Apocalipsis: Nefilinos

Mezcla
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planificada Maxi, escritos 110 páginas, 46.461 palabras, 8 capítulos
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Antes de decir adiós

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8

Antes de decir adiós

Lillie y Merten llegaron al jardín principal de Ossu. La primera usó el guante y movió la roca que protegía la entrada desde las alcantarillas. Frente a la casa del titán, todo parecía en calma. Los pajaritos cantaban y se bañaban en la fuente, las gotas de la llovizna caían desde las plantas colgantes de la parte superior y las flores relucían bellamente. —¡Ossu! —Merten gritó y se detuvo en la puerta principal. Esta se abrió y la imagen del Forjador apareció. Traía un delantal que le quedaba ajustado y una cacerola enorme en la mano derecha. Sonrió amigablemente y los dejó pasar. Los chicos se dirigieron hasta la mesa y le pidieron que los escuchara. —¿Qué pasa? ¿Qué es lo que quieren decirme? —preguntó el gigante y miró la puerta en busca de Xenia—. ¿Y la chica? —Los ángeles se la llevaron. Nos atacaron, después de… —Merten detuvo la frase, al mirar a su amiga. —¿Permitiste que se la llevaran? —Ossu recriminó cuando dirigió el interés a Lillie. Puso la cacerola en la mesa, mientras su rostro se torcía por la preocupación y el enojo—. Nefilino, pensé que… —Pero fue interrumpido. —Lillie, ese es mi nombre —dijo ella y le arrojó una mirada de reproche—. Y, antes de que me reclames, Forjador, no pude prevenirlo porque apareció un arcángel llamado Eurielle. —¿La hija de Lord Uriel? —dudó, pensativo. Asintió y se mostró menos molesto. —Necesito que forjes La Llave cuanto antes, Ossu. —Lo llamó casi con suplicio. Apareció los corazones sobre la mesa y puso el otro pedazo de La Llave a su lado. —Me costará trabajo. Mi hermano la destruyó por órdenes de un ente poderoso. Pero lo haré. —Aceptó y tomó el pedazo libre—. Necesito que saques los otros tres de los corazones, muchacha. No puedo restaurarla si no tengo todas las partes. Lillie agachó el rostro y meditó. Merten, por su cuenta, la observó con inquietud. No comprendía cuál era el obstáculo, puesto que se suponía que tenían todas las piezas. El titán se puso de pie y entró a la cocina, luego regresó con un caldero desgastado y tallado con rostros rudos. —¿Qué sucede? ¿No los deseas? Si los comes, tu poder incrementará sin precedente. Podrías convertirte en un ser mucho más poderoso que el mismísimo Creador —opinó Ossu, fingiendo desinterés por el bienestar de la chica. —¿Lillie? —Merten dijo su nombre y le tocó el hombro—. ¿Cuál es el problema? —Los corazones de los Terrores contienen una cantidad de poder altísimo, debido a todo el miedo que han infundido desde su existencia —explicó el gigante, cuando notó que la chica levantó la cara llena de inseguridad—. Cada que se materializan, dejan una parte minúscula de su esencia en ellos. Hace muchos años, al inicio de las civilizaciones en la Tierra, algunos Terrores se materializaron aquí. Fueron asesinados por uno de los Jinetes, los perros de presa que trabajan para el Consejo Supremo. No obstante, se dice que los corazones fueron entregados a un demonio, convirtiéndolo en la entidad más poderosa del Infierno, debajo del Rey de la Oscuridad. No puedo asegurar que ese demonio haya cambiado su esencia, pero sí su poder. Se coronó como el segundo gobernante y tengo entendido que es el actual líder de la oposición en la guerra civil que se está disputando allá. —¿Esencia? Entonces, ¿los corazones, aunque te dan poder, te cambian? —Exacto. Si los consumo, no sólo obtendré mucho poder, también una parte de los Terrores —corroboró Lillie con un tono decadente—, la cual se incrustará en mi propio corazón. —Eres un Nefilino, ¿qué podría pasarte? Eres mitad ángel y demonio. No creo que pueda afectarte —expuso Ossu, otra vez escondiendo su preocupación. —No necesito poder extra para lograr mi objetivo. No voy a consumirlos por su energía. No… —farfulló y agachó el rostro— no voy a cambiar quién soy. Sí, me oculté de los enemigos de mi padre, pero no odio ser quién soy. No es el hecho de que soy una chica, sino que otros me ven como si fuera un ser frágil que necesita protección. Pero, cambiar mi esencia con los corazones, eso… yo… —Levantó la cara y se mostró insegura. —Supongo que está fuera de discusión que un humano los coma, ¿verdad? —habló Merten, para que ella no se atormentara más. Podía percibir una incertidumbre muy alta en sus palabras y actos, y lo comprendía. Sabía lo que era aquél sentimiento ligado a la lástima ofrecida por externos. —Obviamente. Ningún humano será capaz de resistir lo que la esencia de un Terror puede causarle. Lo mejor será que yo los ingiera para salvarla. —Concluyó y se puso de pie—. Prepara tu forja, Ossu. Te entregaré el resto de las piezas en unos minutos. Sin una palabra más, desapareció los órganos y salió. Merten dejó la silla, pero se detuvo al escuchar al titán. —Sin importar que sea un Nefilino, es un ser vivo. Tu amiga Lillie puede perderse en la esencia de los Terrores —habló Ossu—. Lo que yo dije fue inapropiado. Mi odio hacia los Nefilinos es por un problema entre mi hermano y uno de los Jinetes —admitió con una mueca de arrepentimiento—. Pero mi hermano tomó su decisión. No creo que ella deba comerlos. Es una buena chica. Los rescató. No cualquiera hace eso. Mucho menos uno de los suyos. Así no sea descendiente de los primeros, que fueron creados por Lilith, está en su naturaleza buscar el poder y la destrucción. Pero no parece desearlo. Es extraña. —Gracias por decírmelo —respondió Merten y se inclinó un poco en forma de agradecimiento. Caminó hacia la salida y buscó a su amiga, quien estaba delante de la fuente, con la mirada puesta en el martillo. Los corazones se encontraban en la orilla de la fontana. Su resplandor era intenso y causaba que la prisión metálica reluciera en tonos naranjas y rojos. Parecían aguardar y palpitar deseosamente. —Lillie, no los comas, por favor. No entiendo exactamente cómo funcionan —pidió el chico y se quedó junto a ella—, pero si es algo que cambiará tu esencia, que te atormentará por el resto de tu vida, entonces no lo hagas. Sé que debemos salvar a Xenia, pero ella no desearía que hicieras una locura. Ni yo. —Entonces, ¿de qué otra forma la rescataremos? —preguntó, titubeante. Merten la observó y se percató de algo. Aunque su apariencia era la de una joven fuerte, había una bondad que no podía ocultar. Desde aquella vez que los rescató de Mortábiss y luego en la capital contra los Templarios. No le parecía alguien que buscaba usarlos, como los ángeles lo habían sugerido. Entonces, le tomó la mano y consiguió que volteara. —No sé cómo te sientas de verdad, pero actuar irracionalmente no es lo mejor. —La consoló como a una hermana—. Quizá no sirva de mucho, porque no soy un ángel ni un demonio, pero puedo ayudarte a buscar otro método. Ella apretó su mano y sonrió. —Por mucho tiempo creí que los humanos eran débiles, ¿sabes? Pero no lo son —reveló—. Tú y Xenia me lo han demostrado. Todo este tiempo había creído que, para conseguir mi objetivo, debía hacerlo sola. Me convencí de que todos serían mis enemigos, debido a mi origen. Todavía creo que tendré que aniquilar a los ángeles y a aquellos que se pongan en mi camino, a pesar de que ahora presiento que no debe ser así. Saber que Xenia está en peligro me ha hecho ver que soy capaz de sentir por otros. Pero también me ha confundido, Merten. ¿Es debilidad? —No, no lo es. Cuando aceptamos lo que sentimos por otros, y que podemos pedir su ayuda, somos más fuertes, Lillie. —Le aseguró y la abrazó tiernamente. Sintió que temblaba un poco y le acarició la cabeza. —Necesitamos ir a la Ciudadela. Necesitamos salvarla. —Ingerir los corazones está fuera de discusión. ¿Por qué no hacemos algo nuevo? Ossu es un Forjador, así que podría ayudarnos. ¿Por qué no los abrimos y buscamos las piezas en el interior lo más rápido que podamos? ¿Crees que sería posible? —dudó y se alejó un poco. —Sí, podría funcionar. Aunque será muy peligroso. Será como meter las manos al agua en busca de algo, pero sin mojarnos. Si rompemos la prisión, podremos buscar las piezas y encerrarlos de nuevo. —¿Qué riesgos habrá? —No lo sé. Al ser consumidos, el usuario queda afectado de por vida. Al ser liberados, tal vez podrían despertar —explicó ella. —Déjame ayudarte. —Gracias, Merten. Se sonrieron y asintieron. Regresaron al interior y buscaron a Ossu, quien seguía sentado en la mesa con el interés puesto en el caldero. Los vio entrar y mostró una sonrisa. —¿Y bien? —dijo. —Ossu, ¿cómo podemos romper la prisión de los corazones? —preguntó Merten y se sentó de vuelta. —¿Oh? ¿Romperlas? Eso quiere decir que dejarán que los Terrores renazcan físicamente aquí. —No tenemos opción. Sé que tú puedes romper las ataduras —externó Lillie—. Sin embargo, si buscamos rápidamente, sin dejarlos despertar, podrías forjarlas de vuelta. Como un carcelero, ¿no? Abrir y cerrar. —Sí, sí puedo. Aunque nadie lo ha intentado antes. ¿Aceptarán el riesgo que eso implica? Sin importar que abra y cierre las jaulas, ustedes interactuarán con ellos. Podrían quedar afectados por un delirio, y ellos despertar por completo. —Si es necesario matarlos otra vez, lo haré —concluyó ella. —Yo le ayudaré —agregó Merten con un tono seguro. —En ese caso, abriré las prisiones. Vamos a prepararnos. La ballesta que te di, muchacho —Ossu se dirigió al chico—, podemos hacerle nuevas modificaciones, si así lo deseas. Robaré un poco del poder de uno de los Terrores para darte un arma potente y épica. —¿Eso es posible? ¡Guau! ¡Sería genial! —habló alegremente. —Hagámoslo, Ossu —ordenó Lillie con respeto.

***

Xenia fue empujada al interior de una jaula cilíndrica y de rejas en tonos oscuros. La dejaron suspendida dentro de una torre alta, ya que podía ver el piso lejano y el techo más cercano. Sus captores habían llegado a un área boscosa, llena de caminos verdes y amarillentos. Habían pasado una muralla que protegía a un pequeño castillo y otros edificios levemente dañados. Luego, la aprisionaron en una de las torres de lo que parecía ser una capilla con monumentos exteriores de ángeles y espadas. Se sentó y se abrazó de las rodillas. Estaba aterrada, preocupada y desesperanzada. Tenía el presentimiento de que los enemigos la utilizarían como carnada y así intentarían matar a Lillie y Merten. Exhaló con profundidad y lloró en silencio. No sabía cómo escapar, ni de qué forma solucionar el problema. Se sentía impotente. Previamente, le arrebataron el morral y la habían hecho sentir como a un ser insignificante. Los ángeles no eran salvadores, sino que eran entes con formas de pensar y lineamentos provenientes de una cultura antiquísima. De eso no tenía duda. No eran seres inmaculados, perfectos, ni mucho menos benevolentes. Incluso, se atrevía a pensar, quizás eran tan crueles como los mismísimos demonios. De lo poco que había conocido a estos últimos, le parecía que no había una gran diferencia, a excepción de Vozzach, el mercader que, aunque no totalmente, parecía más racional que los otros. Por lo menos él es un descarado de frente. Estos se ven dignos y…, sus pensamientos se interrumpieron. Escuchó atenta y se acercó más hacia el lugar del que provenían dos voces. —Tenías razón, padre. Los Nefilinos están de vuelta. Encontramos a una en el sitio de investigación. —Se oyó la voz de Eurielle—. Porta una de las Armas de la Devastación, de las que usaron los del pasado. Además, lleva el nombre de la bruja, Lilith. —Es obvio que esa zorra los creó. ¿La capturaste? —respondió una voz varonil. —Estoy a punto de lograrlo. Tengo una carnada que la traerá hasta la Ciudadela Blanca. Sé que llegará en cualquier momento. Usaré al escuadrón de defensa para atacar. Utilizaremos los cañones de plasma y destruiremos el camino del río. Sin embargo… —hubo un titubear en su tono—, encontramos Corrupción. Los reportes de Lord Gabriel son correctos. —¿Corrupción? Entonces, ¿ese imbécil no estaba inventándolo? —reprochó—. No importa. Dudo mucho que tenga a un huésped. Preocúpate del Nefilino. Si lo capturas con vida, podremos limpiar el nombre de nuestro Señor. Lord Raphael piensa lo mismo, sobre que Lilith fue quien los engendró de nuevo. —Sí, como ordenes. —No vayas a fallarme, hija. Si esa aberración es la pista para encontrar a nuestro Señor, podremos regresar todo a la normalidad y destrozar a los demonios en el Infierno. Su guerra civil los está hundiendo, así que atrapa a ese Nefilino de mierda. La conversación no siguió. Xenia sentía a su corazón palpitar con fuerza y las manos sudorosas. Si sus amigos entraban a la Ciudadela Blanca, serían asaltados por la milicia celestial y estarían en graves problemas. Entonces, se incorporó y buscó algún cerrojo, pero nada. No había forma de escapar. La frustración se apiló en su interior y soltó un sonido ahogado. —Lillie, Merten, perdónenme —susurró, angustiada.

***

Merten abrió los ojos, miró los alrededores y reconoció la vieja casa en el poblado del norte donde vivió con sus padres. No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero le pareció extraño. Hizo memoria y se aseguró de que estaba soñando. Debía ser así, pues él y Lillie abrieron la prisión del primer corazón con ayuda de Ossu. Cuando el órgano estuvo sin ataduras, ambos lo tocaron y buscaron en el interior. Le había parecido una sensación tersa al contacto con una plasta cálida y suave, pero imposible de sostener en las manos. Avanzó unos pasos y encontró las camas que pertenecieron a su familia. Observó con disgusto, ya que había dos cuerpos contraídos, con la piel chupada y rojiza, con las caras alargadas como si hubieran muerto del susto. Sus ojos estaban completamente blancos y sus bocas torcidas. Lucían aborrecible, así que se alejó unos pasos. —Sí, son asquerosos. Esos cadáveres repugnantes ya no pueden ser llamados “papás”, ¿cierto? —Un eco extraño y nasal sonó en los alrededores. Para el chico, era imposible asociar esos cuerpos con sus padres. ¿Por qué estaban allí? Los vio ser asesinados por los demonios doce años atrás. A su padre lo cortaron por la mitad y a su madre le arrancaron la cabeza y se comieron sus restos. Lo sabía muy bien. Ambos se interpusieron en el camino de los engendros para salvarle la vida, dejándolo solo. —Sí. Te abandonaron. —Siguió la voz inusual. Se debatió, sin saber qué hacer o pensar. Giró a la derecha y encontró algo que capturó su atención. Era un jarrón rojizo con hermosas flores de tonos lilas. Tenía un papel con un nombre: Lillie. Se acercó y las tomó. Sonrió y recordó el día en que aceptó la muerte de mamá y papá. Les había puesto flores hermosas junto al único retrato a lápiz que tenía de ellos. Entonces, se acercó a la cama, se inclinó y tocó la mano torcida de uno de los cadáveres. Sí, eran horrendos, pero fueron los cuerpos de su familia, de las personas que lo salvaron, que dieron su vida por él. ¿Por qué debía creer que eran asquerosos y menos valiosos que cuando estuvieron vivos? Puso las flores en los pechos de cada uno y esbozó una sonrisa. La habitación se distorsionó, como una pintura de acuarelas. Los poros de Merten se hincharon y un escalofrío lo invadió. El panorama frente a él fue cada vez más nítido, y visualizó la mesa en la casa de Ossu. Miró a la derecha y encontró a Lillie también sentada. —¿Qué fue eso? —dudó, inquieto. Ossu rehizo la prisión y encerró la plasta del primer corazón. Lillie, por su cuenta, le mostró el pedazo de La Llave y sonrió. —Mortábiss, la Abominación de lo Pútrido —corroboró la chica—. Es una fortuna que ninguno de los dos nos perdimos en las visiones que los Terrores provocan. Ossu, prepárate para sacar al segundo. —¿Volverán a aparecer cosas extrañas? —dudó el muchacho. —Sí. Debemos estar listos. Afectarán a quién más miedo presente. Mortábiss es un Terror Menor, así que no es tan peligroso. Merten asintió y recordó la pelea contra Ninhussay y Nybath. La última había sido mucho más compleja que el resto, mucho más insólita, pues había hablado. Se preparó y vio que Ossu deshizo la prisión con un cincel y martillo. El metal se quebró y la plasta se esparció por la mesa. Los chicos extendieron las manos, tocaron el líquido y comenzaron a buscar la siguiente pieza. Nuevamente, todo en los alrededor cambió. Merten se encontró frente a un mercado en el viejo pueblo del norte de su país. La gente iba y venía con canastas llenas de frutas y verduras, con jarros de barro atiborrados de arroz y frijoles, entre otras cosas. —¿Lo de siempre, muchacho? —La voz de un vendedor capturó su atención. El hombre traía un gorro tipo turbante, sus ojos estaban levemente cerrados, su piel parecía bronceada por el sol y mostraba una sonrisa alegre. Él asintió y lo vio poner un par de manzanas y zanahorias en un canasto. —Descuida, ya verás que todo estará bien. Sonríe, que estás vivo —insistió el hombre. Merten agachó el rostro y recordó aquellas sensaciones del pasado, esas que lo llenaron de rabia y frustración. Había deseado morir, desaparecer y dejar de escuchar palabras de falsedad. ¿Por qué la gente insistía en que todo estaría bien? Sabía que era una mentira. Le aterraba vivir por su cuenta. Estaba solo. Mamá y papá jamás regresarían. Nunca. —Nunca. —Una voz femenina se oyó junto a él. Levantó el rostro y vio que todo se opacó, como si un gas denso se apoderase del sitio. La escena cambió por completo y visualizó a una niña pequeña de cabello largo y castaño, de ojos azules con destellos inusuales, vestida con una capa sucia y larga. Su rostro lloroso estaba puesto frente a la figura de una persona encapuchada. Merten dio unos pasos y pudo distinguir que era un hombre de cabello café, pero más oscuro que el de la chica, y los ojos de un azul brillante como si fuesen iluminados por el neón. —¿Para qué vivir en un mundo donde estarás sola? No hay razón de seguir. La vida, así como la muerte, es dolorosa —dijo este último. —Papá, ¿por qué te tienes que ir? —contestó la niña sin dejar de sollozar. —Volveré. Te lo prometo —mintió el hombre. —Una promesa vacía. —La voz femenina sonó como si proviniera de bocinas alrededor de la escena. —¿Lillie? —Merten se atrevió a preguntar. —No sé qué es lo que debo hacer. No sé qué es lo que deseo. Siento que me he atado a algo que no es real —continuó la voz de Lillie—. No sé cuál es el camino correcto. Tengo mucho miedo de que ellos no me acepten como su reina. —Lillie, sé que puedes oírme, así que escucha —pidió con un tono seguro—. No hay un camino, no hay nada. Ese dolor que experimentaste no se quedará para siempre. Yo… —sonrió tristemente— yo también lo conozco. Aunque intento disfrutar los momentos de la vida, especialmente cuando convivía con Xenia allá en el pueblo, hay veces que me siento fatal, ¿sabes? Son esos momentos en los que me pregunto el porqué. ¿Para qué esforzarme y hacer algo que parece carente de sentido? Pero no lo es. Para mí no. Y eso es lo que importa. Si para ti el trono es lo más valioso, debes buscarlo, pero tampoco debes creer que es la respuesta absoluta. Sé que podrás adaptarte y seguir peleando por algo que encienda tu inquietud por vivir. —¿Qué pasará cuando haya subido al trono? La niña de la escena lo encaró. Sus ojos grandes e hinchados por el llanto le causaban una sensación de calidez y dulzura a la par. Él se inclinó, le limpió las lágrimas y le acarició la cabeza. —Seguir. Eso es lo que pasará. Seguir. Esa es la aventura, nuestra historia —pronunció el chico sumamente cálido—. Somos los actores de lo que vivimos, y sólo nosotros podemos comprenderlo. Sólo puedes darle el peso y significado que desees. Nada tiene sentido. Nada es importante. Esa es la vida. El espectáculo más único, vivido por los actores principales, que somos nosotros en nuestro propio teatro. La pequeña sonrió y asintió. La oscuridad se disipó y la imagen del hombre y ella se esfumaron como humo negro. Los chicos reconocieron la sala en la casa del Forjador y soltaron un suspiro pesado. Merten sacó la mano del corazón y la miró, pues traía un trozo de La Llave. —Lo encontraste —habló Lillie con una sonrisa grande. Ossu se apresuró y cerró la prisión. Parecía que usaba un hechizo mágico; su martillo resplandecía y se veían runas brillantes sobre el metal. Encerró la plasta de vuelta y respiró con alivio. —¿Listos para el último? —preguntó. Lillie miró a Merten y este asintió, seguro. —Nybath —dijo, con un leve miedo casi irracional. —Nybath, La Señora del Conocimiento, El Terror del Caos —confirmó Lillie. Los dos se ofrecieron miradas de afirmación y se prepararon. Tocaron el cuerpo flácido del corazón recién liberado y se adentraron al Terror. A diferencia de las veces pasadas, ahí no encontraron escenas de su pasado. Merten podía distinguir un sitio amplio, con un piso escondido por una niebla espesa. Dio unos pasos, pero no encontró nada. —¿Lillie? —habló, titubeante. No hubo respuesta. Había un viento suave que sentía sobre la piel. Miró el cielo y encontró nubes que pasaban. Gracias a una iluminación tenue, podía saber lo que eran. Sin embargo, no podía ver lo que causaba el leve brillar. ¿Era la luna? Siguió el camino, hasta que sintió que pisó algo denso. Se inclinó e intentó retirar la niebla. Se exaltó, al reconocer la acuosidad ennegrecida que había visto en el pasado, en la piedra del Gólem de la nación del noroeste. —No, no, no —dijo con un tono precipitado e intentó alejarse. Tropezó, sintió el líquido en las manos y se quedó inmóvil, con el corazón ansioso por el susto. Miró a los costados y vio que estaba en otro lugar. Parecía un corredor lleno de armaduras altas, cascos con cuernos, pinturas de paisajes tétricos y figurillas en los estantes de vidrio. Se incorporó y descubrió que no había nada en sus manos. Se acercó a la ventana y encontró un hermoso jardín en el exterior. Era muy diferente al de Ossu. Había rosales de todo tipo, puentes, fuentes en diferentes sitios y quioscos que cubrían sillas y mesitas para el té. —Es bellísimo, ¿cierto? Una voz lo sorprendió. No era femenina, como en la visión del Terror anterior. Buscó en los alrededores y divisó a una persona que jamás había visto. Era un muchacho pálido, de ojos verdes con destellos mieles, de cabellera roja oscura y vestimenta negra. Miraba el exterior, pero su semblante arrojaba una tristeza profunda y casi vacía de sanidad. —Eh… —Merten buscó palabras, pero no supo qué decir. El desconocido se recargó en el marco de la ventana y lo contempló. Aquella simple acción causó que Merten se sintiera fuera de sí. Creía que estaba totalmente expuesto, como si el otro pudiera ver los reproches que lo atormentaban. Estaba seguro de que se percataba del amor que sentía por Xenia. Un amor no correspondido. La quería. Había comenzado a estimarla más y más desde que lo ayudó a sobrellevar la muerte de sus padres. Sabía que ese sujeto inusual podía ver, como un filme, todo el proceso. Desde la primera vez que ella lo curó y le dijo que tuviera más cuidado. Cuando le contó lo de su madre, hasta aquella noche en que él se percató de que ya no la miraba igual. La apreciaba mientras recolectaba plantas. Lo hacía soñar y sonreír, con la esperanza de que valía la pena seguir viviendo. Pero también sabía que la verdad estaba expuesta. Sobre el dolor que le causaba verla entusiasmada por otra persona. No obstante, no podía odiar a Lillie. Menos porque la conocía con cada día y aventura. Era todo lo contrario. Aprendía de ella y creía que sería una excelente compañera para Xenia, si es que algo se daba entre ellas. Aun así, no podía evitar la tortura. Su pecho se apretaba en cada palpitar, las lágrimas se apilaban en sus ojos y su boca soltaba gemidos por causa del tormento. Inclusive, aparecían dudas. ¿Por qué Xenia no siente lo mismo que yo? Después, otra aflicción se hizo presente. ¿Qué haré una vez que Lillie abra el portal del Cielo? En esos momentos, tenía la libertad de buscar un camino nuevo, pero aquello aseguraba un martirio distinto. Si cometía un error, marcaría el resto de su existencia, así lo creía. Si no encontraba el sitio indicado, se recriminaría por siempre, lo pensaba. Y, la última de todas, ¿lograré sobrevivir sin Xenia? Se había acostumbrado tanto a su presencia que la consideraba su familia. ¿Qué haré sin ella? ¿Está bien visualizar una vida sin mi mejor amiga, aceptando que le temo a la soledad? ¿Cuál es mi lugar en este mundo? ¿Acaso soy un egoísta al desear que ella se quede a mi lado por siempre? —¡Basta! —Merten gritó exasperado y dio un paso atrás. Su respiración estaba agitada y, de su frente, salía sudor sin parar. El desconocido no dijo nada. Únicamente lo observó con una mueca demasiado seria. Merten se inclinó y se cubrió las orejas, como si aquello pudiera ayudarle. Pero no podía evitar perderse en el mar de preocupaciones. ¿Cómo saldría de allí? El otro se acercó a su posición y le tocó el hombro. El chico levantó la cara y descubrió a una criatura distinta, con el cuerpo en exceso delgado, como un cadáver, pero con los músculos marcados y el rostro cubierto por una media máscara de algún cráneo humano. ¿Qué era? ¿Dónde estaba el desconocido? Merten se incorporó rápidamente y notó algo más inusual. En los brazos del ente había unas cadenas totalmente negras, justo como el líquido que poseyó a los ángeles y al coloso. —Eres el huésped —musitó, totalmente desconcertado, y recordó las palabras de Lillie. El extraño giró y se acercó a una puerta. Le arrojó una mirada vacía y luego se marchó. El corredor se deshizo, como si todo fuera una ilusión de humo, y el chico quedó frente a la mesa. Escuchó a Ossu y a Lillie hablar de algo, pero no pudo dejar de pensar en lo que había visto. ¿Qué fue eso? Había esperado algo relacionado con su propia vida, como ocurrió con los otros Terrores, pero no. Nybath le había mostrado algo en exceso turbio. —El huésped —susurró y se sintió abandonado, pero de una forma diferente. No era como lo que había pasado después de la muerte de sus padres, sino como algo ajeno a sí mismo. —¿Merten? ¿Estás bien? —Lillie lo llamó y le tocó el brazo. La miró y se obligó a sonreírle. Asintió y prestó atención al frente. Ossu ya había encerrado de vuelta el corazón de Nybath y tomaba el caldero. —Vamos a tirar los corazones al mar. Acompáñame —dijo Lillie y los agarró. El chico obedeció y la siguió. Salieron y cruzaron la puerta hacia los jardines traseros. Caminaron por una de las carreteras olvidadas y se detuvieron frente a un río que había invadido la ciudad con un nuevo cauce. Lillie arrojó los objetos brillantes, y Merten no pudo dejar de mirar el último, el más grande, el de Nybath. —¿Estás bien? —insistió la chica, al verlo muy serio. —Sí, no pasa nada —mintió y se forzó a mostrarse tranquilo—. Volvamos con Ossu. —Tardará en forjar La Llave un par de días. Además, te hará un arma con una parte del corazón de los Terrores. No opinó. No era una mala noticia, lo sabía, pero no tenía idea de qué pensar. Sí, había un vacilar en su interior, pero no era un miedo común. Jamás había experimentado algo así de extraño y terrorífico. Y no podía comprender la razón. —Volvamos —dijo más sereno. Regresaron a la casa del gigante y decidieron descansar. Merten se quedó en la misma habitación que utilizó la vez pasada, pero no pudo dormir. Su mente vagaba en lo que la Señora del Conocimiento le mostró. Estaba seguro que vio al huésped que controlaba a la Corrupción. El problema era que no reconocía al muchacho. Jamás lo había conocido. ¿Debía contárselo a Lillie? ¿Qué había experimentado ella? ¿Lo mismo? A juzgar por sus actos, parecía que no. Se incorporó y salió del cuarto. Escuchó ruidos en la cocina, pero no le importó. Tal vez era Ossu trabajando en La Llave y el arma. Caminó hacia la puerta y avanzó al exterior. Anduvo por el sendero junto a los arbustos y se quedó parado frente a un árbol. Aquello lo hizo comprender algo. El miedo que había experimentado era uno muy especial. Quizás, otros lo sintieron también, pero no del mismo modo que él. Podía compararlo con lo que esas personas que descubrieron cosas importantes en algún momento del pasado vivieron. Recordó la historia de uno de los más grandes científicos de su vieja nación: Galileo Galilei. Sonrió ante la noción y el horror que el hombre debió haber sentido por culpa de la Inquisición y la iglesia romana. No era idéntico, pero sí parecido. Ese investigador estipuló algo sustancial de manera científica, respecto al centro del universo, el sol, las órbitas de los planetas y de más. Pero fue negado por aquellos que tuvieron el poder. Fue llamado hereje y sentenciado. Si lo que Merten vivió dentro de Nybath era la verdad, ¿qué pensarían los demás? ¿Sería acusado como un loco? Respiró hondamente y se recargó en el tronco. Decidió enfocarse en su amiga, así que dejó que la preocupación lo irritara. Prefería una sensación que ya conocía, así lo llenase de angustia. Sonrió con tristeza y cerró los ojos. —Te salvaremos, Xenia —susurró.

***

La humedad era muy alta en el ambiente matutino y la frescura de las plantas agregaba una sensación confortable. No obstante, Lillie no podía dejar de pensar en los eventos recientes. Su mente iba y venía entre los combates que había disputado contra los ángeles que rondaban la Tierra, hasta el encuentro con el arcángel que había tomado a Xenia. Levantó la mano un poco y la observó. Estaba sentada en la entrada de la casa del gigante, así que el panorama frente a ella era agradable. Recordó el momento en que la otra buscó su tacto y le causó un estremecimiento. Sonrió, de manera inconsciente, y soltó un pequeño suspiro. Debido al tipo de vida que había llevado hasta unos meses antes, nunca había tenido la oportunidad de experimentar aquello relacionado con el placer físico, ni mucho menos con los sentimientos. Aun así, estaba segura de algo. Lo que percibió no estaba vinculado al deseo sexual, sino al gusto. El calor de Xenia, su piel tersa y su cercanía eran aquellas cosas que le causaban inquietud. Después, bajó la mano y se reprochó. Debía salvarla, pero no por las razones iniciales sobre el sacrificio para el portal, sino porque era una externa al conflicto que se suscitaba entre los ángeles y demonios. Sin embargo, debía hacerlo más que nada porque era su amiga. Se levantó y se acercó a los arbustos de flores. Miró las amarillas que tenían un botón café y las tocó suavemente. Recordó a sus hermanos, en especial al mayor. Ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse el día en que su padre llegó con la noticia de que debían partir. Lo recapitulaba con claridad. Fue una noche nublada e inusitada. Momentos atrás, había jugado con su hermano en la sala de la casona que habitaron. No sabía dónde vivieron con exactitud, pues nunca les permitieron salir, excepto a los jardines. Pero podía recordar un encuentro inusual que tuvo el día de su fuga, meses antes de que su padre la sacara de la casona. Era un bosque llamado “Del Olvido” o algo así, pensó. Luego, regresó a la memoria de su pasado. —Mañana seguiremos jugando. —La voz de su hermano sonó desde la esquina del pasillo alargado. Ella lo miró sin moverse de su posición junto a una puerta y sonrió. Había muebles rústicos, como trinchadores enanos, pinturas y armaduras ornamentales de metal oxidado. Ella asintió con timidez y levantó el brazo para decirle adiós. El otro niño de cabellos rojizos hizo lo mismo y desapareció por la pared del final del corredor. La chica cerró la puerta de la habitación y se acercó al peinador. Se sentó y comenzó a cepillarse el cabello largo. Era una de las cosa que más gozaba hacer antes de dormir, ya que le recordaba a las noches en que su padre estaba con ella. “Tienes el cabello muy lindo, justo como tus muñecas”, recordó. Sus mejillas se sonrosaron y prestó atención en su reflejo. Sus ojos grandes, de un tono entre el verde olivo y el azul celeste, estaban fijos. Su boca era pequeña y rosada. No sabía cómo identificar la belleza, pero su padre la describía así, haciéndola sentir segura. El sonido de un trueno la asustó. Le pareció extraño que una lluvia comenzara cuando todo el día el cielo estuvo tranquilo, así que se levantó, caminó hacia la ventana, sin soltar el cepillo, y movió la cortina. Todo estaba completamente oscurecido, por lo que no podía detectar las estrellas. Hasta que otro relámpago apareció, aunque mudo, e iluminó el centro de lo que parecía un torbellino. Las nubes giraban y parecían demasiado cercanas a la casona. Se movió deprisa rumbo a la puerta, pero escuchó pasos en el exterior. Aguardó y se preguntó qué pasaba. ¿Debía buscar a Eilif, su hermano? Entonces, la puerta se abrió y reconoció la figura de su padre, quien denotaba una seriedad demasiado profunda. Sus ojos no destellaban, por lo que estaban opacos. Su cabello largo y castaño estaba sujetado en una media coleta. Su barba lo hacía lucir mayor, ya que era prominente. Él se acercó a la pequeña y le acarició la cabeza. —Vámonos —dijo en un susurro. —¿A dónde? ¿Por qué? —preguntó ella, con los poros hinchados ante el miedo. Papá no respondió. Buscó en el guardarropas y sacó una túnica vieja. Se la puso y le sujetó el brazo. La condujo fuera de la habitación, y ella lo único que pudo escuchar fueron las voces de otras personas, incluida la de su hermano mayor. —¿Papá? —insistió. Llegaron hasta el recibidor y salieron. La lluvia comenzó a caer con una intensidad trepidante. Los truenos no dejaban de rugir y los rayos salían de un epicentro formado entre las nubes. Había una sensación de furia en la tormenta, por lo que ella acortó la distancia con su padre y se aferró de su capa blanca. —No temas, cariño. Todo estará bien —habló el hombre. Se detuvieron cerca de un lago, donde Lillie perdió el cepillo, cruzaron un puente y se adentraron a lo que era una zona boscosa en los jardines de la casa. Pasaron un pozo y la niña no pudo reconocer el sendero. Nunca antes había llegado hasta esa zona. Luego, se quedaron parados frente a lo que parecía un espejo enorme e incrustado en un monumento de piedra. Tenía un símbolo tallado en forma de una estrella de nueve picos en la parte superior. —Vamos —indicó papá. Reanudaron el paso y ella creyó que chocarían con el vidrio, pero no fue así. Se asemejaba a un líquido denso y cálido. Los colores se distorsionaron, los olores también, y el sonido de la tormenta se apagó. Minutos después, otra llovizna los recibió. No había bosques en los alrededores, solamente paredes de edificios destruidos a los costados. Al frente, se veía una carretera abandonada con extraños objetos metálicos que tenían llantas en la parte inferior. —Lillie, escucha con atención. Tengo que irme —el hombre expresó, mientras la sujetaba de los hombros y la miraba de frente. Sus ojos comenzaron a brillar en tonos azules, y ella comprendió que su poder incrementaba. ¿Estaban en peligro?—. Aquí estarás a salvo. Perdóname. No puedo quedarme, o… —Chistó con la boca y soltó un respiro profundo. Agregó—: Te prometo que regresaré. —¿Por qué tienes que irte? —preguntó la chica y comenzó a llorar. La voz de papá se distorsionó y Lillie volvió a la realidad. Cada que pensaba en su familia, el recuerdo de su padre invadía su mente. Era el recordatorio de la mentira más cruel que había escuchado y también la principal razón para continuar con su objetivo y coronarse como la Reina Celestial. Creía que sólo así encontraría las respuestas de todo. —¿No quieres comer juntos? —La voz de Merten interrumpió sus pensamientos. Dio una vuelta y lo encontró parado en la puerta. Se le acercó y entró junto a él. Se sentaron en el comedor y se sirvieron en los platos todo tipo de guisos de las cacerolas humeantes. Por unos minutos, no hubo conversación alguna. Ella había notado un cambio en las acciones de Merten, pues solía ser expresivo y hablador. —La salvaremos, tenlo por seguro. No le harán daño porque saben que yo entraré a la Ciudadela —dijo ella. —Si realmente la hubieran querido matar, lo habrían hecho allá en el país del noroeste —externó él y comenzó a comer. Asintió y lo imitó. Se mantuvieron en silencio, hasta que Ossu apareció de la intersección que llevaba a la cocina. Traía en la mano un martillo parecido al de la escultura que adoraban la fuente de los jardines y en la otra un objeto resplandeciente. Se detuvo frente a ellos y puso el segundo en la mesa. Los chicos miraron y Lillie reconoció La Llave, la cual tenía la forma de un báculo levemente curvado en la pare superior. Tenía tallados hermosos en el resto del cuerpo plateado y la inscripción de una frase que la chica podía entender. Divus Paradisus, leyó en silencio. —Está lista y activa. Ya pueden abrir La Puerta del Cielo —indicó Ossu con un tono de leve desilusión—. Pueden quedarse esta noche, si lo desean. Les preparé alimentos para mañana. También está lista la ballesta, muchacho —agregó, más entusiasmado. Sacó del bolsillo otro objeto y lo colocó en la mesa. Merten la sujetó y la inspeccionó con interés. El cuerpo tenía una estructura híbrida, entre un mango de rifle y un arco tradicional. Al final, tenía una mira de cruz, para mejor puntería, y el cartucho inferior era más robusto. —Gracias —contestó. —Intenten descansar. —Dio la media vuelta y regresó a la cocina Los chicos no dijeron nada. Lillie tomó La Llave y la guardó. Merten dejó el arma a un lado y se retiró. Fuera lo que fuese que lo atormentaba, ella no pudo comprenderlo. Probablemente había sido una de las visiones de los Terrores, ya que la chica había regresado a su pasado, a las escenas que más dolor le causaban. Las heridas se habían avivado, como cortadas enrojecidas al contacto con algo ardiente. Quizás, él también presenció algo desagradable. Lillie se puso de pie y entró a la habitación. Arregló las cosas para partir en la mañana e intentó descansar. Se acostó, cerró los ojos, pero no durmió. Dio vueltas en la cama una y otra vez, sin percatarse de cuántos minutos y horas pasaban, hasta que se desesperó. Abandonó la recámara y descubrió la oscuridad de la madrugada. Salió al jardín y encontró a Merten sentado debajo del árbol más grande de la derecha. Se dirigió hasta su posición y se acomodó a su lado. Disfrutó de su presencia, con la memoria de su hermano presente. —¿Qué pasará cuando te corones en el Cielo? —El chico rompió el silencio. —Tal vez encontraré la razón por la que mi padre huyó. O tal vez no. —Aceptó, renuente, y se sintió ligera. La brisa nocturna era suficiente para llenarla de melancolía. Hasta ese instante, se percató de algo. Una vez que rescatase a Xenia, sabía que ellos dos no podrían seguirla al Cielo. Regresaría a la soledad habitual y enfrentaría a los Grandes Arcángeles. —¿Crees que algo aquí se modifique? —preguntó Merten y la miró. —No lo sé —contestó y le regresó la mirada. —Si fuera así, ¿qué cambiaría? Todavía hay más Terrores en el resto del mundo, ¿verdad? —Sí. —¿Y los demonios? ¿Seguirán asesinando humanos? —Él volvió a cuestionar. —Probablemente. —Eso quiere decir que los ángeles tampoco abandonarán el planeta. —Lo que te puedo afirmar es… es muy poco. Desconozco muchas cosas de la situación actual del Cielo —dijo Lillie, titubeante—. Isaiah, el ángel que me cuidó aquí en la Tierra, me contó una parte. Hay una guerra política entre algunos de los líderes. La mitad se opone a continuar con el viejo mandato y el resto cree que deben seguir las tradiciones. Además, el nombre de mi padre está en tela de juicio. Sé que desean asegurar que no rompió el Balance. El chico asintió, como si comprendiese, y puso la vista en la fuente. —¿El Balance y la Corrupción están relacionados? —dudó. —Sí. Se dice que el Creador dejó a la Corrupción en el centro del Infinito, como un arma para restaurar el Balance. Cuando este haya sido quebrantado por completo, la otra tomará a un huésped y susurrará mentiras y verdades como si fueran lo mismo —reveló y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero—. Entonces, el Destructor aparecerá, destrozará todo y desenmascarará al verdadero traidor, al que ha iniciado la rebelión contra el Creador. Sólo una vez ha ocurrido, pero el Balance no se restauró como estipula la profecía. —¿Por qué? —Porque la Tierra quedó así como la ves, llena de destrucción y desolación. Demonios y ángeles, Terrores y Gólems… no hay más civilización humana. De nuevo, él movió la cabeza en forma afirmativa, pero completamente seguro de lo que decía. —¿Qué pasará cuando la Corrupción se apodere de todo? —No lo sabremos. Las mentiras y las verdades estarán entrelazadas, así que nadie podrá saberlo —aseguró ella, escondiendo la preocupación ante tal posibilidad—. Si el huésped es asesinado, entonces la realidad regresará a lo que debe ser. O, por lo menos, a lo que el Balance dicta. Merten titubeó y exhaló hondo. Volvió a mirarla, pero como si le rogase, por lo que Lillie le arrojó una mueca de duda real. No obstante, él negó y esbozó una sonrisa falsa. —¿Qué más puedes decirme sobre la Corrupción y el huésped? —pidió. Por unos instantes, Lillie no dijo nada. Se aclaró la garganta y agachó la mirada. —Cuando el Destructor llegó a la Tierra, cuando el Apocalipsis se desató, la Corrupción estaba en proceso de expansión. Se dice que tomó a un huésped muy poderoso, a un Nefilino. Al líder original de ese pueblo. Su nombre era Anselm. —¿Por qué hablas de él en tiempo pasado? ¿Acaso murió? —Sí. Isaiah me dijo que fue asesinado y que la Corrupción regresó a su lugar de origen. —Entonces, ¿otra vez ha despertado? ¿Crees que ya tenga a un huésped? —preguntó, levemente desesperado. —Muy probablemente así sea. ¿Recuerdas lo que vimos allá en el noroeste, cuando matamos al coloso? —Sí —contestó, con el corazón apretujado por el miedo y la mente en un tumulto. —La Corrupción ya tiene el poder de expandirse, así que es probable que el huésped la comande. Si es el caso, mi primera tarea como reina será buscar un método para detenerla. —¿Al huésped? —Sí. —¿Cómo? ¿Acaso sabes quién es? Lillie reconoció una mirada llena de miedo y confusión, esa misma que le había ofrecido en el momento en que se conocieron. Le sonrió amablemente para tranquilizarlo y negó. —No. No lo sé. Pero tendré a un reino lo suficientemente grande para encontrar la respuesta —contestó, lo más dulce que pudo. Merten afirmó, pero todavía no sabía lo que debía hacer con la información que Nybath le mostró, ni mucho menos la razón por la que se lo había revelado solamente a él.

***

—¡Despiértenla! —Se escuchó una voz femenina. Xenia abrió los ojos y vio a dos soldados acercándose a la prisión. La movieron bruscamente y deshicieron los barrotes con tan sólo tocarlos. La sujetaron de los brazos y la condujeron hacia una puerta elevada. Entraron y la dejaron caer cerca de una mesa. Ella se sostuvo con las manos y rodillas, luego observó los alrededores y se incorporó. El lugar parecía una sala extraña con estatuas a los costados. Sobre la mesa, había un mapa de papel de un mundo diferente a la Tierra, así como mediciones de coordenadas escritas en una lengua distinta. En el techo, lucía un candelabro de cristal que hacía juego con el resto de las decoraciones en tonos claros. —Humana, vamos a conversar —dijo una joven desde el otro lado de la mesa. La chica la reconoció. Su cabello blanco, con un estilo como de casco, su tez oscura y reluciente por su musculatura y armadura, así como sus ojos de un tono amarillo, eran delatores suficientes. Además, sus alas, mucho más grandes y bellas que las del resto de los soldados, la hacían lucir como a una líder. —Retírense. —Eurielle le indicó a la escolta. Los militares abandonaron la sala sin reproche alguno, pero la conversación no continuó. Xenia aguardó, puso más atención a los objetos sobre la mesa y encontró su morral. Intentó moverse, pero una espada alargada apareció frente a ella y la amenazó a unos centímetros del cuello. —Ni lo pienses. Contestarás mis preguntas, si no quieres que te haga rogar por tu vida —expresó Eurielle con severidad. Asintió y vio que la espada desapareció en un destello blanco. —¿De dónde carajos sacaste esto? —Inició el ángel, al tomar el prendedor que Lillie le ofreció a la chica. —Es un regalo —dijo honesta. —¿Un regalo? No me mientas, o te las verás negras. —No te estoy mintiendo —aseguró con un tono retador. —¿Por qué una humana cualquiera tendría en su poder una de las joyas del Trono Celestial? ¿Joya del Trono Celestial? ¿Eso es lo que es?, pensó, sin mostrar cambio alguno en su rostro. —¡Responde! —No sabía que eso era. Fue un regalo. —Y, lo peor de todo, es que la has manchado con la memoria de un humano insignificante. —Mi madre no fue un “humano insignificante”. Fue mi salvadora. Fue mi guía y mi luz, aunque también mi oscuridad, por mucho tiempo. Eurielle estuvo a punto de burlarse, pero no lo hizo. El rostro inexpresivo de la chica le recordó que no estaba frente a su padre. No tenía razón para seguir los modos de él, pues no le parecían del todo correctos. Sin importar que debía comportarse “fuerte” delante de aquellos que no eran dignos del respeto, creía que era un error juzgar a otros, como se enseñaba en su reino. No simpatizaba con los humanos, pero tampoco los consideraba inferiores. No obstante, jamás podría expresar algo así frente a los líderes, menos porque era la Campeona del Cielo. Puso la joya en la mesa y la empujó hasta el lugar de Xenia, quien se mostró menos seria y le arrojó una mirada de duda. —Tómala —comandó Eurielle con un tono falso de fanfarronería. Ella lo hizo y sonrió cálidamente, debido a que sintió la temperatura agradable en sus manos frías. —Supongo que fue un regalo del Nefilino, ¿no? Es obvio que la robó. —Siguió la Campeona y dio unos pasos a la derecha, para tomar el morral y sacar el resto de las pertenencias. —¿Robarla? Lillie nunca ha estado en el Cielo. No sé de dónde lo obtuvo, pero tengo una teoría —confirmó Xenia y puso atención en sus actos. El ángel inspeccionaba los ungüentos, el Buscador y el mapa. —¿Cuál? —Ella me dijo que su padre fue el rey del Cielo. —¿Elohim? ¿El Padre Celestial? ¿Lemuel? —cuestionó, confundida. —Eh… desconozco su nombre. Sólo me dijo eso. Me aseguró que él se la regaló. —Las joyas del Trono Celestial sirven para guardar el poder de nuestro Señor. No obstante, desde hace años, han estado vacías de su esencia, por eso lo estamos buscando —reveló Eurielle y abrió el mapa. Lo miró interesada, por unos segundos, pero regresó la atención a la otra—. Nadie sabe dónde está. Sin embargo, detectamos la presencia de Nefilinos, casi a la par con su desaparición. —Tal vez sean Lillie y sus hermanos. Ante su propias palabras, Xenia no pudo evitar pensar en su familia. Recordó los días en los que vagó con su madre y hermano en los bosques en busca de plantas medicinales. O las noches en las que no podía dormir y su padre le cantaba una canción hermosa sobre las estrellas y el sol. O los juegos que disfrutó con su hermano en las praderas frente a casa. Sus ojos se llenaron de lágrimas y agachó la mirada. Sujetó con más fuerza la joya y se perdió en el día en que su madre se fue. Era el mismo en que conoció a Lillie. ¿Por qué le ofreció el amuleto? ¿Acaso fue por el martirio en su interior? No, no fue así, recapituló la escena. Ella me dijo que mamá estaba agonizando. Que deseaba partir. Y yo la mantuve con vida por el miedo a quedarme completamente sola. La hice sufrir, y Lillie me ofreció un método para darle el descanso. ¿Por qué? ¿Eso quiere decir que ella se apiadó de mamá? Ni siquiera la conoció. Lillie… Eurielle había detenido su frase unos segundos atrás, al notar el llanto tímido de la otra. Bajó la guardia y se sintió como una villana. No entendía los actos de Xenia, pero no deseaba causarle dolor a un ente que le parecía débil y también misterioso. —No llores. No te haré daño. Sólo quería saber de dónde sacaste el talismán, es todo —dijo más amable—. Si te lo dio esa niña, entonces tengo más sospechas de lo que realmente pudo haber pasado con nuestro soberano. Xenia se limpió las lágrimas y suspiró profundamente. Levantó el rostro y asintió. —No deberías creer que te rescatará. Es un Nefilino —añadió Eurielle con un tono empático y evitó su mirada—. Son los seres más despiadados y poderosos de la Creación, capaces de interponerse ante el mismísimo Consejo Supremo. Se cree que, si renacen, todos estaremos en graves problemas. Por eso, debo atraparla y llevarla ante mi padre y el resto de nuestros Lores. —Lillie no es despiadada. No es mala. ¿Por qué decidiría ayudar a un par de humanos? —Porque necesita un sacrificio para abrir el portal en la Tierra. —Al inicio, así fue. Por eso está buscando La Llave. —Fue destruida por órdenes de Lord Raphael, uno de los Cinco Arcángeles —reveló incauta—. Necesitará la ayuda de un Forjador, si quiere restaurarla. Dudo mucho que el hermano de Uldius le ayude. Detesta a los Nefilinos porque fue por culpa de ellos que su hermano terminó como un prisionero. Xenia comprendió algunos comportamientos de Ossu, así como otros de Lillie. Asintió y dijo un simple gracias. La llevaron de vuelta a la prisión, pero le permitieron quedarse con la joya. Cuando estuvo en soledad, se recargó en los barrotes y sonrió, sin dejar de ver el talismán. Estaba agradecida con su amiga, pero también se sentía inquieta. Si Lillie abría el portal, y si conseguía entrar al Cielo, ¿qué sería de ella y Merten? Entonces, recordó la conversación que tuvo con Ossu sobre Exilia. ¿Valdría la pena buscar un mundo de forajidos? ¿Sería prudente abandonar la Tierra? —No hay nada que me ate a ella —se repitió como en un mantra, como un método para ignorar la ilusión que crecía cada que pensaba en la otra chica.
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