El primero en reaccionar fue Craig. Se levantó de golpe y se encaminó a toda prisa en dirección a la habitación de Clyde.
Adentro, este caminaba de un lado a otro, impaciente a la espera de que atendieran su llamada.
—Clyde, —Craig se aproximó con pasos cautelosos—, no lo hagas…
En ese momento, la expresión de Clyde cambió a una de alivio.
—¿Hola? Sí, soy Clyde Donovan. Quiero confirmar la limusina para la boda…
—Clyde, escúchame —intervino Craig, acercando la mano al teléfono.
—¡Quítate! —alegó, sosteniendo el celular con firmeza mientras se alejaba—. ¡¿De qué habla?! —le reclamó de pronto a la persona del otro lado de la línea—. No, no, usted se está confundiendo. ¡La boda es hoy!
Mientras Clyde comenzaba una acalorada discusión con la mujer de la agencia, Craig se acercó con determinación, le arrebató el teléfono y, tras una rápida disculpa a la chica, cortó la llamada.
—¡¿Qué mierda te pasa, Craig?! ¡Tengo que confirmarla! —gritó, abalanzándose sobre él para recuperar el celular.
Craig lo ocultó a su espalda y dio unos pasos atrás, comenzando un forcejeo.
—Clyde, cálmate —pidió Tolkien, entrando a la habitación.
—¡Dile que no es momento para idioteces! —regañó Clyde, tratando de recuperar su celular.
Desde el umbral, Tweek observaba la escena mordisqueándose la uña del pulgar en silencio e inmóvil.
—Clyde, solo cálmate y escúchanos —insistió Tolkien, interponiéndose entre ellos, alejándolo a la fuerza.
—¡No tengo tiempo para esto! ¡Se me hace tarde! —insistía mientras intentaba zafarse—. ¡Suéltame!
Al verlo tan alterado, Tolkien lo rodeó con ambos brazos, sujetándose las manos con fuerza para aprisionarlo contra su propio cuerpo.
—¡El medicamento, Craig! ¡Está en el cajón! —ordenó Tolkien, luchando con todas sus fuerzas para retenerlo—. ¡Tweek, trae agua!
Mientras Tweek corría a la cocina y Craig registraba la mesita de noche, Tolkien, al verse sin más opciones, derribó a Clyde sobre la cama y antes de que este pudiera levantarse, se montó sobre él. Le sostuvo las muñecas contra la cama e inmovilizó el resto de su cuerpo presionándolo con las piernas.
—¡Suéltame! —insistía, retorciéndose con violencia.
—Clyde, basta ya, por favor —suplicó Tolkien, tratando de mantener la compostura.
Craig dejó caer una píldora en la palma de su mano, momento en que Tweek entró corriendo a la habitación, destapando una botella de agua con torpeza.
Ante la urgencia, se distribuyeron por puro instinto; Craig a la cabeza de Clyde, mientras Tweek se quedó por el costado, a los pies de la cama.
Al ver a Craig acercarse con la píldora, Clyde dejó de forcejear mientras alejaba su cabeza, ahora confuso.
—¿Qué… qué es eso?
—Tu medicina —respondió Craig, forzando un tono sereno que contrastaba con su rigidez.
—¿Mi qué? Yo no estoy enfermo.
—Abre la boca —ordenó Craig, inclinándose sobre él.
—Oigan, en serio, yo no necesito… —Selló los labios, apretándolos con fuerza al ver la mano de Craig a milímetros de su rostro.
Craig intentó darle la píldora a la fuerza, pero Clyde se defendió agitando la cabeza hacia los lados y la boca cerrada con una fuerza implacable.
—¡Ya, Clyde, tómala! —alegó Craig, perdiendo la paciencia.
Con total desconfianza, Clyde negaba de forma frenética con la cabeza.
—Craig, c-cálmate, lo pones más nervioso — dijo Tweek, comprimiendo la botella hasta derramar un poco de agua.
—Solo tómala, Clyde, por favor —suplicó Tolkien.
Clyde fijó su mirada en Tolkien con ojos suplicantes y, justo cuando notó que aflojó un poco el agarre, reanudó el forcejeo con desesperación. Sin embargo, Tolkien no había cedido por completo, logrando retenerlo en el lugar.
—¡Ya, Clyde! —regañó Craig, impaciente.
Molesto, dejó la píldora sobre la mesita de noche. Se preparó para tomarla en el momento indicado y, con la mano contraria, le apretó la nariz, cortando el flujo de aire.
—Vas a tener que abrirla quieras o no —amenazó Craig, con una sonrisa victoriosa.
—¡Craig, no seas tan bruto! —se quejó Tweek.
—¡¿Tienes una mejor idea?!
La mirada suplicante de Clyde se encontró ahora con la de Tweek, pero este lo observó en silencio mientras pensaba, hasta finalmente negar con la cabeza.
—Lo siento, Clyde —murmuró, apartando la mirada.
Pronto, la urgencia por respirar lo hizo entrar en desesperación. Agitó la cabeza de un lado a otro, pero Craig siguió cada movimiento. Incapaz de soportarlo más, Clyde abrió la boca para tomar una desesperada bocanada de aire. Sin perder tiempo, Craig bajó la mano hasta sus mejillas, hundiendo los dedos con fuerza para mantenerle la mandíbula abierta y dejó caer la píldora sobre su lengua.
—Dale agua —ordenó Craig, sosteniendo el agarre con firmeza.
Tweek acercó la botella con manos temblorosas, analizando con mirada desesperada cada rincón del rostro de Clyde.
—¿Y… c-cómo lo hago?
—¡Solo échale el agua en la boca! —reclamó Craig, impaciente.
—¡Pe-pero se va a ahogar!
Molesto, Craig le arrebató la botella con su mano libre y llenó la boca de Clyde con agua, pero, aunque estaba completamente inmovilizado, se negaba a tragar.
—Clyde, por favor —pidió Tolkien, atento a la píldora que comenzaba a disolverse.
Intentó zafarse una vez más, pero al comprender que ninguno iba ceder a sus súplicas, Clyde escupió el agua directo a la cara de Tolkien.
—¡Ayuda! —trataba de articular Clyde con insistencia, pero Craig se negaba a soltarlo.
Justificado miedo se transmitía en los gritos de Clyde que, aunque intentaban ayudarlo, no lograba entender absolutamente nada.
La impotencia no tardó en invadir a Tolkien. Cerró los ojos mientras el agua se deslizaba por su rostro. Tragó saliva y contuvo la respiración. No podía permitirse perder el control cuando el hombre que amaba más lo necesitaba.
Craig le regresó la botella a Tweek, tomó el frasco y lo vació sobre la cama. Puso una segunda píldora en la boca de Clyde y, con rapidez, Tweek vertió el agua, pero el resultado fue exactamente el mismo. Tal como pasó una tercera y cuarta vez.
Al quinto intento, antes de que Tweek pusiera el último resto de agua, Tolkien lo detuvo, provocando temor en Clyde.
—Tweek, dámela a mí —dijo Tolkien.
Atento al agua llenando la boca de quien para ese momento era su agresor, Clyde frunció el ceño al intuir lo que seguía.
En cuanto Tweek retiró la botella, Tolkien cerró la boca para retener el agua. Le dedicó a Clyde una mirada cargada de disculpas antes de abalanzarse a sellarle los labios con los suyos, pasándole el agua y así asegurarse de que tragara.
—¡Eeew! —vociferó Craig, sin soltarlo.
Al verse acorralado y sin más opciones, Clyde tragó de inmediato, momento en que Tolkien se incorporó aflojando el agarre, al igual que Craig.
—Era la única manera —se disculpó Tolkien.
Se quitó de encima, usó la parte baja de la camiseta para secarse el rostro y salió con prisa en dirección al baño.
Clyde se incorporó lentamente en la cama, pasándose la manga del pijama por los labios, con una mueca de desagrado.
—Clyde —dijo Tweek, de camino a agacharse junto a él—, ¿estás bien?
—N-no ¿Por qué Tolkien…? ¿Qué me dieron?
Tweek no sabía qué responder, así que Craig se aproximó a ellos. Se agachó frente a él y alzó la cabeza buscando su mirada.
—Sé que todo puede parecer muy confuso ahora, Clyde —explicó con serenidad—. La boda se canceló.
Clyde frunció el ceño, atento a cada palabra.
—Bebe nunca llegó a la iglesia —continuó Craig, al mismo tiempo que sacaba su celular para mostrarle la fecha—. Vino un médico porque entraste en estado de shock y te sedó. Eso fue hace dos días.
Mientras le relataba con calma los acontecimientos del tiempo que estuvo dormido, Clyde asimilaba todo en absoluto silencio. No alzó la mirada hasta que Tolkien regresó a la habitación, pero este se quedó en el umbral de la puerta, sobándose el antebrazo.
—Clyde, lo siento, yo…
—¿Y los anillos? —interrumpió, ignorando por completo la disculpa.
—En… en el desván —respondió Tolkien, en voz baja.
Clyde se abrió camino entre Tweek y Craig, decidido. Pasó junto a Tolkien sin siquiera mirarlo, avanzando con paso firme hasta llegar a medio pasillo. Tiró de la cuerda para desplegar la escalera y subió lentamente. Al encender la luz, fue recibido por el frío ambiente y polvoroso desorden apilado en cada rincón. Reconoció las nuevas cajas en medio y se encaminó a ellas. Su respiración comenzaba a agitarse con cada paso, tratando de contener el llanto.
Abrió la primera caja, donde encontró su traje de novio y, sin poder soportarlo más, rompió a llorar. Lo hizo a un lado, buscando con desesperación aquella caja guardiana de los preciados anillos. La abrió con cuidado, admirándolos en silencio con la vista nublada por las lágrimas.
—No te merecía —dijo de pronto Tolkien, entrando al desván.
Clyde no respondió y, aunque los pasos de Tolkien se acercaban a él, su alrededor se tornaba difuso poco a poco, tal como pasó en la iglesia. Sin embargo, Tolkien se sentó a su lado en el suelo y posó la mano sobre su espalda a modo de consuelo, regresándolo a la realidad de golpe.
—Ella… ¿No dijo nada? —preguntó Clyde, tirando los anillos de regreso a la caja.
—Que la perdonaras. Eso fue todo lo que dijo.
Tweek y Craig entraron sin hacer mucho ruido y se sentaron rodeando el resto de la caja.
Ninguno quería dejarlo solo, así que, sin decir una sola palabra, se quedaron a su lado, pero Clyde pronto cambió su semblante. Ahora, con la intensión de huir del ambiente fúnebre, comenzó a hurgar entre las cosas en una frenética búsqueda.
—¿En serio no guardaron ni una gota de alcohol aquí? —reclamó, fijando la mirada en Craig.
—¿Y yo qué culpa tengo?
—Tú eres el borracho del grupo —regañó, antes de soltar una leve carcajada.
Craig le siguió el juego al comprender que intentaba distraerse con alguna conversación absurda y pronto, el llanto se transformó en risas compartidas.
Entre anécdotas juveniles reían y bromeaban, hasta que un fuerte retumbar cavernoso similar a un rugido resonó en las vigas del desván, dejando a todos en silencio mientras dirigían la mirada al techo.
—¡Agh! ¡¿Q-que fue eso?! —preguntó Tweek, analizando a su alrededor.
—Debe ser el viento —dijo Craig, tomándole la rodilla para calmarlo.
—¿Viento? —preguntó Clyde, volteándose a ver a su espalda.
—Creo que habrá una tormenta —explicó Tolkien.
Clyde mantuvo la mirada fija en un rincón oscuro tras él, entrecerrando los ojos en un intento por distinguir qué se ocultaba entre las sombras.
—¿Q-q-qué hay, Clyde? —preguntó Tweek, poniéndose de pie a toda prisa.
—No hay nada —dijo Tolkien, dirigiendo su mirada al lugar, seguido de Craig.
El rugido resonó una vez más, ahora más cerca y con una fuerza que hizo vibrar las paredes. Tweek soltó un chillido cargado de terror, momento en que el pánico se apoderó de Clyde y, aunque el medicamento ya comenzaba a hacer efecto, consiguió levantarse con torpeza y bajó corriendo a buscar refugio en su habitación, seguido de Tweek.
En cuanto cruzaron el umbral, la adrenalina generada por el miedo comenzó a desvanecerse, lo que permitió que el medicamento actuara de golpe en Clyde, provocándole debilitamiento en todo el cuerpo. Se deslizó apoyado en la puerta hasta quedar sentado en el suelo, respirando con cierta dificultad.
—¿Estás bien? —preguntó Tweek, agachándose frente a él.
—Era un dinosaurio —balbuceó apenas.
Clyde dejó escapar una risa lenta y errática, alzando una mano frente a su rostro mientras movía sus dedos, fascinado al ver cómo su visión se distorsionaba entre halos de luz.
—¡Algo le pasa a Clyde! —anunció Tweek a viva voz.
Con cuidado, lo ayudó a levantarse y lo guio hasta la cama. Mientras lo acomodaba, Craig y Tolkien llegaron a toda prisa. Se acercaron a hablarle, pero Clyde solo balbuceaba y reía con la mirada perdida.
—Mejor voy a llamar al médico —dijo Tweek, saliendo de la habitación.
Se encaminó a la escalera para buscar la tarjeta en la planta baja, pero el rugido resonó una vez más en las paredes. El terror lo paralizó en seco. Dio media vuelta y corrió de regreso a la habitación, azotando la puerta tras de sí, con la respiración agitada.
—C-Craig, mejor ve t-tú —dijo, tratando de recuperar el aliento.
Craig dejó escapar una risa nasal y se encaminó a la puerta.
—Por dios. Eres un adulto, Tweek —susurró entre risas antes de salir.
—¡Raw! —imitó Clyde desde la cama, soltando lentas carcajadas.
Tweek, sintiéndose a salvo dentro de la habitación, pero aún paranoico, se acercó a la ventana. Abrió un poco la cortina para revisar los alrededores de la casa, especialmente entre los árboles.
—Oye, Tolkien —susurró Tweek, buscando con mirada desesperada—, ¿y s-si… es el Hombre-Oso-Cerdo?
Enternecido ante tan inocente e infantil escena, Tolkien no pudo evitar sonreír. Alejó a Tweek de la ventana con delicadeza y lo guio por los hombros al centro de la habitación.
—Tweek, no hay nada ahí afuera.
Tweek procuró mantener la calma, aunque con disimulo se volteó hacia la ventana, mientras Tolkien se giró a ver a Clyde, que sonreía con la mirada perdida y parpadeaba lentamente, absorto en su propio mundo.
—¡Raw! —continuó Clyde, entre risas torpes.
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A media tarde, Craig y Tweek se encargaban de los quehaceres de la casa, mientras Tolkien, sentado a la orilla de la cama, sostenía un tazón tibio de puré de verduras con el que alimentaba pacientemente a Clyde.
A pesar de que el medicamento aún le dificultaba articular sus palabras con claridad, Clyde ya había recuperado cierta lucidez y hablaba sin parar. Entre la conversación, relató un recuerdo en el que debía estar presente Bebe, sin embargo, la omitió por completo, lo que encendió las alarmas de Tolkien.
—Ah, sí lo recuerdo —dijo Tolkien, manteniendo la calma—. Pero ese día había alguien más con nosotros, ¿no?
—No —aseguró antes de abrir la boca, pidiendo más comida.
—¿Estás seguro? Creo que sí —insistió, dándole de comer.
Clyde le negó con la cabeza mientras tragaba y le sonreía.
—¿Estás seguro? —insistió, acercándole la cuchara una vez más.
Con un movimiento brusco, Clyde desvió la mano de Tolkien de un golpe, tirando la comida al suelo.
—Dije que no —aseguró en tono agresivo, frunciendo el ceño.
Tolkien optó por no seguir presionando. Puso la cuchara dentro del tazón y lo dejó sobre la mesita de noche.
—Clyde, va a venir un doctor a verte, ¿está bien?
Clyde cambió de humor de golpe y asintió con una sonrisa antes de abrir la boca para pedir más comida.
Ante el impredecible estado de Clyde, Tolkien exhaló frustrado. Tomó el tazón y continuó alimentándolo en silencio, mientras Clyde retomaba su conversación con total naturalidad.
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Un poco más tarde, tras concluir la revisión, el médico se reunió con Tolkien y Craig en la planta baja. En la habitación, Tweek se quedó a cargo de cuidar a Clyde, pero todavía un poco temeroso, cerró la puerta y se apresuró hacia la ventana a revisar afuera.
—Oye, Tweek, ven aquí —dijo Clyde, dando torpes palmadas sobre la cama, indicándole que se recostara a su lado.
Preocupado de alterarlo, Tweek disimuló su temor. Cerró la cortina y se acomodó a su lado, entrelazando las manos sobre el vientre y giró su cabeza en dirección a él.
—¿Qué pasó? —preguntó, con una sonrisa serena.
—Tolkien durmió aquí, ¿verdad? —Clyde soltó una pequeña risa.
—¿Cómo lo sabes? Si tú… estabas dormido.
Clyde se quedó pensativo por un momento, pero pronto comenzó a sollozar, por lo que Tweek se incorporó en la cama, alarmado.
—¿Qué tienes? ¿Te duele algo?
—Quiero ir al baño —respondió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Pero no llores por eso, hombre —regañó Tweek, poniéndose de pie—. ¿No ves que me preocupo?
Clyde asintió con la cabeza, alzando los brazos de manera infantil para que lo ayudara a levantarse. Tweek lo tomó por la cintura y guio sus pasos lentos hasta el baño, deteniéndose frente al retrete.
—¿Quieres… hacer del uno o…?
Sin vergüenza alguna, Clyde se metió la mano entre el pantalón directo a su entrepierna, por lo que Tweek apartó la mirada de inmediato en sentido contrario. Sin soltarlo para ayudarlo a mantener el equilibrio, mantuvo su atención en los azulejos de la pared mientras Clyde terminaba de orinar.
—Craig se va a poner celoso~ —bromeó Clyde, entre risitas débiles.
—Solo apúrate —reclamó Tweek, ruborizándose mientras procuraba no mirarlo.
Por otro lado, abajo, reunidos a la mesa en tanto compartían un café, el médico terminaba de dar indicaciones.
—… Entonces, adaptarse al medicamento le va a tomar un par de días. Algunos pacientes presentan episodios de ira, llanto descontrolado, alucinaciones, pérdida de memoria temporal selectiva, sonambulismo, comportamiento errático, fatiga extrema, migrañas...
—Pero ¿se va a poner bien? —interrumpió Tolkien, frotándose la sien—. Porque parece tenerlos casi todos.
—Esto es similar a sufrir la pérdida de un ser querido, algunos lo procesan bien y otros… Bueno, como él.
—¿Y no sería mejor cambiar de medicamento? —preguntó Craig.
—Lo único que hace esa medicina es mantenerlo calmado, por eso es importante que lo tome en la dosis justa. Dejará de sentirse débil cuando su organismo se adapte. Los síntomas que Clyde presenta son propios del shock. Es su cerebro protegiéndolo.
Ambos se quedaron en silencio, delatando preocupación en sus rostros, por lo que el médico se apresuró a continuar.
—Es un poco difícil conseguir un lugar y podría ser costoso, pero supongo que eso se puede arreglar. —Miró de reojo a Tolkien y continuó—. Si quieren puedo agilizar un traslado a un hospital mental, solo…
—No es necesario —interrumpió Craig—. Que tenga un buen día.
Al instante, Craig se puso de pie, encaminándose a la puerta principal, gesto que el médico comprendió y se levantó con prisa.
—Cualquier cosa pueden llamarme —dijo antes de salir.
—Oportunista de mierda —regañó Craig, azotando la puerta.
Regresó a la mesa, sentándose frente a Tolkien.
—Se va a poner bien —aseguró, sonriéndole—, es Clyde. Piensa en esto como… una larga rabieta como cuando éramos niños.
—Me preocupa que mientras me hablaba en la tarde, omitió por completo a Bebe.
—Ya escuchaste al médico. Olvidarla temporalmente es una forma que tiene su cerebro de protegerlo, y sinceramente, ojalá la olvide para siempre.
—Esa no es una solución —regañó, sacando su celular—. Voy a pedir una segunda opinión.
—Como prefieras.
Mientras Tolkien buscaba en internet, el siniestro rugido volvió a resonar con fuerza, seguido de un chillido cargado de pánico de Tweek y Clyde a la distancia, por lo que ambos rieron con diversión.
—Creo que será una larga noche —exhaló Craig—. La tormenta no va a parar por lo menos hasta mañana.
—¿Y qué demonios es lo que suena así? —Tolkien alzó la mirada, examinando las paredes y techo en búsqueda de una explicación.
—Es el viento que entra por el ducto del extractor. Seguramente se soltó el regulador o alguna rejilla metálica. La vibración produce eco y por eso parece un rugido.
—¿Y por qué no le explicaste exactamente eso a Tweek? Parece un manojo de nervios el pobre.
—Tal vez quiero que se asuste —dijo Craig, con una sonrisa—. Y quién sabe, quizá a ti también te beneficie por la noche. La gente asustada siempre busca un abrazo para sentirse segura.
Dicho esto, Craig se levantó a retirar las tazas y se encaminó a la cocina, mientras Tolkien se quedó inmóvil, incapaz de ocultar una sonrisa.
—Maldito genio —murmuró Tolkien para sí mismo.