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El domingo avanzaba con la calma habitual del pueblo. Las campanas de la iglesia sonaban con un eco suave mientras la misa continuaba. Matt estaba sentado en uno de los bancos de madera, con las manos entrelazadas frente a él. No veía la luz que entraba por los vitrales, pero la sentía tibia sobre su rostro y sobre sus manos. Escuchaba cada detalle: el roce de la ropa cuando las personas se acomodaban en los bancos, el susurro de las páginas de los misales, la voz grave del sacerdote que resonaba desde el altar. En medio de ese murmullo tranquilo, su teléfono vibró en silencio dentro del bolsillo de su chaqueta. Matt lo sacó con cuidado, manteniéndolo cerca del cuerpo para no llamar la atención. Desbloqueó la pantalla con los dedos y activó el lector de voz que murmuró el nombre del remitente en un volumen casi imperceptible. Frank. Matt inclinó ligeramente la cabeza mientras escuchaba el audio. —Buenos días, fiscal —decía la voz de Frank—. Estoy intentando preparar desayuno para los niños. Si sobrevivo a la cocina, te aviso. Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Matt. Tecleo rapido. —Suena como una situación peligrosa. Deberías llamar refuerzos antes de que alguien salga herido. Guardó el teléfono, pero apenas unos segundos después volvió a vibrar. Esta vez el lector de voz susurró otro nombre. Foggy. Matt deslizó el dedo sobre la pantalla. —Dime que no estás trabajando hoy —decía el mensaje de Foggy—. ¡Es domingo!. Matt apoyó los codos sobre las rodillas y tecleo otra vez. —Estoy ocupado esta mañana. Pero podría tener tiempo más tarde. En su casa, Frank tenía una sartén en una mano y el teléfono en la otra. Frankie estaba sentado en la mesa con un vaso de jugo, mientras Lisa miraba atentamente cómo se cocinaban los panqueques. El teléfono vibró. Frank escuchó la respuesta de Matt y soltó una pequeña risa. —Más tarde suena bien —grabó—. Prometo no incendiar la cocina antes de eso. Apoyó el teléfono sobre la mesa. Pero enseguida volvió a vibrar. Frank miró la pantalla. Foggy. Abrió el mensaje. —Espero que hoy no estés trabajando —decía Foggy—. ¡Es domingo!. Frank miró la cocina desordenada y a los niños discutiendo por el último panqueque. Grabó un audio. —Estoy en modo supervivencia doméstica. Pausa. —Pero esta noche podría escapar. En su departamento, Foggy estaba sentado frente a la mesa de la cocina con una taza de café y un plato que claramente no había salido como esperaba. Su teléfono vibró. Matt. Escuchó el mensaje y sonrió. Respondió con un audio. —Sabía que ibas a decir que estabas ocupado. Breve pausa. —Pero podríamos cenar esta noche. Apenas envió el mensaje, su teléfono volvió a vibrar. Frank. Foggy escuchó el audio. “Esta noche podría escapar.” Foggy se reclinó en la silla con una sonrisa divertida. Grabó una respuesta. —Perfecto. Conozco un restaurante tranquilo. En la iglesia, Matt escuchó el nuevo mensaje de Foggy. La misa continuaba, pero él inclinó ligeramente la cabeza para responder. —Cenar suena bien. Pausa. —Solo dime la hora. El teléfono vibró otra vez. Frank. Matt escuchó el audio. —Sobre lo de más tarde… ¿sigues interesado? Matt dejó escapar una pequeña respiración antes de responder. —Sí. Su voz era baja, tranquila. —Podríamos vernos esta tarde. En la cocina, Frank escuchó ese mensaje mientras limpiaba sus manos con una toalla. Luego miró el otro chat abierto. Foggy. —Conozco un restaurante tranquilo. Frank pensó un momento antes de responder con un audio. —Esta noche estoy ocupado. Pausa. —Pero podríamos hacerlo otro día. Foggy, todavía en su departamento, recibió ese mensaje mientras revisaba el menú del restaurante en su teléfono. Sonrió. Le respondió a Frank. —Entonces lo dejamos para la semana. Luego volvió al otro chat. Matt. Grabó otro audio. —Podríamos cenar esta noche. En la iglesia, Matt escuchó el mensaje. Asintió levemente para sí mismo. —Esta noche está bien. Tres teléfonos quedaron en silencio durante unos minutos. Tres conversaciones separadas. Tres planes distintos. El domingo avanzaba con una calma que parecía demasiado ordenada para un pueblo que había vivido tres muertes en tan poco tiempo. La misa de la mañana ya había terminado y las campanas habían quedado atrás, pero todavía quedaban pequeños grupos de vecinos conversando en la plaza. Las voces eran bajas, prudentes, como si todos evitaran nombrar directamente lo que había ocurrido. Matt Murdock salía de la iglesia con su bastón blanco marcando el ritmo de sus pasos sobre la piedra. Caminaba con la seguridad de quien conocía cada tramo de la plaza. El aire de la mañana todavía arrastraba el olor a cera y madera vieja que había quedado impregnado en su ropa después de la misa. Mientras avanzaba por la acera, escuchaba fragmentos de conversaciones dispersas. —Dicen que el accidente fue en la carretera vieja… —Tres muertes en tan poco tiempo no es normal… —La policía dijo que fue mala suerte… Matt no se detenía. No participaba. Solo seguía caminando mientras esas frases flotaban alrededor. Su rostro se mantenía tranquilo, aunque cada palabra quedaba registrada en su memoria. A unas calles de allí, Frank Castle pasaba la tarde en casa con los niños. La televisión estaba encendida en volumen bajo y algunos juguetes estaban esparcidos por la sala. Uno de los niños estaba sentado en el suelo dibujando mientras el otro discutía con él sobre el color de un marcador. Frank estaba en la cocina preparando algo sencillo para la merienda. Cada tanto se asomaba hacia la sala para asegurarse de que todo estuviera en orden. —Nada de pelear —dijo desde la puerta, con tono firme. —Él empezó —respondió uno de los niños. Frank negó con la cabeza y volvió a la cocina. La tarde transcurría con esa rutina doméstica tranquila que raramente se detenía a pensar en lo que ocurría fuera de la casa. En otra parte del pueblo, Foggy Nelson estaba en su casa revisando algunas cosas sobre la mesa del comedor. Tenía el teléfono a un lado y un cuaderno abierto frente a él, aunque en realidad no estaba trabajando. Se inclinó hacia atrás en la silla y suspiró. El pueblo entero parecía estar hablando de lo mismo desde hacía días, pero nadie hacía preguntas demasiado directas. Era la forma que tenían los lugares pequeños de manejar las tragedias: comentar, especular un poco… y luego seguir adelante. Foggy tomó el teléfono, escribió un mensaje corto y lo envió. Unos segundos después volvió a dejar el aparato sobre la mesa, como si no quisiera parecer demasiado pendiente de la respuesta. La tarde continuaba avanzando lentamente. En la casa de Frank, la niñera llegó poco antes de que comenzara a oscurecer. Frank le explicó dónde estaban algunas cosas en la cocina mientras los niños seguían discutiendo por un juego. —Si necesitan algo, estoy a una llamada —dijo él mientras tomaba su chaqueta. La mujer asintió. —No se preocupe. Frank miró a los niños una última vez antes de salir. En otra parte del pueblo, Matt caminaba todavía por las calles tranquilas cuando el teléfono vibró en su bolsillo. Sacó el aparato, deslizó los dedos por la pantalla y leyó el mensaje. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Guardó el teléfono nuevamente y continuó caminando. El domingo todavía tenía varias horas por delante. La noche apenas empezaba a prepararse sobre el pueblo. El domingo avanzaba con una calma que parecía demasiado ordenada para un pueblo que había vivido tres muertes en tan poco tiempo. La misa de la mañana ya había terminado y las campanas habían quedado atrás, pero todavía quedaban pequeños grupos de vecinos conversando en la plaza. Las voces eran bajas, prudentes, como si todos evitaran nombrar directamente lo que había ocurrido. Matt Murdock salía de la iglesia con su bastón blanco marcando el ritmo de sus pasos sobre la piedra. Caminaba con la seguridad de quien conocía cada tramo de la plaza. El aire de la mañana todavía arrastraba el olor a cera y madera vieja que había quedado impregnado en su ropa después de la misa. Mientras avanzaba por la acera, escuchaba fragmentos de conversaciones dispersas. —Dicen que el accidente fue en la carretera vieja… —Tres muertes en tan poco tiempo no es normal… —La policía dijo que fue mala suerte… Matt no se detenía. No participaba. Solo seguía caminando mientras esas frases flotaban alrededor. Su rostro se mantenía tranquilo, aunque cada palabra quedaba registrada en su memoria. A unas calles de allí, Frank Castle pasaba la tarde en casa con los niños. La televisión estaba encendida en volumen bajo y algunos juguetes estaban esparcidos por la sala. Uno de los niños estaba sentado en el suelo dibujando mientras el otro discutía con él sobre el color de un marcador. Frank estaba en la cocina preparando algo sencillo para la merienda. Cada tanto se asomaba hacia la sala para asegurarse de que todo estuviera en orden. —Nada de pelear —dijo desde la puerta, con tono firme. —Él empezó —respondió uno de los niños. Frank negó con la cabeza y volvió a la cocina. La tarde transcurría con esa rutina doméstica tranquila que raramente se detenía a pensar en lo que ocurría fuera de la casa. En otra parte del pueblo, Foggy Nelson estaba en su casa revisando algunas cosas sobre la mesa del comedor. Tenía el teléfono a un lado y un cuaderno abierto frente a él, aunque en realidad no estaba trabajando. Se inclinó hacia atrás en la silla y suspiró. El pueblo entero parecía estar hablando de lo mismo desde hacía días, pero nadie hacía preguntas demasiado directas. Era la forma que tenían los lugares pequeños de manejar las tragedias: comentar, especular un poco… y luego seguir adelante. Foggy tomó el teléfono, escribió un mensaje corto y lo envió. Unos segundos después volvió a dejar el aparato sobre la mesa, como si no quisiera parecer demasiado pendiente de la respuesta. La tarde continuaba avanzando lentamente. En la casa de Frank, la niñera llegó poco antes de que comenzara a oscurecer. Frank le explicó dónde estaban algunas cosas en la cocina mientras los niños seguían discutiendo por un juego. —Si necesitan algo, estoy a una llamada —dijo él mientras tomaba su chaqueta. La mujer asintió. —No se preocupe. Frank miró a los niños una última vez antes de salir. En otra parte del pueblo, Matt caminaba todavía por las calles tranquilas cuando el teléfono vibró en su bolsillo. Sacó el aparato, deslizó los dedos por la pantalla y leyó el mensaje. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Guardó el teléfono nuevamente y continuó caminando. El domingo todavía tenía varias horas por delante. La noche apenas empezaba a prepararse sobre el pueblo. La noche comenzaba a instalarse con lentitud sobre el pueblo cuando Matt Murdock llegó al pequeño bar del extremo de la calle principal. No era un lugar ruidoso. A esa hora apenas había algunas mesas ocupadas y la música sonaba baja, mezclándose con el tintinear ocasional de los vasos. Matt entró con su bastón marcando el suelo de madera. El camarero lo reconoció y lo saludó con una breve inclinación de cabeza. —Buenas noches, Matt. —Buenas noches —respondió él con una pequeña sonrisa. No se dirigió al centro del local. Caminó hacia una mesa más apartada, cerca de una de las ventanas. Se sentó con calma, dejando el bastón apoyado contra la silla. No tuvo que esperar mucho. La puerta se abrió unos minutos después y Frank Castle entró con su habitual paso firme. Miró el lugar rápidamente hasta encontrar a Matt. Caminó hacia la mesa sin apresurarse. —Llegaste primero —dijo mientras tomaba asiento frente a él. Matt inclinó levemente la cabeza. —No por mucho. El camarero se acercó y dejó dos vasos con algo sencillo de beber. Ninguno de los dos parecía tener intención de quedarse demasiado tiempo. Durante unos minutos no hablaron de nada importante. Comentaron el clima, el movimiento del pueblo durante el día, pequeñas cosas sin peso real. El tono era tranquilo, casi contenido. Frank apoyó un codo sobre la mesa. —¿La iglesia estaba llena hoy? —Más de lo normal —respondió Matt—. Supongo que la gente necesita sentirse un poco más tranquila estos días. Frank soltó una respiración breve, sin comentar nada más. La conversación se fue apagando lentamente. No porque hubiera tensión, sino porque ninguno parecía sentir la necesidad de llenarla con palabras. Después de terminar la bebida, salieron del bar. La noche ya se había asentado sobre el pueblo cuando Matt Murdock y Frank Castle abandonaron el bar. La calle estaba más silenciosa que antes; las pocas personas que caminaban lo hacían deprisa, buscando llegar a casa antes de que el frío aumentara. Caminaron juntos un par de cuadras sin hablar demasiado. No había incomodidad en el silencio. Más bien era una calma conocida entre los dos. Frank miró hacia el final de la calle y luego volvió la vista hacia Matt. —Hay un lugar un poco más adelante —dijo con tono bajo—. Nada elegante. Matt inclinó ligeramente la cabeza. —No vine por la decoración. Frank dejó escapar una breve risa por la nariz y cambió el rumbo hacia una calle más estrecha. Un pequeño motel ocupaba la esquina, discreto y casi vacío a esa hora. El proceso fue rápido. Frank habló con el encargado mientras Matt esperaba cerca de la puerta, escuchando el sonido distante de un televisor en la recepción y el roce de las llaves metálicas cuando fueron entregadas. Subieron las escaleras sin prisa. La habitación era simple: una cama grande, una lámpara amarillenta y una ventana cubierta por cortinas gruesas que dejaban pasar apenas la luz de la calle. La puerta se cerró detrás de ellos. Durante unos segundos ninguno habló. Frank dejó las llaves sobre la mesa y se giró hacia Matt. La tensión que había permanecido silenciosa durante toda la tarde parecía haberse acumulado en ese instante. —Ven aquí —murmuró. Matt avanzó un paso, guiándose por el sonido de su voz. Frank tomó su rostro entre las manos y lo besó con más decisión que antes. Esta vez no fue un gesto breve en una esquina. El bastón de Matt terminó apoyado contra la pared. Entre besos y risas bajas, las chaquetas fueron desapareciendo primero. Luego los botones de las camisas comenzaron a soltarse uno a uno. La habitación quedó llena del ruido suave de tela moviéndose y respiraciones cada vez más cercanas. Matt deslizó las manos por los hombros de Frank, reconociendo cada movimiento, cada músculo bajo la piel. Frank respondió acercándolo más hacia la cama. La lámpara seguía encendida, pero ninguno parecía prestarle atención. El tiempo se volvió impreciso durante un rato. Más tarde, la habitación estaba en silencio otra vez. Solo se escuchaba el ruido lejano de un automóvil pasando por la calle. Frank estaba sentado al borde de la cama, terminando de abrochar su camisa. Matt buscaba su bastón junto a la pared mientras se acomodaba la ropa. —Esto sigue siendo una idea terrible —dijo Frank con una media sonrisa cansada. Matt se detuvo frente a él. —Y aun así sigues repitiéndola. Frank lo miró durante un segundo antes de estirar la mano y acomodar el cuello de su camisa con un gesto casi automático. —Sí. Matt apoyó una mano sobre la de él por un instante. No dijeron nada más, pero el silencio entre ellos no era distante. Cuando salieron de la habitación, Frank cerró la puerta con suavidad. Bajaron las escaleras del motel y volvieron a la calle nocturna. En la esquina donde debían separarse, se detuvieron. Frank inclinó la cabeza hacia Matt para robarle un ultimo beso, susurró —Cuídate, Rojo. Matt sonrió levemente. —Tú también. Frank lo observó alejarse por la acera con el bastón marcando el ritmo sobre el pavimento. Permaneció allí unos segundos más antes de girar en dirección contraria. La noche todavía tenía varias horas por delante. Cuando Matt llegó al restaurante, la noche ya estaba más avanzada. El lugar que Foggy había elegido estaba a dos calles de la plaza. Era pequeño, con mesas de madera y lámparas amarillas que dejaban el ambiente cálido y tranquilo. No era un sitio elegante, pero tenía ese tipo de atmósfera donde la gente hablaba sin prisa. Foggy ya estaba sentado cuando Matt entró. Matt lo identificó antes de que dijera nada. El sonido de la silla moviéndose, el roce de una servilleta contra la mesa y la forma en que Foggy suspiraba cuando esperaba algo eran demasiado familiares. —Llegas tarde —dijo Foggy en cuanto Matt se acercó. Matt sonrió mientras se sentaba frente a él. —Cinco minutos no es tarde. —Para alguien que lleva quince mirando la puerta, sí lo es. Matt apoyó el bastón junto a la mesa. —Exageras. —Es uno de mis talentos más fuertes. El camarero llegó poco después para tomar la orden. Foggy habló con entusiasmo sobre dos platos que ya había decidido antes de que Matt llegara. —Confía en mí —dijo mientras cerraba el menú—. Este lugar tiene la mejor pasta del pueblo. Matt inclinó ligeramente la cabeza. —Eso suena como una afirmación que necesita pruebas. —Esta noche las tendrás. La conversación comenzó ligera y se mantuvo así durante toda la cena. Hablaron de cosas cotidianas: de cómo el clima comenzaba a enfriarse, de lo silencioso que estaba el pueblo los domingos por la noche y de lo extraña que era la vida cuando todos se conocían demasiado. —¿Sabes qué es lo peor de vivir aquí? —dijo Foggy mientras bebía un sorbo de vino—. Que si te tropiezas en la calle, diez personas diferentes te preguntan al día siguiente si ya te recuperaste. Matt rió suavemente. —Eso suena como preocupación genuina. —No. Eso suena como chisme bien organizado. La cena continuó entre bromas y comentarios tranquilos. En ningún momento hablaron del caso ni de las muertes recientes. Era como si ambos hubieran decidido, sin decirlo en voz alta, que esa noche no pertenecía al trabajo. Cuando terminaron de comer, Foggy pagó la cuenta antes de que Matt pudiera protestar. —Mi invitación —dijo levantándose. —La próxima vez pago yo. —Perfecto. Eso significa que habrá próxima vez. Salieron del restaurante poco después._____________
La noche estaba más fría cuando Frank Castle regresó a su calle. Las casas estaban casi todas a oscuras y el barrio tenía ese silencio particular de los domingos tardíos, cuando la mayoría de la gente ya estaba durmiendo y el lunes comenzaba a sentirse cerca. Subió los escalones del porche con paso tranquilo y abrió la puerta con cuidado para no hacer ruido. La sala estaba iluminada solo por una lámpara pequeña junto al sofá. La niñera estaba sentada allí, mirando el teléfono, y levantó la vista cuando lo vio entrar. —Todo tranquilo —dijo en voz baja. Frank asintió mientras se quitaba la chaqueta. —¿Se durmieron sin problemas? —Sí. El más pequeño se despertó una vez, pero volvió a dormirse rápido. Frank sacó la billetera del bolsillo trasero y contó algunos billetes antes de entregárselos. —Gracias por quedarte hasta tarde, Kamala. La chica los guardó en su bolso. —No hay problema, jefe. Ambos bajaron la voz todavía más cuando pasaron cerca del pasillo que llevaba a las habitaciones. Desde allí llegaba el sonido suave y regular de la respiración de los niños dormidos. —Cualquier cosa me llamas —añadió Frank mientras abría la puerta. —Claro. Buenas noches. —Buenas noches. La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave. La casa quedó en silencio. Frank permaneció un momento en la sala sin moverse, escuchando ese silencio. Luego caminó por el pasillo y abrió lentamente la puerta de una de las habitaciones. Los niños dormían profundamente, uno de ellos con una pierna fuera de las mantas. Frank entró un momento para acomodarla sobre él con cuidado. Se quedó observándolos unos segundos antes de apagar la luz tenue del pasillo. Cuando volvió a la sala, dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó en el sofá. La casa estaba quieta ahora, sin voces ni pasos. Tomó el teléfono por costumbre y revisó la pantalla. Había algunos mensajes, la mayoría sin importancia. Lo dejó nuevamente sobre la mesa y se recostó contra el respaldo del sofá. Durante unos segundos su mente regresó a los momentos de ese día: la tarde en casa, la conversación tranquila, la noche fuera. Una calma extraña se había instalado en el pueblo después de las muertes recientes. No era una paz real, sino más bien una pausa incómoda, como si algo todavía no hubiera terminado de acomodarse. Frank cerró los ojos un momento. El caso seguía allí, en el fondo de todo. Invisible por ahora, pero presente._______________________
La noche estaba más fría ahora. La calle estaba casi vacía mientras Frank y Foggy caminaban entre risas bajas, y el sonido de sus pasos se escuchaba con claridad sobre la acera. Caminaron juntos sin prisa durante unos minutos. Foggy hablaba de alguna historia absurda de su época en la universidad mientras Matt escuchaba con una sonrisa tranquila. Cuando llegaron a una esquina más silenciosa, Foggy se detuvo. —Mi casa está a una cuadra —dijo. Matt inclinó ligeramente la cabeza. —Lo sé. Foggy lo miró un momento antes de añadir: —Podríamos… seguir hablando allí. No había presión en la frase. Solo una invitación. Matt asintió. La casa de Foggy era pequeña pero acogedora. Cuando cerraron la puerta detrás de ellos, el silencio del interior contrastaba con el aire frío de la calle. Foggy dejó las llaves sobre una mesa. —¿Quieres algo de beber? Matt negó suavemente. —Creo que ya bebimos suficiente. Foggy soltó una pequeña risa y se apoyó contra la mesa, observándolo. Durante unos segundos ninguno habló. Luego Foggy dio un paso hacia él. El primer beso fue más torpe que el que Matt había compartido antes esa noche con Frank, pero también tenía algo distinto: una familiaridad cálida, casi doméstica. Matt respondió con suavidad. Las manos de Foggy se deslizaron hacia los botones de la camisa de Matt con cierta timidez al principio, como si todavía no terminara de creer que estaba ocurriendo. Matt apoyó una mano en su brazo, acercándolo un poco más. La conversación que había llenado la cena se transformó en murmullos bajos, en risas cortas entre besos, en el sonido de la ropa moviéndose mientras caminaban lentamente hacia el dormitorio. La luz de la sala quedó encendida cuando desaparecieron en el pasillo. Un rato después, el dormitorio estaba en silencio, apenas interrumpido por el sonido distante de un automóvil pasando por la calle. La ventana estaba entreabierta y el aire frío de la noche entraba suavemente en la habitación. Matt Murdock permanecía recostado contra las almohadas mientras Foggy Nelson estaba medio apoyado sobre él, con un brazo cruzado sobre su pecho. Durante unos segundos ninguno habló. Luego Foggy soltó una pequeña risa. —Tengo que decirlo —murmuró—. Esta no era exactamente la forma en que imaginé terminar mi domingo. Matt giró ligeramente el rostro hacia él. —¿Te decepcioné? —No —respondió Foggy de inmediato—. Técnicamente superaste mis expectativas. Matt sonrió. Foggy levantó la cabeza un poco para mirarlo mejor. —Aunque sigo tratando de entender cómo es que el tipo que parece el más serio de la ciudad resulta ser… esto. Matt arqueó levemente una ceja. —¿Esto? Foggy se inclinó para darle un beso rápido. —Sí. Esto. Matt respondió al beso con calma, dejando una mano descansar en la espalda de Foggy. —Tal vez deberías reconsiderar tus prejuicios —dijo en voz baja. —Tal vez debería. Foggy volvió a acomodarse junto a él, esta vez más relajado. Sus dedos se movían distraídamente sobre el brazo de Matt mientras hablaban de cosas pequeñas, comentarios sueltos que se transformaban en bromas y luego en silencios cómodos. En algún momento Foggy murmuró algo que hizo que Matt soltara una risa baja. —Eso es una acusación muy seria —dijo Matt. —Solo digo que tienes una cara demasiado inocente para alguien que claramente sabe lo que está haciendo. Matt negó suavemente con la cabeza, aunque la sonrisa seguía allí. El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez acompañado por pequeños gestos: un beso breve, una caricia distraída, el movimiento lento de acomodarse mejor bajo las sábanas. Foggy suspiró. —Podrías quedarte —dijo finalmente. Matt giró ligeramente el rostro hacia él. —¿Seguro? —Sí. Además —añadió Foggy con una media sonrisa—, si te vas ahora voy a tener que levantarme para cerrar la puerta… y sinceramente no tengo ganas. Matt soltó una pequeña risa. —Argumento convincente. Foggy volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro. —Bien. La habitación quedó en silencio poco a poco. Afuera, el pueblo seguía tranquilo, con las calles casi vacías y las luces apagándose en algunas casas. Dentro del dormitorio, Matt permaneció allí, con el brazo rodeando a Foggy mientras ambos se acomodaban lentamente. La noche continuó avanzando mientras el domingo se acercaba a su final. El lunes comenzaba antes de que el sol terminara de levantarse sobre el pueblo. En la casa de Frank Castle, la cocina ya tenía movimiento. El sonido de la cafetera llenaba el silencio de la mañana mientras Frank se movía con la rutina precisa de todos los días. El desayuno estaba casi listo cuando uno de los niños apareció en el marco de la puerta, todavía medio dormido. —Buenos días —murmuró. Frank dejó un plato sobre la mesa. —Siéntate. El niño obedeció mientras se frotaba los ojos. Poco después el segundo apareció arrastrando los pies por el pasillo. La casa se llenó lentamente de los ruidos normales de una mañana: cucharas chocando contra los platos, pasos sobre el suelo y alguna que otra queja sobre tener que despertarse temprano. Frank escuchaba más de lo que hablaba, como era habitual. Cada tanto respondía con una frase corta o una advertencia suave para que terminaran de comer. Cuando terminaron, ayudó a uno de ellos a cerrar la mochila. —No olvides el cuaderno. —Lo tengo. —Seguro. Frankie abrió la mochila para comprobarlo y Frank asintió con satisfacción. Un rato después la puerta principal se cerró detrás de ellos cuando salieron hacia la escuela. En otra parte del pueblo, Matt despertaba lentamente en una habitación que no era la suya. Durante unos segundos permaneció quieto, escuchando. El sonido del refrigerador en la cocina, el leve crujido de la madera del piso y la respiración tranquila a su lado le dieron todas las respuestas necesarias. Foggy seguía dormido, recostado de lado. Matt dejó escapar una pequeña exhalación divertida antes de moverse con cuidado para no despertarlo. Se sentó en el borde de la cama y buscó su bastón con la mano. El movimiento fue suficiente para que Foggy murmurara algo ininteligible y se girara entre las sábanas. —¿Ya es mañana? —dijo con la voz todavía cargada de sueño. Matt sonrió levemente. —Sí. Foggy abrió un ojo con esfuerzo. —Eso parece injusto. —El lunes suele serlo. Foggy estiró un brazo hacia él y lo sujetó por la muñeca antes de que pudiera levantarse del todo. —Cinco minutos más —murmuró. Matt dejó escapar una pequeña risa. —Eso no existe. —Claro que existe. Foggy lo soltó finalmente y volvió a hundir la cara en la almohada. —Voy a necesitar café. —Estoy seguro de que tienes. Matt se levantó y caminó hacia la sala siguiendo los sonidos familiares de la casa. Mientras el café comenzaba a prepararse en la cocina, el pueblo despertaba lentamente otra vez. Las tiendas abrían sus puertas, los autos comenzaban a circular por la avenida principal y la vida retomaba su ritmo habitual. Pero debajo de esa normalidad persistía algo más. Las tres muertes del fin de semana seguían siendo tema de conversación en cada cafetería y cada esquina. Nadie investigaba abiertamente todavía, pero la inquietud estaba allí. Silenciosa. Esperando el momento en que alguien decidiera empezar a hacer preguntas. La mañana del lunes avanzaba con el ritmo habitual del edificio cuando Foggy Nelson llegó a la oficina con un vaso de café en la mano y una carpeta bajo el brazo. El lugar todavía estaba relativamente tranquilo. Algunas puertas permanecían cerradas y el murmullo lejano de conversaciones apenas llegaba desde el pasillo. Foggy dejó la carpeta sobre su escritorio y se sentó con un pequeño suspiro. Durante unos segundos se quedó mirando los papeles sin tocarlos, como si estuviera decidiendo si realmente quería meterse en aquello. No era una investigación oficial. Nadie se lo había pedido. Pero las tres muertes de las últimas semanas seguían dando vueltas en su cabeza. Abrió la carpeta. Los documentos no eran particularmente reveladores por sí solos: reportes de accidentes, recortes de periódicos locales, algunas copias de registros policiales que había conseguido con facilidad. Cosas públicas, básicamente. Foggy pasó la primera hoja. Luego otra. Bebió un sorbo de café mientras leía. —Accidente de tránsito… —murmuró para sí mismo—. Otro accidente… y otro. Nada fuera de lo común a primera vista. Sin embargo, algo le incomodaba. Se inclinó un poco más sobre la mesa, revisando las fechas______________
La mañana frente al colegio estaba llena del movimiento habitual de los lunes. Los niños se reunían cerca de la entrada mientras algunos padres conversaban en la acera. Las mochilas colgaban de los hombros y el ruido de las voces infantiles llenaba el aire antes de que sonara el timbre. Frank Castle estaba de pie junto a la reja, observando a sus hijos mientras terminaban de acomodar sus cosas. Los dos estaban discutiendo en voz baja, aunque lo suficientemente cerca como para que él pudiera escucharlos. —Te digo que Matt sería mejor mamá —dijo uno de ellos con convicción. El otro negó inmediatamente. —No. Foggy sería mejor. —No —Dame una razón —Porque Matt cocina mejor. —Foggy también cocina delicioso. Además sabe buenas historias —Las de Matt no son malas. Frank frunció ligeramente el ceño. —¿Qué conversación es esa? Los dos niños se miraron entre sí. —Nada —respondieron casi al mismo tiempo. Frank los observó unos segundos más, pero antes de decir algo escuchó el sonido familiar de un bastón golpeando suavemente el pavimento. Precisamente, Matt caminaba por la acera en dirección a la esquina. Lisa lo reconoció de inmediato. —¡Matt! Matt giró la cabeza hacia la voz y sonrió. —Buenos días. Se acercó unos pasos hasta la reja mientras los niños se aproximaban. Frank se acercó también, con las manos en los bolsillos. —¿No es muy temprano para ir a la fiscalía?. Matt sonrió levemente — Buenos días, Frank. Coincidencia. Solo iba pasando. —Claro. El tono tranquilo de Frank tenía un matiz que hizo que Matt levantara apenas una ceja. Durante un momento hablaron de cosas simples: el clima, lo temprano que empezaban las clases los lunes y lo silencioso que había estado el pueblo esa mañana. —¿Listos para entrar a clase? —preguntó. —Sí —respondió uno de ellos—. Bueno… casi. Matt inclinó ligeramente la cabeza hacia ellos mientras uno de los niños lo abrazaba con entusiasmo. —¿Por qué casi?. Mientras tanto, los niños seguian hablando entre ellos con evidente concentración. —¿Pasa algo? —pregunto Matt Y los niños lo miraron —Estamos discutiendo sobre quien seria mejor mamá, si t…. —Entren a clase —interrumpió Frank nervioso. —Pero todavía no…— El timbre del colegio sonó justo en ese momento. Frank señaló la puerta con la cabeza. —Ahora. Los niños suspiraron con resignación, pero obedecieron. Antes de correr hacia la entrada, Frankie de ellos levantó la mano hacia Matt. —¡Adiós! —Adiós —respondió Matt con una pequeña sonrisa. Los dos desaparecieron entre el grupo de estudiantes que entraban al edificio. Cuando la puerta se cerró, el patio volvió a quedar casi vacío. Matt inclinó ligeramente la cabeza hacia Frank. —¿Sobre que discutían los niños?. Frank soltó una pequeña exhalación. —Cosas de niños —dijo Frank inclinándose hacia él—¿quieres que te lleve? —pregunto. —Suena tentador, pero… voy a la vuelta de la esquina — dijo Matt algo sonriendo nervioso mientras se aclaraba la garganta Frank miro para todos lados y susurró —Usted se lo pierde fiscal Matt sonrió y continuó su camino por la acera, el bastón marcando el ritmo contra el suelo. Frank permaneció un momento más frente a la reja antes de girar y marcharse también. La mañana en la oficina avanzaba con el ritmo tranquilo de un lunes. El murmullo de conversaciones en los pasillos aparecía y desaparecía mientras algunas puertas se abrían y se cerraban a lo largo del corredor. Foggy estaba sentado frente a su escritorio con varias hojas extendidas delante de él. No eran documentos confidenciales ni nada especialmente delicado: copias de reportes, recortes del periódico local y algunos registros públicos que había conseguido con relativa facilidad. Movía los papeles de un lado a otro con gesto pensativo. No estaba investigando de manera formal. En realidad solo estaba tratando de entender por qué las historias sobre los accidentes del fin de semana le resultaban tan confusas cuando las escuchaba en el pueblo. Tomó uno de los reportes y lo leyó nuevamente. Accidente en carretera secundaria. Nada extraño en sí mismo. Lo dejó a un lado y tomó otro. Otro accidente. Foggy bebió un sorbo de café mientras fruncía ligeramente el ceño. No era que los accidentes fueran idénticos. De hecho, cada uno parecía completamente distinto. Lugares diferentes, horas diferentes, circunstancias diferentes. Y sin embargo algo seguía molestándolo. Revisó nuevamente una de las hojas, buscando algo que no sabía explicar muy bien. —Esto está raro… —murmuró para sí mismo. No raro en el sentido de criminal. Más bien desordenado. Un informe estaba archivado como reporte de tránsito. Otro aparecía registrado como incidente municipal. El tercero estaba clasificado dentro de un archivo distinto que ni siquiera parecía relacionado con los otros dos. Foggy apoyó el codo sobre la mesa. —Tal vez solo es mala organización… —dijo en voz baja. En ese momento escuchó pasos en el pasillo. No les prestó demasiada atención hasta que la puerta de la oficina se abrió. Frank apareció en el marco con su habitual expresión tranquila. —Te vi entrar temprano —dijo mientras avanzaba unos pasos. Foggy levantó la vista. —Sí… no podía dormir mucho. Frank miró el escritorio y las hojas esparcidas. —¿Trabajo? Foggy hizo un gesto ambiguo con la mano. —Algo así. En realidad solo estaba tratando de entender por qué los reportes de esos accidentes están tan mal organizados. Frank se acercó un poco más al escritorio. —¿Mal organizados? Foggy giró una de las hojas para mostrarla. —Mira esto. Cada informe está archivado en un departamento distinto. No es que esté mal… solo es extraño. Frank observó el papel durante unos segundos. —¿Y eso significa algo? Foggy se encogió de hombros. —Probablemente nada. Se recostó en la silla. —Tal vez solo es burocracia mal hecha. Frank apoyó una mano sobre el borde del escritorio. —Eso pasa bastante. Desde el pasillo se escucharon algunas voces. Dos personas pasaron frente a la puerta hablando entre ellas, pero continuaron caminando sin detenerse. Un momento después el corredor volvió a quedar en silencio. Frank tomó una de las hojas y la dejó nuevamente sobre la mesa. —¿Te preocupa? Foggy negó con la cabeza. —No realmente. Hizo una pausa antes de añadir: —Solo me molesta cuando las cosas no tienen sentido. Frank lo observó unos segundos más. Foggy acomodó algunas de las hojas sobre el escritorio, más por costumbre que por verdadera intención de seguir revisándolas. —De todos modos —dijo mientras cerraba una carpeta—, probablemente solo estoy buscando patrones donde no los hay. Frank seguía apoyado contra el borde del escritorio. —Eso también pasa bastante. Foggy levantó la vista hacia él. —¿Te estás burlando de mi método científico? —Estoy diciendo que a veces los papeles solo son papeles. Foggy dejó escapar una pequeña risa y se reclinó en la silla. El silencio que siguió no fue incómodo. Más bien tenía ese tono relajado que aparece cuando dos personas ya se conocen lo suficiente. Frank observó el escritorio unos segundos más antes de hablar. —Ayer pasé por tu casa. Foggy levantó ligeramente las cejas. —¿Sí? —Después de dejar a los niños en casa. Foggy giró un poco la silla hacia él. —No te vi. Frank negó con la cabeza. —No estabas. Hubo una pausa breve. —Quería disculparme —añadió. Foggy frunció levemente el ceño. —¿Por qué? Frank se encogió de hombros con un gesto pequeño. —Habíamos dicho que iba a pasar. Foggy lo miró durante un segundo antes de comprender. —Ah. La expresión seria se transformó en una pequeña sonrisa. —Frank… no tenías que hacer eso. —Igual fui. Foggy apoyó los codos sobre el escritorio. —Bueno… ahora entiendo por qué encontré el mensaje cuando volví. Frank lo observó con calma. —Supuse que habías salido. Foggy soltó una pequeña risa. —Sí. No dio más detalles. Durante un momento ninguno habló. La conversación había cambiado de tono sin que fuera necesario decirlo en voz alta. Foggy giró distraídamente un bolígrafo entre los dedos. —Pero mañana seguimos en pie —dijo finalmente. Frank levantó ligeramente la cabeza. —¿La cena? —Sí. Frank asintió. —Sí. Foggy sonrió con aire satisfecho. —Bien. Se inclinó hacia atrás en la silla. —Porque después de lo que pagué en ese restaurante anoche, necesito equilibrar el universo. Frank dejó escapar una breve exhalación que podía interpretarse como una risa contenida. —¿Ese es el plan? —Totalmente. Foggy lo observó un momento. —Además —añadió con un tono más suave—, la próxima vez quiero una noche completa. Frank sostuvo su mirada durante unos segundos. Seguía inclinado sobre el escritorio, observándolo con esa calma suya que a Foggy empezaba a resultarle demasiado cercana. —Esta mañana te vi con Matt frente a la escuela —dijo al cabo de unos segundos. Foggy levantó la mirada. —¿Sí? Frank hizo un pequeño gesto con el hombro. —Te ves muy cómodo con él. Foggy entrecerró ligeramente los ojos, divertido. —Es un buen tipo. Frank asintió, pero tardó un momento más en hablar. —Lo sé. Sus dedos rozaron distraídamente el borde del escritorio. —Aun así… a veces me dan un poco de celos. Foggy lo miró con sorpresa. —¿Celos? Frank sostuvo su mirada sin apartarse. —Un poco. La expresión de Foggy cambió lentamente y una sonrisa se dibujó en su boca. —Frank… Tiró suavemente de la tela de su camisa para acercarlo un poco más. —Eso se puede solucionar bastante fácil. El silencio regresó otra vez, pero ahora tenía algo distinto. Más cercano. Foggy bajó la mirada hacia los papeles del escritorio y movió una de las hojas sin verdadera atención. —Entonces… mañana a la misma hora. Frank asintió lentamente. —Mañana. Mira que me traes loco —dijo Frank en un tono sugestivo levantándose y acercándose para inclinarse sobre él —Tú ya estabas loco cuando llegaste al pueblo —susurró Foggy sonriendo —No —dijo Frank también susurrando—, esto es tu culpa. Hazte responsable — ¿Quieres que me haga responsable? —gimió Foggy sintiendo los labios ajenos sobre los suyos —Los harás —dijo Frank besándolo lentamente —cuenta con ello mañana —y se alejó hacia la puerta para abrir—. Muchas gracias por su ayuda abogado Nelson. Siempre tan competente —y cerró la puerta tras él —Maldito desgraciado —susurró Foggy llevándose las manos a la entrepierna Frank cerró la puerta de la oficina detrás de sí y avanzó por el pasillo con paso tranquilo. El edificio estaba más animado que unos minutos antes. Algunas voces se escuchaban desde las oficinas cercanas y alguien pasó frente a él con una carpeta bajo el brazo sin detenerse. Frank dobló en el corredor principal mientras acomodaba distraídamente el cuello de la chaqueta. Al llegar al final del pasillo vio una figura conocida acercarse desde el lado opuesto. La hermana Maggie caminaba con paso sereno, llevando un pequeño paquete de papeles contra el pecho. Su hábito oscuro contrastaba con la luz que entraba por las ventanas altas del edificio. Frank redujo un poco la velocidad. Cuando estuvieron a pocos pasos de distancia inclinó ligeramente la cabeza en señal de saludo. —Hermana Maggie. Ella levantó la mirada hacia él y le dedicó una sonrisa tranquila. —Frank. Se detuvo un momento frente a él. —No sabía que estabas por aquí tan temprano. Frank hizo un pequeño gesto con el hombro. —Trabajo. La hermana Maggie observó brevemente el pasillo detrás de él, como si hubiera notado de qué oficina venía, pero no hizo ningún comentario. —Siempre es bueno ver el edificio con gente que llega antes que los problemas —dijo con calma. Frank dejó escapar una leve exhalación que podía interpretarse como una risa corta. —Eso no dura mucho. Ella sostuvo su mirada un instante más, con esa expresión atenta que parecía analizar a las personas con demasiada facilidad. Luego inclinó la cabeza ligeramente. —Que tengas un buen día, Frank. —Igualmente, hermana. La mujer retomó su camino por el pasillo mientras Frank continuó hacia las escaleras. Un momento después ambos habían desaparecido en direcciones opuestas del edificio. En su oficina, Movió un par de papeles sobre el escritorio intentando recuperar la concentración. El reporte del accidente volvió a quedar frente a él. Foggy lo observó unos segundos más. Luego lo apartó. —No —dijo en voz baja para sí mismo. Tomó otra carpeta distinta y la abrió con decisión, como si necesitara obligarse a cambiar de tema. Durante la siguiente media hora intentó dedicarse a asuntos más ordinarios: revisar un contrato menor, responder un correo del juzgado del condado y ordenar algunos documentos que llevaba días posponiendo. El trabajo avanzó con relativa normalidad. Sin embargo, cada tanto su mirada regresaba sin querer al pequeño montón de hojas que había dejado a un lado del escritorio. Los reportes de los accidentes. No volvió a leerlos, pero tampoco los guardó. Simplemente permanecieron allí, como una pequeña molestia imposible de ignorar. Unos minutos después, voces animadas comenzaron a escucharse desde el pasillo. El resto del edificio parecía haber despertado del todo. Alguien pasó frente a la puerta conversando con otra persona sobre una audiencia del martes. Foggy aprovechó la distracción para levantarse. Necesitaba café. Tomó su taza vacía y salió al pasillo con paso tranquilo. El aroma del café recién hecho llegaba desde la pequeña sala común al final del corredor. Mientras caminaba, saludó con un gesto a una secretaria que cruzaba con una pila de carpetas. —Buenos días, Foggy. —Buenos días. Al llegar a la sala, llenó su taza lentamente. Desde allí podía escucharse parte de la conversación que dos empleados mantenían cerca de la ventana. Hablaban de tráfico en la carretera del norte. —…te digo que ese tramo siempre fue peligroso —comentaba uno—. Todos los años hay algún accidente ahí. —Sí, pero últimamente parecen más seguidos —respondió el otro. Foggy no intervino. Se limitó a beber un pequeño sorbo de café mientras escuchaba. Después regresó a su oficina con la taza en la mano. Los papeles seguían exactamente donde los había dejado. Foggy regresó al pasillo con la taza de café aún caliente entre las manos. El edificio estaba bastante más animado que al inicio de la mañana. Las puertas de varias oficinas permanecían abiertas y el sonido de conversaciones breves se mezclaba con el ruido de teléfonos y pasos que iban y venían por el corredor. Apenas avanzó unos metros se cruzó con el cartero, que salía de la oficina contigua con una bolsa de correspondencia apoyada contra la cadera. —Foggy —saludó levantando ligeramente la mano. —Buenos días. El hombre revisó rápidamente un pequeño montón de sobres. —Creo que tengo algo para ti. Buscó unos segundos y finalmente sacó dos cartas y un sobre más grande. —Aquí. Foggy los tomó mientras apoyaba la taza contra la pared para no derramar el café. —Gracias. —Nada urgente —dijo el Powello con una sonrisa tranquila—. Solo facturas y cosas aburridas. —Eso suena bastante normal para mí. El Powello soltó una pequeña risa antes de seguir su camino por el pasillo. Foggy volvió a tomar su taza y continuó caminando. Al doblar la esquina del corredor se encontró con el dueño de la ferretería del pueblo, que salía de una oficina municipal con gesto ligeramente frustrado y un formulario doblado en la mano. —Foggy. —Buenos días. —¿Sabes si aquí sellan estas cosas o tengo que ir al ayuntamiento otra vez? Foggy miró el papel por encima. —Eso es del registro comercial. Probablemente te manden allá. El hombre suspiró. —Siempre lo mismo. —Bienvenido a la burocracia —respondió Foggy con una sonrisa breve. El hombre negó con la cabeza y se alejó murmurando algo sobre formularios interminables. Foggy continuó hasta su oficina. El edificio estaba completamente despierto ahora. Gente entrando y saliendo, puertas que se abrían, conversaciones que aparecían y desaparecían en los pasillos. Cuando volvió a su despacho, los papeles de los accidentes seguían esperando sobre el escritorio, silenciosos y desordenados, exactamente como antes. Mientras tanto, al otro lado del edificio, la mañana continuaba también para Frank. El área donde trabajaban los agentes tenía el movimiento habitual de los lunes. Un teléfono sonaba en uno de los escritorios, alguien revisaba un archivador metálico y dos oficiales conversaban cerca de la máquina de café. Frank cruzó la sala con paso tranquilo y dejó su chaqueta sobre el respaldo de la silla antes de sentarse. Sobre su escritorio había un pequeño montón de reportes que alguien había dejado minutos antes. Los revisó sin prisa. Nada urgente: una queja por ruido en un bar del centro, un informe de tránsito menor y un par de notas administrativas que probablemente terminarían archivadas antes del final del día. Al otro lado de la sala, dos agentes seguían conversando. —Te digo que ese tramo de la carretera siempre fue un problema —comentaba uno mientras apoyaba un codo sobre el escritorio—. Hace unos meses también hubo otro accidente ahí. —¿El de la mujer que chocó contra la baranda? —preguntó el otro. —Sí, ese. El segundo agente negó con la cabeza. —Nunca entendí bien qué pasó con ese reporte. Creo que terminó archivado en la oficina municipal o algo así. —Eso pasa todo el tiempo —respondió el primero—. Cada departamento registra esas cosas de manera distinta. Frank levantó la vista brevemente desde los papeles que estaba leyendo. La conversación no parecía especialmente importante. Uno de ellos soltó una pequeña risa. —Al final nadie sabe dónde terminan esos informes. —Exacto. Frank cerró el reporte que tenía en la mano y lo dejó sobre la mesa. Un momento después se levantó, tomó las llaves del automóvil patrulla que descansaban junto al teléfono y caminó hacia la puerta. La mañana apenas estaba comenzando. La mañana avanzaba también en la fiscalía. El edificio tenía un ritmo distinto al de las oficinas pequeñas del pueblo. Allí el movimiento era constante: teléfonos que sonaban, asistentes que caminaban con carpetas bajo el brazo, puertas que se abrían y cerraban a lo largo del pasillo. Matt estaba sentado en su escritorio con varios expedientes abiertos frente a él. Sus dedos recorrían lentamente el borde de una hoja mientras escuchaba el murmullo general del lugar. Un asistente pasó frente a su puerta. —Dejé los archivos del caso Turner en tu escritorio. —Gracias. Matt inclinó ligeramente la cabeza mientras acomodaba uno de los documentos. Pasó la página con cuidado y siguió leyendo en silencio. El trabajo no era especialmente emocionante esa mañana. La mayoría de los casos eran rutinarios: infracciones menores, disputas comerciales, algunos expedientes pendientes que llevaban semanas esperando revisión. Tomó uno de los informes y lo dejó a un lado. Luego abrió otro. Desde el pasillo se escuchó la voz de uno de los fiscales adjuntos hablando con alguien más. —¿Ya viste lo del informe de tránsito que llegó esta mañana? —¿El del choque en la carretera del norte? —Sí. Parece que lo mandaron al departamento equivocado otra vez. —Eso siempre pasa con esos reportes. Matt no intervino en la conversación. Continuó revisando sus papeles con calma. Unos segundos después cerró el expediente y lo dejó sobre el montón que ya había terminado. El día seguía avanzando con normalidad. Matt se recostó ligeramente en la silla y tomó su taza de café. La mañana apenas había llegado a la mitad. Alrededor del mediodía el ritmo en la fiscalía se volvió más lento. Algunas puertas se cerraron, varios asistentes salieron hacia los restaurantes cercanos y el murmullo constante del edificio disminuyó un poco. Matt permanecía en su oficina. Había dejado a un lado los expedientes y sostenía una taza de café que ya se había enfriado un poco. Durante unos segundos permaneció en silencio, escuchando los sonidos del pasillo: pasos lejanos, una conversación amortiguada, el zumbido suave del aire acondicionado. Luego tomó su teléfono. Marcó el número con la seguridad de quien lo conocía de memoria. El tono sonó un par de veces antes de que alguien contestara. —Oficina de Nelson —dijo la voz de Foggy al otro lado. Matt sonrió apenas. —Hola. Hubo una pausa breve. —Matt —respondió Foggy, reconociendo la voz de inmediato—. ¿Todo bien? Matt apoyó el codo sobre el escritorio. —Sí. Solo estaba tomando el almuerzo y pensé en llamar. Del otro lado se escuchó el ruido suave de una silla moviéndose. —Eso suena sospechoso —dijo Foggy. Matt dejó escapar una pequeña exhalación que casi parecía una risa. —Tal vez. Luego añadió con un tono más suave: —Solo quería saber cómo te sentías. Hubo un breve silencio. Foggy entendió la referencia sin necesidad de más explicaciones. —Estoy perfectamente —respondió finalmente, con un tono que mezclaba diversión y algo de cansancio—. Gracias por preguntar. Matt inclinó ligeramente la cabeza, como si pudiera verlo. —Me alegra oírlo. Del otro lado se escuchó el sonido de papeles moviéndose. —¿Mucho trabajo en la fiscalía? —preguntó Foggy. —Lo normal. Matt giró la taza entre sus dedos. —Nada demasiado interesante hoy. Hizo una pequeña pausa antes de añadir: —¿Y tú? —Papeles, clientes, burocracia —respondió Foggy—. El glamour habitual del derecho. Matt sonrió de nuevo, en silencio. Durante un momento ninguno habló. La conversación tenía un tono tranquilo, familiar. —Me alegra haber llamado —dijo Matt al cabo de unos segundos. —¿Sí? —Sí. Otra pausa. —Tal vez pase por tu oficina más tarde. Foggy dejó escapar una pequeña risa. —Eso suena peligroso. —Lo sé. La línea permaneció en silencio unos instantes más antes de que la conversación continuara. El timbre del recreo sonó en la escuela y, casi de inmediato, el patio se llenó de movimiento. Grupos de niños salieron corriendo por las puertas, algunos hacia los columpios, otros hacia la pequeña cancha al fondo del patio. Las voces se mezclaban en un ruido alegre que rompía la calma de las aulas. Cerca de uno de los árboles del patio, los hijos de Frank se reunieron con sus amigos habituales. Uno de ellos miró hacia la reja de la escuela por donde, unas horas antes, habían visto pasar a Matt. —Sigo diciendo que sería mejor mamá —declaró con absoluta seguridad. Otro negó con la cabeza de inmediato. —No. Foggy sería mejor. —¿Por qué? —Porque cocina. —Eso no significa nada. —Claro que significa. Un tercero intervino con aire de experto. —Además Foggy siempre trae dulces. —Eso no lo convierte en mejor mamá. —Sí lo hace. —No. —Sí. La discusión continuó unos segundos más, cada uno defendiendo su argumento con la convicción absoluta que solo tienen los niños. Al final uno de ellos levantó las manos. —De todas formas ninguno de los dos es mamá. Hubo un momento de silencio. —Bueno… pero si tuvieran que serlo. Las protestas comenzaron otra vez, mezclándose con las risas y el ruido del recreo que seguía llenando todo el patio. El día terminó por avanzar sin demasiadas sorpresas. Cuando la tarde comenzaba a caer, Foggy regresó finalmente a su edificio. Las calles del pueblo estaban más tranquilas que durante la mañana. Algunas tiendas cerraban sus puertas y el tráfico había disminuido considerablemente. Entró al edificio con paso cansado, acomodándose la correa del maletín sobre el hombro. El vestíbulo estaba casi en silencio. La luz del atardecer entraba por la pequeña ventana junto a las escaleras y teñía el piso de un tono dorado apagado. Foggy avanzó hacia el interior cuando la puerta del edificio se abrió detrás de él. Al girarse vio a la hermana Maggie salir al vestíbulo. La mujer sostenía un pequeño bolso de tela y cerró la puerta con suavidad antes de notar su presencia. —Hermana Maggie —saludó Foggy con una ligera sorpresa. Ella levantó la mirada y le dedicó una sonrisa tranquila. —Foggy. Se detuvo un momento frente a él. —No sabía que vivías en este edificio. Foggy señaló hacia las escaleras con un gesto informal. —Segundo piso. La mujer asintió con calma. —Es un lugar tranquilo. Foggy inclinó ligeramente la cabeza. —¿Y usted? Maggie acomodó el bolso entre sus manos. —Vine a visitar a una feligresa de la parroquia. Hizo un pequeño gesto hacia arriba. —La señora del tercer piso. Foggy asintió, comprendiendo. —Claro. —No puede salir mucho de casa últimamente —añadió Maggie con tono sereno—, así que paso a verla de vez en cuando. Foggy sonrió con amabilidad. —Seguro le alegra la visita. La hermana Maggie sostuvo su mirada unos segundos antes de asentir. —Siempre. Luego se dirigió hacia la puerta del edificio. —Que tengas una buena tarde, Foggy. —Igualmente, hermana. La puerta se cerró suavemente detrás de ella. Foggy permaneció un momento en el vestíbulo antes de subir las escaleras hacia su apartamento. Frank llegó a casa cuando el sol ya comenzaba a caer detrás de las casas del pueblo. Apenas abrió la puerta escuchó el ruido de pasos corriendo por el pasillo. —¡Papá! Los niños aparecieron casi al mismo tiempo y se lanzaron contra él con la naturalidad de quien lo había estado esperando. Frank apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta antes de quedar rodeado. Uno empezó a hablar sin respirar sobre algo que había pasado en la escuela mientras el otro tiraba de su brazo intentando mostrarle un dibujo que llevaba doblado en la mano. Frank dejó las llaves en la pequeña mesa de la entrada y se agachó un poco para quedar a su altura. —Tranquilos… uno a la vez. Pero ninguno de los dos tenía intención de obedecer. Terminaron en la sala pocos minutos después. Los niños arrastraron una caja de bloques al centro del piso y Frank se sentó con ellos como si no hubiera tenido un día entero de trabajo encima. La torre que intentaron construir no duró mucho. Uno de los niños la derribó con el codo y el otro protestó de inmediato. —¡Lo hiciste a propósito! —¡No! Frank levantó una ceja, observando el desastre de bloques esparcidos por el suelo. —Claramente fue un sabotaje. Los dos lo miraron. —¿Qué es sabotaje? Frank empujó un bloque con el dedo. —Cuando alguien destruye algo muy importante. —No era importante. —Para el arquitecto sí. Los niños comenzaron a reír y volvieron a juntar los bloques para empezar de nuevo. Después de un rato Frank miró el reloj. —Bien. Voy a ducharme. —¿Ahora? —preguntó uno de ellos. —Sí. Subió las escaleras mientras los niños seguían discutiendo sobre cómo debía construirse la nueva torre. En el dormitorio, Frank se cambió con movimientos tranquilos. Mientras terminaba de abotonarse la camisa tomó el teléfono del buró y escribió un mensaje rápido. —Voy saliendo en unos minutos. La respuesta de Foggy llegó casi de inmediato. —Yo también. Dame diez y nos vemos. Frank soltó una pequeña sonrisa mientras se pasaba la toalla por el cabello. —No me hagas esperar demasiado. —Depende de lo bien que pienses compensarlo después. Frank dejó el teléfono sobre el buró, todavía con esa media sonrisa. Cuando bajó nuevamente unos veinte minutos después llevaba ropa limpia y el cabello todavía húmedo. Los niños estaban en la mesa de la cocina dibujando. Uno levantó la cabeza apenas lo vio. —¿Vas a salir? Frank abrió el refrigerador. —Tal vez. Los dos se miraron entre ellos. —¿A ver a Matt? Frank tomó una botella de agua. —No. Los niños volvieron a mirarse. —¿A ver a Foggy? Frank bebió un sorbo antes de responder. —No. El silencio que siguió fue inmediato. Los dos fruncieron el ceño al mismo tiempo. —Entonces no queremos que vayas. Frank apoyó la botella sobre la mesa y los observó con calma intentando no sonreir. —¿Por qué? Uno de ellos cruzó los brazos. —Porque si no es Matt o Foggy… entonces no nos gusta. Frank dejó escapar una pequeña exhalación que casi parecía una risa. —No tienen voto en eso. —Sí tenemos. —No. Los dos niños intercambiaron una mirada conspiratoria. —Entonces vamos a quedarnos despiertos hasta que vuelvas. Frank los miró un momento largo. —Eso tampoco va a pasar. Los dos protestaron al mismo tiempo mientras él negaba con la cabeza, acostumbrado a la pequeña rebelión cotidiana. Frank salió del edificio y se dirigió hacia el automóvil. La noche ya había caído sobre el pueblo y el aire era fresco. Encendió el motor y condujo por las calles tranquilas, pasando frente a negocios que todavía tenían las luces encendidas y a otros que ya cerraban sus puertas. No iba pensando en trabajo ni en los informes del día. Su mente volvía una y otra vez al intercambio de mensajes de hacía unos minutos. Recordaba el tono de Foggy, la rapidez con la que había respondido, la insinuación final que lo había hecho sonreír. Conducía relajado, una mano sobre el volante, mirando de vez en cuando las calles casi vacías. Sabía que Foggy estaría saliendo también de su apartamento en ese momento, probablemente apresurado, tal vez revisando el teléfono mientras cerraba la puerta. Cuando dobló la esquina donde estaba el bar, la música amortiguada se escuchaba desde la calle y la luz cálida de las ventanas iluminaba la acera. Frank estacionó el automóvil cerca de la entrada y bajó con calma, todavía con la misma idea sencilla en la cabeza: Foggy estaba en camino. Frank empujó la puerta del bar y entró. El lugar estaba moderadamente lleno; un murmullo constante de conversaciones se mezclaba con la música baja que salía de los altavoces. La luz era cálida y tenue, suficiente para iluminar la barra y las mesas cercanas. Se detuvo un momento para recorrer el lugar con la mirada y luego eligió una mesa desde donde podía ver con claridad la entrada. Se sentó con la espalda relajada y apoyó los brazos sobre la mesa. Una camarera pasó cerca y Frank pidió algo sencillo de beber. Cuando el vaso llegó, lo tomó con calma y dio un sorbo breve. No tenía prisa. Según el último mensaje, Foggy estaba saliendo de su apartamento casi al mismo tiempo que él. El trayecto desde el edificio hasta el bar no era largo. Cada vez que la puerta se abría, Frank levantaba la vista por simple reflejo, esperando verlo aparecer entre la gente que entraba desde la calle. Por ahora la espera no tenía nada de incómodo. Era solo cuestión de minutos. El tiempo empezó a avanzar con lentitud tranquila. Frank bebía despacio mientras el murmullo del bar iba creciendo alrededor. La puerta se abrió varias veces. Cada vez que el sonido del picaporte o el golpe leve contra la pared se escuchaba, Frank levantaba la mirada por reflejo. Durante un segundo esperaba ver la figura de Foggy entrando desde la calle, sacudiéndose el frío de la noche o mirando alrededor hasta encontrarlo. Pero siempre era otra persona: un par de clientes habituales, una pareja que entró riendo, un hombre que se acercó directamente a la barra. Frank volvió al vaso sin darle demasiada importancia. Pensó que Foggy podía haberse detenido a hablar con alguien en el edificio o en la acera. En un pueblo pequeño esas cosas pasaban todo el tiempo. También podía haber encontrado tráfico en alguna de las calles principales o haber tardado más de lo previsto en salir de su apartamento. Nada de eso le parecía extraño todavía. Solo eran pequeños retrasos normales. Frank seguía mirando la puerta cada tanto, con la tranquilidad de quien estaba convencido de que, en cualquier momento, Foggy iba a aparecer. El tiempo siguió avanzando un poco más de lo que Frank había calculado. No era mucho, pero empezaba a sentirse. Terminó la mitad de la bebida y apoyó el vaso sobre la mesa. Entonces sacó el teléfono del bolsillo por simple costumbre y miró la pantalla. No había nuevos mensajes. La conversación con Foggy seguía siendo la última que aparecía allí: las pocas líneas que habían intercambiado antes de salir de casa, todavía con ese tono ligero que los había hecho sonreír. Frank pensó un momento y escribió algo breve. —¿Ya vienes? Envió el mensaje y dejó el teléfono sobre la mesa, junto al vaso. Durante unos segundos miró la puerta otra vez, esperando que se abriera y que Foggy apareciera en ese mismo momento. La pantalla del teléfono permaneció en silencio. El mensaje quedó sin respuesta. Frank dejó el teléfono sobre la mesa y volvió a tomar el vaso. Bebió un sorbo corto mientras el murmullo del bar continuaba alrededor. Miró otra vez hacia la puerta cuando alguien entró. No era Foggy. No había molestia todavía. Más bien una sensación leve de extrañeza. Según el último mensaje, Foggy había estado por salir casi al mismo tiempo que él. El trayecto hasta el bar era corto; no había razón para que tardara tanto. Frank pensó que tal vez el teléfono se le había quedado sin batería o que se había detenido a hablar con algún vecino del edificio. Foggy era de esas personas que terminaban conversando con medio mundo en el camino más corto. Aun así, algo no terminaba de encajar. Foggy no solía desaparecer sin decir nada, y menos después de haberle escrito hacía tan poco. Frank volvió a mirar el teléfono un instante, como si esperara que la pantalla se encendiera en cualquier momento con una respuesta. Luego lo dejó nuevamente sobre la mesa y dirigió la vista hacia la puerta del bar. El reloj avanzó sin que Frank se diera cuenta con exactitud de cuándo habían pasado tantos minutos. Cuando volvió a mirar el teléfono y la hora en la pantalla, notó que ya llevaba cerca de media hora en el bar. No había respuesta. La conversación seguía igual que antes: su mensaje corto preguntando si venía en camino y, debajo, el silencio. Frank apoyó el vaso vacío sobre la mesa y se quedó un momento mirando la puerta del bar. No sentía enojo. Foggy no era de desaparecer así, menos después de haberle escrito hacía tan poco. La sensación era otra, más incómoda. Tomó el teléfono, lo guardó en el bolsillo y se puso de pie. Dejó el dinero de la bebida sobre la mesa y salió del bar con paso tranquilo. El aire de la noche lo recibió cuando empujó la puerta hacia la calle. Caminó hacia el automóvil pensando que probablemente todo tenía una explicación sencilla. Tal vez Foggy se había quedado hablando con alguien en el edificio o había tenido que ayudar a algún vecino. Aun así, algo dentro de él no terminaba de quedarse en calma. Encendió el motor y tomó la dirección del edificio donde vivía Foggy. No iba molesto ni apurado. Iba con una preocupación discreta, esa que aparece cuando alguien que conoces bien empieza a comportarse de una forma que no es habitual. Frank condujo de regreso por las calles tranquilas del pueblo. A esa hora el tráfico era escaso y la mayoría de los negocios ya tenía las luces apagadas. Solo algunos bares y tiendas pequeñas seguían abiertos. Mantenía una mano relajada sobre el volante mientras avanzaba por las mismas calles que había recorrido antes. No iba rápido. El trayecto hasta el edificio de Foggy era corto y lo conocía bien. Un par de minutos después estacionó cerca de la entrada. El edificio estaba casi en silencio. Algunas ventanas seguían iluminadas en los pisos superiores; el resto permanecía oscuro. Frank cerró el automóvil y caminó hacia la puerta principal. Empujó el vidrio y entró al pequeño vestíbulo. Dentro el ambiente era tranquilo. El pasillo olía levemente a detergente y a madera vieja. La luz amarillenta del techo iluminaba la fila de buzones y la escalera que subía hacia los pisos superiores. Frank se detuvo un instante, como si esperara oír algún movimiento en el edificio. Luego empezó a subir la escalera con paso calmado, apoyando la mano en la baranda mientras avanzaba hacia el piso donde estaba el apartamento de Foggy. El lugar estaba silencioso; solo se oía el leve eco de sus propios pasos y, a lo lejos, el zumbido constante de una lámpara del pasillo. Al llegar al piso de Foggy, caminó por el corredor hasta detenerse frente a la puerta del apartamento. Golpeó con los nudillos. No hubo respuesta. Golpeó de nuevo, más fuerte. Un leve olor extraño le llegó al olfato. La puerta estaba entreabierta. Al empujarla, el aroma se intensificó: gas. Sus ojos se abrieron de golpe. Al mirar dentro, lo vio: Foggy estaba desplomado en el suelo, inconsciente. El corazón de Frank se disparó. ”¡No, no, no! —decía Frank— No me puedes hacer esto, por favor” Sin perder tiempo, se arrodilló a su lado y comprobó su respiración. Apenas perceptible, débil. Con un rápido movimiento, abrió la ventana más cercana para ventilar el ambiente y dispersar el gas. Luego, con cuidado, inspeccionó la cocina y descubrió que una hornilla estaba ligeramente abierta; ajustó la perilla y apagó la llama piloto que temblaba. El peligro inmediato disminuyó, pero la urgencia seguía: Foggy necesitaba ayuda médica. Frank lo cargó con firmeza, manteniéndolo apoyado sobre su pecho, hablándole con palabras tranquilizadoras aunque su propia voz temblara: “Vamos bonito, solo respira, vamos… ya casi salimos”. Avanzó hasta la puerta del apartamento, cuidando de no encender nada que pudiera generar chispa. Una vez fuera, lo colocó en el suelo con cuidado y sacó el teléfono. Marcó el número de emergencias con manos firmes y voz clara: “Aquí habla el jefe de policía Castle. Necesito una ambulancia de inmediato: Foggy ha inhalado gas en su departamento y está inconsciente. Mantengan despejado el acceso y envíen a la unidad más cercana, rápido. Es una emergencia, repito, emergencia”. Mientras esperaba, Frank sentía cada segundo alargarse. Afuera, las luces del pasillo parpadeaban ligeramente; un automóvil pasó frente al edificio con el motor rugiendo, y un par de voces lejanas del vecindario se escuchaban confusas entre los ecos de la calle. Cada sonido parecía amplificado, cada segundo más lento. La respiración de Foggy, apenas perceptible, aumentaba la presión sobre Frank, que se mantenía a su lado, palpando el pulso, ajustando su postura para mantenerlo estable. Cuando finalmente se escuchó la sirena acercándose, Frank sintió un alivio contenido, un breve respiro entre la tensión. Los paramédicos llegaron y, con precisión y rapidez, colocaron a Foggy en la camilla. Frank los acompañó, su corazón latiendo desbocado mientras cada paso hacia la ambulancia le recordaba que la lucha por la vida de su amigo apenas comenzaba. Frank se sentó junto a Foggy en la ambulancia, asegurándolo con cuidado mientras los paramédicos revisaban signos vitales. La máquina emitía un pitido constante, marcando el pulso irregular y la saturación de oxígeno baja. Frank frunció el ceño y pasó una mano por el cabello, manteniendo la voz firme pero urgente: “Respira profundo, Foggy… solo respira. Los médicos saben lo que hacen, estamos en camino”. Uno de los paramédicos le indicó que presionara la vía de oxígeno y ajustó la máscara mientras Frank describía los síntomas: “Está débil, respiración superficial, pulso irregular… inhaló gas. Fue un accidente, pero tenemos que vigilar cada segundo”. El vehículo se movía con rapidez entre las calles del pueblo, cada bache y giro haciendo que Frank se inclinara ligeramente para sostener a Foggy con más firmeza. El monitor pitaba con cada cambio, amplificando la ansiedad que Frank sentía. Sus manos se mantenían firmes sobre el pecho de Foggy, palpando el pulso y revisando la respiración cada pocos segundos. El teléfono vibró en su bolsillo. Frank lo miró y vio el nombre de Matt en la pantalla. Con un gesto rápido, contestó sin dejar de observar a Foggy. ¬—Hola —dijo el fiscal con voz risueña —Matt… es Foggy, inhaló gas… está inconsciente, vamos al hospital ahora. Del otro lado, la voz de Matt se tensó pero se mantuvo tranquila. —Estoy en camino, llego rápido. ¿Está estable? Frank apretó los labios, su mirada fija en el monitor. —Pulso débil, saturación baja, pero respira. Los paramédicos lo están estabilizando. Matt respondió con un murmullo de afirmación, prometiendo llegar al hospital. Frank colgó, volviendo su atención a Foggy. La ambulancia avanzaba por la carretera, luces y sirenas reflejando la urgencia de la situación. Frank hablaba constantemente, sus palabras tranquilizadoras que él no sentía realmente, haciendo que cada segundo contara mientras la entrada al hospital se acercaba. El corazón de Frank latía desbocado, pero su voz permanecía controlada, firme. Sabía que la intervención inmediata del personal médico podía marcar la diferencia. Cada pitido del monitor era un recordatorio del delicado equilibrio entre la vida y la tragedia, y Frank no se apartaba ni un segundo, sosteniendo a Foggy mientras la ambulancia se acercaba a la entrada del hospital. Su corazón latía desbocado, pero su voz permanecía controlada, firme. Mientras sostenía la mano de Foggy, su mente no pudo evitar desbordarse por un instante hacia aquel recuerdo que aún dolía: el día del accidente de María. Él no había estado allí cuando ocurrió; había llegado justo cuando los equipos levantaban su cadáver de entre los escombros del automóvil. La imagen del cuerpo siendo trasladado, la sensación de vacío, la impotencia de no poder hacer nada… todo regresó con un golpe sordo. Sus hijos nunca habían presenciado la escena, y él se había asegurado de que así fuera, pero el recuerdo seguía grabado en su memoria como un susurro constante de alerta y miedo. Sacudió la cabeza con rapidez, obligándose a enfocarse en Foggy, en el presente. La respiración de su amigo era irregular, y cada pitido del monitor le recordaba que no podía permitirse perder la concentración. “Vamos, solo respira, estamos casi allí… no me dejes por favor”, murmuró entre dientes, con los recuerdos y la urgencia mezclándose en una sensación fría de temor y determinación. La ambulancia avanzaba entre las luces y sirenas del pueblo, y Frank sostenía a Foggy con la firmeza de quien conoce demasiado bien lo que puede significar llegar demasiado tarde. Cada pitido, cada respiración superficial, lo devolvía al presente, pero la memoria de aquel día trágico seguía flotando detrás de sus ojos, recordándole la fragilidad de la vida y la urgencia de cada segundo que contaba hasta llegar al hospital. La ambulancia frenó con un chirrido y Frank apenas tuvo tiempo de incorporarse del asiento trasero antes de que los paramédicos lo guiaran con firmeza hacia la entrada de urgencias. Foggy seguía inconsciente sobre la camilla, la mascarilla de oxígeno ajustada, los monitores pitando a su alrededor, los médicos ya plenamente conscientes de la situación. Frank se mantuvo a un lado, respirando con dificultad, la adrenalina aún corriendo por su cuerpo. Cada movimiento de los profesionales era preciso, seguro, y él no podía intervenir más que con su presencia silenciosa. Revisaban signos vitales, ajustaban oxígeno y conectaban vías, se inclinó hacia Foggy, apenas un susurro, un hilo de voz que nadie debía oír: —Aguanta… solo aguanta… ya llegamos … —sus labios rozaban el aire sobre el rostro de Foggy, en un anhelo silencioso hacia quien ama. Cada pitido del monitor, cada destello de luz mantenía a Frank en tensión. La memoria del accidente de María surgió nuevamente fugaz, un golpe que lo hizo tensar los hombros, pero no podía permitirse perder el control; aquí no había lugar para fantasmas del pasado. Su única misión era estar presente, ser el sostén silencioso mientras los médicos tenían la total autoridad sobre la vida de Foggy, mientras el corazón le latía desbocado. Habían pasado cerca de quince minutos desde que Frank estaba en la sala de espera, sin recibir noticias sobre Foggy. Sus manos temblaban ligeramente y las lágrimas amenazaban con escaparse. Cada pitido distante de los monitores parecía martillar su corazón, y el aire se sentía demasiado pesado. De repente, escuchó unos pasos acercarse, acompañados del golpeteo inconfundible de un bastón. —¿Frank? —dijo Matt, doblando la esquina. —¡Rojo! —exclamó Frank, y por instinto lo abrazó, apretándolo con fuerza, como si de esa manera pudiera sostenerse a sí mismo también. —¿Cómo está? —preguntó Matt, intentando que su voz sonara firme, aunque se quebró un poco. —Lo trajeron inconsciente —dijo Frank, separándose apenas lo suficiente para mirarlo—. No sé cuánto gas inhaló —y pasó las manos por su cabello y rostro, tratando de despejar la tensión que lo consumía. Matt respiró hondo, intentando recomponerse, y se apoyó contra la pared junto a Frank. —¿Qué han dicho? —susurró, más para sí que para Frank—. —Nada aún. —¿Tú… estás bien? —preguntó Matt con voz temblorosa. —Sí —respondió Frank, bajando la mirada. Frank tragó saliva y bajó la voz, apenas un murmullo: —No quiero ni pensar lo… que… hubiese pasado si… Un silencio pesado los envolvió; por un instante el mundo alrededor desapareció. No había personal médico, ni monitores, ni urgencias, solo ellos dos sosteniéndose en esa incertidumbre. Matt, temblando, apoyó la cabeza en el hombro de Frank, y su voz se quebró: —No quiero perderte… no quiero… —las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, silenciosas pero intensas, sin que pudiera pronunciar la palabra “Foggy”. Frank lo abrazó con fuerza, sintiendo la fragilidad y la desesperación de Matt como propias, susurrando suavemente: —Shh… tranquilo… estamos aquí… no va a pasar, vamos a salir de esto. Matt respiró con dificultad, entre sollozos, y después murmuró: —¿Y si fuéramos nosotros…? —Su voz era apenas audible—. ¿Y si pasara algo…? Frank frunció el ceño, tensando los hombros, y respondió con voz grave, aunque temblorosa: —No lo pienses. No podemos… no sirve de nada imaginarlo. —Pero… —Matt interrumpió, y la voz se le quebró de nuevo—. No quiero que te pase nada… ni a ti, ni a los niños… —y terminó llorando, apoyándose aún más contra Frank. Frank lo sostuvo con firmeza, abrazándolo con todo el peso de su cuerpo, como si pudiera protegerlo del miedo y de la angustia que ambos compartían. —Lo sé… lo sé… —susurró Frank, hundiendo la cabeza en el cabello de Matt—. Todo va a estar bien… solo respira, quédate aquí conmigo. Matt se dejó sostener, sollozando en los brazos de Frank, mientras él permanecía rígido pero cálido, un ancla firme en medio de la tormenta. No hacían falta más palabras; cada respiración compartida, cada abrazo, era suficiente para mantener la calma mientras esperaban noticias de Foggy, conscientes de que la incertidumbre aún no había terminado. Los minutos parecían eternos hasta que uno de los médicos finalmente salió de la sala de observación. Su paso era firme, pero sus ojos mostraban la gravedad de la situación. —Señores, Foggy ha reaccionado a la ventilación y a los primeros cuidados —dijo, dirigiéndose primero a Frank—. Está estable por ahora, pero seguirá bajo observación en el área de cuidados intensivos durante unas horas. Necesitamos mantenerlo sedado para que los pulmones se recuperen del gas inhalado. Frank asintió, exhalando un largo suspiro que no había notado que contenía tanta tensión. —Gracias… gracias —murmuró, mientras sentía cómo se le tensaban los hombros y bajaba la cabeza, intentando recomponerse. El médico continuó: —Es importante que no se altere. Pueden acompañarlo, pero dentro de la sala habrá restricciones. Manténganlo tranquilo y en reposo absoluto. Matt se acercó un poco más, apoyando suavemente una mano sobre el brazo de Frank. Su voz estaba apenas controlada: —¿Está seguro de que… va a estar bien? —Sí —respondió el médico—. Ha sido un susto grande, pero la respuesta inmediata ha salvado su vida. Los médicos se retiraron, dejando a Frank y Matt solos frente a la puerta de la sala de observación. Los pitidos lejanos de los monitores se escuchaban amortiguados desde el interior, y ambos respiraron aliviados, aunque el miedo seguía presente, latiendo silencioso bajo la piel. Frank miró a Matt, y apenas en un susurro dijo: —Vamos a entrar, despacio… solo para asegurarnos que respira, nada más. Matt asintió, apoyándose nuevamente en su hombro mientras ambos se acercaban a la puerta, conscientes de que Foggy aún estaba en un hilo, y de que cada segundo contaba Frank empujó la puerta con suavidad, apenas un crujido resonando en la sala silenciosa. Foggy estaba recostado sobre la camilla, la mascarilla de oxígeno ajustada, los monitores parpadeando con un ritmo constante. Su respiración, aunque todavía débil, era regular. Matt avanzó detrás de Frank, apoyando las manos en su hombro por reflejo, como buscando un ancla. Ninguno habló al principio; la sola presencia del otro era suficiente. Matt se inclinó un poco hacia adelante, tratando de escuchar cada respiración de Foggy, mientras Frank mantenía la mirada fija, evaluando cada signo, cada pequeño movimiento. —Está respirando por sí mismo —susurró Frank, sin apartar la vista de Foggy. Su voz era baja, apenas un hilo, pero cargada de alivio. Matt asintió, aunque sus manos temblaban ligeramente. Frank empujó la puerta con suavidad, apenas un crujido resonando en la sala silenciosa. Foggy estaba recostado sobre la camilla, la mascarilla de oxígeno ajustada, los monitores parpadeando con un ritmo constante. Su respiración, aunque todavía débil, era regular. Matt avanzó detrás de Frank, apoyando las manos en su hombro por reflejo, como buscando un ancla. Ninguno habló al principio; la sola presencia del otro era suficiente. Matt se inclinó un poco hacia adelante, tratando de escuchar cada respiración de Foggy, mientras Frank mantenía la mirada fija, evaluando cada signo, cada pequeño movimiento. —Está respirando por sí mismo —susurró Frank, sin apartar la vista de Foggy. Su voz era baja, apenas un hilo, pero cargada de alivio. Matt asintió, aunque sus manos temblaban ligeramente. Después de un instante, su voz salió temblorosa, quebrada por la tensión: —¿Y si… si algo le pasara de verdad? —preguntó, más para sí mismo que para Frank—. ¿Y si fuésemos nosotros? Frank giró apenas la cabeza hacia él, pero no respondió con palabras. Solo un suspiro pesado escapó, mientras se inclinaba un poco más hacia Matt, sin darse cuenta de lo cerca que estaban, cómo la tensión se mezclaba con algo que ambos sentían pero no podían nombrar. —No quiero… —Matt tragó saliva, interrumpiéndose y bajando la cabeza—… no quiero perderlo… ni siquiera imaginarlo… Frank, con cuidado, rodeó a Matt con un brazo, acercándolo a su pecho, manteniéndolo firme, cálido, como un ancla en medio de la incertidumbre. Susurros apenas audibles escaparon de sus labios: —Shh… tranquilo… estamos aquí… no va a pasar… vamos a salir de esto. Matt se dejó sostener, llorando silenciosamente, apoyando la cabeza contra su hombro, mientras Frank permanecía rígido, firme, pero con cada fibra de su cuerpo tensada por la angustia. Ninguno decía nada más; no hacía falta. Cada respiración compartida, cada contacto leve, era suficiente para sostenerse mientras Foggy permanecía débil pero estable, bajo la atención absoluta de los médicos. El pitido constante del monitor era un recordatorio silencioso de que la batalla aún no había terminado, pero en ese instante, la tensión, la cercanía y la incertidumbre los unía más que cualquier palabra, manteniéndolos juntos frente a lo que más temían perder. Cuando Frank aflojó apenas el abrazo, Matt se apartó unos centímetros y apoyó una mano contra la pared del pasillo. Bajó la cabeza, respirando con dificultad contenida. Sus dedos encontraron automáticamente la pequeña medalla de San Judas Tadeo oculta bajo su camisa. La sostuvo con fuerza entre los dedos. Durante unos segundos no dijo nada. Finalmente murmuró apenas, con la voz quebrada: —No me lo quites también… por favor. Frank permaneció en silencio a su lado mientras Matt cerraba los ojos un instante, intentando recuperar el control antes de volver a entrar en aquella habitación. Salieron de la habitación de Foggy en silencio. La puerta se cerró con suavidad detrás de ellos y el pasillo volvió a llenarse con el ruido distante del hospital. Frank exhaló despacio, todavía tenso. Matt habló primero. —Al menos dijeron que está estable. —Sí —respondió Frank—. Solo observación. Caminaron unos pasos más por el pasillo hasta llegar a la sala de espera. Frank se pasó una mano por el rostro, pensativo. —Rojo… voy a quedarme aquí esta noche. Matt giró ligeramente la cabeza hacia él. —¿Quedarte? Frank asintió. —Fui yo quien lo encontró. Si despierta confundido o alterado… es mejor que vea una cara conocida. No quiero que intente levantarse solo o salir de aquí sin entender qué pasó. Matt no respondió enseguida. —Tiene sentido —dijo finalmente—. Pero los niños… Frank soltó un suspiro. —No quiero despertarlos y moverlos a estas horas. Ya están dormidos. Y la niñera dijo que iría cuando salí corriendo para traer a Foggy. Matt permaneció en silencio unos segundos, pensando. Luego habló con calma. —Entonces yo iré. Frank frunció ligeramente el ceño. —¿A casa? —Sí —respondió Matt—. Me quedo con los niños. Así tú puedes quedarte aquí con Foggy sin preocuparte por nada. Frank dudó un instante. —No tienes que hacerlo. —Lo sé —dijo Matt—. Pero es lo más sencillo. Hubo un breve silencio entre ellos. Finalmente Frank asintió. —Está bien. Matt acomodó el bastón en su mano y extendió la otra hacia Frank. —Entonces tú te quedas con él. Frank tomó su mano. El gesto parecía un simple apretón para cerrar el acuerdo, algo rápido, práctico… pero ninguno de los dos soltó de inmediato. Los dedos se ajustaron un poco más de lo necesario, firmes, cálidos, como si ambos buscaran confirmar en ese contacto algo que ninguno estaba dispuesto a nombrar. —Y tú con los niños —respondió Frank en voz baja. —Exacto. La presión de las manos se sostuvo un segundo más, silenciosa, casi íntima. Luego se separaron con naturalidad, como si no hubiera sido más que un gesto práctico entre dos hombres que acababan de tomar una decisión. Matt inclinó levemente la cabeza y comenzó a caminar hacia la salida del hospital. El sonido del bastón se fue alejando por el pasillo hasta desaparecer en la distancia. Frank permaneció unos segundos inmóvil, mirando el lugar por donde Matt había desaparecido. Luego sacó el teléfono del bolsillo. Marcó el número de la niñera. La mujer respondió después de un par de tonos. —¿Oficial Castle? ¿Todo está bien? —Sí —respondió Frank con voz más calmada—. Escucha, necesito un favor. Foggy tuvo un accidente y terminé en el hospital con él. Matt va a pasar por la casa para quedarse con los niños esta noche. —Oh… entiendo. —Si él llega a preguntarte si me viste —continuó Frank— dile que te llama cuando supe lo del accidente. Que te avise y llegaste minutos después que yo sali. —Claro, no hay problema. Frank asintió, aunque ella no podía verlo. —Gracias por quedarte con los chicos el tiempo que lo hiciste. —No se preocupe. —Mándame tu QR cuando puedas —añadió Frank—. Quiero pagarte las horas que estuviste con ellos. —Se lo envío ahora mismo. —Perfecto. Colgó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo. Luego levantó la vista hacia la puerta de la habitación donde Foggy permanecía en observación. Permaneció un instante allí, respirando hondo. Después empujó la puerta y volvió a entrar. Matt salió del hospital y el aire frío de la noche lo recibió de inmediato. Durante unos segundos permaneció inmóvil en la acera, escuchando el ruido lejano del tránsito y las sirenas que cruzaban la ciudad. Levantó el brazo y detuvo un automóvil de alquiler. Dio la dirección de Frank y se acomodó en el asiento trasero mientras el vehículo comenzaba a moverse. El trayecto transcurrió en silencio. Las calles estaban más tranquilas a esa hora, pero la ciudad nunca dormía del todo. Matt mantenía las manos apoyadas sobre el bastón, inmóvil, repasando en su mente las palabras del médico y la imagen de Foggy tendido en la cama del hospital. No podía dejar de pensar en Frank. En los últimos días lo había visto cada vez más cansado, más tenso. Había trabajado turnos largos, apenas había dormido y aun así seguía ocupándose de los niños como si el agotamiento no existiera. Y ahora estaba en un hospital, pasando la noche junto a Foggy. Matt apoyó las manos sobre el bastón y dejó escapar una respiración lenta mientras el taxi continuaba su camino por la ciudad. Matt cerró los ojos un instante. Lentamente deslizó una mano hacia el interior de su chaqueta hasta encontrar la pequeña medalla de San Judas Tadeo que llevaba siempre consigo. Sus dedos recorrieron el metal desgastado con familiaridad mientras el automóvil seguía avanzando entre las luces nocturnas de la ciudad. No hizo una oración completa. Nunca lo hacía cuando estaba realmente asustado. Solo inclinó apenas la cabeza y murmuró en voz baja: —Por favor… cuídalo. Luego apretó la medalla entre los dedos unos segundos más antes de soltar lentamente el aire contenido en sus pulmones. En el hospital, la habitación permanecía en penumbra. Frank estaba sentado junto a la cama. Había acercado la silla lo suficiente para quedar casi pegado al colchón. Los monitores seguían marcando un ritmo estable y constante. Foggy continuaba dormido. Frank sostenía su mano entre las suyas, como si ese simple contacto pudiera mantenerlo anclado allí. Con el pulgar acariciaba lentamente sus dedos, una y otra vez, en un gesto casi inconsciente. Después de un momento levantó la otra mano y apartó con cuidado un mechón de cabello de la frente de Foggy. Sus dedos recorrieron suavemente su cabello, con una delicadeza que nadie habría esperado de él. —Tranquilo… —murmuró apenas, inclinándose un poco hacia él—. Solo duerme. El monitor respondió con su pitido constante. Frank no apartó la mano.___________________
El taxi se detuvo frente a la casa de Frank. Matt pagó el viaje y bajó con rapidez contenida. Apenas había cerrado la puerta cuando la niñera abrió desde dentro. —Señor Murdock —dijo con tono aliviado—. Me alegra que haya llegado. —Gracias por quedarse —respondió Matt con calma—. Frank me pidió que viniera. —Sí, me avisó. La mujer tomó su abrigo y su bolso. —Los niños ya están dormidos. No se despertaron en toda la noche. Matt asintió. —Perfecto. Yo me encargo ahora. La niñera se despidió rápidamente y salió de la casa. La puerta se cerró detrás de ella y el silencio del interior lo envolvió de inmediato. Matt subió las escaleras con pasos tranquilos. Se detuvo primero en una habitación. Luego en otra. Las respiraciones de los niños eran profundas y regulares. Todo estaba en calma. Permaneció unos segundos más asegurándose de que realmente estaban bien, y después bajó nuevamente. En la sala se dejó caer lentamente en el sofá. El silencio de la casa era absoluto. Apoyó los antebrazos sobre las rodillas y entrelazó las manos alrededor del bastón, pensativo. Foggy. La imagen de su amigo en la cama del hospital volvió a su mente con claridad. Esperaba que despertara pronto.____________________
En el hospital, Frank seguía sentado en la misma silla. No se había movido. La habitación permanecía tranquila, iluminada solo por las luces suaves de los monitores. Foggy respiraba con regularidad. Frank todavía sostenía su mano. De vez en cuando levantaba la vista hacia su rostro, como si esperara ver cualquier señal de que estaba por despertar. Luego volvía a bajar la mirada y continuaba acariciando lentamente sus dedos. La noche avanzaba despacio en el hospital. Y Frank permanecía allí, vigilando cada respiración de Foggy._____________
Matt dejó escapar una respiración lenta. El silencio de la sala comenzó a sentirse demasiado pesado. Después de un momento se levantó y subió nuevamente las escaleras. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Frank antes de abrirla. Al entrar, avanzó despacio, moviendo una mano por el respaldo de una silla, por la cómoda, por el borde de la cama, reconociendo el espacio con cuidado, casi con respeto. No era solo la habitación de Frank. Durante un tiempo también había sido la de María. Ella había sido su amiga. Había reído con ellos en esa misma casa, había llenado esas habitaciones con su voz, con su presencia tranquila. Matt recordaba claramente esas noches, las conversaciones, la sensación de que todo estaba bien. Sus dedos se detuvieron un momento sobre la colcha. La habitación estaba en silencio. Finalmente se sentó en el borde de la cama, permaneciendo allí unos segundos antes de recostarse, dejando el bastón apoyado a un lado.