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Goten no actuaba normal. Saludó a Vegeta con un gesto seco. Se puso a calentar sin hacer comentarios. No se sentó demasiado cerca. No lo miró fijo, y cuando Goten fue a alcanzar una botella de agua justo cuando Trunks se agachaba para recoger una pesa. Sus brazos se rozaron. Piel con piel. Un accidente de un segundo. Goten saltó hacia atrás como si le hubiera dado una descarga eléctrica. —Perdón —dijo, rápido, casi sin respirar—. Perdón, no fue a propósito. Trunks se quedó mirándolo, confundido. —No pasó nada —dijo—. Solo fue un roce. —Lo sé. Perdón. Goten se alejó dos pasos. Cruzó los brazos. Miró al piso. El resto del entrenamiento fue incómodo. Goten mantenía distancia. Cuando Trunks se acercaba, Goten se movía. Cuando Trunks le ofrecía el agua, Goten negaba con la cabeza. Cuando Trunks le preguntó si querían seguir en el gimnasio o pasar a su habitación a descansar, Goten respondió demasiado rápido —Mejor nos quedamos acá. —¿Por qué? —preguntó Trunks. —No quiero estar solo contigo. Quiero decir —Goten se mordió la lengua—. No quiero estar en tu habitación. Quiero decir... mejor acá. No había forma de arreglarlo. Todo lo que decía sonaba mal. Trunks sintió algo arder en el pecho. No era tristeza. Era frustración. Rabia contenida.***
La primera vez que Trunks se alejó fue un jueves. Goten había llegado a la Corporación Cápsula con su mochila de siempre, listo para quedarse a dormir. Era la noche de los dos. La que tenían desde que eran niños. Pero Goten se veía asustado, como si estar ahí le doliera y probablemente le diera asco. Trunks no sabía descifrarlo, así que simplemente decidió que no quería estar con Goten ahora. —Hoy no puedo —dijo Trunks, sin mirarlo a los ojos—. Quedé con unos amigos para ir a otro lado. —¿Qué amigos? —preguntó Goten, y su voz sonó más aguda de lo que quería. —Unos de la escuela. No los conoces. No pasa nada. No pasaba nada. Claro que no. Trunks podía tener otros amigos. Goten también los tenía. No era dueño de su tiempo. De hecho, que Goten hubiera preguntado a con quién iba a salir Trunks era una linea que no debió cruzar. —Sí, claro, lo entiendo. Goten volvió a su casa, se acostó en su cama y se quedó mirando el techo. Se había obligado a ir a la casa de Trunks porque quería ser normal. Fue un error, porque aún no manejaba sus sentimientos, por mucho que quisiera. Fue evidente que estaba actuando mal cuando Trunks no le escribió "perdón, después nos vemos" ni le mandó un meme estúpido. Nada.***
Las distancias se hicieron más grandes después de ese jueves. Trunks ya no proponía planes. Goten no escribía. Y entonces cuando invariablemente sus papás los obligaron a pasar unos minutos en el mismo espacio, Goten inhaló hondo y se acercó a Trunks. —Lo siento. Todo esto que está pansando es por mi culpa. No debí decir nada. Trunks frunció el ceño. Quería decir que sí, que era culpa de Goten y que evidentemente no debió abrir la boca, pero en su lugar dijo. —No está pasando nada. Esto es como otras veces, yo estoy ocupado, tú estas ocupado, y no hablamos tanto. Pasará. Solo lo estás mezclando con lo que pasó esa vez pero esto no tiene nada que ver con eso. —No es como otras veces, antes... —Goten se mordió la lengua. —Las cosas cambian, Goten —interrumpió Trunks, y esa frase sonó como un portazo—. Ambas cosas pueden ser ciertas. Esto no tiene que ver con eso, y no todo puede ser siempre igual. Ya pasará. Se acabarán los exámenes, llegarán las vacaciones de verano y ya verás que todo vuelve a ser normal. Y se fue. De nuevo. Goten se quedó solo. Desde que Trunks lo rechazó, incluso antes, siempre entendió. No era que Trunks no lo quisiera. Solo era que no lo quería así. Y como dijeron ese día. Eso estaba bien. No tenía por qué obligarse, no tenía por qué corresponderle. El problema era de Goten y él tenía que encargarse de si mismo solo.***
—Nos estamos dando un tiempo. Cada uno tiene sus cosas —le dijo Goten a Chi-Chi cuando ella preguntó por qué no había ido a ver a Trunks. Chi-Chi lo miró con esos ojos de madre que lo saben todo, pero asintió y siguió friendo las verduras para la cena. Gohan, que estaba sentado en la mesa con Videl, intercambió una mirada con su esposa. Nadie dijo nada. Esa fue la regla no escrita de las primeras dos semanas: nadie decía nada. Goten entrenaba. Comía. Dormía. Se duchaba. Iba al templo. Volvía. Ayudaba a su madre con el huerto. Le sonreía a Pan cuando la pequeña llegaba de la escuela. Todo normal. Lo peor no era la tristeza. Goten conocía la tristeza. Era la nada. Se levantaba por la mañana y el primer pensamiento era Trunks. Pero no el Trunks real, con sus arranques de genio y su risa contagiosa. Era como una foto borrosa. Un eco. Algo que estuvo ahí pero ya no. Se miraba al espejo mientras se cepillaba los dientes y su cara le parecía la de otro. Se tocaba el pecho y sentía los latidos, pero lejanos, como si el corazón estuviera en otra habitación.***
—¿Estás bien, tío? —le preguntó Pan una tarde, mientras él cortaba leña en el jardín con un hacha que no necesitaba porque podía partir los troncos con un dedo. —Claro —dijo Goten, y sonrió—. ¿Por qué no habría de estarlo? Pan frunció el ceño. Tenía ocho años y ya era más lista que la mayoría de los adultos que conocía. —Porque hace como media hora que estás cortando el mismo tronco y no lo partiste —señaló la niña. Goten bajó la mirada. La hoja del hacha apuntaba hacia arriba. —Estoy distraído —dijo, y acomodó el hacha—. Cosas de adultos. Pan no pareció convencida, pero se encogió de hombros y se fue a jugar. Goten se quedó solo en el jardín, con el tronco intacto y el hacha en la mano.***
A la tercera semana, Goten descubrió que podía llorar sin ganas. No era como antes, cuando se largaba a llorar y después se sentía mejor. Ahora las lágrimas le aparecían en los momentos más absurdos. Y mientras las lágrimas rodaban por su cara, su expresión seguía siendo la misma. Neutral. Plana. Como si el cuerpo llorara solo y la mente no estuviera invitada a la fiesta. Una noche, Chi-Chi lo encontró en la cocina a las tres de la mañana. Goten estaba sentado en el suelo, con la puerta de la heladera abierta, mirando la luz blanca sin verla. —¿Qué hacés, hijo? —preguntó ella, con voz suave. —Nada —respondió Goten—. Buscando algo. —¿Y qué buscás? Goten tardó en responder. Tanto que Chi-Chi pensó que no iba a hacerlo. —No me acuerdo —dijo al final.***
Un sábado, Marron apareció en el templo. —¿Viste a Trunks? —preguntó, con esa naturalidad que solo tiene la gente que no sabe que está pisando una mina antipersonal. —Hace rato que no —respondió Goten, y su voz sonó tan normal que casi se creyó el papel. —Raro. Siempre están juntos —comentó Marron, y se sentó a su lado en las escaleras del templo—. ¿Pelearon? —No. Solo... cada uno está en lo suya. Marron lo miró. Goten sostuvo la mirada. Era extraño: podía mentirle a todo el mundo, pero Marron tenía los ojos de su madre, Android 18, y esa mirada traspasaba como un láser. —Estás raro —dijo ella al final. —Todos me dicen lo mismo —respondió Goten, con una sonrisa que no llegó a ningún lado. Marron se encogió de hombros y se fue. Goten se quedó en las escaleras, mirando el sol que se ponía, pensando en que el atardecer era igual de hermoso que antes y que él no sentía nada al verlo.***
A la cuarta semana, Goten dejó de esperar a que las cosas volvieran a la normalidad como dijo Trunks. Goten tenía claro que si quería que eso pasara él debía dar un paso, pero también pensaba que Trunks debía darlo. Entonces terminó haciendo nada.***
Gohan fue a visitarlo una semana después. Llevó a Pan y algo de cenar. Charlaron de tonterías. Vieron una película. Y cuando Pan se durmió en el sofá, Gohan se quedó mirando a su hermano menor con una expresión que Goten conocía bien. Era la cara que ponía Gohan antes de decir algo incómodo. —No estás bien —dijo Gohan, sin vueltas. —Estoy bien —respondió Goten, con el piloto automático puesto. —No, no lo estás. Y no te estoy preguntando si estás bien o mal con Trunks. Te estoy preguntando si estás bien contigo mismo. Goten abrió la boca para decir que sí. Para hacer la broma fácil. Para cambiar de tema. Pero las palabras no salieron. Porque Gohan había dado en el blanco. No se trataba de Trunks. Trunks era solo el síntoma. El problema era que Goten ya no sabía quién era sin la espera, sin la certeza de que eventualmente todo volvería a la normalidad. —No sé —dijo al final, y esa fue la primera palabra honesta en semanas—. No sé si estoy bien.