Capítulo 15.- El punto de no retorno
9 de julio de 2026, 10:48
La luz de la linterna parpadeaba, proyectando sombras largas y retorcidas que parecían danzar al ritmo de la respiración contenida de Sanji. El aire en el cobertizo era denso, pesado con la ausencia de respuesta y la expectativa. La promesa de tres días colgaba entre ellos, un futuro incierto y aterrador.
-¿Por qué? -La pregunta de Sanji rompió el silencio, su voz apenas un hilo tembloroso, Por qué yo? Eso... eso que explicaste, con tu lógica de biología y vínculos... Es vdd?, Lo que quiero saber es... ¿por qué mi cuerpo? ¿Por qué reacciona así? El miedo, sí, lo entiendo. Pero... hay algo más. Algo que me hace sentirme ajen... a mí mismo.
Katakuri observó el temblor en las manos de Sanji, la forma en que sus labios se presionaban en una fina línea. Su expresión no cambió, pero sus ojos se oscurecieron, absorbiendo la luz como pozos sin fondo.
-Tu cuerpo es honesto, Sanji. Más que tu mente, que ha sido entrenada para desconfiar, para construir muros contra cualquier forma de control. La biología que menciono no es un programa simple como los demás Germa. Es más antiguo... Más profundo... Es un reconocimiento. Tu sistema nervioso, cada fibra de tu ser, me reconoce como compatible. Como un complemento. El miedo que sientes no es a mí, es a la intensidad de esa verdad. Es el pánico de un animal que se encuentra ante un fuego tan grande que podría consumirlo, pero que a la vez le ofrece un calor que nunca ha conocido.
Se acercó un paso más, y Sanji sintió el impulso de huir, pero sus pies estaban clavados al suelo.
-Y la batalla... -continuó Sanji, forzando las palabras-. ¿Por qué insistir? ¿Por qué no... simplemente irte? Podrías encontrar a alguien más. Alguien que no te temiera. Alguien que...
-Alguien que no seas tú -terminó Katakuri, su voz un murmullo grave y posesivo-. No hay alguien más, Sanji. He esperado. He observado. He sentido los ecos de conexiones en otros, pero nunca... nunca nada como esto. No estoy luchando por un capricho. Estoy reclamando lo que es mío. Lo que nuestro destino, el tuyo y el mío, ha decretado que debe ser. Cada segundo que paso sin ti, cada momento en que no estás a mi lado, es una anomalía. Un error que debo corregir.
La posesividad en su voz era tan pura, tan absoluta, que Sanji sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. No era la locura de un fanático. Era la certeza de un dios.
-¿Tuyo? -repitió Sanji, su mente luchando por procesar la audacia de esa palabra-. No soy una posesión, Katakuri-dono. Soy una persona.
-Oh, pero sí que lo eres -dijo Katakuri, y en ese momento, avanzó. No fue rápido, fue inexorable. Sanji retrocedió instintivamente, paso a paso, hasta que su espalda golpeó la pared fría y rugosa del cobertizo. Estaba acorralado-. Eres la única persona que importa. La única pieza que falta para que mi mundo sea completo. Eres la posesión más valiosa que este universo podría ofrecer, y el destino me ha señalado a mí como tu guardián.
Se detuvo justo frente a él, tan cerca que Sanji podía sentir el calor radiante de su pecho. No lo tocaba todavía, pero su presencia lo envolvía por completo, ahogando el aire a su alrededor. Katakuri inclinó la cabeza, su gran tamaño ahora una amenaza abrumadora. Levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, la acercó a la cara de Sanji.
-Te he estado observando -susurró Katakuri, su voz tan baja que vibraba en el pecho de Sanji-. La forma en que tus ojos se encienden cuando cocinas. La gracia con la que luchas. El fuego que esconde esa coraza de caballerosidad. Lo vi todo. Y supe.
Sus dedos, enormes pero sorprendentemente gentiles, rozaron la mejilla de Sanji. Sanji se estremeció, una descarga eléctrica recorriéndolo. No era dolorosa. Era... estimulante. Confundiendo.
-¿Supiste qué? -logró farfullar Sanji.
Katakuri no respondió con palabras. En su lugar, inclinó la cabeza aún más, acercando su rostro al cuello de Sanji. Sanji cerró los ojos con fuerza, esperando lo peor, un mordisco, una muestra de dominación brutal.
Pero lo que sintió fue la inhalación profunda y prolongada de Katakuri. Lo estaba oliendo. Absorbiendo su esencia como si fuera el aroma más preciado del mundo. El aliento cálido de Katakuri contra su piel hizo que cada pelo de su cuerpo se erizara. Su corazón martilleaba un ritmo frenético y salvaje, un tambor de guerra en su propio pecho.
-Supe que eres mío -exhaló Katakuri contra su piel, su voz ronca y embriagada-. Hueles a mar, a especias, a... hogar. Hueles a la paz que nunca he conocido y a la batalla que siempre he deseado. Eres una contradicción perfecta, Sanji. Y yo quiero resolver cada una de ellas.
La mano que había estado en su mejilla descendió lentamente, trazando la línea de su mandíbula, posándose en el hueco de su garganta. El pulgar de Katakuri le rozó el pulso carotídeo, sintiendo el pánico y el deseo galopando bajo la piel. Sanji no podía respirar. El miedo y una extraña y aterradora fascinación luchaban dentro de él.
-Katakuri... por favor...no...-susurró, sin saber si estaba pidiendo que se detuviera o que continuara.
La respuesta fue un beso.
No fue tierno. No fue exploratorio. Fue una toma de posesión. Katakuri presionó sus labios contra los de Sanji con una fuerza que robó el aliento al cocinero. Era un beso voraz, lleno de semanas de observación contenida, de una obsesión que finalmente encontraba su salida. Los labios de Katakuri eran sorprendentemente suaves, pero su boca era exigente, dominante. Forzó la entrada de Sanji, su lengua encontrando la suya en una danza de conquista que no permitía resistencia.
Sanji se quedó helado por un instante, su mente gritando "¡NO!", pero su cuerpo... su cuerpo traicionero ardió. Las manos que quería usar para empujarlo se quedaron inertes a sus lados. Una calidez profunda se extendió desde su pecho, inundándolo, apagando el pánico y encendiendo una respuesta que no reconocía como suya. Besó de vuelta. No con la misma ferocidad, sino con una rendida perplejidad. Sus labios se movieron bajo el asalto de Katakuri, respondiendo a un lenguaje antiguo que su instinto, no su mente, parecía comprender.
Cuando finalmente se separaron, Sanji jadeaba, los labios hinchados y ardientes. Apoyó la frente en el pecho de Katakuri, sintiendo el fuerte y constante latido de su corazón, un ritmo que parecía estar llamando al suyo. Estaba confundido, asustado, y asombrosamente... vivo. Más vivo de lo que se había sentido en años.
Katakuri lo rodeó con un brazo, atrayéndolo contra su cuerpo en un abrazo que era a la vez protector y ineludible.
-¿Lo sientes? -murmuró Katakuri en su cabello-. Esa verdad. No hay mentiras aquí, Sanji. Solo lo que somos.
Mientras tanto, en la enfermería, el aire era gélido. Zoro permanecía de pie, rígido como una estatua, sus ojos fijos en la puerta por donde había salido Sanji. Cada segundo que pasaba era un martillazo en su corazón. La mentira que había dicho a Sanji, la sonrisa falsa, le pesaban como una losa. Su plan era frágil, una apuesta desesperada en un juego cuyas reglas acababan de cambiar.
Luffy lo observaba, su expresión ya no fría, sino pensativa. Se acercó a Zoro, sus pasos silenciosos sobre el suelo de madera.
-Zoro.
El espadachin no se movió.
-Luffy, no quiero oír nada de lo que tengas que decir.
-No tienes elección -dijo Luffy, su voz suave pero con una autoridad que Zoro no podía ignorar-. Necesitamos hablar.
Luffy luchaba contra una tormenta interna. Por un lado, una parte de él, el capitán, el hermano, sabía que lo que estaba haciendo era cruel. Estaba usando el miedo y la confusión de Sanji, la lealtad malinterpretada de Jinbe, para abrir una brecha entre él y Zoro. Estaba aprovechándose de la situación, manipulando a sus nakamas por un deseo egoísta.
La imagen de Sanji, con los ojos llenos de pánico y traición, lo golpeaba como una puñalada de culpa. ¿Era ese el tipo de rey que quería ser? ¿Ese el hombre al que Shanks sonreiría con orgullo?
Pero por otro lado, estaba el dolor. Un dolor agudo y constante que había comenzado desde antes de la cancelación de la boda. Ver a Zoro tan devoto, tan completamente entregado a Sanji, había despertado algo celoso y posesivo en él que nunca supo que existía. Zoro era su espadachin. Su primera promesa. El hombre que se quedaría a su lado y convertiría su nombre en legendario. Ver a esa lealtad, esa ferocidad, dirigida hacia otro... era como si le arrancaran una parte de su alma. Luffy se convenció a sí mismo de que no estaba separando a Sanji y Zoro... Estaba liberando a Zoro. Estaba liberándose a sí mismo. Sanji había tenido su oportunidad con la boda, la había tirado. Ahora era el turno de Luffy de reclamar lo que consideraba que siempre debería haber sido suyo.
-Tres días, Zoro -dijo Luffy, su voz volviéndose firme, ahogando la duda-. Son para el bien de todos. Sanji necesita resolver esto. Y tú... tú necesitas un respiro de ser su salvador constantemente. Has estado protegiéndolo tanto que has olvidado protegerte a ti mismo.. sobre todo a tus propios sentimientos.
Zoro se giró, sus ojos brillando con una furia helada. La palabra "sentimientos" en boca de Luffy fue la gota que derramó el vaso.
-¿Mis sentimientos? -siseó Zoro-. ¿Tú vas a hablarme de mis sentimientos? ¡Acabas de entregar a mi pareja a un monstruo psicópata para jugar con tu maldito ego! ¡No me importa lo que sientas, Luffy! ¡Esto se trata de Sanji!, lo pusiste en peligro!
-¿De verdad? -replicó Luffy, dando un paso hacia él, su voz bajando a un murmullo peligroso-. ¿O se trata de que no soportas la idea de que no seas el centro de su universo por un momento? ¿Que quizás, solo quizás, haya una fuerza en este mundo más fuerte que tu devoción? Déjalo ir, Zoro. Si es tuyo, volverá. Y si no lo es... quizás eso te deje libre para ver lo que tienes justo delante de ti.
El doble significado colgó en el aire, denso y venenoso. Zoro lo entendió. Por supuesto que lo entendió. Y el odio que sintió en ese momento fue casi abrumador, no solo hacia Luffy, sino hacia sí mismo por no haber visto antes la profundidad de esa obsesión y el peligro que está expuesto el amor de su vida... Su plan de huir con Sanji se volvió más urgente que nunca. Tenía que sacarlo de allí, de toda la tripulación, antes que Katakuri y ahora Luffy lograran su objetivo.
Mientras tanto, en el cobertizo, el mundo de Sanji se había reducido a sensaciones. El beso lo había despojado de sus pensamientos, dejando solo el eco de la dominación de Katakuri y la respuesta traicionera de su propio cuerpo. La lucha interna había cesado, no por una decisión, sino por agotamiento. Era demasiado confuso, demasiado abrumador.
Katakuri sintió esa rendición en la forma en que el cuerpo de Sanji se relajaba contra él, en el jadeo ahogado contra su pecho. La victoria no era gritar, era sentir. Y lo sentía.
-Te he dicho que no te haré daño -murmuró Katakuri en el pelo de Sanji, su aliento cálido-. Pero no dije que no te exploraría.
Su mano, que había estado en la espalda de Sanji, comenzó a moverse. Lentamente, trazó la columna vertebral del cocinero a través de la fina camisa, sintiendo cada escalofrío que provocaba su toque. Sanji no se movió, apenas respiró, como un animal atrapado que ha dejado de luchar y ahora espera el juicio.
-Eres sensible -observó Katakuri, su voz un ronroneo satisfecho-. Tu piel responde incluso a la más mínima caricia. Es una maravilla.
Su mano descendió más, hasta la curva de la cintura de Sanji. Sus dedos se deslizaron bajo la tela de la camisa, encontrando la piel caliente y temblorosa. Sanji soltó un gemido ahogado, una mezcla de pánico y una extraña y placentera punzada.
-Sshhh -lo calmó Katakuri-. No luches. Solo siente.
Luego, con un movimiento que fue tanto sorprendente como natural, Katakuri lo levantó. Sanji pesaba muy poco en sus brazos. Lo transportó fácilmente hacia una pila de redes de pesca apiladas en un rincón, depositándolo suavemente sobre ellas. La tela áspera de las redes roció la espalda de Sanji a través de su camisa, una nueva textura en un mar de sensaciones abrumadoras.
Katakuri se arrodilló a su lado, su figura masiva eclipsando la luz de la linterna. No lo inmovilizó. Simplemente se recostó sobre él, usando su peso para anclarlo en su lugar, una presencia ineludible pero no aplastante.
-Ahora... -dijo Katakuri, su voz baja y reverente-. Ahora voy a conocerte por completo.
Volvió a inclinarse, pero esta vez su objetivo no fueron los labios de Sanji. Besó la línea de su mandíbula, luego el hueco sensible debajo de su oreja.
Cada beso era una marca, una declaración de propiedad. Sanji arqueó la espalda instintivamente, sus manos subiendo para empujar, pero en su lugar se enredaron en la chaqueta de Katakuri, aferrándose a él como si fuera el único punto seguro en un terremoto.
-Los demás te ven y ven a un caballero -susurró Katakuri contra su piel, mientras su mano volvía a deslizarse bajo la camisa de Sanji, esta vez más alta, acariciando los músculos de su pecho-. Yo te veo y veo la tormenta. Veo el fuego que quieres ocultar. Veo al hombre que anhela ser dominado tanto como anhela dominar.
Sus dedos encontraron un pezón y lo pellizcó suavemente. Sanji gritó, un sonido ahogado de shock y placer puro. Su cuerpo, su maldito cuerpo traicionero, respondía con una ferocidad que su mente no podía comprender. Sus caderas se movieron involuntariamente, buscando una fricción que su conciencia negaba.
-¿Ves? -dijo Katakuri, su voz triunfante-. Tu cuerpo me entiende. Está pidiendo más.
Katakuri le dio lo que pedía. Su boca descendió por el cuello de Sanji, mordisqueando y lamiendo la piel sensible, dejando un rastro de marcas rojas que se oscurecían bajo la luz parpadeante. Su otra mano se deslizó por la pierna de Sanji, desde el muslo hasta el interior de su rodilla, masajeando la piel con un movimiento rítmico y hipnótico.
Sanji estaba perdido. La mente de Jinbe diciendo "amor", la frialdad de Luffy, la rendición de Zoro... todo se desvaneció. Solo quedaba esto. El calor, el peso, la posesión inminente de Katakuri. El miedo todavía estaba allí, latente, pero ahora se mezclaba con un deseo oscuro y fascinante. Un deseo de ser consumido, de dejar de pensar, de rendirse por completo a esta fuerza de la naturaleza que lo había reclamado.
Katakuri detuvo su asalto un momento, levantando la cabeza para mirarlo. Sus ojos brillaban con una luz febril.
-Dime que lo sientes -ordenó, su voz ronca-. Dime que esta verdad te quema como me quema a mí.
Sanji lo miró, los ojos vidriosos, los labios entreabiertos. No podía. Las palabras se atascaron en su garganta, ahogadas por el pánico y una extraña y placentera oleada de calor. Pero entonces, una imagen destelló en su mente, brillante y desesperada: Zoro, su espadachín peliverde... Y comenzó la lluvia de recuerdos... Zoro sonriendo torpemente mientras lo observa a cocinar.. Zoro cubriéndole la espalda en una batalla sin preguntarlo... Zoro durmiendo a su lado, su respiración profunda y regular el sonido más seguro del mundo... Zoro, abrazándolo después de una pesadilla, prometiéndole que nunca, nunca lo dejaría solo.
-Amor... -susurró Sanji, la palabra de Jinbe resonando de repente con una claridad dolorosa-. Zoro...
Ese nombre fue un ancla. Fue un interruptor.
La neblina de placer y rendición se disipó como el humo. El calor de Katakuri, que había sido reconfortante, ahora era abrasador. El peso de su cuerpo, que había sido un ancla, ahora era una losa de plomo. La posesión en sus ojos, que había sido abrumadoramente erótica, ahora era aterradora y monstruosa.
-¡No! -gritó Sanji, su voz recuperando su fuerza, una fuerza que provenía del amor más puro que conocía-. ¡Basta! ¡Sueltame! ¡Yo amo a Zoro!
Sus manos, que se habían aferrado a la chaqueta de Katakuri, ahora empujaban con toda la fuerza que tenía. Golpeaban su pecho, sus hombros, cualquier cosa que alcanzaran. Pateaba, retorciéndose como un pez en anzuelo, una salvaje y desesperada violencia que había estado contenida bajo una capa de sumisión.
Katakuri se detuvo, sorprendido por la repentina ferocidad. Su expresión no era de ira, sino de una desconcertada paciencia, como la de un científico cuyo experimento no se comporta como esperaba.
-Calla -dijo suavemente, intentando volver a inmovilizarlo-. No luches contra esto. Es inútil.
-¡No! ¡Déjame ir! ¡ZORO ayudame! -aulló Sanji, sus gritos llenando el pequeño cobertizo.
Pero era inútil. La fuerza de Katakuri era abrumadora. Con un movimiento fluido, atrapó ambas muñecas de Sanji en una de sus enormes manos y las presionó contra el suelo de madera, por encima de su cabeza. El otro brazo se apoyó en el suelo, al lado de su cabeza, atrapándolo por completo.
-La lucha solo lo hace más excitante, Sanji -dijo Katakuri, su voz ahora baja y peligrosa, toda la paciencia anterior desapareció-. Y yo he esperado lo suficiente.
El miedo de Sanji era ahora agudo, una punzada de hielo en sus entrañas. Vio la decisión final en los ojos de Katakuri. No había vuelta atrás. La promesa de "no hacerte daño" se había roto. El "ángel" se había convertido en un demonio.
-¡Por favor, no...! -suplicó, lágrimas de terror y frustración corriendo por sus mejillas-. ¡Por favor, Katakuri...no lo hagas...!
Pero Katakuri no escuchaba. Con su mano libre, desabrochó el pantalón de Sanji con una brusquedad que no dejó lugar a dudas. La tela se rasgó. Sanji luchó con una desesperación renovada, pero era como un pájaro atrapado en la jaula de acero de un tigre.
Y entonces, el dolor. Un dolor agudo, desgarrador, que le recorrió todo el cuerpo. Katakuri lo tomó sin preparación, sin piedad, con una fuerza brutal que robó el aliento y reemplazó el grito en la garganta de Sanji con un sollozo ahogado. No había placer, solo una violación cruda y primitiva. Cada embestida era una afirmación de poder, un castigo por su resistencia. El mundo de Sanji se redujo al dolor, a la humillación, a la sensación de ser usado, de ser roto por dentro.
Pero en medio de esa agonía, algo terriblemente familiar se despertó en la memoria de Sanji. El dolor, la posición, el olor a especias y a algo más, algo dulzón y denso... la sensación abrumadora de ser llenado, de ser poseído con una ferocidad que borraba todo lo demás...
La noche antes de la boda... Un hombre desconocido en la oscuridad.. ocultando su identidad... El silencio roto solo por sus propios gemidos y la respiración pesada de su atacante. El dolor que se había mezclado con un placer culpable y confuso. La forma en que lo había sostenido después, una extraña y contradictora comodidad.
-Oh, dios... -jadeó Sanji, el horror del reconocimiento golpeándolo más duro que cualquier embestida-. Tú... Tú fuiste...
Katakuri no respondió. Simplemente continuó su asalto, más rápido, más profundo, como si las palabras de Sanji lo hubieran encendido aún más. Estaba reclamando lo que ya había tomado una vez. Estaba cerrando el círculo. Con un rugido gutural, se estremeció, y Sanji sintió una oleada de calor húmedo inundarlo, llenándolo hasta los límites con su semen. La sensación fue humillante, la marca final de su posesión.
Se quedó inmóvil por un largo momento, su peso pesado sobre Sanji, quien yacía debajo, temblando, con los ojos abiertos pero sin ver nada. El dolor físico comenzaba a fusionarse con el dolor emocional, una mezcla tóxica que lo paralizaba.
Mientras tanto, en la enfermería, Zoro estaba de pie, tensando cada músculo. No podía explicarlo. Era un sentimiento, una corazonada que se había apoderado de él como una fiebre. Un frío recorrió su espina dorsal, una imagen de Sanji, pálido y sufriendo, destelló en su mente. Algo estaba mal... Terriblemente mal.
-Lo siento, Luffy -dijo Zoro, su voz baja y peligrosa-. La charla ha terminado... Voy a buscarlo.
Se giró para salir, pero Luffy se movió más rápido de lo que Zoro esperaba, bloqueando la puerta con su cuerpo. Su expresión ya no era manipuladora, sino dura e inmutable.
-No!, No vas a ir a ningún lado -dijo Luffy, su voz dejando de ser suave para convertirse en la de su capitán.
-¡Apártate, Luffy! -rugió Zoro, su mano yendo a la empuñadura de Wado Ichimonji-. ¡Lo siento en el fondo de mi alma! ¡Te juro que voy a matarte por esto!
Luffy no se inmutó. Su brazo se estiró, el Gomu Gomu no Pistol disparando hacia Zoro. Pero no era un puñetazo. Su mano se abrió y agarró el brazo con el que Zoro iba a desenvainar su espada, reteniéndolo con una fuerza que no podía romper.
-Te lo dije, Zoro -dijo Luffy, sus ojos oscuros como una tormenta-. Tres días. Esto es por tu propio bien... Y por el de Sanji. Ahora te quedarás aquí. ¡No voy a dejar que arruines esto!.
La rabia de Zoro era un volcán a punto de estallar. Estaba atrapado. Luffy, su capitán, su amigo, se había convertido en su carcelero. Y cada segundo que pasaba, la certeza de que Sanji estaba sufriendo se hacía más fuerte, una agonía silenciosa que le destrozaba el alma. Luchó contra el agarre de goma de Luffy, pero era inútil. Todo lo que podía hacer era gritar el nombre de la persona que amaba, sabiendo que no podía llegar a él.
-¡SANJI! TE AMO!!!!