Clyde dejó de funcionar

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planificada Mini, escritos 28 páginas, 12.888 palabras, 6 capítulos
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Cap. 6 - Tranquilo, estoy aquí

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Cerca de la medianoche, una tormenta eléctrica ya se hacía presente en el pueblo. Afuera, la lluvia comenzaba a tomar fuerza, acompañada del retumbar de truenos que sacudían las ventanas. Adentro, las luces encendidas de ambas habitaciones brindaban la seguridad que algunos necesitaban. Tweek intentaba mantenerse a salvo de aquel siniestro rugido sosteniendo con fuerza las cobijas, con las que se cubría hasta la cabeza cada vez que un estruendo lo amenazaba. A estas alturas ya no distinguía un trueno de un rugido; una escena que Craig disfrutaba en secreto desde su cama, aunque lo disimulaba bajo una falsa molestia. —Tweek, fue un largo día —se quejó Craig—. Quiero dormir, déjame apagar la luz. —¡N-no! —suplicó, asomándose entre las sábanas—. Espera a q-que me duerma. —¿A qué le temes ahora? ¿Qué crees que hay? —Clyde dijo que era un… —Se detuvo, evitando contacto visual. —¿Un qué? —Un… dinosaurio —admitió a la vez que bajaba su tono de voz.            La risa de Craig no tardó en aparecer, ganándose una mirada llena de molestia de Tweek. —Ay, Tweek, ¿un dinosaurio? —se burló entre risas—. ¿En serio crees que hay uno viviendo en el desván? —¡Pero Clyde estaba viendo algo! Y cuando le pregunté… —Pues claro, tiene alucinaciones por el medicamento. —¿Y si no? ¿Y si realmente hay algo ahí? Podría ser cualquier cosa. E-el presidente, esos malditos gnomos… ¡O peor! El Hombre-Oso-Cerdo —murmuró, examinando cada rincón de la habitación.            Craig se levantó mientras reía con diversión, en dirección a la puerta mientras negaba con la cabeza. —Ya estás grandecito, Tweek —dijo, acercando la mano al interruptor. —¡No! —se apresuró a suplicar—. Solo un rato más, por favor.            Ignorando su desesperada petición, Craig apagó la luz, pero se mantuvo en el lugar. —¡Craig! ¡Diez minutos! ¡Solo diez minutos! —Bien —dijo, encendiendo la luz. Regresó a su cama y se acomodó dándole la espalda—. Tú la apagas, no pienso levantarme de nuevo —advirtió antes de cerrar los ojos.            Por otro lado, Tolkien observaba la lluvia a través de la ventana, apoyado contra el marco, mientras Clyde dormía a causa de la segunda dosis que había tomado hacía poco más de una hora.            El día había sido agotador para todos, el primer día de Clyde despierto no fue nada fácil y, aunque Tolkien estaba cansado, no se atrevía a meterse a la cama junto a él.            Antes de que la píldora hiciera efecto, tuvieron una breve conversación donde Clyde, aletargado, accedió a que durmiera ahí. Sin embargo, Tolkien se mantenía inseguro debido a su inestable estado. No tenía certeza de si el consentimiento venía de su lucidez o la sumisión del medicamento. Así que ahí se encontraba, en una lucha interna que perdía contra sí mismo.            Exhaló con pesadez y se encaminó en silencio hacia la planta baja. En la cocina, preparó una taza de café cargado para ayudar a su mente a despejarse, apoyándose en la encimera a beberlo. Al dar el primer sorbo, recordó el número de teléfono en el cajón de Bebe. La intriga no tardó en aparecer y, sin importarle la hora decidió llamar nuevamente, pero la grabadora del buzón de voz lo hizo dejar el celular de un golpe sobre la encimera y se volteó a continuar su café.            En tanto, en el segundo piso, Tweek reunía valor para apagar la luz y justo cuando iba a bajar un pie de la cama, un trueno lo hizo retroceder al instante. —Apágala ya —reclamó Craig, somnoliento. —¡Ya voy! —se quejó, frunciendo el ceño. —¿Sabes, Tweek? No estoy muy seguro, pero creo que los dinosaurios se extinguieron hace millones de años. —Eso ya lo sé. —Entonces apágala. Te aseguro que no hay uno esperando a que te acerques a la puerta para entrar a comerte cuando la apagues.            Tweek no respondió, pero molesto por la evidente burla, se sentó en la cama y en cuanto se levantó para dar el primer paso, Craig se volteó a verlo. —¿O sí? —preguntó Craig, sonriéndole. —¡Mierda, Craig! —reclamó de regreso a la cama. —Bien, bien, lo siento —dijo, entre risas—. Pero apágala ya.            Molesto, Tweek reunió valor y caminó rápido hacia el interruptor. Contuvo la respiración y en cuanto lo presionó, corrió a la cama de Craig, buscando refugio entre sus cobijas con desesperación. —¿Qué haces? —reclamó Craig, fingiendo molestia mientras le quitaba el edredón de encima—. No voy a dormir con mi ex. —¡No me vengas con eso! —¿No fuiste tú el que puso esa regla? Tweek, ya sintiéndose a salvo junto a Craig, tomó las cobijas con determinación y se cubrió hasta los hombros. —Es una emergencia. ¡Y es tu culpa! —¿Mi culpa, Tweek? —preguntó con un falso tono de sorpresa. —¡Tú me metiste miedo! Ahora duermes conmigo y se acabó.            Craig acomodó la almohada, procurando que quedara en medio para usarla ambos. —Como quieras, pero esta cama es de una plaza —continuó Craig—. Si me excito, no va a ser mi culpa. —No pretendo excitarte, no te preocupes —reclamó, dándole la espalda.            Al voltearse, fue inevitable que su trasero rozara contra la entrepierna de Craig, quien no se movió del lugar. —¿Lo estás haciendo a propósito, Tweek? Me dices que no y me pones el culo encima. —¡No te pongo nada! —regañó, apartándose de inmediato.            Ignorando el temor, se hizo lo más a la orilla posible, lo que era bastante difícil en una cama tan pequeña. —Sí, mejor hazte bien allá —comentó Craig, divertido—. Yo me quedo a salvo de este lado, junto a la pared. Así, cuando entre el dinosaurio y esté despedazándote, me da tiempo de escapar.            Tweek se mantuvo aferrado a la orilla, pero el tenebroso rugido lo obligó a voltearse al instante, abrazando a Craig con fuerza mientras escondía el rostro en su pecho. —No te va a comer nada —aseguró entre risas, correspondiéndole el abrazo. —¿Qué hace ese ruido tan horrible? —preguntó con voz quejumbrosa, apretando el agarre. —No tengo idea. —Odio las tormentas —se lamentó, aflojando un poco el abrazo. —Lo sé —respondió Craig, bajando el tono de su voz antes de apoyar la barbilla sobre su cabeza.            Craig sabía muy bien que ese pequeño gesto lo hacía sentir seguro. Pronto, la urgencia de ese necesario abrazo se desvaneció, pero Tweek no lo soltó.                        Así se mantuvieron, abrazados y en silencio, escuchando la lluvia golpear el tejado cada vez con más fuerza, hasta que Craig interrumpió la calma. —¿Sigues triste por…? Ya sabes… Jason. —Sí. Es decir, no es por él precisamente. Me entristece la situación. Me sorprende lo simple que es para los demás desecharme, pero lo entiendo, yo tampoco me quedaría. Debe ser agotador lidiar con alguien como yo, cualquiera se cansaría de eso. Al principio todos dicen lo mismo «Me encanta cómo eres, Tweek», «Me gusta estar contigo», «Prometo que esta vez será diferente, Tweek».Pero cuando empiezo a sentirme seguro... Se van. Incluso tú lo hiciste. —Eso no es cierto, lo nuestro fue por mutuo acuerdo y seguimos siendo amigos. A pesar de todo, sigo aquí, a tu lado. —Lo sé. Supongo que es más fácil ser mi amigo. —Al principio no fue tan fácil —admitió, dejando escapar un leve bostezo. —¿Quieres dormir? —preguntó casi en tono de reclamo. —No, no —respondió mientras cerraba los ojos—. Es que estás tan cálido que me relajé. Continúa. —Bueno… Para mí tampoco fue tan fácil. Al principio, hacer las cosas simples que solía compartir contigo me hacía sentir vacío. No lo sé… Ver una película, pasar una tarde en la cama sin hacer nada… hasta comer. Debo admitir que te extrañaba mucho, sobre todo por las noches. ¿A ti te pasó?            Craig, buscando evadir una respuesta que revelara demasiado, reguló su respiración para fingir estar dormido.            Al no recibir respuesta, Tweek supuso que ya dormía. Exhaló con algo de fastidio y se acomodó, aferrándose más a su pecho. —Idiota —susurró con cariño.            No pasó mucho tiempo para que Tweek se relajara entre sus brazos, lo que le permitió consiliar el sueño.            Un fuerte trueno hizo vibrar las ventanas, pero Tweek ni siquiera se sobresaltó. Esta fue una señal que le dio a Craig la seguridad de que ya estaba completamente dormido, momento que aprovechó para apoyar la mejilla contra su cabello y acomodarse a dormir. —A veces aún te extraño, Honey —admitió en un susurro, cerrando los ojos.            En tanto, en el baño, Tolkien terminaba de cepillarse los dientes. Secaba su rostro y, mientras veía su reflejo en el espejo, un nuevo rugido lo hizo sonreír con amargura. —Clyde se durmió —murmuró para sí, cabizbajo—. Ojalá haya funcionado para ti, Craig.            De regreso en la habitación, cerró la puerta procurando no hacer mucho ruido. Avanzó con cautela entre la oscuridad hasta Clyde, encendió la luz de la mesita de noche y se agachó junto a él. —Clyde, ¿estás despierto? —susurró.            Insistió una vez más, pero Clyde ni siquiera se movió. Un poco frustrado por esto, se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la cama. —¿Sabes, Clyde? Tengo tanto miedo. Me aterra tan solo pensar que no te vayas a recuperar.            Hizo una breve pausa tragando saliva para calmar un nudo en su garganta. De un rápido movimiento se volteó a comprobar que Clyde continuaba dormido. Se giró de regreso, encogió las piernas y se aferró a ellas para descansar la cabeza sobre las rodillas, con la mirada perdida en el suelo. —El día que le propusiste matrimonio a Bebe… Creo que ese fue el día más difícil de mi vida. Ver a todos tan felices, felicitándolos y yo… solo tuve que comerme el dolor. Abrazarte como los demás y simplemente fingir que no pasaba nada. —Exhaló con la respiración entrecortada—. Esa noche llegué a mi casa y lloré como nunca.            Las lágrimas comenzaron a brotar acompañadas de un sollozo que le costaba controlar, pero a pesar de eso, decidió liberar de una vez lo que tanto estuvo callando. —Me preparé mucho para ese momento. Sabía que algún día pasaría, pero nunca me imaginé que dolería tanto. Los meses pasaban y tú te veías tan feliz que me conformé con eso. Solo verte feliz para mí ya era suficiente. Bueno, eso pensé hasta que llegó el día de la boda. Ese día no podía dejar de pensar que, aunque sé muy bien que no tenía posibilidad de estar contigo, te estaba perdiendo para siempre. Cuando llegó Tweek y dijo que Bebe se había ido… yo… —Ocultó el rostro entre sus rodillas—. Lo siento tanto. Sé que no era correcto, pero no pude evitar sentirme feliz. Perdóname, Clyde.            Secó sus lágrimas y apoyó la cabeza en la cama, esbozando una dolorosa pero aliviada sonrisa. —El idiota de Craig tenía un plan. Dijo que las personas asustadas necesitan un abrazo, pero… el que está realmente asustado soy yo. —Se giró a verlo, secando sus lágrimas—. No quiero perderte, Clyde. Prometo que mañana voy a traer al mejor médico que encuentre.            Se levantó con desánimo, caminó hacia el otro lado de la cama y mientras se ponía el pijama, miró el espacio vacío y luego a Clyde. —Voy a dormir en el lugar de… Bebe, ¿sí? —preguntó, cabizbajo—. Solo desearía dejar de llamarlo así.            Sin decir más, se acostó a su lado. El movimiento de la cama hizo que Clyde se reacomodara en su lugar, volteando su cuerpo hacia Tolkien. Este soltó un pesado suspiro y apartó la mirada al techo para tratar de conciliar el sueño.

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           Tras una madrugada cargada de miedo y confesiones, la calma finalmente reinó en la casa.            Las horas pasaron y, por la mañana, los primeros rayos del sol comenzaban a asomarse, dando fin a la tormenta. Las habitaciones se aclaraban lentamente, pero la agotadora jornada los mantuvo sumergidos en el sueño.            Tweek y Craig aún dormían abrazados, compartiendo esa calidez que extrañaban del otro. En la otra habitación, Tolkien se mantenía sumergido en un sueño pesado y profundo, tanto que ni siquiera notó que Clyde dormía sereno sobre su pecho mientras lo abrazaba.
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