Apocalipsis: Nefilinos

R
En progreso
2
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 123 páginas, 52.243 palabras, 9 capítulos
Descripción:
Notas:
Dedicatoria:
Publicando en otros sitios web:
Prohibido en cualquier forma
2 Me gusta 12 Comentarios 1 Para la colección

La Puerta del Cielo

Ajustes

9

La Puerta del Cielo

Merten y Lillie se adentraron por un sendero montañoso, después de cruzar las ruinas de los jardines traseros de la casa de Ossu. Se despidieron del gigante y le agradecieron por toda su ayuda y hospitalidad. Este les respondió que tuvieran mucho cuidado y que, si todo salía bien, lo visitaran pronto. No obstante, no pudo esconder la tristeza y desilusión; estaba muy preocupado por ellos. Fue un adiós emotivo, pero los chicos debían llegar a La Puerta. Para Merten, el momento se sintió como si hubiera entrado a una piscina de agua fría. La incertidumbre le aterraba, mucho más porque era como regresar al pasado, a una despedida absoluta, justo cuando aceptó la muerte de sus padres. Para Lillie fue un recordatorio de que no podía ir por la vida juzgando, incluso si al inicio pareciera imposible entablar amistades con aquellos que eran muy distintos a ella. Por unos minutos, se mantuvieron alertas, hasta llegar a una zona con pedazos de construcciones arrojadas por doquier. La chica se acercó a una pared extraña de un color más gris que el resto y de una consistencia pesada y antigua. El otro observó con sorpresa; había un espejo antinatural incrustado en la piedra. Tenía un marco rectangular que subía hasta una pequeña pirámide, donde había un símbolo de una estrella de nueve picos. Además, tenía algo todavía más inusual: no se podía ver ningún reflejo. —¿Es La Puerta? ¿Todo este tiempo ha estado aquí? —cuestionó Merten casi sin aliento. —Aparece solamente cuando la necesitas. No tiene un lugar determinado —contestó la chica y sacó La Llave del bolsillo—. No puede ser vista si no es requerida. Se presenta como un Deirum. —¿Deirum? ¿Qué es eso? —“Portal del Espejismo”. Es un cristal con propiedades especiales. Su principal uso es mantener a un sitio escondido. —Eso me hace recordar, ¿se puede llegar al Cielo con las Serpientes de Vozzach? —indagó Merten y se le acercó. —No. Se puede llegar a uno de los caminos que llevan al Cielo. Sin embargo, nos tomaría mucho tiempo alcanzar la Ciudadela Blanca, si las usamos. A través de la puerta, estaremos frente al Bosque de Oro, abajo de la Ciudadela. Él asintió y esperó. La chica elevó La Llave, y el Deirum reaccionó. Su interior se iluminó y mostró una pintura hermosa con bosques otoñales. Los árboles eran densos y grandes, el césped también tenía un color entre el amarillo y el verde lima, justo como el resto de las plantas. Parecía que todo compaginaba de una manera perfecta y hermosa. —Vamos —Lillie indicó. Avanzaron y traspasaron lo que parecía ser el cristal que realmente era un líquido espeso inodoro e incoloro, incapaz de mojar o manchar, a diferencia de la baba de Mortábiss. Tampoco se sentía cálido, como las plastas de los corazones de los Terrores. No había ningún sonido ni sensaciones, por lo que Merten buscó la mano de Lillie, pero no la encontró. Entró en pánico porque no pudo ni ver su cuerpo. Intentó hablar, pero no logró emitir sonido alguno. ¿Era un espectro? Luego, todo regresó de manera paulatina. El viento fue lo primero que sintió sobre su piel y soltó un suspiro de alivio. El paisaje era el mismo que proyectó La Puerta, así que supuso que era el Bosque de Oro. —La Ciudadela Blanca —Lillie susurró, con la vista puesta al frente. En la lejanía, se apreciaba una construcción fortificada en tonos grises. Había muchas torres altas, así como otras edificaciones de tejados redondeados y triangulares que sobresalían. No se podían ver más detalles desde esa posición, así que se movilizaron. No obstante, fueron interceptados casi de inmediato por un patrullaje de ángeles armados. —¡Es el Nefilino! —gritó uno de estos y apuntó con un arma. La chica convocó a Chaosholder y se enfrascó en un combate agresivo. El chico sacó la ballesta y disparó desde una zona más alejada. Debido a que no podía hacerles frente a los enemigos, usaba el medio ambiente para defenderse y contraatacar. Gracias al entrenamiento que tenía como cazador, podía actuar con rapidez y buscar la mejor estrategia. Otro grupo llegó con cañones en mano. Mantuvieron una posición ordenada en el aire y dispararon hacia Lillie. Merten corrió, sujetó a su amiga del brazo y la movió para evitar que fuese dañada. Se coordinaron y buscaron terreno alto. Detuvieron los disparos al explotar y romper los cañones. La chica trepó hasta la punta de los árboles y saltó hacia los ángeles, tomándolos de las piernas o brazos y dañándolos levemente con la espada. Por otra parte, el chico usó unas dunas cercanas a un río y les dio con las flechas de plasma. Duraron así por unos minutos, hasta que dejaron a la mayoría malheridos. —Será muy difícil llegar a la Ciudadela. Tenemos que evitar el camino regular —indicó Lillie, mientras guardaba la espada. —Sí. Nos verán con facilidad. ¿Por qué no usamos la zona boscosa para ocultarnos? Seguramente, nos están esperando en la entrada, ¿no crees? —Sí. Siguieron por los senderos del bosque, con las sensaciones a flor de piel, alertas de las proximidades y ligeramente exasperados, pero con la esperanza de salvar a Xenia.

***

—Lady Eurielle, están aquí. —Se oyó la voz varonil de un soldado. —¿El humano viene con ella? —dudó la aludida con un tono displacido. —Sí. Armado. La ballesta que usa es capaz de dañarnos fácilmente. —Quién lo hubiera pensado. El Forjador les ayudó. Xenia se incorporó y sintió a su corazón lleno de energía. Sonrió, luego sintió un escalofrío en todo el cuerpo. Sabía que los ángeles atacarían con toda su furia, así que sus amigos corrían demasiados riesgos. Los sonidos en las habitaciones cercanas llamaron su atención. Percibió un ruido pesado al frente, por donde la habían traído al inicio. Parecía que instalaban cosas de algún metal muy denso. Después, oyó que movieron armas, ya que era obvio por el chocar de las cuchillas entre ellas. Al final, de una de las puertas de la derecha, se sorprendió al reconocer el aletear de un ángel. Se movió y encontró a Eurielle frente a la jaula. —¿Qué pasa? ¿Feliz de que tus amigos estén aquí? —Se mofó el arcángel. No dijo nada y la retó con la mirada. —Ven. Te llevaré a la primera fila, para que puedas ver cómo acabamos con ellos. —Pensé que deseabas capturar a Lillie. Además, mi amigo es un chico ordinario, ¿por qué no nos dejas en paz? —recriminó en un susurro severo. —Aunque no puedo matar a un Nefilino, mi intención es otra. Voy a capturarla, llevarla ante los Cinco Grandes Arcángeles, y así acabar con el misterio de la desaparición de nuestro rey. —¿Y Merten? —insistió. —Tu amigo, así como tú, tomó una decisión incorrecta. Aliarse con un ser tan repugnante tiene un precio alto. Morirá. Los ojos de Xenia se abrieron de par en par. Sintió que la prisión se movió hacia el frente y soltó un grito ahogado. Se sostuvo de los barrotes y observó los alrededores. La jaula era trasladada por un hechizo mágico capaz de hacerla flotar. Eurielle se dirigió al exterior, a una parte de la muralla principal, y dejó la jaula atada a unas cadenas altas. Xenia miró impresionada, debido a que sus asunciones eran correctas. Había muchos cañones con forma de campanas extensas al frente. Los ángeles se preparaban para destrozar el territorio frontal de la Ciudadela. —¡Dijiste que no me harías daño! —reprochó Xenia, con los ojos llenos de lágrimas. —Dependerá. Si tu amiga opone resistencia, tendré que tomar medidas drásticas —corroboró Eurielle. Carraspeó y gritó—. ¡Activen los cañones! ¡Disparen a discreción! ¡El grupo de cacería debe partir ya! Los ángeles se apresuraron. Cargaron los cañones con unos cilindros relucientes y hechos de un vidrio que contenía distintos líquidos brillantes. Los prendieron con una maquinaria extrañísima que parecía una pantalla de holograma y apuntaron a la zona boscosa. Grupos extensos volaron fuera de la fortaleza y comenzaron a buscar a los intrusos. Xenia agachó la mirada y se arrodilló. Estaba asustada. Detestaba sentirse inútil e impotente. Sin importar que entendía la situación, lo único que podía hacer era criticarse, como si fuese un consuelo. Quizá, si hubiera previsto con antelación, nada de eso habría sucedido. Pero no podía cambiarlo. Lo único que podía hacer era aguardar a la llegada de sus amigos, sin dejar de sentir el corazón acelerado y el cuerpo tembloroso por el miedo y la desesperación.

***

Merten y Lillie se asustaron por los estruendos. Se refugiaron detrás de los árboles y observaron la ciudadela. Los disparos parecían nubes empalmadas de color rojo que explotaban al contacto con cualquier material terrenal. Las plantas se incendiaron y los animales salvajes iniciaron la huida. Corrían despavoridos y confundidos. —Mierda. Cañones de alto plasma. —La chica reconoció las armas. —Será difícil acercarnos —dijo Merten muy inquieto. No pudieron avanzar más que un par de metros. Entre las explosiones y las nuevas brigadas de asalto, no tuvieron más opción que pelear y mantenerse con vida. Lillie cubría la mayoría de los ataques directos con Chaosholder como escudo, luego contrarrestaba y dañaba a los enemigos. Merten intentaba cuidar la retaguardia, pero su atención estaba dividida entre los contrincantes, las llamas y las explosiones. —¡Mierda! ¡Nos tienen rodeados! —externó ella. —¡Vamos al río! ¡Los distraeremos allá! —gritó él. Se echaron a correr y cubrieron más agresiones. Llegaron al arrollo y Lillie aprovechó la naturaleza. Enterró a Chaosholder en la orilla y, con las cuchillas crecientes del suelo, hizo que el agua saliera disparada como un distractor. Merten no perdió ni un minuto y tiró contra los enemigos más cercanos; sin embargo, apuntaba a las armas, ya que no tenía intenciones de matarlos. Se movieron por la orilla y alcanzaron unas camas de flores variadas. Se escabulleron entre los árboles y tuvieron que separarse por unos minutos. La chica destrozó los cañones y las lanzas de los ángeles, mientras que el chico les disparó en las manos y brazos. No obstante, él se detuvo en seco. Una sensación en el ambiente le causó un estremecimiento profundo. Miró los alrededores y dejó de escuchar los gritos y aleteos. Creía que algo asechaba escondido, algo que estaba allí para consumir. —¡Merten! —Lillie gritó, desesperada, al ver que un enemigo iba directo a él. Usó las ramas de los árboles y saltó hasta su posición. Sacó el guante en el puño derecho y noqueó al atacante. Tocó el hombro de su amigo y éste regresó en sí. —¿Qué pasa? —preguntó el muchacho. —¿Qué? ¡Esa debería ser mi pregunta! ¡Te quedaste quieto! ¡Como si estuvieras en otro lugar! ¡Estamos en medio de una pelea! —Lo regañó. —Perdón. Fue sólo un descuido —mintió. Debido a la situación en la que se encontraban, Lillie no lo interrogó más. Reanudaron el combate y llegaron al sendero principal. Los bombazos eran más constantes ahí, por lo que se adentraron a lo que era un área rocosa tipo cañón subterráneo. Bajaron la pendiente más cercana y pasaron por una montaña llana. Lograron evitar los disparos, pero no a un grupo enemigo numeroso. Prepararon las armas y se engancharon en la pelea. Otra vez, siguieron la estrategia inicial. Lillie al frente y Merten por detrás. Sin embargo, el último se detuvo. Miró a un costado y causó que uno de los contrincantes también mirara con incertidumbre; sentía la misma extrañeza que él, como si algo los observara fijamente. De uno de los picos montañosos del cañón, una pasta densa y oscura brotó para alcanzar a uno de los atacantes. Su grito se perdió entre los sonidos de la pelea y los estallidos, pero su cuerpo fue estampado contra una pared. Sus alas fueron invadidas por la negrura y su cuerpo sometido por completo. Su cuello se rompió y sus brazos se contrajeron hacia atrás. Se elevó lánguidamente y se acercó a la batalla. Atacó sin distinción y contagió a otros más. —¡¿Corrupción?! ¿Aquí? ¿En la Ciudadela Blanca? —preguntó uno de los ángeles más cercanos al chico. —¡Merten! ¡Cuidado! —La voz de Lillie se escuchó llena de terror a unos metros. El aludido dirigió la atención al frente y detectó una lanza dirigida hacia su posición. Levantó la ballesta a tiempo y detuvo el ataque. Saltó hacia atrás un par de veces y disparó, pero no para atacar a los ángeles, sino a los que ya estaban perdidos en la oscuridad de aquella sustancia extraña. Los ángeles detuvieron el enfrentamiento y miraron impactados. El líder de la brigada, distinguible por una armadura ensanchada y una espada elegante, se acercó cautelosamente hasta la posición de los chicos. Lillie también había dejado de pelear y parecía confundida. —Gracias, humano —dijo el jefe de la cuadrilla. Merten asintió, bajó la ballesta y tocó el hombro de su amiga. —Lillie, no sirve de nada que sigamos peleando. Necesitamos rescatar a Xenia. Además, tú entrarás al Cielo, ¿no? —habló y le regaló una sonrisa afable—. Nosotros no podemos seguirte. Pero… —mostró un rostro muy preocupado y señaló el cuerpo de un ángel caído y corrompido— esa cosa, Corrupción, no debería estar aquí, ¿cierto? Ve y sálvala, por favor. Entra a la Ciudadela y libérala. Yo la esperaré y la sacaré de aquí. Usaremos el Deirum. —Lady Eurielle te enfrentará, Nefilino. No obstante, si te entregas, dejará en libertad a la humana —confirmó el líder. Ella no pudo responder. Todos se quedaron en quietud, sin esconder el desconcierto en sus rostros. Observaron los alrededores y sintieron un cambio abrupto en el aire. Algunos soldados levantaron las armas, listos para defenderse, pero no pudieron prever lo que aconteció después. Del suelo, la negrura borboteó y comenzó a poseer a cuantos tocó. El líder dio la orden de dispersarse y ayudó a Merten a salir del cañón. Lillie usó a Chaosholder como apoyo para escalar y los siguió. —Mierda, Corrupción —susurró, temerosa. Se acercó a su amigo y le entregó La Llave del Cielo—. Con esto podrás abrir el Deirum y regresar a la Tierra. —Mucha suerte, Su Majestad —pronunció él con un tono agradecido y esbozó una sonrisa cálida. La chica sintió una pesadez en el pecho y contuvo la sensación de llorar como una niña pequeña. Lo abrazó tímidamente y él replicó el mimo. Se distanciaron, y ella se apresuró rumbo a la Ciudadela. —¡No se acerquen a la Corrupción! ¡Retiren a los cadáveres y heridos! —indicó el líder. No obstante, la cantidad de malheridos que habían quedado atrás regresaban como cuerpos sin voluntad de vivir. Se movían más lento y sus voces estaban distorsionadas. Usaban cualquier tipo de arma y atacaban a sus compatriotas. Ya habían perdido la capacidad de elección y eran esclavos de los deseos de la negrura. Los otros no tuvieron más opción que defenderse. Por otra parte, los disparos se detuvieron por órdenes de la brigada de búsqueda, pero la defensa en la Ciudadela estaba lista para atacar. Lillie rompió las cadenas laterales de la puerta alta que separaba la fortaleza de un riachuelo, cubrió ataques, contrarrestó sin matar y buscó las escaleras hacia la muralla de protección. No las encontró, así que escaló con ayuda de peñascos y gárgolas incrustadas. Evitó confrontaciones letales y consiguió llegar a la parte principal de la muralla. —¡Alto! —ordenó una voz femenina y joven. Los ángeles quedaron expectantes, con los mini cañones al frente y sin dejar de ver a la intrusa. —Nefilino, por fin llegaste —dijo Eurielle, flotando hacia su posición. —Arcángel, ¿dónde está mi amiga? —demandó la chica y la señaló con Chaosholder, como un acto de provocación. —La mataré, si no tiras tu espada. Dicho esto, la jaula de Xenia se abrió y dos soldados la tomaron de los brazos y la dejaron junto a Eurielle. La chica soltó un quejido, levantó el rostro lloroso y le rogó a Lillie que la ayudara cuanto antes. Por unos minutos, no hubo movimiento alguno, hasta que uno de los subordinados gritó espantado, luego otro y después muchos más. Corrupción emanaba del suelo y paredes para invadir los cuerpos de los heridos y transformarlos en sus sirvientes. Una batalla se desató entre los poseídos y los libres. Estos últimos no podían asegurar en qué momento la plasta negra había arraigado raíces en la Ciudadela Blanca, pero luchaban por sus vidas, pues sabían de lo que era capaz. Eurielle no pudo mantener el orden por más que lo intentó. Lo único que su escuadrilla podía hacer era defenderse. Entonces, vio a Xenia correr hacia Lillie, así que la sujetó del cabello para detenerla. La Nefilino se molestó y se lanzó al ataque sin titubeos. Las espadas de ambas chocaron potentemente, casi como si pudieran arrojar rayos blanquecinos. Eurielle dejó a Xenia encerrada en un círculo mágico y encaró a la otra. Usaba una técnica rápida y precisa con una espada alargada que parecía una catana de hoja brillante. Empleaba sus habilidades y ventajas aéreas, pues sobrepasaba en velocidad a Lillie, quien aparecía el guante grueso para cubrir ataques directos. De ese modo, la chica consiguió contrarrestar y desestabilizar al arcángel. Giró y convocó a Chaosholder e intentó herirla. Sin embargo, el ángel sabía bien que no podía superarla en fuerza física, por lo que utilizó magia. Era una maestra del trueno, por tanto creó pilares de electricidad y minó la muralla casi por completo. Por su cuenta, Lillie dio saltos acrobáticos y usó las cuchillas terrenales en forma de defensa. Ambas desplegaban demasiado poder y parecían buscar asesinarse, así que los soldados más cercanos no intervenían. La mayoría de ellos estaban ocupados, intentando detener el contagio de la Corrupción en sus líneas defensivas. Xenia miró impactada y asustada. Deseaba ponerse a salvo, pero no podía abandonar el círculo pintado mágicamente en el suelo. También le parecía aterrador ver la epidemia inusual que ocurría en los alrededores. ¿Qué significaba? ¿Quién la provocaba? Una explosión de poder aconteció frente a ella, mientras que Eurielle y Lillie salieron disparadas hacia atrás. La primera quedó cerca de Xenia y la segunda del lado contrario. —¿Qué pasa, Nefilino? ¿Acaso la Campeona del Cielo no es digna de tu poder? —el ángel fanfarroneó. La aludida respiró agitadamente y apretó más el mango del arma. Así Eurielle fuera la hija de uno de los Cinco Arcángeles más poderosos, no creía necesario usar todo su potencial. Iba más allá del orgullo, sino del miedo que sentía. Si se mostraba como realmente era, con su cuerpo de Nefilino, sabía que había una posibilidad alta de perder el control de la energía. O eso le había dicho Isaiah muchas veces. Si alimentaba su poder desde el odio y la confusión, la rabia le nublaría el juicio por completo. Asimismo, creía que los enemigos de su padre la detectarían de inmediato, desde cualquier parte de la Creación. Entonces, corrió hacia la enemiga, quien levantó la espada e intentó detener el ataque. No obstante, Eurielle chocó contra la pared de la torre más próxima y sintió el filo de Chaosholder en su estómago. Miró a la chica y creyó que la mataría. Pero no fue así. Lillie detuvo el ataque en el último instante. Apenas le había hecho una herida superficial, pero sostenía el arma con firmeza. Las miradas de ambas estaban fijas y arrojaban emociones variadas. Eurielle mostró enojo e igualmente incertidumbre. No sabía qué ocurría. La otra, por su cuenta, mantuvo la seriedad que la caracterizaba. —¿No vas a asesinarme? —preguntó el arcángel, sin mostrar el miedo que se apoderaba de todo su ser. Lillie bajó el arma, dio un paso atrás y negó. Aquello causó que Eurielle abriera los ojos de par en par; no podía entender sus actos. Toda su vida le repitieron que los Nefilinos eran incapaces de mostrar cualquier tipo de indulto o empatía, que eran las criaturas más peligrosas y letales de la Creación, que eran esas que el mismísimo Creador condenó por no haber sido concebidas por él. Chistó con la boca y desvió la mirada para esconder el alboroto en su interior. La otra guardó a Chaosholder en la funda e inició el paso hacia su amiga. Pero no pudo avanzar. —¿Por qué? —demandó Eurielle con leve ofuscación. —No he venido a matar a la Campeona del Cielo, sino a rescatar a mi amiga —respondió y se quedó parada frente a la prisión de Xenia. —Lillie. —La llamó esta última y sonrió con el rostro lagrimoso. —¡Pero eres un Nefilino! ¡Entre lo infernal y lo celestial, un ser condenado a luchar entre lo que es correcto y lo que es maligno! —insistió el ángel—. ¡Es imposible que nuestro Señor haya creado a un ser así de…! —No pudo seguir. Los gritos de los soldados alertaron a las tres. La mayoría de la Ciudadela Blanca estaba oscurecida en sus paredes por el líquido antinatural. El cielo se opacaba rápidamente, como si un manto negro se colocara en lugar de las nubes. La flora de los alrededores cambiaba sus tonos, como si sus cuerpos fuesen tocados por algo pútrido y consumiera su energía. El piso comenzó a quebrarse y se formaron grietas por donde la acuosidad ennegrecida emergía, como si algo la empujara desde lo más profundo. —¿Qué rayos está pasando? ¿Cómo es posible que Corrupción se manifieste así? ¿Realmente hay un huésped comandándola? —La voz de Eurielle sonó llena de pánico. Cuando las paredes de protección comenzaron a desmoronarse, Lillie reaccionó y rompió la prisión con el guante. La magia se deshizo e intentó tocar a Xenia, quien también extendió la mano, pero sólo sus dedos rozaron. Un pozo se abrió debajo de ambas y las arrastró hacia las profundidades. —¡Lillie! —Xenia gritó desconsoladamente. La oscuridad se apoderó de todo, explotando desde el cielo hasta la tierra, pero sin generar sonido alguno. El líquido envolvió la estructura, los cuerpos, las plantas y las sumergió poco a poco. Sin embargo, no se apoderó de ellos como en el pasado, pues no corrompía sus cuerpos para poseerlos y arrebatarles su albedrío. Hacía algo más. Algo que nadie podía comprender en ese momento. Xenia sintió la acuosidad en su cuerpo. Lianas sujetaban sus brazos y piernas, moviéndola hacia la negrura. De igual manera, Lillie era jalada hacia el lado contrario. Forcejeó y consiguió romper unas cuantas con ayuda del guante. Sacó a Chaosholder, pero no pudo detener a Corrupción; era mucho más poderosa que ella y parecía arraigarse a su cuerpo para hundirla en el fango de lo más hondo. —¡Xenia! —vociferó, con el corazón apretujado y las emociones revueltas entre la confusión, el miedo y la desesperación. Lo último que logró ver fue a su amiga desapareciendo en las tinieblas infinitas. La oscuridad impidió saber qué ocurría. Lillie cerró los ojos y sintió que desvanecía. Tal vez, moría. O quizá no. No pudo corroborar nada. Cuando abrió los ojos, encontró un piso rocoso. Se incorporó y miró los alrededores. No sabía dónde estaba, pero podía sentir un viento fresco. Dio unos pasos y se sorprendió, ya que vio unos edificios materializarse frente a ella, como si hubiesen permanecido ocultos en alguna otra dimensión. No tenían colores y sus formas tampoco eran uniformes. Una llovizna inició, y levantó la mano sin pensarlo. Parecía que había regresado al pasado. Caminó por lo que parecía una calle abandonada y se detuvo en una zona reconocible. Giró hacia el callejón y encontró a dos figuras. Se quedó helada, con el pecho apresado ante lo que veía. Eran su padre y ella. —No llores más, cariño. Pronto comprenderás que todo lo que hice fue por tu bien —dijo él. Luego, movió la cabeza y la observó con seriedad. Lillie estuvo apunto de reclamar, pero se contuvo. Sintió a la sangre hervirle desde el estómago y apretó los puños. Escuchó los llantos de su yo infante y se convenció de que todo era un sueño. Su padre estaba desaparecido. Ni siquiera su energía era perceptible en los rincones del Infinito. Todos afirmaban que estaba muerto, que nunca regresaría, aunque ella no podía comprender cómo un ser tan poderoso había perecido. —Nunca fue mi intención lastimarte, Lillie —pronunció el hombre—. Eres mi hija, mi hermosa y adorada princesa. Eres mi vida. Eres la luz y la respuesta. —Mostró una sonrisa y se acercó a ella—. Además, eres la próxima Reina Celestial, pero también eres un Nefilino. Esto último no debe causarte dolor, mi pequeña. No importa que Él lo haya estipulado así —agregó levemente molesto—. Se ha equivocado. Lo sé. Y no importa lo que me cueste, voy a destronarlo. —¿De qué carajos estás hablando? —debatió y se percató de que podía escucharla. —Pronto lo entenderás. Te lo aseguro. Por ahora, quédate a mi lado. Vayamos al Cielo, mi princesa, a casa. —¿A casa? Nunca he tenido un verdadero hogar. ¿Ya lo olvidaste? Me mantuviste encerrada junto a mis hermanos, sin saber lo que realmente pasaría. ¡Y luego me abandonaste! ¡En la Tierra! No hubo respuesta. El hombre dio un paso al frente y le acarició la cabeza con tersura. Ella no supo cómo sentirse. Su cuerpo temblaba de la ira y el dolor. Se repetía lo que otros le habían dicho una y otra vez. Su padre ya no existía. De eso no debía dudar. Pero lo extrañaba demasiado. Deseaba sentir su amor y escuchar sus palabras de aprobación. Muy en el fondo de su corazón, quería que todo fuera diferente. Añoraba regresar a los días de tranquilidad en compañía de sus hermanos y él. Por eso, no sabía qué hacer o decir. —Vamos, hija —pidió papá y extendió la mano. Por su cuenta, ella titubeó y se reprochó por tan siquiera considerar lo que ofrecía. Se había prometido que nunca dependería de nadie, ni siquiera de él. Soltó un suspiro profundo y miró su mano. Comenzó a sollozar en silencio, acortó la distancia y la tomó. Lo abrazó casi de inmediato y reconoció el olor a menta fresca que la transportaba a una de las memorias más cálidas que tenía. —Papá, papá, papá —Lo llamó una y otra vez, con la voz quebrada por el llanto. Cerró los ojos y se aferró de él. Te extraño. Sólo por esta vez, déjame soñar que todo está bien y que has regresado por mí, pensó y se engañó. Estaba segura de que cometía un error fatal al creer en esa mentira. Nuevamente, abrió los ojos y sintió una suavidad rodear todo su cuerpo. Sonrió, ante el recuerdo de algo cálido y distante. Prestó atención, creyendo que estaría en la habitación de la casona donde vivió, pero se encontró con un techo de madera blanca, lleno imágenes de seres celestiales pintados sobre un lienzo. Se incorporó y observó con los ojos como platos. La cama tenía pilares en las esquinas, como esos muebles anticuados en los castillos de las princesas y príncipes. Había unas cortinas que cubrían la vista, así que las movió y miró el resto del cuarto. Había una puerta extensa que daba hacia un balcón, un peinador a la izquierda con tres grandes espejos, un ropero y un escritorio a la derecha. El librero tenía muchos tomos y figurillas de hermosos entes como unicornios y sirenas dentro de esferas de agua. Había un espejo de cuerpo completo en la esquina, casi colindante con una puerta de color caoba. Todo era de tonos blancos y cafés claros, con detalles en oro y plata. Salió de la cama y sintió un piso alfombrado. Dio unos pasos hacia la terraza y escuchó a los pajaritos mañaneros. Levantó la mano, corrió la cortina y descubrió un paisaje sumamente bello. Había un jardín en el centro, rodeado de muchos balcones que eran parte de la construcción enorme y de arquitectura barroca y color ostión. Se veían estatuas de seres angelicales, pegasos y kinnaras. Detectó a unas personas con alas, vestidas de formas variadas, desde togas, armaduras y hasta trajes de sacos alargados en la parte trasera. Unos cuantos tenían halos en la cabeza, pero sus diseños variaban mucho. El sonido de la puerta la asustó. Dio un pequeño brinco y giró. Se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, con la cabeza llena de dudas. Los individuos recién entrados eran de cuerpos reducidos y tenían alas de tamaños minúsculos. ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? ¿Acaso fue un sueño? ¿Acaso no peleaba una batalla en la Ciudadela Blanca?, pensó, ligeramente alterada. Además, en ese sueño había visto a dos personas muy diferentes a los ángeles. —Buenos días, Su Alteza —dijo uno de los querubines. Parecían personas enanas con ropones blancos y azules, de alitas en tonos claros entre el rosa, azul y amarillo. No eran niños, a pesar de sus estructuras, pues sus rostros mostraban relativa madurez. Eran tres en total, y sus voces sonaban un poco suaves. —¿Cómo durmió? —preguntó el de alas azules. —Le prepararemos el baño y le ayudaremos a arreglarse. Su padre mandó traer un hermoso vestido para que lo luzca en la fiesta de mañana, la que se hará en su honor —anunció el de alas amarillas—. Se verá preciosa y radiante. —No olvide que su padre la está esperando en el comedor —añadió el último de alas rosas. Lillie no pudo emitir sonido alguno. Los vio volar de aquí hacia allá, sin dejar de hablar incoherencias respecto a un baile. Se acercó al espejo del peinador y se quedó estupefacta. Su cabello estaba largo, hasta debajo de la cintura. Portaba una bata de noche en tonos rosas. Odiaba el rosa. De eso estaba segura. No obstante, había un tumulto en su cabeza que le impedía acordarse desde cuándo sabía que prefería los tonos negros, rojos y grises. Entonces, a su mente llegó un recuerdo insólito. Se veía a sí misma caminando por calles destruidas, con el cabello muy corto, ropas rojizas y negras, y la funda de una espada en su espalda. Levantó la mano y se tocó el rostro para cerciorarse de que no alucinaba. —¿Su Alteza? ¿Está bien? La veo muy pálida —dijo el mozo de alas azules—. El baño estará listo en unos minutos. Se acercó a la terraza y salió. La luz del sol la recibió cálidamente y asimiló que estaba en el Cielo. Comenzó a cuestionarse aprisa. ¿Qué son esas imágenes donde estoy peleando contra ángeles y demonios en otro mundo? ¿Quiénes son los humanos que me acompañaban? ¿Por qué me veo junto a un Forjador conversando respecto a La Llave del Cielo? ¿Por qué la busqué, si siempre… he vivido aquí con papá?No fue capaz de responderse. Cada que intentaba darle coherencia a sus recuerdos, sentía un punzar en la cabeza, como si algo le privase de la capacidad para conseguirlo. —¿Su Alteza? —repitió uno de los sirvientes. Respiró hondo y se tranquilizó. Seguramente todo era un mal sueño. Sí, eso debía ser. Se convenció y regresó al interior. Siguió a uno de los querubines y se adentró al baño. Por unos segundos, creyó que estaba en una calleja húmeda y tormentosa, pero no pudo asegurarlo. Aceptó la ayuda de los querubines y se alistó. Se puso un vestido blanco de encaje dorado en la parte inferior de la falda larga y esponjosa. Se sintió extraña, mientras se miraba en el espejo. Le parecía tan ajena la imagen que proyectaba, como si fuera una dulce y bella princesa. Le recogieron el cabello y le pusieron una corona plateada con destellos de oro que le rodeaba la cabeza, llena de detalles con laureles y espinas en la parte superior. —Se ve espectacular, Su Alteza —ofrecieron los mozos. Salió de la habitación y prestó interés en los pasillos que cruzó rumbo al comedor. Había pilares a los costados, cuadros de paisajes sumamente verdes, armaduras de plata y oro, así como espadas ornamentales con escudos llenos de símbolos. De alguna manera, todo parecía ajeno. Cuando llegó al comedor, encontró a un hombre, quien aguardaba con un rostro pacífico. Era papá. Sus ojos de un azul opaco, tez morena, cabello largo y castaño, así como una barba pronunciada eran fáciles de reconocer. Vestía una túnica elegante con una sotana dorada y marcada por bordados de simbología importante. Traía una corona casi como la suya, pero hecha exclusivamente de ramas y espinas, forjada en metales preciosos. Al verla, el hombre sonrió con amor. —Lillie —pronunció su nombre. De tan sólo escucharlo, sintió un estremecimiento profundo. Otra vez, por alguna razón que parecía un misterio casi profano, creía que él no debía estar allí. De todo lo que la rodeaba, de las extrañezas que presentaba en su propia imagen, del lugar en el que se hallaba, apenas podía afirmar que él no debía existir. ¿Por qué?, fue lo único que pudo pensar. —Vamos a comer, corazón. Ven, siéntate a mi lado. —Continuó papá. La chica no avanzó. Había un terror que aparecía como una alerta rojiza en su cabeza. No lo hagas, se repitió. Si lo hacía, se aseguraba, algo muy malo pasaría. Algo que era incapaz de nombrar. Entre más lo pensaba, más confuso se tornaba. Respiró sutilmente y avanzó con lentitud. Se detuvo frente a la silla junto a él y se sentó. Papá le regaló una sonrisa radiante y reanudó la conversación; no obstante, no escuchó. Su mente se enfocó en una escena distorsionada por la estática y el silencio. Observó al hombre y lo recordó de una forma distinta, con los ojos brillándole por el despertar de su poder, con una capucha para esconder su rostro. —¿Lillie, me estás oyendo? —La voz del rey interrumpió sus pensamientos. Asintió y miró los alrededores; se sentía vigilada, como si alguien estuviese oculto y listo para atacar. La angustia la abrazó como una ola de agua fría. Sin importar que estaba junto a papá, en el Cielo, que pronto se celebraría un baile en su honor, no pudo evitar sentirse vacía. Suprimió las ganas de llorar y se perdió en la imagen de aquellos humanos que la acompañaron en algún momento. Probablemente, ese sueño significaba algo. —¿Papá? —Lo interrumpió. —¿Sí? ¿Qué pasa, cariño? —¿No te irás? —preguntó, con el corazón palpitante. Él negó y le tocó la mano. Lillie sonrió con melancolía y lo miró de frente. —¿Por qué me iría? —dijo él. —Porque soy un Nefilino, ¿no? El hombre no respondió. Y, aunque fue por un par de segundos, ella supo que algo estaba mal. Algo que no podía identificar por completo. —Siempre estaré contigo, mi princesa —finalmente, respondió papá con un tono afable. Se obligó a creer en la frase y a disfrutar el momento. Sin embargo, no deseaba quedarse con la duda, por lo que se prometió que exploraría más a fondo para comprender lo que había visto en su último sueño, principalmente porque no podía dejar de preguntarse qué había pasado con esos humanos.
2 Me gusta 12 Comentarios 1 Para la colección