Capítulo 10.- Lo que se rompe no vuelve a ser igual
18 de junio de 2026, 14:28
La puerta se cerró.
Y el sonido fue pequeño.
Seco.
Insignificante.
Pero dentro de Sanji... fue un derrumbe.
Lentamente Sanji fue recuperando la conciencia y comenzó abrir los ojos, fragmentos de lo que había pasado comenzaron a aparecer, eso provocó que abriera los ojos de golpe y comenzó a buscar aquella persona que había hecho todo eso, pero no lo encontró.
El agua tibia apenas lograba calentar la piel helada de Sanji mientras se aferraba al borde de la bañera mientras se vaciaba, sus nudillos blancos como hueso por la fuerza con la que se sostenía. Las gotas de agua resbalaban por su cuerpo, resaltando los colores que había dejado la marca de aquel hombre que lo había tomado sin permiso: manchas rojas y carmesíes que parecían pinturas de guerra, marcas de mordiscos en sus hombros y cuello, y la evidencia visible de su reciente desfloración. El olor a jabón y a lavanda que solía calmarlo ahora era nauseabundo; recordaba demasiado a la persona que lo había lavado con delicadeza después del acto violento. Su estómago se revolvió violentamente al recordar la intensidad de las embestidas, un escalofrío paso por todo su cuerpo al pensar cómo aquel hombre (Katakuri) lo había poseído como si le perteneciera, marcando su territorio con una brutalidad que no había reservado solo para la batalla, porque por la fuerza podría notar que era un guerrero muy fuerte y poderoso.
Se miró las manos, que todavía temblaban, y se sintió sucio, manchado, como si la pureza de su amor hacia Zoro hubiera sido lavada junto con la sangre y el semen de ese desconocido (Charlotte katakuri).
No podía seguir ahí, ya no quería seguir así. No podía presentarse a Zoro así, roto y lleno de marcas de otro.
El rubio, que se había esforzado tanto para que aquella boda fuera perfecta, que había comprado las flores, preparado el traje y luchado contra el miedo de no ser lo suficientemente bueno para su amado Zoro, ahora se sentía completamente indigno.
Bajó de la bañera despacio, dejando estelas de agua en el suelo, y envolvió la toalla con violencia alrededor de su cuerpo. Cada movimiento le dolía, especialmente en las caderas y en lo más profundo de su interior, donde Katakuri había dejado una huella imborrable.
Se sentía marcado para siempre, no solo por el acto físico, sino por la conexión emocional que el desconocido intentó forzar en cada embestida.
Sacó un perfume costoso que había traído para la boda, su ocasión especial, intentando disfrazar el olor a sexo y semen, pero el olor al desconocido (Katakuri) persistía en su piel, una sensación pegajosa y humillante que le recordaba que su momento de amor ya había sido robado.
Mientras Sanji se secaba con frustración, la sensación de a noche en su cuerpo... esa no desaparecía.
No era solo cansancio... No era solo dolor.
Era invasión.
Cerró los ojos con fuerza y comenzaron a aparecer...
Fragmentos sin rostro.
Una voz grave.
Una presencia que no pidió permiso.
Y lo peor...La certeza de que no había sido un sueño.
La boda....el momento especial de su vida. La había cancelado la noche anterior, con el corazón temblando, con miedo... pero con esperanza. Aún creía que podía arreglarlo, que podía entenderse a sí mismo, que podía volver con Zoro sin sombras entre ellos y sin dudar.
Pero ahora...
Ahora algo dentro de él le susurraba que ya no tenía ese derecho.
-Ya no soy el mismo... -murmuró, roto.
No tardó más.
Se levantó, se cubrió, se vistió con la misma ropa del día anterior.
Como si cada segundo ahí dentro lo asfixiara más.
El barco despertaba como cada mañana...
Las tablas crujían suavemente bajo los pasos, las voces se mezclaban con el sonido del mar, y el aire llevaba ese aroma familiar a maresía.
Todo seguía su curso, como si el mundo no hubiera cambiado en absoluto.
Pero él sí.
Sanji permanecía frente a la puerta, inmóvil. Su mano, normalmente firme, dudaba antes de tocar la manija. No era miedo a lo que había del otro lado... era miedo a sí mismo.
Por un instante, cerró los ojos.
Y pensó en él.... En su espadachín.
No en el Zoro que todos veían -duro, indiferente, casi siempre molesto-, sino en ese otro que solo él conocía: el que se quedaba en silencio a su lado, el que confiaba sin decirlo, el que... de alguna forma torpe, lo elegía.
El pecho le dolió, estaba arrepentido sobre como dudo de Zoro sin escucharlo por el beso que le dio Luffy, sobre todo estaba muy arrepentido por haber dejado que esas dudas gobernaran sus pensamientos hasta cancelar la boda.
El dolor que sentía en corazón era seco, incómodo... como si algo dentro de él se hubiera roto y aún no supiera cómo acomodarse.
Sus dedos temblaron.
Porque ahora... ¿con qué cara iba a mirarlo?
La sensación volvió de golpe....Pegajosa...Asfixiante.
Se sentía sucio y sobre todo marcado.
No era solo el recuerdo de lo ocurrido... era cómo había ocurrido.
La confusión, la debilidad, el momento en que dejó de pensar... en que dejó de ser él y dejarse llevar. Y lo peor no era el otro hombre... Lo peor era Zoro.
Porque en medio de todo... incluso mientras ocurría...no hubo un instante en el que pensó en él durante el acto -eso era cruel-
Y no se detuvo hasta el final.
Sanji apretó los dientes, llevando una mano a su pecho, como si pudiera arrancarse esa culpa de raíz.
-...Maldición...
El susurro murió en su garganta... Sentía que había traicionado algo que nunca habían nombrado... pero que siempre había estado ahí.
Algo silencioso... Real...Algo que ahora parecía manchado y marcado permanente.
Mientras tanto, en otra parte del barco...
Zoro fruncía el ceño.
No era propio de él buscar a alguien y mucho menos a ese maldito cocinero.
Pero algo no encajaba...
No lo había visto en cubierta.
Ni en la cocina.
Ni dormido en algún rincón como de costumbre cuando se escapaba de sus deberes.
Y eso... era raro...Demasiado raro.
-¿Han visto al cocinero? -gruñó, sin mucho interés aparente.
Algunosnde.la tripulación negaron y otros ni siquiera respondieron.
Zoro chasqueó la lengua... Muy molesto.
No sabía exactamente por qué... pero una incomodidad persistente le recorría el cuerpo.
Como una alerta baja, constante. Aunque en el fondo...Sí lo sabía, pero no quería aceptar la realidad.
De pronto la imagen volvió sin pedir permiso... Sanji con otro...Demasiado cerca...Demasiado... ajeno.
La mandíbula de Zoro se tensó y un calor desagradable le subió por el pecho, mezclándose con algo más oscuro...Algo que no quería nombrar.
Traición.
Era absurdo... porque ya no tenían nada.
Ya nada claro... Ya nada dicho....ningún compromiso...Y aun así...Dolía.
-Tch...-Apartó la mirada, irritado consigo mismo.
Ya no tenía derecho a sentirse así. Pero entonces... ¿por qué no podía sacarse esa escena de la cabeza?
¿Por qué le hervía la sangre cada vez que la recordaba?
¿Por qué le molestaba tanto... que no fuera él?
Zoro apretó el puño....
Y entonces apareció... Decepción... Esa palabra se le clavó más hondo de lo que esperaba.
Porque en algún punto -sin notarlo- había puesto a Sanji en un lugar distinto... Más alto... Más importante....Especial y único.
Y ahora...Ahora esa idea se estaba desmoronando.
La forma en que lo había visto, entregándose a otro sin detenerse... le revolvía el estómago...le daba asco?.
Pero entre toda esa rabia... Hubo algo más: Algo incómodo...Algo que no quería admitir....
Alivio.
Su expresión se tensó aún más, porque de pronto... todo encajaba de una forma que no le gustaba.
Si Sanji no hubiera cancelado esa boda antes...
Si hubiera llegado tarde para encontrarlo con otro hombre...
Si lo hubiera descubierto así, después de haber dado ese paso...
La idea le atravesó la mente como un golpe seco.
-...- Exhaló con fuerza por la nariz.
Entonces la canción de la boda era la decisión correcta...Eso se repitió, firme, casi como una justificación..
El cocinero había hecho bien en detenerlo todo antes....
Antes de que el se encontrara con esa imagen. Antes de confirmar lo que ahora, en su enojo, quería creer.
"Mejor así."
El pensamiento de Zoro fue frío... Cortante.
Como si necesitara convencerse.
Como si ese "alivio" fuera lo único que evitaba que algo más profundo -más doloroso- saliera a la superficie.
Porque era más fácil pensar que se había salvado...Más fácil que aceptar que... tal vez, solo tal vez... Había perdido algo antes siquiera de entender qué era.
Su mirada se endureció.
"Al final... es igual que todos."
El juicio llegó, áspero, injusto... pero cómodo.
Más fácil que reconocer que le dolía.
Más fácil que aceptar que Sanji había sido distinto para él.
Que había significado algo...Algo que ahora estaba rompiendo por pura rabia.
Su expresión se volvió más fría... Más distante.
"Un idiota más... sin nada especial."
Y aun así... El nudo en su pecho no desapareció.
Caminó por los pasillos, lento, atento.. Escuchando.. Observando.
Buscando sin querer admitir que estaba buscando.
Pasó frente a la cocina otra vez... Vacía. Las ollas en su lugar...El fuego apagado.
Eso no estaba bien...tenía aún la pequeña esperanza que al ver al cocinero en su rutina de siempre significaba que lo que había visto era una pesadilla... Ya que Sanji nunca dejaba la cocina así... Nunca.
Su mirada se endureció, al pensar que hasta eso cambio y abandono por ese hombre...
Entonces se detuvo.
El sonido casi no estaba ahí... pero lo captó...
Agua.
Un flujo leve. Constante.
Zoro giró apenas la cabeza hacia el pasillo lateral.
El baño.
Sus pasos cambiaron de dirección sin que lo pensara demasiado.
Pero ahora ya no era solo inquietud lo que lo movía.
Era enojo.
Era ese peso en el pecho que no se iba.
Cada paso retumbaba con una presión contenida... como si algo dentro de él estuviera a punto de romperse y salirse de control.
Se acercó con esa calma peligrosa que lo caracterizaba, cada pisada firme contra la madera. Y al quedar frente a la puerta cerrada... lo supo.
Estaba ahí.
No necesitaba verlo.
No necesitaba oír nada más.
Simplemente... lo supo...Y con esa certeza...Volvió la imagen...Más clara... Más hiriente.
Zoro apretó los dientes por celos... Rabia... Alivio... y algo más que no lograba callar.
Necesitaba una explicación por lo menos...
Su mano se alzó para tocar la puerta... Pero se detuvo a medio camino.
Porque si la abría...No sabía si iba a poder mirarlo como antes... No sabía si quería hacerlo y escucharlo.
Algo había cambiado.
Algo se había roto.
Y aunque se repitiera para bálsamo en su herida que la cancelación de la boda era lo correcto... Aunque intentara convencerse de que nada de eso importaba... Su instinto no se equivocaba.
Ni ese vacío incómodo que el "alivio" no lograba llenar... tampoco.
Necesitaba entonces esa explicación...
La puerta se abrió y el mundo se detuvo de una forma brutal, absoluta, como si todo lo que existía fuera ese instante congelado donde Zoro estaba ahí, esperándolo, inmóvil, erguido, perfecto en ese kimono verde impecable que contrastaba violentamente con el caos que Sanji llevaba encima, como si uno perteneciera a la calma y el otro al desastre, pero no era el cuerpo de Zoro lo que golpeaba, era su mirada, esa mirada que ya no era la misma, que ya no tenía ese filo familiar sino algo más oscuro, más pesado, más frío, algo que no solo juzgaba sino que parecía haber decidido algo irreversible, y Sanji lo supo en el instante en que sus ojos se encontraron, lo sintió en el pecho como una caída sin fondo, algo se había roto, no, algo se había corrompido, algo que no iba a volver jamás a lo que era.
-Había alguien contigo...
La voz de Zoro no fue alta, no necesitaba serlo, fue peor, fue firme, directa, sin espacio para dudas ni excusas, como una sentencia ya dictada, y Sanji sintió cómo el aire desaparecía de sus pulmones, cómo cualquier intento de palabra moría antes de formarse, porque no había forma de enfrentarse a esa mirada, porque ya no era solo enojo, era decepción, era orgullo herido, era algo que se retorcía en su interior.
El silencio de Sanji lo dijo todo.
Y Zoro lo entendió rápidamente sin necesitar una palabra de Sanji.
Y eso lo hizo peor.
Soltó una risa breve, vacía, amarga, como si algo dentro de él se hubiera quebrado de una forma irreversible.
-En la noche antes de nuestra boda...
Cada palabra llevaba veneno.
Sanji retrocedió sin darse cuenta, su cuerpo reaccionando al peligro que su mente no podía procesar.
-No fue así-
-¿Entonces... dime cómo fue?
El corte fue violento, seco, y esta vez la tensión en la voz de Zoro era evidente, contenida a la fuerza, como si cada sílaba estuviera a punto de convertirse en algo más.
-Porque lo que yo vi no se ve como un error.
Un paso al frente...El espacio entre ellos se redujo.... El aire se volvió pesado.
Sanji temblaba.
-No lo vi... no sé quién era...el...me... tomó por la fuerza..
Y en el instante en que lo dijo, supo que eso no lo salvaba.
Lo condenaba más.
Zoro se quedó quieto, pero no era calma...Era contención.
Sus ojos se oscurecieron aún más.
-Ni siquiera sabes con quién estuviste...y lo más patetico es que ni siquiera pudiste defenderte...
Más bajo....Más frío...Más peligroso.
Sanji cerró los ojos, como si así pudiera escapar, como si así pudiera borrar lo ocurrido. Y entonces lo dijo...
-Cancelé la boda.
La confesión salió desesperada, como un intento tardío de sostener algo que ya se había derrumbado y que justificaba que Zoro no podría enojarse pero ese fue su error...
Zoro parpadeó...Un segundo, solo uno.
Pero no fue alivio lo que apareció en su rostro.
Fue algo peor.
-¿Antes... o después?
Sanji sintió cómo esa pregunta lo atravesaba.
-Antes.
Y entonces llegó....
-Qué considerado.
El desprecio fue absoluto...Sin disfraz...Sin límite.
Sanji sintió cómo algo dentro de él se hacía polvo..
-Pensé que podíamos arreglarlo... que podía volver contigo...- Dijo Sanji con lágrimas contenidas en sus ojos, luchando para que no salieran.
Zoro negó lentamente, con una firmeza que dolía más que cualquier grito.
-No volveremos. - sentenció Zoro muy seriamente.
Y no había duda.
No había grietas.
No había esperanza.
-No entiendes lo que paso- dijo sanji tratando de explicar a Zoro.
-Entiendo suficiente. -dijo el espadachín peliverde con rabia.
Otro paso.... Ahora estaban demasiado cerca.
Zoro lo miraba como si estuviera viendo a un extraño, como si buscara al Sanji que conocía y solo encontrara algo irreconocible y sucio.
-Anoche no fui yo el que andaba gozando.- Dijo Zoro conteniendo su ira...Y eso lo destruía todo.
Sanji retrocedió, sintiendo cómo algo dentro de él se rompía con ese simple hecho.
-Significa que algo pasó..algo me hizo... no fue una elección..me forzó- Le explico Sanji con desesperación.
-No. -Dijo Zoro. El corte fue inmediato.
-Significa que no te defendiste, cocinero, no quisiste hacerlo.
Dio un paso más duro Zoro quedando más cerca.
-Que lo permitiste fácilmente..
Otro paso.
-Que no te importó lo suficiente detenerlo.
-¡No fue así!. - contestó alterado sanji-
-Entonces ¿qué fue?. La voz de Zoro se elevó por primera vez, cargada de algo crudo, algo que ya no era solo enojo, era dolor transformándose en rabia.
-Porque desde donde yo estaba... -su voz bajó, pero no perdió fuerza- no vi a alguien luchando.
Silencio.
Pesado.
Asfixiante.
-Vi a alguien que... se dejó. Las palabras de Zoro cayeron como golpes.
-Vi a alguien que ya no era mío o tal vez nunca lo fue...
Sanji se quedó helado....No por la palabra, sino por lo que cargaba... Orgullo...Pérdida... Humillación.
Zoro apretó la mandíbula y sus manos temblaban levemente, no por debilidad, sino porque estaba conteniendo algo mucho más grande.
-Te di un lugar que no le doy a nadie.
Cada palabra era más pesada que la anterior.
-Te puse por encima de todo.
Sus ojos ardían ahora.
-Y aun así... no fuiste capaz de apreciar y de defender eso.
Sanji negó, desesperado.
-No lo elegí, en verdad me forzó.- Dijo el cocinero rubio con dolor.
-Pero pasó.- Zoro lo miró con algo que ya rozaba el odio...No limpio...No simple... Sino un odio mezclado con dolor.
-Y eso es lo único que importa, cocinero.- sentenció Zoro con decepción.
Sanji intentó acercarse.
-Zoro.- intento consolar Sanji al espadachin-
-No te acerques.- La orden de Zoro fue inmediata...Instintiva-No después de eso.- El aire se congeló.-No después de que dejaste que alguien más te tocara y te marcará como si yo no significara nada.
Sanji se detuvo en seco.
Y en ese instante lo entendió todo.
No era solo celos.
Era orgullo destrozado.
Era sentirse reemplazado.
Era sentir que lo que consideraba único... no lo fue.
-Haz lo que quieras, cocinero al fin al cabo no te importa.- La voz de Zoro volvió a ser baja... Pero ahora estaba vacía.
-Parece que ya tomaste esa decisión, desde anoche.- dijo viendo a sanji a los ojos con mucha tristeza y fuerza. Y se dio la vuelta.
Sin mirar atrás.
Sin detenerse.
Como si quedarse un segundo más significara romperse por completo.
Sanji se quedó solo...Inmóvil... Sin aire... Sin fuerza.
Porque lo que acababa de perder no era solo a Zoro... Era la forma en que Zoro lo veía.
Y eso...Eso no se recupera.
inmediato.
No explosivo.
Peor.
Lento.
Como si todo lo que lo sostenía comenzara a ceder al mismo tiempo, sin prisa, sin misericordia.
Sus piernas temblaron primero.
Un temblor casi imperceptible.
Luego más fuerte.
Hasta que ya no pudo sostenerse.
Cayó.
No de golpe.
No dramáticamente.
Simplemente... dejó de mantenerse en pie.
Sus rodillas tocaron el suelo con un sonido sordo que apenas escuchó.
Porque dentro de su cabeza había algo mucho más ruidoso.
Las palabras.
Las palabras de Zoro.
Repitiéndose.
Una y otra vez.
"Te dejaste."
"Lo permitiste."
"Ya no eres nada mío."
Sanji llevó una mano a su pecho.
Como si pudiera sostener algo que se estaba rompiendo ahí dentro.
Pero no había nada que sujetar.
Nada que salvar.
El aire empezó a faltarle.
No porque no pudiera respirar.
Sino porque cada intento dolía.
Como si inhalar significara aceptar lo que acababa de pasar.
Y no podía.
No quería.
Sus dedos se clavaron en la tela de su ropa, arrugándola con fuerza, como si eso pudiera anclarlo a algo real.
Pero todo se sentía... distante.
Irreal.
-No fue así... -murmuró.
Pero su voz no tenía fuerza.
Ni convicción.
Ni siquiera fe.
Porque en el fondo...
Ni él mismo entendía lo que había pasado.
Solo recordaba fragmentos.
Sensaciones borrosas.
Un cuerpo.
Calor.
Confusión.
Y luego... vacío.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Pero no había lágrimas.
Todavía no.
Era peor.
Era ese momento previo donde el dolor es tan grande que ni siquiera puede salir.
-No lo elegí... -susurró otra vez, más débil.
Como si necesitara convencerse.
Como si necesitara que alguien lo escuchara.
Pero no había nadie.
Zoro se había ido.
Y con él...
Se había ido todo.
Sanji soltó una risa.
Rota.
Irregular.
Que se convirtió en un sonido ahogado en su garganta.
-Qué patético...
La palabra salió sola.
Pesada.
Cruel.
Dirigida a sí mismo.
Sus hombros comenzaron a temblar.
Y entonces...
Se rompió.
No en silencio.
No con dignidad.
Se dobló sobre sí mismo, apoyando las manos en el suelo, respirando de forma entrecortada mientras un sollozo escapaba sin permiso, luego otro, y otro más, hasta que ya no pudo contener nada.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Rápidas.
Descontroladas.
Quemando.
-No fue mi culpa... -intentó decir.
Pero sonó como una mentira.
Incluso para él.
Porque las palabras de Zoro habían sembrado algo.
Duda.
Asco.
Culpa.
Y estaban creciendo.
Rápido.
Demasiado rápido.
-¿Por qué...? -su voz se quebró completamente- ¿por qué no me defendí...?
La pregunta lo destrozó.
Porque no tenía respuesta.
Y ese vacío...
Era insoportable.
Sus uñas rasparon el suelo.
Desesperadas.
Como si quisiera arrancar ese momento de su memoria.
Como si pudiera deshacerse de la sensación de haber fallado.
De haber perdido algo que no volvería.
-Zoro...
El nombre salió como un ruego.
Tarde.
Inútil.
Vacío.
Porque ya no había nadie para escucharlo.
Sanji apretó los ojos con fuerza, como si así pudiera desaparecer, como si así pudiera volver atrás, cambiar algo, cualquier cosa.
Pero no había vuelta atrás.
Nunca la hubo.
Y lo peor...
No era lo que había pasado.
Era lo que ahora creía Zoro.
Era esa mirada.
Ese rechazo.
Ese asco.
Sanji llevó una mano a su rostro, cubriéndose, como si quisiera ocultarse de algo que no estaba ahí.
-Estoy... sucio...
La palabra salió apenas.
Un susurro.
Pero pesó como una sentencia.
Su cuerpo se encogió más.
Como si quisiera hacerse pequeño.
Desaparecer.
Porque si Zoro lo veía así...
Entonces tal vez...
Tal vez era verdad.
Y esa idea...
Fue lo que terminó de romperlo.
El llanto se volvió más fuerte.
Más desesperado.
Sin control.
Sin orgullo.
Sin nada.
Porque ya no quedaba nada que sostener.
Solo culpa.
Solo dolor.
Solo ese vacío insoportable donde antes había algo que valía la pena.
Y ahora...
No quedaba más que él.
Solo.
Roto.
Y convencido, poco a poco...
De que lo había perdido todo.
Capítulo: Lo que se rompe no vuelve igual
Zoro no se detuvo.
No cuando cerró la puerta.
No cuando el sonido seco quedó atrás.
No cuando el silencio del pasillo lo envolvió como una tumba.
Siguió caminando.
Paso firme. Ritmo constante.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de arrancarse algo del pecho con sus propias manos.
Pero entonces lo escuchó.
Un murmullo.
Débil.
Irregular.
Y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Se detuvo.
Solo un segundo.
Su espalda se tensó.
Sus dedos se cerraron lentamente.
Y entonces llegó.
El llanto.
Roto.
Descontrolado.
Real.
Sanji.
Zoro no giró.
No podía.
Porque si lo hacía... no confiaba en lo que iba a hacer.
Su mandíbula se apretó con fuerza.
Su respiración se volvió pesada.
Inestable.
Intentó avanzar.
Obligarse a seguir.
Pero su pie no respondió.
Porque ese sonido lo estaba atravesando.
Cada sollozo.
Cada intento fallido de sostenerse.
Cada palabra rota.
-No fue mi culpa...
La voz de Sanji llegó amortiguada.
Débil.
Quebrada.
Y algo dentro de Zoro vaciló.
Un instante.
Pequeño.
Peligroso.
Pero entonces...
La imagen volvió.
Clara.
Brutal.
Imposible de borrar.
El cuerpo de Sanji.
Otro.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Su mirada se endureció.
No.
No iba a dudar.
No podía.
Porque si dudaba...
Todo lo que estaba sintiendo perdería sentido.
Su orgullo.
Su rabia.
Su dolor.
-Te dejaste.
El pensamiento volvió como veneno.
Y esta vez se aferró a él.
Con fuerza.
Con necesidad.
Pero el llanto no paraba.
Y eso lo estaba rompiendo de otra forma.
Más lenta.
Más profunda.
Apoyó la mano contra la pared.
Sus dedos se tensaron contra la madera.
-Cállate...
Pero no era para Sanji.
Era para sí mismo.
Porque no quería escucharlo.
Porque cada sonido debilitaba la versión de la realidad que estaba sosteniendo.
Pero no podía ignorarlo.
No podía.
Porque lo conocía.
Sabía cómo lloraba Sanji.
Sabía cuándo mentía.
Sabía cuándo fingía.
Y eso...
Eso no era falso.
Zoro abrió los ojos lentamente.
Y algo cambió.
Algo oscuro.
Algo peligroso.
-...¿y si no...?
La idea apareció.
Silenciosa.
Insidiosa.
¿Y si Sanji no había elegido?
¿Y si...?
Zoro apretó los dientes.
No.
No iba a pensar eso.
Pero ya era tarde.
La duda estaba ahí.
Y no se iba.
Su mente comenzó a moverse.
Rápida.
Violenta.
Recordando.
Analizando.
Buscando.
Porque si Sanji no había elegido...
Entonces alguien más lo había tocado.
Alguien más lo había tenido.
Alguien más había estado donde él debía estar.
Algo en su pecho se tensó.
Fuerte.
Peligroso.
-...¿quién?
La palabra no salió.
Pero pesó.
Demasiado.
Porque ya no era solo dolor.
Era necesidad.
Era rabia.
Era algo más oscuro creciendo sin control.
-¿Quién se atrevió...?
Esta vez sí salió.
Bajo.
Grave.
Cargado.
Y en ese instante...
Algo cambió.
Zoro dejó de ver a Sanji como alguien que había fallado.
Y empezó a verlo como alguien a quien le habían hecho algo.
Como algo que le habían arrebatado.
Su respiración se volvió más lenta.
Más controlada.
Pero sus ojos...
No.
Esos no se calmaron.
-No...
Murmuró.
Pero no era negación.
Era decisión.
-Esto no se queda así.
El llanto seguía detrás de la puerta.
Pero ahora...
No lo detenía.
Lo alimentaba.
Cada sollozo reforzaba algo dentro de él.
Una idea.
Una obsesión.
No iba a dejarlo así.
No iba a aceptar esa imagen.
No iba a permitir que ese momento fuera el final.
No porque quisiera perdonar.
No.
Porque necesitaba saber.
Necesitaba encontrar.
Necesitaba la verdad.
Zoro se enderezó.
Su postura volvió a ser firme.
Pero ya no era la misma.
Había algo más rígido.
Más frío.
Más peligroso.
-Sanji...
El nombre salió bajo.
Casi irreconocible.
No como un llamado.
No como un ruego.
Como una promesa.
Y no era una promesa amable.
-Si no fue tu elección...
El silencio pesó.
Denso.
Irrompible.
-Entonces alguien va a pagar por ello.
Sus ojos brillaron con algo oscuro.
Decidido.
Inquebrantable.
Y en ese instante...
El dolor dejó de ser solo dolor.
Se convirtió en dirección.
En propósito.
En obsesión.
Zoro ya no iba a soltar esto.
No importaba cuánto tiempo pasara.
No importaba a quién tuviera que enfrentar.
No importaba en qué tuviera que convertirse.
Iba a encontrar la verdad.
Y cuando lo hiciera...
No iba a haber vuelta atrás.
Porque lo más peligroso no era su rabia.
Era la calma con la que decidió aferrarse a ella.
En las sombras... Katakuri sonrió.
No fue una sonrisa amplia.
Fue lenta.
Controlada.
Peligrosa.
Como si saboreara algo que nadie más podía ver... pero que él ya había probado.
No había prisa en él. No había culpa. No había duda.
Cada palabra que había dicho... había encontrado su lugar exacto.
Cada silencio... había hecho eco donde debía.
Cada reacción... había sido medida, anticipada... perfecta.
Cerró los ojos apenas un instante, dejando que esa sensación recorriera su pecho, profunda, cálida... enfermizamente satisfactoria.
-Ya es mío...
El murmullo fue bajo. Íntimo.
No como una declaración.
Como una verdad.
Sanji.
No necesitó verlo para saberlo.
No necesitó tocarlo de nuevo para sentirlo.
Porque lo que había dejado en él no era algo que pudiera borrarse con distancia... ni con negación.
Era una grieta.
Y las grietas... no desaparecen.
Se expanden.
Se profundizan.
Se vuelven hogar.
Katakuri inclinó levemente la cabeza, como si pudiera verlo incluso a través de las paredes, imaginando con precisión ese cuerpo temblando, esa respiración rota, esa mirada perdida intentando sostener algo que ya no estaba entero.
Y entonces... su sonrisa creció apenas.
Porque no era solo dolor.
Era su dolor.
Y eso... lo hacía hermoso.
-Nadie más...
Sus dedos se movieron con calma, ajustando su apariencia con la misma precisión con la que movía cada pieza de su juego.
Un náufrago.
Un sobreviviente.
Un hombre que necesitaba ayuda.
La fachada perfecta.
Pero sus pensamientos... no tenían nada de indefensos.
-Confianza primero... -pensó, con una claridad absoluta-. Luego pertenencia.
Entraría.
Sin resistencia.
Sin sospecha.
Se ganaría cada mirada como si no significara nada.
Cada palabra como si fuera casual.
Cada gesto como si no tuviera intención.
Pero todo estaría calculado.
Todo.
Y en medio de eso...
Sanji.
Siempre Sanji.
Se acercaría sin forzarlo.
Sin romperlo más de lo necesario.
Todavía no.
Lo haría recordar.
No con hechos.
Con sensaciones.
Con esa voz que ya se había quedado en su mente.
Con esa presencia que no podría ignorar aunque quisiera.
Con esa marca invisible... que ardía más que cualquier herida.
Y entonces...
Zoro.
La sonrisa de Katakuri se tensó apenas.
Porque ahí...
Ahí estaba la única imperfección.
La única variable que no había caído completamente.
-Aún cree en él...
El pensamiento no fue molesto.
Fue... interesante.
Zoro dudaba, sí.
Había visto la grieta.
Había sentido el golpe.
Pero no había soltado del todo.
No había caído.
No como debía.
Y eso...
Eso no estaba bien.
Los ojos de Katakuri se abrieron lentamente.
Oscuros.
Profundos.
Decididos.
-Entonces empezaré por ti.
No con ataques directos.
No.
Zoro no era débil.
Había que romperlo distinto.
Más fino.
Más preciso.
Miradas en el momento exacto.
Silencios que dicen demasiado.
Presencias que parecen coincidencia... pero no lo son.
Pequeños detalles.
Pequeñas dudas.
Hasta que su mente hiciera el resto.
Hasta que empezara a mirar a Sanji... y ya no viera lo que conocía.
Sino lo que temía.
Sino lo que imaginaba.
Sino lo que Katakuri quería que viera.
Y mientras tanto...
Disfrutaría.
Cada encuentro.
Cada cercanía.
Cada momento en que Sanji intentara recomponerse... solo para fallar.
Porque lo observaría.
Con calma.
Con paciencia.
Con una devoción torcida.
Sus ojos recorrerían cada reacción, cada temblor contenido, cada intento de negar lo inevitable.
Y cuando encontrara esa marca...
Esa que había dejado.
No como posesión física.
Sino como huella.
Como recuerdo.
Como algo que Sanji no podía arrancarse de la piel... ni del alma...
Katakuri la contemplaría como una obra de arte.
Suya.
Única.
Irrepetible.
-Perfecto...
Sus labios apenas se movieron.
Porque no era solo deseo.
Era dominio.
No era solo cercanía.
Era pertenencia.
Y lo más oscuro de todo...
Era que no necesitaba apresurarse.
Porque ya había empezado.
Porque Sanji ya estaba cayendo.
Y porque Zoro...
Aunque aún resistía...
Ya había sido tocado por la duda.
Y la duda...
Siempre crece.
Solo necesitaba tiempo.
Y Katakuri...
Tenía toda la paciencia del mundo.
Cuando eso ocurriera...
Cuando Zoro finalmente rompiera lo que aún intentaba sostener...
Cuando Sanji ya no tuviera a dónde volver...
Entonces sí.
No habría espacio para nadie más.
Porque lo que Katakuri tomaba...
No lo compartía.
No lo devolvía.
Y nunca...
Nunca...
Lo soltaba.