Apocalipsis: Nefilinos

Mezcla
R
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2
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planificada Maxi, escritos 110 páginas, 46.461 palabras, 8 capítulos
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Sin rumbo

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3

Sin rumbo

El primero en despertar fue Merten. Escuchó sonidos en el exterior, así que se levantó y se acercó a la ventana. Se escondió debajo del marco y espió cuidadosamente. Un grupo de personas se acercaba. Iban vestidos con togas negras y largas, los rostros cubiertos por capuchas extensas, con unos bastones alargados y joyas resplandecientes en tonos rojos. —Es la única salvación —dijo uno de estos. —Ha llegado el momento de asesinar a los altos mandos y revelar la verdad ante la humanidad. Nuestros antepasados lo advirtieron, desde que hicieron las cruzadas miles de años atrás —agregó otro. Cuando los encapuchados caminaron cerca del edificio, Merten pudo ver con más claridad el símbolo de sus collares. Se trataba de una estrella de cinco picos con la cara de una cabra inusual de cuernos y cinco runas en cada esquina. Los sujetos siguieron el curso, discutiendo sobre los planes para acabar con los líderes de las religiones viejas, pero el chico no le dio importancia al resto. Regresó a la esquina donde había descansado junto a Xenia, se sentó y aguardó. Luego, dirigió el interés a Liam, quien seguía dormido. —Es una estupidez —susurró, con el palpitar del corazón a mil por hora, como una reacción ante el sentimiento de contrariedad y desesperación. A diferencia de Xenia, él no tenía fe en nada. En nadie. Aprendió a sobrevivir desde muy corta edad, cuando sus padres murieron en el ataque a su pueblo doce años atrás. Su padre le enseñó a utilizar armas de caza ordinarias, como los rifles de pólvora, arcos y ballestas. El problema radicaba en que cada vez más era difícil conseguir armas de fuego, principalmente porque había escasez de municiones, pues los Líderes, quienes guiaban a los sobrevivientes, tomaban todo a su disposición para protegerlos con ayuda de las milicias civiles. Por eso, Merten prefería un arco. No obstante, no tenía uno en esos momentos. Conocía otras técnicas para cazar, como las trampas, pero no podía defenderse de los monstruos con ellas. Los monstruos eran mucho más inteligentes que los animales comunes. Eran cazadores habilidosos, crueles y destructivos. Sin embargo, parecían carecer del sentido de supervivencia que cualquier otro ser vivo tenía. Incluso los leones, cuando estaban en peligro, huían. Pero esos engendros no; eran una amenaza sin precedente. —Excepto para ti —musitó, sin dejar de mirar a Liam. No comprendía cómo Xenia podía creer que existía un dios que los protegería a base de plegarias. El mundo en el que vivían era horrendo. No había cabida para los dioses, mucho menos para los misericordiosos. ¿Dónde estaba aquél gran “padre” que las religiones mencionaban? ¿Por qué había abandonado a sus supuestos “hijos” ante los monstruos y el resto de los enemigos que asechaban al planeta? —Porque no existe. No existe. Es una maldita invención estúpida que utilizaron en el pasado y que todavía usan para mantener el orden —repitió, como un consuelo—. Mis huevos —agregó en un susurro severo la última frase. Cerró los ojos e impidió a las lágrimas salir. Una parte muy profunda de su ser deseaba que las cosas cambiasen, que la vida mejorase. Y lo odiaba.

***

Liam abrió los ojos y miró los alrededores. En el rincón del extremo derecho estaban Merten y Xenia acurrucados. Hacía un poco de frío, así que le pareció normal. Se puso de pie y salió del edificio. Se acercó al lago y buscó un punto lejano para esconderse. Retiró la gabardina destrozada, la playera y el vendaje de su pecho. Se inclinó en la orilla y lavó las heridas con el agua. El viento le causaba un estremecimiento, pero no se detuvo. Se cubrió el torso con las ropas viejas, se levantó y caminó por unos minutos. Entró a una de las tiendas en ruinas y buscó en los estantes prendas en buen estado. Encontró unas de su agrado, se miró en un espejo roto y respiró hondamente. Detestaba su cuerpo por muchas razones, pero más porque lucía pequeño, frágil, femenino, y esto último le molestaba mucho. Toda la estructura arcaica que existía en la mayoría de las civilizaciones tenía algo en común: la figura masculina era alabada como la grandeza máxima, mientras que la femenina solamente era vista como algo relacionado con la familia obligatoria, la bondad, el amor, la belleza y la visualización de un objeto sexual. Agachó el rostro y recordó las palabras pronunciadas por su guardián el día en que decidió ocultar su identidad. Aunque Isaiah procuró su bienestar y le enseñó todo lo que sabía, cuestionó su decisión. Sollozó en silencio y se odió más. —Eres hermosa, ¿por qué cortas tu cabello? —dijo Isaiah, desde su posición junto a la puerta de la habitación. Parecía un espectro que vagaba entre la realidad y las memorias de Liam. No respondió. —Entiendo que deseas ocultarte, pero… —Fue interrumpido. —No te incumbe por qué lo hago —respondió duramente y terminó de cortarse todo el cabello con una navaja afilada. Se lavó el rostro con el agua de un cazo frente al espejo y observó su reflejo. Regresó a la realidad, frente al espejo roto del comercio en ruinas. Se limpió las lágrimas y rehizo el vendaje para tapar sus pechos pequeños. Se puso una playera oscura y una gabardina roja y larga. Se acomodó las botas y los pantalones para después quedarse estático. Nuevamente, viajó por otro recuerdo, uno donde discutió con Isaiah respecto al trono de su padre. —Todavía lo esperan. Los Grandes Arcángeles creen que él regresará —explicó el guardián, con el mismo tono calmo que solía emplear—. Pero se han enterado de que tú y tus hermanos nacieron hace tiempo. —Supongo que se opondrán si uno de nosotros reclama su trono —opinó, denotando irritación. —Lo harán, sí. Pero no por lo que crees. Los ángeles son criaturas erráticas, con percepciones muy antiguas, creencias que han perdido validez desde que el Creador decidió ausentarse. Esa memoria cesó y luego recordó el día en que su padre lo abandonó. —Mencionó algo de Él… —susurró, pensativo. —¡Liam! —La voz de Xenia interrumpió su análisis. Terminó de acomodarse las prendas y salió. Dio unos pasos y se encontró con Merten. —¿Dónde carajos te habías metido? —preguntó este último y se cruzó de brazos, para reprocharle. —Cambié la ropa —dijo con sequedad. —¿Y tus heridas? —¡Aquí estás! ¿Cómo te sientes? —Xenia interrumpió a los chicos y se quedó junto a Merten. Miró a Liam, como si le ofreciera consuelo. —Estoy bien. Las heridas cerraron. Si desean irse, pueden hacerlo. El camino hacia el pueblo del sur está libre. Es poco probable que los… —hizo una breve pausa y evitó sus miradas— que los monstruos—pronunció cuidadosamente— los ataquen. Ninhussay custodiaba esta zona, así que ya no es segura para ellos. —¿Segura para ellos? ¡Joder, cabrón! —Merten recriminó un poco. Entonces, se le acercó y tocó su hombro, para luego sonreírle amigablemente—. Escucha, sabemos que todavía no estás en óptimas condiciones. Has peleado con dos cosas horrendas en menos de una semana, ¿no? Anda, vamos a comer algo. —Liam, ¿podrías acompañarnos? Aunque digas que el camino es seguro, nosotros no sabes si… —Xenia detuvo la frase, al verlo asentir. Sin decir más, se adentraron de vuelta al restaurante en ruinas. Merten abrió latas de sardina que encontró todavía en buen estado en el área de almacén y sirvió el desayuno. Xenia acomodó unas sillas alrededor de una mesa y limpió un poco el sitio. Liam, por su cuenta, aguardó. Cuando los tres se sentaron, Merten reinició la conversación. —No te molestaremos más, pero queremos hacerte unas preguntas antes de separarnos. —¿Sobre los monstruos? —respondió Liam. —Sí, sobre esas cosas —confirmó Xenia con un tono decadente. —Bien, no sirve de nada que oculte información que muchos de los humanos ya sospechan. Hace mucho tiempo, quizá casi mil años terrestres, hubo un conflicto que no estaba estipulado en la historia de la Creación —reveló y comió un bocado de la sardina—. Alguien inició un plan para destronar a los dos reyes más poderosos de todo el universo y mofarse del orden. Alguien que deseaba traer de vuelta a una raza que el Creador no concibió. —¿De qué mierda estás hablando? —interrumpió Merten, con los ojos abiertos de par en par. —Los ángeles sospechaban de los demonios, por eso actuaron irracionalmente para aniquilarlos a toda costa. Rompieron el Séptimo Sello, el que evitaría que los cuatro Jinetes que trabajaban para el Consejo Supremo no despertasen. —¡Espera un maldito momento! ¡¿Estás diciendo que los ángeles y demonios existen?! —insistió, desesperado—. ¡Te preguntamos por los monstruos! —Aquellos que ustedes llaman monstruosson demonios de la categoría cinco. —¿Cinco? —dudó Xenia también sorprendida. —Sí. Los demonios, como los ángeles, se clasifican en categorías. Sus gobiernos teocráticos los obligan a crear dichas clasificaciones para mantener milicias poderosas y obedientes, ya que deben estar listos para el momento en que la guerra explote. Aunque dicha guerra, el Apocalipsis, ya ocurrió. El problema es que fue aquí en la Tierra. Los otros dos se miraron entre sí. Las anécdotas que se contaban eran extrañas, sobre la aparición de seres monstruosos y otros alados, sobre un combate irracional que destruyó a las grandes naciones. Ni las bombas nucleares u otro tipo de armas fueron capaces de detenerlos. Se hablaba de seres grotescos y enormes. Unos más como rocas, con rostros demoniacos y, claro, otros que Liam llamaba Abominaciones o Terrores del Abismo. Sin embargo, no había nada concreto. Los pocos sobrevivientes habían decidido ocultarse, intentando olvidar el suceso trágico, con la esperanza de que algún día la sociedad renacería de las cenizas. Pero los monstruosseguían apareciendo y destrozando los poblados. La humanidad se había reducido a menos de un uno por ciento. Los únicos continentes habitables apenas tenían de seis a diez pueblos con menos de trescientas personas. —Entonces, ¿hubo una guerra que dejó a nuestro planeta así? —Merten se atrevió a decir. —Sí. Desconozco quién fue el culpable, pero hubo muchos conflictos que precedieron la guerra entre ángeles y demonios —corroboró Liam—. Los demonios que se quedaron aquí son centinelas que ayudan a los Terrores a mantener su territorio porque alguien del Infierno hizo un pacto, o usó algún tipo de magia arcana para someterlos. —¿Y existe el cielo y el infierno? ¿Justo como dicen las religiones? —comentó Xenia con el rostro apagado. —Existen, pero no sé de qué manera es que los humanos los conciben. Ambos reinos son accesibles a través de portales dimensionales que hay aquí. Se supone que cuatro puertas están en la Tierra, pero sólo se han utilizado las dos que guían a esos mundos. —Tú estás buscando a esos Terrores… ¿por qué? —Continuó la chica. —Porque tienen Las Llaves del Cielo y el Infierno. —No eres humano —opinó Merten. —No, no lo soy. Puedo lucir como uno, porque es parte de mis habilidades, pero no lo soy. Si lo fuera, no podría enfrentar a los Terrores. —¿Qué eres? —Yo… —titubeó y agachó el rostro. —¿Liam? Supongo que es algo que prefieres ocultar, ¿verdad? —Xenia notó el cambio y le ofreció una mueca dulce. —Sí. Adopté la apariencia humana porque mi padre me lo sugirió —afirmó y la miró, agradecido por su comprensión—. Es la única manera de mantenerme a salvo de sus enemigos. —Jamás creí que lo que decían los locos religiosos fuese verdad —externó Merten y se puso de pie. Dio unos pasos de aquí hacia allá y se detuvo frente a la ventana—. Por cierto, en la mañana, vi a un grupo de personas encapuchadas. Iban rumbo al sur, hacia la vieja capital. Dijeron algo extraño sobre asesinar a los altos mandos. —¿Los altos mandos? —preguntó Xenia, inquieta. —Traían joyas que brillaban en el centro. Una estrella con la cabeza de una cabra o algo parecido. —¿Una estrella? ¿Tienes una pluma? —Liam se dirigió a Xenia y ella le ofreció un lápiz y un papel. Dibujó rápidamente, se puso de pie y le mostró el boceto al otro chico—. ¿Era este símbolo? —Sí, ese. ¿Qué es? —confirmó Merten, asustado. —Es la insignia de una deidad antiquísima. Supongo que los humanos están planeando algo. Hubo un silencio pesado. Liam detectó una desolación en los rostros de ellos y se sintió culpable. Sin importar que necesitaba humanos para el sacrificio, la realidad era otra. No deseaba hacerles daño, aunque tampoco estaba seguro de crear una alianza con ellos. Los consideraba débiles, carentes de conocimiento y vacíos de virtudes. No obstante, reconocía que esos dos le habían ayudado varias veces y que lo procuraban. No entendía el porqué, pero creía que era por el hecho de que podía protegerlos. —Los dejaré en la capital, si lo desean. Después de llegar allá, seguiré buscando a los Terrores que tienen La Llave del Cielo —habló seriamente y puso el papel sobre la mesa—. Si se quedan en la capital, estarán a salvo. —Gracias. —Fue lo único que Xenia pudo decir. Durante el trayecto, no dijeron nada. Xenia y Merten todavía procesaban la información que Liam había revelado. Era increíble creer que una guerra se desató entre aquellos seres que se creyeron como parte de una mitología y ficción religiosa. Era imposible comprender por qué había ocurrido en la Tierra. Parecía un mal chiste, como si realmente los libros “sagrados” hubiesen contenido la respuesta correcta. Las profecías del fin de los tiempos cobraban sentido, pero de una forma muy inusual. Llegaron a la aldea renovada y que, alguna vez, fue la capital de esa nación. Los edificios principales estaban casi todos restaurados, con algunas torres de construcción como indicadores de que aún faltaban detalles. La arquitectura era bellísima, alta y barroca, con símbolos de cruces representativas de la religión más significativa del sitio. Se acercaron a una zona de mercados callejeros y compraron víveres. —Hoy por la tarde, Su Santidad dará un discurso junto al Líder —dijo una de las mujeres que compraba. —Presentarán a la nueva milicia. Nuestras investigaciones han dado frutos, pues dicen que han creado armas capaces de aniquilar a los monstruos —agregó el mercader. —Ya era hora. Es necesario mantener el orden. Dios nos castigó por todos los pecados de aquellos que no quisieron entender —enunció la mujer con una voz indignada—. Por eso, el mundo está así. —Tal vez, Su Santidad pueda ayudarnos a restaurarlo todo. Los chicos terminaron la compra y caminaron hasta una plaza cercana. Se sentaron en una de las bancas más alejadas de la multitud y aguardaron en silencio. A diferencia de los poblados pequeños, la capital tenía más vida. Los comercios estaban distribuidos en varias zonas y la gente lucía más tranquila. —Supongo que esta es la despedida —Merten habló con timidez. Miró a Liam y esperó una respuesta, pero no llegó. —Aquí estaremos más seguros. Dijeron que la iglesia y el Líder tienen armas para enfrentar a los demonios —opinó Xenia, sintiéndose extraña y decepcionada, aunque no comprendía la causa. Liam se puso de pie y movió la mano como un adiós. —Cuídense —dijo, sin mostrar emoción alguna. Dio la media vuelta y se marchó sin más. Xenia y Merten se quedaron pasmados, incapaces de comprender qué debían hacer o decir. Sus vidas estaban a punto de cambiar; lo creían así. Finalmente, podrían vivir en la vieja capital. Quizás, encontrarían la esperanza de un mejor futuro. Pero no pudieron evitar sentirse fuera de lugar. Una muchedumbre los sorprendió. La gente se dirigía hacia la plaza principal, donde estaba la antigua basílica más importante. Los chicos se levantaron y anduvieron como el resto. Llegaron frente al edificio hermoso de pilares frontales y un domo superior que acrecentaba la belleza de la estructura. Un anciano, vestido con una túnica blanca y accesorios bañados en oro, salió del edificio y saludó con un ademán. Junto a él, había una escolta de trajeados con armas de fuego a la vista. La gente comenzó a aplaudir y a ovacionarlo. Algunos se arrodillaban, con las manos juntas en forma de plegaria. Muchos suplicaban que los bendijera con sus oraciones. Otros iniciaron un rezo en conjunto, lleno de alabanzas dirigidas a su deidad y al hombre. Sólo una minoría se mantuvo apática y expectante. —Hoy es un día muy importante para nuestra civilización. Dios nos ha demostrado que su misericordia es infinita —el jefe de los creyentes inició el discurso—, que nos ha perdonado por nuestros pecados. Pero no desea que sigamos cometiendo los mismos errores. Las guerras, el poder político, la avaricia de los más ricos, la depravación de los degenerados, todos ellos fueron culpables de lo que ocurrió hace casi mil años… El sermón continuó, pero Merten tocó la mano de Xenia y llamó su atención. Señaló cautelosamente hacia los costados, en las azoteas, donde había personas encapuchadas en tonos oscuros. La chica observó, curiosa. —¿Quiénes son? —susurró cerca del oído de su amigo. —No lo sé. Pero tienen la misma estrella que vi en los otros —respondió Merten, también en voz baja. —¿La que Liam dibujó? —Sí. Un estruendo interrumpió la interacción. La gente comenzó a gritar y el caos se desató en cuestionó de segundos. El líder de los religiosos estaba tirado en el suelo, con la sotana blanca empapada en sangre. Los centinelas disparaban en dirección a los edificios de las esquinas, mientras que otro grupo armado salía de la basílica. Merten condujo a Xenia por un callejón, para ocultarse detrás de unas cajas apiladas. Miraron la escena y descubrieron a una agrupación extra de atacantes, todos vestidos de negro, encapuchados, con espadas, dagas y otras armas blancas. Asesinaban a los religiosos y a cualquiera que se atreviera a ponerse en su camino. Cuando el enfrentamiento terminó, uno de los encapuchados levantó al líder moribundo y lo arrodilló frente a los sobrevivientes. —Es hora de que la verdad se sepa. Ha llegado el momento de que la humanidad tome las riendas de su propio destino y que deje de esperar a un dios rancio que ha permitido el genocidio sin explicación alguna —dijo el encapuchado y estrujó al anciano del cabello—. Todas las religiones de mierda nos han mentido. ¡Nos han mentido! —reiteró molesto—. Supuestos demonios y ángeles cayeron del cielo para asesinarnos. Dios abandonó a la humanidad milenios atrás, desde mucho antes de que los romanos conquistaran el mundo. La gente escuchó atenta, confundida y con los rostros cargados de miedo. Xenia y Merten salieron del escondite, pero se mantuvieron en la calleja como protección. —Debemos dejar las tradiciones arcaicas, opresoras y denigrantes. Debemos unificarnos por una causa real y no por una estupidez como la fe —explicó el encapuchado—. Los líderes religiosos no son más que humanos empedernidos de poder. Todos son iguales. —Descubrió su rostro y mostró una sonrisa segura. Era un hombre no mayor de cuarenta años, con algunas cicatrices, y de ojos claros y tez bronceada—. Hoy destruiremos aquello que nos ha mantenido en la sumisión y oscurantismo. Hoy acabaremos con la religión. Hermanas, hermanos, únanse. Los Templarios han regresado, y estamos listos para revelar las verdades absolutas. Dios es la mentira más grande que la humanidad creó miles de años atrás. Dios es el hombre puesto sobre un pedestal. Y lo único que desea es jodernos. —No… no lo escuchen. Dios es benevolente —pidió el anciano moribundo. —Tanto así que te salvará, ¿no, viejo decrépito? —Se mofó. Lo estrujó más y lo degolló sin titubeos.
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