T'HY'LA PARTE 2. EXTRAS.

Mezcla
PG-13
Finalizada
0
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Fandom:
Tamaño:
400 páginas, 212.517 palabras, 63 capítulos
Descripción:
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MOMENTOS EN LA NÉBULA. VI - El lazarillo invisible.

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MOMENTOS EN LA NÉBULA VI - El lazarillo invisible                                                                                                                       Sam seguía escupiendo y enjuagándose la boca con aquel vino de artrópina. Esperaba que fuese una planta, de todos modos no se atrevió a preguntar, el caldo tenía buen sabor. Jadzia y Anton volvían a su juego de miradas secretas compartiendo sus pensamientos hasta que George les interrumpió de nuevo, no encontraba a Demora.  - Chicos, deberíamos buscar a la capitana. - Dijo poniendo sus manos sobre los hombros de su primo y el klingon. Al hacerlo sintió algo muy raro y una tonta canción de amor se le metió en la cabeza. ¿Por qué los dos se sonreían el uno al otro como un par de idiotas? - How deep is your love... - Canturreó medio en broma captando su atención.  - Laila... - Sam la apuntaba con la botella medio vacía. - ¿Dónde se ha metido ese hombre de las cavernas al que llamas amo?  - ¡Jambalaya Jones es el amo de todo lo que hay en la Nébula! - Por primera vez la chica color chicle había alzado la voz, su tono era tan chillón como el color de su piel. Luego, volviendo a su dulzura habitual, continuó. - No es ningún ser de los avernos, como dices. Estará por ahí, en algún momento con la capitana Sulu. - Añadió flexionando las rodillas con otra reverencia, señalando el camino hacia la pequeña y redonda sala de controles cercana. - Pero no podremos saber en cuál, a nosotros no se nos permite tocar la consola senso-temporal del amo.  - Llévanos hasta esa consola. - Le pidió el rubio a la mujer rosada, torciendo la boca en una pícara sonrisa y guiñándole un ojo en confidencia. - Tal vez tú lo tengas prohibido pero nosotros no.  - De todos modos no funcionará... - Con sus cortos y rápidos pasitos de geisha, la alienígena avanzó por el pasillo hasta conducirlos a donde Jambalaya Jones había llevado a Demora.  - Deja que yo lo compruebe. - George se adelantó al entrar en la salita de controles, directo hacia allí donde una única pantalla encendida lo iluminaba todo con su tenue luz blanca.  - Si la tocas, la Nébula leerá tus pensamientos y te llevará a cuándo desees pero... - Negando con la cabeza, la mujer rosada regaló al rubio una de sus forzadas sonrisas artificiales. - Si no recuerdas dónde está tu capitana de nada te va a servir, Geroge Kirk Encantado.  - Es así como tu amo, Jambalaya Jones, viaja a través del tiempo? - Anton sintió que la cabeza le iba a explotar con tanta curiosidad, tenía que tocar el misterioso monitor. - ¿Con una máquina que lee la mente? - Se preguntó adelantándose unos pasos.  - Y que transporta a quien la toca a un recuerdo. - Aclaró Laila con otra de sus sonrisas de muñequita. - Solamente el amo tiene libertad para ir al futuro, momentos donde nada ha sucedido aún.  - Estupendo, una máquina del tiempo que funciona con suvenirs... - Se quejó con cinismo el pelirrojo doctor. - ¿Y qué se supone que debemos hacer? ¿Esperar aquí a que Demora se acuerde de regresar?  - ¡Anton! - Gritó Jadzia, pero ya era tarde. Su curioso novio había posado la palma de su mano sobre la blanda superficie de la senso-consola y estaba a punto de activar la palanca. - ¡Agarraos a mí! ¡Deprisa! - Ordenó al médico y a George, sujetándose ya del brazo de su pareja. Algo le decía que no tardarían en desaparecer de allí.           El rubio tomó la mano de la mujer rosa chicle en el último segundo: si todos iban a viajar al pasado de su primo Anton, no quería dejarla sola en la sala de controles.                                  En otro momento, lejos de allí, Jambalaya observaba atentamente a su invitada manejando la situación como podía. Si Sulu se disponía a girar a la derecha en lugar de a la izquierda, que era a dónde debía ir, Demora hacía lo que fuera para que se diese la vuelta: soplaba en sus ojos, rozaba el dorso de su mano, o simplemente tiraba de la manga de su chaqueta gritando y pataleando como una niña.  - Ie, otôsan! *(no, papá) ¡Es por aquí! - Le guiaba como un lazarillo invisible, con grandes esfuerzos, a través de las embarradas calles de San Francisco; ella sabía exactamente cuál debía ser el destino de los pasos de su padre.  - ¿Pero a dónde vamos? - Quiso saber Jambalaya, estaba un poco harto de caminar sin rumbo por el centro de aquella ciudad que acababa de sufrir los destrozos de las lluvias.  - A donde debe estar. - Contestó la capitana viendo ya, orgullosa de su buena memoria, el edificio de cristales de espejo donde una vez Peter Kirk y Alex Freeman tuvieron su apartamento de solteros.           Hikaru Sulu, capitán de la USS Enterprise, observó su propio reflejo en la pared de la construcción y se habló a sí mismo en voz alta con absoluta seriedad.  - ¿Qué es lo que quieres, Sulu? - Se preguntó mirándose a los ojos en la pulida superficie que devolvía su imagen. - ¿Qué es lo que tú quieres en realidad?  - Lo que te mereces, otôsan. - Le susurró Demora al oído. - Te esperan ahí arriba, tu rosa y tu violeta... ¡Vamos, papá!  - Sus flores... - Jambalaya recordó lo que su invitada había dicho. - ¿Tan urgente es que tu padre se reúna con esas dichosas plantas?           Como no hubo respuesta, al amo de la Nébula se le ocurrió que tal vez esa rosa y esa violeta necesitaban con apremio ser regadas.           El japonés subía en el ascensor sin saber que iba acompañado por un lazarillo muy especial y un extraño alienígena. Un tipo calvo y barbudo, envuelto en pieles de animales exóticos, que se preguntaba si aquel piloto de la Flota era tan buen jardinero como su hija había sugerido. De haberlo sabido, Hikaru se habría llevado un buen susto. ¿Cómo sería ver a su Demora, de la que acababa de despedirse siendo una niña pequeña, con treinta y ocho años de golpe y luciendo los galones de capitán en la manga de su jersey color amarillo mostaza? Al llegar al apartamento, llamó a la puerta con los nudillos y esperó a que alguien la abriese, del otro lado se oían unos pasos aproximándose.  - ¡Sulu! - Exclamó Pavel nada más asomar su cabeza rizada por la puerta entreabierta. - ¡Qué susto! ¡Khan, es Sulu, puedes salir...! - Gritó volviéndose hacia el interior del apartamento. - ¿Qué hasses tú aquí?    - ¿Quién es ese hombre? - Jambalaya Jones parecía muy sorprendido, tirando nervioso, igual que un niño, del jersey de su invitada al preguntar. - ¡Es clavadito a tu Chekov!  - Porque es el Chekov original, el famoso ingeniero de la Flota del que tanto has oído hablar. Es el padre de mi hermano pequeño. - Respondió con una tierna sonrisa al ver cómo Khan salía al pasillo y recogía, literalmente, a su otôsan entre los brazos.    - Tranquilo, ya pasó... - Le susurraba el moreno al oído con su voz grave y su acento británico tratando de consolarlo, el japonés se había echado a llorar de nuevo.    - Su rosa y su violeta... ¡no son plantas! - El cromañón parecía poseer una desarrollada inteligencia emocional, no tardaba ni un segundo en comprender las dramáticas situaciones que el pasado de Demora les estaba mostrando. - El Chekov y este otro hombre... ¿son sus amantes?  - Pavel y Khan lo serán a partir de esta noche... - Murmuró, dejando escapar una lágrima de felicidad cuando el ruso cerró la puerta del apartamento. - Y lo serán para siempre.  - Comprendo... - Asintió Jambalaya Jones con algo de dulzura en sus ojos. - Volvamos a la Nébula, capitana Sulu. No es seguro pasar fuera tanto rato. Los estabilizadores temporales no van demasiado bien, a ver si tu Chekov puede arreglarlos luego.                               ¿Qué era aquel momento? ¿Un recuerdo de Anton? Parecía más bien una pesadilla. El viento huracanado soplaba sin parar levantando toneladas de polvo de la superficie del planeta. ¿Dónde estaban? ¡En Nuevo Vulcano! En una desierta explanada delante de la lujosa mansión de la familia Sch'n T'gai.  - ¡Primo! ¿A cuándo nos has traído? - Chilló Sam llenándose la boca de tierra al hablar.  - Mañana, sa'mekh'al *(abuelo, en vulcano) me llevará a la cima del monte Seleya y me presentará como miembro de su familia ante el Consejo. - Anton reconoció el momento, cubriéndose la boca gritó las palabras.  - ¿Tu Vimeilaya? *(ceremonia de iniciación vulcana) – Preguntó el médico imitando a su práctico primo y tapándose media cara con las manos antes de decir nada.  - No, eso lo hizo en casa, en San Francisco. - Le corrigió Anton. De pronto, un niño pequeño cruzó corriendo por delante de los cinco, sin advertir su presencia allí. - Tengo cuatro años y estoy a punto de darles un buen susto a mis padres. - Añadió señalando a su versión infantil que se alejaba.    - ¡Anton! - La voz ronca de Pavel venía de la casa, los muros se cerraban automáticamente y pronto la mansión quedaría protegida de la tormenta de arena. - Ay, moy malen'kaya oshibka! *(mi pequeño bichito) ¡Vuelve, Anton! ¡No puedes estar ahí fuera!    - Iba a buscar mi osito de trapo, lo había olvidado en la lanzadera. - El Anton adulto sintió la mano de Jadzia en su cintura. Mirándole a través del fuerte viento y toda aquella arena, pudo entrever en su rostro una expresión de satisfacción.  - Eras muy guapo de pequeño... - Le comentó utilizando el vínculo, en privado. - Me pregunto si nuestro hijo se parecerá a ti, del mismo modo en que tú te pareces a tu padre.  - Os informo que si estáis tratando de comunicaros “exclusivamente” entre vosotros, la interfaz de la Nébula está haciendo que todos podamos escucharos. - Flexionando las rodillas con su típica reverencia, la azafata rosada procuró no tragar demasiada tierra al sonreír.  - ¿Vuestro hijo? - George se había colocado delante de los dos, el flequillo rebelde volaba airado por encima de la mirada interrogante. - ¿Qué hijo? ¿De qué puñetas estáis hablando?  - Anton está esperando. - Murmuró Jadzia. - Lo siento, seguramente habrías preferido decírselo tú, mi t'hy'la.  - No, gracias... - Rió su novio con ironía. - ¡Me has quitado un peso de encima, la verdad!    - ¡Anton! - Ahora era la voz de Khan la que alcanzaba sus oídos desde la casa Sch'n T'gai. - Hijo mío, espera ahí... ¡No te muevas!           El sobrehumano corría hacia la lanzadera con la mano alzada, haciendo un gesto al niño para que no saliese de ella. El viento era cada vez más fuerte y los muros de protección automática de la mansión estaban ya casi cerrados por completo. Los dos tendrían que esperar a que pasara la tormenta dentro de la pequeña nave, el único lugar donde refugiarse. La mujer rosada y el médico encaminaron sus pasos hacia allí, estaban hartos de tragar polvo.  - ¿Cuánto durará? - Preguntó la alienígena al brujo Chekov girándose por el camino. - Esta tormenta... ¿cuándo termina?  - Por la mañana amaina el viento. - Contestó tirando de Jadzia hacia la lanzadera. - Dabai, *(vamos) constelación mía... pongámonos a cubierto. ¡Mueve el culo, George y síguenos! - Le gritó, el rubio aún estaba en shock por la noticia.  - ¿Voy a ser tío? - Se preguntaba intentando coordinar los pasos con la respiración, se había quedado de piedra.  - Entonces... ¿la tormenta durará toda la noche? Tal vez eso sea demasiado para un recuerdo. - Se temió la mujer rosa, tomando la mano del rubio y corriendo juntos hasta ponerse a salvo en la lanzadera.   (Continuará...)
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