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Steve esperó tres días más y la noche del domingo, se paró frente a la puerta de la mansión Stark. No tenía el código de seguridad, lo cambiaron después de que todo explotara, así que hizo lo único que se le ocurrió: tocó el timbre. Nadie respondió. Tocó otra vez. Nada. —Tony —dijo, alzando la voz para que se escuchara a través del interfono—. Soy yo. Steve. No tengo ningún arma. No tengo ningún comunicador. No trabajo para S.H.I.E.L.D. desde hace tres días. Solo quiero hablar. Cinco minutos. Si después de cinco minutos quieres que me vaya, me voy y no vuelvo. Te lo prometo. Silencio. Steve apoyó la frente contra la puerta fría. —Por favor —susurró—. Por favor, Tony. El silencio se volvió insoportable. Steve cerró los ojos. Ya se estaba preparando para irse, cuando la puerta se abrió. Tony estaba del otro lado y estaba peor de lo que Steve imaginó. Tenía los ojos hundidos, la piel pálida, el pelo grasiento y enredado. —Cinco minutos —dijo Tony. Su voz fue áspera, como si no hubiera hablado en días. Steve asintió, sin atreverse a sonreír. —Cinco minutos —repitió. Tony se hizo a un lado, apenas lo suficiente para que Steve pasara. El recibidor estaba oscuro, sin luces, como si Tony hubiera apagado cada lámpara de la casa para no tener que ver nada. Tony caminó hacia el taller sin mirar atrás. Y Steve lo siguió.***
El taller era un desastre. Había herramientas regadas por todas partes, cables colgando de las mesas, restos de comida en platos que nadie había recogido. Tony se sentó en el suelo como acostumbrarba y miró a Steve expectante. Steve se sentó frente a él. No demasiado cerca. Pero tampoco demasiado lejos. Respiró hondo. —Renuncié a S.H.I.E.L.D. —dijo. Tony parpadeó. —Ok. —Hace tres días. Fui a la oficina, entregué mi tarjeta, firmé los papeles. Ya no trabajo para ellos. Ya no soy un agente. No soy nada. Solo soy Steve. —¿Y se supone que eso lo arregla? —No —dijo Steve—. No lo arregla. Nada de esto se arregla. Te mentí. Durante semanas. Te miré a los ojos y te mentí. Y no hay renuncia que borre eso. —Entonces, ¿para qué viniste? —Para decirte la verdad. —Steve cerró los ojos. —Al principio era una misión —dijo—. Me asignaron para acercarme a ti, para ganarme tu confianza, para obtener información sobre el reactor arc y sobre Stane. No sabía nada de ti. Solo sabía que eras el hijo de Howard Stark y que estabas solo. —Gracias por el resumen, ya lo sabía. —Déjame terminar —dijo Steve, y su voz no fue un ruego pero casi—. Por favor. Tony se calló. —Las primeras semanas, era una misión —continuó Steve—. Me sentaba a tu lado en clase porque me lo ordenaron. Te preguntaba cómo estabas porque me lo ordenaron. Me quedaba en el taller porque me lo ordenaron. Todo era una orden. —Lo sé —murmuró Tony. —Pero en algún momento... —la voz de Steve se quebró—. En algún momento dejó de ser falso. No sé cuándo. No sé cómo. Pero empezó a doler. Decirte "todo bien" cuando no estaba bien. Mentirte sobre por qué me importabas. Porque me importabas, Tony. Me importabas de verdad. Y esa era la peor parte. Quererte de verdad mientras te mentía. Tony desvió la mirada. Miró sus manos, que estaban quietas sobre sus rodillas, demasiado quietas. —Cuando leí esos informes —dijo Tony en voz baja—, lo que más me dolió no fue que me mintieras. Fue que no supe diferenciar lo real de lo falso. Porque para mí todo era real. —Tony hizo una pausa, tragó saliva—. Y pienso que quizás nunca fui más que un trabajo para ti. Algo que había que marcar como completado. —No —dijo Steve, y se acercó un poco, solo un poco—. Eres más que eso para mí. —¿Cómo puedo creerte? —preguntó Tony, y ahora sí, su voz tembló—. ¿Cómo puedo creer nada de lo que dices después de todo? —No lo sé —admitió Steve—. No sé cómo recuperar tu confianza. No sé si puedo. Pero vine a decirte la verdad. Y la verdad es que te quiero. Tanto que me duele no estar a tu lado. Tony parpadeó rápidamente, como si estuviera conteniendo algo. —Eso fue muy cursi —dijo. —Lo sé. —Odio lo cursi. —Lo sé. —Pero... —Tony hizo una pausa. Se pasó una mano por la cara. Sus dedos temblaron—. Que bueno. Que te duela… Steve se quedó en silencio, expectante por el perdón o el rechazo completo de Tony. —Todavía estoy enojado —dijo—. Mucho. No voy a perdonarte solo porque viniste a decir "te quiero" y renunciaste a tu trabajo. — Déjame quedarme. Déjame demostrarte que puedo ser honesto. Un día a la vez. Tony rió. Fue una risa amarga, rota, pero fue una risa. —Eres muy insistente, Rogers. —Lo sé. —Te voy a dar una semana —dijo Tony—. ¿Trato? —Trato —dijo Steve. Tony asintió. Se puso de pie, tambaleándose un poco por el hambre y la falta de sueño. Steve se levantó también, instintivamente, con una mano extendida para sostenerlo si se caía. Tony miró la mano de Steve. —No me toques todavía —dijo Tony—. No puedo. Aún.. Steve retiró la mano. —Está bien. Cuando puedas. O si nunca puedes. No voy a forzarte. Tony lo miró un momento más, como si buscara algo en sus ojos. Y debió encontrarlo, porque después lanzó un largo suspiro. —Hay pizza en el congelador. La de Brooklyn, la que tú traías. La compré… por si volvías. —¿Quieres que la caliente? —preguntó Steve. Tony dudó. Pero finalmente asintió. —Sí. Pero no te sientes a mi lado. Siéntate enfrente. En la otra mesa. —Como digas. Steve calentó la pizza en el horno del pequeño kitchenette que Tony tenía al lado del taller. Mientras esperaba, escuchó el ruido de Tony moviéndose detrás de él —recogiendo herramientas, apilando platos sucios, haciendo espacio— y sintió un alivio tan grande que casi le dolió. No estaban bien. No estaban cerca de estar bien. Pero estaban en el mismo lugar, respirando el mismo aire, y por ahora, eso fue suficiente.***
La semana que siguió fue difícil. No fue como antes. Antes Tony se apoyaba en Steve sin pensarlo, dejaba que sus rodillas se tocaran debajo de la mesa, se quedaba dormido sobre su hombro sin miedo. Ahora todo fue cautela. Todo fue distancia medida. Los primeros días, Tony apenas habló. Trabajó mientras Steve estuvo sentado en la otra punta del taller, haciendo tareas de la escuela que ya no importaban. No se ignoraron —habría sido imposible ignorarse en un espacio tan pequeño— pero se observaron como dos animales heridos que aprendían a compartir el territorio.***
El quinto día, Tony habló primero. —¿Me pasas el destornillador? Steve se lo alcanzó. Sus dedos se rozaron por un segundo. Tony no retiró la mano inmediatamente. Se quedó ahí, como midiendo la temperatura de la piel de Steve. —Gracias —dijo y volvió a su trabajo.***
El séptimo día, su probable último día juntos, Tony dejó que Steve se sentara a su lado. No lo dijo con palabras. Simplemente corrió una silla hacia su mesa de trabajo, justo al lado de la suya, y no dijo nada. Steve entendió el mensaje. Se sentó. Trabajaron en silencio durante horas. Tony estuvo ajustando la calibración del reactor arc. Steve estuvo leyendo un manual de electrónica para poder ayudarlo mejor. No hablaron. Pero sus codos se tocaron de vez en cuando, y ninguno de los dos se apartó. Al final de la noche, Tony suspiró y dejó la herramienta sobre la mesa. —Sigo enojado —dijo. —Lo sé. —Pero ya no quiero que te vayas. Steve cerró el manual. Giró la cabeza hacia Tony. Sus rostros estaban cerca. Tony no se apartó. —No voy a irme —dijo Steve—. No otra vez. Tony lo miró. Por primera vez en semanas, hubo algo en sus ojos que no fue dolor. Fue... precaución. Pero también esperanza. —Todavía no confío en ti —dijo Tony. —Está bien. —Pero quiero intentarlo. —Está bien —repitió Steve, y esta vez no pudo evitar sonreír—. Vamos a intentarlo. Tony asintió. Luego, como si fuera el gesto más difícil del mundo, extendió su mano y apoyó los dedos sobre el dorso de la mano de Steve. Steve no se movió. No quiso asustarlo. Solo dejó que Tony decidiera cuánto tiempo duraba el contacto. —Mañana trae pizza. La de siempre. —La de siempre —confirmó Steve. Y cuando cruzó la puerta, sintió que algo dentro de él, algo que había estado roto desde aquella noche de la confrontación, finalmente empezaba a soldarse. No estaba reparado. Pero empezaba.***
A la noche siguiente Tony subió al techo de la mansión. No era algo que hiciera a menudo, el techo le recordaba a su padre, y su padre era un tema que evitaba como la peste, pero esa noche las estrellas estaban despejadas y el aire era fresco y necesitó respirar algo que no fuera el aire reciclado del taller. Steve lo encontró allí, horas después. Tony estaba sentado en el borde, con las piernas colgando hacia el vacío, mirando las luces de la ciudad. —Pensé que estarías en el taller —dijo Steve, sentándose a su lado. —Me aburrí. —Tony Stark se aburre de la tecnología. Eso es nuevo. Tony se rió. Una risa pequeña, pero real. —A veces me aburro de todo —dijo—. Incluso de lo que más quiero. Steve no dijo nada. Esperó. Tony suspiró. Apoyó la cabeza en el hombro de Steve. Steve se quedó completamente quieto. No porque no quisiera moverse, sino porque ese gesto, ese gesto tan simple, tan cotidiano, tan de antes, fue la primera vez que Tony buscó su contacto desde la reconciliación. —Todavía estoy asustado —murmuró Tony contra su hombro—. De que te vayas. —Estoy aquí —dijo Steve—. Y no me voy a ir. —No lo sabes —dijo Tony—. No puedes saberlo. La gente se va. Siempre se va. Steve giró la cabeza. Su mejilla rozó el pelo de Tony. —No soy la gente. Soy yo. Tony cerró los ojos. —Eso es lo que me da miedo —susurró—. Que seas tú. Porque si tú te vas... no sé si voy a poder recuperarme otra vez. Steve levantó una mano. La acercó al rostro de Tony con una lentitud infinita, dándole tiempo para apartarse si no quería. Pero Tony no se apartó. Sus dedos tocaron la mejilla de Tony, suavemente, acariciando la piel pálida. —No voy a irme —repitió Steve. —Te lo juro. Tony abrió los ojos. Estaban húmedos, pero no lloró. Las estrellas brillaron sobre ellos y Tony por fin creyó que tal vez eso podía funcionar. —Steve… yo también te quiero. .FIN