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—No entiendo cómo puedes seguir siendo tan guapo con esas ojeras —dijo Marisa, fingiendo estar ofendida. Al observarlo mejor, notó que la noche había sido difícil para él—. ¿Has vuelto a tener esa pesadilla? Marisa era su mejor amiga. En realidad, su única amiga. Tori se preguntaba a menudo si la despreocupación que le caracterizaba era gracias a ella. Los padres de Marisa habían notado que algo andaba mal con los suyos y, tarde o temprano, él tuvo que confesarles que no lo aceptaban por su orientación. No podía revelarles la verdad: que venía de una familia de magos. No quería que quienes por primera vez en su vida lo habían cuidado pensaran que estaba loco. Los padres de Marisa le habían repetido que él no tenía culpa de nada, y con ellos había encontrado un espacio seguro. Tori envidiaba profundamente la relación de su amiga con sus progenitores: la querían sin condiciones, sin importar lo que hiciera. Así comprendió que quizá el problema no estaba en él, sino en su propia familia. —¿Me estás escuchando? —preguntó Marisa, frunciendo el ceño y acomodándose las enormes gafas que le cubrían media cara. Tori levantó la cabeza, que había estado apoyada en su mano. Se encontraban en la biblioteca del instituto, durante el recreo. —Sí, perdón… ¿qué decías? —respondió, aún un poco distraído. —¿Has vuelto a soñar con… eso? —insistió ella, bajando la voz. Tori tragó saliva. —Sí —admitió con melancolía. Pero, al ver la expresión preocupada de su amiga, trató de restarle importancia—. No te preocupes, Mari, ya pasó. Solo era una pesadilla —forzó una sonrisa. El timbre del instituto sonó, interrumpiendo la conversación y obligándolos a regresar a clase. A pesar de las burlas de Ibar, el abusón de su curso, y de su grupo de seguidores, estar junto a Marisa hacía la vida de Tori mucho más soportable. Comparado con lo que sufría en casa, aquello era un juego de niños. Al finalizar las clases, se despidió de su amiga. —No te preocupes, Tori. Si tus padres se portan mal contigo, les haces esta llave —dijo Marisa con aire solemne, lanzando patadas y puñetazos al aire como si hubiera inventado un arte marcial. Tori soltó una carcajada. —Qué fácil me haces el día, Mari. Ojalá pudiera escapar de verdad. —Ya te lo he dicho: un día encontrarás a un hombre rico y guapo que se enamorará de ti y nos sacará de esta vida. —Se colocó con las manos en la cintura, desafiante. —Deja de ver doramas coreanos. Cada día estás peor —rió Tori.***
Tori emprendió el camino hacia su hogar con una sonrisa en la cara. Pero el buen humor se disipó en cuanto cruzó el umbral de su casa. La sonrisa forzada de su madre, Miren, lo puso en alerta. —Astori, siéntate. Tenemos que hablar —dijo ella con un tono inquietante. Tori obedeció resignado y se dejó caer en la silla frente a la mesa del salón. —Aunque me cueste creerlo —comenzó su madre—, vas a ser capaz de sacarnos de esta miseria. Sí, de esta vida en la que tú nos metiste. Porque está claro que si hubieras nacido como una persona normal, nada de esto habría pasado. Tori ya había escuchado aquel discurso demasiadas veces. Asintió distraído, aburrido, sin entender por qué lo culpaban de haber nacido sin magia. Símplemente se dedicó a observar a su madre, era una mujer regia, con el cabello dorado bien cuidado que reposaba encima de sus hombros y su cara usual de estar oliendo mierda. —Pero, siendo realistas, eres sangre de mi sangre. No podías ser un completo inútil. —La mirada de Miren se tornó fría, pero ahora había un destello de orgullo—. Hemos llegado a un acuerdo con una de las familias más prestigiosas del mundo mágico: los Malfoy. Tienen un hijo de tu edad. Hemos pactado viajar a Inglaterra para que os conozcáis y concretar vuestro matrimonio. —¿Qué? —Tori la miró aturdido—. ¿Me estás vacilando? Pero no, no era una broma. —No me hables en ese tono, mocoso. Da igual lo que digas, irás igualmente. —¡No quiero conocer a ese niño! ¡Tengo solo doce años! —gritó Tori, desesperado. —La boda será cuando alcancéis la mayoría de edad, así que no hay discusión. Además —los ojos de su madre brillaron con codicia—, esa familia nos devolverá el renombre perdido. Seremos parte de los Malfoy. ¡Volveremos a ser ricos! —¿Y qué les podemos ofrecer? Somos pobres y yo no tengo magia. —Ellos no lo saben. Piensan que les entregaremos un heredero de sangre pura. Ocultaremos tu condición, falsificaremos tu ingreso en Durmstrang (escuela de magia solo para hombres)… está todo planeado. Apenas tendrás contacto con ese niño malcriado hasta el matrimonio. Y cuando tomes la poción Matrinae y concibas a su hijo, ya no habrá vuelta atrás. —Miren soltó una risa que heló la sangre de Tori. Al escuchar el nombre de la poción, notó como se le formaba un nudo en la garganta. La poción Matrinae permitía a los hombres concebir, aunque solo funcionaba una vez. Narcisso Malfoy, el distinguido esposo de Lucius y padre de Draco, había tenido que recurrir a ella. Pese a su inmenso poder mágico, nunca pudo concebir de forma natural, y por eso solo tuvieron un hijo. —¡No quiero casarme con un niño inglés que no conozco! —sollozó Tori—. ¡Ni tener un hijo con ellos! Pero su madre no escuchaba razones. En ese momento, la puerta se abrió y apareció Antón, su padre, un hombre con aspecto simplón, de pelo pobre, haciendo parecer mentira que en el pasado había sido rico. Llevaba una carta en la mano. —El señor Lucius Malfoy enviará un carruaje mágico pasado mañana —anunció con una sonrisa triunfal. Tori rompió a llorar con más fuerza. —¿Por qué llora? —preguntó Antón. —Porque cree que su opinión importa —respondió su esposa con sorna. Antón frunció el ceño, sacó la varita y apuntó a su hijo. —Mira, niño, me da igual lo que quieras. Vas a ir, lo quieras o no. Y si tengo que obligarte con esto, lo haré. Tori lo observó en silencio. Aquella varita apuntando hacia él era la confirmación de que nunca había importado, de que ni siquiera sus lágrimas podían despertar compasión en sus padres. Aquel era el golpe de realidad que lo hundía definitivamente. Con la voz rota, habló: —Sé que nunca me habéis querido. Siempre intenté pensar que, a pesar de haber nacido como una decepción, quizá en el fondo sí me amábais. Pero hoy lo entiendo: soy solo una moneda de cambio para vosotros. Ni siquiera mis hermanas reciben vuestro amor verdadero; lo que tenéis con ellas es interés, porque ellas sí tienen magia. —Respiró hondo y, con firmeza, concluyó—. No os preocupéis. Haré las maletas. Nada puede ser peor que seguir aquí. Se levantó y caminó hacia su cuarto, con el rostro serio y los ojos secos. No vio cómo, durante un instante, en el rostro de su madre se dibujaba algo parecido a la culpa. —Al menos ha entrado en razón —dijo Antón, orgulloso. —Cállate, imbécil —le espetó Miren con frialdad.