4
Motivos inciertos
Después de la ejecución pública frente a la basílica, Xenia y Merten se retiraron del sitio lo más pronto posible. Estaban seguros de que no era buena idea quedarse en la capital, pues aquello significaba un mal augurio para cualquiera, sin importar la religión y creencias. Se movieron por las calles que conducían a la costa del oeste, buscaron un sitio para descansar, pero no pudieron pagar ninguna posada, así que se quedaron en un callejón del exterior. —¿Qué rayos significa eso? ¡Mataron a personas como si fuera lo correcto! —Merten rompió la atmósfera con la voz cargada de preocupación—. ¿Qué están pensando esos locos? —¿Lo crees de verdad? —dudó Xenia, sin levantar la mirada para no mostrar la preocupación que la consumía. —¿Qué cosa? —Lo que dijo. —¿Sobre lo de dios? —preguntó, expectante. Ella elevó el rostro y asintió con ligereza. Su mueca estaba llena de miedo; se sentía perdida. Sus ojos se llenaban de lágrimas y eso causó que el chico la consolara en un abrazo. —Lo mejor es que nos vayamos de aquí. No podemos quedarnos y esperar a ver qué pasa. —Pero, sin Liam, no podremos viajar de vuelta al pueblo. Además, ni siquiera sabemos si la gente de allá sobrevivió al último ataque —recordó ella y sollozó en silencio. —Tengo la sospecha de que habrán muchos más problemas aquí. Tal vez, nuestra mejor opción sea buscarlo —insistió él y se alejó un poco. —Liam no nos necesita. Nos dijo que su misión es encontrar eso de La Llave del Cielo, ¿no? Siempre creí que al morir íbamos a ese lugar —agregó y se sintió como una tonta por la frase pronunciada. Merten no opinó. Comprendía que no era el momento de juzgarla por su fe. Estaban asustados y confundidos. Entonces, la abrazó de nuevo y dejó que llorara un poco más. Ninguno de los dos se percató de que eran observados y escuchados desde una de las azoteas. —¿Qué vamos a hacer? —susurró la chica entre lamentos y se aferró de su amigo.***
Los cadáveres de los religiosos fueron movidos como bultos de arena sin importancia. La gente miraba con curiosidad, dejando entrever en sus rostros el terror que se apilaba en sus corazones. “¿Qué pasará?”, era la pregunta que se escuchaba entre murmullos. Liam estaba en la terraza de un edificio cercano, sentado en la baranda de piedra caliza. Tampoco había esperado una ejecución pública, pero no estaba del todo sorprendido. Con el paso de los años, había aprendido que los humanos no eran tan diferentes de los demonios y ángeles. De hecho, era todo lo contrario. Tenían sistemas políticos, aunque basados en la fe, justo como los últimos. Usaban clasificaciones sociales entre ellos, como los primeros. Creaban civilizaciones con base en las religiones y otras creencias importantes. No obstante, lo que sí le sorprendía eran los actos de los supuestos Templarios. Alguna vez, existió una organización bajo ese nombre. Soldados de las cruzadas religiosas más importantes con la tarea de cristianizar a los pueblos herejes del viejo continente de la Tierra. Sin embargo, se hablaba de traiciones y otro tipo de sacrilegios, cuando iniciaron cultos extremistas con símbolos demoniacos, entre ellos una estrella con la cabeza de una deidad antiquísima. —Baphomet —recordó el chico. Los Templarios actuales usaban abiertamente la simbología de dicho ídolo, por lo que debían tener otras intenciones que continuar con una tarea de antaño. —De él no se ha sabido nada. Ni Isaiah lo mencionó —musitó, pensativo. Antes de levantarse, vio a un grupo de guardias encapuchados empujando a varias personas. Se dirigían al interior del edificio más grande. Observó atento y reconoció a dos. —Mierda, son Xenia y Merten. Por unos segundos, no se movió. Si se involucraba con los Templarios, podía meterse en un problema mucho más grande y que parecía no tener relación con su misión. Sin embargo, tampoco estaba seguro de poder abrir El Portal del Cielo, así que debía tener otro plan, incluso si implicaba sacrificios de sangre. Entonces, convencido de que sería más fácil manipular a esos chicos si los rescataba, se incorporó y bajó con agilidad. Usó las ventanas, balcones y gárgolas y se movilizó sin ser detectado, hasta que llegó a la basílica. Buscó una entrada y evitó a los soldados. Se escabulló por los pasillos y siguió a los que traían a los muchachos. Cuando los soldados llegaron a una habitación en los pisos del subterráneo, Liam aguardó detrás de una estatua. Era extraño que los Templarios encerraran a personas que parecían ajenas a lo que pretendían. Dos encapuchados se quedaron frente a la puerta como centinelas, así que el chico sacó dos esferas explosivas que guardaba con ayuda del guante y las lanzó hacia un balcón superior. Estas detonaron y alertaron a los guardias. Sin perder un minuto, Liam accedió a la habitación y miró interesado. Xenia y Merten estaban sentados y atados a las sillas con los brazos atrás. Frente a ellos, había un hombre con una daga como amenaza y otro que custodiaba la entrada. Liam noqueó al último y embistió al otro. Le quitó el arma, lo ató con una soga colgada en la pared y le tapó la boca con un trapo amarrado a la cabeza. —¿Qué haces aquí? —preguntó Merten, sorprendido. —Vi que los trajeron acá. Me parece extraño que los Templarios encierren gente al azar —reveló con honestidad. Se acercó a los chicos y cortó las amarras—. Sí, han sido unos cabrones que no obedecen a nadie más que a su deidad pútrida, pero no suelen involucrar a civiles inocentes en sus riñas contra otros cultos. —¿Por eso viniste? —Xenia dudó y se puso de pie. Buscó su morral en el guardia noqueado y lo tomó. —¿Preferían quedarse aquí? —Pensé que también querías evitar humanos —opinó el otro chico un poco burlón, pero le regaló una sonrisa de alivio. —Vámonos. La ejecución que vieron no es más que una pantalla de humo. Estoy seguro de que están planeando algo —respondió Liam y abrió la puerta. Miró el exterior que todavía estaba hecho un caos por la explosión y les indicó que lo siguieran. Corrieron por los pasillos llenos de estatuas rotas y cuadros en mal estado. Subieron unas escaleras hacia otra zona, pero se detuvieron al encontrar a un grupo de enemigos. —Joder —musitó Merten. Los encapuchados atacaron de inmediato, pero Liam los neutralizó. Ni siquiera sacó la espada, ya que era ágil y capaz de confundirlos. Detuvo golpes y aprovechó las desventajas de sus pesos para tumbarlos. Merten se acercó a uno que quedó derribado y le quitó una ballesta que traía. Regresó junto a Xenia y la tomó de la mano, luego la condujo hacia otro corredor. —¡Liam! —Lo llamó y abrió una puerta. El aludido los siguió y le ayudó a cerrar la entrada con unas varillas de seguridad. Xenia, por su cuenta, observó la sala frente a ellos. Había algunos objetos intactos, como joyas de oro y plata, trofeos en forma de cálices, estatuillas de humanos variados con alas y más bellezas inusuales. Las estanterías estaban hechas con maderas pintadas en tonos blancos y de estructuras resistentes, con acabados chapados en oro. —¿Qué es todo esto? —dudó e inspeccionó una de las copas. —Las reliquias, supongo —dijo Liam en tono de sorna. —Vaya mierda que nos tocó —agregó Merten y se acercó a su amiga. —¿Por qué los aprisionaron? —insistió Liam y se quedó cerca de ellos. —¿Y tú por qué nos seguiste? —rebatió el otro y se cruzó de brazos. —¿De verdad querías que los dejara aquí? ¿Encerrados con estos lunáticos? —No te pedimos ayuda, ni tampoco quedamos en términos amistosos. —Merten —Xenia pronunció su nombre de forma calmada para no continuar la discusión—, tampoco vamos a negar que no estábamos en aprietos. Es una fortuna que había regresado. —Pues me parece extraño. Pensé que deseabas seguir buscando a esos Terrores, o como les digas. Somos humanos estorbosos, ¿no? Liam no respondió. Por unos segundos, le sostuvo la mirada, luego asintió. Bajó la guardia y avanzó hasta el centro de la habitación. —No esperaba ver una ejecución pública, mucho menos de los Templarios. Tampoco esperaba verlos a ustedes como prisioneros —reveló con un tono sincero—. Son simples civiles sin ningún tesoro o información importante. —La verdad es que nos escucharon hablar sobre ti y La Llave del Cielo —contestó Xenia con un rostro lleno de desilusión. Nuevamente, Liam no dijo nada. Evitó sus miradas y reinició el paso, pero los otros reaccionaron aprisa. La chica se acercó a él con leve titubear y le sujetó el brazo; deseaba escuchar algún consuelo o explicación que pudiera asegurarle de que había regresado por ellos porque los veía como amigos. Merten notó la cercanía y carraspeó. —Entonces, no bromeabas con eso del cielo y el infierno, ¿verdad? —dijo, lo más sereno y respetuoso que pudo. —No. No es una broma. Existen. —La voz de Liam sonó firme y retiró el tacto de Xenia. —Y deseas ir al cielo, aunque eso suene como una estupidez. —Sí. —¿Por qué? —indagó Xenia, curiosa. —Por… —farfulló y respiró hondo— por un asunto pendiente que tengo que resolver. El sonido de una puerta los interrumpió. Se movieron detrás de un estante lleno de tesoros y aguardaron. Un grupo de soldados entró y los buscó. Justo como el resto, estaban uniformados en tonos oscuros y portaban el símbolo de la estrella con la cabra en el centro. —Templarios —susurró Merten. —Salgamos de aquí —dijo Liam. Utilizaron los estantes como escondites, hasta que llegaron a otra puerta y abandonaron la sala. Se echaron a correr por los pasadizos, evitaron enfrentamientos y, finalmente, salieron de la basílica por una trampilla que guiaba a la parte trasera. Se alejaron lo más posible y, al llegar a una zona residencial sin restaurar, se detuvieron. —No pueden quedarse aquí. Los Templarios se harán con la capital. Probablemente, la usarán como su base central y comenzarán su plan, cualquiera que sea —explicó Liam, recobrando el aliento—. Si los han detectado y los escucharon hablar sobre La Llave del Cielo, los interrogarán y asesinarán. —Es más que obvio. Pero no podemos enfrentar demonios como tú —recriminó Merten, levemente exasperado. Inhaló y se recordó que Liam no era el culpable de la mala suerte que parecían tener—. ¿A dónde irás? —preguntó más calmado. —Hacia el sur y la costa, a una catedral antigua cercana a una zona volcánica —reveló. —¿Catedral antigua? Pensé que preferías evitar lugares concurridos. —Merten tiene razón. Si los Templarios están aquí, podrían estar en el resto de los lugares que le pertenecieron a la iglesia —externó Xenia y se cruzó de brazos. —No hay humanos allá. Es el territorio de otro Terror, de uno de los más poderosos. Es la Reina del Caos, la Señora del Conocimiento. Su nombre es Nybath —explicó Liam presuroso—. Es la zona más infestada de todo el territorio de esta nación. Xenia y Merten asintieron. La primera agachó el rostro y se sentó en una pila de escombros. El segundo dio unos pasos, antes de sentarse a su lado. Notó su mueca decaída y le tocó el hombro como un consuelo. —Eso quiere decir que no podemos acompañarte, ¿verdad? —dijo Xenia, sin esconder la contrariedad que sentía. —¿Desean… venir conmigo? —dudó Liam un poco sorprendido. Había creído que sería más difícil persuadirlos para que lo siguiesen, sin iniciar un interrogatorio o que sospechasen de sus motivos. —Eres nuestra única posibilidad para sobrevivir. Por supuesto que queremos ir contigo. —¿Y después? —Dio unos pasos hacia el lugar de ellos y los retó con la mirada. —No podemos quedarnos aquí, lo dijiste. Después, decidiremos lo que pasará. —Tampoco tenemos muchas opciones —añadió Merten, desanimado—. Pero, si prefieres que no te molestemos más, no insistiremos. —No, está bien —respondió el otro y se mostró más afable. Estuvo a punto de sonreír, olvidándose de que esos dos eran el plan B, el sacrificio, por si no conseguía La Llave. No obstante, cuando estaba con ellos, había una sensación cálida que le recordaba mucho a su guardián, a su padre y a sus hermanos. No deseaba indagar en ello, debido a que le parecía una contradicción, por eso se mintió en un monólogo y se convenció de que era lo mejor en su camino. —¿En serio? —Sorprendidos, los chicos preguntaron al mismo tiempo. —Sí. —Pensé que iba a ser más difícil convencerte. Gracias —reveló Merten y se puso de pie. Le tocó el hombro y asintió, seguro. —Pero hay una condición. No se involucrarán en los combates. Mi cuerpo puede regenerarse mucho más rápido que el de un humano, así que las heridas no suelen ser graves. Estoy acostumbrado al dolor. Externo e interno. Los otros dos se miraron entre ellos. Xenia se incorporó y se quedó junto a su amigo. —Está bien. No opinaremos. —Aceptó, aunque no estaba totalmente de acuerdo. Salir de la capital no fue muy difícil. Las entradas principales del norte estaban custodiadas, pero rumbo al sur había poca vigilancia. Los chicos tomaron las carreteras menos concurridas, pues en las autopistas había mucho movimiento de pasantes, demonios y zombis. La gente que viajaba en caravanas iba protegida por el nuevo grupo religioso de encapuchados o por mercenarios bien armados. No obstante, la mayoría se movilizaba de día, para evitar enfrentamientos peligrosos. Los muchachos acamparon durante las noches, buscaron en las ruinas alimentos, especialmente en las zonas de hoteles, restaurantes y centros comerciales. De vez en cuando, cazaron, ya que Merten había traído consigo la ballesta que robó en la capital. Las conversaciones giraron en torno a los demonios. Merten y Xenia tenían mucha curiosidad por conocer más, así que Liam les explicó que existían cinco clasificaciones principales. La quinta era la más baja, de engendros sin pensamiento que eran usados como animales de presa. La mayoría eran pequeños, como los que solían atacar los poblados, mientras que los de mayor tamaño, con formas entre felinos y aberraciones con cuernos, eran utilizados en los combates directos entre otras razas. Además, había unos colosales de cuerpos hinchados y alas pequeñas que eran mantenidos en campos de concentración especiales. Sólo una cantidad reducida presentaba capacidad de pensamiento complejo, pero eran denigrados y tratados como esclavos. Antes de llegar a un pueblo enorme, abandonado y en ruinas, fueron detenidos por una luz extraña que apareció repentinamente frente a ellos. Provenía de un círculo en el suelo, como si fuese un hechizo de convocación. La silueta de un ser de casi tres metros de alto, con cuernos gruesos y adornados por anillos, alas chicas y vendadas, así como cuerpo delgado, apareció. Su rostro tenía la piel chupada, los ojos de un tono verde resplandeciente, sin pupila ni iris. En su boca faltaban los labios, por lo que sus dientes eran visibles. Portaba un maletín elegante y negro en la cintura, junto a bolsitas de terciopelo y libros atados a un cinturón. Su torso estaba casi todo desnudo, a excepción de un collar largo que se asemejaba a un poncho de metal precioso. Sus manos estaban adornadas por argollas, pulseras y de más joyería brillante. Sus piernas y pies estaban cubiertos por una falda alargada, negra y desgastada. —¡Saludos, humanos viajeros! —dijo la criatura con una voz entre rasposa y aguda. —¡Ah! ¡Corran! —gritó Xenia e intentó moverse, pero el monstruo flotó rápidamente y se puso frente a ella. —¡Qué cruel! ¡No estoy aquí para hacerles daño! —expresó dramáticamente y fingiendo ofensa—. Soy un mercader, un simple e inofensivo vendedor —pronunció diferente la última palabra. —¿Qué carajos es eso? —Lo señaló Merten, asustado. —¿Eso? No soy “eso”, jovencito, soy Vozzach, el Mercante de los Malditos —siguió el ente con el tono cómico. Se movió un poco hacia atrás, al cruzarse de brazos y tocarse la barbilla huesuda. —Un demonio —aseguró Liam sin miedo alguno. Miró a los costados en busca de otros engendros, pero no encontró más que la desolación—. ¿Qué mierda estás haciendo aquí, Vozzach? —¡Ja! ¿Pues qué más? Vendiendo, claro. ¿Qué estaría haciendo por estos rumbos tan raros? —respondió con un tono cínico y soltó una burla juguetona. Extendió las manos para exagerar y continuó—. Uno tiene que ganarse la vida de alguna forma… —Pausó, al observarlo con interés. Se aclaró la garganta y, aunque carecía de labios, parecía que sonreía—. Interesante. Hace muchos milenios que no encontraba a uno de tu especie. —No estamos aquí para comprar ni vender —contestó el chico, enojado. Sujetó la mano de los otros y dio la media vuelta. Sin embargo, Vozzach flotó con prontitud y volvió a intervenir en su camino. —No seas así, muchacho. Ni siquiera me han dejado ofrecerles mis artículos. —¿Eh? ¿De verdad vendes? —preguntó Xenia, todavía sin creer lo que veía. —Claro que sí. ¿Acaso piensas que todos los demonios son unos desalmados que lo único que saben hacer es matar? —Sí, de hecho sí —opinó Merten, también a la defensiva. —¡Pues muy mal hecho! —recriminó Vozzach—. Muchos de nosotros nos ganamos la vida de un montón de formas. Algunos venden, otros compran, unos cuantos asesinan como cualquier otro mercenario. ¡Y sólo los bufones que creen en sus Lores hacen tal estupidez como levantarse en armas! De hecho, ahora que recuerdo —habló aprisa—, los cabrones siguen en su guerra civil, ¿y para qué? Creen que el Rey de la Oscuridad regresará. ¡Ignorantes! —Hizo una breve pausa y se rio con suavidad. Negó y les regaló una reverencia—. Disculpen mi indiscreción, viajeros. ¿Quieren entrar a la ciudad de la dama Nybath? Permítanme ofrecerles algunos consejos, armas y reliquias —volvió a decir de una forma extraña la palabra final. —No —Liam contestó secamente. —¿No me digas que van a entrar al territorio del Terror más poderoso de este país? A diferencia de mí, ella no conoce la empatía. Es muy poderosa y sé que recolecta secretos. —Liam, tal vez el demonio tenga un punto —opinó Merten, preocupado—. Las veces pasadas lograste enfrentar a los Terrores porque fueron de categoría baja, ¿no? O eso dijiste. —Sí, de eso no hay duda. Las primeras dos eran Abominaciones, que son consideradas Terrores Menores. No suelen ser tan poderosas como las Señoras, los Terrores más oscuros de todo el Abismo, o los Arcanos. —¡Exacto! —agregó Vozzach, como si estuviese de acuerdo con Merten. Los chicos lo fulminaron con la mirada y regresaron el interés entre ellos. —Si esta vez enfrentarás a uno más poderoso, ¿por qué no ver lo que el mercante tiene para ofrecer? —insistió Merten. —Porque Vozzach no acepta dinero y porque vende las cosas más enigmáticas y peligrosas de la Creación —aseguró Liam. —¡Exacto! —confirmó el demonio felizmente. —Descuiden, podré ganar. Nybath no deja de ser un Terror. Si le arranco el corazón, será suficiente para asesinarla. —Pero estás olvidando algo esencial, jovencito. La Señora del Caos y Conocimiento no tiene un corazón como el de los Terrores Menores. —Vozzach se entrometió y juntó las manos, como si maquinara algo importante—. El suyo contiene un poder enorme y sublime, por lo que es espeluznantemente poderosa. Entrar a su territorio sin una mejora en tu arma, sería un error fatal. Pondrías en peligro a tus adoradas mascotas humanas. —¿¡Mascotas!? ¿¡A quién le dices mascota!? —cuestionó Merten, disgustado. —Eh… —No son mascotas, Vozzach —corroboró Liam y se cruzó de brazos. Analizó unos momentos y asintió—. Está bien. ¿Qué estás vendiendo? —Chaosholder, ¿verdad? Hacía mucho que no veía a una de las Armas de la Devastación. —Reconoció el mango de la espada—. ¿De dónde la obtuviste, muchacho? —Fue un regalo de mi padre. —¡Ah! ¡Claro! ¡De tu padre! —dramatizó, entre la broma y la sorpresa, por la información tan inusual que revelaba el chico—. Tengo entendido que nadie puede acceder a la Bóveda de la Devastación, en el mundo abandonado de tus ancestros. —¿Ancestros? —Liam soltó un respiro de desesperación y lo miró con enojo. —Sospecho que tu padre le pidió ayuda a uno de los Jinetes, ¿no? ¡Cómo sea! No voy a cuestionar el origen de tu arma, pero sí quiero ofrecerte una mejora. Así como su hermana mayor, Chaosholder tiene grandes atributos para la guerra. Puedo ofrecerte cosas increíbles, como la explosión de cuchillas en el suelo, la capacidad de prender tu cuerpo en llamas justo como su filo, o hasta la regeneración de energía. —¿De verdad se puede hacer todo eso? —preguntó Xenia, maravillada. —Yo también creí que era posible únicamente en los cuentos de hadas —opinó Merten, incrédulo. —Supongo que el precio son almas, ¿no, Vozzach? —pronunció Liam. —Sí, sí. Es la moneda que acepto. Almas de cualquier tipo. Pero, si careces de ellas, puedo ofrecerte un… —Fue interrumpido. —Tengo almas de todos los demonios y ángeles que he matado en el trayecto —aseguró y sacó del bolsillo una cajita ovalada de color bronce—. Tengo unas cuantas. —¡Excelente! ¿Qué será, entonces? ¿Cuchillas letales de la tierra, inmolación o regeneración? —¡Regeneración! —habló Xenia primero. —¡No! ¡La inmolación suena mejor! —agregó Merten, como si estuviesen en un juego de apuestas. Los chicos comenzaron una discusión, pero Liam dio un paso al frente y miró a Vozzach, quien parecía observarlo con suma fascinación. Inclusive, era casi como si contuviera los movimientos de las manos, pues deseaba palparle el rostro y asegurarse de que estaba allí. —Cuchillas —finalmente, dijo Liam. —¡Excelente! —gritó Vozzach. A continuación, la mano derecha del demonio se iluminó y se elevó unos centímetros. La espada de Liam brilló por el poder recibido. Después, el mango se restauró y la oxidación desapareció por completo. El chico abrió la cajita ovalada y dejó salir una luz azul hacia la boca del demonio, el cual la consumió de forma extraña. —Delicioso, siempre es delicioso hacer tratos con los buenos clientes. —Aceptó gustoso y les cedió el paso—. Buena suerte en el encuentro contra Nybath. —Andando —ordenó Liam. El grupo avanzó y se adentró de lleno a la vieja metrópolis. Las calles estaban invadidas por escombros, con el pavimento quebrado. La arena se elevaba de vez en cuando, por las ráfagas de aire que aparecían y acrecentaba más la sensación de extrañeza. —Qué raro. Vozzach se queda en ese lugar. Parece que tiene miedo de acercarse. —Xenia rompió el silencio. —Es gallina, pero es un mercante, no un idiota. Claro que no entrará al territorio de un Terror Mayor —dijo Liam con un tono informativo. —Pensé que todos los demonios eran sumamente poderosos —agregó Merten. —No. Muchos no son más que simples civiles sin habilidades grandiosas. El Infierno, así como la Tierra, necesita artesanos, agricultores, vendedores, productores de materia prima y de más. Para que una nación pueda tener suficientes riquezas, debe trabajar su economía desde la parte primaria. Los grandes reinos de la Creación siguen esta regla. —Vozzach es parte de esos, ¿verdad? —No. Él es un mercante desterrado. Tiene permisos con la corona del Cielo, el Infierno y otros mundos. Es muy astuto, aunque carece de fuerza física. Tiene capacidades mágicas como ningún otro, por eso puede mejorar armas en general. Es considerado un traidor en el Infierno, pero tiene mucho prestigio por el tipo de tesoros que ha obtenido en sus largos años de mercader. —Me sorprendió. Es horrible, pero parece inofensivo. —Lo es, en cuanto a lo físico. Sin embargo, no se dejen engañar por su teatro —advirtió Liam ligeramente consternado—. Vozzach trabaja sin un patrón. Es capaz de venderle información al mismísimo Destructor, si obtiene una ganancia alta. Nadie confía en él. Por lo menos, cuando se trata de secretos. Es peligroso. —Me pregunto, ¿le estará vendiendo a cada persona que se adentra a este territorio? —dudó Xenia con interés. —Probablemente. Merten soltó una risita ante la noción expuesta. Luego, dijo que le gustaría ver los rostros de los humanos asustados al encontrarse con el demonio vendedor. La conversación prosiguió de forma amena, hasta que llegaron a una zona con edificios altos, incluida una catedral enorme. Su piedra clara se erguía con pilares hasta una estructura triangular superior. No obstante, la cruz que debía tener ya no estaba, en su lugar había una gárgola de murciélago deforme. —Mierda… —Liam susurró, con un leve titubear. Era la primera vez que sentía tanto poder encerrado en un sitio. —¿Qué pasa? ¿Es aquí? —indagó Merten y notó su expresión. —Sí. Iré solo. Escóndanse y no salgan, sin importar lo que escuchen o vean. —Liam, por favor… —Xenia intentó reclamar, pero un sonido la interrumpió. La catedral parecía invitarlos; sus puertas rechinaron y se quedaron totalmente abiertas. Se percibía una sensación pesada, pero agradable. Era un contraste entre el frío y el calor. Los chicos subieron las escaleras y entraron como en un trance. Merten y Xenia se acercaron a una estatua de una mujer sin cabeza y apreciaron su hermosura inusual. —Es bellísima —opinó Merten débilmente. —Sí, lo es —aseguró Xenia. Liam movió la cabeza y se percató de lo que ocurría. —¡Mierda! ¡Es una trampa! —gritó. Pero fue muy tarde. Un candelabro gigante cayó del techo y aprisionó a Merten y Xenia. Una malla mágica apareció debajo de ellos, y gritaron aterrados. Intentaron salir, pero el metal se prendía como una brasa cada que tocaban el borde. —¡Chicos! —Liam los llamó con desesperación. Nuevamente, no pudo prever. Un engendro alado, con la cabeza gruesa muy parecida a la de un rinoceronte, apareció de la parte superior. Tomó la jaula con las garras traseras y voló hacia el ventanal roto. Liam lo siguió, pero no pudo escalar por la construcción porque estaba hechizada y quemaba su piel. En el santuario, las puertas de los costados se abrieron y una ráfaga de viento y arena lo embistieron. Luego, aparecieron círculos de convocación en el suelo, todos en tonos rojos, y una horda de demonios se divisó. La mayoría tenía formas más humanoides, cuernos simples, pieles grises, azules y rojizas, con los torsos musculosos y protegidos por pecheras de cuero regular. Algunos tenían alas, otros no, pero todos estaban armados con hachas, lanzas y mazos. La pelea comenzó de inmediato. Liam sacó a Chaosholder y cubrió ataques directos. Dio giros acrobáticos por el suelo y les cortó las piernas y brazos a unos cuantos. Usó la mesa del altar como plataforma de impulso y partió a la mitad a otros más. Se adentró a la puerta de la izquierda, tumbó las estatuas de los costados para obstaculizar la persecución, hasta que llegó a otra sala amplia. Otra vez se enfrascó en combate directo. Utilizó los extraños escenarios redondos y separados entre sí, adornados con torres de diferentes tamaños, y también sacó el guante especial para aumentar su fuerza física. Estampó a los enemigos en las paredes y saltó hacia la plataforma más alta. Cuando por fin acabó, respiró hondamente y guardó la espada. Se relajó un poco y observó con interés el sitio. Había dos balcones altos, tres puertas en diferentes direcciones y unas escaleras que conducían hacia la planta baja. Intentó abrir una, pero descubrió un sello mágico. —Nybath no es como las demás. Tiene magia poderosa y es el Terror del Conocimiento —externó en un monólogo para calmar los nervios que sentía ante la idea de perder a sus amigos—. Tendré que pasar su maldito laberinto para encontrarlos. Se puso manos a la obra y analizó las pistas. La única forma de avanzar era hacia el subterráneo, así que lo hizo.***
El candelabro cayó al suelo, con Merten y Xenia en la parte baja y sostenidos por la malla de cadenas entrelazadas. Ambos miraron aterrados a la criatura voladora, la cual se alejó de inmediato. —¡Intentemos salir ahora! —dijo el chico y ayudó a su amiga a incorporarse. No obstante, un sonido de aleteo los asustó más. Miraron al frente y encontraron a un murciélago enorme, de más de seis metros de largo. Sus alas eran muy grandes, de colores púrpuras, su cuerpo era una deformidad con protuberancias en la parte del pecho, y su cabeza parecía más como la de un león macho por una melena de cabellos blancos. Sus ojos, alargados y resplandecientes, eran de un tono rojo, y sus manos estaban en la parte superior del cartílago que unía las alas a su cuerpo. —Lindos humanos, apetitosos e ignorantes. ¿A qué han venido a mi catedral? ¿Desean ofrecerle su fe a una nueva deidad? —El monstruo se burló con una voz entre femenina y gutural. La risa del engendro les provocó escalofríos. Xenia sujetó el brazo de Merten para sentirse menos desprotegida, pero el chico no pudo parar de temblar del miedo. —¿Qué pasa? ¿Por qué no dicen nada? Ah… —Se volvió a bufonear y tocó el candelabro con la garra, rasgando el metal y creando un sonido ensordecedor—. Están asustados. Pobrecitos humanos. Desdichados, abandonados y arrojados al mundo sin la bendición de su Padre. Se han quedado solos, ¿verdad? Y todo por la mierda que el Destructor hizo —acalló y se movió hacia atrás. Caminó en cuatro patas y rodeó la prisión con acechanzas. Luego, dijo—: ¿Cómo es que burlaron a mi ejército de demonios? ¿Por qué Nieve los trajo hasta aquí? —¿Nieve? —Xenia susurró, sin dejar de ver al Terror. —Mi lagarto heráldico. Tiene órdenes de interceptar a cualquier intruso que no haya sido asesinado por mi ejército y traerlo ante mí para cenar —respondió, al mirar al extraño ser alado que descansaba en una de las torres. —¿Nos comerás? —preguntó Merten, con un tono serio para hacerse el fuerte. —Es figurativo, humano idiota. Para lo único que sirven es para entretener a mis mascotas y deleitarme con sus gritos de pánico. Increíble que el Creador haya tenido las agallas de engendrar basura como ustedes. La mente de ese maldito trabaja de formas extrañas. La chica apretó la mano de su amigo y llamó su atención. Se miraron unos segundos, luego se acercaron lentamente hacia una de las orillas lejanas al Terror. —No han respondido mi pregunta. ¿Qué hacen en mi catedral? —Siguió la bestia—. ¿O simplemente han venido a que los use como juguetes para mis mascotas? —Eres el Terror del Conocimiento, ¿no? Queríamos saber más de ti —Xenia mintió lo mejor que pudo. Creía que, si ganaban tiempo, Liam podría llegar y rescatarlos—. Hemos escuchado que este es tu territorio, por eso vinimos. Queríamos saber un poco más de ti. Nybath se detuvo, expectante. Parecía que sus ojos podían ver a través de las intenciones de la chica, como si todos sus secretos fuesen revelados. Su boca se torció en una sonrisa horrenda y voló hacia un torreón pequeño de la esquina de la azotea. Cerró las alas y escondió el cuerpo. —Dime, pequeña humana, ¿por qué los tuyos le temen tanto a lo desconocido? ¿Por qué prefieren quedarse en su ignorancia y hablar desde ella, como si fuese la única de las verdades? No hubo respuesta. —Te lo diré. Los humanos son débiles, seres que creen en lo que ven y escuchan de la realidad inmediata, cegándose de lo que hay más allá. —¿Eso es lo que representas? ¿El miedo a conocer más? —insistió Xenia y soltó a Merten. —¿Qué haces? —dijo él entre dientes. —La mayoría de los seres vivos le temen a lo que excluyen, humana. Claro que me alimento de su irracionalidad —corroboró Nybath, gustosa—, ¿o es que esperabas algo más? El terror que infundo en todo aquél organismo pensante es suficiente para causar guerras, asesinatos, repudio, odio y destrucción. ¿Qué más puedo pedir? Gracias a mí, se han disputado las batallas más desastrosas del universo, pues los demonios y los ángeles son la prueba más clara de ello. Ninguno de los dos aceptará el miedo que les causa eso que los hace ser tan diferentes y tan parecidos. Sólo unos cuantos se atrevieron a comprenderlo y terminaron desterrados —añadió con sorna—, como unos parias en el mundo de Exilia. —¿Exilia? —repitió Xenia, sin comprender por qué se sentía levemente fascinada por lo que el Terror decía. Merten, por su cuenta, estaba desesperado. No podían salir del candelabro. La malla inferior era estrecha, así que sus cuerpos no cabían, mientras que las cadenas superiores, que salían como una cortina extendida hacia arriba, prendidas desde el cuerpo circular, se mantenían elevadas de forma extraña. Debía ser el poder del Terror, pero tampoco podían moverlas o recibirían quemaduras. —Si ya has satisfecho tu curiosidad, muchacha, ¿qué harás? ¿Me ofrecerás una plegaria, justo como lo hacen los tuyos con las deidades viciosas de tu mundo? ¿O me rogarás que no te mate? —Nybath prosiguió y abrió las alas en forma de alerta. —Supongo que no tengo opción. Nos matarás —expresó la chica. —Tu deseo por conocer más sobre mí es lo que te asesinará. El Terror gritó fuertemente. Saltó hacia el centro del techo, donde estaba el candelabro, y lo sujetó de la parte superior con las garras traseras. Lo elevó más de ocho metros y lo dejó caer para quebrarlo y matarlos. Sin embargo, algo lo detuvo. El cuerpo de un monstruo alado salió disparado de unas escaleras bajas que rodeaban la construcción. Éste sirvió como amortiguador del candelabro, y los chicos consiguieron salvarse. Después, la prisión se quebró por completo al recibir un golpe externo y pudieron salir. —¡Nefilino de mierda! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! —vociferó Nybath, enervada, y se preparó para el combate.