Capítulo 1
24 de mayo de 2026, 1:09
La beca era para Alfas. Eso estaba claro en la convocatoria. Pero el ITM no tenía becas para Omegas. Ninguna universidad de prestigio las tenía. Así que Peter tomó la decisión de mentir en su aplicación y usar su genio para mejorar la fórmula estándar de los supresores y eliminar todo rastro de sus feromonas. Después falsificó los documentos necesarios con cuidado y listo. Fue incluso nombrado como el mejor candidato de entre todos los "alfas" seleccionados.
Meses después Peter llegó al ITM. Cargando una mochila, una maleta, y dos cajas de suministro de supresores. Su habitación estaba en Halpern Hall. Tercer piso. Puerta 317; y era pequeña pero suficiente. Dos camas individuales separadas por una ventana. Y a la izquierda un baño. Ambas camas estaban vacías.
Peter eligió la de la izquierda. No por ninguna razón en particular. Solo porque tenía que elegir una. Desempacó en silencio. Colgó dos camisas en el armario. Dejó sus libros de bioquímica en el estante superior. Escondió los frascos de supresores en una bolsa negra dentro de una caja de zapatos vieja en el fondo del clóset, y se puso a descansar.
Su compañero no apareció hasta el atardecer.
Johnny Storm entró como si la habitación solo le perteneciera a él. Era rubio. Ojos azules. Mandíbula marcada. Con un aura que gritaba que era un Alfa en toda la extensión e implicaciones de la palabra. También llevaba una chaqueta de cuero que costaba más que todo lo que Peter tenía puesto, y dos maletas también de marca.
—Hola —dijo Johnny, dejando la maleta en la cama de la derecha—. ¿Tú eres mi compañero de cuarto?
—Sí. Mi nombre es Peter.
—Johnny. ¿Eres de ciencias?
—Bioquímica.
—Ah. Yo ingeniería. Supongo que vamos a estar en nuestros propios mundos.
Peter asintió. No supo qué más decir.
Johnny empezó a desempacar. Era desordenado. Sacaba cosas y las dejaba en montones. Una camisa aquí. Unos tenis allá. Un cargador de laptop que casi se cae al suelo.
Peter no podía quitarle la vista de encima.
A pesar de que los supresores bloqueaban su capacidad de oler feromonas, Peter podía percibir el aroma natural de Johnny. Un olor limpio a jabón de sándalo y algo más cálido, como madera al sol. Era agradable. Demasiado atractivo.
—¿Siempre eres tan callado? —preguntó Johnny sin mirarlo.
—Depende.
—¿Depende de qué?
—De si tengo algo que decir. —Peter no quiso confesar que, de hecho, cuando estaba nervioso no paraba de hablar; y ahora se estaba esforzando mucho por solo contestar con frases cortas porque no quería darle una mala impresión a su compañero.
Johnny soltó una risa corta. Por un segundo, Peter pensó que se llevaban bien. Luego Johnny dijo —tranquilo, no voy a juzgarte. Esto no es la escuela superior donde muy seguramente te hacían bullying.
No fue un insulto. Fue un chiste torpe. Johnny incluso sonrió mientras lo decía.
Peter entendió el chiste. Pero también entendió que Johnny había usado la palabra "seguramente". Así que Peter sonrió, no tan amigablemente y dijo —Tranquilo, no voy a hablarte fuera de la habitación para no arruinar tu reputación. Con esa chaqueta de marca se nota que necesitas aprobación social.
El silencio duró tres segundos. Johnny frunció el ceño. No entendió si era un chiste o un ataque. Peter tampoco lo sabía ya. La frase había salido más cortante de lo que quería.
—¿Qué? —dijo Johnny.
—Nada.
—No, explícame. ¿Tengo cara de necesitar aprobación social?
—Olvídalo.
—Hablaste. Ahora explícate.
Peter no podía explicar que la gente que le hacía bullying en su antigua escuela solía vestirse como Johnny y decirle que era un pobreton que no debía rondarlos porque arruinaba la vibra y su reputación.
—No quería decir nada malo —mintió Peter—. Fue un chiste.
—Chiste malo.
—Lo sé. Lo siento.
Johnny lo miró un momento. Luego volvió a desempacar. Más brusco ahora.
Peter quiso decir "en serio, lo siento". Quiso explicar que estaba nervioso, que no sabía cómo hablar con alguien como Johnny, que en realidad pensaba que la chaqueta le quedaba bien.
No dijo nada de eso. Mejor se puso sus audífonos y salió de la habitación para no sofocarse.
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Las primeras semanas fueron incómodas. Johnny y Peter no se insultaban. Simplemente no hablaban. Coincidían en la habitación para dormir y nada más. Johnny salía temprano. Peter estudiaba hasta tarde. Cuando se cruzaban en el baño, se apartaban como desconocidos en un ascensor.
El problema era que Peter no podía evitar mirar a Johnny. Su compañero era guapo. Eso era un hecho objetivo. Pero también era malhumorado por las mañanas. Se tomaba el café negro sin azúcar. Cantaba mal bajo la ducha. Tenía pesadillas algunas noches y se despertaba agitado sin hacer ruido. Y siempre, siempre olía bien.
Peter observaba todo desde su cama y se odiaba por observar. No solo por la obvia atracción, sino porque eso le permitió notar que Johnny también lo miraba.
Cuando Peter leía en el escritorio. Cuando caminaba hacia la ducha con la toalla al hombro. Cuando explicaba algo en voz alta para sí mismo mientras resolvía problemas de termodinámica. Johnny lo miraba. Luego apartaba la mirada y luego volvía a mirar.
Johnny no se lo decía, pero cuando intentaba percibir el aroma de Peter solo podía oler sus productos de limpieza. No captaba feromonas, no captaba nada más allá de jabón neutro y papel impreso. Era como vivir con una planta. No sabía por qué, pero eso lo irritaba.
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Parecía que esa sería su dinámica toda la vida hasta que una noche Johnny le preguntó a Peter. —¿Tú también te desvelas?
—A veces.
—¿Te molesta si pongo música bajito mientras diseño?
—Depende de la música.
Johnny puso jazz. Piano lento. Peter no dijo nada.
Trabajaron en silencio hasta la 1 AM, cada uno en su lado de la habitación, escuchando la misma música.
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Esa pequeña interacción pareció ser el momento que haría que todo mejorara entre ellos. Lamentablemente la siguiente semana tuvieron otro encontronazo.
Habían tenido su primer examen parcial. Peter sacó la calificación más alta de bioquímica. Johnny sacó la más alta de termodinámica. Se encontraron en la habitación esa tarde con los resultados en la mano.
—¿Cuánto sacaste? —preguntó Johnny, mostrando su examen sin esperar respuesta.
—Noventa y ocho.
—Yo noventa y cinco.
—Bien por ti.
—No es competencia.
—Nunca dije que lo fuera.
Johnny se recostó en su cama. Miró el techo. —Es raro, ¿no? Que estemos compartiendo esta caja de zapatos.
—La residencia es estándar.
—Lo sé. Solo digo. Podría haberme tocado alguien más común como yo, pero no.
Peter levantó la vista de su libro y vio que Johnny estaba sonriendo.
—¿Común cómo? —preguntó Peter, mitad ofendido, mitad curioso.
Johnny lo miró sorprendido al escuchar su tono. —¿Menos peculiar?
Peter no supo si Johnny se estaba burlando de él o no, pero aquello sin duda sonaba a burla.
—No tengo idea de qué pretendes insinuar —dijo Peter, y su voz sonó más fría de lo que quería.
—¿Qué? No insinúo nada.
—¿No me estás llamando raro? Que tenemos casi las mismas calificaciones pero tú eres normal y yo no.
Johnny frunció el ceño. Se incorporó. —Nunca dije eso.
—Claro.
—Solo dije que eras peculiar. ¿Qué tiene de malo decirlo?
—Suena a que te molesta. —Peter cerró su libro. No sabía pelear. Nunca había aprendido. Con May las discusiones terminaban en abrazos. Con los compañeros de la escuela terminaban en silencio. Con Johnny no sabía cómo terminaban.
—Mira —dijo Johnny, cansado—, no quiero pelear. Solo digo que es raro compartir espacio con alguien tan... intenso.
—Intenso.
—En el buen sentido.
—No existe el buen sentido para esa palabra.
Johnny suspiró. Se dejó caer en la cama.
—Sabes qué. Olvídalo.
—Con gusto.
Esa noche ninguno puso música, pero cuando fue obvio que cualquier intento de romper su dinámica actual fallaría, ninguno pidió cambio de habitación.
Peter lo justificó diciéndose que el papeleo era un lío, y que sus supresores estaban escondidos perfectamente en esa habitación y no podía arriesgarse a que alguien los encontrara en la mudanza. Además Johnny no sospechaba nada, no podía arriesgarse con un compañero más perspicaz.
La verdad era más simple. Le gustaba tener a Johnny cerca. Le gustaba su voz cuando hablaba solo. Le gustaba su olor a jabón de sándalo después de la ducha. Le gustaba cómo se reía cuando un diseño funcionaba.
Johnny tampoco pidió el cambio. Por su parte, él lo justificó diciendo que todos los otros compañeros potenciales eran peores, al menos Peter no robaba comida. Peter era la única persona que lo desafiaba. Que lo miraba a los ojos sin miedo. Que podía hablar de termodinámica un martes a la medianoche como si fuera una conversación cualquiera.
Además, Peter tenía los ojos más bonitos que Johnny había visto. Castaños. Claros. Con un brillo que aparecía cuando explicaba algo complicado. Lástima que fuera un alfa, aunque, el hecho de que no oliera a nada, que al principio le molestaba, ahora le gustaba.
Johnny pensaba en Peter más de lo que quería admitir.
Así que siguieron así durante los siguientes dos años. Compartiendo espacio. Insultándose sin querer y durmiendo a dos metros de distancia y soñando el uno con el otro.
Para el tercer año, ya no podían engañarse.
Peter sabía que estaba enamorado de Johnny. Lo supo la noche que Johnny llegó borracho de una fiesta y se durmió en su cama por error. Peter no lo movió. Pasó la noche en la silla del escritorio, mirándolo dormir. Y oliendo su aroma. No durmió en la cama de Johnny porque eso lo hubiera puesto en muchos problemas emocionales y físicos.
Peter se quedó callado y no confesó sus sentimientos por muchos motivos de los que dudó en un principio, pero cuando vio a Johnny salir de la habitación con una Omega de cabello largo, riendo, tuvo claro que tomó una buena decisión.
Su beca dependía de que nadie supiera que era Omega y no podía arruinar su carrera por un alfa atractivo que cada que podía lo insultaba y que llegaba con marcas en el cuello un día y al otro también.
Johnny también sabía que estaba enamorado de Peter. Lo supo una tarde de lluvia en que Peter se quedó dormido en su hombro mientras veían una película. En uno de esos raros momentos en los que habían logrado vivir en paz y sin insultarse. Johnny no se movió durante dos horas. Su corazón latía demasiado rápido.
Pero tampoco dijo nada porque, a pesar de que no era la primera vez que le gustaba un Alfa, y nunca había tenido problema con eso, Peter parecía no tener interés en los Alfas, tampoco en los Omegas para ser honesto.
O eso creyó hasta que vio a Peter hablando con un Alfa de ingeniería, riéndose de algo, usando frases largas y con unos ojos brillantes que jamás usaba para mirar a Johnny.
Ambos se amaban, pero ninguno decía nada.
Porque decir algo requería hablar. Y hablar siempre salía mal.