió. Listados. Horas. Números. Nada evidente a primera vista. Pero no esperaba que lo fuera. Pasó varias páginas hasta encontrar coincidencias. Dos llamadas repetidas. Mismo número. Sin nombre. Lo marcó con el bolígrafo. Luego revisó el horario. Tarde. Casi noche. Cerca del momento en que la encontraron. Frank se reclinó apenas en la silla. No era suficiente. Pero tampoco era nada. Cerró la carpeta. Miró el reloj. El día seguía avanzando. Y esta vez, no pensaba dejar que se le escapara. Frank cerró el expediente sin apartarlo del todo. Lo dejó a un lado del escritorio, como si supiera que iba a volver a él en cualquier momento. Se quedó unos segundos en silencio. Luego tomó el teléfono. No marcó de inmediato. Apoyó el pulgar sobre la pantalla, dudó apenas… y entonces llamó. El tono sonó una vez. Dos. —¿Hola? La voz de Foggy llegó con ese matiz cansado que todavía no terminaba de irse. Frank bajó apenas la mirada. —¿Cómo estás? —Vivo. Eso ya es ganancia —respondió Foggy—. ¿Y tú? —Mejor ahora. Hubo un pequeño silencio al otro lado. —Eso sonó sospechosamente bien —dijo Foggy, más suave. Frank exhaló apenas, casi una risa contenida. —¿Esta noche sigues en pie? —¿Eso es una invitación o una orden? —Depende de cómo respondas. Foggy dejó escapar una risa baja. —Sigo en pie. Frank asintió para sí, apoyando el codo en el escritorio. —Paso por ti a las ocho. —Puntual… esto sí es nuevo. —No te emociones. —Imposible —murmuró Foggy—. Ya lo estoy. El silencio que siguió no fue incómodo. —Frank —añadió después. —¿Sí? —Pensé que ibas a cancelar. Frank se quedó quieto un segundo. —No quería. Foggy no respondió de inmediato. —Bien —dijo al final, más bajo. Frank giró levemente la silla, como si necesitara moverse. —Descansa un poco antes de salir. —¿Eso es preocupación? —Es una recomendación. —Claro. Otro pequeño silencio. —Nos vemos a las ocho —dijo Frank. —Sí. Frank no colgó enseguida. —Y, Foggy… —¿Sí? Hubo una pausa breve. —Llega con hambre. Foggy sonrió, se le notó en la voz. —Siempre lo hago. Frank colgó. Dejó el teléfono sobre el escritorio, pero esta vez no apartó la mano de inmediato. Se quedó ahí un segundo más. Luego volvió al trabajo. Revisó otra vez las carpetas: Page, Josie, Urich. Pasó páginas, se detuvo en algunas líneas, tomó notas breves. Nada nuevo. Nada claro. El nombre de Mahoney seguía ahí. Frank apoyó el bolígrafo y se recostó apenas en la silla. Después tomó el teléfono otra vez. —¿Sí? —respondió la niñera. —Kamala, Soy Castle. —Hola, jefe. —¿Puedes quedarte esta noche? —Sí, claro. Frank miró de reojo el reloj. —Voy a salir. Puede que tarde. —No hay problema. —Puede que sea toda la noche. Hubo un pequeño silencio. —¿Quieres que me quede hasta mañana? —Sí. —Está bien. Me quedo. Frank asintió. —Los niños ya hicieron la tarea —añadió ella—. Solo falta la cena. —Hay comida en el refrigerador. —Lo sé. Otro silencio, más tranquilo. —¿Quieres que los lleve a la escuela mañana? Frank dudó apenas un segundo. —Sí. —Listo. Yo me encargo. —Gracias. —Que te vaya bien esta noche. Frank hizo una pausa leve. —Eso espero. Colgó. Se quedó un momento con el teléfono en la mano antes de dejarlo sobre el escritorio. Luego se inclinó hacia adelante, abrió el expediente otra vez. El trabajo seguía ahí. Pero ya no ocupaba todo el espacio. Frank dejó el expediente abierto unos minutos más, pero ya no estaba leyendo. Sus ojos pasaban por las líneas sin detenerse. Al final, cerró la carpeta con un movimiento firme y tomó el teléfono. Buscó el número sin pensarlo demasiado. El tono sonó breve. —Bar. —Necesito una mesa —dijo Frank. —¿Para cuántos? —Dos. —¿Hora? Frank miró el reloj en la pared. —Ocho. Hubo un pequeño tecleo al otro lado. —Nombre. Frank dudó apenas un segundo. —Castle. —Jefe, ¿Cómo le va? Listo. Lo esperamos. Frank colgó sin añadir nada más. Se quedó un momento con el teléfono en la mano antes de dejarlo sobre el escritorio. Luego se levantó. Tomó su chaqueta, las llaves y salió de la oficina sin detenerse. El trayecto de regreso fue corto. El pueblo ya había cambiado de ritmo; menos movimiento que en la mañana, más gente saliendo del trabajo, luces encendiéndose poco a poco. Frank estacionó frente a la casa y bajó sin prisa. Al entrar, el sonido de la televisión lo recibió antes que cualquier otra cosa. Los niños estaban en la sala. Lisa sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, y Frankie tirado boca abajo frente al sofá. —Ya llegué —dijo Frank. Ambos levantaron la vista. —Papá —dijo Lisa, incorporándose un poco. Frank dejó las llaves sobre la mesa. —¿Cómo se portaron? —Bien —respondió Frankie sin mucho interés, volviendo la vista a la pantalla. —Hicimos la tarea —añadió Lisa. Frank asintió. —Eso me dijeron. Caminó hacia la cocina, revisó por costumbre lo que había en la encimera y el refrigerador, luego volvió a la sala. Se apoyó un momento en el marco de la puerta. —Voy a salir un rato. Eso sí llamó la atención. Frankie levantó la cabeza. —¿Salir? Lisa lo miró con curiosidad. —¿A dónde? —A cenar. Hubo un pequeño silencio. —¿Con quién? —preguntó Frankie. Frank se encogió apenas de hombros. —Con alguien. Lisa entrecerró los ojos. —¿Matt? —No. —¡Foggy! —No. Frankie se sentó. —Entonces no tienes permiso Frank no respondió de inmediato. —Buen intento. Lisa inclinó la cabeza. —Foggy es lindo. Deberías invitarlo —Matt es más interesante. —No siempre —replicó ella. Frank tomó aire, conteniéndose apenas. —No empiecen. Frankie sonrió de lado. —Entonces sí es uno de ellos. Frank negó con la cabeza. —Voy a ducharme. Eso dio la conversación por terminada. Subió las escaleras sin mirar atrás. El agua cayó fuerte, constante. Frank se quedó unos segundos bajo la ducha sin moverse, dejando que el ruido llenara el espacio. El día todavía estaba ahí, pero más lejos. Cuando salió, se vistió con algo más simple que el uniforme, pero igual de sobrio. Camisa oscura, pantalón limpio. Nada que llamara la atención. Bajó de nuevo. Los niños seguían en la sala. La niñera estaba ahora en la cocina, revisando algo en el teléfono. Frank se acercó. —Me voy en un rato. Ella levantó la vista. —Está todo bajo control. —Los acuestas temprano. —Sí. —Mañana tienen escuela. —Lo sé. Frank asintió. Volvió a la sala. —Nada de quedarse despiertos —dijo. —Siempre dices eso —murmuró Frankie. —Y siempre lo repito. Lisa lo miró con una pequeña sonrisa. —¿Vas a tardar mucho? Frank dudó apenas un segundo. —Sí. —¿Toda la noche? —preguntó ella. —Puede ser. Frankie alzó las cejas. —Definitivamente es una cita con Matt. Frank lo miró fijo. —No. —Entonces con Foggy —Duérmanse temprano. Frankie sonrió. —Diviértete. Lisa dudó un instante antes de acercarse y abrazarlo. Fue breve. Frank apoyó una mano en su cabeza. —Pórtate bien. —Siempre. Se apartó y tomó las llaves. Miró una vez más la sala, a los dos, a la rutina tranquila que dejaba atrás por unas horas. —Cierro yo —dijo la niñera desde la cocina. Frank asintió. Abrió la puerta y salió. El aire de la noche estaba empezando a enfriar. Cerró detrás de sí y caminó hacia el automóvil. Esta vez, no iba al trabajo. El bar ya estaba lo suficientemente lleno como para que nadie prestara atención a una mesa más. Frank ya estaba sentado cuando Foggy llegó. Esta vez no se detuvo tanto al verlo. Se acercó directo, con una media sonrisa que no intentó ocultar. —Llegué tarde. —Tres minutos —respondió Frank. Foggy dejó el saco en el respaldo y se sentó frente a él. —Entonces todavía estoy a tiempo. —Depende. —¿De qué? Frank sostuvo su mirada un segundo más de lo normal. —De cómo te comportes. Foggy soltó una risa baja. —Eso suena más interesante de lo que debería. El mesero apareció casi de inmediato. Pidieron sin darle importancia. Bebidas primero. Luego comida. Rutina. Cuando el mesero se fue, el silencio volvió… pero no era el mismo de antes. Foggy apoyó los brazos sobre la mesa, inclinándose apenas. —Te ves muy tranquilo para alguien que hace unas horas estaba listo para pelearse con medio mundo. —No con medio mundo. —Cierto —corrigió Foggy—. Solo con las personas equivocadas. Frank no respondió. Foggy lo observó un segundo. —Y aun así estás aquí. —Estoy aquí. —Eso me gusta más. Frank tomó el vaso, pero no bebió de inmediato. —Casi cancelas. Foggy alzó una ceja. —¿Yo? —Sí. —No. —Lo pensaste. Foggy lo sostuvo con la mirada. —Pensé que tú lo harías. Un segundo de silencio. —No iba a hacerlo —dijo Frank. Foggy inclinó apenas la cabeza. —¿Ni siquiera después de la llamada? —Ni siquiera. Foggy dejó escapar una exhalación corta. —Bien. El mesero volvió con las bebidas. Las dejó y se fue sin detenerse. Foggy tomó el vaso, pero en lugar de beber, lo hizo girar entre los dedos. —Entonces esto sí es lo que parece. —¿Qué parece? Foggy no respondió de inmediato. —Una cita. Frank no lo negó. Tampoco lo confirmó en voz alta. Pero no apartó la mirada. Foggy sonrió, más lento. —Bien. Bebió un sorbo. —Porque no vine a hablar del trabajo. —Yo tampoco. El silencio que siguió fue distinto. Más directo. Menos disimulado entre ellos, aunque hacia afuera siguiera siendo nada. El mesero pasó cerca. Otra mesa pidió algo. Risas a lo lejos. Todo seguía igual para el resto del bar. En su mesa, no. —¿Te sientes mejor? —preguntó Frank. —Lo suficiente. —No parecía hace unas horas. —Tú tampoco. Frank dejó el vaso. —No me desvíes. Foggy sonrió. —No lo hago. Pausa. —Solo digo que no soy el único que estuvo… distraído. Frank lo miró fijo. —No estaba distraído. —Claro. Foggy se inclinó apenas más hacia adelante. —Estabas pensando en esto. Frank no respondió. Eso fue suficiente. Foggy bajó la voz, apenas. —Yo sí. El aire entre los dos cambió un poco. No por lo que se veía. Por lo que ya no estaban ocultando del todo. Frank apoyó los antebrazos sobre la mesa. —Come. Foggy soltó una risa baja. —Eso no responde nada. —No tiene que hacerlo. —Para ti, no. Foggy tomó un bocado, pero su atención no estaba en la comida. —¿Siempre eres así? —¿Así cómo? —Como si ya supieras cómo va a terminar la noche. Frank no dudó. —Sí. Foggy sostuvo su mirada. —Bien. No hubo vergüenza en eso. Tampoco duda. Solo certeza. El mesero volvió con los platos. Interrumpió justo lo suficiente como para que la escena siguiera siendo, desde afuera, completamente normal. Dejó la comida. —¿Algo más? —No —dijo Frank. Se fue. Foggy esperó a que se alejara un poco. —¿A qué hora cierran? —Tarde. —Entonces no tenemos prisa. Frank negó apenas. —No. Pero no sonó como si quisiera quedarse demasiado tiempo. Foggy lo notó. Sonrió. —Pensé que ibas a decir eso. —Termina de comer. —Sí, claro. Foggy probó otro bocado. Luego, sin mirar, deslizó apenas el pie bajo la mesa. Un roce leve. No insistente. Solo suficiente. Frank no se movió. Pero su mirada cambió apenas. —Compórtate —dijo en voz baja. Foggy levantó la vista, con esa media sonrisa. —Lo estoy haciendo. —No. —Nadie está mirando. —Ese no es el punto. Foggy inclinó la cabeza. —¿Entonces cuál es? Frank sostuvo su mirada un segundo más. —Que no empieces algo que no vas a terminar aquí. El silencio cayó justo después. Pesado. Claro. Foggy no apartó la vista. —No pensaba hacerlo aquí. Frank tomó el vaso. —Bien. Foggy sonrió, más lento esta vez. —Entonces estamos de acuerdo. Y, para cualquiera que mirara desde afuera, solo eran dos hombres cenando. Nada más. Pero el tiempo entre cada gesto… empezaba a acortarse. El ruido del bar siguió envolviéndolos sin cambiar. Alguien rió cerca de la barra. Un vaso se rompió a lo lejos y alguien se quejó. Nada fuera de lo normal. En su mesa, tampoco. Foggy apoyó el codo sobre la mesa, más relajado ahora. —Tengo que decirlo —murmuró—. Esto es mejor de lo que esperaba. Frank no levantó la vista de su plato de inmediato. —¿La comida? Foggy negó apenas. —No. Frank alzó la mirada. —Entonces habla claro. Foggy sostuvo su mirada un segundo. —Que no cancelaras. Frank dejó los cubiertos. —Ya hablamos de eso. —Lo sé. —Entonces come. Foggy soltó una risa baja. —Eres muy insistente con eso. —Funciona. —No cuando estoy distraído. Frank lo miró fijo. —Entonces deja de estarlo. Foggy sonrió. —No puedo. Pausa. —No contigo enfrente. El comentario quedó ahí. No subió de tono. No hizo falta. Frank tomó el vaso y bebió con calma. —Sigues débil —dijo. Foggy alzó una ceja. —¿Eso es preocupación otra vez? —Es observación. —Claro. Foggy bajó la mirada al plato, jugando un segundo con el tenedor. —Igual no me voy a desmayar en medio del bar, si eso te preocupa. —Más te vale. Foggy levantó la vista, divertido. —¿Eso fue una amenaza? —Sí. —Me gusta cuando te pones así. Frank no respondió. Pero no apartó la mirada. Foggy sostuvo ese silencio un segundo más… y luego volvió a comer. Un par de minutos pasaron así. Tranquilos. Normales. Demasiado normales para lo que realmente era. —¿Siempre eliges lugares como este? —preguntó Foggy después. —Sí. —¿Por la comida o porque nadie mira? —Ambas. Foggy asintió. —Tiene sentido. Pausa. —Aunque… Frank esperó. —No creo que pudieras parecer discreto aunque quisieras. Frank frunció apenas el ceño. —¿Por qué? Foggy lo miró de arriba abajo, evaluándolo sin disimulo. —Porque cuando decides mirar a alguien… se nota. Frank sostuvo la mirada sin cambiar la expresión. —Estás hablando demasiado. —Y tú sigues sin negarlo. Silencio. El mesero pasó cerca, recogiendo platos de otra mesa. Les lanzó una mirada rápida, automática. Nada fuera de lugar. Siguió de largo. Foggy apoyó el vaso. —¿Sabes qué es lo curioso? —No. —Que para cualquiera aquí… esto es completamente normal. Frank miró alrededor un segundo. —Lo es. Foggy negó despacio. —No. Se inclinó apenas hacia adelante. —Porque yo sí sé cómo va a terminar. Frank apoyó los antebrazos sobre la mesa. —Entonces termina de comer. Foggy dejó escapar una risa corta. —Siempre haces eso. —¿Qué? —Acelerar cuando sabes que ya no tienes control. Frank no respondió de inmediato. —No es falta de control. —No —dijo Foggy—. Es que no quieres esperar. Esa vez, Frank no lo negó. Foggy sonrió un poco más. —Eso también me gusta. El silencio que siguió fue más corto. Más denso. Pero hacia afuera, todo seguía igual. Dos hombres cenando. Nada más. Foggy tomó otro bocado, pero apenas lo probó. —¿Vas a quedarte mucho rato más? Frank negó. —No. —Bien. Foggy dejó el tenedor. —Porque yo tampoco quiero. Frank lo observó. —Entonces pide la cuenta. Foggy levantó una ceja. —¿Así de directo? —Sí. Foggy sostuvo su mirada un segundo más. Luego sonrió. —Me gusta cuando no das vueltas. Le hizo un gesto al mesero. El hombre se acercó. —¿Todo bien? —Sí —respondió Foggy—. La cuenta, por favor. El mesero asintió y se retiró. Foggy volvió la mirada a Frank. —Última oportunidad para arrepentirte. —No la necesito. —Bien. Pausa. —Yo tampoco. El mesero regresó con la cuenta. La dejó sobre la mesa sin intervenir. Frank tomó la billetera. Foggy lo miró. —Invitas tú. —Hoy soy el caballero ­—modulo Frank para que el mesero no los escuchara —Entonces definitivamente es una cita — ahora modulo Foggy. Frank dejó el dinero exacto. —No. Foggy sonrió. —Claro. El mesero recogió el pago poco después. —Que tengan buena noche. —Igualmente —respondió Foggy. Frank ya estaba de pie. Foggy tomó su saco con calma, sin apurarse demasiado, y se acomodó la chaqueta antes de alcanzarlo. —¿Vamos? Frank asintió. Salieron. La puerta se cerró a sus espaldas y el ruido del bar quedó atrás. El aire de la noche estaba más frío. Caminaron juntos hacia el automóvil. Sin tocarse. Sin llamar la atención. Como dos conocidos más. Pero sin la distancia incómoda de antes. Con algo más claro entre ellos. Y la misma dirección compartida. Foggy habló primero. —Sigues eligiendo lugares horribles. Frank abrió la puerta del conductor. —Comiste todo. —Eso no significa que me guste. Frank lo miró apenas por encima del techo del automóvil. —Mentiroso. Foggy sonrió. —Un poco. Subieron. El motor arrancó. El silencio que siguió no era tenso. Era cómodo. De esos que no necesitan llenarse. —Hace tiempo que no salíamos así —dijo Foggy, mirando por la ventana. —Sí. —Sin interrupciones. —Sí. Foggy giró la cabeza hacia él. —Sin que casi me muera en el proceso. Frank exhaló por la nariz. —No lo repitas. —No estaba en mis planes. Pausa. —Aunque fue una forma interesante de llamar tu atención. Frank no respondió. Foggy apoyó el brazo en la consola central, sin invadir, pero cerca. Como siempre hacía. —Te molestaste. —No. —Frank. —No. Foggy sonrió de lado. —Te conozco. Frank giró levemente el volante. —Eso dicen. Foggy dejó que su mano rozara la de él, esta vez sin fingir que era accidente. Un gesto conocido. Repetido. Frank no reaccionó de inmediato. Luego movió apenas los dedos, lo justo para responder. Sin mirarlo. —Sigues haciendo eso —murmuró Foggy. —¿Qué cosa? —Responder sin admitirlo. Frank mantuvo la vista al frente. —Funciona. —Sí —dijo Foggy—. Bastante bien. El automóvil avanzó por calles más tranquilas. —¿Directo? —preguntó Foggy. —Sí. —Bien. No había duda en eso. Ninguno la necesitaba. Foggy apoyó la cabeza contra el respaldo, relajado. —Sabes que podríamos haber ido a mi departamento directamente. —Lo sé. —Y aun así hiciste reserva, cenamos, hicimos todo el proceso… Frank lo interrumpió, sin mirarlo. —Te gusta. Foggy sonrió. —Sí. Pausa. —Y a ti también. Frank no respondió. No hacía falta. El automóvil redujo la velocidad al girar en una calle menos transitada. El lugar no llamaba la atención. Como siempre. Se detuvo. —El mismo de siempre —dijo Foggy, mirando el edificio. —A ti te gusta. No lo niegues —Y tú me consientes. Bajaron. Entraron sin mirarse demasiado. Sin tocarse. Sin nada que destacara. El encargado levantó la vista. Frank se acercó. —Una habitación. —¿Por cuánto? —La noche. El hombre asintió, deslizó el registro. Frank pagó en efectivo, rápido, sin dar margen a preguntas. No miró a Foggy. No hizo falta. La llave pasó de una mano a otra. —Segundo piso. Subieron. Pasillo silencioso. Luz tenue. Todo igual que otras veces. Nada nuevo. Y, al mismo tiempo, nada repetido del todo. Frank abrió la puerta. Entraron. La cerró detrás de ellos. Y esta vez no hubo pausa. Foggy dejó el saco en cualquier parte, sin mirar. —Ven acá —dijo, más bajo. Frank no esperó. Acortó la distancia en dos pasos. El primer contacto fue directo. Sin duda. Sin prueba. Las manos de Foggy subieron a su camisa, aferrándose al borde como si necesitara anclarlo ahí. Frank respondió sujetándolo por la cintura, firme, acercándolo más. El beso llegó sin aviso. No fue lento. Fue contenido al principio… solo lo suficiente para romperse enseguida. Foggy dejó escapar una respiración entrecortada contra su boca, una risa breve que no terminó de formarse. —Tardaste —murmuró. Frank no respondió con palabras. Sus manos subieron por su espalda, empujándolo apenas contra él, marcando la cercanía que ya no tenía nada de discreta. Foggy tiró suavemente de su camisa, desabrochando los primeros botones con torpeza apurada. —Siempre haces eso —dijo en voz baja. —¿Qué cosa? —Actuar como si no tuvieras prisa. Frank inclinó la cabeza, rozando su mandíbula. —No la tengo. Pero no sonó creíble. Foggy sonrió contra su piel, sin separarse. Sus manos siguieron bajando, abriendo más la camisa, sintiendo el contacto directo, conocido. Frank respondió igual, más preciso, desabotonando con menos apuro pero sin detenerse, apartando la tela lo suficiente para que el contacto dejara de ser parcial. El aire en la habitación cambió. Más denso. Más cercano. Foggy apoyó la frente contra la suya un segundo, respirando. —Dime que esto no es mala idea. Frank lo miró de cerca. —No lo es. Eso bastó. Foggy volvió a besarlo, esta vez sin contenerse. Las manos ya no dudaban. Bajaban, tiraban de la ropa, marcaban territorio sin necesidad de palabras. Nada era nuevo. Pero tampoco repetido. Era costumbre… con intención. Y esta vez, no había nada que los hiciera detenerse. En la casa de Frank, la televisión seguía encendida en la sala. El volumen estaba bajo, apenas un murmullo constante que llenaba el espacio vacío. En la pantalla, un presentador hablaba sobre un accidente ocurrido años atrás en una carretera cercana, repasando datos antiguos como si fueran nuevos. Nadie lo veía. En el sofá, Lisa dormía recostada de lado, con una manta a medio caer. Frankie estaba en el suelo, apoyado contra el mueble, con la cabeza inclinada en una posición incómoda que no parecía molestarle. La niñera salió un momento desde la cocina, los miró y negó suavemente con la cabeza. Tomó el control remoto y bajó aún más el volumen antes de acomodar la manta sobre Lisa. El presentador siguió hablando. “…el caso fue cerrado en su momento, pero nunca se determinaron responsabilidades claras…” La mujer apagó la televisión. La casa quedó en silencio. En el hotel, las sábanas estaban desordenadas, enredadas alrededor de ellos. La habitación había quedado en silencio, salvo por sus respiraciones ya más calmadas. La luz era tenue, apenas suficiente para dibujar sombras suaves sobre la pared. Foggy estaba medio recostado, con el brazo rodeando a Frank sin pensar demasiado en ello. Frank permanecía cerca, apoyado contra él, sin la rigidez habitual. Durante unos segundos no dijeron nada. Luego Foggy soltó una risa baja. —Sigues siendo imposible. Frank no se movió. —No te obligué a nada. —No, claro —respondió Foggy—. Solo haces eso de mirarme como si ya hubieras decidido todo. Frank giró apenas la cabeza hacia él. —Porque ya lo había hecho. Foggy sonrió, apoyando la frente contra la suya un instante. —Sí, eso también lo noté. El silencio volvió, pero ligero. Foggy deslizó la mano por su brazo, distraído, trazando líneas sin apuro. —Deberíamos hacer esto más seguido —murmuró. —Lo hacemos. —No lo suficiente. Frank soltó una exhalación corta, casi una risa. —Siempre quieres más. —Contigo, sí. Pausa. Foggy levantó un poco la cabeza para mirarlo mejor. —Y no pongas esa cara, sabes que es verdad. Frank no respondió, pero no apartó la mirada. Foggy se inclinó apenas y dejó un beso breve en su mandíbula, sin prisa, como si no tuviera que esconder nada ahí dentro. —Además —añadió en voz baja—, no te quejaste. Frank apoyó una mano en su espalda, firme pero sin tensión. —Tú tampoco. Foggy soltó otra risa suave. —Yo nunca me quejo. Se acomodó mejor contra él, hundiéndose un poco más entre las sábanas. —Podríamos quedarnos así un rato —dijo. —Sí. No hubo discusión. Foggy cerró los ojos un momento, todavía con una sonrisa leve. —Si me duermo, es tu culpa. —Duérmete. —Eso fue demasiado fácil. —Estás cansado. Foggy abrió un ojo apenas. —¿Preocupado otra vez? —No. —Mentira. Frank no respondió. Foggy sonrió, satisfecho, y volvió a acercarse, dejando otro beso rápido, casi distraído. —No te muevas —murmuró. —No lo haré. Esta vez el silencio se instaló de verdad. Tranquilo. Cálido. Sin urgencia. Y poco a poco, entre respiraciones más lentas y el leve roce de las sábanas, ambos fueron quedándose quietos. El departamento de Matt estaba en silencio. La luz de una lámpara encendida dejaba el resto del lugar en penumbra. Sobre la mesa había varios papeles extendidos, algunos doblados, otros con anotaciones en los márgenes. Matt pasó los dedos por uno de los documentos, deteniéndose en una línea concreta. La recorrió despacio. Volvió atrás. Otra vez. Frunció apenas el ceño. Había algo ahí. No en lo evidente, no en los datos principales. Era otra cosa. Un detalle menor que no terminaba de encajar con el resto. Apoyó la mano sobre la mesa, pensativo. El sonido lejano de un automóvil pasando por la calle se filtró por la ventana. Luego, silencio otra vez. Matt tomó otra hoja. Mismo patrón. Fechas. Nombres. Un informe incompleto. Demasiados vacíos para algo que supuestamente estaba cerrado. Se quedó quieto unos segundos, como si intentara ordenar todo sin moverse. Luego dejó el papel. Se inclinó hacia atrás en la silla. —No encaja… —murmuró. La frase quedó suspendida en el aire. Volvió a inclinarse hacia adelante, tomando de nuevo el documento inicial. Esta vez sus dedos fueron directo al punto que lo había hecho detenerse antes. Lo marcó con la uña. Permaneció así unos segundos más. Luego soltó el aire lentamente. No era una prueba. Ni siquiera una certeza. Pero era suficiente para no ignorarlo. Y, por algún motivo, eso le incomodaba más de lo que debería. El silencio volvió a instalarse en el departamento, pesado, contenido. Matt no se movió. Solo se quedó ahí, con los dedos aún apoyados sobre esa línea, como si en cualquier momento fuera a decirle algo más.

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Las sábanas apenas se movían con la respiración de ambos. Foggy estaba medio dormido, pegado a él, con un brazo todavía cruzado sobre su pecho. Frank no estaba completamente dormido, pero tampoco despierto del todo. El teléfono vibró sobre la mesa de noche. Una vez. Luego otra. Frank frunció el ceño, sin moverse. Lo dejó sonar. Foggy murmuró algo ininteligible contra su hombro. El teléfono volvió a vibrar. Frank soltó una exhalación, molesto, y estiró el brazo sin mucho interés, pero no llegó a tomarlo. Foggy se movió apenas, todavía con la voz pesada por el sueño. —Contesta… Frank no respondió. —Puede ser… algo de los niños… —añadió Foggy, casi dormido. Eso bastó. Frank tomó el teléfono. —¿Qué? —respondió, la voz baja, áspera. Silencio del otro lado. Frank parpadeó una vez, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia. —Sí… Otra pausa. Su expresión cambió. El cansancio desapareció. Se incorporó un poco en la cama. —¿Dónde? Escuchó. —¿Quién lo encontró? Su tono ya era otro. Claro. Directo. —No toquen nada —dijo—. Voy para allá. Colgó. El silencio volvió… pero distinto. Tenso. Foggy abrió los ojos, desorientado. —¿Qué pasó…? Frank ya se estaba levantando. Buscó la ropa en el suelo sin perder tiempo. —Encontraron a Mahoney. La frase cayó seca. Foggy terminó de despertarse. —¿Qué? Frank se estaba abotonando la camisa con movimientos rápidos, precisos. —Muerto. Foggy se incorporó en la cama, todavía procesando. —¿Dónde? —Su casa. Frank tomó el cinturón, ajustándolo sin detenerse. —Tengo que ir. Foggy lo miró unos segundos, el sueño desapareciendo por completo. —Frank… Pero él ya estaba en movimiento. Buscando las llaves. Preparándose para salir. Llegó hasta la puerta. Se detuvo. El silencio duró apenas un segundo. Luego soltó una exhalación corta, como si se hubiera obligado a hacerlo, y dio media vuelta. Regresó. Foggy no se había movido de la cama, pero lo seguía con la mirada. —¿Qué…? —alcanzó a decir. Frank no respondió. Se inclinó lo justo para acortar la distancia y lo besó. Breve. Directo. Sin prisa, pero sin quedarse. Cuando se separó, apoyó la frente contra la suya un instante. —¡Eres increible! —murmuró, bajo. Foggy parpadeó, sorprendido apenas un segundo… y luego sonrió. —Vaya… —dijo en voz baja—. ¿Eso fue un momento tierno? Frank ya se estaba apartando. —No te acostumbres. Foggy dejó escapar una pequeña risa, todavía medio recostado entre las sábanas. —Llámame cuando puedas. Frank asintió una vez. —Sí. Esta vez no se detuvo. Salió. Y la puerta se cerró detrás de él. El trayecto hasta la casa se le hizo más corto de lo que debería. Frank condujo sin apartar la vista del camino, pero la mente volvió una y otra vez a Mahoney: a cuando llegó a Cold Spring y tuvo que responder ante él, a las discusiones constantes por los procedimientos, a la forma en que nunca terminaron de confiar el uno en el otro. Habían chocado más de una vez, siempre por lo mismo. Y aun así, no esperaba esto. No así. El automóvil de la fiscalía se detuvo frente a la casa. Las luces de las patrullas teñían la fachada con destellos intermitentes. Había movimiento contenido: oficiales entrando y saliendo, voces bajas, radios encendidas. Matt bajó primero. El aire nocturno estaba cargado, distinto al de una escena común. Más tenso. Más concentrado. Un oficial se acercó de inmediato. —Fiscal. Matt asintió levemente. —¿Quién está a cargo? —El sargento Ruiz, señor. —Lléveme con él. El agente caminó a su lado, marcando el paso. —La llamada entró hace unos veinte minutos —explicó mientras avanzaban—. Un vecino reportó la puerta abierta. Matt escuchaba. —¿El cuerpo? —Dentro. Sala principal. Subieron los escalones del porche. La madera crujió bajo sus pies. —¿Se confirmó identidad? —Sí, señor. Brett Mahoney. Matt se detuvo apenas un segundo antes de cruzar la puerta. Luego entró. El interior estaba en calma. Demasiada. —¿Hora estimada? —Forense preliminar dice que hace menos de una hora. Matt inclinó ligeramente la cabeza. —¿Signos de entrada forzada? —No, señor. —¿Testigos? —Nadie vio nada claro. Solo movimiento previo. Se detuvieron. —Aquí. Matt no avanzó de inmediato. —Descríbamelo. El sargento Ruiz tomó la palabra. —Está en el sofá. No hay signos de violencia. Sin heridas visibles. La posición sugiere que colapsó. Matt mantuvo la atención fija en la voz. —¿Causa preliminar? —Posible paro cardíaco. El silencio se sostuvo un segundo. —¿Confirmado? —Aún no, pero no hay indicios de otra cosa. Matt asintió levemente. —Continúe. —No hay desorden. No hay señales de lucha. Nada removido. Una pausa. —Sobre la mesa hay una bolsa abierta de galletas… de las que venden las hermanas del orfanato. Mitad consumida. Y un vaso de agua. Matt no reaccionó. —¿La puerta? —Sin seguro. Como si hubiera dejado entrar a alguien… o simplemente no la hubiera cerrado. Matt inclinó apenas la cabeza. —Quiero todo documentado antes de que muevan nada —dijo—. Fotografías completas, perímetro ampliado y registro de entradas y salidas desde la última hora. —Sí, señor. Un motor se escuchó afuera. Puerta que se abre. Pasos firmes. Frank entró. —¿Qué tenemos? —preguntó, directo. Ruiz respondió. —Masculino, sin signos de violencia. Posible paro cardíaco. Tiempo estimado: menos de una hora. Frank avanzó unos pasos, recorriendo la escena con la mirada. —¿Entrada forzada? —No. —Entonces estaba solo. Nadie respondió de inmediato. Frank frunció apenas el ceño. Miró la mesa, el vaso, la bolsa abierta. Nada fuera de lugar. Demasiado normal. —¿Quién lo encontró? —Un vecino. Vio la puerta abierta. Frank asintió. Se giró apenas hacia Matt. —Llegaste rápido. Matt no respondió a eso. —¿Algo fuera de lugar? —preguntó. Frank negó despacio. —No. Pausa. —Y eso no me gusta. Matt inclinó apenas la cabeza. —A mí tampoco. El silencio volvió a instalarse. Todo encajaba demasiado bien. Y precisamente por eso… no terminaba de encajar. La actividad dentro de la casa empezó a ordenarse. Los técnicos seguían trabajando, tomando fotografías, registrando cada ángulo con precisión mecánica. El cuerpo aún no había sido movido. Todo seguía… demasiado intacto. Matt se mantuvo unos segundos más en el mismo lugar, en silencio. —Quiero el informe completo en cuanto el forense tenga algo definitivo —dijo al fin. —Sí, señor —respondió Ruiz. Matt asintió levemente y se giró hacia la salida. Frank lo siguió. Salieron al porche. El aire de la noche se sentía más frío ahora, o tal vez solo más pesado. Durante unos pasos no hablaron. Las luces de las patrullas seguían girando, proyectando sombras intermitentes sobre el suelo. Matt habló primero. —¿Dónde estabas hace una hora? Frank lo miró. No respondió de inmediato. —¿Eso qué es? —preguntó, seco—. ¿Un interrogatorio? Matt negó apenas. —Es procedimiento. Frank sostuvo su mirada. —No lo parece. Pausa. Matt mantuvo el tono igual. —Tuviste un altercado con él hoy. Eso quedó entre ellos. —Y ahora está muerto. El silencio se tensó apenas. Frank exhaló por la nariz. —¿Desconfías de mí? Matt negó, sin dudar. —No. Pausa. —Quiero evitar que alguien más lo haga. Frank lo observó unos segundos más. Midió la respuesta. No había acusación en el tono. Solo cálculo. —Estaba fuera —dijo al fin—. Tengo cómo demostrarlo. Matt asintió una vez. —Bien. No pidió más. No insistió. Frank desvió la mirada hacia la casa. —¿Te parece natural? —preguntó. Matt tardó un segundo en responder. —No. Silencio. —Pero tampoco tenemos nada que diga lo contrario. Frank negó apenas. —Eso es lo que no me gusta. Matt inclinó levemente la cabeza. —A mí tampoco. Desde la puerta, uno de los técnicos habló: —Van a mover el cuerpo. Ambos giraron apenas. Luego, casi al mismo tiempo, volvieron a mirar hacia afuera. —Hablamos mañana —dijo Matt. —Sí. No hubo más. Matt se alejó primero. Frank se quedó unos segundos más en el porche. Miró hacia el interior de la casa una vez más. El sofá. La mesa. El vaso. La bolsa abierta, olvidada entre el resto de las cosas. Nada fuera de lugar. Nada que gritara peligro. Y aun así… Frank bajó la mirada apenas, como si intentara encajar algo que no terminaba de tomar forma. Había hablado con Mahoney hacía apenas unas horas. Había salido de esa casa con la sensación de que algo no estaba bien. Y ahora— Ahora ya no había nada que preguntarle. El silencio volvió a caer. Pesado. Incompleto. Frank finalmente se dio la vuelta y bajó los escalones. Todo indicaba que no había pasado nada. Ya no había nada más que Frank pudiera hacer, más que esperar los reportes al día siguiente, así que subió a su camioneta y condujo sin encender la radio. La carretera estaba casi vacía a esa hora. Las luces del pueblo quedaban atrás poco a poco mientras avanzaba por calles cada vez más silenciosas. Tenía todavía el olor de la escena encima. Café frío. Luces policiales. La casa de Mahoney. Y esa sensación constante de que algo estaba mal. Apretó apenas más las manos sobre el volante. No quería volver a casa todavía. No después de eso. El gimnasio apareció unas calles más adelante, oscuro desde afuera salvo por una luz tenue en la entrada lateral. Fogwell Gym. Frank estacionó sin prisa. Durante un segundo se quedó dentro del automóvil, mirando el edificio. Después bajó. El aire nocturno estaba frío, húmedo. Cerró la puerta del automóvil y caminó directo hacia la entrada lateral del gimnasio. Sacó una llave del bolsillo. El dueño del lugar había dejado de preguntar hacía años por qué Matt entrenaba de madrugada… y por qué Frank aparecía coincidentemente, caso las mismas noches. Mientras cerraran todo al salir, nunca hubo problema. La cerradura cedió al segundo giro. Frank entró y cerró detrás de sí. El gimnasio estaba vacío. Oscuro en varias zonas, salvo por las luces sobre el ring y una hilera encendida cerca de los sacos de boxeo. El lugar olía a lona vieja, sudor seco y desinfectante barato. Silencio. Solo el zumbido lejano de las luces. Frank caminó hasta uno de los bancos, dejó las llaves y empezó a vendarse las manos sin apuro. Movimiento automático. Familiar. Tiró fuerte de la venda alrededor de los nudillos. Otra vuelta. Y otra. La mandíbula seguía tensa. Mahoney muerto. Un par de hora después de hablar con él. Frank terminó de ajustar la venda y flexionó una vez la mano. Luego caminó hacia el saco. El primer golpe sonó seco. Pesado. El saco se balanceó apenas. Frank volvió a golpear. Y otra vez. Más fuerte. El ruido empezó a llenar el gimnasio vacío. Golpes rápidos. Respiración áspera. El rechinar leve de las cadenas sosteniendo el saco. No estaba pensando realmente. O estaba pensando demasiado. Page. Josiee Otro golpe. Urich Foggy. Ahora Mahoney Otro golpe. El saco volvió a moverse. Sabía que le faltaba una pieza. ¿Pero cuál? Respiró fuerte por la nariz, descargando el peso del cuerpo en cada impacto como si pudiera sacar algo de ahí. Pero no alcanzaba. No todavía. El sonido de la puerta abriéndose apenas detrás de él no lo hizo detenerse. Reconoció los pasos incluso antes de escucharlos bien. Matt. No dijo nada al entrar. Dejó las llaves sobre otro banco y observó unos segundos en silencio mientras Frank seguía golpeando el saco. Uno. Dos. Tres golpes más. Hasta que finalmente habló. —Sabía que ibas a venir. Frank soltó otro golpe antes de responder. —Parece que me conoces. Matt se acercó despacio. Llevaba todavía parte de la ropa de la escena, aunque ya se había quitado la chaqueta. Las mangas estaban arremangadas hasta los antebrazos. —No ibas a ir a dormir. Frank soltó una exhalación breve. —Tú tampoco. Matt no discutió eso. Se detuvo cerca del ring. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —No sé. Otro golpe seco. Matt puso atención al movimiento del saco unos segundos más. —Vas a romperte la mano. —No. —Estás fallando la postura. Frank soltó una risa seca, sin humor. —Mírate tú. Ahora eres coach Eso hizo que Matt esbozara apenas una mínima expresión. Casi nada. Frank finalmente se apartó del saco y tomó aire. El sudor ya le pegaba la camisa al cuerpo. Matt escucho el silencio un momento más antes de hablar otra vez. —No pareció natural. Mahoney Frank levantó la mirada hacia él. No necesitaban aclarar de qué hablaban. —No —dijo al final—. No lo pareció. El silencio volvió a caer entre ellos. Pesado. Conocido. Matt apoyó una mano sobre una de las cuerdas del ring. —Parecía demasiado limpio. Frank asintió apenas. —Exacto. Matt bajó la mirada un segundo. —Y ahora ya no podemos preguntarle nada. La mandíbula de Frank volvió a tensarse. —No. Pausa. Matt lo observó unos segundos más. Después habló con calma. —Sube. Frank frunció apenas el ceño. —¿Qué? Matt inclinó apenas la cabeza hacia el ring. —Necesitas dejar de pensar. Frank sostuvo su mirada un instante largo. Luego se acercó. Subió al ring sin decir nada más. Matt hizo lo mismo. Durante unos segundos ninguno adoptó postura siquiera. Solo se observaron bajo la luz blanca del gimnasio vacío. Respiración pesada. Silencio. Matt levantó primero las manos. Frank avanzó apenas. El primer intercambio fue corto. Controlado. Un golpe. Bloqueo. Otro más. Movimiento de pies sobre la lona. Nada serio todavía. Pero ambos descargaban más fuerza de la necesaria. Matt lanzó otro golpe rápido. Frank lo esquivó apenas y respondió directo al cuerpo. Matt retrocedió medio paso. —Sigues dejando abierto el costado —murmuró Frank. —Y tú sigues entrando demasiado fuerte. Volvieron a acercarse. Otro intercambio. Más rápido ahora. La lona crujía bajo sus movimientos. El sonido de los guantes golpeando empezó a llenar el gimnasio igual que antes lo hacían los golpes al saco. Pero esto era distinto. Más cercano. Más personal. Frank golpeó más fuerte esta vez. Matt absorbió el impacto y respondió igual de rápido. Ninguno estaba conteniéndose demasiado ya. La tensión seguía ahí. Mahoney. La investigación. El miedo constante de que todo estuviera empezando a romperse. Matt respiró más pesado después de otro intercambio y se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. —Estás enojado. Frank soltó una risa seca. —¿Eso te sorprende? Matt volvió a acercarse. —No contigo. Otro golpe. Frank lo sostuvo apenas más tiempo después del bloqueo. Demasiado cerca ahora. La respiración de ambos seguía acelerada. Matt levantó la mirada hacia él. —Frank… Pero no terminó la frase. Frank lo empujó apenas hacia atrás. No violento. Solo suficiente para romper la distancia. Matt volvió a acercarse de inmediato. Y esta vez ninguno lanzó otro golpe. El silencio cayó pesado entre los dos. Respiración agitada. Sudor. La adrenalina todavía alta. Matt apoyó una mano contra su brazo primero. Como si fuera a decir algo. No lo hizo. Frank lo besó antes. Directo. Brusco al principio. Como todo lo demás esa noche. Matt respondió igual de rápido, sujetándolo por la camisa todavía húmeda de sudor y acercándolo más. El beso perdió fuerza casi enseguida para volverse otra cosa. Más desesperada. Más cansada. Más honesta. Frank apoyó una mano detrás de su cuello y lo sostuvo ahí un segundo más largo de lo necesario. Como si necesitara comprobar que seguía ahí. Matt respiró contra su boca. —Sigues golpeando demasiado fuerte —murmuró. Frank soltó una exhalación mínima. —Y tú sigues hablando demasiado. Matt sonrió apenas contra él. Después volvió a besarlo. Y esta vez ninguno intentó detenerse. El intercambio ya no tenía nada que ver con técnica. Hacía rato que habían dejado atrás eso. El saco permanecía balanceándose lentamente en un rincón, olvidado, mientras ellos seguían moviéndose dentro del ring bajo la luz blanca del gimnasio vacío. Frank lanzó otro golpe. Matt lo bloqueó apenas a tiempo y respondió rápido, obligándolo a retroceder medio paso sobre la lona. Respiraban más fuerte ahora. Sudor. Guantes golpeando. Las cuerdas vibrando cada vez que alguno chocaba contra ellas. Matt giró sobre sí mismo después de esquivar un golpe y conectó uno corto al costado de Frank. —Estás lento —murmuró. Frank sonrió apenas, respirando pesado. —Estás distraído. Matt volvió a acercarse. Demasiado rápido. Frank lo frenó sujetándolo por los brazos antes de que pudiera conectar otro golpe y ambos quedaron demasiado cerca por un segundo. Matt levantó apenas la mirada hacia él. —Eso cuenta como trampa. —No estamos compitiendo. Matt soltó una exhalación corta. —Claro que sí. Frank terminó soltándolo, pero Matt volvió encima inmediatamente. Otro intercambio. Más corto. Más cerrado. Los movimientos ya no parecían pensados. Solo tensión buscando salida. Matt golpeó una vez más y Frank respondió empujándolo contra las cuerdas. El impacto hizo vibrar el ring. Matt quedó atrapado ahí apenas un segundo, respirando fuerte, con los guantes apoyados sobre los hombros de Frank. Ninguno se movió enseguida. Frank sostuvo su mirada. Matt tragó saliva apenas. —Sigues haciendo eso —murmuró. —¿Qué cosa? —Mirarme como si quisieras pelear… o algo peor. Frank no respondió. Matt sonrió apenas, todavía respirando agitado. —Sí. Eso pensé. Frank levantó una mano y le quitó uno de los guantes lentamente. Matt no apartó la mirada. El otro guante cayó después sobre la lona. Silencio. Solo respiraciones. Matt levantó una mano libre y sujetó la camiseta húmeda de Frank cerca del cuello. —¿Ya terminamos de entrenar? —preguntó bajo. Frank dio un paso más hacia él. —Hace rato. El beso llegó directo esta vez. Sin pausa. Matt respondió inmediatamente, todavía sosteniéndolo de la camisa mientras Frank lo empujaba otra vez contra las cuerdas. El ring volvió a crujir bajo el movimiento. Las manos reemplazaron los golpes. La tensión cambió de lugar demasiado rápido para detenerla. Matt rompió el beso apenas para respirar. —Vestidores —murmuró. Frank apoyó la frente contra la suya apenas un instante. —Sí. Bajaron del ring sin separarse demasiado. Los guantes quedaron tirados atrás. El pasillo hacia los vestidores estaba vacío. Solo se escuchaban sus pasos rápidos y las respiraciones todavía agitadas después del entrenamiento. Matt apenas alcanzó a cerrar la puerta detrás de ellos antes de que Frank volviera a sujetarlo. El golpe contra los casilleros resonó seco. No suficiente para lastimarlo. Sí para arrancarle una exhalación entrecortada que terminó mezclándose con otra sonrisa breve contra la boca de Frank. Las manos iban rápido ahora. Firmes. Impacientes. Matt lo sujetó de la camiseta húmeda y volvió a besarlo con la misma fuerza con la que minutos antes intentaba golpearlo arriba del ring. Frank respondió igual. Una mano firme en su cintura. La otra subiéndose hasta su nuca para mantenerlo cerca. El metal frío de los casilleros contrastaba con el calor acumulado entre ambos. Matt dejó escapar otra respiración corta cuando Frank descendió hacia su cuello, mordiendo apenas, lo suficiente para hacerlo tensarse contra él. —Sigues siendo brutal —murmuró Matt, respirando agitado. Frank levantó apenas la mirada. —Y te sigue gustando. Matt sonrió apenas, todavía sin recuperar completamente el aire. —Mucho. Eso bastó para que Frank volviera a besarlo. Más fuerte esta vez. Matt respondió empujándolo hasta hacerlo retroceder un paso, cambiando posiciones hasta dejarlo ahora contra los casilleros. El ruido metálico volvió a llenar el vestidor. Las manos recorrían sin paciencia. La camiseta de Frank terminó abierta a medias mientras Matt bajaba las manos por su pecho todavía caliente por el entrenamiento. Frank lo sujetó firme de la cintura otra vez, acercándolo hasta borrar el poco espacio que quedaba. Todo era brusco. Rápido. Pero conocido. Como algo repetido demasiadas veces para confundirse con torpeza. Matt apoyó la frente contra la suya un segundo, todavía respirando fuerte. —Como amo entrenar contigo. Frank rozó apenas su mandíbula. —Solo pon día y hora, y aquí estaré. Matt soltó una risa baja, cansada. Después volvió a besarlo antes de que cualquiera pudiera seguir hablando. Media hora después, la ropa seguía desordenada por todo el vestidor. Una venda colgaba del banco. Uno de los guantes había quedado debajo de los casilleros. El gimnasio, del otro lado de la puerta, permanecía completamente en silencio. Matt estaba recostado contra Frank, todavía intentando recuperar del todo la respiración. La piel seguía caliente, marcada apenas por el esfuerzo y el roce constante de minutos antes. Frank tenía un brazo alrededor de su cintura, sosteniéndolo cerca sin tensión. Ahora todo era más lento. Más tranquilo. Los dedos de Matt recorrían distraídamente el pecho de Frank mientras el otro le acariciaba la espalda con movimientos suaves, casi ausentes. Durante unos segundos ninguno habló. Solo permanecieron ahí, respirando al mismo ritmo. Matt cerró los ojos apenas cuando Frank deslizó la mano por su cabello húmedo. —¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Matt. —¿Qué? Matt sonrió apenas, todavía sin abrir los ojos. —Que esto siempre funciona. Frank apoyó la barbilla sobre su cabeza. —No parece molestarte mucho. —No lo hace. Pausa. Matt levantó apenas la vista hacia él. —Contigo nunca se siente igual. Frank lo observó en silencio unos segundos. Matt sostuvo su mirada sin apartarse. —He estado con otras personas —dijo más bajo—. Pero nunca… así. Frank deslizó lentamente los dedos por su brazo desnudo. —Lo sé. Matt frunció apenas el ceño. —¿Lo sabes? Una pequeña sonrisa apareció apenas en la boca de Frank. —Sí, Rojo. Soy inolvidable Matt soltó una risa baja al escucharlo. —No tienes idea lo que provocas cuando me llamas así. —Tal vez lo sé, y por eso lo hago. Matt negó suavemente con la cabeza, divertido, antes de acercarse otra vez para dejar un beso corto sobre su mandíbula. Frank cerró apenas los ojos un segundo ante el contacto. —¿Y tú? —preguntó Matt después—. ¿Alguna vez fue igual con alguien más? Frank tardó un poco en responder. Sus dedos siguieron moviéndose lentamente sobre la espalda de Matt antes de hablar. —No. La respuesta salió simple. Directa. Sin adornos. Matt lo miró en silencio. Frank sostuvo su mirada esta vez. —Contigo no tengo que pensar demasiado —añadió—. Solo pasa. El silencio que siguió fue tranquilo. Matt apoyó otra vez la cabeza contra él, acomodándose mejor entre sus brazos. —Eso sonó peligrosamente cercano a algo romántico. Frank soltó una exhalación corta, casi una risa. —No te emociones. —Muy tarde. Frank bajó la mirada hacia él. —Hablas demasiado después del sexo. Matt sonrió sin culpa. —Y tú te pones suave. —Mentira. Matt levantó apenas la cabeza otra vez. —Me abrazaste primero. Frank no respondió. Eso hizo sonreír más a Matt. Afuera, el gimnasio seguía vacío. Adentro, el tiempo parecía haberse detenido un momento más entre respiraciones lentas, caricias suaves y el peso tranquilo de saberse exactamente donde querían estar.
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