Quedarte

Slash
G
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
25 páginas, 8.541 palabras, 3 capítulos
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Capítulo 1

Ajustes
El primer día que Steve Rogers pisó la Academia Midtown de Ciencias y Tecnología, llovía. No dio una buena primera impresión porque llegó tarde. El autobús se descompuso a tres cuadras y tuvo que correr el resto del camino. Los zapatos le escurría agua al caminar. La secretaria de dirección lo miró con una mezcla de lástima y desdén. —¿Rogers? —dijo, como si estuviera probando un sabor feo. —Sí, señora. —No me digas señora. Me hace sentir vieja. Steve no supo qué decir a eso. Se paró en el umbral de la oficina con la mochila chorreando agua sobre el piso impecable y sintió, por enésima vez en su vida, que no pertenecía a ningún lado. El suero lo curó dio fuerza y reflejos, pero no le enseñó a hablar con gente que usaba palabras como "currículum" y "networking" sin ironía. La secretaria, que insistió en llamarse Brianna, le entregó un horario doblado en cuatro y lo señaló hacia el ala de ciencias aplicadas. —Tu primer período es Robótica Avanzada con la doctora Simmons. No llegues más tarde. Steve asintió, apretó el horario contra el pecho mojado y caminó por pasillos demasiado limpios para ser de una escuela. Las paredes eran de vidrio. Había estudiantes con computadoras portátiles caras. Todo olía a nuevo, a dinero, a un mundo que nunca fue pensado para él. La puerta del aula 304 estaba entreabierta. Steve la empujó sin hacer ruido, hábito militar, y se quedó parado en el marco. Dentro, la doctora Simmons era una mujer menuda de gafas gruesas que hablaba con las manos. Detrás de ella, una pizarra digital mostraba diagramas de servomecanismos. Los estudiantes estaban distribuidos en mesas largas, cada una equipada con un kit de robótica que Steve calculó que debía costar más de lo que él ganó en sus tres meses de entrenamiento. Y en el centro del aula estaba Tony Stark. Steve lo reconoció inmediatamente. No porque lo hubiera visto en persona o por el simple hecho de que él fuera su misión, sino porque las fotos de Tony Stark estaban en todas partes. Revistas. Titulares. Páginas de chismes tecnológicos. El niño prodigio. El heredero. El huérfano millonario que sonreía para las cámaras con una tristeza que nadie parecía notar. En las fotos, Tony parecía más pequeño y en control. En la vida real, Tony Stark tenía una expresión tan concentrada que parecía ido, las mangas de la camisa enrolladas hasta los codos, y una mancha de grasa en la mejilla que no parecía importarle. La doctora Simmons giró sobre sus talones. —¿Señor Rogers? Pensé que llegaría la semana que viene. —Hubo un cambio de planes —mintió Steve con soltura. Era la primera mentira de muchas. S.H.I.E.L.D. le enseñó a mentir con la cara tranquila. —Bueno, bienvenido. Tome asiento donde encuentre lugar. No había muchos lugares libres. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por grupos de dos o tres estudiantes que ya se conocían.La única mesa con una silla vacía era la de Tony. Steve caminó hacia allí con la mochila aún mojada, sintiendo las miradas de los otros estudiantes. Algunos curiosos. Otros divertidos. —¿Te importa? —preguntó Steve, señalando la silla vacía. Tony finalmente levantó la vista. Sus ojos eran marrones, pero no tenian brillo Había algo viejo en ellos, algo que no debería estar en un chico de diecisiete años. —¿Eres nuevo? —preguntó Tony, como si recién ahora notara su existencia. —Transferencia. —¿De dónde? —Brooklyn. Tony frunció el ceño, como si estuviera haciendo cálculos mentales. —¿Brooklyn tiene escuelas con planes de robótica? —No —admitió Steve—. Por eso estoy aquí. Tony lo miró un segundo más. Luego, sin decir nada, apartó la mochila que estaba apoyada en la silla vacía e hizo un gesto con la cabeza. Un "siéntate" silencioso, casi a regañadientes. Steve se sentó.

***

Durante los primeros quince minutos de clase, Tony no le dirigió la palabra. Sacó una pequeña herramienta de soldar y algo que Steve no logró identificar, una pieza pequeña, intrincada, con una simetría que parecía imposible de hacer a mano. Luego le entregó un par de lentes protectores a Steve, quien lo miró confundido. —Pontelos —le ordenó a la vez que sacaba otro par y se los acomodaba a sí mismo. Cuanso Tony empezó a soldar, mientras la doctora Simmons explicaba los fundamentos de la cinemática inversa, Steve se puso sus lentes de inmediato. La soldadora no lanzaba chispas, pues se trataba de una herramienta para trabajo de precisión ,pero aún requería de protector en los ojos. —No tomes apuntes —dijo Tony de repente, tras 10 minutos de Steve escribiendo en su libreta. Steve levantó la vista. —¿Qué? —Que no tomes apuntes. Simmons sube las diapositivas al aula virtual. Pierdes el tiempo copiando. Además, escribes muy lento. Steve parpadeó. —¿Me estás mirando escribir? —No —Tony hizo una pausa, y entonces sus ojos se desviaron hacia la libreta de Steve por un milisegundo—. Bueno, un poco. Es difícil no mirar. Tu letra parece del siglo diecinueve. ¿Escribes con pluma y tinta también? —Es una pluma —dijo Steve con paciencia—. De este siglo. Tony resopló. No era una risa, pero tampoco era un desprecio. Era algo en el medio. Un sonido que decía "interesante" sin comprometerse. Steve decidió que no iba a dejarse intimidar. Había enfrentado a instructores militares que le gritaban en la cara. Un adolescente engreído no iba a ser su perdición. —¿Qué estás armando? —preguntó, señalando la pieza. Tony la levantó entre el pulgar y el índice, como si la estuviera evaluando. —Un servomotor de alta eficiencia para una prótesis de mano. El modelo actual necesita tres veces más energía de la que produce una batería portátil. Esto —la agitó— resuelve ese problema. —¿Para qué? —preguntó Steve, genuinamente curioso. —¿Para qué una prótesis de mano? ¿En serio? —No. Quiero decir, ¿para quién? ¿Es un proyecto de clase? Tony se quedó en silencio por un segundo. Sus dedos giraron la pieza lentamente. —Mi tutor encargó un lote para un hospital infantil. Pero los que están en el mercado son una basura, así que los estoy rediseñando desde cero. Steve asintió. No dijo nada sobre lo que implicaba que un chico de diecisiete años tuviera "tutor" en lugar de padres. Ya sabía el motivo, pero aunque no lo supiera, preguntar sería entrometerse. En lugar de eso, dijo —¿Me enseñas? Tony frunció el ceño. —¿A soldar? —Sí. Tony lo miró con escepticismo. Después de un momento, saco una pieza de metal torcida de su bolsillo y la empujó en dirección a Steve, mientras le entregaba la soldadora. —No quemes la mesa. Steve tomó la soldadora con cuidado. Sus manos eran grandes para su edad, entrenadas para sostener armas, no herramientas de precisión. Pero se concentró. Respiró. Y empezó a soldar. —Más despacio —dijo Tony, señalando un punto con el dedo—. Estás aplicando demasiada presión. El estaño tiene que fluir solo, no debes empujarlo. Steve corrigió el gesto. Al tercer intento, la soldadura quedó limpia. —No está mal —concedió Tony, y fue la primera vez que su voz perdió ese filo de sarcasmo—. Para ser de Brooklyn. —Para ser de Manhattan, eres menos insoportable de lo que esperaba —respondió Steve, y se sorprendió a sí mismo. Tony se rió. Una risa real, corta, casi involuntaria. —No soy de Manhattan. Soy de Long Island. Pero me muevo por todo Nueva York. Es más fácil cuando tienes un reactor de fusión en el sótano. Steve no supo si era una broma o no. Decidió que probablemente sí. —Sr. Stark, sé que usted considera esta clase una perdida de tiempo. Y considerando sus capacidades no lo culpo si debe ocupar sus manos en algo mientras toma la clase, sin embargo el Sr. Rogers es nuevo y no debe ser distraido. —Reprendio de repente la doctora Simmons. —Lo siento, —Steve se disculpó de inmediato, las orejas poniendosele ligeramente rojas. Tony, por su parte se encogió de hombros y le pidió a Steve el soldador de vuelta con un gesto de mano.

***

Cuando terminó la clase, Tony guardó su soldadora en una caja metálica con su inicial grabada y se levantó sin despedirse. Pero a mitad de camino hacia la puerta, se detuvo. Miró por encima del hombro. —¿Rogers? —llamó aunque el aula estaba vacía así que si hablaba sería claro que se dirigía a él. —¿Sí? —Si vas a sobrevivir en esta escuela, no te sientes con cualquiera. La mayoría —señaló el aula con un gesto amplio— son buitres con mochilas de diseño. Te ven débil y te despluman. —¿Y tú? —preguntó Steve—. ¿Eres buitre también? Tony sostuvo su mirada. El aula se vació a su alrededor. El ruido de las conversaciones se alejó. —Yo soy el que se come a los buitres —dijo por fin. Y salió sin mirar atrás. Steve se quedó un momento más, mirando la puerta cerrada. En su entrenamiento militar le dijeron que el objetivo de la misión se llamaba Tony Stark, que era un genio manipulable, un niño rico necesitado de supervisión. Nadie le dijo que tenía la mirada más triste que Steve hubiera visto jamás.

***

Pasaron dos semanas. Steve cumplió con su rutina. Fue a clases, tomó apuntes, aunque Tony le hubiera dicho que no y respondió las preguntas de los profesores. En los entrenamientos nocturnos con S.H.I.E.L.D., sus supervisores le preguntaron si ya había establecido contacto con Stark. —Hablamos —respondió Steve—. No diría que somos amigos. —Haz que lo sean —le ordenaron—. Necesitamos acceso a su taller. Stane está moviendo piezas y queremos saber qué más está escondiendo Stark en esa mansión. Steve asintió.

***

La tarde del sábado de la segunda semana, Steve fue asignado para realizar un trabajo en equipo con Tony. No supo si los profesores se habían dado cuenta que Steve era el único que no se mostraba intimidado por Tony y por eso lo emparejaron con él, o si S.H.I.E.L.D. tuvo algo que ver, pero lo tomó porque le ayudaba con el cumplimiento de su misión. La mansión Stark era enorme, un castillo de cristal y acero en medio de una colina que miraba hacia la ciudad. El taller de Tony estaba en el sótano. No un sótano oscuro y húmedo como el que Steve imaginaba, sino un espacio blanco, luminoso, lleno de pantallas y herramientas y una maqueta de la ciudad de Nueva York en el centro que parecía sacada de un museo de ciencia. Y en el medio de todo eso, Tony. Estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, rodeado de cables y piezas metálicas. Steve no vió la armadura en n ingún lugar, aunque los informes de S.H.I.E.L.D. decían que existía. Steve se quedó en el umbral, sin hacer ruido. Observó. Tony tenía ojeras profundas, de esas que no se curan con una noche de sueño. Sus manos temblaban ligeramente cuando sostenía las herramientas, aunque la soldadura salía perfecta. Tenía una taza de café a su lado. Estaba fría. Steve lo supo porque la taza tenía una mancha de café seco en el borde, de horas atrás. —¿Vas a quedarte ahí parado o vas a ayudar? —dijo Tony sin levantar la vista. Steve dio un paso adelante. —¿Cómo sabías que ya estaba aquí? —no pudo evitar preguntarlo porque él se acercó al taller en modo silencioso. Y porque el mayordomo que le abrió la puerta no anuncio su llegada. —El sistema de seguridad te detectó hace tres minutos. Te tengo identificado como "Rogers, Steve, probablemente inofensivo aunque con brazos muy grandes". —Tony finalmente levantó la mirada, y había algo parecido a una sonrisa en sus labios—. Además, respiras muy fuerte. ¿Tienes problemas nasales? —No respiro fuerte —dijo Steve y se sentó en el suelo frente a él—. ¿Tienes mucho tiempo trabajando? —Desde las once… de la noche. Ayer. —Eso no puede ser saludable. Steve miró el café frío. Miró las herramientas. Miró a Tony, que volvió a concentrarse en su trabajo como si Steve no existiera. —¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no fuera café? —preguntó. Tony hizo una pausa. Parpadeó. —Esa es una pregunta muy agresiva para alguien que acaba de llegar. —Es una pregunta honesta. —El almuerzo. Ayer. Comí un sándwich. —¿De qué? —No me acuerdo. Steve suspiró. Se levantó, encontró la cocina. subiendo dos pisos, girando a la izquierda, pasando un pasillo con fotos de Howard Stark que lo miraban con severidad, y preparó algo rápido. No era un chef. Pero sabía hacer un pan con queso derretido y jamón, y eso ya era más de lo que Tony parecía haber comido en todo el día. Mientras cocinaba se sorprendió al darse cuena de que no había ningún empleado. El mayordomo había desaparecido y aparte de él no había nadie más. Era sábado, pero no creía que fuera normal que una mansión de ese calibre estuviera sin empleados a cargo de las cosas por hacer, aunque fuera fin de semana. Cuando volvió al taller con el pan en un plato, Tony lo miró como si hubiera traído un unicornio. —¿Qué es eso? —Comida. Pruébala. —No tengo hambre. —Tony. El nombre salió de la boca de Steve con un peso que no anticipó. Decia sin decir: Tony, déjame ayudarte. Tony abrió la boca para decir algo cortante, para echar a Steve como echaba a todos los que se atrevían a mostrar preocupación por él. Pero sus manos temblaron un poco más cuando tomó el plato. Mordió el pan. Masticó. Tragó. —Está... no mal —admitió en contra de su voluntad. Steve se sentó de nuevo en el suelo, esta vez más cerca. —¿Qué estás construyendo? Tony señaló los cables. —Mejorar el sistema de refrigeración del reactor. Si logro que la temperatura de operación baje cinco grados, puedo aumentar la producción de energía en un quince por ciento sin comprometer la estabilidad. —¿Para qué necesitas tanta energía? —Para... —Tony se interrumpió. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa—. No importa. Pero Steve quiso saber. No por la misión. No por S.H.I.E.L.D. Sino porque cuando Tony hablaba de tecnología, la tristeza desaparecía de sus ojos. Se volvía ligero. Se volvía el chico que debería ser. —Cuéntame —dijo Steve, en voz baja. Tony lo miró. Por un momento, Steve sintió que estaba siendo radiografiado, que Tony podía verlo hasta los huesos. —¿Por qué te importa? —preguntó. Steve pensó en su respuesta. No dijo "porque tengo una misión" o "porque me lo ordenaron" o "porque S.H.I.E.L.D. necesita información". —Porque parece que nadie te pregunta. Y eso no está bien. El silencio se extendió entre ellos como una manta. Tony sostuvo el plato con el pan a medio comer. Sus dedos dejaron de temblar. —El reactor —dijo finalmente, con una voz más suave—. Mi papá siempre hablaba de este reactor que podía sacar a medio planeta de la pobreza energética. Creo que puedo hacerlo realidad. —¿Entonces? ¿Todo esto? —preguntó Steve—. ¿Es porque vas terminar lo que él empezó? Quería llamarle la atención por no cuidar de sí mismo. Nada valia descuidarse tanto, pero, al mismo tiempo, parecía que esto sí lo valía. Era confuso. Tony bajó la mirada hacia sus manos. —Estoy intentando. Nadie dijo nada por un minuto. Luego dos. El silencio fue cómodo, lleno de algo que Steve no supo nombrar. —Ya terminé nuestro proyecto, no necesitas preocuparte por eso. —¿Qué? ¿Cómo que terminaste nuestro proyecto? Era algo que debíamos hacer juntos. —Sí, pero me estaba molestando así que lo hice. Puedes leerlo si no confias en mi, pero, después de hacerlo... ¿te quedarías? —fue medio ruego—. Si quieres. Para ayudarme con esto. O para no ayudarme. Pero... quédate. Un rato. Steve asintió.

***

Se quedó hasta las tres de la mañana. No ayudó mucho, Tony era demasiado perfeccionista para delegar, pero Steve le alcanzó herramientas, le sostuvo linternas, le hizo preguntas tontas solo para oírlo explicar. Y cuando Tony finalmente se derrumbó de cansancio y apoyó la cabeza sobre la mesa, Steve no lo despertó. En cambio, sacó su chaqueta y la puso sobre los hombros de Tony. Tony no se despertó. Pero su respiración se volvió más lenta. Más profunda. Y esa noche, por primera vez en meses, Tony Stark no tuvo pesadillas. Steve lo supo porque se quedó despierto vigilándolo. No por la misión. Porque no pudo irse.

***

Los días siguientes, algo cambió. Tony siguió siendo sarcástico. Siguió mordiéndole la cabeza a los profesores y burlándose de los compañeros que se le acercaban con intereses poco disimulados. Pero cuando Steve entraba al aula, Tony levantaba la vista y no se la sacaba de encima. Eran pequeñas cosas. Cosas que cualquier otro no notaría. Pero Steve las notó todas. El sábado siguiente, Steve volvió a la mansión Stark sin que nadie se lo pidiera. Llevó una pizza barata de un local de Brooklyn que Tony nunca probaría por su cuenta. Bajó al taller sin golpear. Tony estaba soldando algo nuevo, una pieza que parecía una junta de articulación para un brazo mecánico, y cuando vio la caja de pizza, sus ojos se iluminaron como los de un niño en Navidad. —Eres muy insistente, Rogers. —Lo sé —respondió Steve, y abrió la caja—. Ven a comer antes de que se enfríe. Tony obedeció. Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que le confirmó a Steve que algo estaba pasando. Tony Stark no obedecía a nadie. Nunca. Pero obedeció a Steve. Y no supo qué hacer con esa información.

***

Pasaron tres semanas desde que Steve llegó a Midtown. Tony y Steve tenían una rutina ahora: las clases juntos, el taller después del horario escolar, las noches de pizza y soldadura y conversaciones que empezaban en la termodinámica y terminaban en por qué Tony tenía miedo de las tormentas eléctricas. Steve ya no pensaba en Tony como un objetivo. Pensaba en él como... Tony. Simplemente Tony. El chico que se reía con la boca llena de queso derretido. El chico que se quedaba dormido sobre el teclado y después se enfadaba porque borró tres líneas de código. El chico que hablaba de sus padres como si todavía estuvieran vivos, en el presente, y luego se callaba de golpe porque recordaba que no. Y eso fue un problema. Porque Steve tenía una misión. Porque cuando Tony le preguntó "¿por qué eres tan amable conmigo?” Steve tuvo que mentir. Nunca iba a poder decir el verdadero motivo por el que acercó y, de hacerlo, Tony jamás volvería a confiar en él.

***

Esa tarde, Tony estuvo más callado de lo normal. —¿Qué pasa? —preguntó Steve. —Nada. —Tony. —Que dije que nada. Pero sus manos temblaron. No por el café esta vez. Por algo más. Steve se acercó. No se sentó enfrente. Se sentó al lado, hombro con hombro, como si fueran un equipo. —Puedes contarme —dijo en voz baja—. Lo que sea. Tony dejó la herramienta sobre la mesa. Sus dedos se cerraron en el aire, buscando algo que sostener. Al final, se agarró de sus propias muñecas, como si estuviera conteniéndose. —Hoy es el aniversario de la muerte de mi mamá —dijo. La voz no le tembló, pero se escuchaba vacía—. Hace dos años. Stane organizó un evento benéfico para "honrar su memoria". Hubo champán y fotógrafos y discursos bonitos. Nadie que realmente la extrañara a parte de mi. No invitaron a sus amigos ni familiares. Steve no dijo "lo siento". No dijo "entiendo". Supo que esas palabras no ayudaban. En cambio, puso una mano sobre la muñeca de Tony. Sin apretar. Solo apoyada. Tony exhaló. Un sonido roto, como un vidrio que se resquebrajaba pero no se rompía. —No sé por qué te estoy contando esto —murmuró. —Porque estoy aquí —dijo Steve—. Y no me voy a ir. Tony cerró los ojos. Apoyó la frente contra el hombro de Steve. No lloró, Tony Stark no lloraba, o al menos no frente a nadie, pero respiró entrecortado, como si estuviera aprendiendo a hacerlo de nuevo. Steve no se movió, pero supo en ese momento que ya no había vuelta atrás. Que S.H.I.E.L.D. no aprobaría lo que estaba sintiendo y que eventualmente Tony iba a descubrir la verdad. Pero por ahora, Tony estaba ahí. Apoyado contra su hombro. Y Steve se permitió, solo por esa noche, fingir que eso podía tener un final feliz.
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