Capítulo 2
24 de mayo de 2026, 1:10
Ese viernes Johnny cumplía veinte años y sus amigos organizaron una gran fiesta en una fraternidad fuera del campus. Peter rechazó la invitación porque malinterpretó la actitud de Johnny. Al invitarlo, Johnny se había mostrado rígido por los nervios y su intento de sonrisa pareció una mueca; Peter pensó que lo hacía por compromiso y que esa sonrisa torcida era una burla disimulada. Así que decidió no ir.
Se sintió triste, pero se conformó con ver de reojo cómo Johnny se probaba ropa para la fiesta. La primera playera le quedaba muy ajustada, la segunda muy formal, y la tercera, una negra de manga larga que le marcaba los hombros, lo hacía ver perfecto.
—¿Cuál me queda mejor? —preguntó.
Peter, que estaba en su cama fingiendo que leía, no levantó la vista.
—No sé. Todas son iguales.
—No son iguales.
—Para mí sí.
Johnny se paró frente a Peter.
—Mírame.
Peter lo miró. Sus ojos recorrieron a Johnny de arriba abajo, rápido, como si quemara.
—Esa está bien —dijo, volviendo a su libro.
Johnny sonrió al notar que había puesto nervioso a Peter, pero no dijo nada porque sabía que arruinaría el momento si comentaba algo. Además, Johnny también sabía que objetivamente era atractivo y que cualquiera podía gustar de verlo, incluso Peter; pero que Peter, a diferencia del resto, por mucho que sintiera atracción por la envoltura, no gustaba del relleno. Esa certeza, que Johnny había construido a lo largo de tres años de rechazos silenciosos y miradas desviadas, se había vuelto un hueso duro de roer en su pecho.
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Los amigos de Johnny llegaron a las ocho. Bobby, Gwen y un par más de ingeniería tocaron la puerta y entraron sin esperar, y la habitación se llenó de ruido.
—¿Ya estás listo? —preguntó Bobby, mirando a Peter.
Peter cerró su libro.
—No dije que iba.
—Pero puedes venir. Es el cumpleaños de Johnny.
—No me gustan las fiestas.
—A Johnny le gustaría que fueras.
Johnny, que estaba atándose los zapatos, levantó la cabeza rápido.
—Yo no dije eso.
—No hace falta que lo digas —dijo Gwen.
—No me interesa si va o no —continuó Johnny, con voz más alta de lo necesario—. Que haga lo que quiera.
Bobby y Gwen intercambiaron una mirada.
—Puedo ir —dijo Peter, cerrando el libro, porque sintió algo que no pudo explicar, una punzada en el pecho que le decía que se arrepentiría si no iba—. Si sobra espacio.
—Siempre sobra espacio —respondió Bobby.
Johnny se puso de pie sin mirar a Peter.
—Como quieras. Pero si te aburres no digas que no te avisé.
—No te preocupes. No soy de los que se quejan.
Salieron los primeros, luego Johnny, y Peter cerró la puerta con llave y los siguió.
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La fraternidad quedaba a quince minutos caminando. Peter fue en silencio mientras Johnny iba adelante con sus amigos, riendo de algo. Cada cierto tiempo Johnny giraba la cabeza rápido, como para confirmar que Peter seguía allí. Peter lo notó y fingió que no, aunque cada vez que Johnny volvía la mirada al frente, Peter permitía que sus ojos se quedaran un segundo más en la espalda de Johnny.
Llegaron a una casa enorme con música alta, gente en la entrada y vasos rojos por todos lados. Johnny entró y desapareció entre saludos, así que Peter se quedó en la cocina, agarró un vaso con agua, se apoyó en la pared y observó, porque observar era más seguro que participar. Observar no implicaba riesgo, no implicaba exponerse, no implicaba que alguien pudiera descubrir que era un omega fingiendo ser alfa o que estaba enamorado de Johnny Storm.
Johnny estaba al otro lado de la sala rodeado de gente, riendo con la cabeza echada hacia atrás. Alguien le pasó un trago y lo aceptó. Su mirada se encontró con la de Peter, y Johnny levantó su vaso lleno de alcohol en señal de saludo. Peter levantó el suyo, que contenía agua. Johnny negó con la cabeza, señaló el vaso de Peter e hizo una mueca de "eso no vale". Peter se encogió de hombros, Johnny rió, y luego alguien le habló y desvió la mirada.
A Peter se le rompió algo dentro, como le pasaba cada vez que Johnny lo veía pero lo dejaba de ver porque aparecía algo más interesante. Tragó saliva y se obligó a mirar hacia otro lado.
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La noche avanzó. Peter se movió de la cocina al patio, del patio al segundo piso y del segundo piso al baño. Nunca se quedaba en un lugar por mucho tiempo porque nunca se sentía cómodo, así que todas las conversaciones que logró entablar terminaban rápido. En algún momento perdió de vista a Johnny, así que bajó las escaleras para buscarlo, no para hablar con él, sino para mirarlo como el patético enamorado que era.
La música sonaba más fuerte abajo. La gente bailaba, empujaba y gritaba. Peter llegó al pasillo que llevaba a la sala principal, donde la puerta del baño del fondo estaba cerrada, y se apoyó en la pared para relajarse un poco antes de seguir con la fiesta. Entonces escuchó voces en la habitación de al lado y reconoció la de Johnny, junto con las de Bobby y los otros.
—Está buena la fiesta —dijo alguien.
—Faltan más omegas —dijo otro.
—A Johnny no le importan los omegas —dijo Bobby, y se escucharon risas.
—Cállate —dijo Johnny.
—¿Qué? Es verdad. Te gusta Peter.
Peter contuvo la respiración. El corazón le latía con tanta fuerza que temió que pudieran escucharlo al otro lado de la pared.
—Claro que no —dijo Johnny, y su voz sonó casi asustada—. ¿De dónde sacan semejante idea?
—De las cosas que dijiste la semana pasada —dijo Gwen.
—Dije muchas cosas. Pero jamás que Peter me gustara. Dije que es insoportable. Se cree muy listo. Camina por el campus como si supiera algo que los demás no saben.
—Porque sí sabe —dijo Bobby.
—Ese es el problema —Johnny rió, pero no era una risa feliz—. Sabe, y lo sabe, y no necesita recordártelo porque se le nota en la cara.
—¿Y por eso te gusta su cara? —preguntó Gwen.
—No. Para nada. No me gusta.
Hubo una pausa. Entonces un chico que Peter no reconoció, alguien de ingeniería tal vez, dijo desde el fondo:
—Bueno, si a ti no te gusta, a mí sí. Pásame su número.
El silencio duró un segundo.
—¿Qué? —dijo Johnny, y su voz cambió por completo. Ya no era la risa burlona de antes. Ahora sonaba tensa.
—Que me interesa —dijo el chico.
—Pero es un Alfa —protestó Johnny.
—¿De verdad? Un Alfa, no lo parece. Pero igual, me gusta.
—Bueno, como sea, no creo que le intereses —respondió Johnny, rápido, cortante.
—¿Por qué no? No soy tan feo.
—No es por eso. Es que... —Johnny dudó. Peter lo escuchó respirar hondo—. Mira, te voy a hacer un favor. Peter es... complicado. Es insoportable de verdad. No solo de broma. Se la pasa estudiando todo el día, no sabe hablar con la gente, no sale, no tiene amigos. Y se cree mejor que todos. Créeme, no querrías salir con él. Es un dolor de cabeza. Y además, en serio, no es atractivo. No sé qué le ves.
—Pero...
—No te conviene —cortó Johnny—. De verdad. Te estoy haciendo un favor al decirte esto.
El chico se quedó callado. Alguien más cambió de tema. Las risas volvieron.
Peter se apartó de la pared. Su cara estaba fría. Sus manos temblaban. No porque Johnny hubiera dicho que no le gustaba —eso ya lo sabía—, sino porque lo había pintado como un monstruo porque pensaba que era tan malo que había que advertir a los demás.
Caminó hacia la salida sin mirar atrás.
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El aire de afuera era más fresco. Peter llegó a la entrada de la fraternidad y se quedó en el escalón de piedra, respirando hondo. No sabía por qué le dolía tanto. Ya sabía que Johnny pensaba que era un fastidio; se lo había dicho mil veces de otras formas: nerd, sabelotodo, insoportable.
Entonces escuchó su nombre.
—¿Peter?
Levantó la vista y vio a Johnny en la puerta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Johnny.
—Me voy.
—¿Por qué? Aún es muy temprano.
—Estoy cansado.
Peter empezó a caminar, pero Johnny le bloqueó el paso.
—Espera.
—Déjame pasar.
—¿Escuchaste algo?
—No —respondió Peter tan rápido que Johnny dudó que dijera la verdad—. Déjame pasar, Johnny.
Johnny no se movió. Bajó su vaso, lo dejó en una maceta al lado de la puerta y dijo:
—Mira, te vi mientras te ibas. Si escuchaste algo, no fue en serio.
La voz de Johnny aún no se escuchaba afectada por el alcohol, pero era claro que ya estaba más borracho que lúcido por el olor de su aliento.
—No escuché nada.
—Somos idiotas cuando bebemos.
—Eres idiota cuando estás sobrio también.
Johnny esbozó una sonrisa torcida.
—Eso sí. Pero quiero explicarme.
Peter levantó la mano para interrumpirlo.
—Escuché que le dijiste a alguien que no le pasaras mi número porque soy un insoportable.
Johnny abrió la boca y la cerró.
—Eso... no fue así.
—¿Cómo fue entonces? Porque yo lo escuché muy claro.
—Ese chico, el que pidió tu número, es mala persona. Créeme. No te conviene.
—¿Mala persona? ¿En qué te basas?
—Lo conozco. Sale con muchas personas y las trata mal. No quieres estar cerca de alguien así.
—¿Y por qué no le dijiste eso? Si el problema es él, ¿por qué hablaste mal de mí?
Johnny vaciló.
—Porque si no, no iba a dejar de insistir. Es testarudo. Necesitaba que entendiera que no...
—¿Que no valgo la pena y soy tan horrible que ni siquiera tú me soportas?
—No pienso eso. Tú eres... eres difícil, sí. Pero... mira —dijo después de un rato—. No sé explicarme bien.
—Ya lo noté.
Se miraron. La música sonaba adentro y afuera solo estaba el ruido de los grillos. Entonces la puerta de la fraternidad se abrió de golpe. Era Bobby con una bandeja llena de tragos.
—Para los cumpleañeros —dijo, dejando dos vasos en el banco, uno para Peter y otro para Johnny.
—No soy el cumpleañero —dijo Peter. No sabía si se sentía feliz o no de que Bobby hubiera llegado a interrumpir su terrible conversación.
—Toma igual. Brindis.
Johnny aceptó el suyo y lo olfateó.
—Huele a frutas. ¿Qué es?
—Es un licor para relajarse.
Johnny bebió e hizo una mueca, realmente no preocupado por saber qué bebía porque su sistema ya estaba lleno de tantas cosas que a esas alturas daba lo mismo.
—Está fuerte.
Peter miró su vaso. El líquido era oscuro y no olía a frutas, sino a algo metálico. No tenía idea de dónde sacaba Johnny que la bebida olía dulce. No quería tomar, pero Johnny ya casi se había acabado el suyo y Bobby sonreía, y Peter llevaba tres años queriendo encajar en el mundo de Johnny. Así que bebió. El sabor era raro, amargo.
—Ahora entren. Adentro sigue la fiesta —dijo Bobby, y volvió a entrar.
—¿Vienes? —preguntó Johnny, empezando a caminar de vuelta a la casa.
—Sí —dijo Peter, dándose cuenta de que era un idiota. Johnny solo le había dado una disculpa a medias que realmente no borraba el hecho de que pensaba que Peter era insoportable, pero él la aceptaba. Como siempre.
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Pero mientras caminaba se dio cuenta de que algo no estaba bien. Sintió un calor subiéndole desde el estómago, expandiéndose al pecho y al vientre. Era una sensación conocida, pero no podía identificarla al principio. Entró con Johnny a la fiesta y, conforme pasaron los minutos, empezó a sentirse cada vez más extraño. La música le parecía más fuerte, las luces más brillantes, la piel más sensible.
Vio que Bobby tenía otra charola con más vasos e iba repartiendo las bebidas entre todos, pero cuando una chica omega extendió la mano para agarrar uno, él le dijo con urgencia que no lo tomara.
—No, lo siento. Esto es solo para los alfas. A un omega no le caería nada bien.
Entonces Peter por fin reconoció la sensación: era el inicio de un celo, y cayó en cuenta de lo que pasaba.
El licor que Bobby les había dado era una infusión que a los alfas les olía a frutas y, al consumirlo, sentían un subidón como si hubieran sido expuestos a las feromonas de su omega favorito. No era el tipo de droga que generaba excitación sexual, sino felicidad extrema y luego calma. Como dijo Bobby, ayudaba a relajar a cualquier alfa, lo hacía olvidar sus problemas y simplemente vivir el momento. Nada nocivo para un alfa, a menos que se consumiera en exceso. Pero para un omega, era un inductor de celo.
Claro, cuando Bobby se lo dio no pensó que Peter fuera un omega, porque para él y para todos Peter era un alfa.
Peter entró en pánico. Su sangre se heló a pesar del calor que le abrasaba por dentro. Sabía que sus supresores, aunque los había tomado apenas hacía un par de horas, no resistirían los efectos del licor. Apoyó una mano en la pared porque el mundo se movía, su piel ardía y las feromonas que había contenido por tres años pronto empezarían a filtrarse por sus poros.
Salió corriendo sin que nadie lo viera, casi tropezando en las escaleras, con la única idea de encerrarse antes de que fuera demasiado tarde.
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Peter llegó a Halpern Hall en doce minutos, aunque el recorrido le pareció una eternidad. Subió las escaleras de tres en tres con las piernas temblorosas, abrió la puerta de su habitación y se lanzó al clóset. Sus manos temblaban mientras sacaba la caja de zapatos del fondo, los frascos, y tragaba un supresor de emergencia. Doble dosis.
Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la cama. La temperatura del piso contrastaba con el fuego que le ardía por dentro, pero no era suficiente. Cerró los ojos y respiró hondo, concentrándose en la sensación del frío contra su piel. Esperó. El calor no bajaba. Tragó otro supresor, aunque sabía que no debería. El calor subía.
Cerró los ojos y rezó. No sabía a quién. A May, tal vez. A alguien que pudiera escucharlo.
—Por favor —susurró—. Por favor, no ahora.
Peter apoyó la frente contra la cama y respiró una vez, otra vez, tratando de controlar el latido acelerado de su corazón. El supresor tardaba en hacer efecto. Demasiado. Se obligó a levantarse, caminó al baño, cerró la puerta y abrió la llave de la ducha. El agua helada le golpeó la cara como una cachetada.
Se quitó la ropa con movimientos torpes y se metió debajo del chorro. El frío le cortó la respiración y le nubló la vista por un instante, pero las feromonas seguían filtrándose a través de sus poros. El olor llenaba el pequeño baño: dulce, cálido, desesperado. Un olor que cualquier Alfa reconocería y que delataría todo por lo que había trabajado durante tres años.
Afortunadamente todas las habitaciones eran a prueba de filtraciones de olores y ruido moderado. Pero, aún así, necesitaba deshacerse de su celo antes de que Johnny decidiera terminar con la fiesta. Con suerte, aún faltaban varias horas. Johnny era "de carrera larga".
Peter apoyó las manos en la pared de azulejos y contó hasta cien, luego hasta doscientos. El agua le helaba la piel, pero el calor en su interior no cedía. Las náuseas le subieron por la garganta, mezcla del pánico y del inductor.
Salió de la ducha, se secó rápido con la toalla más cercana y se puso los pantalones del pijama y una camiseta. La tela le rozaba la piel hipersensible y cada contacto le enviaba descargas eléctricas por la columna. Salió del baño con pasos inseguros.
La habitación estaba vacía.
Bien. Johnny seguía en la fiesta. Peter tenía tiempo. Podía tomar otro supresor cuando pasara la hora. Podía dormir esto. Podía arreglarlo. Se sentó en el borde de su cama y se obligó a pensar con claridad. Los supresores iban a hacer efecto. Siempre lo hacían. Solo necesitaba aguantar un poco más.
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Johnny llegó media hora después, tambaleándose por el pasillo.
No sabía bien cómo había vuelto a la residencia. Recordaba haber buscado a Peter entre la multitud y haber preguntado a medio mundo si lo habían visto; haber bebido otro trago para calmar la ansiedad que le carcomía el pecho, y uno más para dejar de pensar. Le atormentaba que Peter estuviera otra vez enfadado con él. Lo que parecía ser un pequeño paso hacia adelante —cuando Peter aceptó acompañarlos a la fiesta— en realidad había terminado siendo un gran paso hacia atrás. Y todo por culpa de él.
La puerta de la habitación estaba cerrada, con llave. Johnny entró con dificultad producto de sus reflejos nublados por el alcohol y el licor de Bobby que aún le zumbaba en la sangre, nublándole el juicio y avivándole un deseo difuso. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz del baño que filtraba una línea tenue bajo la puerta.
—¿Peter? —llamó con voz pastosa.
Nadie respondió, pero Johnny olió algo. Un aroma que no reconocía, dulce y denso, que flotaba en el aire como una niebla y se le metía en la nariz haciéndole perder el hilo de sus pensamientos. Se quedó quieto un momento, tratando de ubicarlo, y entonces notó la respiración agitada que venía desde la cama de Peter.
Se acercó. La figura encorvada en el borde del colchón temblaba. Johnny se arrodilló frente a él sin pensarlo, movido por un impulso que no podía nombrar pero que llevaba años sintiendo.
—¿Estás bien? —preguntó, y su propia voz le sonó lejana, como si no fuera él quien hablaba.
Peter levantó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos. Sus pupilas estaban dilatadas y su mirada perdida, como si estuviera peleando contra algo mucho más grande que él.
Johnny sintió un vuelco en el pecho. Nunca había visto a Peter así. Vulnerable. Roto. Y por alguna razón que no podía explicar, eso lo atraía con una fuerza que lo asustaba.
—Hueles diferente —murmuró Johnny, y su voz salió más ronca de lo que quería. Se inclinó sin querer, buscando ese aroma que se le metía en la nariz y le nublaba el juicio.
Peter negó con la cabeza, pero no se apartó. Sus dedos se aferraron a las sábanas con fuerza, como si temiera soltarse y caer.
—Johnny —dijo, y su nombre sonó como una súplica.
—¿Qué te pasa? —Johnny preguntó, pero en el fondo lo sabía. Algo en el aire, en la forma en que Peter temblaba, en la forma en que lo miraba, le decía lo que necesitaba saber. Las siguientes palabras salieron solas, arrastradas por el alcohol y por algo más, algo que había estado guardando por tres años y que ya no podía contener—. Hueles muy bien...
—Te necesito… pero…
—Está bien —dijo Johnny, y su voz sonó segura aunque por dentro se estuviera desmoronando. Se acercó, destapó a Peter y se subió a la cama a su lado. El aroma se intensificó y él cerró los ojos un momento, dejándose llevar—. Peter, aquí estoy.
Peter soltó un sollozo ahogado, y Johnny sintió cómo ese sonido le desgarraba el pecho. Lo abrazó para tranquilizarlo, apretándolo contra su pecho, sintiendo cómo el cuerpo de Peter vibraba contra el suyo. Quiso decir todo lo que sentía. Quiso explicarse. Quiso disculparse por todas las veces que lo había insultado, que había sido un error, por todas las veces que había fingido que no le importaba. Quiso decirle que lo amaba desde el primer día, que era hermoso, que lo único que había hecho durante tres años era pensar en él.
Pero las palabras no le salían. Nunca le salían.
Y entonces, antes de que pudiera articular nada, Peter lo agarró por la camisa y lo acercó con una fuerza que Johnny no sabía que tenía.
—Bésame —susurró Peter.
Johnny no lo pensó más. Cerró la distancia que los separaba y lo besó. Los labios de Peter estaban calientes, temblorosos, y sabían a desesperación y a años de espera y a todo lo que Johnny había soñado en las noches que se quedaba despierto escuchándolo respirar. Johnny apoyó una mano en su nuca y profundizó el beso, sintiendo cómo Peter se derretía contra él, cómo sus cuerpos se encontraban por fin después de tanto tiempo.
Peter respondió con una intensidad que lo tomó por sorpresa. Sus dedos se enredaron en el cabello de Johnny, sus piernas se abrieron para recibirlo, y Johnny supo que no había vuelta atrás. No quería volver atrás.
—Por fin —suspiró Johnny contra sus labios. Su cuerpo ya estaba más allá de la razón, a duras penas podía ver con claridad, pero no le importaba. Tenía a Peter entre sus brazos. Eso era suficiente.
—Por fin —repitió Peter, y la palabra sonó como un alivio y como un destino, como la última pieza de un rompecabezas que llevaba años tratando de armar.
Cuando Johnny le arrebató la ropa a Peter se quedó mirándolo, embobado, recorriendo con la mirada cada centímetro de piel que había imaginado tantas veces. Y lo mismo ocurrió con Peter cuando Johnny se quitó su propia ropa. Se miraron como si se estuvieran viendo por primera vez, y en cierto modo era verdad.
El resto fue piel, fue calor, fue el encuentro de dos personas que se habían amado en silencio durante tanto tiempo que ya no sabían vivir de otra manera. Johnny dejó que sus manos exploraran cada centímetro de Peter, que su nariz se enterrara en su cuello para aspirar ese aroma que ahora entendía que siempre había estado ahí, cubierto por los supresores. Y Peter se dejó hacer, se entregó sin reservas, porque el celo le quitaba el miedo y porque amaba a Johnny desde antes de saber lo que era amar.
Cuando terminaron, quedaron enredados en las sábanas, respirando el mismo aire caliente. Johnny tenía un brazo envuelto alrededor de la cintura de Peter y la cara enterrada en su hombro. No quería moverse. No quería que ese momento terminara. Por primera vez en tres años, se sentía completo.
Pero el sueño del alcohol lo fue arrastrando, pesado e inevitable, y antes de perder la conciencia, depositó un último beso en el cuello de Peter y murmuró algo que ni siquiera él mismo pudo entender.
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Peter no durmió.
Durante los primeros minutos, se quedó inmóvil, sintiendo el peso del cuerpo de Johnny contra el suyo, escuchando su respiración volviéndose más lenta. El calor del celo todavía le zumbaba bajo la piel, pero ya no era la fiebre devoradora de antes. Ahora era una brasa cansada, y en sus bordes empezaba a filtrarse el frío.
Los supresores están haciendo efecto, pensó. Demasiado pronto.
Quiso aferrarse a la calidez del momento. Quiso creer que el «por fin» de Johnny había sido real, que sus manos temblorosas al acariciarle la espalda no habían mentido. Pero el miedo tiene una forma de colarse por las grietas de la felicidad, y Peter llevaba tres años construyendo grietas.
Recordó las palabras en la fiesta. No es atractivo. Es insoportable. Créeme, no querrías salir con él.
Las escuchó otra vez, con la claridad cruel que da el silencio de la madrugada.
Johnny no lo amaba. Johnny estaba borracho. Johnny estaba drogado con ese licor que Bobby les había dado. Y Peter… Peter había estado en celo, y su cuerpo había pedido lo que su corazón anhelaba desde siempre, pero eso no significaba que Johnny hubiera querido lo mismo.
Significa que se acostó conmigo por lástima, o por confusión, y mañana se despertará y sentirá asco.
Peter tragó saliva. Su garganta ardía. Así que hizo lo que mejor sabía hacer: huyó.