Capítulo 16.- El vínculo completo
9 de julio de 2026, 14:06
El dolor era un universo entero. El mundo de Sanji se había contraído a ese punto de agonía donde Katakuri se unía a él, una fuerza brutal que lo rasgaba por dentro. El cobertizo, la luz de la linterna, el olor a sal y redes mojadas... todo se había desvanecido, dejando solo la violación cruda y primitiva. Pero la mente, en su desesperado intento de sobrevivir, arrojó un ancla hacia el pasado. Un ancla afilada y venenosa.
La noche antes de la boda... Cuando cancelo todo... El silencio de la popa del Thousand Sunny era absoluto, roto solo por el crujido de la madera bajo el peso de la oscuridad. Sanji recordaba haber bajado después de hablar con Zoro en el nido del cuervo, sintiéndose triste, hasta que de pronto una sombra se abalanzó sobre él en un rincón oscuro del barco, en el suelo frío y duro de madera. La violación fue rápida, brutal y silenciosa, una marca que lo marcó de por vida. El olor a especias y a caramelo quemado lo envolvió, y mientras Katakuri lo poseía con una ferocidad silenciosa y posesiva, Sanji sintió algo inesperado: una ola de placer traicionera que mezclaba el dolor con una extraña satisfacción, borrando por un momento el pánico de no poder escapar. Pero eso solo fue el principio.
La realidad de los tres días siguientes fue mucho peor. Katakuri no se detuvo. En ese momento, con la luz parpadeante del cobertizo, la verdad cruda de su posesión se desplegaba ante Sanji. Katakuri no se había retirado después de aquella primera noche. Había continuado.
Durante el primer día, la inmovilidad fue su peor enemigo. Katakuri no se movía a menos que fuera para entrar y salir con fuerza. Sanji inmovilizado de alguna manera, su cuerpo forzado a recibir la carga masiva de Katakuri sin poder contraerse. La sensación de llenado era asfixiante. Su vientre estaba hinchado, abultado, completamente inundado por el semen frío que goteaba lentamente por dentro, mezclado con sus propios fluidos y sangre. Cada respiración era una agonía; el aire se veía deficiente. Cuando Katakuri se movía, incluso solo un centímetro, el dolor era punzante, pero la emoción era aún más fuerte. Sentía cómo el miembro gigante golpeaba sus paredes internas con cada embestida, causándole un placer oscuro y profundo que le hacía llorar. Sus pezones, siempre tan sensibles, habían sido el blanco de la atención constante de Katakuri. Estaban rojos, hinchados y doloridos, pellizcados y mordidos hasta que casi sangraban, una constante fuente de placer y dolor que lo mantenía en un estado de semi-consciencia.
Durante el segundo día, la situación era aún más surreal. Sanji y Katakuri intentaron comer juntos. Pero era un ejercicio de humillación. Katakuri sentaba a Sanji en su regazo, sosteniéndolo como si fuera un niño pequeño. La comida estaba lista, pero la conexión física era ineludible. Katakuri tenía su miembro dentro de Sanji en todo momento, moviéndose ligeramente para asegurar que nunca se perdiera. Sanji no podía moverse para comer; tenía que dejarse llevar, con la comida cayéndole a la boca mientras él trataba de ignorar la sensación de estar completamente lleno y de la emoción de ser llenado constantemente. El semen le daba vuelta en el estómago, mezclándose con el arroz, lo que provocaba náuseas y un placer desconocido. Cada vez que Katakuri masticaba o hablaba, sus caderas vibraban contra Sanji, causándole una oleada de placer que le hacía temblar en el regazo del hombre.
Durante el tercer día, la situación se volvió más cómoda pero aterrador. Caminar era un desafío. Katakuri caminaba a su lado, su mano en la cintura de Sanji, guiándolo. Sanji caminaba con dificultad, su caminar torpe, sus caderas moviéndose de manera inestable debido a la gran cantidad de semen que contenía. Cada paso que daban provocaba una cascada de líquido que se escurría por sus muslos, una sensación de humillación y placentera vergüenza que Sanji no podía controlar. Katakuri lo guiaba con firmeza, sus dedos marcando su piel, asegurándose de que Sanji no se apartara. En estos momentos, Katakuri se detenía, lo sentaba en una silla o lo acostaba en la cama, y se acercaba a él para asegurarse de que su semen siguiera dentro. Usaba sus dedos para mezclarlo, forzando el semen dentro y afuera, y luego de nuevo dentro, aumentando la cantidad de líquido que Sanji tenía dentro. Sentía el calor del semen de Katakuri desbordándose, llenándolo hasta los límites, y cada vez que el semen se desbordaba, una oleada de placer cruzaba su cuerpo.
En la noche del tercer día, la mente de Sanji estaba en un estado de confusión extrema. El placer y el dolor se habían fusionado en una sola experiencia, y la lógica estaba desapareciendo. El recuerdo de Zoro estaba difuminándose. El recuerdo de su promesa de amor, de las comidas que preparaba, de su espada, todo se estaba desvaneciendo bajo la influencia de Katakuri. Sanji sentía que su identidad se estaba derritiendo, que estaba convirtiéndose en un ser puramente receptivo, una pieza de propiedad de Katakuri. Sus pezones, ya hinchados y sensibles, todavía eran pellizcados y mordidos por Katakuri, cada toque causándole una convulsión involuntaria en el cuerpo. Sentía el semen de Katakuri derramándose constantemente, llenándolo hasta el punto de no poder más, y cada vez que el semen se desbordaba, una oleada de placer cruzaba su cuerpo, borrando su mente. Sanji estaba siendo transformado. Ya no era solo el cocinero que amaba a Zoro. Era la posesión de Katakuri, consumida y moldeada por su violación constante.
El amanecer del cuarto día fue el momento más terrible y liberador que Sanji había experimentado en su vida. La luz del sol se filtró a través de la rendija del cobertizo, iluminando el polvo y las redes. Katakuri, por fin, decidió retirarse.
Fue una retirada lenta y deliberada. Con un gran gemido y una fuerza que Sanji ya conocía, Katakuri se separó de él. La salida fue una explosión de sensaciones. Sanji sintió cómo su cuerpo se aflojaba, pero el daño ya estaba hecho. Durante tres días, tres noches, su miembro había permanecido dentro de él, una presencia intrusa que no solo lo llenaba, sino que lo moldeaba. Al retirarse, todo el semen acumulado durante tanto tiempo -esa masa caliente y pesada que había estado hinchando su vientre hasta el punto de que le costaba respirar- comenzó a fluir.
No fue una salida ordenada. Fue un desbordamiento. El líquido caliente se derramó sobre la madera fría, mezclándose con el sudor de Sanji y la mancha seca de sangre anterior. Sanji gimió, un sonido que era mitad dolor y mitad alivio, y se miró la barriga. Estaba vacía, pero no del todo. Aún se sentía pesado, y el líquido frío le goteaba por las piernas, una cascada de vergüenza que él no podía detener. Se sentía... vacío. Sin embargo, a pesar del dolor y la humillación de la defecación involuntaria que el exceso de semen le provocó, había una sensación extraña: alivio. Su cuerpo, que había estado tensado al máximo por tres días, colapsó sobre sí mismo, exhausto. Se preguntó si se había acostumbrado a estar lleno. Si por algún motivo aterrador, el calor y la presión constantes de Katakuri habían creado una dependencia en su propio cuerpo. La abertura de su cuerpo, su vientre, se sentía desnuda y expuesta sin la presencia intrusa.
Mientras tanto, en la enfermería del Thousand Sunny, la atmósfera era tensa. Zoro había pasado los tres días observando la puerta del cobertizo, tomando sake con una furia contenida que le hacía sudar. Ya no podía soportar la ansiedad. Sabía, de alguna manera intuitiva, que las tres días habían pasado. Sus sentidos espirituales, a menudo subestimados, le gritaban que Sanji estaba cerca, pero no seguro.
-¡Luffy! -rugió Zoro, sus ojos brillando con una determinación desesperada-. ¡Es suficiente! He cumplido mi parte... He esperado pacientemente durante tres días. ¿Por qué sigues reteniéndome?
Luffy, que había estado mirando hacia el horizonte, se giró. Su expresión era seria, pero no hostil. Parecía haber madurado, o al menos, había aceptado la gravedad de la situación.
-Lo sé, Zoro -dijo Luffy, su voz suave pero firme-. Tienes razón, los tres días han pasado. Ya no necesito retenerte aqui.
Zoro se dirigió a la puerta, su mano ya en la empuñadura de Wado Ichimonji, pero se detuvo. Miró a Luffy con una mezcla de ira y agradecimiento.
-Lo siento por antes -murmuró Zoro-. No sé lo que me está pasando. Solo... Que me sentía como si me estuvieran robando a Sanji.
-Luffy asintió, y con un movimiento fluido de su brazo de goma, se apartó de la puerta. La pesada puerta de madera se abrió con un chirrido que llenó el aire.
-Adelante, ve a buscarlo -dijo Luffy-. Y dile que lo siento.
Zoro no necesitó ser ordenado dos veces. Salió corriendo, sus pies golpeando el suelo del barco con furia, navegando por los pasillos del Thousand Sunny hacia el cobertizo de la popa. La tripulación entera, incluidos Chopper y Usopp, se agolpó detrás de él, mirando asustados. Nadie sabía lo que había pasado allí. Habían sentido un "mal olor" extraño en la zona, un aura de confusión y dolor que los había mantenido a raya. Pero ahora, Zoro corría hacia la verdad.
Al llegar al cobertizo, la escena que vio lo dejó de piedra. Sanji yacía en las redes, su camisa rasgada, su piel marcada. Parecía roto, pero estaba despierto, sus ojos vidriosos y vacíos mirando al vacío. Katakuri estaba de pie frente a él, su silueta imponente y su postura arrogante.
Zoro entró en la habitación, ignorando a Katakuri, y se acercó a Sanji, su voz temblorosa por la emoción y el miedo.
-¡Sanji! -susurró Zoro, su mano temblando al tocar la mejilla de Sanji, pero sanji lo esquivo-. Estoy aquí... Te prometo que nunca te dejaré solo de nuevo, Vamos, voy a llevarte a la enfermería, a curarte.
Sanji lo miró, pero sus ojos no se enfocaron inmediatamente en Zoro. Hubo un momento de confusión, como si su mente estuviera procesando una nueva realidad. Y luego, su mirada bajó de los ojos de Zoro y se clavó en el pecho de Katakuri.
-¿K-Katakuri? -preguntó Sanji, su voz áspera y rota.
Zoro se detuvo. Su mano se convirtió en un puño.
-¿Sanji, qué te pasa? -preguntó Zoro con un tono de voz más alto, más inseguro-. ¿Por qué hablas de él? Te dije que te vendría a buscar. Soy tu espadachín. ¿No te acuerdas?
Sanji apartó la mirada de Katakuri y miró a Zoro, con una expresión de tristeza que atravesó el corazón de Zoro. Sus labios se movieron, pero no fue una respuesta a Zoro. Fue una respuesta a una verdad que Katakuri le había impuesto.
-¿Zoro...? -Sanji miró a "su" espadachín peliverde con una expresión de culpa. Miró al suelo, tratando de ocultar su vestimenta, que estaba manchada de líquido. -Soy... un desastre.
Katakuri se acercó hacia ellos, y su voz, suave y seductora, cortó el aire.
-Sanji está bien -dijo Katakuri a zoro-. Solo está procesando lo que paso entre nosotros, todo fue por voluntad propia de ambos. -Desoues volteo a ver a sanji- No eres un desastre... Solo nos complementamos tu y yo.
Katakuri miró a Zoro, sus ojos oscuros y fríos.
-No es tu lugar preocuparte por él, espadachín -dijo Katakuri-. Todo esté tiempo ha sido cuidado por mi. Y ahora, que ha pasado el tiempo suficiente nuestro vínculo se completó. Sanji y yo somos uno. No puedes separarnos.
Zoro sintió su mundo colapsar. El amor que había por Sanji, el sacrificio que había hecho por él, la promesa de protegerlo, se sentía como una mentira ahora. Sanji lo miró, y sus ojos, que antes brillaban con fuego y determinación, ahora estaban vacíos, llenos solo de una extraña paz, una paz que venía de la posesión de Katakuri.
Sanji se levantó lentamente, apoyándose en Katakuri, que lo sostenía como si fuera su propiedad. Sanji se sentía vacío, pero también lleno, por dentro. Estaba confundido. Sentía amor por Zoro, pero Katakuri era una necesidad física, una posesión que le había marcado el alma. No se sentía digno de volver a la tripulación. No después de lo que había pasado. No después de haber sido "domado" por Katakuri.
-¿Debería irme? -preguntó Sanji, su voz bajando a un susurro, dirigida a Katakuri, pero con un significado para todos.
-Sí -dijo Katakuri-. Tu lugar no está aquí. Estás destinado a estar conmigo. Nuestro destino es inquebrantable. Te he tomado, Sanji. Te he marcado. No puedes regresar a tu vieja vida.
Sanji miró a Zoro, y por un momento, hubo una conexión, una sombra de dolor. Pero luego, Katakuri le dio un empujón suave en la espalda, haciéndolo caminar hacia la puerta. Sanji no luchó. No tenía fuerza para luchar. Se sentía roto, y Katakuri era su único punto de referencia.
-¡Sanji! -gritó Zoro, intentando agarrarle el brazo, pero katakuri no lo permitió-. ¡No te vayas! ¡Yo soy tu espadachín! ¡Lo siento! ¡Te prometo que podré sanar todo esto!.
El aire en el cobertizo se volvió más denso, cargado con el peso de las últimas palabras. Sanji se quedó allí, sus pies nudos en la madera vieja, mientras Katakuri lo sostenía, su brazo firme como una cadena de oro alrededor de su cintura. La mirada de Sanji se clavó en Zoro, y en ese instante, una tormenta interna estalló en sus ojos.
Sanji miró a Zoro, y vio a su espadachin, su leal compañero, pero también vio una vida que ya no encajaba. Recordaba la brisa en Wano, la promesa en el nido, la forma en que Zoro lo miraba como si fuera el tesoro más preciado del mundo. Su corazón latía una melodía antigua, un amor que parecía indestructible. Pero entonces, miró hacia abajo, a su propio vientre hinchado y vacío, recordando la presión constante, el calor invasivo, el semen que lo había llenado hasta los bordes durante estos tres días. Y sentía que Zoro, por más que lo amara, no podía llenarlo de esa manera. No podía marcarlo como Katakuri lo había marcado. Katakuri era su oscuridad, su especia, su pan recién horneado y su caramelo quemado. Katakuri lo completaba de una forma visceral y primitiva que Zoro, con su orgullo de espadachin, nunca podría replicar. Sanji sintió una urgencia repentina, una necesidad física de estar con el hombre que lo había poseído, que lo había domado durante esos tres días aterradores.
Pero el amor por Zoro era un dolor agudo, un puñal en el pecho. Sanji sintió lágrimas calientes escalar su garganta. Sabía que estar con Katakuri significaba traicionar a Zoro, significaba romper la promesa que le hizo. Pero su mente estaba nublada por la post-orgásmica confusión, por la adicción al placer que Katakuri le había inyectado. No podía pensar claro. No podía ver más allá de la satisfacción que Katakuri le daba. Y por primera vez en su vida, Sanji decidió que la lógica no importaba. La emoción lo dominó. Decidió que era mejor irse con Katakuri, que era su destino. Sabía, en lo profundo de su ser, que esto sería un error, que se arrepentiría al despertar, pero en ese momento, la sed de pertenencia era más fuerte que el amor. Se aferró a la idea de que Katakuri era su verdadero lugar, y que irse con Zoro era estar en un fantasma.
Zoro se estremeció... No podía creer lo que estaba sucediendo. Sanji, su Sanji, el hombre que se sacrificaba por él, el hombre que lo amaba con una devoción enfermiza, estaba eligiendo irse con el monstruo. Zoro sintió la sangre hirviendo en sus venas, una mezcla de ira, horror y desesperación. Necesitaba tocarlo. Necesitaba abrazarlo. Necesitaba recordarle quién era él, quién era Zoro. Zoro avanzó un paso, inclinándose hacia adelante, sus ojos buscando desesperadamente los de Sanji.
-¡Sanji! -susurró Zoro, su voz temblando-. Te amo... Por favor, no te vayas con él. No me dejes solo, te lo ruego. -logrando acercarse a Sanji-
Zoro levantó su mano, tocando la mejilla de Sanji, pero Sanji apartó la cabeza con un movimiento brusco. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero rechazaron el contacto físico de Zoro. Se alejó, retrocediendo hacia Katakuri, quien lo rodeó con su cuerpo de nuevo, creando una barrera entre Sanji y su pasado.
-Lo siento... -murmuró Sanji, su voz quebrada-. No puedo... Ya no puedo estar contigo.
Zoro se quedó de pie, su mano a medio camino, como si le hubieran arrancado el alma. No entendía. No podía entender cómo Sanji podía rechazarlo así. ¿Qué le había hecho Katakuri? ¿Qué había pasado allí?
Entonces, el dolor de la traición se transformó en odio. Zoro miró a Luffy, quien se había quedado en la puerta, viendo la escena con una expresión de culpa y duda. Zoro sintió que todo esto era culpa de Luffy. Fue Luffy quien entrego a Sanji con Katakuri, fácilmente. Fue Luffy quien le dijo a Zoro que esperara y que todo se resolvería. Fue Luffy quien mantuvo a Sanji con Katakuri durante esos tres días. Zoro se giró hacia Luffy, sus ojos ardientes con una furia fría.
-¡Luffy! -rugió Zoro, su voz resonando en el cobertizo-. ¡Eres un bastardo! ¡Me rompiste su corazón! ¡No me digas que fue lo correcto! ¡Tú no sabes lo que significa estar con alguien! ¡Mátame si quieres, pero no me detengas para ir salvarlo!
Zoro apuntó su espada a Luffy, pero sus ojos no estaban dirigidos a él. Estaban dirigidos a Sanji, que ahora se aferraba a Katakuri como si fuera su único salvador. Zoro sintió que su mundo se desmoronaba, y en su lugar, se construyó una nueva realidad: la de un espadachín traicionado, solo y furioso.
Katakuri se echó a reír, una risa profunda y resonante que llenó el silencio del cobertizo. Se sintió victorioso. Miró a Zoro con desprecio y a Sanji con amor. Sabía que había ganado. Sabía que el vínculo que había forjado era más fuerte que cualquier promesa de amor. Katakuri abrazó a Sanji más fuerte, y su voz fue un susurro en el oído de Sanji.
-Te tomé, Sanji. Te dije que lo haría y ahora, no habrá nadie que te separe de mi. Estamos completos. Estamos hechos para estar juntos para siempre.
Sanji asintió débilmente, su mente ya alineada con la voz de Katakuri. Sabía que tenía que irse con katakuri. Sabía que era lo correcto. Sabía que se arrepentiría en un futuro, pero no podía hacer nada al respecto. Su cuerpo ya no pertenecía a él, sino a Katakuri. Se giró para dejar el barco, dejando atrás a su tripulación, a su capitán, y a su amor, como un extraño que había sido invadido por una fuerza oscura. Sus pies se movían, guiados por Katakuri, y cada paso se sentía como una eternidad de pesadez y dolor, pero también una promesa de un destino que él no podía evitar.
Zoro se quedó de pie en el cobertizo, la mano en el pomo de su espada, pero incapaz de actuar. Miró cómo Sanji y Katakuri se alejaban, y sus ojos se oscurecieron. El amor se había convertido en odio. El odio por Luffy, el odio por la situación, el odio por S
anji por haberlo traicionado. Y el odio por sí mismo por no haber podido proteger lo que más amaba.