Quedarte

Slash
G
Finalizada
1
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
25 páginas, 8.541 palabras, 3 capítulos
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Capítulo 2

Ajustes
Pasaron seis semanas desde que Steve llegó a Midtown y empezó a mentir. No es que quisiera mentir. Es que ya no sabía cómo decir la verdad sin destruirlo todo. S.H.I.E.L.D. presionaba. Cada informe semanal que Steve enviaba era más escueto que el anterior. "El objetivo continúa sin sospechas. No hay novedades sobre Stane. La armadura sigue en fase de prototipo." —Rogers —le dijo su supervisor en la última llamada, una voz metálica a través de un canal encriptado—. Necesitamos resultados. No te pagamos para que hagas amigos. —Literalmente para eso me pagan— respondió Steve, y colgó antes de que pudieran reprenderlo. Eso fue hace tres días. Desde entonces, Steve había evitado pensar en la misión y en los archivos que debería estar buscando en los servidores de la mansión Stark. Pero hoy ya no tenía más opción. Debía entregar algo. Así que mientras Tony dormía Steve estaba sentado en el sofá de la sala contigua, con una laptop de S.H.I.E.L.D. abierta en su regazo conectada a la red privada de Stark Industries. "No es espiarlo", se dijo. "Solo estoy revisando lo que ya me autorizaron a ver." Pero la pantalla mostraba un correo interno de Stark Industries, que mencionaba una "transferencia de activos" entre Obadiah Stane y una empresa fantasma registrada en Sokovia. El lenguaje era críptico, lleno de eufemismos corporativos, pero Steve había sido entrenado para leer entre líneas. Stane estaba vaciando las arcas de la empresa. Lentamente. Usando el dinero de Tony para financiar algo que Steve no alcanzaba a comprender del todo. —¿Qué haces? —La voz de Tony llegó desde la puerta. Estaba apoyado en el marco, con una lata de una bebida energética en la mano y los ojos entornados. No parecía enojado. Solo curioso. Pero Steve cerró la laptop con demasiada rapidez. —Nada. Revisando el correo. —¿Mensaje muy privado? —Tony arqueó una ceja. —Es de la escuela. —Mientes muy mal, Steve. El corazón de Steve se aceleró. Su entrenamiento le decía que mantuviera la calma, que cambiara de tema, que sonriera y desviara la atención. Pero cuando Tony lo miraba así, con esos ojos oscuros que veían más de lo que debían, Steve se quedaba en blanco. —Estaba leyendo sobre prótesis biónicas —dijo, y fue la mentira más débil que había pronunciado en su vida. Tony lo miró un segundo más. Luego, como si decidiera dejar pasar el tema, entró en la sala y se dejó caer en el sofá al lado de Steve. No demasiado cerca. Pero tampoco demasiado lejos. —Mañana tengo que ir a una reunión con Stane —dijo, cambiando de tema con la naturalidad de alguien que estaba acostumbrado a no recibir preguntas incómodas—. Va a querer que firme unos papeles. Siempre quiere que firme papeles. —¿Los firmas? —Algunos. Los que mi abogado revisa primero. Pero Stane es insistente. Steve lo miró. Tony tenía la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, mirando el techo. La luz del taller se filtraba por la puerta entreabierta y dibujaba sombras bajo sus ojos. —¿Por qué no duermes más? —preguntó Steve. —Porque cuando duermo, sueño. —¿Con qué? Tony giró la cabeza hacia él. Sus rostros estaban muy cerca. Steve pudo ver las pestañas de Tony, más largas de lo que parecían a distancia, y una cicatriz minúscula sobre su ceja derecha que nunca había notado. —Con cosas que no quiero recordar —dijo Tony en voz baja—. Pero mi cerebro es un traidor. El silencio se tensó entre ellos. Steve sintió el impulso de acercarse más, de pasarle un brazo por los hombros. Aunque no debería. En lugar de eso, se quedó quieto. Y odió un poco más la misión.

***

Tres días después, Obadiah Stane invitó a Steve a su oficina. Stane mandó un coche negro a buscarlo a la salida de clases, con un conductor de rostro impasible que no pronunció una palabra durante todo el trayecto. Las oficinas de Stark Industries estaban en el corazón de Manhattan, en un rascacielos de vidrio que reflejaba el sol de la tarde como un espejo. Stane lo esperaba en un despacho enorme, decorado para que cada rincón gritara opulencia y estilo. —Rogers —dijo Stane, sonriendo con una calidez que no llegaba a sus ojos—. Siéntate, por favor. ¿Te puedo ofrecer algo? ¿Agua? ¿Café? —No, gracias. —Qué lástima. Es café colombiano. Tony no está de acuerdo con esta marca, pero a mí me encanta. Stane se sirvió una taza y bebió lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Steve permaneció sentado, con la espalda recta, las manos apoyadas sobre las rodillas. Sabía que estaba siendo evaluado. Sabía que Stane no lo había convocado por casualidad. —He estado revisando tu expediente —dijo Stane, dejando la taza sobre el escritorio—. Transferencia de Brooklyn. Buenas notas, excelente condición física. Dicen que eres disciplinado. Callado. Leal. —Sí, señor. —Pero lo que más me interesa —Stane entrelazó los dedos sobre la mesa— es tu relación con Tony. Steve no parpadeó. —Somos compañeros de clase. —¿Solo eso? —Stane inclinó la cabeza—. Porque Tony habla de ti. No mucho, no es de hablar. Pero cuando lo hace, tu nombre aparece. Es... inusual. Tony no deja que nadie se le acerque. —Me cae bien —dijo Steve. Stane sonrió. Pero fue una sonrisa que no llegó a ningún lado. —A mí también me caes bien, Rogers. Por eso quiero mostrarte algo. Giró su computadora portátil sobre el escritorio. La pantalla mostraba un documento confidencial de S.H.I.E.L.D., con sellos de clasificación y marcas de agua. Steve reconoció el formato —lo había visto cien veces en sus propios informes— pero el contenido lo dejó helado. Misión: Prometheus. Sujeto: Stark, Anthony Edward. Objetivo: Infiltrar agente encubierto en la red social del objetivo. Extraer información sobre el reactor arc y posibles planes de fuga. Establecer vigilancia continua. Agente asignado: Rogers, Steven. Nivel de compromiso emocional: SIMULADO. —¿Ves eso? —dijo Stane, señalando la última línea—. "Simulado". Todo lo que sientes, todo lo que le has dicho, todo lo que has hecho... está en este papel. Eres un actor, Rogers. Y un buen actor, por cierto. Tony no lo sospecha. Pero yo sí. Steve sintió el mundo tambalearse. —¿De dónde sacó esto? —preguntó, y su voz sonó extraña, como si no fuera suya. —Tengo amigos en lugares interesantes —dijo Stane, girando la computadora nuevamente hacia él—. Pero no te preocupes. No voy a contarle nada a Tony. Al menos no todavía. —¿Qué quiere? —Quiero que sigas haciendo lo que haces. Que te quedes cerca de él. Que me informes de todo lo que hace, dice o construye. Y cuando llegue el momento... quiero que estés ahí para recoger los pedazos. Steve apretó los puños bajo la mesa. —¿Por qué haría eso? —Porque si no lo haces —Stane sacó un sobre del cajón—, le muestro esto a Tony. El expediente completo. Las órdenes de S.H.I.E.L.D. Las mentiras. Todo. El sobre contenía fotografías. No eran muchas, pero alcanzaban. Steve reconoció algunas: la primera noche en el taller, con Tony dormido sobre la mesa y Steve observándolo desde la sombra. La pizza compartida. La mano de Steve sobre la muñeca de Tony. Imágenes que parecían íntimas. Imágenes que parecían pruebas. —Sé bueno, Rogers —dijo Stane, levantándose para indicar que la reunión había terminado—. Y recuerda, yo no soy el malo aquí. Solo quiero proteger a Tony de la gente que lo usa. Steve salió de la oficina caminando como un autómata. El coche lo devolvió a Brooklyn. No recordó el viaje. Cuando llegó a su pequeño apartamento, se sentó en el suelo de la ducha con la ropa puesta y el agua fría cayendo sobre su cabeza. Y pensó en los ojos de Tony.

***

Los días siguientes, Steve intentó actuar con normalidad. Pero el peso del secreto lo estaba aplastando y Tony lo notó. Por supuesto que lo notó. Tony notaba todo. —Estás raro —le dijo una tarde en el taller, mientras Steve le alcanzaba una llave inglesa que no pidió—. Distraído. Como si estuvieras en otro lugar. —Estoy aquí. —No. No lo estás. Tony dejó la herramienta sobre la mesa y se sentó frente a Steve. Lo miró a los ojos, directamente, sin filtros. Esa era una de las cosas que Steve aprendió a amar de él, que no tenía miedo de mirar, y también una de las que más dolían ahora. —¿Pasa algo en tu casa? —preguntó Tony, y su voz fue tan suave que Steve casi no la reconoció—. ¿Tu mamá? ¿Alguien? —No. Están bien. —¿Entonces qué? Steve no pudo decirlo. No pudo decir "tu tutor me está chantajeando". No pudo decir "soy un espía". No pudo decir "me enamoré de ti y sé que no va a terminar bien". —Es la escuela —mintió—. Los exámenes. Tony lo miró un segundo más. Luego asintió, como si aceptara la mentira, y volvió a su trabajo. Pero esa noche, cuando Steve se fue, Tony no le dijo hasta mañana, y esa pequeña ausencia dolió más que cualquier palabra.

***

Una semana después, todo explotó. Steve se dio cuenta de que no podía seguir postergando su misión y que no iba a teabajar para Stane. Así que no solo sacó datos de la red privada de la casa de Tony, sino que robó credenciales desde ahí y después se infiltró en la oficina de Stane. El hombre jamás se imaginó que llevar a Steve a su oficina sería un error, porque inadvertidamente le dio una manera de analizar como entrar sin ser visto. Tampoco imaginó que amenazarlo pondría a Steve en una posición de desesperación y que jamás debes de poner a un agente de S.H.I.E.L.D. en dicha posición. Steve entregó un reporte completo con pruebas detalladas y se encargó de Stane más rápido de lo que cualquiera hubiera imaginado. Traición a la patria era un cargo que todos se tomaban muy en serio y por el que Stane fue procesado de manera inmediata. Afortunadamente la empresa de Tony solo sufrió un golpe menor porque todo estaba bien atribuido a Stane, así que Tony estaba seguro; y Steve creyó que eso sería suficiente. Estaba muy feliz y por eso jamás pensó que al martes siguiente su mundo se iría para abajo Porque Stane tuvo claro que sí él caía, al menos se llevaría a Steve con él.

***

Fue un martes. Tony estaba en el taller cuando recibió un correo anónimo con solo un archivo adjunto. Lo abrió porque era Tony Stark y nunca había aprendido a ignorar un misterio. El archivo contenía el expediente completo de la Misión Prometheus. Las órdenes de S.H.I.E.L.D. Los informes semanales de Steve. Las capturas de pantalla de sus comunicaciones con los supervisores. Todo. Incluyendo la última línea que Stane le mostró a Steve en la oficina: Nivel de compromiso emocional: SIMULADO. Tony leyó el documento una vez. Dos veces. Tres veces. Cada lectura fue un cuchillo nuevo. No quiso creerlo, pero todo estaba ahí. Las fechas coincidían. Los nombres coincidían. Los informes describían conversaciones que Tony recordaba haber tenido en la intimidad de su taller, en la oscuridad de las 3 AM, cuando creía que Steve era el único que no le pedía nada a cambio.       "El objetivo muestra signos de apego emocional. Recomiendo mantener el nivel actual de interacción para facilitar la extracción de información."       "El objetivo ha compartido detalles sobre la muerte de sus padres. Posible vía de manipulación."       "Rogers informa: 'Tony confía en mí. No sé cuánto tiempo más pueda fingir'. Se recomienda relevo si el agente demuestra mayor inestabilidad emocional."       “El agente presenta signos de posible enamoramiento hacia el objetivo. Considerar para entrenamiento en misiones futuras involucrando adolescentes.” Tony cerró la laptop con un golpe seco. Sus manos temblaron. Pero no lloró. Tony Stark no lloraba. Aunque por un momento, solo un momento, apoyó la frente contra la pantalla apagada y respiró como si le faltara el aire.

***

Steve llegó a la mansión Stark esa tarde como todas las tardes. Trajo pizza. La misma de Brooklyn, la que Tony ya empezaba a pedir sin que Steve se la ofreciera. El ambiente estaba distinto antes de que Steve cruzara la puerta del taller. La luz era más tenue. El aire más denso. Y Tony estaba allí, sentado en su silla giratoria, de espaldas a la entrada. —Llegas tarde —dijo Tony. Su voz no tenía inflexiones. Era plana como una tabla. —Había tráfico. Traje pizza. —No tengo hambre. Steve se detuvo. Tony nunca decía que no tenía hambre. Tony comía cuando Steve le traía comida, incluso cuando no quería, porque era la única manera que Steve encontró para asegurarse de que no desmayara. —¿Qué pasó? —preguntó Steve, dejando la caja sobre una mesa. Tony giró la silla. Sus ojos estaban secos, pero enrojecidos. Había algo en su expresión que Steve nunca había visto antes. No era tristeza. No era furia. Era... derrota. —¿Cuánto tiempo? —preguntó Tony. —¿Qué? —¿Cuánto tiempo ibas a seguir mintiéndome? ¿Hasta cuándo, Steve? Porque tú misión conmigo por parte de S.H.I.E.L.D. ya terminó. ¿Qué haces aquí todavía? El corazón de Steve se paró. —Tony... —No me digas Tony con esa voz. —Se levantó de la silla. No caminó hacia Steve. Caminó hacia la laptop abierta sobre la mesa, con el expediente aún en la pantalla. —¿Sabes qué eres mejor? Puedes anotarlo, que creí que te importaba. —Me importas —dijo Steve, y su voz se quebró porque era la verdad, era la única verdad que le quedaba—. Tony, me importas. Al principio era una misión, sí, pero ahora... —¿Ahora qué? —Tony se giró hacia él, y sus ojos finalmente se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer—. ¿Ahora es real? ¿Ahora resulta que el espía se enamoró de su objetivo? ¿Eso me quieres vender? —No estoy vendiendo nada. Es la verdad. —¡NO SÉ QUÉ ES LA VERDAD CONTIGO! El grito de Tony resonó en el taller. Después respiró hondo y se pasó una mano por el pelo. Tembló de pies a cabeza. —Leí cada palabra —dijo, más bajo—. "Rogers informa dificultades para mantener la distancia profesional." —Tony rió, pero no fue una risa feliz. Fue el sonido de algo rompiéndose—. Dificultades. Eso escribiste. Dificultades. Como si yo fuera un problema. —No fue así —Steve dio un paso adelante, y Tony retrocedió—. Por favor, Tony, déjame explicarte. —Es real —dijo—. Siento cosas por ti. Pero sé que no me vas a creer. Y sé que no tengo derecho a pedirte que me creas. —No —dijo Tony, y su voz finalmente se quebró—. No lo tienes. El silencio se extendió entre ellos como una herida abierta. Tony miró a Steve. Steve miró a Tony. Había apenas dos metros de distancia, pero parecía un océano. —Vete —dijo Tony. —Tony... —Que te vayas, Steve. —Tony señaló la puerta con la mano temblorosa—. Lárgate de mi casa. Lárgate de mi escuela. Lárgate de mi vida. —No puedo —susurró Steve—. No quiero. —No me importa lo que quieras. —Tony lo miró directamente a los ojos, y por un segundo Steve vio algo más que furia. Vio miedo. Vio la herida más antigua de Tony, la que siempre estuvo ahí, la que Steve conocía desde el principio—. Todos se van —dijo Tony, y ahora sí, una lágrima rodó por su mejilla—. Todos. Mi papá. Mi mamá. Tú también... pero porque yo te echo. —No me voy a ir —insistió Steve—. Puedo dejar S.H.I.E.L.D. Puedo... —¡No puedes NADA! —Tony dio un paso adelante, y Steve retrocedió. Se interrumpió. Se llevó una mano a la boca, como si necesitara contener las palabras que estaban por salir. —Fuera. Steve sintió las lágrimas calientes en sus propios ojos. No las ocultó. Tony merecía verlo llorar. Merecía saber que esto también lo estaba destruyendo a él. —Te quiero —dijo Steve, y sonó tan pequeño, tan insuficiente—. Lo siento. Te quiero. Y sé que no es suficiente. Pero es lo único que tengo. Tony lo miró. Por un momento, solo un momento, algo en su expresión se suavizó. Una duda. La posibilidad de que tal vez, tal vez, Steve estuviera diciendo la verdad. Pero tan pronto como se abrió la grieta se cerró. —vete. Steve no se movió. Tony agarró la pieza más cercana —un engranaje de metal, pequeño, sin filo— y se la arrojó. El engranaje golpeó contra el pecho de Steve y cayó al suelo con un sonido metálico. —¡LÁRGATE! Y Steve se fue. Caminó hacia la puerta. Cruzó el umbral. Subió las escaleras. Sus piernas se movieron solas, porque si tuviera que pensar en cada paso, no podría darlos. Cuando llegó a la calle, se apoyó contra la pared de la enorme casa, se deslizó hasta el suelo y lloró. Adentro, en el taller, Tony se sentó en el suelo entre los restos de su trabajo. No apagó las luces. No se movió. Solo estuvo ahí, con los brazos alrededor de las rodillas, mirando la puerta por donde Steve había salido. Después se puso a trabajar.

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