Juego de Roles
31 de mayo de 2026, 22:30
Las esposas le estaban destrozando las muñecas.
Podía notar como aquellos dos aros, unidos mediante pequeños y gruesos eslabones, se apretaban con fuerza sobre su piel. Probablemente dejarían una hermosa marca rojiza que le sería muy difícil de ocultar incluso con sus trajes hechos a medida.
¿Y si esas marcas eran lo último que veía la próxima persona a la que disparara?
Un escalofrío le recorrió toda la columna vertebral como un chispazo y su pene saltó ligeramente hacia arriba mientras ese pensamiento seguía cruzando sin cesar su mente. Llevaba más de una hora atado a aquella silla metálica y los músculos de los hombros ya estaban tensos por el esfuerzo. Su vista, además, se encontraba bloqueada por una suave tela que le rodeaba toda la cabeza. Podía notar como en la sala reinaba un leve frescor pero su cuerpo aún permanecía caliente.
Incluso aunque se encontrara completamente desnudo.
De pronto, un fuerte portazo sonó a su espalda, partiendo el aire con violencia y, segundos después. el chasquido de un cerrojo le acompañó. Él, haciendo uso de toda la sangre fría que poseía, consiguió no reaccionar de forma visible ante aquellos sonidos pero si notó como sus orejas, inconscientemente, se tensaban para poder captar bien lo que ocurría a su alrededor.
Así pues, pudo escuchar de forma aguda como unos pasos, firmes y pesados, se acercaban desde atrás.
Su estómago se revolvió por la emoción.
—¿Estás preparado? —preguntó una voz grave, junto a su oído derecho.
El Reclutador soltó un bufido divertido y esbozó una ligera sonrisa.
—¿Y tú lo estás, agente?
La presencia del otro hombre, tal y como pudo descubrir por la ligera brisa que se extendió sobre la piel de su hombro, desapareció tras decir aquellas palabras y, en respuesta, las orejas de El Reclutador volvieron a tensarse en busca de información.
Los pasos se reanudaron. Primero, muy despacio, hacia atrás, tal y como si buscaran ampliar el campo de acción y visión. Luego, volvieron a moverse hacia adelante hasta llegar a un punto donde giraron por el lateral izquierdo de la silla y, casi sin espacio intermedio, se posicionaron frente a ésta.
Un fuerte chasquido resonó en el aire como un relámpago.
El Reclutador casi podría haber jurado que eso mismo es lo que le había golpeado pues había notado una gran fuerza sobre su cara y aún podía sentir el calor de su fuego en la mejilla.
—Soy el inspector Hwang Jun-ho, pero tú debes referirte a mi simplemente como el inspector Hwang —habló el otro hombre, sin dejar entre ver en su voz ni una pizca de arrepentimiento por el golpe ejercido—. Si lo haces, intentaré ser un poco más compasivo contigo.
—¿Acaso no te gusta el nombre que te puso tu madre, Jun-ho? —preguntó burlonamente El Reclutador.
—Parece que te cuesta seguir órdenes —dijo Jun-ho con un tono de voz brusco y firme—, pero vas a tener que hacer un esfuerzo por una vez sino lo quieres pasar mal.
Entonces, y sin previo aviso, una descarga eléctrica sacudió el cuerpo del Reclutador. Un fuerte gemido salió de su boca sin que pudiera hacer nada para evitarlo y todo su cuerpo se llenó de temblores. La sensación duró tan solo unos segundos pero fue tan intensa que, cuando por fin se detuvo, sus nervios se mantuvieron en alerta por un buen rato.
Mientras recuperaba el aliento, El Reclutador se revolvió en su asiento. El pequeño vibrador que tenía dentro siguió sus movimientos, acomodándose en su interior.
—Ahora que sabes lo que está en juego, espero que respondas a todas mis preguntas sin que tenga que insistir —dijo Jun-ho.
El Reclutador, aún sabiendo que sus ojos se encontraban tapados, alzó la vista para que sus cara "mirara" en la dirección y altura a la que calculaba que podía encontrarse Jun-ho y esbozó una sonrisa traviesa.
—Eres adorable, inspector Hwang.
Jun-ho, por motivos completamente distintos a los de El Reclutador, le devolvió la sonrisa.
—Aprendes rápido —reconoció Jun-ho, ignorando por completo el tono sarcástico y la intención juguetona de El Reclutador—. Podemos empezar con las preguntas.
Entonces, Jun-ho volvió a moverse y se acercó a la mesa metálica que se encontraba a medio metro de la silla de El Reclutador. Sobre ésta, se encontraban varias carpetillas anaranjadas con el símbolo de la Agencia de Policía Metropolitana de Seúl impreso en la portada. Con un ágil movimiento la tomó y, al mismo tiempo, giró sobre sus talones hasta que su cuerpo quedó apoyado en el borde de la mesa.
Al abrir la carpetilla, solo encontró un folio con varios apartados a rellenar que se encontraba casi en blanco.
—Vaya, con que tenemos a un fantasma —dijo, con una sonrisa burlona en los labios. Luego, extrajo aquel folio y lo sostuvo de tal modo que, si no fuera por la venda que le tapaba los ojos, El Reclutador pudiera verlo—. No tenemos ni un solo dato sobre ti.
—Ahora ya tenéis alguno —contestó El Reclutador inclinando ligeramente su cabeza hacia un lado—. Aunque no me han permitido ver las fotos, estoy seguro de que salgo arrebatador —se burló.
Jun-ho volvió a colocar el folio dentro de la carpetilla y contempló las dos fotografías que colgaban del extremo derecho, sujetas por un imperdible de color amarillo chillón. En una de ellas, El Reclutador aparecía mirando directamente a la cámara, con una sonrisa resplandeciente y burlona impresa en el rostro y, en la otra, de perfil, aún con aquella divertida expresión en el rostro.
Al observar aquellos brillantes ojos negros, su pelo perfectamente peinado y engominado, su postura firme y confiada, y su expresión juguetona, Jun-ho no pudo estar más de acuerdo con la apreciación de El Reclutador.
Entonces, cerró la carpetilla de un solo golpe y la dejó de nuevo encima de la mesa.
—Dime tu nombre y tu apellido —ordenó, haciéndose de nuevo con el control del vibrador.
—¿Siempre eres tan directo en tus citas? —preguntó burlonamente El Reclutador—. Debes tener un gran éxito con las mujeres...
Sin vacilar, Jun-ho apretó uno de los botones del mando. Al instante, el cuerpo de El Reclutador se tensó con violencia, haciendo chocar sus articulaciones con los barrotes de metal que conformaban la silla. Las descargas de placer se sucedieron una tras otra, arrebatándole cualquier posibilidad de respirar y anulando por completo su capacidad de moverse.
Tenía los dientes apretados, en un intento de evitar que los gemidos volvieran a aparecer para complacer a Jun-ho. Sin embargo, y para desgracia de su orgullo, no fue capaz de detener los gruñidos desesperados y salvajes que su cuerpo —sin tener en cuenta su opinión o estrategias racionales— dejaba escapar de su boca.
Tras unos segundos, Jun-ho apretó un nuevo botón y la vibración se detuvo tan repentinamente como había aparecido. En respuesta, el cuerpo del Reclutador se dobló hacia adelante de forma violenta y los jadeos volvieron a aparecer, ahogándole y quemándole los pulmones con cada respiración que daba.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó Jun-ho, sin disimular en lo más mínimo el tono burlón de sus palabras, al tiempo que se inclinaba hacia adelante.
El Reclutador no respondió, pues seguía enzarzado en una violenta pelea contra sus pulmones deshinchados y su cuerpo, que había comenzado a temblar como consecuencia de la adrenalina que, bajo las órdenes del instinto de supervivencia y la excitación, corría junto con su sangre.
—Veo que... ah... te he malinterpretado, inspector Hwang —dijo El Reclutador, con la voz temblorosa.
Jun-ho volvió a incorporarse y alzó un poco el mentón, adoptando una actitud soberbia.
—Nombre y apellido —exigió de nuevo.
Pero, en lugar de la actitud sumisa y derrotada que Jun-ho esperaba encontrar, El Reclutador volvió a alzar la cabeza, ofreciéndole una mirada retadora a través de la tela que cubría sus ojos.
—He cometido una grave falta, pero ya lo he comprendido y sé corregirme —dijo El Reclutador y, tras una pequeña pausa, añadió con un tono burlón—: ¿Le ha funcionado está estrategia, inspector Hwang, con otros hombres?
Un trueno disfrazado de bofetada golpeó una vez más la mejilla de El Reclutador en respuesta a sus palabras.
Aunque esperaba una reacción similar, El Reclutador no había logrado prevenir exactamente cuál sería el siguiente movimiento de Jun-ho por lo que, como producto del impacto, sus dientes se habían arrastrado bruscamente sobre sus labios, abriendo una pequeña grieta en aquella delicada piel.
El pequeño reflejo de la sangre fue captado con rapidez por Jun-ho quien, inconscientemente, contrajo su rostro en una casi imperceptible mueca de preocupación.
Tenía que mantener el personaje.
Ya lo habían hablado.
El Reclutador estaba de acuerdo... es más, casi le había rogado para que logrará aquel resultado.
¿Pero acaso no era natural que se preocupara?
¿No sé suponía que era lo correcto?
—¿Le he ofendido, inspector Hwang? —intervino El Reclutador, sacándole de golpe de su ola de pensamientos.
Jun-ho fijó su atención en él. En sus labios, acompañando aquella mancha brillante y suave de color carmesí, se hallaba una ligera sonrisa. Estaba bien. Tenía toda la capacidad para hablar y el juicio despejado para hacerlo si quería, pero no lo estaba haciendo.
"Amatista"
Esa simple palabra terminaría, inmediatamente después de ser pronunciada, con todo aquello. El Reclutador tenía el poder para ejecutar dicho final y le estaba dejando muy claro, con su silencio y su actitud aún coqueta, que quería continuar.
Aliviado ante esta resolución, Jun-ho tomó aire y cerró los ojos. Cuando los abrió, estos habían adquirido un nuevo brillo, invocado por la vuelta del personaje que estaba interpretando y que exigía una dureza acorde a su personalidad.
—¿Qué te hace asumir que me gustan los hombres? —preguntó con seriedad, al tiempo que se cruzaba de brazos y se dejaba caer en el borde.
Como si tratara de imitar su movimiento, El Reclutador se irguió y, con un marcado e incomprensible aire de arrogancia, se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—Tengo mis razones para sospecharlo —dijo, con socarronería. Luego, se revolvió en su asiento, con coquetería—. ¿Me rechazaría, inspector Hwang?
Jun-ho puso los ojos en blanco.
—No estás mal —respondió con indiferencia.
La sonrisa en los labios de El Reclutador se agrandó aún más.
—Seguro que llevas todo el tiempo sin dejar de mirarme —su voz sonaba terriblemente confiada.
—No te des tanta importancia —le regañó Jun-ho con fastidio.
—Tengo importancia para ti —contraatacó El Reclutador—. A fin de cuentas, necesitas la información que yo puedo darte para resolver el caso —añadió con un tono que oscilaba entre la arrogancia y la coquetería.
—Es cierto —reconoció Jun-ho. De pronto, sus ojos se ensombrecieron—. Dado que te niegas a darme tu nombre, ¿qué te parece si empezamos con las preguntas de verdad?
—¿Qué le hace pensar que esas si las voy a contestar, inspector Hwang? —cuestionó burlonamente El Reclutador—. Ya he visto que es capaz de rendirse, nada me impide volver a...
Sus palabras se vieron bruscamente modificadas por la presencia de una serie de gemidos que emergieron con fuerza de lo más hondo de su garganta.
Todo su cuerpo vibraba y sus músculos se tensaban y destensaban sin ningún tipo de orden mientras miles de descargas eléctricas se sucedían a lo largo de sus nervios.
«El vibrador»
Aquellas dos palabras cruzaron su mente, ahogada por el cúmulo de sensaciones, como un rayo. Pero, antes de que aquel pensamiento pudiera asentarse firmemente, la vibración cesó. Desapareció de forma tan repentina como había aparecido, dejando tras de sí el cuerpo tembloroso y débil de El Reclutador.
Los jadeos agónicos volvieron a surcar su garganta y sus pulmones se pusieron a trabajar a toda velocidad para recuperar el aliento. Sus sentidos, ahora liberados de las descargas de placer que les había hecho colapsar, se encontraban alerta, dispuestos a captar todo lo que ocurría a su alrededor.
El sudor de su piel...
La respiración entrecortada y ahogada...
El entumecimiento de sus músculos...
Y, de pronto, a todo ello se le unió una poderosa presión en su cabeza, que rápidamente se transformó en dolor cuando una fuerza extraña le impulsó hacia arriba, usando como anclaje su propio pelo.
—Escúchame bien —gruñó Jun-ho, a pocos centímetros de su cara, con su labios casi rozándose—. Puedo hacer esto toda la noche. Voy a hacerte temblar, rogar y llorar hasta que me digas lo que necesito saber —le aseguró.
El Reclutador, por toda respuesta, esbozó una sonrisa complacida. Pocos segundos después, Jun-ho le soltó de su agarre y se acercó de nuevo a la mesa.
—Para empezar —dijo—, quiero que me digas el nombre de tus compañeros.
—¿T-tienes por costumbre, hablar de otros... ah... en la primera cita? —preguntó burlona y temblorosamente El Reclutador—. Imagino que estás soltero...
—No me hagas repetírtelo —le interrumpió Jun-ho—. Según sabemos sois un equipo de seis personas: tres atracadores, un conductor para la huida, un hacker y el cerebro de la operación —enumeró—. Quiero sus nombres.
—Está muy bien informado, inspector —respondió El Reclutador, con un fingido tono de sorpresa—. ¿Sabe cuál era mi rol también?
—Atracador —respondió con rapidez Jun-ho.
El Reclutador alzó una ceja con curiosidad.
—¿Atracador? —repitió—. ¿Y por qué no el cerebro de la operación? ¿O ambas a la vez?
—Porque no eres metódico. No te tomas en serio las situaciones y prefieres hacer explotar las cosas y que el mundo arda a tu alrededor —explicó Jun-ho—. Ningún grupo, a no ser que se trate de una banda de lunáticos desquiciados como tú, se prestaría a seguir tus órdenes. Y el grupo que te acompañaba no lo era.
—¿Y por qué está tan seguro de eso, inspector Hwang? —ronroneó El Reclutador—. ¿Acaso considera que una persona cuerda sería capaz de robar una de las mayores joyerías del mundo?
Jun-ho esbozó una sonrisa divertida. Mientras charlaban sobre el guion general que El Reclutador quería seguir a lo largo de toda aquella sesión, le había mencionado dos cosas muy claras: quería protagonizar el personaje de un ladrón y el crimen por el que se le debía interrogar era el robo de la joyería Auredrien.
Dicha joyería había crecido en una de sus tantas cavilaciones adolescentes, cuando aún le faltaban algunos años para cruzar los bordes de la legalidad y atravesar el umbral hacia el mundo criminal.
Había aparecido en sus sueños, de una forma tan recurrente que terminó por obsesionarse con ella y con las joyas, siempre de estilos y formas distintas pero igualmente elegantes y lujosas, de oro y plata que tenían incrustadas las más hermosas piedras. Su estatus ficticio, sin embargo, le había arrebatado cualquier esperanza de alcanzar aquellas riquezas que —soñaba— se hallaban en su interior.
Por ello, y dejándose arrastrar por aquel deseo de su adolescencia, había escogido que su personaje tomara por fin el papel que había deseado representar durante tantos años (aunque, como la joyería, el atraco también siguiera perteneciendo a la fantasía).
—Cuerdos o no —volvió a hablar Jun-ho—, el inútil que contratasteis para que se deshiciera de las cámaras no hizo un buen trabajo y por eso estás aquí ahora —dijo, expulsando veneno con cada palabra—. ¿No sería justo que tus compañeros paguen por el error que te ha metido aquí?
—Se equivoca, inspector —respondió El Reclutador, manteniendo aún una sonrisa burlona impresa en los labios.
—Ilústrame —le instó Jun-ho, con los dientes apretados.
El Reclutador, quizás por notar la tensión en su voz, soltó un bufido divertido por la nariz.
—En realidad, ¡ha hecho un trabajo magnífico! —exclamó con genuino convencimiento—. Los atracadores de joyas son, con diferencia, los que mejor saben distinguir el valor de aquello que roban —aseguró—. No puedes elegir para un trabajo como este a personas que no tengan ambición porque eso significaría que no intenten robar siempre una pieza más —su sonrisa, de pronto, pareció agrandarse un poco más, aunque fuera levemente—. Pero la ambición también tiene otras consecuencias...
—¿Cómo cuál? —cuestionó, no sin cierto fastidio, Jun-ho.
—El exhibicionismo —resolvió El Reclutador—. Entre todos los criminales, los ladrones son los más propensos a ser admirados por el mundo... —ladeó la cabeza con aire juguetón—. Siempre y cuando sus atracos sean espectaculares y, por supuesto, se dejen ver un poco por el público. Algunos incluso crean una firma personal para distinguirse de los otros. Piense, por ejemplo, en todos aquellos elegantes ladrones de guante blanco que han dejado pistas en las escenas del crimen para que la policía les persiga y que han llegado a inspirar a innumerables artistas para crear obras trascendentales —bajo la venda, sus ojos brillaban—. ¿No le resulta fascinante, inspector Hwang?
—Nunca hubiera pensado que un ladrón fuera tan soñador...
—Los sueños y la ambición son dos caras de una misma moneda —le interrumpió El Reclutador—. Primero se debe soñar lo que se desea para que la ambición se encargue de buscarlo hasta atraparlo... —hizo una pequeña pausa antes de añadir—: ¿Acaso no soñaba usted con ser policía algún día?
Tan pronto como terminó de formular aquella pregunta, el vibrador que guardaba en sus entrañas volvió a ponerse en funcionamiento.
Una vez más, El Reclutador se vio atravesado por oleadas de descargas eléctricas.
Aunque, para su fortuna, estás resultaron ser mucho menos intensas que las anteriores por lo que aún pudo mantener un poco la compostura.
Sus dientes y mandíbula apretados, la leve tensión en sus bíceps y muslos, y el ligero zumbido que flotaba por el aire eran la única prueba con las que contaba Jun-ho para saber que el vibrador estaba funcionando.
En esta ocasión, además, la tortura duró poco tiempo y, tras unos segundos, El Reclutador volvía encontrarse colgando hacia adelante y tratando de recuperar el aliento.
—Un día iré a tu celda y te invitaré a un café para que sigas contándome tus interesantísimas reflexiones —dijo con indiferencia y algo de sorna Jun-ho—. Pero, por el momento, me gustaría que retomáramos el tema que nos ha traído aquí...
Su voz se vio de pronto interrumpida por el agolpamiento de una serie de pensamientos en su cerebro.
A pesar de que contaban con un guión previo, este solo marcaba las pautas generales sobre el comportamiento que debían tener los personajes que interpretaban y la historia que los rodeaba. Más allá de éste, todo lo que ocurriera en aquella sala se basaba en la más pura y salvaje improvisación.
Todo aquello que se les pasará por la cabeza —siempre y cuando se encontrara dentro de los límites que a lo largo de los años se habían marcado, y mientras no se utilizara la palabra de seguridad—, era posible.
Y Jun-ho estaba a punto de hacer uso de esa libertad.
Sin decir ni una palabra, y aprovechando que El Reclutador aún se encontraba inmerso en la tarea de recuperarse, se acercó con paso lento y calculado. Con agilidad, rodeó la silla hasta quedar tras ésta y se inclinó por encima del hombro izquierdo de El Reclutador. Su aliento cálido impactó sobre la piel desnuda, haciendo que esta se erizara.
—¿Y si hacemos un intercambio?
El Reclutador se revolvió en su asiento, sorprendido ante las palabras del otro hombre pero, apenas unos segundos después, logró recomponerse y adoptar de nuevo el papel que representaba.
—¿Qué propone, inspector? —preguntó, en un tono que dejó entrever su curiosidad más de lo que le hubiera gustado.
Jun-ho captó aquel pequeño desliz y no pudo evitar sonreír con orgullo.
—Tu equipo estaba compuesto por seis personas, y sabemos que tú eras uno de los atracadores. Eso significa que aún nos quedan por arrestar a las dos personas que entraron contigo en la joyería, a la persona que os esperó en la puerta para escapar con una camioneta, el hacker que inhabilitó las cámaras hasta que entrasteis y el cerebro de la operación que organizó el robo.
—Pensé que eso ya lo habíamos establecido, inspector Hwang —se burló El Reclutador—. ¿Acaso ahora está teniendo dudas de sus deducciones?
—Los nombres que más me interesan son los del hacker y el del cerebro —continuó Jun-ho, ignorando por completo su intento de provocación—. Si me das los nombres de los atracadores y del conductor, te permitiré pedirme algo. Y si lo cumplo satisfactoriamente obtendré el derecho de pedirte los otros dos nombres.
—No lo considero justo, inspector Hwang —dijo de pronto El Reclutador, en un tono que oscilaba entre la seriedad y el jugueteo—. Si aceptó su propuesta solo gano un premio mientras que usted obtiene cinco, ¿no es eso demasiado injusto para un guardián de la justicia? —añadió, exagerando hasta el extremo la última pregunta, retorciéndola en cada palabra hasta convertirla en una broma caricaturizada.
—¿Tienes una contrapropuesta?
Ante aquella invitación velada, El Reclutador se mordió el labio inferior, tal y como si tratara de reprimir una fuerte carcajada o intentara hacer frente al inmenso placer que ésta le suscitaba.
—Usted mismo me ha dicho que el nombre del hacker y el del cerebro de la operación son los que tienen una mayor importancia —recordó—. ¿No sería adecuado que, debido a su importancia, cada uno de sus nombres trajera consigo un regalo?
—Te propongo una alternativa a las bofetadas y la tortura del vibrador, y te atreves a regatearla y exigir más de lo que se te ofrece —le regañó Jun-ho. Sus ojos se habían teñido por la oscuridad del peligro—. Tientas mucho a la suerte...
—Por eso me hice atracador y no policía —le interrumpió burlonamente El Reclutador.
Apenas pudo terminar aquella frase cuando una nueva bofetada volvió a caer sobre su mejilla, prendiéndola en las llamas del escozor y obligándole a girar la cabeza a un lado. De forma paralela, el calor se expandió a lo largo de todo su cuerpo, transportado por la adrenalina y la excitación.
—Acepto tu petición, pero no voy a permitir que te comportes como un insolente —gruñó Jun-ho—. Y, te lo advierto, si me obligas a usar esto —alzó el vibrador—, el trato se rompe.
—Que poco sentido del humor tiene, inspector —resopló El Reclutador con aire burlón.
Cuando movió su cabeza al frente, a Jun-ho se le cortó el aliento: en la comisura izquierda del labio brotaba un pequeño hilo rojo. Un dolor abrumador comenzó a estrujarle el corazón y pudo sentir como la sangre se helaba en su venas.
Se había vuelto a pasar de la raya.
En un impulso incontrolable y nervioso todo su cuerpo se movió hacia adelante, con la firme intención de dar por finalizado el juego y acudir en ayuda de su pareja. Pero, antes de que diera un segundo paso y destrozara la distancia entre ellos, El Reclutador volvió a hablar:
—Kang Min-hyuk.
Jun-ho se detuvo de golpe.
¿Kang Min-hyuk?
Esa no era su palabra de seguridad. Nunca lo había sido. Era demasiado larga. Además, era un nombre. Y no conocían a nadie que se llamara así. Siempre habían usado palabras que tuvieran un significado especial para ellos, porque eso instintivamente les hacía reaccionar. Les permitía reconectar con el mundo fuera del juego.
No, no tenía sentido.
Pero, entonces, ¿qué significaba?
—Ese es el nombre de uno de mis compañeros —dijo El Reclutador, tal y como si pretendiera responder a aquella pregunta que flotaba en los ojos de Jun-ho—. No sé mucho sobre él porque era un hombre bastante reservado, pero sí sé que estaba casado y tenía una hija.
Jun-ho se mantuvo aún unos minutos en silencio, tratando de procesar la información que El Reclutador le había lanzado. Tenía los labios entreabiertos y sus ojos no dejaban de moverse de un lado a otro recorriendo el cuerpo de su pareja. Instintivamente, su mirada no dejaba de caer en la mancha oscura que aún brillaba en el labio inferior y en el hilillo de sangre que ya llegaba hasta el mentón. Aquella visión, tan terrible como angustiante para su corazón, contrastaba violentamente con la serenidad que cubría el rostro de El Reclutador.
No había dicho su palabra y, con la continuación de la historia, le estaba pidiendo que siguiera.
Jun-ho inhaló aire hasta llenar sus pulmones y exhaló con delicadeza antes de volver a hablar:
—¿Sabes sus nombres?
El Reclutador sonrió con satisfacción, mostrando sus dientes ligeramente teñidos de rojo.
—No me está escuchando, inspector —le regañó—. Le acabo de decir que el señor Kang era un hombre muy reservado con su vida personal. Sólo sé que estaba casado porque llevaba un anillo en el dedo anular que no se quitaba nunca. Lo de su hija lo descubrí por pura casualidad.
—¿Cómo?
—Le acompañe a su coche, vi que tenía una sillita en la parte trasera y decidió contármelo.
—No parece tan prudente si permitió que vieras su coche —repuso Jun-ho—. Y mucho menos si llevaba a vuestras reuniones su coche personal.
—No es solo un ladrón, inspector Hwang. También es padre y un marido con responsabilidades y, por lo que pude intuir, unas enormes deudas que limpiar —hizo una ligera pausa, como si esperara que Jun-ho dijera algo más pero, al no hacerlo, añadió con tono interesante—: Quizás se haya dado cuenta mirando las cámaras de que uno de mis compañeros era el que parecía más desesperado por romper las vitrinas y el que más dinero se llevó —otra breve pausa—. Pues ese era el señor Kang.
—¿Y el otro? —preguntó Jun-ho—. El exhibicionista.
—La exhibicionista, querrá decir —le corrigió El Reclutador.
Jun-ho sacudió la cabeza con desconcierto.
—¿La? —preguntó.
—Shin Ji-yoo —dijo El Reclutador—. Una mujer encantadora —añadió con sorna.
—¿Qué sabes de ella?
—Es una buena tiradora, quizás una ex policía o ex militar —respondió El Reclutador.
El silencio se instauró de nuevo. Jun-ho esperó, creyendo que El Reclutador estaba pensando nuevos datos para añadir a la personalidad de aquella compañera inventada o tratando de rescatar de su mente datos reales de personas que hubiera conocido a lo largo de su vida para que le sirvieran de inspiración.
Pero, tras un par de minutos, comenzó a desesperarse.
—¿Nada más? —preguntó, alzando una ceja con curiosidad—. ¿Familia? —añadió, tratando de ayudar al Reclutador a despertar de su falta de imaginación.
—Nada en lo absoluto —respondió con convencimiento El Reclutador—. Es un alma solitaria. Parecía una mujer joven, no le calculo más de veinticinco años, y parecía muy reticente a la idea de casarse o de hablar sobre su familia así que supongo que, de una forma u otra, están muertos.
Jun-ho asintió. El tiempo que había servido en el cuerpo de policía le había presentado los suficientes casos en los que el o la criminal había asesinado a sus padres y, en muchos de ellos, de formas tan crueles que no podía evitar estar de acuerdo con la observación de El Reclutador.
Los padres, y la familia en general, no siempre significaban un lugar de recogimiento y de calor por lo que muchos jóvenes optaban por desprenderse de aquellos lazos que la sangre les había impuesto y proclamar ante el mundo que estos habían muerto.
La alternativa, en muchos casos, había sido hacerles morir de forma literal.
—¿Y el conductor?
—Ah, Baek Gun-woo —dijo El Reclutador, ampliando su sonrisa—. Con ese va a tener suerte, inspector, no hacía más que hablar de su vida. No tenía más de veinte años y me contó que este era uno de sus primeros atracos. Al parecer llevaba desde los quince años conduciendo y había participado en muchas carreras clandestinas —hizo una ligera pausa—. Ya se puede imaginar el mareo durante la huida...
—No te desvíes —le interrumpió con sequedad Jun-ho.
—Me dijo que sus padres habían muerto cuando él era muy pequeño y que tanto él como su hermana habían sido criados por su hermano mayor. Nunca me dijo el nombre, pero sí me contó que trabajaba en un banco.
—¿Te dijo cuál?
—No, pero sí me dijo que su hermano usaba aquel sitio como lugar de encuentro para vender su mercancía...
—¿Qué mercancía?
—Drogas, inspector —respondió burlonamente El Reclutador—. Cocaína y marihuana, específicamente. Parece ser que el pago de los estudios de sus dos hermanos, el alquiler y la comida mermaban todo el sueldo que el trabajo en el banco le proporcionaba así que hacía eso para conseguir un dinero extra.
—Vaya ejemplo —dijo Jun-ho, poniendo los ojos en blanco—. No me extraña que su hermano se haya convertido también en un criminal.
—Le juzga muy duramente, inspector —dijo El Reclutador—. El chico solo tenía doce años cuando murieron sus padres, ambos por una sobredosis, y le dejaron a cargo de su hermano de ocho años y su hermana recién nacida. Se crió en un mundo lleno de drogas y de alcohol, era lo único que conocía y el único medio de sustento que tenía para alimentar a sus hermanos.
—Supongo que no tenía estudios... —reflexionó Jun-ho—. ¿Cómo consiguió un trabajo en el banco?
—En el mundo criminal se puede conseguir cualquier cosa, así que no le fue muy difícil encontrar a alguien que le falsificara una licenciatura y un diploma de una de las mejores universidades de negocios y finanzas —resolvió con sencillez El Reclutador—. Pero él sabía que un día podían pillarle y debía mantener a sus clientes de los bajos fondos contentos para poder mantener ese trabajo en caso de que le despidieran.
—¿Y por eso metió a su hermano en un grupo de ladrones? —espetó Jun-ho con frialdad—. ¿Por dinero?
—Sigue juzgando sin saber, inspector —le regañó El Reclutador, sacudiendo la cabeza con firmeza—. El hermano mayor de Gun-woo le pagó los estudios con la esperanza de que consiguiera un trabajo honesto y limpio. Quería sacarle de aquel mundo en el que él vivía atrapado, pero Gun-woo se dio cuenta de que suponía una enorme carga económica para su hermano y quiso ayudarle. Él fue quien empezó a hablar con algunos de los contactos de su hermano y terminó dentro del equipo.
—¿Y la hermana?
—Tampoco me dijo su nombre nunca —dijo El Reclutador—. Solo que era una niña encantadora y que estaba a punto de entrar en el instituto.
Jun-ho asintió. Lo cierto es que la fatídica historia de aquellos tres hermanos le había removido el corazón. No podía estar seguro de si se trataba de una historia ficticia pero, dada la naturalidad y rapidez con la que El Reclutador se la había contado, le hacía pensar que podía ser cierta.
Se preguntaba, en caso de que así fuera, dónde estaban aquellos hermanos y si el hermano mayor había conseguido al fin salir de aquel mundo de criminalidad o si, por el contrario, había sucumbido ante su oscuridad.
—Le he dado los tres nombres, inspector Hwang —dijo El Reclutador, arrancándole de sus pensamientos—. ¿Recuerda nuestro trato?
Jun-ho suspiró con pesar.
—¿Qué es lo que quieres?
—Me gustaría poder verte —respondió El Reclutador.
Una leve sonrisa, pícara e inconsciente, se asomó de forma instintiva en los labios de Jun-ho. Rápidamente, este trató de reprimirla para evitar que se convirtiera en un bufido o un suspiro que informara al Reclutador sobre la felicidad que aquella petición le había traído.
La venda había sido —como casi todo en aquel juego—, idea de El Reclutador. Mientras planeaban el juego, había hecho mucho hincapié en que le gustaría tener los ojos tapados por dos motivos: inhibirse (a la fuerza) de toda la información que su instinto entrenado por los años de servicio en tareas peligrosas pudiera ofrecerle y, con ello, permitir también que Jun-ho le pillara desprevenido más fácilmente.
Sin embargo, para Jun-ho también suponía una desventaja bastante grande. Como parte dominante, carecía de la información que los ojos, con sus movimientos involuntarios y mecánicos, le habían entregado sobre el estado de El Reclutador en anteriores ocasiones.
A lo largo de toda la sesión Jun-ho había disfrutado de las ventajas que la venda le ofrecía pero también había sufrido las carencias que traía consigo, y más aún cuando se vio involucrada por primera vez la sangre ya que, sin ella, una sola mirada del Reclutador habría bastado —tan desafiante y dura como siempre— para, al menos, tranquilizarle un poco.
Pero por fin se iba a librar de ella.
Y, mejor aún, por petición misma de El Reclutador.
Sin esperar a que su pareja le insistiera, se lanzó a toda velocidad hacia la silla y, en pocos segundos, sus dedos ya estaban batallando para desatar los múltiples nudos que, bajo el miedo de que la venda se desprendiera, había hecho horas antes y ahora maldecía uno tras otro.
Al fin, esta se deslizó con suavidad por las manos de Jun-ho quien no dudó en retirarla por completo y, quizás con demasiada ansiedad, moverse para rodear la silla. No podía esperar para ver de nuevo a su pareja. Quería observar aquellos ojos marrones que le hacían arder el corazón como si de una cascada de chocolate caliente se tratasen y perderse en ellos sin remedio.
Jun-ho retorció nerviosamente la venda entre sus manos mientras esperaba que El Reclutador se acostumbrara a la molesta luz que, aunque era tenue, resultaba demasiado fuerte tras estar un tiempo tan prolongado en una completa oscuridad.
Tras unos cuantos parpadeos y, después de echar un vistazo a su alrededor, El Reclutador al fin encontró la figura de Jun-ho y, de inmediato, su cabeza se inclinó hacia un lado con coquetería.
—Mmm... te había imaginado un poco más alto y con los ojos verdes —dijo burlonamente.
Jun-ho tuvo que hacer un esfuerzo monumental para evitar echarse a reír a carcajadas en aquel mismo instante. Las ocurrencias de su pareja nunca dejarían de sorprenderle.
—Lamento no ser tu tipo...
—Ah, no —le interrumpió El Reclutador. Luego, le echó un vistazo de arriba abajo con una mirada que rozaba la lujuria y continuó—: Eres totalmente mi tipo —le aseguró, remarcando mucho sus palabras.
Ante sus palabras, tan impredecibles como indiscretas, Jun-ho no pudo sonrojarse ligeramente. La rojez de sus mejillas le molestó aún más al darse cuenta de que El Reclutador, ahora liberado de su incapacidad de ver, le estaba observando a profundidad y disfrutaba del espectáculo que sus palabras habían desencadenado.
—El hacker —dijo, tratando de reconducir la conversación—. ¿Cuál es su nombre?
—¿Está nervioso, inspector?
—¿Quieres continuar con nuestro trato o no? —cuestionó Jun-ho alzando el mando del vibrador con aire amenazante—. Si lo prefieres podemos volver al método de antes.
—Te he dado tres nombres con este trato, es a ti a quien no le conviene perderlo —contraatacó El Reclutador.
—A quien más le interesa este trato es a ti —le interrumpió Jun-ho. Sus ojos de pronto se oscurecieron—. Este método es más rápido, no te lo voy a negar, pero, como te he dicho antes, yo puedo estar aquí toda la noche. Tengo pilas de sobra y puedo dejar ese vibrador follándote el culo todo el tiempo que sea necesario para que hables.
Los ojos de El Reclutador brillaron con malicia cuando el pulgar de Jun-ho volvió a moverse, colocándose encima de uno de los botones del vibrador.
—Te lo voy a preguntar una última vez —dijo con seriedad Jun-ho—. ¿Quién es el hacker?
—Shin Woo-jin —resolvió juguetonamente El Reclutador.
El silencio volvió a instaurarse y Jun-ho, curtido ya por la experiencia de la conversación, se apresuró a animarle a continuar:
—¿Me vas a obligar a insistir? —le preguntó, acariciando nuevamente el botón del mando.
—No puedo decirle mucho más —se defendió El Reclutador—. Nunca llegué a verle porque se comunicaba con nosotros a través de mensajes o llamadas. Y tampoco sé si usaba su voz real o no, aunque siempre era la misma. La voz parecía la de un chico joven, de unos veinte años más o menos. Es lo único que puedo darle.
Jun-ho se encogió de hombros, visiblemente insatisfecho.
—¿Qué hay de mi recompensa, inspector Hwang?
Jun-ho alzó una ceja con estupefacción.
—Casi me haces sonsacarte la información —protestó—. ¿Qué te hace pensar que mereces una recompensa?
—Me ha amenazado con usar el vibrador, pero no lo ha hecho, inspector —dijo El Reclutador—. Por ende, nuestro acuerdo sigue en pie.
Y tenía razón. A pesar de que Jun-ho pensaba utilizar el vibrador para hacer avanzar la historia entre el policía y el ladrón, había impuesto unas reglas que no se habían incumplido.
«Te lo advierto, si me obligas a usar esto, el trato se rompe»
Esas habían sido sus palabras exactas.
Los ojos de Jun-ho se clavaron directamente en los de El Reclutador. En ellos podía vislumbrar un fuerte brillo, cargado de codicia e interés. Y, al mismo tiempo, parecían estar sumidos en una profunda y misteriosa oscuridad.
Aquello no presagiaba nada bueno.
—De acuerdo —dijo con un suspiro—. ¿Qué es lo que quieres?
El Reclutador se revolvió en su silla, visiblemente satisfecho. Luego, se detuvo unos instantes mirando de arriba a abajo a Jun-ho hasta que, por fin, se detuvo en sus cara. Sus dientes superiores se clavaron de pronto en su labio inferior, arrastrando la sangre que aún quedaba impregnada sobre la piel rosada, antes de responder:
—Quiero un beso, inspector Hwang.
El corazón de Jun-ho comenzó a latir con fuerza dentro de su pecho. Todo el aire escapó de sus pulmones de una sola vez, como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago y los músculos de sus piernas parecieron perder toda su fuerza.
—¿Por qué se sorprende tanto, inspector? —preguntó burlonamente El Reclutador—. ¿Quiere negarse? —añadió alzando una ceja con arrogancia.
Menuda estupidez.
Desde mucho antes de que empezaran aquel juego se había estado mordiendo las uñas mientras esperaba el momento en el que sus labios pudieran volver a tocar a su pareja. Había anhelado minuto tras minuto volver a sentir como su respiración se entrecortaba y se ahogaba con el ritmo de sus besos. Y esa tensión no había hecho más que crecer conforme el juego avanzaba.
Por supuesto que no quería negarse...
Aunque, claro, no podía expresarlo tan claramente.
—Más te vale no jugar jueguecitos con el último nombre —dijo, su voz retumbando con un claro tono de amenaza—. No pienso darte ni una oportunidad más...
—Por supuesto —le interrumpió El Reclutador.
Sus labios se habían curvado en una sonrisa amplia y juguetona que dejaba entrever la satisfacción que estaba sintiendo. Pero a Jun-ho no le dio la menor importancia. En cambio, se acercó con paso firme y, una vez estuvo frente a frente con El Reclutador, lanzó a toda velocidad su brazo derecho hacia adelante. La mano pasó por el lateral de la cabeza y los dedos se enredaron en el pelo de la nuca.
Con un tirón seco obligó al Reclutador a alzar la cara. La respiración de ambos quedó atrapada en sus pulmones. Sus rostros habían quedado a muy pocos centímetros el uno del otro y sus labios casi podían rozarse.
El dolor comenzó a extenderse desde el cuero cabelludo de El Reclutador hacia el resto de su cabeza y, como si se trataran de impulsos eléctricos, esa tensión pareció transmitirse hacia los dedos de Jun-ho.
Y, muy pronto, ambos se ahogaban en ese mar de tensión que tan bien conocían.
No iban a poder aguantar mucho más.
—Cállate. La. Puta. Boca —susurró Jun-ho, al fin, con los dientes apretados.
El Reclutador, si es que tenía intenciones de hacerlo, no pudo dar ninguna contestación puesto que, tras terminar de hablar, Jun-ho se abalanzó a toda velocidad hacia él. Una ansiedad, digna de un depredador que no consigue guardar más la paciencia ante la visión de su presa, parecía controlar su cuerpo.
El espacio que los separaba despareció en cuestión de un segundo y sus labios chocaron brutalmente entre ellos. Y, en ese momento, sin que existiera palabra alguna que lo demandara o exigiera, se inició una pelea encarnizada.
Los impulsos eléctricos que ya recorrían sus cuerpos se hicieron aún más fuertes con cada movimiento de sus labios. Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa como para permitir que sus cerebros siguieran el ritmo de sus cuerpos. Las lenguas tardaron muy poco en cruzarse, reclamando la boca del contrario como territorio propio y los dientes se unieron a la lucha, mordisqueando con fiereza cuanto se les ponía enfrente.
Y, poco a poco, el calor fue escurriéndose a su alrededor, haciendo que el sudor floreciera en sus pieles y que la ropa cada vez les pareciera más incómoda y apretada.
El mundo más allá de ellos, de ese beso, de sus respiraciones débiles y entrecortadas, no existía. Ese universo paralelo que habían creado de policías y ladrones se escapaba entre las neblinas de su mente.
Pero todo desapareció de golpe.
En un movimiento, que apenas pudo ser calculado o predicho por El Reclutador puesto que no se había visto precedido por una atenuación en la intensidad de los besos o una mayor lentitud en éstos, Jun-ho se separó. Fue algo brusco, mecánico, como si un ente misterioso le hubiera tirado hacia atrás para obligarle a separarse.
Y, de cierta forma, había sido así. Sin embargo, aquella presencia que había propiciado tal gesto en su pareja había sido el propio Jun-ho. Se había percatado, en un breve instante de claridad, de cómo aquel beso estaba degenerando y se estaba convirtiendo en algo muy alejado de lo que había significado al principio.
Una recompensa.
Podía notar como todo su cuerpo protestaba por la interrupción, pero también como un fuego interno latía en lo más profundo de sus entrañas. Una voz cavernosa y salvaje que le susurraba al oído que debía seguir empujándose hasta el límite de la cordura.
Los ojos de ambos se cruzaron tan solo por un instante —aunque el tiempo pareció detenerse, haciendo que aquel instante durara como miles de vidas— antes de que Jun-ho dejara escapar el pelo de El Reclutador y alzara su cuerpo. Luego, giró sobre sus talones, dándole la espalda al otro hombre, y se dirigió hacia la mesa.
—Aún me debes un nombre —dijo, sin girarse.
Su voz había salido de su boca sin mostrar temblor alguno a pesar de que aún podía notar como su piel le quemaba con el escozor de la excitación y su pene parecía a punto de hacer explotar la cremallera de los pantalones. Sus mejillas ardían con furia y podía sentir todo su cuerpo suplicándole que detuviera todo aquello y que permitiera al Reclutador y a él disfrutar de lo que ambos, con total seguridad, estaban experimentando.
Pero no podía hacerlo. Eso no era lo que habían acordado.
El juego debía continuar.
—Me sorprende, inspector —dijo El Reclutador a su espalda—. Besa muy bien para tener tan poca experiencia...
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Jun-ho, volviéndose bruscamente.
El Reclutador sonrió con malicia.
—Se ha puesto demasiado nervioso como para ser algo que haga habitualmente —respondió—. ¿Quiere que volvamos a hablar de su vida amorosa, inspector Hwang?
—No —contestó con brusquedad Jun-ho—. Quiero que me des la información que falta.
—Pero, inspector, ha estado a punto de traicionar nuestro acuerdo —señaló El Reclutador. Luego, entornó los ojos y añadió—: ¿Cómo puedo estar seguro de que cumplirá su parte?
—¿Vamos a empezar de nuevo con esto? —dijo Jun-ho, irritado—. Te advertí que no quería más jueguecitos.
—Estoy pidiendo algo más que razonable...
—Solo puedo ofrecerte mi palabra como policía.
El Reclutador cerró aún más los ojos y esbozó una ligera sonrisa, adoptando con ello una mueca que oscilaba entre la amenaza y la burla.
—La palabra de un ladrón no vale nada para un policía —dijo—. Igual que la de un policía no vale de nada para un ladrón...
—Pues tendrá que servirte —contestó con sequedad Jun-ho. Luego, volvió a tomar de la mesa el control remoto del vibrador y lo puso junto a su cabeza, de modo que El Reclutador pudiera verlo bien—. No pienso darte nada más ni nada menos de lo que ya hemos acordado, así que cumple tu parte o te juro que pienso tener esto encendido hasta que me ruegues para que te mate... —hizo una ligera pausa, permitiendo que su dedo se situara sobre el botón del control remoto, antes de añadir—. Y créeme que no te concederé tal privilegio.
La sonrisa de El Reclutador se amplió de forma visible. Parecía que aquello le había gustado, como si fuera precisamente la motivación que estaba buscando. Hizo un ligero asentimiento con la cabeza, indicando que aceptaba la situación y volvió a hablar:
—Lee Hae-in.
Jun-ho alzó las cejas en un gesto de sorpresa.
—¿Una mujer?
Su reacción pareció divertir aún más al Reclutador, que inclinó su cabeza hacia un lado con aire juguetón.
—¿Qué es lo que le sorprende, inspector? —preguntó juguetonamente.
—Los criminales no suelen tener en alta estima a las mujeres —dijo Jun-ho—. Y mucho menos aún para dejarse dirigir por ellas.
—Es muy cierto —le concedió El Reclutador—. Pero puede creerme cuando le digo que ahí fuera, en el mundo real, hay cientos y miles de mujeres que son igual o más peligrosas que cualquier hombre. Yo mismo he conocido algunas de ellas. Mujeres capaces de arrancarle la piel a bocados a cualquiera que se le ponga en frente y hacerse unos pantalones con ella. O de convertir su sangre en un pintalabios. O de afilar sus huesos para convertirlos en cuchillos con los que destripar a una nueva víctima...
—También yo he conocido algunas —dijo Jun-ho.
Y es que, como parte de la policía, se había encontrado con cientos de casos en los que las mujeres habían participado como protagonistas. Algunos, los que le resultaban más dolorosos de leer, retrataban a mujeres que, hartas de los maltratos a los que sus maridos las sometían contínuamente, les habían asesinado una noche.
Normalmente, el arma del crimen había sido un simple cuchillo de cocina que, puesto en las manos de un alma pérdida en el dolor y embargada por la rabia de años de sufrimiento y humillaciones, muchas veces había provocado que la policía tuviera que ingeniárselas para asegurar la identidad de lo que, en el momento del descubrimiento, ya solo era una masa de carne podrida con restos de sangre seca.
Otras tantas de esta clase de mujeres —víctimas todas ellas según lo que él opinaba— habían asesinado, en su mayoría, a hombres que habían significado un dolor para sus corazones y pesadillas vivientes para ellas.
Violadores con sus propios penes cercenados metidos en la boca.
Proxenetas con palos y barras de metal introducidos en el recto y clavados hasta lo más profundo de sus entrañas.
Padres ausentes que habían sido descuartizados y cuya carne había sido puesta a la venta para ganar dinero con el que alimentar a los hijos que habían abandonado.
Y así, Jun-ho podía enumerar cientos de casos en los que las mujeres se habían visto envueltas.
Sin olvidar, por supuesto, todas aquellas historias en las que las propias mujeres se habían convertido en monstruos, consumidos por los problemas mentales o por la simple maldad que todo ser humano posee en su interior, y habían atacado a sus familias —padres, hermanos, esposos e hijos— inocentes o a extraños que tuvieron la mala fortuna de cruzarse en sus caminos.
—¿Sabes algo sobre ella? —preguntó Jun-ho, sacándose así mismo de aquel cúmulo de informes llenos de muerte y sangre, dolor y lágrimas.
—Sí, estaba casada —fue la respuesta del Reclutador—. El nombre de su mujer era Yoon So-ra.
Jun-ho volvió a alzar una ceja con interés pero, antes de que pudiera hacer alguna pregunta más, El Reclutador se le adelantó:
—¿Le sorprende también esa información, inspector?
Jun-ho no podía negar que si le había sorprendido que ese fuera el camino sobre el cual El Reclutador hubiera decidido cimentar la historia personal del cerebro de una banda que, según habían establecido, era muy profesional y peligrosa. No es que él no supiera que existían mujeres que se enamoraban e incluso se casaban con otras mujeres, pero dentro del círculo en el que se había movido toda su vida no era lo corriente.
—No es habitual escuchar hablar de mujeres así, suelen esconderse —dijo sencillamente.
Y es que, en una sociedad tan cerrada como la coreana, ya era suficientemente escandaloso encontrar a dos hombres que se amaban (bien lo sabían ellos) pero el caso de dos mujeres era aún más criticado. El rol de la mujer estaba vinculado desde su nacimiento al matrimonio tradicional y a la crianza de los hijos, y ambos puntos eran imposibles de llevar a cabo en un matrimonio entre dos mujeres.
Además, si esas mujeres querían tener hijos, debían soportar las críticas que la sociedad lanzara hacia su incorporación a un tratamiento de inseminación artificial. Muchas personas abogaban que ese derecho debía pertenecer solo aquellas parejas heterosexuales que no pudieran tener hijos por causas biológicas externas a ellos.
Se las señalaba como las causantes de que algunas familias sufrieran retrasos en sus propios procesos de inseminación y muchos otras las atacaban por hacer uso de ese servicio cuando, según decían, para tener hijos "les bastaba con casarse con un hombre".
—Tengo que volver a darle la razón, inspector —le concedió El Reclutador—. Pero Lee Hae-in, viene de una familia donde le enseñaron que para poder sobrevivir no podía dejar que nadie la mordiera, ni por lo que fuera ni por lo que quería hacer.
—¿Sabes a qué familia pertenece?
—Ni siquiera estoy seguro de que Lee Hae-in sea su nombre real —dijo El Reclutador, encogiéndose de hombros—. Todo lo que sé de ella lo sé porque cuando venía su mujer a visitarnos se animaba a contarnos algunos detalles de su vida.
—¿Y qué os contó? —preguntó con interés Jun-ho.
El Reclutador esbozó una sonrisa felina. Parecía estar disfrutando enormemente (y con cada paso que avanzaban aún más) de la atención que Jun-ho le estaba ofreciendo como consecuencia de su necesidad de información.
Se sentía poderoso.
—Viene de una familia influyente. Su madre murió cuando ella tenía tan solo cuatro años, dejándola a cargo de su padre y de su hermano mayor, que entonces tenía quince años. Ella tenía nueve. Su padre nunca quiso hablar sobre la muerte de su madre, pero ella estaba convencida de que la habían asesinado unos enemigos de la familia porque desde entonces la educó para nunca confiar en los demás, ni siquiera en aquellos que formaban su propia familia, y la envió con entrenadores de diversas artes marciales.
—¿Tú la crees? —preguntó Jun-ho de pronto.
—Me limito a contarle lo que sé sobre mis compañeros, inspector —respondió El Reclutador, inclinando su cabeza hacia un lado—. No pretenderá que también le haga el trabajo de investigación y análisis de los testimonios, ¿o sí?
—Está bien —claudicó Jun-ho, mostrando la palma de su mano derecha en un gesto de disculpa—. Continúa.
—No sé cómo se llamaba su hermano, pero siempre se refería a él como "el genio" porque, según sus palabras, él había heredado toda la inteligencia y la astucia para los negocios legales. Por eso había sido él quien se había quedado con la empresa de su padre y ella había comenzado a meterse en los entresijos más oscuros del negocio.
—¿Se llevaban mal?
El Reclutador alzó una ceja inquisitivamente.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Ella tenía que ocuparse de los trapos sucios mientras su hermano se encargaba de ser la parte visible de la empresa —respondió Jun-ho con desgana, como si estuviera contestando una pregunta cuya respuesta era obvia—. Sería normal que eso desencadenara algún tipo de rivalidad.
—Entre los hermanos siempre hay algo de rivalidad, es algo inherente a la condición de la hermandad —le concedió El Reclutador—. Pero tanto su hermano como ella ocupaban los puestos en los que sabían que podían desenvolverse mejor según sus habilidades y carácteres.
—¿Entonces tenían una buena relación?
—No podría asegurarlo —confesó El Reclutador—. Posiblemente haya habido momentos en los que uno de los dos o ambos hayan querido terminar con la vida del otro de una forma cruel y sangrienta —dijo, esbozando una sonrisa macabra—. Pero también creo que, como otros miles de hermanos, finalmente se reconciliaban. No debe olvidar, inspector, que ambos comparten la ausencia de su madre y el sufrimiento de su padre. La soledad y el dolor son armas muy poderosas para unir a las personas, y más aún cuando estos son hermanos que se han visto crecer, aunque fuera desde consciencias distantes.
Las palabras de El Reclutador llevaron a Jun-ho, casi sin que pudiera darse cuenta de ello, hacia su propia infancia. Aquella en la que había convivido por poco tiempo con su hermano, Hwang In-ho, con quien se llevaba casi veinte años de diferencia.
Su propia experiencia no hacía más que darle la razón al Reclutador.
—¿Sabes algo sobre su mujer? —preguntó.
—Más allá del nombre, sé que tiene una floristería —respondió de forma escueta El Reclutador.
—¿Nada más?
—Era una mujer muy alegre. Siempre que venía a las reuniones traía una rosa naranja para su mujer y una pequeña caja de galletas para el resto del equipo. Todos le teníamos mucho cariño, pero nunca pudimos saber mucho sobre ella porque Hae-in no le permitía contar nada —hizo una ligera mueca de disgusto al tiempo que se encogía de hombros—. Supongo que quería protegerla.
Tras sus palabras, se hizo el silencio. Un silencio que muy pronto pareció bajar de temperatura de la sala en la que se encontraban hasta dejarla en cero grados. Ese tipo de frío que eriza la piel y hace que cada extremidad tiemble por voluntad propia.
Muy pronto, Jun-ho descubrió que aquel aliento gélido solo se encontraba bajo su piel.
Estaba nervioso.
—¿Cumplirá su promesa, inspector? —preguntó de pronto El Reclutador haciendo que la temperatura bajara aún más. Tenía una sonrisa oscura asomando por las comisuras de su labios—. ¿O acaso tendré que ir proclamando por ahí que es de los que incumple su palabra?
El calor volvió a subir de un solo golpe, provocando que las mejillas de Jun-ho se encendieran con un rojo intenso como el fuego. Pero aún podía sentir el hielo recorriendo sus venas. Todo su cuerpo se había convertido en un espacio de distorsión e incoherencia en el que convivían una inquietud que le helaba y una vergüenza que le hacía arder.
Sabía que el juego estaba dando sus últimos pasos y aquello le emocionaba pero también estaba haciendo que la ansiedad le devorara las entrañas.
—Es el último deseo que pienso concederte —dijo Jun-ho, tratando de mantener la compostura—. Piensa bien qué es lo que quieres.
—No se preocupe por eso, inspector. Lo tengo claro desde el primer momento en el que le vi...
El silencio volvió a instaurarse y el aire pareció volverse más denso a su alrededor. Jun-ho casi podría haber jurado que el espesor que los rodeaba habría sido capaz de detener una bala y hacerla flotar con suavidad entre remolinos de aire.
—¡Dilo de una vez! —exclamó con desesperación, tras un par de segundos que, fruto de la ansiedad y la expectación, le parecieron siglos enteros.
La mirada de El Reclutador se volvió aún más oscura y maliciosa.
—Déjeme que se la chupe.
De nuevo, el silencio.
Jun-ho abrió los ojos como platos mientras su cerebro no hacía más que repetir en un bucle interminable la petición de El Reclutador.
¿Le había escuchado mal?
Tenía que ser eso.
Sí, tenía que ser eso.
No había forma de que El Reclutador le hubiera pedido que...
—¿Inspector?
La voz de su pareja le trajo por unos instantes de vuelta a la realidad. Allí seguía su sonrisa burlona y sus ojos cargados por la oscuridad de miles y miles de noches sin estrellas.
—¿Puedes repetir lo que has dicho? —pidió, aún aturdido.
Por unos instantes, El Reclutador también se mostró algo confundido, pero rápidamente volvió a su actitud juguetona.
—Le estoy pidiendo que me deje hacerle una mamada —repitió—. ¿Acaso no sabe lo que es?
—¡Por supuesto que lo sé! —exclamó ofendido Jun-ho, quizás más fuera del personaje de lo que le hubiera gustado.
La propuesta de El Reclutador le había desencajado por completo porque no esperaba que la historia tomara ese giro. Según lo que él imaginaba, toda la trama se desarrollaba en un tira y afloja entre el ladrón y el policía en el que, como se había marcado desde el inicio, el ladrón tratara de sacar de quicio al policía y éste luchara continuamente por mantener su autoridad.
Pero con esa nueva situación lo que se establecía es que el ladrón le devolvía completa e íntegramente el control de la situación lo cual, si bien no estaba establecido como inapropiado o fuera de los límites, marcaba un rumbo que Jun-ho no había esperado.
Le resultaba extraño y, de alguna forma, intimidante porque estaba seguro de que tras aquella decisión se escondía un nuevo plan con el que El Reclutador pretendía sorprenderle y encenderle aún más (si es que eso era posible dado el desastroso estado en el que se encontraban ya sus nervios).
—De acuerdo —dijo al fin, con un poco de serenidad.
Luego, sin dar tiempo a que El Reclutador dijera nada más,volvió a acercarse hacia la silla. Sus manos se movieron con agilidad hacia la bragueta de sus pantalones y, mientras caminaba, fue desabrochando el botón y la cremallera que los cerraba.
—Esto debe quedar entre tú y yo —le advirtió—. Si dices algo a cualquier persona pienso encontrarte y no verás mi pulso temblar al dispararte.
—Cada vez se vuelve más atractivo, inspector —dijo El Reclutador, engulléndole con los ojos—. Tiene mi palabra de que esto será un secreto.
Jun-ho ahora se encontraba de pie frente a la silla, observándole desde su posición elevada con sumo interés. Con un movimiento rápido y audaz, siguió avanzando hasta que se encontró con las piernas abiertas y cada una de ellas colocada a los lados de El Reclutador. Su cuerpo seguía de pie por lo que la cara de su pareja estaba casi pegada a su entrepierna.
De pronto, una ráfaga de aire rozó la mejilla derecha de El Reclutador y, segundos después, su cabeza se encontraba ligeramente inclinada hacia atrás como consecuencia del firme agarre que Jun-ho ejercía sobre un puñado de pelo de la nuca.
—Abre —le ordenó éste.
Los dedos de su mano izquierda —la única que le quedaba libre ya— se enredaron en los bordes de la ropa interior y la bajaron ligeramente, permitiendo que su pene, convertido en una erección rígida y dura, con la punta brillante, saltara hacia adelante en el momento justo para ser recogido por la mano de Jun-ho.
Acto seguido, usó la mano que sujetaba la cabeza de El Reclutador para dirigirlas hacia su pene, manteniendo sus labios a una pequeña distancia de su pene a la espera de que los abriera. El Reclutador luchó un poco contra la fuerza que le mantenía sujeta la cabeza, tratando de inclinar de nuevo su cabeza hacia atrás pero Jun-ho se mantuvo firme y se lo impidió.
Al final, éste se tuvo que conformar con alzar los ojos, tratando de encontrar el rostro de Jun-ho entre el paisaje borroso que la incómoda posición y la incapacidad visual convertían todo aquello que sucedía por encima de su cabeza.
—Como ordene, inspector —se limitó a decir.
Jun-ho, desde su posición más privilegiada, fue capaz de distinguir como los labios de El Reclutador se curvaban, formando una sonrisa que no se podía calificar nada más que como perversa y satisfecha.
Ya era suficiente.
Motivado por un impulso incontrolable, Jun-ho empujó la cabeza de El Reclutador contra su cuerpo.
—¡Abre! —repitió, apretando su glande contra la boca de su pareja.
Y éste no tardó en obedecer.
Con un movimiento suave y lento, El Reclutador separó sus labios, permitiendo que el glande se rozara contra ellos y, poco a poco, fue introduciendo cada centímetro de la cabeza.
Jun-ho exhaló un ligero gruñido lleno de satisfacción y dejó caer su cabeza hacia atrás.
Resistió el impulso de lanzar sus caderas hacia adelante para meter todo su pene de golpe y, si tenía algo de suerte y pillaba desprevenido al Reclutador, hacerle que se atragantara un poco como represalia por sus continuas provocaciones. Lograba resistirse, por una parte, porque estaba disfrutando genuinamente de dejar al Reclutador actuar por su cuenta y, por otra, porque aquel primer contacto le había atacado directamente los nervios, haciéndole casi imposible moverse.
El Reclutador se detuvo aún unos segundos en el glande, explorando con sus labios y lengua cada una de las líneas y sabores que conformaban aquellos primeros tramos.
Abría y cerraba la boca una y otra vez como si tratara de calcular el grosor del pene y, con aquellos movimientos, estimulaba poco a poco a Jun-ho, invitándole a qué impregnara su lengua con el líquido preseminal..
Cuando la cabeza ya se encontraba cubierta por la saliva, El Reclutador se aventuró a avanzar un poco más, llegando hasta el tronco del pene. La piel suave le recibió y sus labios ya humedecidos resbalaron con facilidad por el nuevo tramo hasta que, sin que ambos se dieran cuenta apenas, estos chocaron contra la pelvis de Jun-ho.
En ese momento, Jun-ho soltó todo el aire que, sin pretenderlo, había estado reteniendo en sus pulmones. Su voz se entremezclan con los ligeros gemidos de El Reclutador quien, según delataban las continuas contracciones de garganta que Jun-ho podía sentir en la punta de su pene, estaba tratando con todas sus fuerzas de controlar las náuseas.
«Tan orgulloso como siempre» pensó Jun-ho y aquel pensamiento fugaz le hizo sonreír.
Entonces, como si El Reclutador hubiera sido capaz de escuchar sus pensamientos, el movimiento se reanudó con la intensidad de una venganza. Su boca retrocedió, dejando salir centímetro a centímetro el pene de Jun-ho solo para, cuando tan solo le quedaba el glande dentro, lanzarse a toda velocidad hacia adelante y dejar de nuevo su nariz pegada a la pelvis.
Esto empezó a repetirse una y otra vez y en cada ocasión el roce fue aumentando en velocidad conforme la saliva de El Reclutador se extendía por la polla de Jun-ho. El movimiento era además acompañado por los gemidos de ambos. Los de Jun-ho, que habían aparecido al principio como tímidos sonidos que apenas se diferenciaban bien entre el sonido húmedo que impregnaba el aire, y los de El Reclutador, erráticos como consecuencia del esfuerzo y la necesidad de usar todo el aire que lograra entrar en sus pulmones para evitar morir ahogado.
—J-joder... —susurró Jun-ho, sin poder contener sus palabras.
Podía notar como los músculos de todo su cuerpo se tensaban con violencia cuando El Reclutador apretaba su pene entre los labios y como sus piernas temblaban cuando éste se preparaba para volver a lanzarse hacia adelante. Cada nuevo movimiento le punzaba los nervios y el calor de la boca de El Reclutador le estaba volviendo completamente loco.
El Reclutador, por su parte, tenía los músculos de los brazos destrozados y entumecidos por la posición en la que se encontraban, pero no le importaba lo más mínimo. Se encontraba en aquel punto perfecto en el que su cuerpo le suplicaba, por puro instinto biológico, que hiciera algo para reacomodarse y encontrar una mejor postura, pero al mismo tiempo le rogaba que siguiera porque a cada pinchazo de dolor le acompañaba una sensación placentera.
Una sensación que, además, se estaba volviendo adictiva.
Aquello continuó por un largo rato, durante el cual ninguno de los dos habría acertado a decir si habían sido minutos, horas o años enteros y en el que los gemidos fueron volviéndose cada vez más fuertes, el calor más insoportable y las respiraciones más superficiales.
No podían seguir así.
Era doloroso.
Asfixiante.
De pronto, El Reclutador pudo sentir como una fuerza misteriosa le arrastraba hacia atrás, obligándole a expulsar el pene de Jun-ho de su boca. Segundos después, su cara apuntaba hacia arriba, donde el rostro enrojecido y jadeante de su pareja le observaba con los ojos brillantes como soles.
—Tengo... ah... una nueva... ah... una nueva propuesta —jadeó con dificultad Jun-ho, tratando de hacer frente a la falta de oxígeno.
El Reclutador, aunque compartía esa falta de aliento, logró recomponerse lo suficiente como para responder:
—¿Quiere follarme, inspector?
Era evidente que eso era lo que quería Jun-ho. Lo que ambos querían. Lo que necesitaban, en realidad, dado el desastroso estado en el que se encontraban.
—¿Te gustaría? —preguntó a su vez Jun-ho.
El juego había desaparecido casi por completo de su mente. Ya sólo existía ese impulso animal que le empujaba a satisfacer los instintos primarios que les estaban consumiendo.
—Pídamelo —dijo El Reclutador, con un tono juguetón pero que poseía ciertos tintes autoritarios.
—Sigues siendo igual de impertinente —dijo Jun-ho, apretando los dientes al tiempo que tiraba un poco más hacia atrás de la cabeza de El Reclutador.
No podía más. Sentía como si cientos de litros de lava caliente estuvieran navegando dentro de sus venas y como todos los nervios de sus cuerpo chispeaban al unísono, como si trataran de advertirle de un posible cortocircuito a no ser que remediara aquella situación.
—He obedecido sus órdenes todo este tiempo —volvió a contraatacar El Reclutador—. Solo estoy pidiendo que haga una solicitud.
—Eres un hijo de puta... —murmuró Jun-ho.
Así que eso era lo que quería El Reclutador.
Durante el juego, dados los roles asignados para cada uno, quien había llevado el control de la situación desde el primer momento había sido Jun-ho. Pero era precisamente aquello lo que, según estaba planeado, iba a ir dirigiendo la dinámica entre los personajes porque, como ya se había establecido anteriormente, El Reclutador iba a hacer todo lo posible por arrebatarle dicho control.
Un tira y afloja en el que ambos habían luchado de forma continua para disponer las piezas del tablero a su favor.
Pero el juego ya estaba por terminar y lo que El Reclutador, igual de consumido por la desesperación, el calor y las ansias como Jun-ho, le estaba proponiendo hacer, era establecer un empate.
Determinar que ni el ladrón ni el policía habían quedado por encima del otro sino que ambos habían ganado hasta el punto de que el propio policía debía solicitar permiso para dar fin al juego.
Tablas.
—Quiero follarte... —jadeó Jun-ho, con un esfuerzo que le salió de lo más hondo de las entrañas—. Deseo follarte, joder...
—Agregue interrogantes, inspector —insistió El Reclutador, igual de perdido en la nube de la excitación.
—Joder, ¿puedo hacerlo? —gruñó Jun-ho.
Pero no hubo respuesta. Aquella no era la forma correcta. Jun-ho suspiró con lentitud y cerró los ojos por unos instantes antes de volver a abrirlos y clavar su mirada directamente en los de El Reclutador.
—¿Puedo follarte? —preguntó al fin, casi sin aliento.
Los ojos de El Reclutador se entrecerraron y las comisuras de sus labios se elevaron, transformando su rostro en el vivo retrato de la satisfacción
—Hágalo.
Jun-ho no necesitó nada más.
De inmediato, soltó el pelo de El Reclutador y se puso a su lado. Le agarró el bíceps y le hizo levantarse de la silla. Luego, tiró de él hacia adelante, en dirección a la mesa de metal. Las piernas de su pareja, sorprendidas ante el repentino cambio de postura, que les devolvía la responsabilidad de sostener el peso de El Reclutador, temblaban ligeramente en cada paso.
Por fin, ambos llegaron frente a la mesa y Jun-ho, con un gesto brusco, lanzó al Reclutador de bruces contra ella. Éste emitió un quejido ahogado que se fundió en el aire con el chirrido metálico de la mesa arrastrándose por el suelo de cemento.
El cuerpo de El Reclutador había quedado reclinado sobre la mesa, con la cara y el torso pegados contra la superficie, y el trasero en pompa. Ante aquella visión, Jun-ho sintió como el pulso se le aceleraba aún más.
Estaba hermoso.
—No te quedes ahí mirándome, inspector —le regañó burlonamente El Reclutador—. Tiene que cumplir su promesa...
Se acercó con paso rápido hacia su pareja y se situó detrás de él. Luego, sin ceremonia alguna, separó sus nalgas para dejar expuesto el ano. De éste, sobresalía un pequeño hilo de goma roja que se extendía por el perineo hasta casi llegar a los testículos.
—Veamos si esto ha hecho algo —susurró Jun-ho al tiempo que tomaba aquel hilo entre sus manos—. ¿Estás listo?
El Reclutador asintió.
Entonces, Jun-ho volvió a dirigir su mirada hacia el ano y empezó a tirar con suavidad. Casi de inmediato, el ano se tensó y, pocos segundos después, un bulto ovalado de color rojo comenzó a asomar entre sus paredes arrugadas. Conforme fue saliendo, el ano se iba expandiendo más, los gemidos de El Reclutador iban ganando intensidad y su cuerpo se iba arqueando hacia arriba.
Por fin, el último tramo del vibrador salió y El Reclutador cayó pesadamente contra la mesa, temblando y con la respiración agitada y agotada. Jun-ho, por su parte, había colocado el vibrador a la altura de sus ojos y lo observaba con una pequeña sonrisa impresa en los labios.
Luego, se inclinó hacia adelante y con su mano libre agarró al Reclutador por el pelo, haciendo que alzara su cabeza, y le puso el vibrador frente a él.
—No te lo había enseñado antes —le susurró Jun-ho al oído—, ¿no te parece bonito?
El Reclutador gruñó con rabia y Jun-ho no pudo evitar reírse. Dejó el vibrador sobre la mesa y, sin liberar al Reclutador de su agarre, se incorporó.
Su mano, nuevamente libre, se deslizó con suavidad a lo largo de toda la espalda hasta llegar a las nalgas. Entre estas, la entrada enrojecida y húmeda de El Reclutador palpitaba sin cesar, como si protestara ante el vacío que se le había impuesto y reclamara una compensación.
Atendiendo a sus ruegos, Jun-ho colocó su dedo corazón justo encima de la carne y presionó ligeramente. En respuesta, los jadeos de El Reclutador se intensificaron y todo su cuerpo pareció tensarse.
—Veamos si ha hecho su trabajo...
Entonces, empujó un poco más y el dedo comenzó a avanzar con facilidad dentro del cuerpo de El Reclutador, cuya respiración se iba volviendo cada vez más errática y superficial.
—No está mal —dijo Jun-ho con picardía—. ¿Y si probamos con otro?
El Reclutador no respondió. Se encontraba demasiado absorto tratando de controlar sus impulsos, que le rogaban para que suplicara por mucho más que un dedo. E incluso que le exigían que le suplicara a Jun-ho para que se lo follara de una vez.
Ante su silencio, Jun-ho movió su dedo anular también hacia la entrada y comenzó a presionar también. Los músculos de El Reclutador se contrajeron de forma violenta cuando la primera falange entró. Jun-ho se detuvo de inmediato. Había notado un poco de resistencia con aquel segundo dedo y la respuesta corporal de El Reclutador le había alertado.
—¿Estás bien? —preguntó.
El que preguntaba era Jun-ho, no el policía, sino su pareja quien conocía perfectamente la terquedad de El Reclutador a la hora de usar sus palabras de seguridad.
Ámbar.
Esa es la palabra que habían acordado para cuando El Reclutador quisiera comunicarle algo con respecto al juego antes de que continuara. Pero dada la naturaleza combativa e insensata de El Reclutador, seguía siendo una de las luchas constantes a las que se enfrentaba Jun-ho cada vez que jugaban. De esa forma, Jun-ho se encontraba siempre alerta y examinaba constantemente el lenguaje corporal de su pareja.
—L-lubricante —jadeó El Reclutador.
Jun-ho asintió.
—Gracias por pedirlo —dijo, inclinándose hacia delante para besarle la espalda.
Había descubierto —durante su lucha para convencer al Reclutador de usar al menos su palabra de seguridad ("amatista") en caso de que el juego se volviera demasiado fuerte e intenso para él—, que reaccionaba positivamente si era halagado al solicitar algo.
Jun-ho extrajo sus dedos con delicadeza y se agachó hacia un lado de la mesa. Allí, junto a una de las patas metálicas, habían dejado una botella. La agarró y abrió la tapa de plástico con el dedo pulgar. Luego, la colocó por encima de las nalgas de El Reclutador y apretó hasta que comenzó a salir un pequeño hilo de lubricante.
El toque frío del lubricante al impactar sobre la entrada hizo que El Reclutador se estremeciera.
Cuando le apreció que era suficiente, Jun-ho volvió a dar la vuelta a la botella y, sin cerrarla (para tenerla lista en caso de necesitarla luego) la dejó sobre la mesa. Luego, volvió a acercar sus dedos hacia la entrada y, en esta ocasión se deslizaron con mucha más suavidad.
—Mucho mejor... —susurró Jun-ho—. Pero yo creo que cabe uno más, ¿tú que dices? —preguntó, alzando su vista hacia El Reclutador.
Éste hizo el amago de asentir pero Jun-ho le dio un fuerte tirón del pelo para impedírselo.
—No te estoy escuchando —canturreó burlonamente.
El Reclutador siseó de dolor pero se negó a contestar.
—Como no respondas te vuelvo a meter el vibrador y lo dejo funcionando toda la noche —amenazó Jun-ho.
—N-no es... ah... muy original con sus amenazas, inspector...
—Si funcionan, ¿para qué cambiarlas?
—Teníamos un trato... —gruñó El Reclutador.
—La policía no tiene porque hacer tratos con ladrones —se burló Jun-ho—. He hecho una excepción contigo porque me caes bien.
—Es un tramposo y un corrupto —protestó El Reclutador.
Entonces, con un movimiento rápido y violento, Jun-ho metió los dedos aún más al fondo. El Reclutador dejó salir todo el aire de golpe. Todo su cuerpo temblaba con violencia y su polla parecía a punto de explotar.
—Yo tengo el control, así que más te vale obedecerme —continuó Jun-ho—. ¿Un dedo más o el vibrador?
—Q-quiero... u-uno más... —murmuró El Reclutador sin fuerzas.
Acto seguido, el tercer dedo se enterró hasta lo más hondo de su cuerpo. El Reclutador emitió un gemido ahogado, motivado por una reacción puramente biológica.
—Buen chico... —susurró Jun-ho.
Entonces, y sin permitir al Reclutador recomponerse lo más mínimo, comenzó a deslizar los dedos hacia dentro y fuera. Poco a poco, el movimiento fue ganando velocidad y con cada nuevo golpe resultaba más probable que los dedos alcanzaran la próstata. A su vez, los gemidos de El Reclutador retumbaban en la sala y, según la fuerza que hubiera conseguido reunir hasta el momento se marcaba la intensidad con la que eran proferidos.
—Jun-ho... por favor... —gimoteó de pronto El Reclutador.
Jun-ho sonrió. Sabía lo que significaba aquello: había llegado al punto de quiebre de El Reclutador. Aquel era el momento en el que El Reclutador perdía toda su fuerza y el control sobre sí mismo. Era el instante en El Reclutador se volvía lo suficientemente vulnerable como para, incluso, suplicar. Jun-ho sabía que si continuaba en pocos segundos su pareja habría alcanzado el orgasmo y no iba a permitir que lo hiciera sin él.
Dio un último empujón con los dedos y se deleitó con el gruñido que expulsó El Reclutador en respuesta antes de extraerlos por completo. Luego, se bajó los pantalones hasta los tobillos y, al levantarse, se hizo de nuevo con el lubricante. Agarró su polla, que tenía el glande enrojecido, hinchado y empapado de líquido preseminal, y le echó una buena capa.
Aquel roce con su propia mano no hizo más que confirmarle que él tampoco iba a poder aguantar mucho porque, con cada pasada que daba, podía sentir como una fuerte corriente eléctrica se extendía desde su pelvis hasta el resto de su cuerpo.
Cuando estuvo satisfecho, dejó la botella en su sitio y colocó su mano izquierda sobre la nalga de El Reclutador para abrirla un poco. La entrada le saludó una vez más, abriéndose y cerrándose rítmicamente, como si se tratara de un baile con el que tratara de atraerle.
Pero aquello no era necesario, Jun-ho ya estaba más que convencido de querer entrar hasta lo más profundo de aquel cuerpo con el que soñaba a cada momento del día.
—¿Recuerdas tu palabra de seguridad? —preguntó, al tiempo que dirigía su pene hacia la entrada y hacía que el glande se apretara ligeramente sobre ella.
—Sí... —murmuró El Reclutador.
—Dímela —exigió Jun-ho.
No es que dudara de El Reclutador, pero siempre le había parecido positivo asegurarse y, de esa forma, evitar cualquier problema. Follar con su pareja ya podía considerarse una actividad de riesgo como para permitirse cualquier error tonto.
—A-amatista —respondió El Reclutador—. Joder, Jun-ho, p-por favor...
Sin dejarle terminar, Jun-ho al fin empujó sus caderas hacia adelante. Gracias al lubricante, el glande entró de una sola vez, enviando un chispazo a través de sus cuerpos. Los jadeos llenaron sus bocas conforme Jun-ho avanzaba, centímetro a centímetro en el interior de El Reclutador.
Por fin, la pelvis de Jun-ho tocó las nalgas de El Reclutador y ambos exhalaron un jadeo satisfecho.
Después de unos segundos en los que Jun-ho logró llenar sus pulmones y tranquilizarse un poco, agarró con su mano izquierda la unión de las esposas y con la mano derecha la nalga de El Reclutador.
Luego, comenzó a moverse. Primero lo hizo despacio, permitiendo que El Reclutador se fuera adaptando mientras él seguía manteniendo el ritmo de su respiración y disfrutaba de los suaves gemidos de su pareja.
Pero, poco a poco, ni siquiera aquel movimiento tan lento fue suficiente como para amortiguar la excitación con la que cargaba. El juego había sido demasiado desesperante y frustrante, así que ahora que ambos podían al fin desfogarse, cada una de las embestidas parecía mil veces más intensa de lo que habitualmente era.
Se habían calentado muchísimo y ahora el fuego que los unía era demasiado fuerte como para controlarlo.
—J-Jun-ho... —gimió El Reclutador—. Más... ah... más fuerte...
Definitivamente, no iban a poder aguantar mucho.
Jun-ho, impulsado por una energía invisible, apretó sus manos en sus respectivos agarres y comenzó a dar estocadas más violentas. El cuerpo de El Reclutador, como el suyo, estaba cubierto por una fina capa de sudor que hacía relucir sus pieles enrojecidas.
—M-mira lo que... ah... me e-estás haciendo... —jadeó Jun-ho.
La corriente eléctrica se volvió una auténtica tormenta y casi pudo sentir como a cada momento unos rayos impactaban sobre su piel. El sonido húmedo del choque entre las pieles de ambos que le llegaba desde su entrepierna se entremezclaba con los gemidos de El Reclutador, que parecía estar a punto de desmayarse con cada impacto.
Ya no podía pensar. Las palabras habían desaparecido de su mente como si nunca las hubiera aprendido. Su cuerpo tan solo seguía moviéndose al son de lo que sus instintos le indicaban.
No había juego.
No había personajes.
Solo estaban ellos, mostrándose una de las facetas en las que se sentían más libres y ellos mismos.
—N-no puedo... n-no puedo aguantar... —jadeó El Reclutador, sin apenas vocalizar.
Jun-ho, por toda respuesta, deslizó su mano derecha por debajo del cuerpo de El Reclutador y agarró con firmeza su pene.
—Hazlo —dijo, con los dientes apretados, mientras intensificaba sus embestidas—. Córrete.
—¡Jun-ho! —chilló El Reclutador—. ¡Jun-ho!
Segundos después, Jun-ho pudo notar como el pene de El Reclutador comenzaba a palpitar contra su mano y, al mismo tiempo, un líquido espeso y caliente le cubría la piel.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
Casi de inmediato, un nuevo rayo cayó sobre el cuerpo de Jun-ho, paralizándole por completo y, luego, el placer se extendió desde su pene hacia el resto de sus músculos. Su pene también empezó a palpitar, expulsando con cada golpe un nuevo hilo de semen hasta que, por fin, se detuvo.
Entonces, exhausto y sin fuerzas, Jun-ho dejó que su cuerpo cayera hacia delante, sobre la espalda de El Reclutador, pero cuidando de no apretarle demasiado para que pudiera recuperar también el aliento.
—M-me ha encantado... —murmuró sin fuerzas.
—A-a mi también... —respondió El Reclutador—. Habrá que repetirlo...
En sus palabras Jun-ho pudo adivinar que estaba esbozando una sonrisa llena de satisfacción.
—Cuando tú quieras —dijo divertido. Luego, movió un poco la cabeza y le plantó un suave beso en la espalda—. Te amo... —susurró.
—Yo también te amo —susurró a su vez El Reclutador.