T'HY'LA PARTE 2. EXTRAS.

Mezcla
PG-13
Finalizada
0
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Fandom:
Tamaño:
400 páginas, 212.517 palabras, 63 capítulos
Descripción:
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DETALLES

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DETALLES                                                                                                                        Era tarde, los niños se habían ido a la cama. Klasha leía en su cuarto, al fondo del pasillo y Jimmy dormía ya en el suyo, frente a la habitación de matrimonio. El lavavajillas llevaba roto toda la semana y Jadzia terminaba de fregar los platos de la cena en la cocina. Mientras lo hacía no pudo evitar gruñir un poco, refunfuñando por cómo a pesar de vivir rodeado de ingenieros, ninguno había hecho nada por arreglar la dichosa máquina. De pronto sonrió. Por la ventana que daba al jardín vio a Khan echarle a Sulu una chaqueta de lana sobre los hombros. Empezaba a refrescar y no tardaron en meterse en casa, Pavel les apremiaba desde la puerta corredera del salón. Antes de desaparecer de su vista saludaron al klingon con una gran sonrisa, los tres estaban encantados de tenerles viviendo allí mismo, en el que fuera durante tantos años el hogar de Jim, Spock y Bones.           Desde la terrible pérdida de su esposa en Preenos, planeta en los límites del sistema tellar y ahora parte del territorio cardassiano, George no se había separado de Anton. No podría hacerlo, ya no. De nada sirvió que sus padres, David y Jabin, le invitaran a viajar con ellos a Ocampa para visitar al tío Haron una temporada y así distraerlo un poco de todo aquello por lo que había pasado. Tampoco sirvió que le ofrecieran quedarse en su propia casa, la de su infancia, durante su estancia en el planeta kazon: el rubio no consintió. Puso como excusa que el pequeño Jim había hecho buenas migas con Klasha; el niño debía estar con su primo y recuperar algo de normalidad, aprender la apacible rutina de la vida diaria en la Tierra después de sufrir el trauma de haber perdido a su madre. Jimmy necesitaba un hogar, un hermano mayor y una familia que le arropase y George supo, desde el primer momento, que ese hogar no sería otro que el de Anton. Tenía que serlo. Por Jimmy... y por él mismo.  - Recuerdo un domingo cuando éramos niños, el abuelo Jim nos había llevado a la playa. Tú y Sam corríais por la orilla salpicándoos el uno al otro sin parar. Yo me quedé sentado con él escuchando el océano, el sereno rumor de las olas. Vi una cara en la arena a mis pies, fui a cogerla pero entonces se desvaneció en mis manos... y me escapé. ¿Te acuerdas? El abuelo se había quedado dormido y no os disteis cuenta hasta la hora del almuerzo. ¡Menudo susto os llevasteis! ¡Y menuda bronca me echó luego el abuelo cuando me encontró en el aparcamiento! Pero tuve que hacerlo, huir... escapar... Aquella era tu cara, dibujada caprichosamente en la arena mojada por el mar. No sé qué me pasó por la cabeza, te juro que todavía hoy no lo sé. Sólo sentí que tenía que salir corriendo, me preguntaba si algún día podría escapar del mundo.           Anton le escuchaba en silencio, hacía días que no le oía decir más de tres palabras seguidas. Aquella especie de catarsis, aquel ataque de verborrea Kirk, debía ser atendido como se merecía. Con sumo respeto, guardando las distancias en el viejo sofá chester del abuelo Jim, sin críticas, sin juicios, con la mente abierta y el corazón en la mano.  - Una vez tuve un sueño... - George continuó con su locuacidad. - Tenía siete años y trepaba por un árbol del jardín. Era tan alto que, cuando llegué a las ramas superiores, pude ver un pedazo del Elíseo esperando impaciente por mí. Yo sería un héroe, Anton, un día moriría e iría allí. Pero antes recorrería el universo entero, escaparía del mundo... huiría de ti. No sé por qué sentía que debía hacerlo, tal vez tu voz... tu voz, siempre en mi cabeza.           Sus rizos dorados, aclarados con el sol de San Francisco, brillaron un momento cuando la luna llena asomó por el ventanal que daba al jardín. Anton quiso apartarle el flequillo de la cara, acariciar su frente, pero se contuvo un poco más. Tuvo que echar mano de su fuerza de voluntad vulcana para aguantarse las ganas. Su primo parecía tan frágil como cuando, tras el funeral de su mujer en la Base Estelar próxima al sistema tellar, huyó ocultándose de todos en la bodega de carga para poder llorarla en soledad. Fue Sam quien le encontró entonces. Según el médico le había contado, todo lo que pudo hacer fue abrazar a George y repetirle una y otra vez que no estaba solo.  - He amado y me he sentido amado. He bailado bajo la lluvia con Erzi Dax, la criatura más hermosa y especial que haya existido jamás, y me he sentido vivo, vivo de verdad... No me puedo quejar, otros no tienen tanta suerte. Pero incluso durante aquellos años felices en Caldonia, donde establecí mi hogar lejos de todo, no podía sacarte de dentro. Siempre estabas ahí...          Los ojos azules resplandecían ahogados en lágrimas que, al bajar la cabeza, se deslizaron silenciosas por las mejillas. Para Anton era un suplicio permanecer inmóvil frente a semejante oleada de sentimientos: quería abrazarle, besarle... hacerle el amor... Su muro vulcano de ausencia de emoción le protegía bien poco de aquella tormenta, temblaba por dentro de arriba abajo pero por fuera... Por fuera tan sólo mostraba una neutra expresión que, al menos, logró que su primo siguiera desahogándose.  - Dibujé un retrato en mi mente, el retrato era un dibujo de ti y cuando estando a solas en la explotación minera lo miraba por unos momentos, llegaba a pensar que estabas allí, conmigo... pero no era cierto. Todo el tiempo he estado mintiendo, mintiéndome en secreto a mí mismo. He estado poniendo mi dolor en el lugar más alejado del estante, no sé si me explico. Anton, me fui a Caldonia buscando un lugar blando donde dejarme caer. He estado escapando, como si pudiese huir del mundo cuando todo mi mundo eres tú. - Levantando la cabeza buscó la limpia mirada aguamarina que tenía frente a él, deseando sumergirse en aquellos ojos para siempre. - Ahora que te he encontrado, por favor... llévame a casa. Llévame al lugar a dónde pertenezco, no tengo otro sitio al que ir. Por favor, no puedo soportarlo más... ¡Llévame a casa, Anton!  - Estás en casa, t'hy'la... - Susurró dejándose abrazar, el rubio se había lanzado contra su pecho como un kamikaze. Anton podía sentir cómo le latía el corazón, pegado a él con todas sus fuerzas.           Jadzia hacía un rato que les estaba observando desde la puerta de la cocina, con respetuoso silencio esperó unos minutos a que George terminase de echar todo aquello fuera. Cuando las lágrimas dejaron de caer, cuando los suspiros se volvieron más pausados y la respiración recuperó la calma, el klingon se acercó a ambos y les ofreció sus manos.  - Vamos a la cama, es tarde ya. - Murmuró dirigiéndose a los dos.  - ¿Juntos? - El rubio seguía teniendo reparos ante aquella idea, aunque la verdad era que desde el funeral por Erzi no dejaba de soñar despierto con el tema.  - Me has pedido que te lleve a casa. - La voz de Anton, algo ronca y quebradiza, no salía de su garganta. Sin embargo todos allí podían oírla con claridad. - Hagámoslo de una maldita vez, completemos el vínculo los tres... seamos uno, como lo fueron los abuelos.  - Igual que los abuelos... - A George le pareció de pronto algo natural. Poniéndose en pie tomó la mano que el klingon le tendía. - Está bien, Anton... llévanos a los dos a casa, juntos...           Desde niños habían escuchado historias, conversaciones de adultos que espiaban ocultándose en las escaleras o detrás del sofá. Las paredes de aquella casa guardaban tantos secretos como viejas fotografías colgaban de ellas. Los abuelos y su vínculo, “nuestro océano privado” lo llamaban. ¿Tendrían también ellos tres todo un océano esperándoles? Si era así, ya habían postergado su viaje durante demasiado tiempo. Era hora de zarpar.                         Unos meses atrás, a su llegada a la Tierra desde la frontera tellarita, George no puso pegas cuando su primo el mayor les ofreció su hogar a él y a Jimmy para instalarse. Sus padres habían partido hacia Ocampa, pudo quedarse en su propia casa pero no lo hizo. Consultó con el doctor y Sam estuvo de acuerdo: si alguien podía curar las heridas en el alma de George, ése sin duda era Anton.           El rubio solía dormir con su hijo en el cuarto de enfrente y, si Anton y Jadzia compartían algún momento de intimidad, él procuraba apartarse todo lo posible yendo a veces a dormir abajo, al viejo chester en el salón. Aquello le costaba un esfuerzo considerable, pues todo su ser le pedía a gritos que se uniese a la pareja bajo las sábanas. Pero el respeto al luto por su esposa, el pudor ante la idea de compartir cama con el klingon, que siempre había sido para él un buen amigo y nada más, y, sobre todo, el hecho indiscutible de que su amor por Anton no dejaba de ser incestuoso y por tanto tabú, le mantuvieron lejos de su lecho por una buena temporada.           Inútilmente se empeñó en no sucumbir a sus deseos, en no dejarse llevar por aquella misteriosa corriente que siempre había estado allí y que, sin saber cómo ni por qué, le arrastraba inevitablemente hacia Anton. Todo su afán por negarse lo que de verdad quería, lo que necesitaba, todo su enorme sacrificio resultaría en vano, pues nada puede hacer un hombre contra los designios de los dioses.    - ¡Vamos, date prisa Eros! Cassandra puede regresar en cualquier momento. - Pan no podía evitar patear el suelo con sus pezuñas hendidas, nervioso por si la sacerdotisa les sorprendía infraganti.  - ¡Calla y vigila, esto lleva su tiempo! - Protestó el hijo de Afrodita y Ares, profundamente concentrado en las imágenes de la clepsidra. - He de empujar a estos hombres hasta el borde del precipicio para que caigan en la tentación y se unan en un solo ser. Luego será cosa de ellos...  - Supongo que una vez hayan probado la dulce fruta del amor, no querrán nada más... - Rió el semidiós con patas de macho cabrío.                         Los tres ignoraban que la Pantheion sobrevolaba San Francisco aquella noche. Oculta en las sombras que a veces rodean la luna, sigilosa y prudente, la nave de más allá de la Galaxia vigilaba en secreto a los hijos de Apolo. Los dioses no les habían abandonado, a pesar de lo que George pudiera pensar. El rubio no comprendía cómo podían haber permitido que su esposa muriese, dejándolo solo y con un niño de cuatro años, impidiendo nacer a la pequeña Erzi cuyo código genético permanecía a salvo, encerrado en la memoria del teletransportador que siempre llevaba guardada en el bolsillo lateral del pantalón.           George se culpaba a sí mismo por no haber abandonado antes Caldonia, por haberse instalado allí en primer lugar, por creer que estaría seguro en aquella blanda y confortable jaula que se construyó lejos de todo su mundo... lejos de Anton. Pero por encima de todo, George Kirk-Marcus culpaba a los dioses y estaba furioso con ellos por la muerte de Erzi, incapaz de reconocer y aceptar su verdadero destino... hasta aquella noche.           Jadzia permaneció inmóvil dejando que Anton le desvistiera, algo avergonzado por hacerlo delante de su amigo. La piel atezada de su rostro se volvió más oscura con el rubor violeta de su sangre. Al rubio le ocurrió exactamente lo mismo cuando las manos de su primo volaron alrededor de su piel, despojándolo de toda la ropa: sus mejillas se sonrojaron. Antes de que se diesen cuenta estaban los tres completamente desnudos, plantados delante de la cama de matrimonio tamaño “kling-size”. Como buen Chekov, Anton dio el primer paso.  - Ven y tómame, George... igual que hacías en la prisión cardassiana... ¿recuerdas? - Musitó con suavidad en su mente sabiendo que Jadzia también le estaba escuchando, tendiéndose sobre las sábanas y ofreciéndose a su primo.  - Desde que me lo contaste, t'hy'la, he imaginado la escena un millar de veces. Quisiera verlo con mis propios ojos, debe ser hermoso... - Susurró Jadzia empujando al rubio hacia el lecho, donde Anton le aguardaba con los brazos abiertos. - Adelante amigo mío, tienes mi permiso.  - No puedo... tú... tú eres su marido... - Balbuceó mostrando una ligera resistencia, la cual se quebró nada más sentir la cálida y suave piel de Anton rozando la suya por debajo del pecho. Estaba encima de él. - Anton... mi amor...           Ya había ocurrido otras veces. Podía oír los pensamientos de Jadzia y los de Anton en su cabeza, podía sentir lo que ellos sentían. No era nada nuevo... pero en aquella ocasión los pensamientos eran confusos, turbados por la lujuria, las sensaciones eran demasiado ardientes, y George se vio arrastrado por una vorágine de deseo e impulsos incontenibles, preso de una sed insaciable que le impelía a dejarse llevar... Todo manos, recorrió sin cansancio la piel sedosa de su primo, devoró su boca hambriento de los besos que durante tantos años no había podido robarle, lamiendo los jugosos labios calmó su sed.           Jadzia estaba extasiado. Si una vez tuvo celos por lo que imaginaba ocurría entre su marido y el rubio, ahora, al verles allí gozando el uno del otro, tan cerca que podía notar el calor que desprendían sus cuerpos, no sintió otra cosa que satisfacción. Sí, aquella hermosa visión llenó su espíritu klingon de una dicha que nunca antes había experimentado. La espalda de su amigo, tan fuerte, tan musculosa, tan ancha... de pronto le pareció un lugar perfecto para dejarse caer.  - Soy un volcán a punto de estallar... - Gimió George gozando del cuerpo caliente y sudoroso de Anton, aferrado a su carne y sintiendo que Jadzia estaba a punto de tomarlo también a él. - Miradme explotar...  - Moy muzh *(mi esposo, ruso) nos llevará a casa, t'hy'la... - Susurró el klingon volviéndose uno con ellos, unidos los tres al fin por el vínculo que, sin saberlo, siempre les había atado.  - Da... u sebya doma... My yavlyayutsya domom na poslednem! *(sí... en casa... estamos en casa al fin) – Exhaló Anton en ruso quedándose sin aliento.            La corriente fluía en todas direcciones, eléctrica y juguetona, mágica. Su amor era un torbellino que les transportaba a otro lugar, a la siempre hermosa y fascinante Constelación de Orión, fuera del alcance de miradas ajenas que pudieran juzgarles, de reproches sin sentido, muy lejos de la Tierra... Juntos volaban más y más alto, distanciándose de la realidad y al mismo tiempo adentrándose en su verdadero mundo, su hogar, su destino.          Hubo un instante en el que, conscientes de ser observados, los tres frenaron en seco sus movimientos para mirar con desconfianza la puerta del dormitorio.  - Cerré con clave... - Jadeó el klingon, bastante sofocado por el esfuerzo que estaban realizando.  - Los niños duermen... - Murmuró Anton sin dejar de apretar las caderas de su primo entre los muslos.  - Pero alguien nos está mirando... - Insistió George. - ¡Vamos, sé que también lo sentís!                       Efectivamente, aquel momento de intimidad entre los tres estaba siendo observado en secreto. No sólo un emocionado Eros, desde la Pantheion, podía verles a través de la clepsidra; el dios estaba loco de contento por haber conseguido su antojo. Una invisible nube violeta ocultaba la inexplicable visita que George, Jadzia y Anton se hicieron a ellos mismos once años atrás. Aquél era su último viaje con la caprichosa interfaz de la Nébula, la callada revelación que olvidaron nada más llegar a su tiempo, al ser devueltos a bordo de la USS Reliant.  - ¡No puedo creer lo que ven mis ojos! - El George Kirk-Marcus del pasado se ruborizaba hasta las cejas, viéndose a sí mismo como jamón del sándwich entre su primo y su amigo.  - Bueno... siempre me ha gustado tu trasero... - Bromeó el klingon a su lado.           La risita socarrona le costó un codazo del rubio en las costillas, Jadzia se resintió del golpe y miró a su pareja. Anton no podía dejar de contemplar los tres cuerpos desnudos, fundidos en uno solo sobre la cama de enorme tamaño.  - ¿Qué estás pensando, mi r'uustai? - Le preguntó el klingon con respeto, preocupado por verle tan turbado.  - Niet! *(no) - Respondió él negando con la cabeza. - Jambalaya Jones nos ha gastado una broma pesada.  - ¡Pues claro! - Añadió George con enfado. - ¡Algo así no sucederá jamás! Anton está esperando un hijo tuyo, Jadzia... y yo... yo no...  - Sin embargo ahí estás, en nuestro lecho, justo en el medio... y no pareces encontrarte a disgusto. - Masculló con su marcado sentido del humor klingon.           Justo cuando iban a ponerse a discutir, la nube violeta les devolvió a su momento en el pasado, lejos y dentro de la Nébula. En el presente, los tres dejaron de notar la extraña presencia y, ajenos a todo lo demás, continuaron con la exploración de su recién descubierto vínculo sagrado, su tel... Al fin el plathau *(consumación, vulcano) había llegado.  - Terau ek'wak! *(juntos por siempre) – Exclamó Anton en lengua vulcana.  - nItebHa' reH! *(juntos por siempre) – Repitió Jadzia en klingon.  - Juntos por siempre... - Murmuró George, sintiendo que la erupción de aquel volcán en el que se había convertido estaba cada vez más próxima. - Ah... da, yebat... *(sí, joder, en ruso) QaparHa'qu'! *(os amo, klingon)           A Jadzia no le extrañó oír a su amigo hablar idiomas que no eran el suyo... porque ahora sí lo eran, le pertenecían. Todo Anton y él mismo eran ya parte de George. Antes de dejarse morir dentro de su cuerpo, antes de gruñir con todas sus fuerzas pegado a la nuca de su nuevo amante, el klingon sintió a su vez cómo su esposo se derramaba bajo el vientre del rubio, gimiendo de placer, contrayendo los músculos de las piernas que temblaron bajo sus brazos, y sintió también el chorro de lava caliente que expulsó el miembro de George dentro de Anton, vaciándose por completo los tres casi al unísono, alcanzando una paz que les acogió amorosa en su blando seno.           Suspiros, jadeos, algún que otro gemido mientras recuperaban el aliento... Incapaces de moverse un solo milímetro, los tres amantes, entrelazados los cuerpos sobre la cama “kling-size” que estaba más que acostumbrada a acoger tales eventos, se sumieron en un dulce sueño repleto de felicidad. Estaban por fin en casa, ése era el lugar al que pertenecían. Eros lanzó una piedrecita de amatista a la clepsidra, la superficie líquida dejó de mostrar a los tres hombres que, plácidamente, descansaban ya en brazos de Morfeo.                         En la habitación de enfrente, el pequeño Jimmy se despertó algo inquieto al sentir que el cuerpo grande y protector de su padre no estaba a su lado en su camita. Sintiéndose solo buscó entre las sábanas el viejo osito de peluche que su tío Anton le había dado, abrazado a Misha concilió de nuevo el sueño. Tal vez papi esa noche se había acostado en otra cama.           Tras la puerta del fondo del pasillo, alguien apagaba la luz de su mesita de noche dejando allí el libro de Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Como marca páginas, utilizó la cinta azul para recogerse el pelo de su abuela Amy. Klasha se la había robado sin que se diese cuenta cuando pasaron por Nuevo Vulcano de regreso a la Tierra, tomándola como prenda del cariño que sentía por ella. Los ruidos en la alcoba de papá y “mami” habían cesado. Era hora de dormir...  - «Me prometiste contarme tu vida, ¿te acuerdas? - dijo Alicia. - Y por qué odias a los... G. y a los P. - Añadió en un susurro, sin atreverse a nombrar a los gatos y a los perros por su nombre completo para no ofender al Ratón de nuevo.»           Las palabras de Lewis Carroll flotaban en la mente del niño. “Contarme tu vida...” se dijo. Un día de estos mamá Anton, papá, y el tío George, tendrán que sentarse en el chester del salón y responder a la misma petición por parte de Klasha.
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