7
La captura
Xenia y Merten se ocultaron entre los escombros. El equipo de búsqueda de los ángeles ya no estaba en el derrumbe de la catedral de Nybath, así que pudieron moverse con facilidad. No obstante, procuraron mantenerse lo menos visible, hasta que llegaron al extremo norte, hacia las afueras de la ciudad. En la vieja carretera, buscaron el círculo de convocación que, suponían, pertenecía a Vozzach. No se equivocaron, pues el demonio apareció y quedó debajo de la imagen tipo ojo pintado en tonos grises en el suelo. —¡Saludos, humanos via…! —Vozzach detuvo la frase y los observó, inquieto. Aunque su rostro era incapaz de mostrar cambios abruptos, había un titubear en el movimiento de sus ojos que se abrían y cerraban levemente. —¿Qué pasa? ¿No esperabas vernos de vuelta? —preguntó Merten un poco a la defensiva. Sin importar que el demonio era un mercante, no se fiaba de este. —No, honestamente no —contestó y se aclaró la garganta—. ¿Qué puedo hacer por ustedes? Tengo a la venta nuevas armas que podrían ayudarlos en sus viajes. —Es obvio que no estás feliz de vernos, Vozzach. Pero deseamos hacer negocios contigo —agregó la chica y se le acercó sin miedo—. Escuchamos que puedes transportarnos de manera rápida a diferentes partes de la Tierra y otros mundos. ¿Cuál es el precio? —¿Quién les habló de algo así? —expresó con un tono duro. —¿Eso importa? —dijo Merten, sintiéndose menos inseguro que momentos atrás. —Sí. Son cosas que no suelo revelarle a cualquiera —habló con más tranquilidad y flotó unos centímetros hacia ellos. Se cruzó de brazos y contempló el horizonte—. Dudo mucho que puedan pagar por un servicio así, Xenia y Merten —pronunció sus nombres como si se mofara de ellos. Ambos soltaron un respiro de sorpresa, sin contener la impresión en sus rostros. Lo que habían escuchado respecto a Vozzach por parte de Liam era cierto. El demonio obtenía información, así fuera algo tan simple como sus nombres; debían actuar con mucho cuidado. —Tenemos algo que te puede interesar. —Merten sacó la cajita roja y se la mostró. La reaccionó de Vozzach fue inmediata. Sus ojos se abrieron más y bajó la guardia. Su mano se movió casi de forma inconsciente, a punto de tocarla, pero el chico la retiró. El demonio carraspeó e hizo un sonido con la boca, como pensando. —Un pedazo de La Llave del Infierno. Interesante. Está bien, los dejaré usar Las Serpientes únicamente por esta vez —pronunció y asintió, complacido. —¿Las Serpientes? —dudaron los dos al mismo tiempo. —Son hoyos dimensionales, fuera del tiempo y la materia que conforman lo que vemos y tocamos. Son muy prácticas para moverse entre todos los universos de la Creación —explicó, dramatizando con los movimientos de las manos—. ¿De qué otra manera un mercante como yo, de tan alto prestigio, lograría aparecer en lugares tan lejanos de forma rápida y segura? Podrán viajar así por esta vez, pero prometerán que jamás las mencionarán. El Forjador Ossu se los contó, ¿cierto? Ese gigante, hablando sin respetar nuestros acuerdos. —Se quejó como si los chicos no estuvieran presentes. Negó y, molesto, cerró los puños—. ¿Qué se cree? ¿El salvador de los humanos débiles? Está como esos jodidos Templarios. ¡Patrañas! ¡Son patrañas lo que dicen sobre su deidad pútrida! —¿Vozzach? —Xenia lo llamó con confusión. El aludido tosió levemente y se calmó. Se movió a un lado y les indicó que avanzaran hasta el círculo de convocación. —Pasen. Aceptaré el pedazo de La Llave del Infierno como pago. Tengan cuidado, humanos. No encontrarán enemigos allí, pero sí podrían quedar afectados por lo que verán o sentirán. No es mi responsabilidad lo que puedan encontrar en Las Serpientes. Merten le entregó la cajita y tomó la mano de Xenia. Caminaron hasta el círculo y aguardaron. Vozzach se despidió con un ademán y prestó interés en la caja. Entonces, los chicos sintieron que flotaban, que las dimensiones se distorsionaban, como si estuviesen en un elevador que bajaba y subía sin control. Pero no pudieron aferrarse de nada más que de ellos mismos. Soltaron un grito ahogado y sus cuerpos desaparecieron, al iluminarse en tonos blancos.***
Durante casi toda la noche y el resto del día, Liam no se detuvo. Utilizó unos pedestales demoniacos que estaban ocultos en lugares estratégicos. Los activó con ayuda de Chaosholder y logró moverse rápidamente por los territorios que alguna vez fueron naciones. Enfrentó a demonios y ángeles casi sin descanso, por lo que sentía al agotamiento recorrer sus músculos. No obstante, no paró; faltaba un poco más para llegar hasta la capital en el noroeste de lo que fue un país fresco y montañoso. Por más que evitaba las autocríticas en sus pensamientos, las palabras de Xenia aparecían como estruendos. Parecían hacer referencia a la maraña compleja que su vida era. Lo interpretaba como un iceberg que no permitía ver más que la punta del problema. La chica la había llamado “víctima”, y la hizo sentir incapaz de protegerse a sí misma. Y eso le molestaba muchísimo. ¿Quién fregados cree que soy?, pensó, enojada. Se detuvo cerca de un viejo parque boscoso y escuchó el ruido de una batalla. Se movió al frente y encontró a ángeles y demonios riñendo. No era un grupo numeroso, pero los primeros tenían problemas para contener a un engendro de buen tamaño. Su cuerpo era de un color azul marino, con cuernos curvados hacia el frente. Debido a su estructura gruesa, con garras delanteras más largas que las traseras, parecía un felino deforme. Sus piernas eran gruesas para darle velocidad y su rostro, entre el de un mono y un guepardo, tenía colmillos inferiores sobresalientes. Liam aguardó unos minutos y usó magia para contrarrestar el agotamiento. Sonrió con seguridad y sacó a Chaosholder. Se adentró a la batalla y empaló cruelmente a los ángeles más cercanos. Les arrancó las alas, las cabezas y los arrojó como estorbos hacia los demonios. Sin embargo, su mente comenzó un juego de palabras. A veces, se excusaba, como si fuese necesario aniquilar de forma brutal y atroz a todo aquél que se pusiera en su camino. Luego, se reprochaba, al recordar el rostro de Merten y Xenia, en especial el de la última. —¡Es el Nefilino! —gritó uno de los ángeles. El demonio azul reaccionó y lanzó a los contrincantes. Se echó a correr y embistió a Liam. Usó los cuernos para atacar como un mamut, pero ella se impulsó y lo montó, para luego provocarlo con la espada y usarlo como un títere que comenzó a asesinar a los ángeles y al resto de los demonios. Después, cuando terminó la masacre, la chica le cortó las astas, el cuello y las patas, y lo dejó desangrarse como un cuerpo que adornaba la desolación del poblado. —¿No lo sabes? —susurró sus pensamientos—. Soy más poderosa de lo que crees, niña —añadió, como si Xenia estuviese allí y pudiese escucharla. Caminó hacia un monumento hermoso y alto. Era una torre de color oxidado y con daños en una de las bases—. No soy la víctima del cuento. Soy el némesis. Detuvo la frase y el paso, pues sintió a la tierra retumbar. Miró a la derecha y encontró a una montaña levantándose. La cabeza tenía detalles de daño, pero sus ojos estaban tallados, justo como la boca, y resplandecían de un color turquesa. En la frente, tenía una piedra azul brillante que estaba invadida por un líquido oscuro como el chapopote. Sus extremidades llegaban debajo de la cadera, unidas por rocas ovaladas e imantadas por algún hechizo arcano para mantener la estructura en orden. En las manos también tenía el mismo tipo de piedra azul corrompida por aquello oscuro. —Interesante. Esto será más divertido de lo que creí —susurró la chica y sonrió engreída. El coloso gritó con una voz que sonó como si su garganta estuviese obstruida por flemas; parecía algo más gutural que animal. Usó el puño e intentó agredirla. Liam aprovechó el momento y comenzó a escalarlo. Sabía cómo destrozar a un Gólem.***
Xenia y Merten observaron el panorama frente a ellos. Las Serpientes eran caminos flotantes en algún mundo sin sol, sin luna y sin tierra. No había base que sostuvieran los corredores, pero brillaban anormalmente por los tallados en los barandales de piedra que servían como protección. Había faros sin cuerpo, más como destellos puestos sobre candelabros elevados, también flotando en la inmensidad del extraño sitio. —Vamos —dijo Merten y dio unos pasos. No obstante, Xenia lo detuvo, ya que al frente no había más que una plataforma de un par de metros de largo. Entonces, sin previo aviso, el camino apareció de los costados. Las rocas se materializaron y se juntaron para hacer escaleras, pasajes y balcones. Un pasillo se consolidó con la forma del cuerpo de una serpiente semi enroscada. Era increíble, ya que nada de eso había sido perceptible hasta que los muchachos se movieron. —Supongo que por algo es peligroso —habló Merten lo más tranquilo que pudo. Subieron las escaleras, pasaron las terrazas hasta llegar a un puente sin protección y alcanzaron lo que parecía el final, donde había un círculo dibujado en un escenario redondo y pequeño. Antes de seguir, miraron atrás y vieron que Las Serpientes desaparecieron como una ilusión. No le dieron mucha importancia, así que subieron al proscenio. Sus cuerpos sintieron lo mismo que la vez anterior. La luz del conjuro los encandiló y todo cambió de nuevo. Delante de ellos ya no se hallaba ese mundo extraño, sino la Tierra. Había una calleja con casas destruidas que llevaba hasta una plaza principal con una torre en el centro. —¡Es Liam! —gritó Xenia, al reconocer a la joven sobre un ser inmenso. El coloso medía un poco más de doscientos metros de alto, se movía lentamente y, cada que estampaba los puños en el piso, dejaba cráteres de más de cinco metros de diámetro. No obstante, intentaba quitarse a la chica de encima, como si fuese un insecto molesto. —¡Cuidado! —Merten notó un pedazo de roca que se dirigía a ellos. Tomó a Xenia del brazo y la movió lo más rápido posible. Cayeron al suelo, pero él prestó interés en el peñasco que tenía un tono más oscurecido de lo normal. Parecía que el cuerpo contenía algo en el interior, algo arcaico e innombrable. —¿Qué carajos es eso? Xenia se incorporó y observó la pelea. Liam escalaba por el torso y la espalda, rumbo a la cabeza, pero el monstruo le impedía el paso con las manos y el movimiento extraño de su cuerpo. —Es probable que quiera destrozar lo que hay en la parte superior de la frente —dijo e intuyó la razón de sus movimientos—. Ven, Merten. Se movieron hacia el monumento con forma de torre y subieron por las viejas escaleras. Cada que trozos de piedra salían disparados por los aires, se protegían del lado contrario a la pelea. No se detuvieron y alcanzaron la primera sección. —¡Oye! ¡Pedazo de piedra! ¡Aquí! —vociferó Xenia. —¡Gigantón! ¡¿Por qué no juegas con nosotros?! ¡Anda! —agregó Merten, al comprender lo que hacían. El coloso detuvo los ataques y observó la torre. Dio un par de pasos y movió la mano para golpearla. Los chicos se movilizaron prontamente y apenas esquivaron el ataque. Por su cuenta, Liam aprovechó la distracción del enemigo y consiguió trepar por la espalda. Usó los tallados del cuerpo y llegó al rostro. Subió hasta la frente y sacó el núcleo principal con la espada. La reacción del coloso fue tardía y, cuando levantó la mano, todo su cuerpo se tambaleó y se deshizo. Sus articulaciones ovaladas dejaron de magnetizar al resto de la estructura y cayó como una montaña. El estruendo dañó una parte de la torre, por lo que Merten y Xenia saltaron del otro lado y se pusieron a salvo. Liam, por su parte, brincó hacia la cima y se sostuvo con firmeza. Las piedras quedaron a un costado y vacías de energía. No obstante, la oscuridad que las corrompía no desapareció. —¡Liam! ¡¿Estás bien?! —Merten gritó a todo pulmón. La aludida bajó con ayuda del guante en la mano derecha y Chaosholder en la izquierda. Se deslizó por la estructura metálica de la torre, alcanzó el suelo y se quedó frente a ellos. —¿Qué carajos están haciendo aquí? —recriminó, sin poder contener la excitación, confusión y alegría que sentía al verlos con bien. —Dijimos que te acompañaríamos, ¿lo olvidas? —Pensé que se quedarían con el Forjador —respondió y dirigió el interés a Xenia. —Somos tus amigos —rebatió esta, pero no para regañarla, sino para asegurarle que estaba feliz de verla—. ¿Cómo lo destruiste? —Los núcleos son los corazones de un Gólem. Hay que romperlos y morirá —explicó y esbozó una sonrisa tímida. —Menos mal que lo lograste. ¿Y el pedazo de La Llave? —dudó Merten. —Lo tengo. —Les mostró un fragmento de metal dañado, viejo y sin forma. —Espera, ¿por qué los otros parecen bolas rojas dentro de una jaula? —Son los corazones de los Terrores. En el interior están los fragmentos de La Llave. Con este, tengo las cuatro piezas —aseguró y comenzó el paso. Los otros la siguieron de inmediato. —¿Cómo los sacarás de los corazones? —Continuó Merten como un niño curioso. —Hay que comerlos. Una vez que tenga todas las piezas, podré restaurar La Llave y abrir el Portal del Cielo. —Supongo que necesitarás la ayuda de un Forjador —externó Xenia con leve ofuscación. —Sí. —¿Vamos a regresar al jardín de Ossu? —preguntó el chico. Liam se detuvo en seco y exhaló con fuerza. Los otros hicieron lo mismo y la miraron. Xenia reconoció el mismo rostro de aquella vez en los trenes cercanos a Mortábiss. Entonces, se le acercó, le tocó la mano y esbozó la sonrisa más linda que tenía. —Él te ayudará. Nosotros también. Somos tus amigos, ¿queda claro? —dijo dulcemente. Ella agachó el rostro y sintió a las lágrimas salir. ¿Por qué le demostraba cariño, si le había dicho que no eran más que un sacrificio? Levantó la cara y asintió. Aceptó sus actos y se tranquilizó. —¿Cómo llegaron tan rápido? —cuestionó, interesada. —Vozzach y sus Serpientes —reveló Merten con un tono juguetón. Reanudaron el paso y, por unos minutos, charlaron en paz. Merten le explicó todo lo que hicieron para conseguir que el demonio les permitiera usar Las Serpientes, y le aseguró que se había mostrado muy ofendido. Los tres estuvieron de acuerdo sobre sus modos. “Dramático” fue la palabra que usaron para describirlo. Sin embargo, se detuvieron ante la llegada de un grupo de ángeles y demonios. —Mierda. Han estado peleando en la zona desde hace tiempo —dijo Liam y los condujo por unas calles hacia el suroeste. Entraron a un edificio que todavía se mantenía en pie y se ocultaron. —No podremos regresar sin enfrentarlos —opinó Merten y observó por la ventana, interesado en los movimientos de los enemigos. Los ángeles parecían buscar algo, pero atacaban a los demonios como obstáculos en su cacería. Por otro lado, los engendros vagaban sin un rumbo definido. Probablemente, cazaban sobrevivientes de lo que fue la capital de esa nación. A diferencia del país del extremo sur, las cosas ahí lucían peores. La presencia de los enemigos era mucho más notoria y no habían encontrado a ningún humano. —Será mejor que esperemos. Enfrentarlos a todos será complicado —expresó Liam y se acercó a las escaleras del interior. Los otros estuvieron de acuerdo y se instalaron en el segundo piso de lo que alguna vez fue un restaurante o café. Merten buscó enlatados en las cocinas, mientras que Xenia se quedó junto a la Nefilino. Comieron de las provisiones que Ossu les dio e hicieron observaciones. Por desgracia, la cantidad de ángeles aumentaba y se aglomeraban en los alrededores, cerca del cuerpo del coloso. La noche llegó y descansaron. Merten hizo camas improvisadas con manteles viejos y telas que encontró en las bodegas. A diferencia de las chicas, no tenía problemas para conciliar el sueño, así que, después de unos minutos de plática, se quedó dormido. Liam, por su cuenta, se quedó sentada junto a la ventana, con la intención de conocer los movimientos de los enemigos. Xenia intentó reposar, pero decidió aprovechar el momento. Se le acercó y se acomodó a su lado. —¿No dormirás? —Inició la interacción y cuidó la distancia. —Algo debe haber aquí para que los ángeles busquen con tanta desesperación —externó Liam secamente. La otra soltó un respiro profundo y recordó la última conversación, si lo podía llamar así. Entonces, puso la mano en el suelo, cerca de la suya, y dejó que sus dedos meñiques rozaran. Se percató de un estremecimiento, mientras su corazón daba brincos y su piel incrementaba las sensaciones al tacto. Liam giró la cabeza lentamente y la miró. Xenia le sostuvo la mirada y sonrió de forma cohibida. —Lamento lo que dije, sobre que te victimizas. No tengo idea de lo que realmente deseas —habló con suma honestidad—. No sé qué es lo que buscas en el Cielo, pero debe ser algo importante, ¿verdad? Dijiste que querías el trono, pero… —titubeó y se movió más hacia ella— ¿por qué? Liam no contestó de inmediato. Bajó la mirada hacia donde estaban sus manos juntas. Se sentía feliz de tener a esos humanos como amigos, pero no sabía cómo disculparse y expresar que estaba arrepentida por usarlos. Además, cada que estaba cerca de Xenia, se percataba de una sensación que iba desde el estómago y terminaba en su pecho e ingle. Le parecía hermosa, y no podía comprender por qué se mostraba tan interesada en ella. ¿Por qué decidieron seguirla? Le había dicho la verdad sobre sacrificarlos, aunque no reveló todo el plan inicial. Había buscado humanos y, cuando encontró a esos dos, les hizo creer que los protegería para asegurarse de llegar con uno, por lo menos, y usarlo como sacrificio en el portal. Sin embargo, prefirió buscar La Llave, incluso con más insistencia, porque los conocía poco a poco. Estaba segura de que cometería un error si los empleaba como ofrendas. —¿Por qué están aquí? —preguntó. —Porque somos tus amigos —insistió Xenia. —Pero te dije que pretendía utilizarlos. —Y no lo has hecho. Nos salvaste de Nybath —debatió con tranquilidad. Acercó más su mano a la de ella y sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. La miró intensamente y admiró su rostro aniñado—. Y sé que… —Cualquiera estaría furioso, Xenia. —La interrumpió, todavía inquieta. —Lo estoy. Lo estaba —aseguró y sonrió con un poco de decadencia—. Merten también sospechaba de tus acciones. Nos rescataste en un momento muy específico que parecía una simple coincidencia. No lo fue, ¿verdad? Corroboró sus palabras, avergonzada. —Dejaste que te siguiéramos, después de matar a Mortábiss. Supongo que planeabas convencernos de que lo mejor era continuar a tu lado, antes de llegar a la capital. También creo que aprovechaste el problema con los Templarios y no tuviste que decir más porque te pedimos que te quedaras con nosotros. —Lo siento tanto. No fue honesto de mi parte, pero… —hizo una breve pausa y se alejó un poco—, cuando Nybath los aprisionó, desde ese momento, supe que estaba cometiendo una equivocación. Nunca antes me había sentido así por alguien que no fuera mi padre o hermanos. Mientras buscaba el camino correcto en la catedral, no podía dejar de sentir desesperación, el corazón apresurado y el cuerpo tembloroso. Temía que el Terror los matara. Xenia rio suavemente y puso su mano sobre la de ella. Consiguió que Liam la mirase, y se contuvo por abrazarla. Le parecía que esa Nefilino había experimentado algo muy triste y cruel que la había llevado hasta ese punto. Era obvio que no podía confiar fácilmente en otros y que se ocultaba por algo mucho más profundo que una precaución. —¿Por qué deseas ir al Cielo? ¿Qué hay allá? —repitió Xenia la duda inicial. —Porque el trono me pertenece. —Decidió externar la verdad. —¿El trono? ¿Eres una prin…? —Se detuvo, al darse cuenta de lo que decía. Liam le arrojó una mirada de perplejidad y enojo. Intentó alejarse, pero Xenia lo impidió. Le sujetó el brazo y se puso frente a ella. —Lo lamento. Lo descubrí cuando Ossu nos rescató, después de la destrucción de la catedral de Nybath —dijo a toda prisa—. No quise preguntártelo allá porque no sabía si era lo mejor, pero… —Agachó el rostro y se percató del palpitar profundo de su corazón. La soltó y suspiró con pesadez. Era imposible negar que había una reacción ante esa chica. El sitio quedó en completo silencio. Ni siquiera se escuchaban los insectos cantores, pues el movimiento de los enemigos los ahuyentaban. —Una princesa. Sí, Xenia, soy una princesa. Soy una chica —Liam confirmó su frase y se recargó en la pared. A pesar de que solía molestarle el término femenino respecto a su posición, frente a esa muchacha no había esa sensación de inferioridad ni decepción que la acompañaba desde años atrás. La aludida levantó el rostro, sorprendida, y la contempló de una forma distinta. Recordó su cuerpo desnudo y no pudo evitar a sus mejillas ruborizarse. —¿Te vistes de chico para que otros no te descubran? ¿O para evitar algo? —preguntó y se acomodó nuevamente a su lado. —Nadie sabe mi identidad real, excepto mis hermanos, mi padre e Isaiah. —¿Quién es él? —La persona que me cuidó aquí en la Tierra. —¿Has vivido aquí toda tu vida? —dudó Xenia con curiosidad. —No. Mi padre me abandonó aquí cuando era pequeña. Me dijo que regresaría, pero nunca lo hará —habló con una voz cargada de remembranza. Su corazón se sentía pesado y las lágrimas se asomaban, pero no sollozó. Sintió el hombro de Xenia contra el suyo y guardó una sonrisa—. Me dejó a Chaosholder, el talismán que te regalé y una promesa falsa. Instruyó a Isaiah, un ángel que alguna vez visitó la Tierra miles de años atrás, para educarme y enseñarme a usar el arma. Le dejó un mensaje que me entregó cuando cumplí la edad necesaria. “El trono es tuyo”. —Tu padre es el rey del Cielo —concluyó Xenia, analítica—. ¿Tu padre es dios? —musitó—. Se supone que dios, de acuerdo con las religiones, está en el trono supremo del Cielo. Liam se burló con ternura y negó. —No, mi padre no es “dios”. Fue una deidad, sí, pero también un ángel, uno extremadamente poderoso. Tenía muchas cualidades que otros no tienen. Podía cambiar de forma, incluso parecer humano —explicó con un tono sereno—. Esa es una de sus tantas virtudes que me heredó… —acalló y recordó a sus hermanos— nos heredó. Desconozco las razones por las que violó el Balance, pero tengo una idea por lo que me contó Isaiah. —Ossu me dijo un poco sobre el Balance. Dijo que es algo así para mantener la paz, ¿no? —No. Es un conjunto de reglas que el Creador impuso para que la Creación pudiera existir en armonía. Entre todas ellas, está la prohibición de engendrar híbridos de dos razas específicas: ángeles y demonios. Xenia asintió, como si comprendiese la situación, pero lo hizo por otra razón. Intuía muchas cosas con la explicación, pero no eran tan inquietantes como otra duda que rondaba en su mente. Así que se aclaró la garganta y dijo: —¿Cuál es tu nombre real? —Lillie —respondió la otra y la miró, expectante. Xenia sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo entero y contuvo el impulso de acariciarle el rostro. De alguna manera, de tan sólo escuchar su nombre y mirarla así, se sentía extraña. Era como si la curiosidad y la excitación se mezclaran al conocer algo nuevo. Comprendía que era justo como la primera vez, cuando Liam, Lillie, los salvó en los bosques cercanos a su pueblo. —Es bellísimo, justo como tú —dijo sin pensarlo. El rostro de Lillie cambió su mueca a una sonrisa radiante y casi inocente, por lo que Xenia pasó saliva y se sintió deseosa; no obstante, se contuvo y acortó la distancia. Dejó que Lillie recargara la cabeza en su hombro y buscó su mano. La acarició tersamente y la otra replicó el gesto. La piel de Lillie era suave, a pesar de la extrañeza de su origen. Xenia la elevó y la observó, gustosa. Era increíble concebir que un ser así de hermoso, casi frágil, irradiara una gentileza pura, cuando la había visto pelear en combates agresivos. —Lamento mi comportamiento pasado, Xenia. Soy un Nefilino, y aquellos que lo saben suelen ser muy hostiles conmigo —Lillie rompió la quietud y respiró hondo—. Pero tienes razón en algo. Ossu no es culpable de toda la mierda que ha pasado aquí en la Tierra. Sé que él no rompió el Séptimo Sello, fue su hermano. Isaiah me lo dijo. Un Forjador y dos ángeles rompieron el último sello y lo restauraron para engañar al Creador e iniciar el “Armageddon”. Tenían la intención de aniquilar a los demonios de una vez por todas. Lo que no entiendo es por qué usaron la Tierra como campo de batalla. —Es tan triste escucharlo —opinó la otra y apretó su mano un poco. —Tal vez mi padre decidió crear Nefilinos como una respuesta ante las discrepancias que se suscitaron después de la guerra. No lo sé. Era un sujeto inusual —reveló, burlona. —Lillie —pronunció su nombre de una forma distinta—, no estás sola. Por lo menos, mientras estés aquí en la Tierra, nos tendrás a nosotros. Mencionaste que los humanos no pueden entrar al Cielo, así que supongo que pronto nos diremos adiós. Por primera vez en su vida, Lillie deseó que el tiempo se congelase. Junto a esa humana se sentía diferente. La ansiedad por comprender las razones de su padre, el dolor ante el descubrimiento de su origen y otras verdades, así como la angustia por obtener el reconocimiento en el Cielo, parecían perder importancia. Cerró los ojos y se perdió en la sensación de su mano con la de Xenia, hasta que se quedó dormida. Antes de que el sol saliera, un estruendo despertó a los chicos. Lillie fue la primera en reaccionar, así que movió a Xenia con delicadeza y se incorporó. Miró por la ventana, pues había sonado como si una roca gigante hubiera caído al suelo. —¿Qué fue eso? —preguntó la otra y se talló los párpados. Otra vez, el ruido apareció, acompañado de un leve temblor en la tierra. Algunos candelabros, todavía colgados al techo, se mecieron. Merten se levantó con el rostro turbado y buscó su ballesta. —Será mejor que nos movilicemos. Usaremos Las Serpientes para regresar al sur —dijo Lillie y se alejó de la ventana. Bajaron las escaleras, pero no pudieron salir. Un patrullaje de ángeles pasó volando cerca. Traían unas cadenas y máquinas extrañas que parecían campanas gigantes. Los chicos miraron curiosos por las ventanas. En el centro de la plaza, donde se hallaban los restos del coloso, los ángeles trabajaban con las rocas. Las elevaban y las metían en las campanas, pero parecía una tarea peligrosa y difícil. —¿Por qué están recolectando al coloso? —preguntó Merten en un susurro. Era una incógnita demasiado inusual. Entonces, Lillie les indicó que buscaran a Vozzach y le entregaran las almas que tenía recolectadas. Ellos reprocharon un poco, pero aceptaron el comando. Se dividieron; Merten y Xenia hacia el suroeste y Lillie hacia el norte. No obstante, antes de alejarse lo suficiente, una brigada de enemigos los interceptó. —¡El Nefilino! —gritó uno de los ángeles. Lillie preparó a Chaosholder y acortó la distancia con sus amigos. Xenia se quedó entre los otros dos, ya que Merten tenía la ballesta que podía usar como defensa. —Realmente es un Nefilino. Mi padre tenía razón. Han vuelto. —Se escuchó una voz femenina, hermosa y joven de entre la multitud que los rodeaba. Una muchacha angelical se movió al frente. Su cabello era de un tono blanco-azulado, su tez era muy oscura, por lo que acrecentaba la hermosura de sus ojos de un color miel claro. Sus facciones eran romas y bellas, con los labios carnosos y rojizos. Su cuerpo relucía por la armadura entre oro y plata, dejando ver su estructura musculosa y sensual. Traía un pequeño escudo en el brazo izquierdo y un cinturón con pistolas de plasma resplandeciente. Se acercó a los chicos y observó con interés a Lillie. Ellos no dijeron nada. Por su cuenta, Lillie sintió una energía altísima emanar de esa muchacha. Debía ser un arcángel de alto rango. —Pero ¿qué mierda haces con humanos, Nefilino? —Siguió el ángel con un tono serio—. ¡Ajá! Son el sacrificio para abrir el portal, ¿cierto? —Se cruzó de brazos. Merten reaccionó asustado y miró a Lillie, mientras que Xenia tocó el hombro de su amigo para evitar que iniciara una discusión en una situación así de riesgosa. —Lady Eurielle, ¿sus órdenes? —habló uno de los ángeles más cercanos a la aludida. —¡Capturen al Nefilino! —comandó Eurielle. Los ángeles sacaron lanzas y espadas, prepararon unos cañones de mano y atacaron. Lillie cubrió varias embestidas, les cortó las alas a unos cuantos y protegió a sus amigos. No obstante, la cantidad de enemigos era mucho más alta de lo esperado. Merten usó la ballesta, pero no pudo alejarlos. Xenia, por su cuenta, se escabulló, con la idea de que algunos la seguirían, y corrió hacia la plaza principal. La líder lo notó y la persiguió. Cuando Xenia llegó hasta la torre, se movilizó hacia el cuerpo sin vida del coloso, pero se detuvo en seco al ver un líquido ennegrecido que emergía del suelo y la roca. Luego, vio algo extraño. De los ángeles recolectores, unos cuantos fueron aprisionados por la acuosidad y sus cuerpos fueron violentados de una forma asquerosa. Sus bocas, narices, orejas y el resto de sus orificios fueron invadidos por la negrura. Sus armaduras quedaron manchadas y sus rostros se quebraron de la quijada y la frente, justo como sus cuellos. Comenzaron a moverse de una forma lenta y extraña, como muertos vivientes. El resto de los ángeles gritaron y se defendieron de los ataques confusos. No comprendían qué pasaba con sus compatriotas, por lo que no fueron capaces de escapar. Los alaridos de horror se escucharon, pues los que parecían poseídos empalaban y desmembraban a los otros. —¡Mierda! ¡Es Corrupción! Nuestras sospechas eran ciertas. —Se oyó la voz de Eurielle cercana. Xenia aprovechó el momento y corrió de vuelta hacia la posición de sus amigos, quienes todavía estaban atrapados en el combate. La intención inicial había sido distraer a algunos ángeles para aminorar la carga, pero no lo consiguió. Antes de poder llegar a la batalla, sintió que su cuerpo se elevó y gritó. —¿A dónde crees que vas, humana? —Se mofó Eurielle, sin soltarla del brazo. La chica hizo todo lo posible por liberarse, pero no lo logró. Merten notó el peligro e intentó rescatarla. No obstante, fue golpeado y arrojado contra la pared de un edificio cercano. Lillie también se percató de la situación, así que saltó entre los contrincantes, sujetándolos de las piernas y brazos para luego cortarlos y moverse hacia la plaza principal. Al quedar frente a Eurielle, la amenazó con la espada. —¡Déjala en paz! —ordenó. —¿Por qué, Nefilino? Sólo necesitas a un humano para abrir El Portal a nuestro mundo. Ya tienes al chico —contestó la otra—, no te sirve de nada esta. —¡Dije que la soltaras! —vociferó, enfurecida. Convocó el puño y lanzó a Chaosholder como una lanza. Eurielle movió la mano libre y creó un pilar de luz para detener el arma. Sonrió, fanfarrona, y sujetó a Xenia de la cintura. —¡Lillie! ¡Ayuda! —pidió la última desesperadamente. —¡Retirada! ¡Dejaremos el proyecto de recolección para después! ¡Quiero a todos en la Ciudadela Blanca! —ordenó Eurielle y se movilizó. Lillie corrió para alcanzarla, pero los ángeles crearon un círculo alrededor de la líder y una luz blanquecina los envolvió. Desaparecieron en un parpadear, a excepción de aquellos que estaban invadidos por el líquido negro. La chica buscó a Merten y lo ayudó a ponerse de pie. Se alejaron de los enemigos afectados y se escondieron cerca de una pila de chatarra. —Se la llevaron… ¿por qué? —preguntó Merten, con el rostro triste y asustado. —Porque saben que la buscaré —respondió Lillie secamente. Dio una media vuelta y se sorprendió. Los ángeles corruptos estaban muy cerca de ellos—. ¡Prepara tu ballesta! ¡Están corrompidos! Los adversarios chillaron con voces distorsionadas y levantaron los cañones y lanzas. Merten les disparó, pero vio que resistían la explosión del plasma, como si no sintiesen dolor. Le pareció sospechoso, aunque no se detuvo. Lillie les cortó las cabezas, las alas y los partió por la mitad; sabía que debía dejarlos imposibilitados o no se detendrían. Cuando los cuerpos quedaron rebanados y explotados en el suelo, los chicos miraron por unos minutos. La negrura parecía arraigarse en la tierra, las plantas y los insectos, y modificarlo todo. —No la toques. La Corrupción es sumamente peligrosa. Está viva —indicó Lillie y guardó a Chaosholder—. Eso quiere decir que tiene a un huésped comandándola. —¿Un huésped? ¿A qué te refieres con eso? —contestó Merten y se colgó la ballesta en la correa de la espalda. —Corrupción necesita a un huésped para manifestarse. Sin este, no puede actuar de ninguna forma. No obstante, mira —señaló y se inclinó un poco—. Se expande, buscando a cualquier ser vivo, para consumirlo todo. Merten observó y asintió. Justo como lo describía la chica, el líquido, como un chapopote antinatural, se movía lentamente. Se deslizaba como un aceite denso, pero se detenía de vez en cuando para adornar los restos. Al tocar las plantas, las transformaba de una manera insólita. Una simple flor, como una margarita, se tornaba pálida y sus hojas se extendían. Luego, usaba sus nuevas lianas y sujetaba a los insectos que pasaban. Los torturaba, hasta dejarlos casi sin vida y ponerlos en el líquido. Después, estos renacían, pero con comportamientos raros. —¿Lillie? ¿Por qué Xenia te dijo así? —El chico cambió el tema de conversación y se quedó parado frente a ella. —Porque es mi verdadero nombre. Liam es un pseudónimo que adopté para protegerme de los enemigos de mi padre —aseguró—. Mi nombre es Lillie y soy un Nefilino, pero también soy la Princesa del Cielo. —¿Eres una princesa? —habló con el rostro lleno de sorpresa. Sonrió, maravillado, y asintió—. Eres una princesa —repitió, orgulloso de su amiga—. Eres muy poderosa. Pero ¿por qué no me lo dijiste antes? —No sabía que Xenia lo había descubierto. Supuse que te lo contaría en el trayecto de regreso al sur. —No mencionó nada. Otra cosa, ¿qué carajos significa eso de que somos el sacrificio? —Usó un tono retador. —Lo eran, al inicio. Cuando los escuché en los bosques cercanos a su pueblo, me pareció buena idea rescatarlos y hacerles creer que los protegería —reveló con honestidad y le sostuvo la mirada—. Mi plan es abrir La Puerta del Cielo y reclamar el trono. Pero, para ello, necesito La Llave o a un sacrificio. Iban a ser ustedes, o eso pensé por un tiempo. Hasta que comencé a conocerlos y me di cuenta del error fatal que cometería. Merten bajó la guardia y movió la cabeza en forma de afirmación. A diferencia de Xenia, había intuido algo así, pero no estaba molesto. De hecho, se sentía relativamente tranquilo. Escuchar a Lillie hablar con más honradez le demostraba que confiaba en ellos. —Por eso buscas La Llave, ¿verdad? —Sí. No deseo hacerles daño. Son… —Lillie detuvo la frase y no pudo evitar sonrojarse ante la noción de lo que aceptaba— son mis amigos. —También eres nuestra amiga. Pero no más secretos, ¿de acuerdo? —Sí. No más secretos. —Los ángeles dijeron que irían a una “Ciudadela Blanca”, ¿no? Se llevaron a Xenia. ¿Cómo vamos a rescatarla? Recuerdo que nos dijiste que ningún humano puede ir al Cielo, así que podría morir si la llevan allá, ¿verdad? —No morirá. La Ciudadela Blanca no es el Cielo. Además, podría entrar al reino si es escoltada por los ángeles, pero no la llevarán hasta allá —confirmó ella y se cruzó de brazos, pensativa—. Lo que ese arcángel busca es provocarme. —Recordó la imagen de Eurielle y se molestó—. Usará a Xenia como rehén y nos obligará a enfrentarla en su territorio. Me están buscando. A mí y a mis hermanos. —No podemos dejarla con esos ángeles lunáticos. —No voy a abandonarla, te lo prometo. Sin embargo —farfulló, miró los alrededores y evitó mostrar la preocupación que sentía—, no sé qué carajos buscaban aquí, ni por qué estaban recolectando el cuerpo de un coloso corrupto. Es demasiado sospechoso. Andando. Dicho esto, caminó hacia una de las calles menos dañadas y Merten la siguió. Este último carraspeó y continuó la conversación. —¿A dónde iremos? —Al jardín de Ossu. Le pediremos que forje La Llave y abriremos El Portal. Iremos a la Ciudadela Blanca y rescataremos a Xenia —corroboró Lillie. —Vale… y gracias. —Son mis amigos. No voy a dejar que les pase nada —reiteró con un poco de timidez y una sonrisa tierna. —Tampoco nosotros queríamos dejarte sola, Lillie, por eso regresamos. —Gracias —dijo alegremente. Soltaron una risita al mismo tiempo y se regalaron sonrisas cálidas. Luego, se detuvieron cerca del círculo y ojo dibujados en el suelo, que representaban el símbolo del Mercante de los Malditos, y esperaron. Vozzach apareció, pronunciando su clásico saludo, pero se detuvo al verlos. —Nefilino, estás aquí. Supongo que encontraste la última parte de La Llave del Cielo, ¿verdad? —dijo el demonio con un tono levemente seco— Es una lástima que esté rota. —Se burló, como si estuviese frente a un espectáculo en un teatro. Lillie sujetó a Chaosholder y lo amenazó. Vozzach soltó un grito agudo y flotó hacia atrás. Después, los rodeó con rapidez y se quedó detrás de ellos. —Está bien, está bien, no diré más —añadió, menos bufón—. ¿Dónde está la castaña? Me simpatiza. Tiene más agallas que la mayoría de los demonios de mierda que habitan el Infierno. —Vozzach, necesitamos usar Las Serpientes otra vez —dijo Merten seriamente y se giró, justo como Lillie. —¿Otra vez? Les dije que era una oportunidad única y que no debían hablar de ellas —renegó el vendedor y se le acercó para retarlo. —Podemos pagarte más almas, ¿cierto? —Se dirigió a Lillie, quien asintió—. Anda, déjanos viajar al sur. No podemos perder el tiempo. El mercante no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos y flotó de aquí hacia allá. Se detuvo frente al círculo de convocación y asintió. —Con una condición —expuso lo más neutral que pudo. —¿Cuál? —Nada de tratos sucios, Vozzach —contestó Lillie severamente. —No, no. Jamás ofrecería un trato sin antes ser claro —mintió el aludido, divirtiéndose con las reacciones de los chicos—. Solamente quiero que me dejes ver los corazones, Nefilino. Lillie y Merten se miraron entre ellos. La primera soltó un respiro profundo y el segundo hizo un esfuerzo por no mostrar confusión. —Está bien. Dicho esto, materializó los corazones con ayuda del guante enorme y su magia, a través de una ráfaga de luz rojiza. Vozzach suspiró con emoción, como si estuviese ante la presencia de un ser amado, y levantó las manos con lentitud. Sus ojos parecían brillar más de lo usual y su boca se abría poco a poco. Cuando Lillie notó la distancia, los desapareció. El mercante carraspeó y se hizo a un lado. —Pasen —ofreció. Los chicos avanzaron y se quedaron parados sobre el círculo. Merten buscó la mano de Lillie y la apretó un poco. Ella le sonrió, como un indicativo de que todo estaría bien. Sus cuerpos se iluminaron y sintieron que las dimensiones a sus alrededores se movían de formas extrañas. —¿Y quién recibirá los corazones esta vez? Me pregunto. ¿Un demonio? ¿Un ángel? ¿O será el Nefilino quien los comerá? —musitó Vozzach—. Esto será más interesante de lo que creí.